¿Qué han hecho? - Nunzia Locatelli - E-Book

¿Qué han hecho? E-Book

Nunzia Locatelli

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"Juan Pablo I hasta ahora solo ha sido recordado por su brevísimo pontificado y por las versiones conspirativas de su muerte, que van desde hipótesis de envenenamiento y abandono de persona hasta especulaciones de un asesinato llevado a cabo por la mafia, a la que tuvo que enfrentar durante todos sus cargos. Hoy vuelve a la escena mundial por un acontecimiento trascendental acaecido en la Argentina que reescribe la historia y transforma a un papa olvidado, efímero, menospreciado en una nueva y luminosa presencia. El Vaticano impuso una restricción para hablar de este episodio excepcional, pero este libro presenta al mundo lo que Roma se calla: el milagro argentino. Testimonios exclusivos sobre un hecho prodigioso cuyos protagonistas son una niña de Paraná, un sacerdote porteño y Juan Pablo I. Una vida misteriosamente ligada a la Argentina a través de su padre y su tío, que emigraron a estas tierras, y en ocasión del conflicto con Chile por el canal de Beagle, cuya escalada se detuvo gracias a su intervención. Su fisonomía, su voz estridente y su lenguaje sencillo rompían el estereotipo de Papa al que el mundo estaba acostumbrado. Algunos llegaron a admitir que había sido un error elegirlo como sumo pontífice. El mismo Juan Pablo I renegaba de ser papa y dijo a los cardenales, después del cónclave: '¿Qué han hecho? Que Dios los perdone'. Una investigación rigurosa y audaz que incluye testimonios inéditos"(Prólogo de Carlos Pagni).

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Seitenzahl: 269

Veröffentlichungsjahr: 2023

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¿QUÉ HAN HECHO?

Juan Pablo I. Conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina

¿Qué han hecho? Juan Pablo I. Conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina

Nunzia Locatelli y Cintia Suárez

Primera edición.

Primera edición en formato digital: febrero de 2023

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Coordinación editorial: Florencia Carrizo

Edición: Liliana Ferreirós

Corrección: Emiliano Orgueira

Diseño y diagramación: Pablo Ayala

Colombia 260 - B1603CPH

Villa Martelli, Buenos Aires, Argentina

ISBN 978-987-815-114-4

Locatelli, Nunzia

¿Qué han hecho? : Juan Pablo I : conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina / Nunzia Locatelli ; Cintia Suárez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Catapulta , 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-815-114-4

1. Investigación Periodística. I. Suárez, Cintia. II. Título.

CDD 070.449

©2022, Catapulta Children Entertainment S.A.

©2022, Nunzia Locatelli y Cintia Suárez

Hecho el depósito que determina la ley N.o 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Índice de contenido
Portada
Legales
Portadilla
Prólogo
Introducción
I. Los Luciani
II. Del tanque de guerra al obispado
III. Del castillo al gran canal de Venecia
IV. Cuando Albino se convierte en Juan Pablo I
V. Treinta y tres días en un laberinto
VI. Distintas versiones, ninguna certeza
VII. El milagro argentino
Anexo I. Un cuento para Candela
Anexo II. 1978, la guerra que no fue
Anexo III. Fotos
Bibliografía
Agradecimientos

Nunzia Locatelli y Cintia Suárez

¿QUÉ HAN HECHO?

Juan Pablo I.Conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina

A todas las personas que enfrentan en soledad caminos que, a primera vista,parecen insuperables.

PRÓLOGO

La figura de Albino Luciani, que adoptó como papa el nombre de Juan Pablo I en homenaje a Juan XXIII y Pablo VI, sus dos predecesores, ha ejercido siempre una fascinación que deriva de un contraste. Su imagen de bonhomía y sencillez se recorta sobre el telón de un pontificado misterioso. Luciani estuvo al frente de la Iglesia apenas 33 días. Hay que remontarse a 1605, con León XI, para encontrar un período más breve: 27 días. Esa fugacidad planteó siempre un enigma sobre las razones de su muerte. Desde que se conoció la noticia del fallecimiento se multiplicaron las teorías conspirativas, es decir, versiones que harían pensar que Luciani murió por el designio de un poder oculto. Esas especulaciones se asientan sobre un supuesto tácito: si alguien quiso impedir que este papa gobernara la Iglesia es porque él tenía un plan molesto, un programa que debía ser interrumpido. Luciani aparece como una figura sonriente, luminosa, envuelta en una atmósfera compleja y enigmática. Nos invita a asomarnos a un abismo difícil de ser pensado: una trampa diabólica en el corazón de la cristiandad.

Esta contradicción animó la imaginación literaria. Sobre Juan Pablo I se han escrito ensayos novelescos, que bordean lo policial. Se publicaron confesiones afiebradas, provenientes del bajo fondo,con relatos sobre un homicidio imposible de probar. También atrajo al cine, convertido por Francis Ford Coppola en un personaje clave de El Padrino III. Allí Luciani es el cardenal Lamberto, representado por el italiano Raffaelle Vallone. Este interés de los autores de ficción desentona con la escasez de estudios históricos sobre este papa. Es la primera peculiaridad de ¿Qué han hecho?Conspiración en el Vaticano y milagro en la Argentina. Nunzia Locatelli y Cintia Suárez avanzan sobre un terreno muy poco trabajado. Y en ese avance descubren fenómenos interesantísimos.

Uno de esos hallazgos tiene que ver con la niñez de Luciani. Cuando los lectores se internen en esa etapa del relato, se encontrarán, a propósito de una biografía individual, con una gran pintura del contexto. Allí aparece la pobreza de esa Italia encabalgada entre los siglos XIX y XX. La ajustada vida cotidiana de los que viven en pequeñas fracciones rurales incrustadas en las montañas del norte, en lucha contra el hambre y contra el frío. Es decir: aparece el paisaje económico y social que impulsa la emigración.

El padre del futuro papa, Giovanni, arma de manera accidentada una familia en esas estrecheces. Constituye una pareja que no llega a consolidarse y que la narrativa oficial de la Iglesia suele dejar en el olvido. Después se casa con una prima con la que tiene dos hijas, afectadas por la sordera desde el nacimiento, y tres hijos varones que mueren en partos sucesivos. Al final muere también la esposa, a los veintinueve años. De una tercera unión nace Albino, que lleva el nombre de aquellos hermanitos fallecidos. La muerte y la enfermedad son el pan de cada día entre esos campesinos que viven en un paisaje bucólico y en una pobreza extrema. Las autoras logran que uno se sumerja en ese mundo cuyas sombras pronto estarán agravadas por la violencia.

Giovanni es un trabajador golondrina que un día, como tantos otros italianos, se resigna a emigrar. Es una de las revelaciones del libro de Locatelli y Suárez: tras los pasos de un cuñado, se embarca en el transatlántico Siena y, el 10 de enero de 1913, llega a Buenos Aires. El papá de Juan Pablo I pasó casi un año en la Argentina, cuando el pequeño Albino recién había nacido. Siguió el destino de tantos compatriotas y, cuando sonaron los primeros cañonazos de la Gran Guerra, debió volver a Italia.

¿Qué han hecho? sigue las huellas de Luciani desde que entra al seminario hasta que se convierte en patriarca de Venecia. El hilo conductor es siempre la pobreza. Los estudios se los pagó una familia de judíos boloñeses. Y, cuando recibió el episcopado, consiguió la vestimenta y el anillo gracias a una colecta de los amigos de Belluno, donde había estudiado y donde lo habían consagrado sacerdote. Las horas de Albino se suceden sobre el panorama que va de la primera a la segunda guerra. Y en relación con el régimen de Benito Mussolini, que plagó de contradicciones a la Iglesia italiana.

De la trayectoria de Luciani narrada por Locatelli y Suárez se desprende que era un hombre más volcado a la espiritualidad que a la teología. Pero su estilo ejercía una atracción. Las autoras cuentan que, cuando todavía era un sacerdote más del Véneto, una figura estelar de esa región, el papa Juan XXIII, lo convocó a Roma porque deseaba consagrarlo, él mismo, como obispo. Esos progresos parecen intervenciones inesperadas, frutos del azar, en la historia de alguien que jamás vio la vida como una carrera. Las alturas incomodaban a Luciani.

Ese desencuentro, tan temprano, entre la personalidad y el rol es una de las contraseñas que las autoras van dejando al lector en el camino, mientras rastrean la peripecia de este sacerdote. Se las ve inquietas por descubrir en la trama de la vida la clave cifrada de su desenlace. Nada de esto se explicita en la escritura. Pero es muy curiosa la recurrencia de datos sobre la fragilidad de la salud del padre Albino. Desde la cuna, donde recibió la extremaunción en previsión de que se moriría en pocas horas, hasta la aparición de dolencias circulatorias que derivaron en trombosis.

En estos detalles hay una sospecha premonitoria. Igual que en otra repetición: una y otra vez Luciani debe resolver, a lo largo de su ministerio, problemas derivados del manejo del dinero. La gracia del relato está en que Locatelli y Suárez se contienen.Jamás sugieren que la biografía de este cura es una flecha que se dirige al drama de su pontificado. Es una regularidad que está disponible para quien quiera detectarla.

Sobre ese drama final las autoras dejan también al lector en libertad. El libro no pretende desentrañar un acertijo. No hay una tesis sobre la muerte de Luciani. Pero de la exposición neutra de los hechos se desprende que no debe pensarse en un enredo criminal. Sobresale la torpeza. La comunicación del Vaticano decidió adulterar la crónica de lo que ocurrió esa madrugada en el cuarto del papa. Por ejemplo, se trató de ocultar que una monja, que le asistía desde hacía años, había entrado en la habitación, como si esa constatación pusiera en duda la castidad del pontífice. En la versión inicial, Juan Pablo I había muerto leyendo LaImitación de Cristo, el clásico de Tomás de Kempis que lo acompañó toda su vida. No prosaicos papeles de la administración apostólica, que fue, en realidad, lo que pasó. Esas tergiversaciones alcanzaron para encender un reguero de sospechas, en una curia envuelta en escándalos financieros y políticos. La misma chapucería se insinúa en el hecho de que Luciani hubiera emitido ese día algunos síntomas de malestar, que no fueron atendidos por los médicos con el rigor que aconsejaba su reconocida fragilidad. En el trabajo de Locatelli y Suárez están expuestas todas las confabulaciones posibles. Pero están allí para ser desmitificadas. En definitiva: quedan al desnudo los grandísimos desperfectos de una de las burocracias más antiguas del planeta.

Entre las tareas de Juan Pablo I que quedaron pendientes a causa de su muerte, hay una que vuelve a vincularlo a la Argentina. Las autoras detallan que el 20 de septiembre de 1978 el papa escribió una carta a Buenos Aires y otra a Santiago de Chile para ofrecer a los obispos argentinos y chilenos su mediación en el conflicto por el canal de Beagle. Fue el punto de partida de un ejercicio diplomático exitoso que completó su sucesor.

Las razones por las que el fallecimiento de Luciani pudo ser concebido como un asesinato no derivan de un inventario de indicios escabrosos. La idea de que podría haber un interés en sacarlo del medio está inspirada en que sobre el retrato de este papa se construyó la imagen de un pastor inconveniente. Aunque, a la luz de lo sucedido, adquirieron colores más sombríos los cortocircuitos que Luciani había tenido, como patriarca de Venecia, con el polémico Paul Marcinkus, quien, como administrador de los bienes del Vaticano, vendió al Banco Ambrosiano la Banca Católica del Véneto sin consultar a la jerarquía de la diócesis.

Las autoras explican cómo la hipótesis de que sería un pontífice que nadaría contra la corriente tiene antecedentes en la etapa veneciana. Cuando Luciani fue designado, en 1969, patriarca de Venecia, impulsó algunas iniciativas reformistas que lo enemistaron con el establishment de esa diócesis. Hay que recordar que Venecia es una de las grandes sedes de la Iglesia, un obispado constituido en el siglo VII y que hasta comienzos del 1800 contó con su propio rito. El nuevo patriarca simplificó algunas liturgias tradicionales de esa diócesis, lo que generó una ola de descontento. Más tarde, hacia 1972, tuvo también un enfrentamiento por razones doctrinarias con un grupo de católicos que reclamaba la aceptación del divorcio. Fue en ese contexto que Luciani recibió la visita del papa Pablo VI, que en una ceremonia multitudinaria le colocó su propia estola sobre los hombros. Una señal de respaldo en la que muchos quisieron ver un guiño a favor de su sucesión.

Los rasgos rupturistas se proyectaron sobre su pontificado. Juan Pablo I quiso prescindir de la silla gestatoria con la que sus antecesores se desplazaban para la coronación. Se tuvo que resignar a utilizarla cuando le explicaron que, de otro modo, los peregrinos no llegarían a verlo. No usó la triple tiara. No calzó los clásicos zapatos colorados. Cambió la tradicional coronación por una misa. Podrían ser ademanes superficiales. Simbólicos. Pero fueron entendidos como un programa de gobierno. En medio de una curia enredada en sórdidas historias financieras, esos detalles adquirían un significado que tal vez el propio papa no había querido asignarles. Hay que entender también la encrucijada en la que se encontraba la Iglesia. Juan XXIII había inaugurado una gran reforma con el Concilio Vaticano II. Pablo VI la continuó con las vacilaciones propias de un intelectual, capaz de contemplar un problema desde numerosos puntos de vista. Hacia el final de su pontificado, un amplio sector conservador de la jerarquía temía verse desbordado por los cambios. Aspiraba a moderar las transformaciones. En cambio, Juan Pablo I daba la impresión, por sus ademanes y su espíritu, de querer acelerarlas.

La historia es un método inmejorable para explicar el presente. Pero existe también el juego inverso. La actualidad plantea interrogantes que se vuelven retrospectivos. Se vuelcan sobre el pasado y lo iluminan. El presente también explica el pasado. La aparición en escena de otro hijo de emigrados a la Argentina, el papa Francisco, resignifica los 33 días de Juan Pablo I. Goethe decía que “el ser radica en las profundidades del estilo”. Jorge Bergoglio repone el estilo de Luciani. Rechaza los atributos monárquicos del papado. Encarna un modelo de pontífice cuya nota principal es la sencillez. Se entiende a sí mismo como un pastor. Algo muy parecido a ese “párroco universal” que, según sus palabras, pretendía ser Juan Pablo I. Ambos son, antes que nada, sencillos catequistas. Una condición que en el caso de Luciani fue menospreciada. Sobre todo, por el tono casi infantil con que escribió Illustrissimi, su libro de cartas imaginarias a una colección de celebridades entre las que figuraba Pinocho.

La atmósfera viciada de la Santa Sede que, se presume, pudo haber asfixiado a Juan Pablo I aparece en el tiempo de Bergoglio cargada de una densidad que va más allá de las meras especulaciones. Francisco llega a un Vaticano que había estallado. Su antecesor, el erudito Joseph Ratzinger, debió renunciar, desbordado por las intrigas de la curia romana. Bergoglio decidió huir del Palacio Apostólico y vivir en la Residencia Santa Marta. Y encaró una tarea urgente, que exigía la llegada de alguien con carácter: el saneamiento moral y material de las finanzas vaticanas.

La obra del papa argentino va transformando a Luciani en un precursor conjetural. Los dos están unidos por un puente pastoral: la predilección por los pobres. Las autoras consignan que Juan Pablo I recordaba a menudo las palabras de su padre al autorizarlo a ingresar al seminario: “Espero que, cuando seas cura, te pongas de parte de los pobres, porque Cristo estaba de su lado”. Bergoglio recuerda como un mandato el pedido que le realizó el cardenal brasileño Claudio Humes cuando le dio un abrazo en el momento de la elección: “No te olvides de los pobres”.

No debe llamar la atención que Francisco beatifique este año a Juan Pablo I. Es más que un reconocimiento. Es un mensaje.Locatelli y Suárez lo recogen y subrayan otra afinidad misteriosa. El milagro que está encaminando a Luciani hacia los altares fue protagonizado por una niña argentina, Candela Giarda, curada en el año 2011 de un cuadro de infección generalizada, acompañado de numerosas crisis epilépticas. Candela evitó la muerte por la intervención de un sacerdote de la iglesia porteña de Nuestra Señora de La Rábida, José Dabusti, que le pidió a la mamá que encomendara a su hija al papa Luciani. La madre, que nunca había oído hablar de Juan Pablo I, lo hizo. La ciencia no encuentra explicación para la mejoría que desde ese instante comenzó a registrar la pequeña.

El libro de Locatelli y Suárez recoge, desde Buenos Aires, esta experiencia que escapa a la racionalidad convencional. Se cierra así el círculo en el cual la vida de otro Luciani, Albino, el hijo del inmigrante Giovanni, el frustrado mediador del Beagle, se vuelve a entrelazar con la Argentina. Por la identidad de la pequeña depositaria del milagro. Y porque es argentino el papa que lo beatifica. Lo hace para exaltar las virtudes de un antecesor. Y para dotar de una genealogía a su propia empresa reformista.

Las autoras también envían un mensaje con su libro. Se detuvieron a estudiar una vida ajena a cualquier grandiosidad. Una infancia sufrida, signada por un padre ausente; la vida de un sacerdote sencillo, con la formación suficiente como para doctorarse en la Universidad Gregoriana y dictar clases de Teología en el seminario, pero ajeno a las inquietudes de un intelectual; un pontificado que le cae por completo de sorpresa y que termina pronto, de manera misteriosa. Luciani decía de sí mismo: “Hay obispos de muchos tipos. Algunos se parecen a las águilas que vuelan por las alturas con documentos magistrales. Otros son jilgueros que cantan las glorias del Señor de modo maravilloso. Otros, en cambio, son simples gorriones, que lo único que saben es piar desde lo alto del árbol de la Iglesia. Yo soy de estos últimos”.

Locatelli y Suárez descubren, sin embargo, que a lo largo de esa biografía sin estridencias se va expresando la virtud. Para los católicos, la santidad. De Dios, o del bien, si uno no es creyente, podría afirmarse lo que se dice del demonio: también se esconde en los detalles. Es lo que pretenden demostrarnos las autoras con su libro.

Carlos Pagni

INTRODUCCIÓN

Albino Luciani nos encontró a través de la historia del milagro que aquí se relata. Como muchos, la única asociación que hacíamos con él era lo que circula en la opinión pública: “el papa envenado”, “el papa de los 33 días”, “el papa de la sonrisa”, “el papa asesinado por la mafia”; todos tópicos que emergen inmediatamente junto al nombre de Albino Luciani.

La redacción de este libro nos supuso un desafío que implicó sumergirnos en angustiantes realidades: los estragos de la Primera Guerra Mundial, el drama de los niños que mendigaban por la calle, el desmembramiento de las familias tras la emigración hacia la Argentina. Todos hechos que atravesó y padeció el mismo Albino, que marcarían a fuego su personalidad y serían el motor de sus decisiones en su vida adulta.

Su vida se parece mucho a una ficción moderna e incluso se podría asociar a la corriente literaria del verismo, que hace foco en los vencidos de la vida, el apego a las costumbres y la resistencia al cambio. La Segunda Guerra Mundial atraviesa parte de su existencia, y los personajes que lo rodean nos transportan de manera directa a una película del neorrealismo italiano. Pero es toda su vida verdadera y fielmente reconstruida.

Este libro quiere huir de los clichés creados en torno a la figura de Albino Luciani. Por eso buscamos ofrecer una perspectiva diferente desde una investigación periodística meticulosa y audaz. Abordamos su infancia, su juventud, su vida religiosa, su breve pontificado y el milagro que volvió vigente al papa Luciani y cuya primicia tuvimos la posibilidad de publicar para todo el mundo a través del portal de noticias Infobae.

Del milagro de Juan Pablo I supimos en 2018, mientras escribíamos nuestro libro Mama Antula. La mujer más rebelde de su tiempo.Fue de una manera fortuita y casual. Lo habíamos olvidado, y sin embargo, un episodio feliz nos llevó de vuelta a encontrarnos con él en 2020 a través del padre José Dabusti. No solo era quien iba a oficiar mi matrimonio; era el sacerdote del milagro. Yo, Cintia, había elegido a Nunzia, con quien escribimos estas páginas, como testigo de casamiento. Una tarde soleada, el padre José Dabusti nos citó en su estudio de la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, de Buenos Aires, y escuchó el testimonio de práctica sobre los novios. El retrato de Juan Pablo I se destacaba en una pared. Nunzia rompió el hielo ante el párroco señalando al papa italiano y preguntó por qué estaba allí él y no un santo conocido. El padre Dabusti sonrió y dijo que era muy devoto de Juan Pablo I, pero no agregó nada más. A partir de ese momento, la imagen de Juan Pablo I empezó a despertar nuestro interés;recordamos el relato del presunto milagro que se estaba estudiando en la Argentina y quisimos saber más de él. Comenzamos a indagar sobre la vida de Luciani y, en simultáneo, tratamos de recabar más información sobre esa sanación extraordinaria. Una vez que la curación inexplicable fue confirmada como milagro, viajamos hasta Paraná para conocer a la protagonista y contar este increíble suceso.

Decidimos escribir la historia desde otra perspectiva, desde el hoy, y a través de las voces directas de los protagonistas, que hablaron en exclusiva para esta obra.

Expresamos también nuestro reconocimiento a fuentes muy valiosas que dieron su testimonio y cuya identidad reservamos; fueron claves para acceder a la información y dilucidar temas vinculados a la mafia y a la logia P2, que también atraviesan la historia de Albino Luciani.

Para esta investigación consultamos exhaustivamente las fuentes oficiales del Vaticano, accedimos a testimonios directos, a las principales biografías, a las obras de los postuladores de la causa de canonización de Luciani, a los documentos y cartas, diarios de la época, revistas, archivos históricos, audiovisuales, sitios oficiales, y a las redes sociales.

Al investigar las distintas versiones existentes sobre la muerte de Juan Pablo I, nos propusimos darle al lector una herramienta adicional para que la palabra “asesinato” no quedara sellada en el nombre de Albino. A lo largo de los años, el Vaticano no ha contribuido a disipar estas sombras oscuras que mantienen a Luciani en la posición de mártir.

Con este libro buscamos al menos contribuir a que Albino salga del olvido donde lo sepultó la historia y que ya no solo sea asociado a las conspiraciones, sino que su nombre vuelva a relucir a modo de una luz de esperanza con el milagro que hizo en la Argentina.

Esperamos ansiosas participar de la ceremonia de su beatificación, el 4 de septiembre de 2022, y ver la gran imagen de Juan Pablo I de nuevo en un balcón del Vaticano.

Las autoras

CAPÍTULO I

LOS LUCIANI

Pan de aserrín

El gélido invierno había llegado otra vez al estrecho y sombrío valle rodeado de escarpadas y puntiagudas montañas. Pero muchas de las chimeneas de las casas alpinas que asomaban de cuando en cuando no arrojaban humo. Ni siquiera se veía leña en los alrededores. No había hombres que la cortaran. Unos se habían ido a la guerra. Otros, más allá del mar.

Corría el año 1918 —el período más terrible de la Primera Guerra Mundial—, conocido como el l’an de la fam, “el año del hambre”. Ni siquiera el pasto, las hierbas o las raíces condimentadas y hervidas con un poco de leche o manteca eran suficientes para alimentar al pueblo. Excepcionalmente había pan amasado con una magra ración de salvado y con el aserrín de los abetos, que abundaban en los bosques locales. Ese era todo el menú para pasar el invierno por aquellos tiempos en Forno di Canale, pequeña aldea de Belluno, en la región del Véneto, al norte de Italia.

Una madre, desesperada por faltarle todo, como última opción decidió mandar a su hijastra de quince años, que padecía hipoacusia, junto con su primogénito de apenas seis, a pedir limosna a los pueblos vecinos. Ya sabía que no iban a volver con los bolsillos llenos, pero los estragos del hambre no dejaban alternativa. El pequeño niño nunca borraría de su memoria la crueldad de aquellos años en los que, al alba, todavía dormido, salía a recolectar con sus manitos un poco de leña y raíces del frondoso bosque bellunense.

Esos recuerdos calarían hondo en Albino Luciani, el niño mendigo que, sesenta años después, llegaría a convertirse en la máxima autoridad de la Iglesia católica como el papa Juan Pablo I.

En la audiencia con los fieles de la diócesis de Belluno del 3 de septiembre de 1978, evocando su durísima infancia, afirmaba:

Ha sido recordado en los diarios, capaz demasiado, que mi familia era pobre. Puedo confirmarles que, durante el año de la invasión, padecí verdaderamente el hambre; por eso puedo entender los problemas de quien pasa hambre.

Éxodo

Los hornos de fundición de las antiguas mineras de cobre y de hierro, y de la iridiscente calcopirita, dieron nombre al pueblo italiano de Forno di Canale, rebautizado en 1964 como Canale D’Agordo. Este pueblito nace en la unión de dos arroyos, uno llamado Biois y el otro, Liera. Coincidentemente también allí confluyen dos valles, el de Biois y el de Gares.

Las macizas montañas dolomitas que lo envuelven llegaron a inspirar a grandes escritores como Dino Buzzati, que se preguntaba: “¿Son piedras o son nubes? ¿Son reales o es un sueño?”. Pero también, en una época del año, su encanto se transformaba en un entorno hostil. De noviembre a febrero, estas macizas cimas proyectaban una lúgubre sombra sobre la cuenca y apenas permitían el acceso de unos pocos rayos de sol. La falta de luz y calor forjó el carácter de los habitantes haciéndolos muy introvertidos, poco comunicativos e incluso en algunos casos ermitaños. La adversidad del clima y del ambiente hizo a los pobladores resistentes, firmes y muy pragmáticos. Popularmente, de los montañeses del Véneto se dice que “tienen zapatos fuertes y pensamiento sutil”.

La vida en la montaña estaba programada de acuerdo a las cuatro estaciones del año y a la labranza de la difícil tierra de esa zona. El ciclo anual comenzaba en la primavera, con el arado y la siembra. Los pocos frutos que regalaba eran papas y cebada.La huerta fue fundamental para muchos italianos que, ingeniosamente, disfrazaban la carestía con unos pocos tubérculos y daban sabor a la nada. Muchas madres transformaron la infancia de sus niños con la dulzura de apenas unas manzanas. La primavera renovaba la esperanza porque los bosques regalaban los espárragos selváticos y rastreros. Era una aventura encontrarlos entre los arbustos, ya que eran signos de que esa noche agregarían algo a los poquísimos huevos. Y las lluvias sacaban fuera a los caracoles, que, convenientemente purgados y hervidos, se convertían en otra fuente de sustento apetecible. Entre abril y mayo llegaba el momento de recoger le rosole. Sus tallos verdes eran de lo más preciado y había que recolectarlos antes de que se convirtieran en hermosas amapolas escarlatas. Una vez cortados con las cuchillas al ras de la tierra, se los cocinaba y condimentaba con sal y con lo que se tuviera a mano. Era muy importante ser precavido y cocerlos muy bien para que perdiesen sus propiedades venenosas. También inducían a un sueño placentero por sus efectos sedantes.

Durante el verano el esfuerzo de las familias se concentraba en la recolección del heno, mientras jóvenes y niños pastaban en la montaña el poco ganado. Cuando llegaba el otoño, la gente de Canale D’Agordo racionaba las provisiones y preparaba la leña para hacer frente a las largas y copiosas nevadas. Y apenas el invierno se hacía presente, los hombres, después de meses de ausencia por sus trabajos estacionales, regresaban a casa. Era la temporada en la que más niños se concebían.

Este contexto duro, desafiante, fue la cuna de una de las primeras corrientes migratorias que salieron en busca de mejores oportunidades. La situación imperante desencadenó el éxodo más grande de Italia. La familia Luciani no fue la excepción. A principio del 1900, una cuarta parte de la población de Canale D’Agordo había emigrado, lo que significó una pérdida muy grande en una localidad de casi 4000 almas. Las familias se iban desmembrando porque el pater familias se embarcaba rumbo a América, o se desplazaba hacia las cercanas Suiza, Alemania y Francia. Con el inicio de los enfrentamientos bélicos, el destino casi siempre se hallaba cruzando el océano. Algunos hombres no volvían más a su tierra natal, porque se encontraban con la muerte o con otros amores. Las mujeres se quedaban solas con la responsabilidad de la casa,la numerosa descendencia, los campos y hasta los animales.

Albino Luciani, hijo de estos inmigrantes, quedó marcado por una carta de unos paisanos de Canale D’Agordo que se habían instalado en Brasil y fue leída por el párroco del pueblo en una noche de Navidad. La misiva estaba empapada de nostalgia,peripecias, recuerdos y del amargo sabor de ese desarraigo, del que solo puede dar testimonio quien lo vivió en carne propia.

“Don Juan”

En Canale D’Agordo todos se conocían e incluso muchos estaban emparentados. La figura del cura era un emblema, y la iglesia, el corazón que marcaba el ritmo del pueblo. El párroco, un actor con gran incidencia social, había implementado carritos con bibliotecas móviles para revertir el gran número de analfabetos. Como los pobladores tenían la idea fija de la inmigración, el sacerdote se preocupaba de que quienes viajaban —especialmente a Sudamérica; Argentina y Brasil— se mantuvieran unidos en pequeñas comunidades, y él mismo se ocupaba de custodiar los pocos bienes que quedaban en Canale D’Agordo.

Los rumores y los chimentos resultaban moneda corriente a pesar de que los pobladores se caracterizaban por ser muy reservados y de pocas palabras. Seguramente la vida sentimental de Giovanni Luciani, el padre de Albino, había dado a los vecinos mucho de qué hablar. Albino Luciani sería el hijo de la tercera unión sentimental de “don Juan”, quien protagonizara algunos de esos amores escandalosos para el final del siglo XIX.

A los veintitrés años, Giovanni Luciani tuvo un romance con Giulia Florian, con quien se comprometió públicamente, aunque el casamiento no se llegó a concretar. De esa unión, en 1895,nació Adele Florian. Se desconocen los motivos por los cuales Giovanni no quiso formalizar por la Iglesia esa unión y tampoco dar su apellido a la niña, hecho que estigmatizaba a la madre y a la hija ante la aguda y prejuiciosa mirada de los demás.

La niña cumplió cuatro años, el amor entre sus padres se desvaneció. Don Juan se había refugiado entre los brazos de su prima,Rosa Fiocco, que, a los pocos meses, quedó embarazada, y nuevamente Giovanni y su pareja fueron señalados con el dedo por sus comprovincianos. Las repercusiones y las versiones malintencionadas hicieron que tuviera que intervenir el padre Alessio Marmolada. Como se trataba de un matrimonio entre primos en el que el avanzado estado de embarazo era imposible de ocultar, el sacerdote obtuvo una dispensa especial. Pero además, para poder acceder a ese matrimonio reparador, también tuvo que ingeniárselas de modo que quedara sin efecto el compromiso público que don Juan había hecho a Giulia Florian años atrás. Aun cuando no lo había cumplido, el valor social del compromiso era tal que solo una dispensa podía dejarlo sin efecto.

Giulia renunció a cualquier compensación de parte de Giovanni, quien nunca llegó a reconocer filialmente a la hija que tuvieron. No pasaron muchos meses hasta que Giulia rearmó su vida. Se casó felizmente y hasta consiguió que, en 1901, su esposo le diera a su hija el apellido. Esto explica que la primera hermana del papa Luciani tuviera un apellido diferente.

El obispo Cherubin, para frenar toda la polémica generada en torno a este escándalo amoroso que tenía en vilo al pueblo, concedió a Giovanni Luciani y a su prima Rosa Fiocco la autorización del matrimonio, y se casaron el 3 de abril de 1900. Unos meses antes de la boda, el 20 de noviembre de 1899, nació Guido Celestino. Pero seis meses después la tragedia empezaba a entrar en la vida de los Luciani. El pequeño murió.

No había transcurrido un año cuando nació Amalia, la primera hija mujer de la pareja, afectada por la sordera y la incapacidad para hablar. Y dos años más tarde vendría al mundo Pia con la misma discapacidad. No obstante, la familia se siguió agrandando acechada por la fatalidad que parecía cernirse sobre su ADN. En 1904, 1905 y 1906 nacieron tres hijos varones que perdieron la vida, uno tras otro, a los pocos meses. Paradójicamente los tres llevaban el nombre de Albino. La historia se vuelve más macabra al saber que la elección del nombre estaba ligada a un obrero de Bérgamo llamado Albino, amigo y compañero entrañable de Giovanni que había fallecido en una explosión de un horno en una fundición de acero mientras trabajaba junto a Giovanni en Alemania.

La muerte de los hijos varones y la enfermedad de las mujeres se atribuirían a la consanguineidad de los padres, de acuerdo a lo investigado por Davide Fiocco, perito en la causa de canonización de Juan Pablo I.

Después de unas semanas de la partida del tercer hijo Albino, Giovanni sufrió una nueva pérdida: su mujer, Rosa, con tan solo veintinueve años, fallecía de tuberculosis, por ese entonces una enfermedad incurable. Giovanni quedaba viudo con dos hijas afectadas a cargo.

Bortola y Giovanni, una historia de amor

Giovanni Luciani, como jefe de familia, emigraba de noviembre a marzo. Auténtico obrero “golondrina”, ya a los once años se trasladó a Austria y luego a Alemania, donde fue albañil y operario especializado en altos hornos, y más tarde a Bélgica y Francia. Tras quedar viudo, decidió ir a Suiza, un lugar relativamente cercano para estar próximo a sus hijas Amalia y Pia, que habían quedado al cuidado de dos familias diferentes.