Estimulada - Vanessa Vale - E-Book

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Vale Vanessa

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Beschreibung

Si nunca has montado a alguno de los vaqueros de Vanessa Vale, ¡tu oportunidad es ahora! Bienvenida al Rancho Steele, donde los hombres están calientes y saben lo que quieren.

Para Cord Connolly y Riley Townsend eso es pecaminosamente dulce, como Kady Parks.

La maestra de Filadelfia descubre que ella es la heredera —junto con sus medias hermanas que ni sabía que existían— de la fortuna Steele, que incluye un enorme rancho de ganado. En lugar de pasar el verano en casa, ella lo pasará en Barlow, Montana. Y el Oeste es tan salvaje como se lo imaginaba, debido a dos calientes vaqueros que han decidido que ella sea para ellos. ¿Y Kady? Está lista para dejarse llevar por sus estímulos, ser espoleada y agarrarse fuerte.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Estimulada

Rancho Steele - Libro 1

Vanessa Vale

Derechos de Autor © 2017 por Vanessa Vale

Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.

Diseño de la Portada: Bridger Media

Imagen de la Portada: Period Images; BigStockPhotos- Victoria Andreas

Índice

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Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Contenido extra

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1

CORD

“Mierda”.

La palabrota se me escapó al verla. No había otra palabra para esto. Era demasiado hermosa y yo estaba demasiado jodido. Había esperado que las fotos que había visto de ella no fueran ciertas. Que su cabello no fuera una sombra roja ardiente. Que sus rizos no se fueran a enrollar en mis dedos cuando la sostuviera para besarla. Que no tuviera un rocío de pecas en su nariz. Ni senos grandes, caderas redondas o un trasero precioso.

No, con solo un vistazo a las fotos que mi investigador me había enviado ya me había puesto duro como una roca. Era perfecta. Y cuando le mostré las fotos a Riley, asintió en señal de aprobación. No hicieron falta las palabras.

Y ahora que estaba de pie frente a mí con su vestido floreado de verano, sus hombros descubiertos, excepto por dos pequeños y delgados tirantes que sostenían su atuendo, estaba total y completamente jodido.

Porque era mía. Mía y de Riley. Esta mujer, la primera hija de Steele en ser encontrada y venir a Montana, fue verdaderamente reclamada por nosotros. Solo que ella no lo sabía todavía. Y todo lo que le dije fue “mierda”.

Y por supuesto, con esa única palabra, lo había arruinado. Se asustó y me miró con sorpresa y con un indicio de miedo en sus ojos. Cuando dio un paso atrás y miró alrededor del área de reclamo de equipaje en busca de una vía de escape o alguien que la ayudara, apreté la mandíbula.

Sí, conseguía eso a menudo. Yo era un gran hijo de puta, pero nunca la lastimaría. Había pensado en cómo sería la primera vez que nos conociéramos y no había sido como esto.

La había escaneado. La había asustado. Lo bueno es que me estaba mirando a la cara y no se dio cuenta de la forma en que mi pene estaba presionando dolorosamente contra el cierre de mis pantalones. Seguramente que eso la hubiese asustado porque estaba grande. Por todos lados. Esperaba con ansias el momento en que supiera lo grande que era, introduciendo cada gruesa pulgada dentro de su pequeña y caliente vagina.

No era una mujer pequeña; me llegaba a la mejilla con sus sandalias elegantes, que eran inútiles en una hacienda de Montana. Eran jodidamente sensuales y pensé en cómo se sentirían esos pequeños tacones cuando se enterraran en mi espalda mientras le subía el borde de ese vestido tan coqueto y la follaba. Sí, mi pene no iba a bajarse pronto. No hasta que me hundiera en ella. Descarté esta necesidad inmediatamente. Como si fuera posible. Esta… afición que tenía por ella nunca iba a desaparecer.

Así que la erección se mantuvo. Si viera lo que me había provocado, saldría corriendo.

Eso era lo último que quería. Quería tenerla tan cerca como fuera posible. Tan cerca que pudiera estar dentro de ella hasta los huevos.

Me aclaré la garganta, me quité el sombrero, lo recosté contra mi muslo y me cubrí con el borde. Traté de sacar mi mente de la jodida miseria. Sí, quería hacerle todo tipo de cosas sucias, desordenar ese lápiz labial —demonios, verlo cubrir la longitud de mi pene—, pero eso sería después. Ahora, tenía que evitar que corriera hacia el oficial de seguridad más cercano del aeropuerto. Tenía que ser un caballero, incluso, cuando quería ser todo menos eso.

“¿Kady Parks?”, pregunté, levantando la mano en frente de mí como si me estuviese rindiendo ante ella. Quizás lo estaba, porque entre la llamada y las siguientes tres semanas anteriores, pasé de ser un soltero feliz a ser suyo. Irrevocablemente. Al verla en las fotos del investigador —ella saliendo de la escuela y hablando con otros pocos estudiantes, llevando una bolsa de comestibles a su carro, llevando una esfera de yoga y dirigiéndose al local— me había dejado fuera para todas las demás. No tenía idea de qué era lo que había en ella, pero no había vuelta atrás.

No me estaba quejando. Ni un poco. Quise establecerme con alguien por un tiempo, pero nunca había encontrado a la indicada. Pero desde que mi investigador jefe me envió sus fotos, mis fantasías habían sido colmadas por ella y solo ella. Ninguna otra mujer lo haría nunca más. Me dolían los testículos por pensar en agarrarla, tirarla por encima de mi hombro y llevarla a mi casa y tenerla en mi cama hasta que pudiera saciar mis ganas de ella. Mi cerebro —el cual no estaba recibiendo ningún suministro sanguíneo desde que se me había acumulado toda en el sur de mi cinturón— estaba tratando de decirme que me calmara. Ella sería mía. Solo tenía que decir algo más que “mierda” únicamente.

“Sí”, respondió. Su voz era suave, melódica y perfecta para ella. Como había imaginado que sería. Sin embargo, tenía un temblor de miedo, y por haber puesto la mirada en sus ojos y en el sonido de su voz, tenía que arreglarlo.

Le di una sonrisa pequeña, y con suerte un reconfortante: “Soy Cord Connolly”.

El miedo se derritió en su rostro como la nieve en julio —se fue tan rápidamente como había venido. Reconoció mi nombre, sabía que era parte de su comité de bienvenida.

“Eres grande”. Se cubrió la boca con la mano; sus ojos se ensancharon por la sorpresa. “¡Lo siento! Seguro que sabes eso”, jadeó, las palabras se apagaron por sus dedos sobre sus labios. La vergüenza le tiñó las mejillas de un bonito color rosado.

Me reí entonces, me llevé la mano a la parte de atrás del cuello. “No te preocupes. Soy grande”.

Dejó caer la mano, pero aún tenía que superar su mortificación ya que su mirada se movió hacia todas partes, excepto por la mía. “¿Fútbol profesional?”.

Meneé la cabeza lentamente. “Universidad. Pude haber sido profesional, pero en vez de eso escogí un camino diferente”.

Ladeó la cabeza a un lado; su cabello caía sobre su hombro desnudo. Estaba hipnotizado mirándolo, celoso de una hebra de cabello rebelde que frotaba su pálida piel. Tuve que preguntarme si se mantenía lejos del sol o si utilizaba protector solar.

Y eso me hizo pensar en untarle loción por todo su cuerpo. Sin dejar una sola pulgada de su cuerpo. Me aclaré la garganta. “Ejército”.

“Oh, qué bien. Gracias por tu servicio”.

Asentí levemente, no solían agradecerme mucho por lo que había hecho. Había sido un trabajo, uno que había hecho bien y antes de salir, empecé mi propia empresa de seguridad. Mi pasado no era tan emocionante, así que cambié el tema. “Riley Townsend también está aquí, estacionando la camioneta”. Señalé con la cabeza hacia las puertas corredizas por las que había entrado. “Disculpa que hayamos venido a buscarte tarde”.

Sonrió y yo ahogué un gruñido. Sus labios estaban llenos de brillo labial. Algo rojo. O ciruela. Algún color con nombre de chica. Era tan femenina, un marcado contraste para mí. Delicada. Frágil. Con doscientas cincuenta libras, yo era un neandertal en comparación a ella. No. Un cavernícola. La forma más baja de un hombre que encontró una mujer y que quería llevársela al hombro y meterla en su cueva. Para tenerla. Reclamarla. Marcarla.

“No hay problema. Mi vuelo llegó temprano”.

Me aclaré la garganta otra vez, pensando en cómo quería marcarla, mi semen goteando de esos labios exuberantes o quizás llenándole el vientre o los senos. Chorreando de su vagina hacia sus muslos. O marcando su virgen trasero. Oh, sí, ese pequeño orificio todavía tenía su cereza. Con solo mirarla estaba seguro de eso. De ninguna manera alguien podría haber reclamado ese regalo todavía.

No dije nada. No podía. No tenía palabras. Ni actividad cerebral. Nos quedamos ahí de pie, mirándonos fijamente. No podía quitarle la mirada. No podía creer que fuese real. Toda melocotones y crema para la piel y aroma cítrico. Estaba aquí. Iba a ser mía. Nuestra. Solamente no tenía que arruinarlo.

Mierda. Esta vez, me guardé la palabra. Seguía pensando mía, mía, mía, como un canto. Un récord roto. Apreté los dedos en un puñopara evitar llegar a acariciar su cabello sedoso, deslizando mis dedos por la línea larga de su cuello, alrededor de su delicada clavícula que se asomaba por debajo de los tirantes de su vestido.

Otros pasajeros pasaron alrededor de nosotros. Un niño cansado lloraba desde un coche en que era llevado. El mensaje automático de seguridad salió de las cornetas escondidas. Nadie sintió la electricidad que pasó entre nosotros. La forma en que el aire crepitó con necesidad. Deseo. Atracción instantánea.

Ella no era inmune. Definitivamente, estaba sorprendida. Si la forma en que sus pezones estaban presionando, como dos borradores de lápiz, contra la delgada tela de su vestido fuera alguna señal, entonces le gustaba lo que veía, quizás un poco más de lo que había esperado. Solo tenía que preguntarme si su vagina estaba impaciente por mí.

“Aquí estás”.

La voz de Riley rompió el hechizo y Kady se volteó a mirar a mi amigo que se acercaba. A su marido que se acercaba. Sí, íbamos a ser sus esposos. No solo Riley. Los dos. Raro, sí, pero no me importaba una mierda. La reclamábamos. No era como si lo fuéramos a mencionar en ese momento, pero si la íbamos a llevar a la cama y hacerle todas las cosas que tenía pensadas —y algo más—. Finalmente, ella tendría nuestro anillo. No le faltaríamos el respeto de esa forma.

Kady observó a Riley mientras se acercaba. La cálida sonrisa que tenía en el rostro era la usual, pero como su mejor amigo, sabía que el salto en su paso era porque estaba tan ansioso como yo por conocerla. Como venía manejando y tuvo que estacionarse, yo había tenido suerte y la encontré primero.

“Kady. Estoy muy contento por conocerte finalmente, después de todos los correos y las llamadas. Riley Townsend”.

Riley se acercó y tomó su mano, la sacudió, y después no la dejó ir.

Cortésmente, ella sonrió de modo automático, pero vi cómo se encendió su mirada cuando lo tocó. Sí, estaba interesada. Jodidas “gracias”. Si Riley y yo queríamos una relación que encajara para la mayoría, yo iba a estar celoso por la forma en que Kady estaba tomando cada centímetro de él. Su cabello rubio, sus ojos azules, sonrisa furtiva. Él era casi tan alto como yo, estaba esculpido como un atleta, no como un futbolista. Él no la asustaba.

No, ella ni siquiera se había dado cuenta de que él todavía estaba sosteniendo su mano.

“Ustedes dos sí que se comieron sus vegetales cuando eran niños”, comentó, con un tono de humor en sus palabras y curvando la comisura de sus labios. Sus ojos brillaron.

“Sí, señorita”, respondió Riley, dándole su sonrisa pícara que hacía que a las mujeres se les cayeran las bragas.

“¿Ya llegaron las otras?”, preguntó, mirando alrededor.

No era inmune a los encantos de Riley, pero era una señorita como para quitarle las bragas. Incluso, aquí en el aeropuerto.

“¿Tus hermanas?”, pregunté, deseando que me mirara. Lo hizo y juré que pude ver manchas de oro en sus pupilas a lo largo del verde esmeralda.

“Hermanastras”, aclaró Riley, aunque yo era muy consciente de la diferencia. “Si bien hemos encontrado a cinco de ustedes, las cinco hijas de Aiden Steele que han heredado acciones iguales de su rancho y de sus bienes, solo hemos sido capaces de contactar a tres”.

“Ese es mi trabajo. Contactar a las otras dos como te encontré a ti”, agregué.

“Y como el abogado del Estado, soy el chico del papeleo”, Riley se dio una palmada en el pecho. “El que te preparó los documentos para que los firmes”.

“Todavía no puedo creer que esto esté pasando. Que estoy aquí”.

Sus dedos juguetearon con la correa de su bolso. Estaba nerviosa, aunque lo manejaba bien. No por nosotros, sino porque había descubierto que tenía un padre a quien nunca había conocido, que falleció y le dejó una gran herencia y cuatro medias hermanas. Yo también estaría un poco asustado.

“Tuve suerte. Estoy de vacaciones de verano de la escuela y pude venir”.

“Suerte para nosotros”, comentó Riley, fijando su mirada en cada centímetro de ella. Se sonrojó otra vez y observé cómo el color se deslizaba por su cuello y por debajo de la línea del cuello de su vestido. ¿Qué tan lejos habría ido?

Fue entonces cuando se acordó de su mano y la retiró de la mano de Riley.

Fruncí el ceño. Sí, estaba celoso de él porque había conseguido tocarla. Apuesto a que su piel era suave. Sin cayos en la palma de su mano. Su mano también era muy pequeña. Era tan jodidamente…frágil.

“No puedo creer que tenga medias hermanas de las que nunca supe. ¿Ningún medio hermano?”.

Riley meneó la cabeza. “Ninguno que hayamos encontrado como Steele” –Riley se aclaró la garganta—, “nos movimos”.

Aiden Steele había sido un mujeriego. Nunca se casó, había vivido una vida de soltero. Una salvaje vida de soltero. De seguro que yo no era un monje, pero al menos usaba un maldito condón, cada maldita vez, en vez de tener una sucesión de mujeres embarazadas por todo el país. Él se había acostado con ellas y las había dejado. A cada una de ellas.

Kady se sonrojó otra vez. Sabía por su expediente —por la información que mi equipo había recolectado de ella— que tenía veintiséis años. No era una virgen santurrona, pero era una maestra de escuela. Segundo grado. No se acostaba con cualquiera. Tuvo dos relaciones amorosas largas que fuimos capaces de encontrar. No era una fiestera salvaje. No fumaba, no consumía drogas. Era inocente, distinta de lo más bajo de la sociedad, que yo conocía muy bien. Mis manos estaban manchadas con eso. Con las crueldades del mundo. Al ver su sonrisa, su naturaleza suave, supe que ninguno de esos la había tocado alguna vez. Era nuestro trabajo asegurarnos de que permaneciera así.

Pero su padre…

“No nos quedemos aquí”, dijo Riley, cortando mis pensamientos. “Has tenido un largo viaje y estoy seguro de que estás cansada. ¿Estas son tus maletas?”, preguntó Riley, caminando hacia las dos maletas grandes que estaban al lado de ella. Cuando confirmó que eran suyas, él levantó las manijas y nos guio hacia afuera del área de equipaje, arrastrando las dos detrás de él.

“Aquí. Déjame llevar la otra”, dije, acercándome para agarrar el equipaje de mano que llevaba en los hombros. Estaba pesado; era fácil para mí, pero había sido una carga fuerte para ella. Seguimos a Riley pasando por las puertas corredizas hacia afuera, donde estaba el sol brillante.

“¿Ya habías venido a Montana?”, pregunté, caminando por la acera junto a ella y hacia el estacionamiento. Cuando parecía que una Van del hotel no iba a bajar la velocidad, me detuve y le di una mirada al conductor mientras empujaba con mi mano a Kady desde su pequeña espalda. Bien hecho, cabrón. Estoy cuidándola a ella ahora.

“No. Es la primera vez. De hecho, nunca había estado en el Oeste. Filadelfia está lejos de aquí”. Miró a las montañas en la distancia. “De verdad que es la ciudad del Cielo Grande”.

El aeropuerto Bozeman estaba ubicado en un valle; las Montañas Bridger estaban al norte; las otras cordilleras pequeñas estaban más lejos, pero ofrecían una vista espectacular, especialmente para alguien que nunca antes había visto algo parecido.

Riley había bajado la puerta trasera de su camión y yo llevaba las maletas mientras caminábamos. Le abrí la puerta del pasajero.

“Yo he estado en Pensilvania. Hay muchísimos arboles”, comenté.

“Sí, hay muchos árboles”. Miró el asiento y después a mí. Se rio. “¿Cómo me subo hasta ahí?”.

Para mí estaba bien la cabina de la camioneta de Riley. Solo tenía que poner un pie en el estribo y ya estaba adentro. Pero para Kady, delgada, con su vestido bonito y con tacones, la doble cabina estaba lejos. Especialmente con lo alta que la había puesto Riley. Puse mis manos en su cadera —jodidamente pequeña; las yemas de mis dedos tocaron su columna— y la levanté hasta el asiento. Prácticamente, no pesaba nada, estaba cálida y suave a través de su delgado vestido.

Su jadeo de sorpresa hacía que se elevara su pecho y el aumento suave de sus senos por encima del escote en V de su vestido captó mi atención. Lentamente miré su rostro y me di cuenta de que había sido descubierto. Entre el tono rosado de sus mejillas y la forma en que sus ojos se oscurecieron, no parecía importarle.

Mi mirada se detuvo en sus labios que estaban un poco separados, como si estuviera respirando por la boca. Jadeante. Todo lo que debía hacer era inclinarme unas cuantas pulgadas y estaríamos besándonos. Lo deseaba más que mi próxima respiración. Ella lo deseaba. No se estaba moviendo, no se estaba alejando de mí. Pero cuando Riley abrió la puerta del conductor y se subió al auto, el hechizo se había roto. De nuevo.

Maldición. No se suponía que fuera a ser un aguafiestas.

Sacudido por mis pensamientos de cómo sabría ella, agarré el cinturón de seguridad, lo estiré sobre su cuerpo y lo puse en su lugar.

Di un paso atrás y cerré la puerta.

A pesar de que la camioneta de Riley era grande, por tener una segunda cabina completa, con suficiente espacio como para un equipo de leñadores o un chico de seguridad exmilitar del tamaño de un tanque Sherman, siempre me había negado a sentarme ahí. Hasta ahora. Ahora, quería poder ver a Kady mientras íbamos camino al rancho tanto como quisiera. Podía estudiar su perfil, ver las expresiones de su rostro, la forma en que sus senos se movían por las pendientes o huecos en el camino.

“¿A dónde nos dirigimos?”, preguntó cuando Riley salió del estacionamiento y se subió a la autopista hacia el oeste.

“Al Rancho Steele. Tu nuevo hogar”.

No por mucho. Si fuera por nosotros, en vez de eso estaría en nuestras camas, en nuestra casa. Probablemente, había heredado un pedazo considerable de la historia de Montana, pero aun así sería nuestra.

2

KADY

Oh. Dios. Mío.

¡Esto era una locura! ¿A dónde se había ido mi pequeña e inexistente vida? ¿Cómo se había convertido en esta locura en tan solo un mes? La lista de cambios era larga.

Heredé un rancho de un padre que nunca supe que existía. Listo.

Heredé cuatro medias hermanas para agregar a la que ya tenía. Listo.

Viajé hacia el otro lado del país. Nunca antes lo había hecho. Listo.

La primera vez que recibí una carta certificada de un abogado de Montana había quedado atontada por lo que revelaba. Cuando hablé con él por teléfono, me tranquilizó. Y estuve emocionada por venir aquí.

¿Pero ahora?

Sentada en una camioneta pickup de asientos enormes con dos hombres increíblemente atractivos, estaba más que asustada. Debían de tener un perfume de feromonas o algo así porque en el segundo en que puse la mirada en Cord Connolly en la zona de recogida de equipaje, mi corazón se había detenido. Sí, esto me asustó por un momento, pero nunca había visto a un chico tan viril, tan fuerte. Había escuchado sobre esa sensación, cuando tu corazón tambalea, te sudan las palmas de las manos y tu cerebro, literalmente, deja de funcionar en frente de un chico.

Eso nunca me había pasado. Nunca. Hasta ahora.

Cord Connolly había hecho que mi cerebro se descompusiera, mis pezones se endurecieran y que mis bragas se humedecieran, todo entre una respiración y otra.

Era grande. Dios, lo solté sin más y eso me hizo quedar como una tonta. Como si Cord no supiera que era grande. Un apoyador de fútbol, pero sin el exceso de grasa. Un jugador de rugby australiano. Eso era. Había visto un juego por televisión satelital y esos chicos eran grandes. Densos. Sólidos. Exquisitos.

Esos atletas golpeaban cada uno de mis puntos calientes, y así lo hizo Cord Connolly. Incluso, algunos que nunca había sabido que tenía.

Cord no era australiano. No, él era todo un vaquero de Montana. Desde su sombrero de vaquero hasta las puntas duras de sus botas de cuero. Aun así, era un caballero.