Fray Luis de León - Sergio Fernández López - E-Book

Fray Luis de León E-Book

Sergio Fernández López

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Beschreibung

Recoger la vida de fray Luis de León en un puñado de cuartillas no resulta tarea fácil. Su inusual formación, su maestría poética, su proceso inquisitorial o sus controvertidas oposiciones son solo algunas de las cuestiones que hacen de su vida un reto aun para el mejor de los biógrafos, pero también un apasionante espejo de su tiempo y de las constantes disputas que se dieron entre las órdenes religiosas por acaparar el monopolio de la enseñanza teológica en Salamanca. La presente biografía se adentra en su figura, desde sus orígenes familiares de raíz hebrea hasta su muerte (acaecida poco después de que sus compañeros intentaran desposeerlo de su cátedra), y aspira a reflejar toda esa vida de enfrentamientos y rivalidades que, no obstante, consiguió dedicar al estudio, la poesía y la defensa del conocimiento que tantos problemas le habría de traer. _______________ ESTA OBRA HA RECIBIDO UNA AYUDA DEL MINISTERIO DE CULTURA, A TRAVÉS DE LA DIRECCIÓN GENERAL DEL LIBRO, DEL CÓMIC Y DE LA LECTURA.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sergio Fernández López

FRAY LUIS DE LEÓN

FIERAMENTE HUMANO

Índice

Prefacio

Cronología

I. Los orígenes familiares de fray Luis de León

1. «De esta que el mundo llama limpieza». El primer León de Belmonte

2. «Dos hermanos que casaron mal». Los ascendientes judíos de la familia

3. El ascenso social y económico de la familia León

4. Lope de León y el pleito de hidalguía. Los sinsabores del poder

5. La soledad de Lope de León o las consecuencias de una ambición

6. «En un lugar de la Mancha de Aragón». Nacimiento e infancia de fray Luis

II. Los años de formación de fray Luis de León

1. «Mi padre me envió a estudiar Cánones». La repentina vocación de fray Luis y su profesión en la orden agustina

2. «Juro obediencia a Dios y al provincial». El noviciado de fray Luis de León

3. Los estudios en Artes y Teología. Del convento al Estudio General

4. Entre Salamanca, Soria y Alcalá. Su encuentro con Cipriano de la Huerga

5. «Era menester saberlo todo». Las huellas de su educación universitaria

6. De bachiller a maestro. Las titulacionesde fray Luis

7. «Pérdidas que son ganancias». La primera oposición a la catedra de Biblia

III. Fray Luis de León, profesor de la universidad de Salamanca. De Santo Tomás a Durando

1. La oposición a la cátedra de Santo Tomás. Una época propicia

2. «Ninguna cosa es más querida a Dios que el amor». El Cantar de los Cantares

3. Hacia la cátedra de Durando. Ganando oposiciones propias y ajenas

4. Fray Luis se gana enemigos. Entre dominicos, jerónimos y León de Castro

5. Entre poemas y amistades. De Francisco de Salinas a Sánchez de las Brozas

6. Un ambiente enrarecido en el Estudio. Los prolegómenos del proceso

IV. El proceso inquisitorial de fray Luis de León

1. «Los tiempos andan peligrosos». La cultura del miedo y los rigores de un inquisidor

2. Fray Luis, el hombre: agudeza, dolor y cansancio

3. Libros, lecturas y escrituras: los frutos del desengaño

4. Las afueras del proceso I: «unos cartapacios que no son míos». Entre papeles anda el saber

5. Las afueras del proceso II: «el sabio alegorín». Unas notas de humor e ironía

V. Entre el éxito y la muerte. Los años de madurez y producción impresa

1. Hacia la cátedra de Filosofía Moral. Fray Luis, maestro en Artes

2. Fray Luis y el escándalo de la oposición a la cátedra de Biblia

3. Fray Luis, maestro de Biblia. El llamado «segundo proceso»

4. Fray Luis y sus tratados romances. Un tiempo para «De los nombres de Cristo»

5. El hombre y sus circunstancias. «Más quería ser un azacán que no leer»

6. Un triste final para un gran humanista

VI. «Ab ipso ferro». Más que un lema, un carácter

1. Entre la formación y la herencia

2. Las personalidades de fray Luis

Notas

Siglas de los archivos citados

Bibliografía

Créditos

A la memoria de Natalio Fernández Marcos

Sepan vuestras mercedes que nadie puede disimular lo que le duele

Fray Luis de León

prefacio

Habrá quien piense que reducir la figura de fray Luis de León a unas cuartillas sea un trabajo inútil y abocado al fracaso. Y seguramente no le faltará razón. Su inusual formación, su maestría poética, su proceso inquisitorial, sus controvertidas oposiciones, sus disputas en la orden o su labor en la corte son solo algunas cuestiones, puntas del iceberg de una vida que resulta múltiple, compleja e inabarcable para una persona. Afortunadamente, no he estado solo en esta labor. El esfuerzo de numerosos investigadores ha allanado el camino y desbrozado el grano de la paja, desde la prosa literaria de Jiménez Lozano a la documentación hecha estudio de Barrientos para averiguar la relación de fray Luis con su universidad, pasando por las antiguas e incontables aportaciones de Santiago Vela, que, sin pretensión biográfica, bien podrían conformar, juntándolas, una nueva vida del agustino.

En una u otra medida, todos han ayudado a bajar el mito a lo cotidiano y aclararnos ciertas cuestiones, comenzando por los orígenes más lejanos del conquense, que tanto se afanó por descubrir Carrete Parrondo. Con esa convicción, aun siendo consciente de que la aparición en escena de fray Luis iba a demorarse quizá más de lo conveniente, he dedicado uno de los cinco apartados mayores en que he dividido las páginas que siguen a tratar de sus ascendientes familiares con una doble finalidad. Por un lado, situar a fray Luis en su historia genealógica, trepando hasta donde ha sido posible a sus remotos orígenes hebreos, que los tuvo y que no dejaron de recordarle jamás ni a él ni a su familia. Los procesos inquisitoriales o los expedientes de limpieza de ciertos deudos del agustino, en su mayor parte inéditos, muestran que su antiguo linaje seguía vivo en la memoria de los vecinos de Belmonte incluso un siglo después de muertos. Por otro lado, demostrar que todos se encontraban ya muy lejos de esos mismos orígenes, aunque ninguno de ellos los ignoraba. La información nueva que se aporta en este sentido, extraída tanto de pleitos públicos como de documentos privados, ponen de manifiesto el error en que se caería juzgando a fray Luis e incluso a su padre, Lope de León, conversos o influidos siquiera por esa lejana ascendencia en sus quehaceres diarios. Así lo demuestran los bellos porcones de la Biblioteca Nacional, relacionados con su pleito de hidalguía, en los que don Lope no escatimó gastos para que los asistentes al juicio pudieran seguir la causa con facilidad y convencerlos, o las cartas que el oidor dirigió a su padre y su tío con la intención de recibir una herencia que jamás consiguió.

Y es que si algo traslucía en verdad el regusto de su progenie fue su esfuerzo desmedido por olvidarlo y hacérselo olvidar a los demás, sirviéndose de todos los medios que tuvo a su alcance, lícitos e ilícitos, para ascender y medrar en la sociedad. El hecho mismo de que casara a sus hijos Cristóbal o Mencía con familias de evidente origen converso, pero poderosísimas desde el punto de vista económico, dejaba entrever sus verdaderas intenciones, que nada tenían que ver con la sangre, sino con el beneficio, pues estas le aportaban el poder económico que necesitaba para establecer relaciones sociales de mayor altura. El credo religioso no estaba ya entre sus prioridades.

Acaso los enfrentamientos de don Lope con su propio padre y hermanos, y su ambición excesiva expliquen el carácter áspero de fray Luis y su decisión de ingresar enseguida en una orden religiosa, al margen de codicias y duelos de familia. No se olvide que había iniciado algunos meses antes la carrera de jurista. Ciertamente, resulta difícil de calibrar el influjo que pudo tener en el fraile agustino su ascendencia. A nadie se le escapa tampoco que esta suele obviarse además en las biografías al uso o despacharse con apenas unas líneas, comenzándose siempre por razones obvias con el nacimiento del protagonista. Pero creo que merecía la pena dedicarle en este estudio una mayor atención, mucho más teniéndose noticias de ella y habiendo salido a relucir en diversos momentos de su vida. Juzgue luego el lector si ha sido de ayuda para entender mejor al personaje e incardinarlo en su propia cuna.

A este se suman otros cinco apartados, dedicados, por orden, a su formación y estudios; a su primera etapa como profesor en la Universidad de Salamanca; a su proceso inquisitorial, y a sus postreros años como catedrático de Biblia. Por último, he añadido otro con algunas facetas de su vida y carácter, a modo de conclusión. En ellos va escaseando la documentación inédita, aunque aún ha sido posible presentar noticias nuevas en algunas ocasiones; en la mayoría, en cambio, solo he logrado traer algunos sucesos con los que me topé en diversos archivos, que ya habían sido hollados, cómo no, por Barrientos, aunque los consideraba ilusoriamente vírgenes. La publicación de esas noticias, incompleta en algún caso, me ha permitido rematarlas al menos con las migajas que quedaron sin comer, pero que son de no poca importancia. Valga el caso de la interesantísima investigación del escándalo que originó el enfrentamiento entre Domingo de Guzmán y fray Luis en la oposición a la cátedra de Biblia. Con todo, la sola incorporación de los datos que ha proporcionado el esfuerzo de tantos investigadores en las últimas décadas a esta narración, actualizándola, basta para mejorarla, más allá de lo inédito.

A falta de otra documentación, han estado en su lugar las clásicas biografías del protagonista, que han servido de ayuda y modelo. No por antiguos han sido de menor importancia, entre otros, los trabajos de Aubrey Bell, Francisco Méndez, Blanco García, Atilano Sanz, Arango Escandón, González Tejada o Fitzmaurice-Kelly, a los que se han sumado las más modernas biografías de Vossler o Lazcano, los estudios novelados de Lozano y Fernández Álvarez, el ensayo biográfico de Díaz Martín y, por citar algún otro, el descomunal trabajo de Barrientos sobre fray Luis y su relación con la Universidad, que resulta a la postre más biografía que ninguna otra.

Hay que tener en cuenta que el Estudio salmantino copó prácticamente casi todos los años de su vida, si restamos los que corresponden a su niñez, y que el agustino quiso a su vez entregárselos a la Universidad. Rechazó incluso hasta la oportunidad de acudir a Roma para trabajar junto a otros sabios en la edición de la Vulgata que pretendía publicar su santidad Sixto V, aunque quizá lo hiciera por otros motivos por ese entonces. Fray Luis no salió nunca de España. Al margen de Belmonte, su villa natal, y otros lugares como Madrid, donde estaba la corte, o Granada, donde residía su familia, el agustino conoció poco más: Córdoba, Soria, Alcalá, Sahagún, Valladolid o Toledo, ciudades que aparecieron en su itinerario de estudios y trabajo, en las que estuvo casi obligado por las circunstancias. Dedicado durante su vida a la comprensión de las Escrituras, no le hizo falta tampoco conocer más. Desde Salamanca, fray Luis estaba al tanto de todas las novedades editoriales que surgían en Europa y, de hecho, su relación con libreros e impresores quedó patente en su propio proceso inquisitorial.

Como cabía esperar, a ese episodio, en el que han buceado todos los biógrafos del agustino, se ha dedicado otro de los apartados. El tiempo, como acaso le pareció al propio protagonista, también se ha detenido en nuestra biografía de fray Luis para atender a sus lúcidas defensas, a sus curiosas declaraciones y a sus mismos enfados, pero también a sus miedos, su enfermedad y su abatimiento: en definitiva, a las dolencias físicas y espirituales que padeció durante sus años de reclusión. Asimismo, se ha querido incluir en este apartado unas líneas a sus cartapacios, lecturas de clase y modo de impartirlas, junto a la opinión de sus alumnos; e incluso un pequeño espacio a las bromas, que también las hubo entre tanta disputa, el sarcasmo y la ironía que se gastaban los profesores en su labor al frente de sus cátedras, pues la mayoría de lo que se sabe de todo ello procede precisamente de sus declaraciones durante el proceso inquisitorial.

En los tres restantes apartados, sin embargo, he procurado siempre seguir el orden cronológico y lineal de los acontecimientos sin interrumpirlos, aunque también ha sido necesario aparcar su curso en alguna ocasión para explicar al personaje y su obra. Es el caso del capítulo «“Era menester saberlo todo”. Las huellas de su educación universitaria», incluido en el segundo apartado, que he dedicado a su época de instrucción y estudios. Criado al arrimo de las universidades de Salamanca y Alcalá, parecía necesario detenerse en el dispar bagaje teológico que había acumulado tras acabar su formación universitaria. La idea no solo era entender con mayor claridad su modo particular de afrontar las clases y declarar los textos bíblicos, sino también sus disputas con los colegas más tradicionales del Estudio.

Como es sabido, al pequeño Luis, hijo de una familia ensoberbecida de metas cumplidas y ambiciones, lo habían enviado a estudiar Cánones a la universidad. Pero el niño tenía sus propios sueños. Quizá no puedan averiguarse nunca los motivos que lo llevaron a cambiar su mayorazgo y una carrera de jurista por una vida dedicada al estudio y la oración, ni tampoco si algo o alguien influyeron para que escuchase de manera repentina la llamada de Dios a poco de llegar a Salamanca. En los capítulos que siguen se ofrecen algunas conjeturas. Desde luego, no fue su pusilanimidad. Fray Luis heredó de su padre y acaso forjó durante los limitados años que estuvo a su lado un fuerte carácter: «Has engendrado a un León», le diría más tarde a don Lope un amigo de su padre después de leer su sermón. Un temperamento recio que fue más que necesario para convertirse, junto a sus muchas lecturas, en un referente dentro y fuera de la orden, y para alcanzar sus aspiraciones en un ambiente de tanta rivalidad como el de la universidad salmantina.

Y es que, como recordaba Bell, había competencia entre Salamanca y Alcalá, entre la misma universidad y los colegios mayores, entre el Estudio y los jesuitas, y aun mayores piques entre las órdenes religiosas, los conventos y, por supuesto, los profesores. De este modo, su trayectoria vital prosigue con el tercer apartado, donde se recoge esa primera etapa como catedrático de Santo Tomás y Durando. En ella vivió posiblemente la época más feliz o tranquila de su vida, al menos durante los primeros años. Fueron tiempos también para el recreo artístico, en los que debió de redactar muchos de sus poemas. Por entonces, ya no se trataban de meros ejercicios de gramática y retórica, como lo serían en sus años mozos. Tenían una finalidad puramente literaria. Es verdad que no resultan fechables en su gran mayoría y que nada puede asegurarse al respecto. Pero he incluido en este período algunas de sus composiciones más conocidas, convencido de que, si no las escribió en él, sí encontró entonces los motivos para redactarlas luego.

En este sentido, me he apartado de los modelos biográficos citados y de los restantes estudios clásicos dedicados al maestro salmantino, que por lo común han optado por abordar de manera monográfica e independiente vida y obra. También en este caso hay una excepción. Se trata del capítulo «Ninguna cosa es más querida a Dios que el amor. El Cantar de los Cantares»,que he dedicado casi de manera exclusiva a su Exposición romance. Creo que así lo merecían su carácter singular, su originalidad o su dependencia del entorno exegético complutense, así como su misma relevancia en acontecimientos posteriores relacionados con su proceso. Después, se ha continuado con el relato. En las restantes ocasiones, en cambio, sus comentarios y poemas se han ido insertando en su trayectoria vital, sin interrumpir la narración. A veces, se ha anotado también el posible origen o las motivaciones que los originaron, aunque todos sabemos que en su caso no existe una relación estrecha entre vida y obra para poderlo afirmar, sobre todo por lo que respecta a sus versos. Solo ciertas exposiciones bíblicas y composiciones poéticas parecen encontrar en la cárcel un origen inmediato algo más evidente.

El apartado sigue su curso atendiendo a la importancia de sus nuevas amistades, que acaso también justifican algunos de los poemas tratados en este lugar, y a las enemistades que se fue granjeando por entonces el maestro salmantino. Se trata de un asunto de no poca importancia, pues aquellos odios y disputas explican, en mi opinión, el origen del proceso más que otros motivos. Fray Luis lo sabía bien y por ello llamó a la calma, declarando ante el claustro que parecía que todos andaban «como en guerra». Pero para entonces la situación se había enconado tanto que tenía poco arreglo.

Su carácter, oscilante entre lo colérico y lo melancólico, lo llevó además a enfrentarse a sus enemigos y a restarle importancia luego. Fueron dos grandes errores que determinaron su vida. De un lado, un temperamento que no rehusaba la pelea. De otro, o cierta bonhomía, que lo llevaba a dejar las rencillas en el campo de batalla, o cierto orgullo, que le hacía considerar a sus adversarios demasiado simples, «sabios alegorines», como llamaba con sorna a algunos teólogos su amigo Martínez de Cantalapiedra, a quienes veía sin mayor maldad que su desconocimiento. Fray Luis se dio cuenta demasiado tarde de los peligros de un necio, pues fueron aquellos émulos a quienes el agustino no quiso dar nunca demasiada importancia los que lo llevaron a la cárcel, a la que, como ya hemos dicho, se ha dedicado el aparatado cuarto.

Es quizá momento de advertir que, con la idea de facilitar no solo la lectura de ese proceso inquisitorial, sino también de otros documentos, pleitos, cartas o de los mismos libros de claustros de Salamanca, he optado por actualizar gráficamente todos los textos del Siglo de Oro presentados, modernizándolos con criterios fonéticos de acuerdo con el uso y costumbre de las actuales ediciones críticas. Debido a la variedad de fuentes utilizadas, hacerlo de otro modo nos habría llevado más bien a presentar las modas o usos ortográficos de escribanos y las veleidades de los copistas, que están lejos de reflejar una realidad fonética. También he desarrollado, sin previo aviso, las abreviaturas tan comunes en los documentos estudiados, cuya conservación solo habría dificultado su comprensión y lectura.

Pero volviendo de nuevo a fray Luis, el agustino no falleció por fortuna en las cárceles inquisitoriales de Valladolid, como ocurrió a su buen amigo Gaspar de Grajal o al biblista Alonso Gudiel. Como el protagonista del Libro de Job, cuyo comentario fue posiblemente un lenitivo para el conquense, supo armarse de paciencia y resurgir «ab ipso ferro». A estos años he dedicado, por último, el quinto apartado, para presentar en él su oposición a la cátedra de Filosofía Moral; su escandalosa disputa por la de Biblia, donde permanecería hasta su muerte tras ganarla; su «segundo proceso», que lo llevó, quizá tras conversar con el inquisidor Quiroga, a mirar hacia sus adentros y cambiar de actitud con sus adversarios y con la propia universidad, de la que se fue alejando por días, y, en fin, para tratar también de sus últimos escritos. Otros problemas llegaron por entonces para adobar y sazonar una vida apasionante, que con osadía he intentado recoger en las páginas que siguen, gracias al apoyo incondicional de quienes lo consideraron posible.

Aunque nunca están todos los que son, sí quisiera agradecérselo con estas líneas al menos a Luis Gómez Canseco, alfa y omega de la presente biografía, pues no solo me convenció de que era persona adecuada para afrontarla, sino que me tranquilizó siempre con no poca paciencia para superar las dudas que fueron surgiendo al enfrentarme a este humanista hasta acabarla; a Antonio Sánchez Jiménez, cuya enorme generosidad y no menor arrojo le hicieron proponerme este proyecto editorial, lo que no podré nunca reconocerle lo suficiente; a la amabilidad de Josune García por confiar en quienes me imaginaron capaz, y a mi mujer, Pasión, cuya comprensión infinita explica únicamente que entendiese y hasta disculpase que, como un nuevo Baltasar del Alcázar, aborreciese todo lo que no era fray Luis durante más tiempo del deseable. Ojalá haya merecido la pena.

Cronología

1432 Alvar Fernández Ponce de León, tatarabuelo de fray Luis, se empadrona en Belmonte como alcaide de su fortaleza.

¿1435? Nace Lope de León, bisabuelo de fray Luis.

1452 Fallece Alvar Fernández Ponce de León.

¿1475? Nace en Belmonte Gómez de León, abuelo de fray Luis.

1491 Proceso póstumo contra Fernán Sánchez Daviuelo y su mujer Elvira Sánchez, abuelos de Leonor Rodríguez de Villanueva, bisabuela de fray Luis. Desentierran y queman sus huesos.

1499 Proceso póstumo contra Pedro Rodríguez de Villanueva y Mari Rodríguez, suegros de Lope de León, bisabuelo de fray Luis.

¿1510? Nace Lope de León, padre de fray Luis.

1512 Sentencian a cárcel y sambenito perpetuos a Leonor Rodríguez de Villanueva, viuda de Lope de León, bisabuelo de fray Luis. También a su hermana Juana Rodríguez de Villanueva, casada con Gómez Fernández de León, hermano de Lope de León.

¿1527-1528? Nace en Belmonte fray Luis de León.

1529 Proceso contra Gómez Hernández de León, primo hermano de Gómez de León. El canónigo Juan de León, tío abuelo de fray Luis, declara la ascendencia judía de su madre.

1533 Lope de León se traslada con su familia a Madrid. También pasa algún tiempo en Ocaña, donde vivían algunos deudos.

1536 X. La corte se traslada a Valladolid y Lope de León se muda a esta ciudad como uno de sus abogados.

¿1541-1542? Lope de León se asienta en Granada como oidor de su Real Chancillería. Envía a fray Luis a estudiar Cánones a Salamanca. Jerónimo Seripando, general de los agustinos, visita España e impulsa la formación universitaria de los frailes.

¿1543? I. Fray Luis abandona los estudios de Cánones y toma el hábito de la Orden de San Agustín.

1544 29/I. Profesión como fraile agustino. Estudios de Artes, que completa en el verano de 1546. VII. Lope de León solicita su hidalguía, que obtiene en propiedad en noviembre.

1545 23/II. Lope consigue la ejecutoria de hidalguía

1546 16/X. Estudios de Teología, que terminaría antes del verano de 1551.

1548 X. Se recusa anónimamente la ejecutoria de hidalguía de Lope de León. Cuelgan los sambenitos de la bisabuela de fray Luis en la iglesia colegial de Belmonte.

1551 IV-V.Fray Luis termina Teología. En los meses siguientes, tal vez imparte clases en San Agustín de Soria.

1552 Fundación del mayorazgo de Cristóbal de León. Fray Luis conoce a Felipe Ruiz. ¿Poema 5. «De la avaricia»?

1553 Se suspende la hidalguía de Lope de León. Inicia un pleito que finalizaría más de tres décadas después.

1554 X.Arias Montano está en Salamanca. Trata seguramente con fray Luis. 25/X. El provincial de la orden agustina lo promueve al magisterio.

1556 XII. Estudios en Alcalá. Encuentro con Cipriano de la Huerga. Probable traducción de algunas paráfrasis poéticas de los Salmos.

1557 Le dirige a fray Cipriano el cuodlibeto De la diferencia de la ley vieja y del Evangelio para que le dé su parecer.

1558 31/X. Incorpora el título de bachiller en Teología obtenido en la Universidad de Toledo. ¿Poema 7. «Profecía del Tajo»? Entabla amistad con Diego de Loarte.

1560 IV. Completa los ejercicios para presentarse a la prueba de licenciatura en Teología. 6-7/V. Obtiene la licenciatura en Teología. Actúa como padrino en ella Domingo de Soto. 30/VI. Grado de maestro en Teología. 18/VII. Se presenta a la sustitución de la cátedra de Biblia, que gana Gaspar de Grajal. XI. Inicia un pleito contra la Universidad de Salamanca por su derecho a asistir a los actos de graduación. Pronuncia la «Oración fúnebre» por Domingo de Soto.

1561 I. Procurador de Juan de Guevara en la oposición a la cátedra de Vísperas, que gana Juan de la Peña. 1/X. Sentencia definitiva contra la ejecutoria de hidalguía de don Lope. 25/XI. Fray Luis, catedrático de Santo Tomás.

1562 24/VII. Fallece Lope de León, días después de fundar un segundo mayorazgo en Miguel de León. IX. Viaje a Granada. De camino, se detiene en Valladolid y confiesa al inquisidor que Arias Montano le había leído un libro en toscano con interpretaciones sospechosas. Termina su Exposición romance del Cantar de los Cantares.

1563 24/11. Se desestima en grado de revista la hidalguía de Lope de León. Cristóbal y Miguel de León continúan el pleito. Fray Luis no se incorpora ese curso hasta diciembre. ¿Exposición latina de los salmos 12 y 41?

1564 28/II. Oración en alabanza de san Agustín.

1565 5/III. Juan de Guevara gana con la ayuda de fray Luis la cátedra de Vísperas contra Juan Gallo. 6/III. La Universidad de Salamanca le concede un partido de Teología a Juan Gallo, a lo que se opondrán los agustinos. 13/III. Fray Luis, catedrático de Durando. 6/X. Se celebra el Concilio Compostelano. Montano, fray Luis y Grajal defienden en él los originales hebreos de las Escrituras.

1566 22/VI.Pone pleito contra la Universidad y Bartolomé de Medina por las sustituciones en la cátedra de Prima, que terminará ganando.

1567 Fray Luis sustituye en la cátedra de Prima hasta 1569. 8/V. Es nombrado vicerrector. X. Inicia su amistad con Francisco Sánchez de las Brozas.

1568 3/VII.Se opone a la creación de un partido de Biblia para Héctor Pinto y los frailes jerónimos se disgustan con el agustino. X. Fray Luis ridiculiza a fray Diego de Zúñiga en Madrigal. Entre 1568 y 1569 debe traducir algunas odas de Horacio que envía a sus amigos.

1569 22/III. Sale reelegido por cuatro años en la cátedra de Durando. 7/III.Rector del colegio de San Guillermo. V. Se enemista en Dueñas con su familiar fray Gabriel de Montoya. 29/VII. Sustituye por última vez al padre Mancio durante el verano. XII. Se inician las juntas de teólogos que examinarán el texto de la Biblia de Vatablo. Se termina de revisar a inicios de 1571. Fray Luis se enfrenta a León de Castro.

1570 28/I.Asiste al examen de licenciatura de Medina. Fray Luis lo pone en apuros y Grajal amenaza con suspenderlo. 11/II. Se marcha a Madrid comisionado por la Universidad para que defienda el aumento del salario de las cátedras menores. Se ausenta hasta septiembre. 16-17/III. Viaja a Córdoba para entrevistarse con Felipe II. 24/III. Sale hacia Salamanca, pero se desvía a Belmonte, donde permanece algún tiempo. VII. Coincide en Madrid con Miguel Termón. Posiblemente, visita a su amigo Felipe Ruiz en Ayllón y compone durante el verano algunos de sus poemas más famosos, como su «Vida retirada». 16/X. Regresa a Salamanca.

1571 I. Se termina la revisión del Nuevo Testamento de la Biblia de Vatablo. 31/I. Con la excusa de la epidemia de tabardete, se recluye en Belmonte hasta mediados de marzo. 4/II. Miguel de León vende su cargo de veinticuatro para obtener dinero y seguir pleiteando la hidalguía. Deja de enviarle a fray Luis la cantidad anual acordada en el mayorazgo. VII. Bartolomé de Medina comienza a recoger proposiciones contra fray Luis, Grajal y Cantalapiedra. IX. Fray Luis sospecha del plan urdido por Medina. 18/X. Junto a Grajal, trata del asunto con Francisco Sancho. 2/XII. El prior Pedro Fernández entrega a la Inquisición las proposiciones recogidas por Medina. 13/XII. Se envían a Salamanca para que las califique Francisco Sancho. 17-29/XII.Castro, Medina y otros declaran contra fray Luis en Salamanca. 24/XII. Envía su lectura de la Vulgata a varios teólogos. Quizá fallece la madre de fray Luis, Inés Varela Alarcón. Antes de finales de este año, debió de componer algunos de los poemas que dedicó a sus amigos Juan de Grial y Pedro Portocarrero.

1572 13/II. El inquisidor Diego González se desplaza a Salamanca. 1/III. Arresto de Grajal. 5-6/III. Fray Luis se presenta ante el inquisidor y declara verbalmente. 13/III. Insiste a Hernando de Peralta que el arzobispo de Granada firme su lectura de la Vulgata. 24/III. El inquisidor manda prender a fray Luis. 27/III. Entra en la prisión de Valladolid un Jueves de Pasión. 31/III. Hace profesión de fe. Pasará casi cinco años en la cárcel.

1573 15/IV. Fallece en la cárcel de Valladolid Alonso Gudiel.

1574 Sánchez de las Brozas publica tres odas de Horacio traducidas por fray Luis, guardando su anonimato.

1575 9/IX. Muere en la cárcel de Valladolid Gaspar de Grajal.

1576 28/IX. El tribunal de Valladolid sentencia amonestando a fray Luis. 7/XII. El Consejo de la Suprema lo absuelve «de la instancia del juicio». 11/XII. La Inquisición de Valladolid pronuncia la sentencia absolutoria. 30/XII. Fray Luis entra triunfalmente en Salamanca. 31/XII. El comisario del Santo Oficio comunica al claustro su libertad y solicita la restitución de su cátedra.

1577 2/I. Pide y se le concede un partido de Teología. 23/I. Pleito por la hora asignada al partido, que terminará ganando. El Brocense alaba en sus Anotaciones la novedosa traducción de los Epodos de Horacio. 4/VI. Ponen en libertad a Martínez de Cantalapiedra. Ese día, fray Luis pide permiso y se ausenta de la Universidad hasta marzo de 1578.

1578 14/III. Se aprueba su obra In psalmum XXVI explanatio, que publica en 1580. 14/VIII. Catedrático de Filosofía Moral. 25/X. Incorpora el grado de maestro en Artes que obtuvo en Sahagún durante el verano.

1579 13/X. Privilegio de impresión de su obra In Cantica Canticorum, impresa en 1580. 7/XII. Gana la cátedra de Biblia en una escandalosa oposición contra Domingo de Guzmán.

1580 15/X. Publica sus comentarios latinos y Nicolás Ramos denuncia por desacato a la Inquisición el emblema «Ab ipso ferro» de la portada. XI-XII. Termina los capítulos 33-35 de su Exposición romance del Libro de Job.

1582 Publica la 2.ª edición de sus comentarios latinos con Lucas de Junta. 20/I. Interviene en un acto teológico para defender a un estudiante jesuita. La actuación origina su «segundo proceso». Detrás de la denuncia a la Inquisición se encontraba el dominico Báñez. 28/II. El inquisidor Arrese se desplaza a Salamanca para investigar el caso. 22/XI. Interviene en claustro para apoyar que el Brocense enseñe por su Arte latina.

1583 4-20/IV. Se redactan las censuras de sus obras La perfecta casada y De los nombres de Cristo. 5/VI. Recibe el privilegio de impresión de ambas obras, que publica en los talleres de Juan Fernández.

1584 30/I. Viaja a Toledo para recibir de Gaspar de Quiroga la sentencia del «segundo proceso». Regresa a Salamanca el 25 de abril.

1585 XII.Se marcha a la corte de mandato universitatis hasta finales de julio de 1586.

1586 Matías Gast publica la 2.ª edición de sus tratados romances. Completa De los nombres de Cristo con un tercer libro. Lee en su cátedra el Cantar de los Cantares, cuyas explicaciones publicará en 1589. 15/XI. El claustro lo comisiona para representar a la Universidad en la corte en el pleito del colegio del Arzobispo Fonseca.

1587 30/I. Juan de Grial firma la censura del Divinorum librorum... explanationum tomus primus, que Guillermo Foquel imprime en 1589. 16/III. Fallece su hermano Cristóbal de León. 26/VII. 3.ª edición de La perfecta casada y De los nombres de Cristo. Incluye en este tratado nuevas versiones de sus paráfrasis de los Salmos que había venido componiendo. 8/IX. Censura y aprobación de las obras de santa Teresa. 15/IX. Firma en San Felipe su carta dedicatoria a la madre Ana de Jesús. 30/XI. Ascanio Colonna le propone viajar a Roma a participar en la corrección de la nueva Vulgata que deseaba imprimir Sixto V.

1588 27/III. Parecer sobre la corrección de la Vulgata. 28/IV. Guillermo Foquel imprime las obras de santa Teresa preparadas por fray Luis. 26/X. Escribe al príncipe Colonna. Sigue dudando de si viajar a Roma. 27/X. Enfermo, pide que lo sustituyan en la corte. 3-14/XII. Asiste al capítulo provincial de los agustinos en Toledo.

1589 23/I. El claustro determina que regrese a Salamanca, pero ignora la orden y continúa en Madrid. 23/VIII. Después de casi tres años, vuelve a Salamanca tras conseguir la cédula en favor de la Universidad en el pleito contra el colegio del Arzobispo. 16/IX. Guillermo Foquel publica su Triplex explanatio, además de sus comentarios latinos al salmo XXVI, a Abdías y a Gálatas.

1590 27/VI. El papa lo nombra ejecutor de las constituciones de las carmelitas. 29/VI. Asiste a la fundación de un convento de agustinos recoletos en Valladolid, creado por orden de su amigo fray Pedro de Rojas. VIII. Se marcha a Madrid para tratar del asunto de las carmelitas. 16/10. Inicia su noviciado en Salamanca su sobrino, fray Basilio Ponce de León. 27/X-14/XII. Capítulos 36-38 de su Exposición romance del Libro de Job.

1591 6/I. Capítulo 39 de su Exposición del Libro de Job. 12/I. Lo nombran vicario general de la orden. 1-19/II. Capítulos 40 y 41 de su Comentario a Job. 8/III. Termina su Comentario al Libro de Job. 9/III. Los catedráticos de propiedad se querellan contra fray Luis por su nueva ausencia y quieren desposeerlo de su cátedra. 16/VII. Se incorpora a las clases. 23/VIII. Fray Luis fallece en Madrigal de las Altas Torres. Su cuerpo es trasladado al convento de San Agustín durante la noche.

1592 18/VI. Los agustinos permiten a Basilio Ponce de León que imprima la Exposición romance de Job de su tío fray Luis. Fracasará en su intento.

1596 Ajustician en Madrid a su hermano Miguel de León.

1628 El hijo de Isabel Ponce de León, prima hermana de fray Luis, termina de reunir las obras poéticas de Góngora en el conocido manuscrito Chacón.

1631 Francisco de Quevedo imprime las obras poéticas de fray Luis.

I

Los orígenes familiares de fray Luis de León

1. «De esta que el mundo llama limpieza». El primer León de Belmonte

Desde el comienzo del reinado de Enrique III, se asistió en los dominios hispanos a una política de «reorganización nobiliaria», junto a un proceso que cimentó el nacimiento de una nueva nobleza de «parientes del rey». Ambas cuestiones provocaron la emigración de ilustres portugueses a Castilla a finales del siglo xiv1. Con el tiempo, las luchas internas en el acceso al trono y la desafección o apego al rey de aquella nueva oligarquía hicieron el resto para que el señorío de Belmonte o el antiguo señorío de Villena alcanzaran una importancia vital en los destinos del reino. La explicación era bien sencilla. Durante años, se trató de enclaves que estuvieron yendo y viniendo de manos de la nobleza a la Corona y viceversa, pues se utilizaron como moneda de cambio para pagar los favores recibidos por la monarquía. No en vano, Enrique III entregó el de Belmonte a Juan Fernández Pacheco en 1398, mientras que el de Villena, reconvertido en marquesado, se lo cedería a su nieto, Juan Pacheco, el rey Juan II en 1445.

Atraídas por su creciente prosperidad, no pocas familias de toda ralea y condición se encaminaron hacia aquellas tierras en busca de bonanza, desde nobles poderosos hasta pequeños aparceros. En ellas, como todo el mundo sabe, nacería con el tiempo fray Luis de León. Pero su linaje se remontaba en la zona precisamente al primer tercio del siglo xv. En esas fechas, también se desplazó hasta allí para quedarse Alvar Fernández de León o Ponce de León, tatarabuelo de fray Luis y primer integrante de la genealogía asentado en la villa de Belmonte de manera definitiva. No es mucho lo que se sabe de él. Sí puede afirmarse que sus descendientes lo tuvieron siempre por hidalgo de la montaña2, quizá porque se detuvo algún tiempo en tierras de Zamora, en su camino hacia Belmonte desde Portugal, de donde no ha faltado tampoco quien lo hiciera originario. A este país habría viajado su presunto abuelo, Gutierre Ponce de León, para unirse en matrimonio con doña Sancha de Acuña. De este modo, se emparentaba a los León de Belmonte con los Ponce de León señores de Marchena, certificándose la antigua nobleza de la familia3.

Según parece, don Alvar o don Pero Fernández, como lo llamó su tataranieto fray Luis de León, llegó a tierras belmontinas para encargarse de la alcaidía de la Fortaleza Vieja4. Lo hizo a las órdenes de su supuesto primo, Alfonso Téllez Girón. El propio fraile agustino lo refiere en una de las defensas más brillantes que hizo de sí mismo en el proceso inquisitorial, siglo y medio más tarde del asentamiento de su tatarabuelo en aquella localidad conquense: «[El] rebisabuelo mío se llamó Pero Fernández de León, que le trujo el primer señor de Belmonte consigo a aquel lugar y fue alcaide en la fortaleza de él todo el tiempo que vivió y el más principal y más limpio que había en él, de esta que el mundo llama limpieza»5.

Aunque aquel cargo no quedó nunca suficientemente documentado, en la memoria popular sí había permanecido impresa a lo largo del tiempo la hidalguía de los antepasados de fray Luis. Muchos de los testigos que declararon en los múltiples pleitos litigados por los León y sus deudos recordaron a menudo el carácter linajudo de la familia e incluso los hubo que aseguraron haber visto sus distinguidos cargos en los archivos del Concejo. Entre otros, el licenciado Hernando de Céspedes, marido de Leonor de Tapia, tía paterna de fray Luis, afirmó en las informaciones genealógicas del fraile franciscano Juan Ramírez de León que

Alvar Fernández de León e los que descienden del linaje de León por línea de varón han seído personas de honra y muy buenos cristianos, [...] y que ha visto en un auto, que está en uno de los libros viejos del ayuntamiento de esta villa de Belmonte, al dicho Alvar Fernández de León, que fue el primero o, a lo menos, el más antiguo de que en esta villa de Belmonte se tiene noticia del linaje y apellido de León que fue tenido por hijodalgo. E ansí en el dicho libro del ayuntamiento fue y está reservado como tal hijodalgo, entre otros hijosdalgo que en aquel tiempo y sazón había en esta villa6.

De manera algo menos decidida, Juan Evangelista de Valera, hermano de la madre de fray Luis, afirmó en aquellas mismas pesquisas instruidas por el Consejo de Inquisición que «oyó decir que el dicho Alvar Fernández de León era hidalgo»7. Pero fueron muchos más los que, de un modo u otro, aludieron a la hidalguía del personaje.

Sus descendientes directos lo tuvieron claro. Todos defendieron con empeño la hidalguía de don Alvar y su destacada labor como alcaide de la Fortaleza Vieja de Belmonte desde el año 14328. No hace falta indicar que pensaban sacar provecho de ello. Por esas fechas, aún servía de alcazaba, aunque integrado en la población y con escasa utilidad para la defensa, el palacio que el infante don Juan Manuel había mandado construir en 1323. En sus estancias nacería con el tiempo Juan Pacheco, primer marqués de Villena. Aquí fue también donde Alvar Fernández de León debió desempeñar su alcaidía, si lo hizo, bajo el mando de Alfonso Téllez Girón9. Por tanto, don Alvar no llegó a conocer el posterior y actual castillo de Belmonte, pues había fallecido ya cuando el primer marqués de Villena lo ordenó construir hacia 1456. Con mayor funcionalidad estratégica, se convirtió en una de las muchas fortalezas que el propio Juan Pacheco mandó levantar o reformar por entonces, como las de Alarcón, Villena, Castillo de Garcimuñoz, Alcaraz, Chinchilla, Almansa o Jumilla, consciente de que la situación política podía llevarlo a refugiarse en ellas en cualquier momento10.

La llegada de Alvar Fernández de León a Belmonte se deduce de los registros municipales, ya que fue la primera vez que pagó los pechos de la villa. Al parecer, en los dominios del marquesado era costumbre que los abonasen todos los vecinos, tanto hidalgos como pecheros. Se trataría de una cuestión fundamental para los posteriores intereses de la familia León, pues tal motivo eternizó el pleito de hidalguía que el padre de fray Luis, Lope de León, iniciaría un siglo más tarde. Por mucho que se empeñase, a don Lope le resultaría imposible de acreditar que su bisabuelo, como hidalgo notorio, no hubiese tenido que pagar aquellos impuestos, mermando las arcas familiares en un pleito interminable.

La cuestión fue que los testimonios y documentos aportados por don Lope en defensa de la noble alcurnia de los León revelaban que Alvar Fernández, en efecto, se había avecindado en Belmonte alrededor de 1432. En uno de los escritos, se afirmaba al menos que en septiembre de aquel año, reunidos en el «palacio de Alfonso Téllez Girón, señor de la villa»11, los regidores, los alcaldes, el aguacil y demás miembros notables, don Alvar y otros vecinos de la localidad se quejaron de que los obligasen a pagar pechos y derramas por los bienes que poseían de pecheros, «diciendo que hacían daño a sus hidalguías, si no se asentase por el Concejo que no les empeciese la paga». Los regidores entendieron «que los dichos hidalgos pedían causa guisada y justa», y por eso, «con el parecer del dicho señor Alonso Téllez, lo acordaron y asentaron»12. No es de extrañar que el padre de fray Luis de León aportase estos autos para respaldar que su bisabuelo se había empadronado en Belmonte en aquel año, pero con la condición de que su inscripción en los padrones no le perjudicara en su hidalguía. Al fin y al cabo, esta fue asumida de facto por el Concejo, que era, en definitiva, lo que pretendía demostrar13. Claro que a los que regían los destinos de Belmonte, como al resto de vecinos llanos, les debía de importar muy poco si don Alvar se creía hidalgo y actuaba como tal, mientras pagase los impuestos como todo fiel cristiano.

No obstante, parece que el padre de fray Luis llevaba razón. Al amparo de aquellos acuerdos, tanto Alvar Fernández como su hijo Lope de León y demás hidalgos del lugar exigirían poco después al señor de la villa que se les eximiese de velar, hacer rondas y acoger huéspedes. Asimismo, le reclamarían que se les reservasen los asientos principales en la iglesia y otros tantos privilegios concedidos secularmente a los hidalgos, pese a estar registrados en el padrón como otros «hombres buenos». Don Juan Pacheco, marqués de Villena, no solo ordenó mediante cédula que se les guardase «la costumbre que tienen de no echarles huéspedes, ni velas, ni rondas, y lo de los asientos y oficios, según que hasta aquí mejor les ha sido guardado», sino que también mandó a los miembros del Concejo que «no maltratedes a los dichos hidalgos ni hagades desaguisado por donde se vayan a vivir a otras partes, porque de ello no recibiré yo placer ni servicio»14.

Sabemos además por otro escrito de 1456, fallecido ya Alvar Fernández de León, que este había sido en su momento alcalde de Belmonte, además de regidor15, a no ser que el documento transmita un error de copia, en lugar del cargo militar de alcaide que supuestamente había desempeñado en la antigua fortaleza. Como fuese, los nuevos hidalgos no solo se negaron a empadronarse por aquellas fechas, sino que también afirmaron en su requerimiento que «antes se desnaturarían de esta dicha villa que sufrir tan grande sinrazón como era ponerles en el padrón, siendo, como les era notorio que eran, fidalgos de solar conocido». Ante aquellas amenazas, el Concejo intentó convencerlos recurriendo a la memoria de antiguos hidalgos como don Alvar e informándoles de que todos habían mantenido siempre sus privilegios después de haberse empadronado, como había sido hasta entonces el desempeño de los cargos públicos:

Les fue respondido por los del dicho ayuntamiento y diputados que bien saben las ordenanzas y privilegios y costumbre que en esta villa hay de que todos contribuyan y se empadronen, aunque sean hidalgos notorios y que cualquier hidalgo que a este pueblo viene, según que vinieron Diego Zapata y el alcalde Alvar Fernández Ponce de León, se avecindaron con condición que sin perjuicio de sus hidalguías habían se de ser empadronados y contribuir por lo que han en los pechos de nuestro señor el rey y concejales16.

El baile de apellidos entre León y Ponce de León, que se le aplicaba a don Alvar en este documento, podría parecer insignificante. Sin embargo, no sería un asunto baladí desde el momento en que sus descendientes comenzaron a defender a capa y espada que su antepasado se llamaba Ponce de León y a utilizarlo para sí mismos. Más allá de una cuestión reivindicativa o de orgullo de estirpe, se escondía la utilización interesada de un apellido de noble abolengo. Quiere decirse que el cambio no era ni mucho menos inocente. Se trataba en verdad de una de las múltiples y más interesantes estrategias utilizadas por las élites hispanas en la Edad Moderna para crear una ilusión de verdadera grandeza. Y es que el uso de un apellido que a todos sonaba noble lo lograba como pocas argucias17.

La familia de los León no fue distinta a tantas otras inmersas en complejos pero continuos procesos de ascenso social. También se sirvió de todas las estratagemas que tuvo a su alcance para transformar su realidad y asemejarla a la de una nobleza aparente y prefijada en el imaginario colectivo. Por supuesto que hubo muchas otras que se subieron al carro por entonces. Los casos son conocidos sin salir de la propia ciudad de Granada, donde se habían asentado tanto el padre de fray Luis como sus mismos hermanos. Lo cierto es que estos primero y luego sus descendientes hicieron acompañar sus nombres de aquel apellido a partir de 1570 aproximadamente y con él empezaron a aparecer de hecho en la documentación de la época18. Y aunque también cabría pensar en otras posibilidades, a buen seguro que no se trataba de una decisión azarosa, mucho menos si detrás del apellido León alguien podía recordar aún una ascendencia poco deseable19.

Quizá por esa razón, en el pleito de hidalguía que inició el padre de fray Luis, sobre el que volveremos, el fiscal hizo cuanto pudo para demostrar que en Belmonte no había existido jamás un personaje con tal apellido. Antes bien, sospechaba que sus descendientes pusieron su nombre en el archivo del Concejo, «porque siempre los más de sus deudos habían mandado en la dicha villa». Ensañado claramente con la familia León, aportó incluso la escritura del testamento de don Alvar, hecha en 1452. En su redacción, se mencionaba en efecto a: «Alvar Fernández de León y Elvira Fernández, mujer del dicho Alvar Fernández de León, vecinos de la villa de Belmonte», pero el apellido Ponce no aparecía por ningún lugar. De ahí que defendiese al fin que ni «hubo hombre que se llamase Alvar Fernández Ponce de León, ni hombre de tal apellido fue ni hubo que fuese alcaide de la Fortaleza Vieja de la dicha villa»20.

Por la cita del testamento y otros escritos se sabe que la esposa de don Alvar se llamó Elvira Fernández de Guadalfajara o Guadalajara, a quien se supone natural de Zamora21. No resulta sencillo de averiguar si los Guadalfajara de aquella ciudad y los de Belmonte procedían de la misma familia. Sí parece documentado al menos que el zamorano Pedro Fernández de Guadalfajara pasó a Belmonte con Juan Pacheco y se casó con Isabel Fernández de Aguilar. Y que este Pedro era descendiente, seguramente, del homónimo Pedro Fernández de Guadalfajara, repostero mayor del rey y regidor de Zamora. Lo que no ofrece dudas es que los Guadalfajara zamoranos pertenecieron a las clases más privilegiadas y nobles, y que los de la Mancha no les fueron a la zaga. Por lo común, siempre aparecían ocupando cargos públicos, desde la Casa de la Moneda de Cuenca a los oficios concejiles de la misma Belmonte. El escribano Juan Fernández de Guadalfajara o el regidor Pedro Fernández de Guadalfajara, familiar directo de doña Elvira22, serían ejemplos significativos.

Por lo demás, siempre fue tenida por mujer principal. En el testamento e inventario de bienes del matrimonio, que hizo la propia Elvira Fernández de Guadalajara en marzo de 1452, se observa que Alvar Fernandez Ponce de León disfrutó de «muchos bienes y alhajas, armas y caballos». De ello podía deducirse que fue «persona muy noble y principal»23, como recordaban sus vecinos, quienes también opinaban que doña Elvira, como su legítima esposa, no lo había sido menos. Por esa fecha debió de morir don Alvar, aunque su bisnieto creyera que había fallecido en 1450. No mucho más tarde debió de fenecer también doña Elvira, pues en 1453 se asiste a la partición de bienes de su esposo entre los hijos, algunos de los cuales ya habían muerto. Ese reparto confirmaba además la situación desahogada de la que disfrutó el matrimonio, la noble posición social que ostentaron y las numerosas posesiones que llegaron a acaparar, no solo en Belmonte, sino también en aldeas como El Pedernoso, Monreal y otras localidades más o menos cercanas.

Sin embargo, no todos compartieron la misma opinión sobre la ascendencia ilustre de ambos linajes, León y Guadalfajara, y ya fuese por desconocimiento, sospechas o envidia, no tardaron apenas tiempo en sembrar la duda entre los vecinos de Belmonte. Es más, los hubo que lo pusieron en entredicho aun siendo parte de la propia familia, por cuyo motivo los testimonios resultaban bastante llamativos. En cualquier caso, lo que parece deducirse de los numerosos pleitos que litigaron los León belmontinos es que los testigos podían cambiar de parecer de un interrogatorio a otro posterior ante la presión de un fiscal más duro y, sobre todo, que cambiaban sin rubor su testimonio ante una misma pregunta en juicios distintos si con ello beneficiaban o perjudicaban al reo de turno. No deja de sorprender que, en el año 1560, con motivo de que Juan Ramírez de León, fraile teólogo en el convento de San Francisco de Salamanca, solicitase su genealogía por hallarse lejos de sus parientes conquenses, los testigos contestasen ante las pesquisas inquisitoriales que los León eran «gente de honra y muy buenos cristianos». Todos recordaban entonces de manera precisa que su bisabuelo Gómez Hernández de León había tenido cargo de justicia, había sido veintiuno de Belmonte y, extinguidos los veintiuno, lo habían visto ser alcalde ordinario de la villa. Además, por parte de madre, los Rodríguez Avilés también les parecieron a todos gente de bien y familiares del poderoso obispo de Cuenca, don Diego Ramírez de Villaescusa.

Y que cuarenta años más tarde, en cambio, cuando Juan de Hinestrosa Ramírez, sobrino del anterior, solicitó su ingreso en la Orden de Santiago, los testigos afirmasen que su antepasado Gómez Hernández de León había sido acusado de practicar ritos judaicos, que los Rodríguez-Avilés procedían de los «Origüela», conocidos conversos del Castillo de Garcimuñoz, y que entre los Hinestrosa había condenados por el Santo Oficio. La única explicación posible a esta insana recuperación de la memoria tantos años después estaba seguramente en la distinta ascendencia de los dos investigados. Mientras la de Juan de Hinestrosa remitía al padre de fray Luis, Lope de León, pues los Hinestrosa estaban emparentados con su familia, la ascendencia de fray Juan Ramírez remitía a Juan de León, primo segundo de Lope, pero alejado de los tejemanejes del oidor y sus descendientes, que los llevaron a enfrentarse con su propia parentela y con otros poderosos linajes de Belmonte. En suma, todo parecía fruto de los muchos enemigos que don Lope tuvo a lo largo de su vida.

Como fuese, el «expedientillo» de Juan de Hinestrosa no se resolvió hasta 1639, casi cuatro décadas después de iniciadas las pruebas. Se sabe que durante años estuvieron solicitando sin éxito a la Inquisición de Cuenca la genealogía de Gómez Fernández de León para comprobar aquellos nuevos testimonios. Pero en sus archivos ya no se conservaba aquella información y de ahí el motivo del retraso. Por entonces, unos dudaban de que se le hubiese tomado declaración del linaje en su proceso; otros afirmaban que sería difícil de encontrar «por ser negocio antiguo»24, en el caso de que se le hubiese tomado. Lo curioso del asunto es que el notario de la Inquisición de Cuenca, Pedro Pérez de Uribarri, quien dudaba de que Gómez Fernández de León hubiese declarado su genealogía cuando estuvo preso, la había enviado a los inquisidores de Valladolid en 1576, cuando fray Luis estaba a punto de salir de la cárcel. De haberlo hecho un poco antes, quién sabe si el maestro agustino hubiese salido finalmente indemne de su proceso.

En efecto, Gómez Fernández de León había sido acusado en 1529 de cometer en general crímenes de herejía y apostasía, blasfemar e infamar al Santo Oficio. Y más concretamente, de rezar amarrándose «sobre la cabeza y sobre sí mismo unos estafelines con unas correas, según era costumbre de los judíos»25; de tener «en una cámara escondida una lamparilla donde no había imagen para haber de hacer su oración en guarda y observancia de la ley de Moisén»; de «comer manjares y carnes guisadas de mano de judíos»; de no comer «tocino por ser prohibido en la ley de Moisén», y de otras muchas cuestiones, como afirmar «que en otro tiempo se usaba que las hadas venían a hadar, lo que era supersticioso y ceremonia de judíos», de ser «encubridor de herejes» y de gritar «noramala vengan los inquisidores»26.

El promotor fiscal no logró demostrar los delitos de herejía y apostasía, pero sí probó el de injuria al Santo Oficio, sus ministros e inquisidores. Otro gallo le habría cantado si no hubiera gozado de influencias y prestigio social. A la postre, solo fue condenado, «usando más de equidad que de rigor de justicia», a hacer procesión el siguiente domingo en la iglesia colegial de Belmonte con una vela detrás de la cruz, en cuerpo y sin bonete ni cinto, y a pagar sesenta mil maravedís, debiendo leerse la sentencia al tiempo del ofertorio. Pero la cuestión más relevante fue que, al hacer declaración de su genealogía, confesó que de «Alvar Fernández de León oyó decir que era hidalgo de la montaña y que los otros sus agüelos eran conversos, y que ninguno de ellos han seído presos ni sentenciados ni condenados por este Santo Oficio»27.

Según afirmaron los testigos y el propio encausado, Gómez Fernández de León tenía por entonces cien años de edad, lo que unido a «su indisposición y enfermedad, de que al presente estaba agravado», lo obligaron a retrasar el cumplimiento de su sentencia. Ya no mejoraría de aquellos achaques, muriendo al año siguiente. Desconocemos, en fin, si sus muchos años y enfermedades afectaron lo suficiente a su juicio como para ofrecer aquella sorprendente declaración de su genealogía, si es que Pedro Pérez de Uribarri transcribió correctamente su confesión. Pero resulta insólito que confirmara sin tapujos que su abuela paterna, Elvira Fernández de Guadalfajara, era conversa, y que también lo eran los padres de su madre Leonor Gómez de la Cámara. Que se sepa, los inquisidores no se preocuparon de demostrar ni oral ni documentalmente aquella ascendencia judía, lo que extraña en cierto modo. Antes bien, el propio notario de la Inquisición aseguraría años después que «en el proceso del dicho Gómez Fernández de León estaba articulada y probada la limpieza y nobleza de los Leones de Belmonte». Pero es muy posible que quedara desde entonces cierta sombra de duda.

Un caso similar fue el de Juan de Hinestrosa, racionero de la colegial de Belmonte, condenado en 1524 a cuatro meses de reclusión en el monasterio de San Francisco, a procesionar con vela y a pagar doscientos reales. En su declaración, confesó que «de parte de madre, de una abuela era cristiano viejo y del abuelo tiene duda; que de parte de su padre este confesante es converso», y que su tío paterno «fue preso en este Santo Oficio»28. Sus familiares lograron convencer con el tiempo a los inquisidores de que Juan de Hinestrosa «era bobo» y que había quedado demostrado «tener el galillo comido de bubas y ansí se echa de ver cuán perdido hombre era, y que no se ha de hacer caso de sus declaraciones, en especial por estar bastantemente probado que fue loco»29. Probablemente, los descendientes de Juan de Hinestrosa llevaban razón. Pero declaraciones como la de su antepasado no hacían más que echar leña al fuego y dar motivos a los enemigos de Lope de León para inventar y difundir historias y habladurías, como la que contaba maliciosamente que a los Hinestrosa los había convertido san Vicente Ferrer cuando este llegó a la villa30.

2. «Dos hermanos que casaron mal». Los ascendientes judíos de la familia

Don Alvar Fernández de León y doña Elvira Fernández de Guadalfajara tuvieron cinco hijos. Como herederos del apellido y estatus social de sus padres, llegaron a desempeñar con el tiempo, según costumbre, los cargos municipales de Belmonte. Fue el caso del mayor de los hermanos, Juan de León, y de su propio hijo, Gómez Fernández de León, a quienes todos recordaban como veintiunos de la villa y como alcaldes, tras la extinción de aquel tipo de cargo. Aunque la documentación conservada al respecto resulta bastante escasa, no son pocos los testimonios orales de sus vecinos que añaden incluso que en su casa solía parar el inquisidor de Cuenca, cuyas visitas respaldaban su prestigio y que fuera considerado por todos como persona principal del lugar. Y ello pese a que fue este Gómez Fernández de León, que casó en Ocaña con Leonor Gómez de la Cámara, quien confesó que toda su familia era conversa, con la excepción de su abuelo paterno. El hecho de que tuviese cien años por entonces pudo confundirlo en su declaración. Pero comoquiera que el fiscal no logró demostrar en ningún momento que practicase los ritos judíos de los que le acusaba, sino que, muy al contrario, parece que los interrogatorios atestiguaron la limpieza e hidalguía de sus ascendientes paternos, ni los rumores ni las sospechas que se cernieron sobre su linaje pudieron impedir que desempañara durante años cargos públicos en Belmonte. Ni tampoco que su hijo, Gómez de León, oficiara de regidor. Ni que su nieto, llamado Juan de León como su bisabuelo, fuera más tarde alguacil y alcalde ordinario31.

De Alonso de León no se conoce apenas nada, hasta el punto de que los interrogados no lo mencionan entre los hijos de don Alvar y doña Elvira en los pleitos que litigó la familia, quizá porque se fuese joven de Belmonte o porque falleciese antes aún. Gonzalo de León sí aparece en algunos documentos. En el año 1457, se queja ante el Concejo como hidalgo notorio al que habían incluido en los padrones, junto a su hermano Lope de León, o se menciona algunos años antes como legítimo heredero en el testamento de sus padres32. Lo que sí parece fuera de dudas es que ni Gonzalo de León ni sus hermanos pasaron estrecheces, sabiéndose por el padre de fray Luis que su abuelo y bisabuelo tuvieron numerosas propiedades en las villas de El Pedernoso, Santa María de los Llanos, Belmontejo, Las Pedroñeras, Provencio, Santiago de la Torre o en los lugares de Monreal, Hontanaya y Trejuncos33, entre otros.

Solo en la aldea de Monreal, Lope de León, bisabuelo de fray Luis, heredó a mediados del siglo xv varias casas, tierras y solares, apreciados en más de treinta y dos mil maravedís; una viña de varias aranzadas tasada en más de trece mil maravedís, más importantes sumas de dinero y objetos de oro y plata. A ello, el propio Lope de León fue sumando bienes con el paso del tiempo. En 1490, ya fallecido —debió de morir hacia 1485, según el testimonio de su esposa34—, su mujer e hijos reclamaron en su nombre las deudas que le debían de sus tierras en Villarrobledo y otros lugares del marquesado35. Fue durante años veintiuno de Belmonte, cargo para el que lo nombró en 1468 la marquesa por mandato de Diego López Pacheco, marqués de Villena. También desempeñó el oficio de regidor, representando en varios negocios los intereses del Concejo. Y, por supuesto, defendió su hidalguía ante la villa, como antes había hecho su padre.

Sin embargo, fueron este Lope de León y su hermano Alvar Gómez Fernández de León quienes más sinsabores ocasionarían con el tiempo a la familia y al limpio linaje del que tanto se había vanagloriado el bisabuelo de fray Luis36. Ambos se casaron con dos hermanas vecinas del Quintanar, aunque originarias por parte de madre del Castillo de Garcimuñoz, llamadas Leonor y Juana Rodríguez de Villanueva, de conocida ascendencia judía. Las dos fueron procesadas entre 1510 y 1511, y condenadas por auto público leído en la plaza del mercado de Cuenca en el año 1512. Se las consideró apóstatas, además de fautoras y encubridoras de herejes, y se las admitió a reconciliación con la pena de cárcel y sambenito perpetuos, junto a la confiscación de todos sus bienes37. A ninguna les sirvió que hubiesen confesado años antes, durante el «período de gracia», que habían practicado ayunos de judíos, aunque sin intención38.

Por esas fechas, Juana Rodríguez de Villanueva tendría poco más de setenta y dos años, y su hermana Leonor, algo más de setenta y cinco, mientras que sus maridos hacía ya tiempo que habían fallecido39