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"Era rico, pero santo". Una aparente contradicción que el papa Francisco, crítico del capitalismo salvaje y egoísta, resuelve con un ejemplo: Enrique Shaw. Miembro de la élite argentina, nacido en el hotel Ritz de París tras la Primera Guerra Mundial, Enrique eligió un camino inesperado para su linaje: se formó en la Escuela Naval y, tras dejar la carrera militar, se volcó al mundo empresarial con una mirada profundamente humana. Se casó con Cecilia Bunge, hija del fundador de Pinamar, y tuvieron nueve hijos. En Cristalerías Rigolleau, la empresa familiar, fue pionero en promover condiciones laborales dignas, impulsó la ley del salario familiar y fundó la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE). A causa de su activismo católico, fue perseguido y encarcelado por el gobierno de Perón. Su valentía y valoración por el trabajo se evidenciaron durante la enfermedad, en los últimos años de su breve vida. Tras una operación, recibió una transfusión de sangre donada por los operarios de la cristalería y con orgullo dijo: Ahora soy feliz ya que por mis venas corre sangre obrera. Enrique Shaw demostró que el éxito empresarial puede ir de la mano de la justicia social, y hoy sigue siendo un faro de inspiración. Enrique Shaw podría convertirse en el primer empresario santo de la historia.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Enrique Shaw. El apóstol de los empresarios
Nunzia Locatelli y Cintia Suárez
Primera edición.
Coordinación editorial: Florencia Carrizo
Corrección: Agustín Ostrowski
Diseño de tapa: Cynthia Orensztajn
Diagramación: Verónica Álvarez Pesce
Colombia 260 - B1603CPH
Villa Martelli, Buenos Aires, Argentina
ISBN 978-987-815-414-5
Locatelli, Nunzia
Enrique Shaw : el apóstol de los empresarios / Nunzia Locatelli ; Cintia Suárez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-815-414-5
1. Biografías. I. Suárez, Cintia II. Título
CDD 920
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
©2025, Catapulta Children Entertainment S.A.
©2025, Nunzia Locatelli y Cintia Suárez
Hecho el depósito que determina la ley 11 723.
Libro de edición argentina.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11 723 y 25 446.
Nunzia Locatelli y Cintia Suárez
Portada
Legales
Portadilla
Introducción
1. Nacer en París
2. Crecer sin mamá
3. Infancia resiliente
4. Volar, sufrir, crecer
5. Desafíos de un marino cristiano
6. Tiempo de amar
7. Cambio de sueños
8. De la Marina a la fábrica
9. Entre la cristalería y la familia
10. El señor Shaw
11. Educar con el ejemplo
12. “Mi trabajo: mis compañeros”
13. Perseguido y detenido por su fe
14. Un sueño hecho realidad: las asignaciones familiares
15. Estudiante de Harvard
16. Una mancha en el dedo pulgar
17. A Lourdes por un milagro
18. El adiós
19. El primer empresario que podría convertirse en santo
Bibliografía
Agradecimientos
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Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Al papa Francisco, cuyo impulso nos motivó a difundir la vida de los santos de un modo cercano y accesible para todos. Nos quedamos con sus palabras: “Sigan adelante”.
“Ahora soy feliz ya que por mis venas corre sangre obrera”. Enrique Shaw
Marino, empresario, padre de familia numerosa. Enrique Shaw es una de esas figuras que desafían los estereotipos. Nació en el seno de una familia de la élite argentina, pero eligió un camino distinto al que su linaje le tenía reservado. Se formó en la Escuela Naval y participó en la Segunda Guerra Mundial como oficial de la Armada Argentina a fines de marzo de 1945. Sin embargo, su vocación trascendía lo militar: su verdadero propósito estaba en el servicio a los demás.
Recién terminada la guerra, se dio de baja de la Marina y se volcó al mundo empresarial con una visión poco común para su tiempo. Como director de Cristalerías Rigolleau —recordada por los argentinos por sus innovadores platos irrompibles—, introdujo medidas pioneras en bienestar laboral. Fue un actor clave en la implementación de la ley del salario familiar en la Argentina, además de promover créditos accesibles para sus empleados, fomentar la educación dentro de la fábrica e impulsar condiciones laborales dignas. Para Shaw, la empresa no debía ser solo un motor de ganancias, sino también un espacio de desarrollo humano.
Su fervor religioso y su activismo católico lo enfrentaron al gobierno de Juan Domingo Perón, que veía con desconfianza la creciente influencia de los movimientos laicos dentro de la Iglesia. En plena persecución contra los católicos, Enrique Shaw fue encarcelado. Pero, lejos de quebrarlo, la experiencia reforzó su convicción de que la fe debía encarnarse en la vida pública y laboral.
Casado con Cecilia Bunge, también integrante de una importante familia porteña, tuvo nueve hijos, a quienes dejó un legado de coherencia entre la fe y la acción. Su vida fue breve —murió con tan solo cuarenta y un años—, pero dejó una huella imborrable en la historia argentina. Incluso en su agonía proponía disposiciones en favor de sus empleados.
Estos son algunos de los rasgos del protagonista de este libro, escrito tras una investigación basada en fuentes documentales y, principalmente, en sus propias libretas, donde registró pensamientos y reflexiones. También hemos recurrido a las cartas que a lo largo de su vida escribió a su esposa, así como a los testimonios de quienes lo conocieron. Nos impactó acceder a sus pertenencias, unas verdaderas reliquias: sus anteojos, sus pasaportes, su gorra de marino, medallas, sus fotos familiares y hasta de la actriz de Hollywood Joan Crawford. Cientos de papeles, recetas y comprobantes que Enrique guardaba meticulosamente.
En estas páginas intentamos reconstruir integralmente su historia y su legado, desde su nacimiento en el hotel Ritz de París hasta su transformación en un hombre que encontraba orgullo en la cercanía con los trabajadores. En su último tiempo, tras una operación por un cáncer, recibió una transfusión de sangre donada por los obreros de la cristalería. Conmovido, les expresó su gratitud y, muy orgulloso, confesó: “Ahora puedo decirles que casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera”.
En 2024, mientras continuábamos con otra etapa de nuestra investigación sobre la primera santa argentina, Mama Antula, la figura de Enrique Shaw irrumpió inesperadamente en nuestro camino. Su historia nos interpeló y nos llevó a contar la vida de este laico, empresario y padre de familia, cuyo proceso de beatificación y canonización sigue en marcha. En el último capítulo, damos a conocer el posible milagro que podría llevarlo a ser reconocido como beato por la Iglesia católica.
Enrique Shaw no solo fue un empresario atípico; fue un hombre que desafió su tiempo con una visión revolucionaria capaz de demostrar que el éxito empresarial podía ir de la mano de la justicia social; por ello fundó la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), que hasta la actualidad sigue desempeñándose en distintos países de la región. Su vida, aunque breve, continúa siendo un faro de inspiración en la actualidad.
El papa Francisco, quien impulsó la causa de beatificación de Enrique Shaw desde su tiempo como arzobispo de Buenos Aires, en 1999, lo definió como “un gran empresario y un gran hombre de Dios”. En su libro La esperanza no defrauda nunca, publicado en el marco del Jubileo 2025, Francisco expresó: “Pienso siempre en el siervo de Dios Enrique Shaw como un faro a seguir en las buenas prácticas para los hombres y mujeres de negocio de todo el mundo”. En varias ocasiones destacó su ejemplo, resaltando que “era rico, pero santo”, porque supo conjugar el mundo de los negocios con una profunda vocación de servicio. Su legado, más vigente que nunca, demuestra que es posible construir un mundo donde la fe, el trabajo y la justicia caminen de la mano.
Mientras finalizamos la edición de este libro, en el Vaticano se encuentran analizando el posible milagro que podría convertir a Enrique Shaw en beato. Si se confirma su beatificación y posterior canonización, Enrique Shaw podría ser el primer empresario santo de la historia.
Nunzia Locatelli y Cintia Suárez
Cuando abrieron la puerta del coche para que descendiera, Sara Tornquist Altgelt bajó con cautela. Estaba extenuada por su embarazo avanzado. Sin embargo, no dejó de admirar la exquisita arquitectura del hotel Ritz de París que la impactaba cada vez que volvía. Desde hacía dos años se había convertido en su casa. Por sus puertas pasaron las más encumbradas figuras del mundo, y allí estaba ella frente al edificio, que se levantaba majestuoso en el corazón de la ciudad, como un verdadero sobreviviente de la Primera Guerra Mundial.
Su marido —Alejandro Enrique Shaw— saludaba al personal del hotel mientras no perdía de vista a su hijo Alejandro, de apenas dos años. Sabía que su esposa estaba cansada y procuraba que no hiciera ningún esfuerzo innecesario. Los conserjes del hotel corrieron presurosos a ayudar a la familia y se pusieron a disposición en todo lo que pudieran necesitar. Aun así, el hombre se mantenía en alerta. Recién cuando su suegra Rosa Altgelt Tornquist y su cuñada Mercedes aparecieron en el hall del hotel, él respiró aliviado.
La familia Shaw se había instalado en un departamento del hotel apenas finalizada la Primera Guerra Mundial. Por esos días, el Ritz estaba viviendo momentos de tranquilidad después del conflicto bélico. Ya habían quedado atrás los bombardeos nocturnos de los Zeppelin y los ataques del cañón Gran Berta, así como los días en los que tuvo que ceder parte de su edificación para convertirse en hospital de oficiales heridos. Tampoco se vislumbraban huellas de los ocho meses en los que tuvo que cerrar sus puertas. Todo el dolor que albergaron sus paredes parecía haberse esfumado para recobrar el esplendor que lo había caracterizado desde sus inicios.
Alejandro Shaw no tenía dudas de que este hotel era el mejor lugar donde alojarse junto a su familia. Como abogado e importante hombre de negocios, aún tenía muchas actividades por realizar en Europa, sobre todo las vinculadas con la Casa Tornquist, la entidad financiera e industrial perteneciente a la familia de su esposa de la que él era el representante. Todavía le faltaban varios viajes por realizar, pero Sara ya no podía acompañarlo, así que prefirió que descansara en el hotel mientras él se movía de un lado al otro. El Ritz se transformaría en el centro de sus acciones.
Así se fueron sucediendo aquellos días del invierno. Alejandro viajaba mientras Sara pasaba sus jornadas en el Ritz, cobijada por su hijo, su madre, su hermana y personal de servicio que la acompañaba desde que salió de Buenos Aires. Su vientre iba creciendo y ya se vislumbraba la llegada de su segundo hijo.
Cuando Sara entró en trabajo de parto, de inmediato, su familia hizo preparar la habitación del hotel para que diera a luz allí.
La madre y la hermana de Sara estuvieron junto a ella en todo momento. Su marido y su hijo se mantenían lo suficientemente alejados, pero dentro del hotel, por si la presencia del hombre resultaba necesaria.
El sábado 26 de febrero de 1921 nació Enrique Ernesto Justo Shaw en el Ritz de París. Le dieron el segundo nombre de su padre y el de su abuelo materno.
Era un bebé muy lindo, de piel blanca y ojos celestes, como atestiguan las fotos de la época y quienes lo conocieron. El nacimiento llamó la atención de todos los huéspedes del hotel, que rápidamente le tomaron cariño a su visitante más joven.
Enrique pasó sus primeros meses en París junto a su familia, a la que se sumó Elsa Shaw, su tía y futura madrina, hermana de su padre. Aún era muy pequeño para un viaje en barco, necesitaba fortalecerse para una travesía de ultramar.
Anoticiado del nacimiento de su sobrino, el sacerdote salesiano Adolfo Tornquist —uno de los hermanos de Sara— emprendió un largo viaje desde Palestina, donde estaba misionando después de haber estado muchos años en la India. Quería llegar a París lo más rápido posible para dar el primer sacramento al pequeño Enrique. La familia decidió esperar al sacerdote dos meses, a pesar de que en la época se estilaba bautizar a los niños en los primeros días de vida. Finalmente, el lunes 25 de abril de 1921, después de un almuerzo familiar en el Ritz, todos se dirigieron a la iglesia Madeleine de París. A las tres de la tarde en punto, Enrique fue bautizado. En su diario personal, la madrina Elsa recuerda ese día como memorable, aunque con un dejo de nostalgia:
El niño estaba delicioso con su pelisse, traje y gorra dada por la madrina. El padrino le mandó a la madrina un maravilloso mueble de laca lleno de caramelos Boissieu.
Pobrecito, pensar que entre poco se me lo llevan lejos de aquí […]. A las 8 fuimos a la Gare du Nord para despedirnos de los chicos. ¡Daba pena pensar que se iban tan lejos! Alejandro se iba encantado, mi ahijado con la santa inocencia de sus dos meses dormía… ¡Estaba delicioso! Fue mucha gente a despedirlos. ¡Me daba pena verlo a papá todo emocionado!
El martes 28 de abril de 1921, los Shaw se embarcaron en el buque Limburgia para regresar a casa, Buenos Aires.
Luego de un largo viaje en barco de casi dos meses, Enrique y su familia arribaron al puerto de Buenos Aires.
Una de las primeras actividades que hizo el padre de Enrique fue dirigirse al Registro Civil de Buenos Aires para inscribirlo. A pesar de que Francia fue el lugar natal de Enrique Ernesto Shaw, por decisión de su padre tuvo la nacionalidad argentina, tal como quedó registrado en su documento de identidad: “argentino por opción”.
Los Shaw se instalaron en su nueva residencia, ubicada en la calle Florida, frente a Plaza San Martín, en el corazón del barrio porteño de Retiro. La casa estaba justo enfrente del Plaza Hotel, el edificio que había hecho construir el abuelo materno de Enrique, Ernesto Tornquist, y que durante varios años fue considerado el más alto de la ciudad.
La sangre empresaria corría por las venas del pequeño Enrique. Su abuelo, un hombre de ascendencia alemana, fue uno de los empresarios más reconocidos de la Argentina. Se dedicó a la importación de manufacturas y a la exportación de los productos provenientes del campo. Creó la primera refinería de azúcar del país, pero también se hizo fuerte con iniciativas visionarias para ese tiempo, como la fundición, los astilleros, la cervecería, la cerámica, los talleres metalúrgicos, entre otros rubros. A su vez, llegó a ser uno de los primeros en iniciar la exploración y explotación de petróleo en Mendoza, mientras que hizo lo mismo con la explotación de quebracho en Santiago del Estero y la construcción del ferrocarril en Santa Fe.
Pero eso no fue todo lo que hizo: también supo reconocer las futuras inversiones y compró más de diez mil hectáreas que salieron a la venta luego de la Campaña del Desierto liderada por Julio Argentino Roca. Precisamente, estas tierras fueron el puntapié para el nacimiento de una ciudad que desde 1883 lleva el apellido Tornquist, ubicada 75 kilómetros al norte de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires.
La mamá de Enrique, Sara, era la menor de trece hermanos, de los cuales tres habían fallecido de forma prematura. Sara estaba muy acompañada por su madre, por quien sentía un amor muy especial. Por eso, a nadie le extrañó que decidiera esperarla en París para estar a su lado en el momento del parto de Enrique.
No era raro que Sara y su familia se establecieran a pasos de las casas de su madre y de sus hermanos. Como tampoco lo era que su esposo Alejandro Shaw —Alick, como lo llamaban cariñosamente— se ocupara de algunos de los negocios de su familia. En ese entorno familiar y rodeado del cariño de su abuela, tíos y primos, Enrique fue creciendo. No le faltaba amor. Su madre se desvivía por él y por Alex, como llamaban a su hermano mayor. Ella había sido criada en la fe cristiana y volcaba en ellos todos los valores en los que creía.
Sin embargo, la alegría de los Shaw y de los Tornquist se quebró el 27 de agosto de 1925, cuando Sara, de apenas veintiocho años, falleció luego de un breve período de enfermedad. El 27 de agosto uniría para la eternidad a madre e hijo.
Pero antes de cerrar sus ojos para siempre, sumamente preocupada por el futuro de sus hijos, le hizo un pedido muy especial a
