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Este libro cuenta la historia de amor entre un funcionario de prisiones y una presa destruida por un sistema institucional arcaico y corrupto. A través del diario del funcionario Luis Miguel Vela conoceremos todos los impedimentos que puso Instituciones Penitenciarias para impedir primero su relación y más tarde su matrimonio con la interna Carmen Beatriz, natural de Guinea Bissau y encarcelada en Las Palmas, y posteriormente trasladada a Jaén, donde se conocieron y enamoraron. La lista de ilegalidades de la Dirección General de I.I.P.P. van desde impedir las comunicaciones, restringir la llamadas telefónicas, prohibir los permisos, hasta la falsificación de la firma de Luis Miguel en Correos para quedarse con la partida de nacimiento de Carmen, trasladar a Carmen de prisión, y por último suspender las prácticas de funcionario de prisiones sin motivo legal a base de mentiras inventadas sin ningún tipo de escrúpulo. Una injusticia que arruinó la vida de dos personas cuyo único delito fue enamorarse, por el simple hecho de que para la Dirección General estaba mal visto y no podían permitir la relación entre un funcionario de prisiones y una presa.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Prólogo
Capítulo I: Viernes, 3
Capítulo 2: Sábado, 4 de enero
Capítulo 3: Domingo, 5 de enero
Capítulo 4: Lunes, 6 de enero
Capítulo 5: Sábado, 11 de enero
Capítulo 6: Lunes, 13 de enero
Capítulo 7: Martes, 14 de enero
Capítulo 8: Domingo, 19 de enero
Capítulo 9: Lunes, 20 de enero
Capítulo 10: Jueves, 30 de enero
Capítulo 11: Miércoles, 12 de febrero
Capítulo 12: Sábado, 15 de febrero
Capítulo 13: Martes, 18 de febrero
Capítulo 14: Sábado, 29 de febrero
Capítulo 15: Lunes, 9 de marzo
Capítulo 16: Jueves, 2 de abril
Capítulo 17: Sábado, 11 de abril
Capítulo 18: Miércoles, 20 de mayo
Capítulo 19: Lunes, 25 de mayo
Capítulo 20: Viernes, 19 de junio
Capítulo 21: Sábado, 22 de agosto
Capítulo 22: Lunes, 21 de septiembre
Capítulo 23: Jueves, 24 de septiembre
Capítulo 24: Jueves, 22 de octubre
Capítulo 25: Viernes, 23 de octubre
Capítulo 26: Jueves, 24 de diciembre
Capítulo 27: Jueves, 7 de enero de 1993
Capítulo 28: Miércoles, 10 de marzo de 1993
Capítulo 29: Sábado, 18 de noviembre de 1995
Este libro no es una novela romántica, ni una aventura de ficción sobre amores entre rejas y cárceles opresoras, ni relato inventado alguno. Esto es real, tristemente real; es el diario de una injusticia cometida por Instituciones Penitenciarias contra dos personas que lo único que pretendían era estar juntos y formar una familia, y cuyas vidas destrozaron por el simple hecho de “estar mal visto”. Dos vidas arruinadas por la sinrazón del Poder, que antepuso “el qué dirán” a la vida de dos ciudadanos cuyo único delito fue enamorarse.
Frases como la que me dedicó el enviado de J. Antonio Garrido, jefe de Área de Recursos Humanos de Instituciones Penitenciarias (1993), ya que él no tuvo la consideración de recibirme y darme una explicación acerca de mi suspenso en las prácticas de funcionario de prisiones sin motivo legal aparente, dice todo sobre la legalidad de la actuación de la Dirección General: “Comprenderás que no podemos permitir la relación entre un funcionario de prisiones y una presa”. ¿Comprenderás? Es difícil de comprender que arruines la vida de dos personas por el simple hecho de que no está bien visto, sin una razón de por medio, a base de mentiras, invenciones e ilegalidades. La lista de agravios es larga, desde impedir las comunicaciones hasta robarnos la partida de nacimiento de Carmen falsificando mi firma en Correos, pasando por la intervención de la correspondencia, traslado de prisión, restricción de llamadas telefónicas, hasta culminar la tropelía suspendiéndome el periodo de prácticas y expulsándome de Prisiones, inventándose una sarta de mentiras para justificar su actuación.
En fin, que por nadie pase. La consecuencia de todo esto es mi falta de credibilidad en las Instituciones y mi desconfianza en el ser humano desde entonces. Después de haber superado momentos críticos en mi vida, como la heroína, la cárcel, la pérdida de amigos a causa del SIDA y las sobredosis, la triste pérdida de un hermano a los diecinueve años y otros sinsabores de la vida, esta experiencia no he conseguido superarla. Me ha marcado, y me temo marcará, para el resto de mi existencia. No hay palabras para explicar lo sufrido por ambos durante este tiempo. Y difícil describir la impotencia y la ansiedad que te consume por dentro. La indignación y la rabia no han desaparecido desde entonces.
Con la publicación de este diario lo único que pretendo es denunciar cómo las Instituciones manejan las leyes a su antojo sin tener el más mínimo reparo en destrozar la vida de los demás. Solo espero al publicar el libro que sirva al menos para evitar casos parecidos en el futuro y, si llega a oídos de los implicados, que se avergüencen. Gracias por interesarse en mi historia.
Para Carmen Beatriz, un Amor Imposible…
El Destino; eso es lo primero que me viene a la cabeza, por no sé qué extraña sensación, cuando me comenta mi compañero durante el relevo de guardia, que han llegado trasladadas de la prisión de Las Palmas un grupo de seis morenitas, nombre por el que se conoce en la cárcel a las reclusas de raza negra. Al parecer, se han convertido en el aliciente del día. No creo en el Destino, dicho sea de paso. Aun así, miro en la palma de mi mano intentando vislumbrar en sus rayas parte del mío. No descubro nada, pero tengo el presentimiento de que algo especial me tiene reservado.
Me llamo Luis Miguel Vela y soy funcionario en prácticas de la recién inaugurada Prisión Provincial de Jaén. Acabo de regresar de pasar las vacaciones de Navidad en Ciudad Real con mi familia. La cárcel se encuentra 10 kilómetros antes de llegar a la capital y, aunque tenía intención de acercarme al piso a dejar el equipaje, se me ha hecho tarde y he venido directo al trabajo. Tengo turno de tarde.
La prisión tiene dos partes bien diferenciadas: Interior y Exterior, ambas dentro del recinto de seguridad, un muro de hormigón de ocho metros de altura. Entre el primer control, a cargo de la Guardia Civil, y el control de funcionarios que da paso a Interior, se encuentra Exterior. Este consta de la sección abierta y comunicaciones exteriores, donde trabajan los internos de tercer grado y donde se reúnen los familiares antes de comunicar con los internos. Junto al control de funcionarios se encuentran el cuerpo de guardia, la centralita de teléfonos y la sala de video de las cámaras de seguridad.
Nada más cruzar el control de funcionarios que da paso a Interior te llevas una agradable sorpresa; al menos, esa es la sensación que produce en los familiares que vienen por primera vez de visita al ver una bonita plaza con su fuente en medio, rodeada de palmeras. No es eso, precisamente, lo que esperan encontrar luego de pasar por tantas medidas de seguridad: muros de cemento, Guardia Civil, puertas automáticas de acero, arcos detectores, registros, cacheos, etc. Todo esto, unido al ya de por sí desagradable trago que supone visitar a un ser querido en prisión, les crea mucha tensión y la plaza, de aspecto agradable, les relaja bastante.
Pasada la plaza se encuentra el módulo de FIES, fichero de internos de especial seguimiento, el más seguro y vigilado, la flor y nata de la cárcel. Son los internos calificados de “muy peligrosos” y clasificados en primer grado. Su régimen es de aislamiento completo.
Hoy me ha tocado servicio en Comunicaciones Interiores y mi trabajo consiste en organizar el correo y las comunicaciones de los internos. Al ser día laborable, la tarde se presenta tranquila: alguna vis a vis que otra, repartir el correo, telegramas y giros postales, y poco más.
Hasta la hora de comienzo de las comunicaciones especiales, más conocidas por vis a vis, me dispongo a repartir el correo por los distintos módulos. Cojo los libros de registro correspondientes, pido permiso al Jefe de servicios y cruzo el rastrillo que da acceso al puente de seguridad.
Los rastrillos son cuartos cerrados con dos puertas automáticas, una enfrente de la otra. Los controla un funcionario que a través de una ventanilla identifica a las personas que pretenden entrar o salir. Bajo ningún concepto pueden permanecer abiertas las dos al mismo tiempo.
Una vez atravesado el puente de seguridad, único paso al interior de la prisión, propiamente dicho, me dirijo en primer lugar al módulo de mujeres atraído por la curiosidad, como casi todos, de ver a las morenitas, ya que son las primeras mujeres de color que llegan a Jaén. Pero también existe, como he dicho antes, otra razón poderosa y desconocida por la que comienzo el reparto, en contra de mi costumbre, por el módulo de mujeres: el presentimiento de que estoy a punto de conocer parte de mi destino.
Me detengo ante la puerta del módulo y llamo al timbre. Ana, una de las funcionarias, se asoma por la ventanilla que da al pasillo, e inmediatamente comienza a abrirse la puerta de acero. Cruzo, y la puerta se cierra a mis espaldas. Entro en la oficina y Ana me saluda efusivamente:
--¡Hombre, Luismi, no te he visto en el relevo! ¿Qué tal las vacaciones?
--Muy bien. ¿Y tú?, ¿Has estado en Galicia?
--Si, ¡ya era hora! Hacía tres meses que no veía a mi marido.
--Me alegro-- digo, dejando las cartas sobre la mesa. —Voy a repartir un par de telegramas y unos giros postales. Cuando termine, te invito a un café y me cuentas.
--Vale, pero invito yo. Estás en mi módulo.
Salgo de la oficina y espero a que Ana me abra la cancela de seguridad que da acceso a la sala del módulo. Al oír correrse la cancela, la mayoría de las internas que están en la sala se aproximan hacia mí, sobre todo las que esperan dinero.
--He dejado la correspondencia en la oficina—les informo.
Me siento en una mesa libre, y mientras ordeno los libros de telegramas y giros postales, observo detenidamente el módulo; parece más animado que de costumbre. En un rincón de la sala, tres de las morenitas recién llegadas forman un corro con varias internas más. Están de pie, cantando y dando palmas, y se acompañan con una caja flamenca, unos timbales y un djembé. Las morenitas van saliendo de una en una a bailar al centro del corro. ¡Qué manera de moverse! El baile le da al módulo un divertido aire tropical.
Al fondo de la sala, en el economato, otras dos de las morenitas, de unas diez arrobas de peso cada una, intentan entenderse por señas con la encargada del economato, una interna de raza gitana que no para de dar voces, como si gritando la fueran a entender mejor, en idioma tarzán.
--¿Tú querer café, pero no tener dinero?
El resto de internas se distribuyen entre las mesas de la sala, el patio y la sala de televisión. También se oyen ruidos procedentes de las duchas.
María Jesús, la funcionaria encargada del módulo, se acerca a saludarme.
--¿Qué tal, Luis Miguel? Te echábamos de menos.
--No será para tanto.
--¿Sigue La Mancha en su sitio?
--Allí sigue invariable. También he pasado unos días en Madrid.
--¿Y qué cuentan mis paisanos?
De pronto, se fija en el tumulto que forman las internas en la oficina alrededor de su compañera Ana, que se afana por repartir el correo.
--¡Huy, Ana, pobrecica, qué jaleo tiene! Voy a echarle una mano. Ahora te veo.
--Hemos quedado después para tomar café. ¿Te apuntas?
--¡Estupendo! Hasta luego, pues.
Empiezo por el libro de telegramas y busco la hoja correspondiente al 3 de enero. Comienzo a llamar a las internas por orden, según viene en el libro.
--¡Manuela Jiménez! – grito para que me oigan en la sala, y repito -- ¡Manuela Jiménez, telegrama!
La interna se acerca desde el economato y al llegar a mi altura me piropea:
--¡Hola, don Lui! ¡Qué guapo sa puesto uste hoy!
--Llevo el mismo uniforme todos los días, Manoli, pero gracias. Fírmame aquí abajo –le indico el recuadro con el bolígrafo.
Coge el libro con una mano y el bolígrafo con la otra, hace un garabato donde le parece oportuno (fuera del recuadro, por supuesto) y me lo devuelve todo como si me acabara de firmar un autógrafo. Le entrego el telegrama y se lo guarda en un bolsillo sin leerlo.
--¿No te interesa lo que dice? – le pregunto extrañado.
--¿Pa qué? ¡Seguro que no es na güeno!
Llamo a la siguiente:
--¡Ángela Martínez, telegrama! –así, hasta cinco veces.
--¡Está de permiso, don Luis! –grita alguna desde el fondo.
Guardo el libro de telegramas y saco el de giros postales.
--¡Dolores Montoya, giro postal!
Esta vez no hace falta repetir; de inmediato aparece delante de mí, no sé por dónde, pues aún no me ha dado tiempo a levantar la vista del libro. En esto del dinero los presos, que suelen guiarse por el olfato, se parecen bastante a los de afuera.
--Tienes quince mil pesetas de José Mora ingresadas en tu cuenta de peculio. Firma aquí –le indico.
--¡Uuuyyyyy, Jesús Bindito, si yo no sé escribir ni na! –dice riéndose a carcajadas, más que por la vergüenza de no saber escribir, por la alegría de recibir dinero.
--Es igual, pon lo que sea. De todas formas, no te van a quitar el dinero –le comento.
--Por si acaso, que nunca sabe una…
Firma, por llamarlo de alguna manera, le entrego el resguardo y señalando la oficina, me dice:
--Voy p’allá, don Lui, a ver si ma escrito mi novio.
Llamo a la siguiente y última:
--¡Esperanza Ramos, giro postal!
--La del economato, don Luis –me informa una interna que pasa por mi lado.
En el economato, la interna encargada, agita los brazos chillando:
--¡Aquí, don Luis! ¡Estoy aquí!
Aparto el resguardo para llevárselo y recojo los libros. Ana y María Jesús pasan camino del economato.
--Vamos para allá, Luismi –me indica Ana, señalando con la mano el economato.
--Voy enseguida. Un minuto –digo, terminando de recoger los papeles.
Me levanto de la silla y, antes de poder dar un paso, me quedo paralizado observando a una interna que sale por la puerta de las duchas. Se trata de la morenita que me falta por conocer. Aunque también de raza negra, su piel no es tan oscura. Debe de ser mulata, pienso. Es delgada y mide alrededor del metro setenta de estatura. Va envuelta en un albornoz blanco que contrasta con su piel morena. Una toalla, blanca también y liada en la cabeza, cubre la mayor parte del pelo. Sus brazos sujetan contra el pecho gran cantidad de botes, algo de ropa y una bolsa de aseo. Calza zuecos blancos que la hacen más esbelta. Anda con paso firme y elegante. La sigo con la mirada embobado.
Al pasar a mi lado, me fijo bien en su cara; no se ha secado y la tiene salpicada de gotitas de agua que, al resbalar por sus mejillas van dejando unos surcos que brillan con fuerza sobre su piel. Sus ojos son negros y algo achinados, y su mirada, ausente. Los labios, grandes y carnosos, parecen de melocotón. Varias trencillas de su pelo negro, brillante y rizado asoman por debajo de la toalla enroscándose a su hermoso cuello.
Me fijo también en sus manos; son delgadas y tan elegantes como ella. Lleva las uñas largas y perfectamente cuidadas. Debe de ser joven, le calculo veintipocos años, y por la cantidad de artículos de higiene y belleza que lleva encima da la sensación de ser limpia, algo no muy frecuente aquí. Sobresale entre las demás internas…y entre las demás mujeres. Cruza la sala como si no existiera nadie a su alrededor y sube por las escaleras hacia su celda. Me parece estar presenciando el rodaje de un spot publicitario de Whitney Houston anunciando una nueva marca de cosméticos. Cuando desaparece escaleras arriba y vuelvo la cabeza, tengo que hacer un esfuerzo por enfocar la vista. Lo primero que veo son los brazos de la encargada del economato agitándose en el aire mientras grita con voz chillona:
--¡Vamos, don Luis, que se queda sin café!
La mayoría de las internas ya han subido a sus celdas y el economato está a punto de cerrar. Me tomo un café rápido mientras charlo un ratito con Ana y María Jesús sobre las vacaciones y algunos rumores de última hora. Ana me acompaña para abrirme la puerta del módulo y continúo con el reparto.
Por el pasillo, no dejo de pensar en la mujer de las duchas; me ha impresionado. ¿De dónde será? ¿Hablará castellano? ¿Por qué estará aquí? ¿Estará casada? ¿Tendrá ella algo que ver con mi presentimiento respecto al Destino? Estoy impaciente por volver a verla.
Terminado el reparto de la correspondencia regreso a mi oficina. Varios compañeros me han interrogado con curiosidad acerca del grupo de morenitas. Les ha hecho mucha gracia lo del baile africano. Les he contado también que se han integrado perfectamente con las demás, y que no hablan español, con los consiguientes problemas, sobre todo para las funcionarias. Se han gastado bromas sobre ellas, algunas de mal gusto, y se han contado chistes racistas, aprovechando la ocasión.
Sin embargo, de la mujer tan especial que he visto no he dicho nada, curiosamente. Algo en mi interior me ha hecho adoptar hacia ella una actitud de protección. Es como si, de algún modo, evitando hablar de ella la pusiera a salvo de los comentarios jocosos de mis compañeros. Al mismo tiempo, una sensación de celos me impide revelar su existencia, por miedo a que alguien más se fije en ella. Ya sé que a la velocidad que corren los chismes en la cárcel una mujer así no durará mucho en el anonimato, pero, al menos, gano tiempo. Tiempo, ¿para qué? – me pregunto. Quizás para intentar conocerla mientras tanto y descubrir que me ocurre con ella. Desde luego es preciosa, pero no se trata solamente de mi deseo natural por una mujer bonita; hay algo más profundo. Solo la he visto unos segundos y ya la estoy protegiendo. ¿Por qué me atrae tanto? Ni siquiera tengo la seguridad de que hablará conmigo, ni de que entienda el español. Y mucho menos la manera de entablar una conversación personal si por casualidad coincido algún día cerca de ella. Me noto intranquilo y excitado.
Son cerca de las cinco, hora prevista para el comienzo de las comunicaciones especiales o vis a vis. Los viernes se celebran entre internos de la prisión. Según el libro, esta tarde comunican dos parejas de internos y una interna que comunica con su marido, procedente del exterior.
Las comunicaciones especiales o vis a vis tienen lugar en habitaciones cerradas y “confortablemente” amuebladas, incluida, claro está, la cama. Pueden disfrutar de una vis a vis al mes, y su duración es entre una hora y dos. Están autorizados hasta un máximo de cuatro personas por interno.
A las cinco en punto, una vez firmadas por el Jefe de Servicios las autorizaciones para sacar a los internos de sus módulos y preparada la tinta para las huellas, llega el funcionario de Comunicaciones Exteriores acompañando al marido de la interna que esta tarde comunica. Al fijarme en él me sorprende su elegancia; viste traje azul marino con la chaqueta cruzada y botones dorados, y corbata burdeos. Es alto, moreno y de facciones duras. Porta una fortuna en oro, entre el reloj, el cordón del cuello, las pulseras y las sortijas. No se quita las gafas de sol. No pronuncia una sola palabra. Le acompaño hasta la habitación asignada y le hago pasar.
--Espere aquí dentro. Enseguida llega su mujer –le digo, cerrando la puerta por fuera.
Las habitaciones disponen de dos puertas: una para los familiares y otra para los internos. Los familiares entran siempre antes que los internos, y suelen ponerse algo nerviosos allí encerrados esperando a que llegue el interno. Por esa razón, me dirijo primero al módulo de mujeres a por las tres internas para no hacer esperar demasiado al visitante. Cruzo el puente de seguridad y al doblar la esquina del pasillo me encuentro frente a un grupo de internas que se aproximan hacia mí, acompañadas por María José, otra de las funcionarias. Me detengo en medio del pasillo y cuando llegan a mi altura les digo, señalándolas con el brazo extendido:
--¿Dónde va tanta mujer bonita?
--¡Ja, don Luis, qué educao! – dice una interna del grupo.
--¡Con usté, ande haga farta! —comenta otra.
María José se detiene a mi lado.
--¡Hola, Luismi! Vamos al polideportivo a jugar un rato al baloncesto. ¿Y tú?
--Voy a tu módulo a recoger a las internas que comunican.
--Ya estaban preparadas cuando hemos salido.
--¡Qué suerte tienen algunas! – se queja una interna desde el fondo del grupo.
Miro el reloj y le digo, poniendo cara de preocupación:
--Me voy que tengo encerrado al marido de Rosa.
--Su marido dice, ¡qué fino! –interrumpe alguna--. Querrá decir su chulo.
María José, la riñe algo molesta:
--¡Vale, Montse, ya está bien de cachondeo! Nos vamos, Luismi. Hasta Luego.
Justo cuando voy a contestar me fijo en una de las internas que viene de las últimas; es Ella. Está preciosa, más aún que la vez anterior. Viste una camiseta gris de manga larga, cortada para dejar la cintura al aire, y unas ceñidas mallas negras. Sus manos, apoyadas sobre el ombligo, sujetan por las mangas la chaqueta de chándal que cubre sus hombros. Una cinta roja sujeta su cabello de delante, dejándolo suelto por detrás. Lleva los labios pintados color fucsia, y la raya de los ojos, negra, los hace ahora más brillantes y profundos. Camina con la misma elegancia y tan distante e indiferente como antes. No habla con nadie, parece desconectada del resto. Creo que ni siquiera me ve cuando pasa a escasos centímetros de mí. ¡Casi nos rozamos! Una brisa de olor a limpio impregna el ambiente. Me quedo mirándola inmóvil hasta que desaparece por la esquina. De nuevo noto que algo extraño se remueve en mi interior. Una interna que camina detrás de ella me dice, guiñándome un ojo:
--Es guapa la negrita, ¿verdad don Luis?
--Sí que lo es, sí –me contesto a mí mismo mientras me alejo.
Al llegar al módulo de mujeres, las tres internas me esperan impacientes.
--Venga, don Luis, que se nos va la hora –se queja una de ellas.
--Tranquila mujer, que no se va a escapar el novio.
Verlas a ellas, y a ellos, arreglarse para las comunicaciones especiales supone todo un espectáculo. Se bañan bien, se lavan el pelo, se depilan ellas, se afeitan ellos, se perfuman, sacan sus “joyas” y se ponen sus mejores “modelitos”. Ellas se maquillan, casi exageradamente, e intentan estrenar alguna prenda de vestir, principalmente ropa interior (esto lo sabemos por las funcionarias). Ellos, en cambio, suelen tener un mismo modelo para sus citas.
Dejo a las internas en las habitaciones y regreso al interior a recoger a los dos internos.
Interior está formado por diez módulos situados en paralelo y unidos por interminables pasillos en forma de H. Los módulos corresponden: seis, a los distintos grados de hombres (preventivos, primer grado, segundo, etc.), y los otros cuatro a mujeres, jóvenes, aislamiento y el de ingresos. En un módulo distinto y aparte se encuentra la enfermería.
Al fondo de la prisión se encuentran los talleres de trabajo y el campo de fútbol. Al principio, el pabellón de deportes, el gimnasio, la biblioteca, la escuela y la capilla. En el centro están la cocina, desde donde se distribuyen las comidas a los módulos, la lavandería y los almacenes.
Procuramos que los internos de distintos módulos vayan juntos por los pasillos el menor tiempo posible, así pues, comenzamos a recogerlos del módulo más alejado al más cercano. Comienzo por recoger al interno del módulo cinco. Llamo al timbre y la cara de Manolo “el intelectual” aparece en la ventana que da al pasillo. Le llamamos así por su gran pasión por los libros. Es de Granada y tiene estudios superiores. Bastante ocurrente, suele emplear el sarcasmo en sus conversaciones. Nunca olvidaré la dedicatoria que me escribió en el dorso de su tarjeta de visita cuando nos despedimos: En recuerdo de mi buen amigo Luis Miguel, que amó en blanco y negro, y vivió en technicolor”. Abre la ventana y, fingiendo sorpresa, pregunta:
--¡Pero hombre, si es don Luis! ¿Qué le trae por aquí?
--Buenas tardes, don Manuel –continúo la conversación en su mismo tono de cortesía--. Siento mucho tener que molestarle con pequeñeces, ya sé que es usted un hombre muy ocupado, pero no tengo más remedio que acompañar a uno de sus “sus” chicos a comunicar.
--No es ninguna molestia, au contraire, estoy a su entera disposición. Se trata de….
--Juan José Justo Jiménez.
--¡Qué barbaridad, cuánta jota! Un momentito que miro a ver.
Sale de la oficina, y el interno, que ha oído el timbre de la puerta y espera al otro lado de la cancela, le apremia:
--¡Vamos, don Manuel, que es pa hoy!
Cuando nos alejamos por el pasillo, oigo a Manolo gritar desde la ventana:
--¡Oye, Luismi, devuélvemelo entero!
El interno, girándose, le grita a su vez:
--¡Tranquilo, don Manuel, que la Tere no muerde!
Llegamos al módulo siete a través del pasillo de la cocina, que une los dos grandes corredores. Después de cumplimentar los papeles por la ventana de la oficina, la puerta de metal comienza a correrse y, antes de poder ver al interno que espera para salir, le oigo gritar al otro lado:
--¡Vamo, seño funsionario, que me se va salí la pisha po lo pantalone!
--Aguante cinco minutillos, a ver si después de un mes de espera, va a llegar ahora desganado –intento calmarle.
--¡Bindito sea el señol, me mata la Juliana si no la apaño!
El interno, Ramón Heredia, de raza gitana, es lo que ellos llaman un hombre echao p’alante. Parece más alto de lo que en realidad es, ya que siempre anda con la espalda recta. Usa bastón, aunque nunca hemos sabido cómo consiguió el permiso, ya que no cojea en absoluto. Eso es lo primero que asoma por la puerta, el bastón de madera con la empuñadura de marfil, ennegrecido por el uso. Lo sujeta una mano firme, repleta de venas que parecen luchar por salirse de la piel. A continuación, aparece el brazo extendido con el codo hacia arriba. Tiene la tez morena, marcada por las arrugas y las desdichas, y el cabello, totalmente blanco. Se cubre con un sombrero negro de fieltro, un poco ladeado, por el que asoman unas enormes patillas que le llegan hasta la barbilla. Los ojos verdes le dan un cierto aire de dandi. Viste camisa blanca de seda, con abundancia de volantes y puntillas, desabrochada hasta la cintura. Una gran mata de pelo blanco sobre el pecho hace de almohadilla del impresionante medallón de oro, sujeto al cuello por un cordón de un dedo de ancho, también de oro. Lógicamente, son falsos, ya que tienen prohibido poseer objetos de valor en el interior de la cárcel. Lleva chaleco negro de raso y pantalones de pinzas marrones, estrechos de abajo. Calza botines de cuero negro, tacón alto y punta fina.
Ramón Heredia, tiene 52 años, pero a causa del tipo de vida que ha llevado, adivinar su edad parece poco menos que imposible. Se ha vestido con sus mejores galas para compartir durante dos horas la misma cama con su mujer. Al verle salir por la puerta del módulo, llego a creer que detrás de él aparecerán un par de escuálidos galgos.
--¡Qué elegancia, don Ramón! –le digo, una vez en el pasillo.
--¡Qué meno, don Lui! La Juliana se merece to.
Su esposa, Juliana Montes, de 45 años de edad, muy bien llevados a juzgar por su aspecto, es la madre de sus nueve hijos.
Debió de ser guapa de joven. También de raza gitana, es morena, de mediana estatura, ancha de caderas y en general, más fuerte que obesa. Sus pechos son tan grandes que siempre tiene los brazos cruzados sobre el estómago, probablemente para sujetárselos.
Ella se siente orgullosa de haberle sido siempre fiel a su marido, y éste, a su vez, presume de no haber querido a otra. Han compartido todo durante 29 años y, ahora, en prisión, todavía comparten algunas cosas: el mismo delito cometido, la misma condena, la misma cárcel y la misma cama una vez al mes.
Uno de cada dos vis a vis aprovechan Ramón y Juliana, durante la primera hora, para disfrutar de la compañía de sus hijos. Bueno, solo de los más pequeños; al resto los ven los fines de semana a través de los cristales de los locutorios. Hoy no toca visita, por tanto, estarán todo el tiempo a solas. Por cierto, uno de sus hijos, el mayor, hace un par de días que ha ingresado en prisión.
--¿Ha visto usted ya a su hijo? –le pregunto, camino de los locutorios.
--¡No me hable, don Lui, no me hable! Se muera la máma si no le sacudo en cuantico me lo eche a la cara –contesta, visiblemente enfadado.
--¡Hombre, don Ramón, bastante tiene con estar aquí!
--¡Y más que va tené! Le parto el garrote a las costillas. ¡Vaya manera de sacar la familia p’alante!
Un interno que se aproxima por el pasillo de la cocina, le grita:
--¡Tenga cuidao don Ramón, que ya no está pa esos trotes!
--¡Mal cáncer te salga en la lengua, chachuno! –le grita éste a su vez--. Ya no hay respeto ni na, don Lui.
--Pura envidia.
--¿Ha visto usté a la Juliana?
--Sí, claro, he ido yo al módulo a recogerla.
--Y, ¿qué, sa puesto guapa?
--Mucho, don Ramón. Tiene usted suerte.
--¡Válgame el cielo! No lo sabe usté bien.
Anoche no dormí bien. Me acosté más cansado de lo habitual, debido al viaje, al trabajo en la prisión y porque me entretuve hasta tarde deshaciendo el equipaje y ordenando un poco la casa. Cuando me acuesto agotado tardo mucho en conciliar el sueño. Además, siempre extraño la cama el primer día. Pero existe otro motivo importante por el que apenas he pegado ojo: no consigo olvidar a la mujer de las duchas. Me fui a la cama y me he despertado obsesionado con ella. Estoy deseando que llegue la tarde para ir al trabajo. Tengo la esperanza de volver a verla.
Mis compañeros de piso, Pedro y Pepe, cogieron un turno de vacaciones distinto al mío, y aún no han regresado. Aprobamos la oposición juntos y el día de la elección de plaza decidimos ir los tres al mismo sitio, quizá para no encontrarnos muy solos al principio. Alquilamos un piso en la parte nueva de la ciudad, como la mayoría de funcionarios que llegamos a Jaén.
Pedro es de Torralba, un pueblo cercano a Ciudad Real, y tiene allí una pequeña granja donde se dedica, durante las libranzas, a la cría de conejos. A Pepe y a mí, esto de los conejos nos hace mucha gracia. En una ocasión se presentó en el piso con un par de ellos vivos, que a los pocos días nos cocinó estupendamente al ajillo.
