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Cricket no suele confiar en nadie más que en sí misma. Tiene dos empleos para pagarse la escuela de enfermería, no tiene tiempo para nada más que no sea estudiar y pagar las cuentas. Cuando tres vaqueros calientes le dan una noche inolvidable, ella cree que solo es una aventura.
Sin embargo, para Sutton, Archer y Lee, Cricket es la indicada. Punto. Después de haber huido esa primera vez, el destino la pone de vuelta en sus brazos, y ya no hay nada que los detenga para conquistarla definitivamente.
Este es el tercer libro en la serie del Rancho Steele. Si te gustan los vaqueros calientes, tendrás a tres en este libro dedicados exclusivamente a Cricket. Ellos son ardientes, saben exactamente lo que quieren y nada se interpondrá en su camino. En esta divertida lectura, todo el menage es para la protagonista.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Derechos de Autor © 2018 por Vanessa Vale
Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.
Diseño de la Portada: Bridger Media
Imagen de la Portada: Bigstock: millaf; Storyblocks
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
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CRICKET
“Tienes diez minutos”, gruñó Schmidt, arrojándome un atuendo. “Ponte esto y vuelve acá. Consigue unos zapatos que te queden”. Señaló el suelo detrás de mí. El sonido de fondo de la canción que sonaba en la habitación hizo vibrar el piso y las paredes delgadas. El aroma a cerveza rancia y a humo prevalecían aún.
Miré mi nueva realidad. El espacio era pequeño, contaba con un armario gigante, una barra de luz fluorescente, fijada al techo, de resplandor áspero y dos estantes colgantes movibles que me rodeaban. Había lencería y un bikini estrecho colgando de ellos. Lencería roja, tela metálica brillante, faldas de colegiala y de porrista que hacían juego con tops cortos. En el piso, había una variedad de zapatos vulgares que gritaban “fóllame” a quien los viera, con tacones de, al menos, cuatro pulgadas, de cuero sintético, en todos los colores.
Miré lo que me había puesto. Un atuendo de enfermera. Era un vestido blanco —si eso podía llamarse así, con mangas cortas y un borde, incluso, más corto— con cierre de velcro adelante en vez de botones. Debajo de eso, tenía que ponerme un top blanco de bikini, hecho de dos triángulos pequeños, y un hilo a juego, blanco también, el cual tenía una cruz roja adelante como si mi entrepierna fuera un recurso para proporcionar ayuda médica.
Mi estómago se revolvía al pensar en lo que ellos esperaban. ¡No podía salir y desnudarme! Ni siquiera podía ponerme el traje.
“No puedo hacer esto”, dije, suplicando una última vez. Había estado haciéndolo en las últimas dos horas, desde que me sacaron de mi apartamento.
“No tienes otra opción, dulzura”. Schmidt —asumía que era su segundo nombre, pero eso era todo lo que sabía de él— tenía unos cincuenta años, era corpulento como un barril de whisky y un cigarro colgaba de su labio. Había visto la pistola en la pretina de sus pantalones. Nada fuera de lo normal ya que estábamos en Montana y todos llevaban una, incluso las ancianas pequeñas, pero no creía que la suya fuera tanto para protección como para cumplir sus deseos e intimidar.
A pesar de que no me había puesto un dedo encima, sabía que no dudaría en hacerlo si quisiera. Al igual que su socio, Rocky. Especialmente, porque Rocky me agarró y me sacó de mi apartamento hasta llevarme a mi coche. No tuve otra alternativa que ser traída involuntariamente a este lugar mugriento en las afueras del pueblo. Pensé en escaparme cuando se detuviera en un semáforo, pero sabía que me atraparía de nuevo, cabreado.
Quizás hubiese sido mejor haber saltado en una intersección en vez de estar donde estaba ahora. No podía escaparme de Schmidt porque era tan ancho como la puerta, pero, incluso, si pudiera, Rocky estaría acechando detrás de él. Y con los dos armados no me iba a arriesgar. No creía que fuesen asesinos, pero no dudaba de que pudiesen violarme. Su forma de persuadirme, probablemente, me involucraba a mí de rodillas o de espaldas.
“Te pagué la cantidad que te debía”, le recordé nuevamente. La desesperación se notaba en mis palabras.
Se rio, sus ojos vagaban sobre mí, sobre mis pantalones y camiseta. “No pagaste el interés”.
“También te pagué eso. El veinte por ciento”.
Él sonrió, negó con la cabeza lentamente como si estuviese hablando con una idiota. Quizás yo era una, porque estaba de pie en la habitación trasera de un mugroso club desnudista. “Cariño, yo te lo dije, es interés compuesto. ¿No aprendiste nada sobre eso en las clases en la universidad lujosa para la que pediste dinero prestado?”.
Las clases de anatomía y fisiología que había tomado me habían enseñado cómo su articulación estaría estropeada si lo golpeaba en la rodilla de la forma en que quería, pero no había tenido ningún examen sobre cómo ser follada por un prestamista sospechoso. Había sido demasiado estúpida por pedirle dinero a él. Prácticamente, podía ver el diploma para el que había luchado tanto por obtener, excepto por un nuevo requisito que me había dejado atrás, sin importar cuántos turnos extra había trabajado.
Él sonrió mostrando sus dientes amarillos, torcidos. Él me tenía a mí y yo tenía la sensación de que el interés compuesto nunca iba a desaparecer. Estaba jodida. Demasiado jodida.
“Ese atuendo es especial, perfecto para ti, porque estás estudiando para ser enfermera y todo”.
Tenía náuseas, dándome cuenta de que él se acordaba de por qué le había pedido dinero prestado en primer lugar. No había sido para pagar un vicio de drogas, ¡maldición! Era para la universidad, ¡para mejorarme a mí misma! ¿Por cuánto tiempo me había tenido puesto el ojo encima?
“No sé cómo desnudarme”, dije, lamiendo mis labios secos, exponiendo lo obvio. Apenas podía bailar; mis amigos siempre se burlaban de que yo no tenía ritmo.
“Tú te quitas la ropa cada maldito día”, contestó. “No es difícil y, mientras muestres esos senos grandes y provoques a los chicos, al final con una ojeada a esa vagina ajustada, nadie va a saberlo”.
Las lágrimas me quemaban detrás de los ojos. “Nunca antes he hecho esto”.
“Cariño, eres la enfermera virgen. Todos van a amar mirar cómo desnudas tu cereza allá afuera. Solo tienes que desnudarte las veces necesarias hasta que pagues tu deuda”.
“¿Dos mil dólares?”, respondí. “Eso es un ciento por ciento de interés y un montón de desnudos”.
Levantó un hombro fornido. “Puedes tomar a los clientes en la habitación trasera. Los bailes en el regazo pagan más, especialmente si les das un final feliz”.
Ja. Sabía a lo que se refería. Follar a extraños y chupar sus penes por dinero extra. Un final feliz para mí sería salir de aquí y no volverlo a ver nunca más.
“Puedes mostrarme lo buena que eres después de cerrar”. Me guiñó un ojo y vomité un poco dentro de mi boca.
Yo no era virgen y me gustaba el sexo, pero de ninguna manera iba a hacer algo con él o con alguien más en este lugar. Negué con la cabeza lentamente, mis ojos se ensancharon.
“Puedo ir a la policía”, añadí, aunque sabía que la amenaza estaba vacía.
Su sonrisa cambió a una expresión letal. “Díselo a alguien y chupar penes por veinte no va a ser lo único que vas a estar haciendo. Espero que te haya gustado ese semestre en la universidad”. Él solo sonrió. “Diez minutos”.
Dio un paso atrás, cerró la puerta de golpe, haciendo que sonaran los colgaderos de metal.
Tragué saliva, dejé que las lágrimas cayeran. Mierda, ¡mierda! No podía hacer esto. No podía ponerme de pie en una habitación llena de hombres extraños y bailar o dejar que me quitaran la ropa. Ya había estado desnuda en frente de chicos, pero esas ocasiones habían sido completamente diferentes. Consensuadas. Divertidas. Un poco salvajes. No, bastante salvajes. Pero ¿esto?
Tenía mucho dinero. Ahora. No era así al comienzo del semestre de verano cuando le pedí prestado a Schmidt. La semana pasada, cuando recibí la carta oficial en el correo, no lo podía creer. Mi padre, a quien nunca había conocido, falleció y me dejó dinero. Un montón de dinero. Sin embargo, si le contaba a Schmidt sobre la herencia, iba a querer más que los dos mil. Nunca me dejaría en paz y por eso lo mantenía en secreto. Quería decirlo, desesperadamente, para poder salir de aquí, pero en este punto aun dudaba que me creyera.
Soy la heredera de la fortuna Steele.
Sí, claro. Él había visto mi apartamento, mi antiguo coche. Demonios, le había pedido dinero prestado a él. Ningún millonario necesitaba pedirle dinero a un prestamista.
La puerta se abrió y salté; el hilo se deslizó del colgadero y se cayó al suelo. “No te has cambiado”.
Schmidt definitivamente estaba a cargo y siempre estaba ocupado. No ponía en duda que se haya follado a las mujeres que trabajaban en este club, pero él no era como Rocky. Rocky era todo un enfermo. Manoseador. Me tomaría ahora mismo si pudiera salirse con la suya. Y él me asustaba más que el jefe.
Se agachó, agarró el hilo que se quedó colgando de uno de sus dedos. “Yo puedo ayudar”. Su sonrisa resbaladiza hizo que se me revolviera el estómago.
“Voy a vomitar”. Me puse una mano sobre la boca. Quizás fue por la mirada de mi rostro o, probablemente, por la forma en que me puse de color verde, que él dio un paso atrás y señaló la puerta del pasillo. Corrí hacia el baño y hacia el puesto trasero, me incliné sobre el retrete y levanté la tapa.
Se cambió la canción y supe que mi turno estaba por comenzar. Con una mano sobre la pared blanca, manchada, mi respiración se detuvo.
Terminé, me dolía el estómago, me puse de pie, dándome cuenta de que todavía estaba sosteniendo el colgadero con el traje de enfermera. De ninguna jodida manera me iba a poner eso.
“Cinco minutos”, gritó Rocky golpeando la puerta. Puede que él hubiera querido ayudarme a ponerme el traje de enfermera sexy, pero parecía que marcó una línea al sostenerme el cabello hacia atrás mientras vomitaba. Se quedó en el pasillo. Estaba agradecida por eso.
Tenía que salir de aquí, de esto. Había pedido dinero prestado, sí. Cuando lo hice, supe que, probablemente, fuera algo estúpido, pero había logrado pagar todo a Schmidt a tiempo. Trabajé demasiadas horas para hacerlo. Nunca en mi vida usé drogas, ni siquiera había bebido alcohol. Nunca había fumado un cigarrillo. Había visto mucho cuando estuve en Foster para saber todo lo que eso afectaba a las personas y rápidamente aprendí que nadie más me iba a cuidar. Todo mi dinero era para pagar mis deudas y para la universidad, para poder obtener el título de enfermera y dejar de estar de cheque de pago en cheque de pago.
No obstante, Schmidt solo quería follarme, amarrarme y hacer dinero extra a costa de los que desafortunadamente se involucraban con él. Le había pagado lo que le debía. Estaba cansada de que se aprovecharan de mí. No iba a aceptarlo, no otra vez.
Me salí del baño, miré alrededor. Vi un mosaico lúgubre de color verde menta y un vidrio roto. No venían suficientes mujeres al club desnudista para que garantizaran una remodelación de este lugar. Pero aparte del vestidor, había una ventana. Una ventana pequeña, mas era una salida. Fui hacia ella, jugueteé con el seguro, luego miré por encima de mi hombro. Rocky podía venir en cualquier momento. Sabía que él lo haría si en menos de cinco minutos no salía.
Abrí la cerradura gastada, puse las palmas de las manos en la parte de mitad del marco y empujé. Se levantó, pero la pintura estaba desgastada, la madera hinchada, mis esfuerzos provocaron un crujido fuerte como señal de protesta. Mirando por encima de mi hombro una vez más, me pregunté si Rocky había escuchado eso. Afortunadamente, el fuerte ritmo de la música escondió el ruido. Una corriente de aire fresco me golpeó por la pequeña entrada que había creado y me impulsó a abrir la ventana. A dos centímetros de libertad, mi adrenalina apareció. La ventana era pequeña, pero si pude abrirla, podía derribarla. Lo haría sin importar qué. La empujé y la abrí, un poco más y luego más hasta que pudiese pasar por ahí.
Me balanceé, apreté y empujé contra la ventana, colocando las manos afuera para bloquear la cabeza mientras caía unos cuantos centímetros hacia el pavimento. Mirando a mi alrededor, me ubiqué. Estaba en el estacionamiento, el contenedor de basura se veía en frente de mí, lo que significaba que estaba muy lejos de la entrada. Todavía no estaba oscuro, quizás eran las siete en punto o algo así. A pesar de que el estacionamiento estaba parcialmente lleno, no había nadie por ahí. Nadie fue testigo de mi escape. Solo esperaba que el sitio al ser de muy baja categoría no tuviera cámaras de seguridad o al menos alguna de este lado del edificio.
Me puse de pie, me limpié las manos en los pantalones para quitarme la tierra, luego corrí hacia mi coche. Todavía tenía mi cartera de cuero colgada de medio lado sobre mi cuerpo. Con dedos temblorosos, saqué las llaves, miré hacia atrás para asegurarme de que Rocky todavía no se había dado cuenta de que yo no estaba. Como mucho tenía solo un minuto o dos.
Una vez dentro de mi coche, recé para que encendiera. Ellos no me veían como una amenaza, sabiendo que podían intimidarme —o lastimarme— si yo no seguía viniendo noche tras noche y me desnudaba hasta que la maldita deuda estuviese pagada. Ellos no necesitaban tenerme como rehén para mantenerme prisionera.
De ninguna maldita manera. No iba a volver. Nunca más. Tenía que irme de aquí. Fuera de este estacionamiento, fuera de este pueblo. Encendí mi coche y salí del estacionamiento, apenas me detuve para cruzar la calle. El corazón me latía en la garganta mientras miré por el espejo retrovisor a Rocky sacando la cabeza por la ventana abierta del baño con ojos asesinos.
No podía irme a casa ni siquiera para buscar ropa o el dinero que tenía escondido. Ellos sabían dónde vivía y no tenía duda de que ese sería el primer lugar donde me buscarían. Todo lo que harían sería agarrarme y llevarme de vuelta, la próxima vez, con un poco más de rabia y agresividad. Probablemente, se divertirían un poco primero. Ellos me habían subestimado esta noche, afortunadamente, pero sabía que no lo iban a hacer una segunda vez.
Me puse en dirección hacia lo más lejos del pueblo, con los edificios alejándose detrás de mí. Necesitaba perderme. Esconderme. Sabía exactamente a dónde ir.
ARCHER
Este había sido un maldito día largo. Un accidente de tránsito en la autopista había parado la carretera del oeste durante dos horas. Milagrosamente, solo hubo daños menores. Luego, la señora Bickers llamó después del almuerzo. Había perdido la apuesta con el otro oficial que estaba de guardia y yo tuve que pasar por su casa y revisar la luz de su estufa. La octogenaria tenía dedos hábiles para una mujer de su edad y mi trasero fue pinchado no una, sino dos veces esta vez por sus inyecciones. Luego estaba el caso de violencia doméstica en la carretera Hawkins Creek. Barlow era un pueblo tranquilo y me gustaba que fuera así, un sitio contento de permanecer alejado de las mierdas con las que había que lidiar en las ciudades grandes las veinticuatro horas al día. Aunque el día de hoy había sido un recordatorio de que la mierda podía estar en cualquier lugar, incluso en un pueblo rural de Montana.
Con el sol escondiéndose lentamente detráa de las montañas, quería un baño, una cerveza, quizás ambos al mismo tiempo, luego ver el juego de fútbol en la televisión. En los próximos días que tenía de descanso, iba a permitirme unas pocas cervezas. Por eso fue que, cuando un coche pasó volando en dirección opuesta, rodando a ochenta en una zona de cincuenta, maldije en voz baja. No podía dejar ir a la persona sin saber si estaba ebria o no. No podía dejar de preguntarme si el tipo había matado a alguien. Parándome a un lado, di una vuelta en U y encendí la luz intermitente y la sirena del coche SUV de mi departamento de alguacil. Llamé por la radio mientras el coche se paró a un lado y se detuvo.
Me estacioné detrás de él, de modo que me cubriera y me mantuviera protegido del tráfico cuando me pusiera de pie cerca del vehículo en cuestión, luego investigué la matrícula. La pequeña pantalla de la computadora arrojó que estaba registrado a nombre de Christina Johnson, tenía etiquetas válidas, dirección de Missoula. Eso estaba a dos horas de carretera, pero no era nada en Montana.
“Buenas tardes, señora”, dije, mientras me acercaba a la ventana. Hice una evaluación inmediata. Era una mujer de unos veintitantos años, de cabello oscuro. Vestía camiseta y pantalones. No había olor de alcohol, cigarro o marihuana. Llevaba el cinturón puesto. “¿Sabías que ibas a ochenta en una carretera de cincuenta?”.
“Oh, um, hola, oficial”, respondió con voz nerviosa. “Realmente no estaba prestando atención a la velocidad. Lo siento”.
Sus nervios y respuesta tensa eran completamente normales para una parada de tráfico. Pero ella estaba sudando, su cabello oscuro seguía húmedo sobre sus sienes, incluso con los vidrios bajos. El día había sido caluroso, pero el sol se estaba escondiendo y con esto se acercaba la noche de invierno más gloriosa y fresca. Sus nudillos estaban agarrados, como en un abrazo de muerte, al volante. En mi línea de trabajo me había acostumbrado a leer a las personas y ella estaba o consumiendo drogas o asustada.
“¿A dónde te diriges esta noche?”.
“A Barlow”.
“Licencia y registro, señora”, dije.
Ella asintió tomándose un segundo para procesar lo que había dicho. Su cartera estaba cruzada sobre su cuerpo, metida dentro del cinturón de seguridad. Di un paso atrás, usando el coche para protegerme mientras ella buscaba lo que había pedido. Era un momento vulnerable para una parada por tráfico, porque no tenía idea de lo que iba a sacar de su cartera. Llevar un arma oculta era legal en Montana —para aquellos con permisos— lo cual me ponía un poco nervioso. Yo tenía mi arma en la cintura, pero no me gustaban las sorpresas.
Mientras ella hacía eso, pregunté: “¿Cómo te llamas?”.
“Cricket. Cricket Johnson”.
Cricket.
Santo cielo. No podía haber dos Crickets en el oeste de Montana, ¿era eso posible? Mi corazón se saltó un latido y mi pene se movió. Era una maldita parada de tráfico, pero aun así lo hizo. Si ella era Cricket, la mujer que Sutton había estado buscando, la que reclamamos juntos y con Lee esa noche salvaje del verano pasado…
“Aquí”, dijo, sosteniendo su licencia. Sus dedos temblaban y tuve que preguntarme una vez más si estaba usando alguna droga. Ella se inclinó para buscar el registro en la guantera y yo miré su identificación. Christina Johnson.
“¿Cricket es un sobrenombre, Christina Johnson?”, pregunté una vez que me alcanzó el registro.
“Oh, um, sí. Lo siento, nunca me llaman Christina”.
Me quedé en silencio, esperé, forzándola a que me mirara. Ella tenía el cabello largo, casi negro como el azabache, soplado por el viento y enredado. Sus ojos oscuros estaban ensanchados y se mordió su labio inferior regordete. Hermosa. Toda ella vibraba con energía. No lucía drogada, pero quién podía saberlo en estos días. La Cricket que yo recordaba no era del tipo de mujer que se drogaba, pero había pasado un año y solo había sido una noche. En mi trabajo había visto mierdas más locas que esto.
“Ya vuelvo”, le dije, llevándome la información conmigo.
Volví a mi SUV del estado, ingresé su licencia en la computadora para tener más información. Actualicé el operador, dije que la parada de tráfico estaba completa. Técnicamente no lo estaba, pero estaba yendo a un área gris aquí, especialmente porque no estaba de guardia. Saqué mi teléfono.
“No vas a creer esto”, dije cuando contestó Sutton.
“¿Qué? ¿La señora Bickers te pinchó el trasero otra vez?”, preguntó mi amigo.
“Solo detuve a una mujer a la que llaman Cricket”.
Se quedó en silencio. “Demonios, ¿es en serio?”.
Miré su identificación. “Veinticinco, cabello negro, ojos oscuros. Una cicatriz de varicela a un lado de su mejilla izquierda. Jodidamente hermosa”.
“Es ella. Ella también tiene una cicatriz a un lado de su rodilla derecha”, añadió él.
“Las luces estaban apagadas. Yo no vi una mierda”, gruñí.
“Sentiste muchísimo”.
Lo había hecho. Esa noche estaba grabada en mi memoria. Sutton había conocido a la mujer de sus sueños en el rodeo Poulson y la llevó a su habitación de hotel para tener una retozada salvaje. Una noche se convirtió en dos y él descubrió que ella estaba de acuerdo en compartir. Queriendo cumplir una de sus fantasías, él me llamó a mí y a Lee, nos pidió que nos uniéramos a ellos. Dios, recordaba cada parte de esa larga noche, el gran tamaño de sus senos, el sabor de su vagina mientras la saboreaba, la sensación de sus paredes apretando mi pene mientras ella se venía cuando follé su trasero —ella había querido eso—, la forma en que me había tomado adentro de su garganta. Recordaba la manera en que había sido complacida por tres hombres que la habían convertido en el centro de su mundo. Eso fue… intenso, increíble y yo me había perdido, casi tanto como Sutton, cuando ella desapareció. Lee también.
