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Cuando Frida Kahlo muere Diego Rivera, marido, ex marido y viudo de Frida, le pide al poeta Carlos Pellicer que convierta la Casa Azul en un museo para que el pueblo de México pueda visitarla y admirar la obra de la artista. Pellicer seleccionó los cuadros de Frida que estaban en la casa, así como algunos dibujos, fotos, libros y cerámicas conservando los espacios tal cual los había adaptado el matrimonio para vivir y trabajar. El resto de los objetos, ropa, documentos, dibujos, cartas y más de seis mil fotografías que Frida reunió a lo largo de su vida, se guardaron en los baños convertidos en bodegas. Este formidable acervo estuvo oculto por más de medio siglo. El conjunto de imágenes fotográficas es un tesoro que desvela los gustos e intereses de la famosa pareja, no sólo en lo que cuentan las imágenes sino también en las anotaciones al margen, y permite especular en torno a sus fobias y atracciones, incluso es posible documentar sus orígenes familiares. La fotografía para Frida siempre estuvo presente, su padre Guillermo Kahlo fue uno de los grandes fotógrafos de principios del siglo XX mexicano, de él conservó algunas imágenes de arquitectura colonial y un buen número de autorretratos. En la colección de Frida hay una lista de grandes fotógrafos: Man Ray, Brassaï, Martin Munkacsi, Pierre Verger, George Hurrel, Tina Modotti, Edward Weston, Manuel y Lola Álvarez Bravo, Gisèle Freund y muchos otros, entre ellos la propia Frida Kahlo. Es probable que ella hiciera varias de las fotos de la colección, aunque estamos seguros de su autoría sólo en unas cuantas que decidió firmar en 1929.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2022
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SUS FOTOS
SUS FOTOS
Hilda Trujillo Idea original y coordinación general
Pablo Ortiz Monasterio Edición y puesta en página
Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, ADABI Clasificación de archivos
EDITORIAL RM
© Archivo fotográfico
Banco de México
Fiduciario en el Fideicomiso relativo a los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo
© Textos
Gerardo Estrada
Horacio Fernández
Gabriela Franger y Rainer Huhle
Laura González Flores
Masayo Nonaka
James Oles
Mauricio Ortiz
Pablo Ortiz Monasterio
Carlos Phillips
Hilda Trujillo Soto
Idea original y coordinación general
Hilda Trujillo Soto
Coordinación editorial Museo Frida Kahlo
Hilda Trujillo Soto
Alejandra López Estrada
Coordinación editorial Editorial RM
Isabel Garcés
Puesta en página
Pablo Ortiz Monasterio
Tipografía y ajuste de diseño
Gabriela Varela + David Kimura
Investigación archivo
María Elena González Sepúlveda
Nieves Limón Serrano
Investigación iconográfica
Leticia Medina Rodríguez
Restauración
Cecilia Salgado Aguayo
Liliana Dávila Lorenzana
Diana Díaz Cañas
Traducción
Mario Murgia (español a inglés)
Sandra Luna (inglés a español)
Corrección de estilo y cuidado de la edición
María Teresa González
Preprensa
Agustín Estrada Pavia
Primera edición en formato digital: Octubre de 2021.
© 2021
Banco de México, Fiduciario en el Fideicomiso
Museos Diego Rivera y Frida Kahlo
Av. 5 de Mayo No. 20
Colonia Centro
Alcaldía Cuauhtémoc
06000, Ciudad de México, México
© 2021
RM Verlag, S.L.
c/ Loreto, 13-15 Local B
08029 Barcelona, España
© 2021
Editorial RM, S.A. de C.V.
Córdoba 234-7, Colonia Roma Norte
06700, Ciudad de México, México
Edición en papel:
ISBN Editorial RM (Español): 978-607-7515-51-7
ISBN RM Verlag (Español): 978-84-92480-74-6
ISBN RM Verlag (Inglés): 978-84-92480-75-3
Edición en formato digital (eBook):
ISBN RM Verlag: 978-84-17975-65-4 (Español)
ISBN RM Verlag: 978-84-17975-66-1 (Inglés)
RM @7
Digitalización
Reverté-Aguilar
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede reproducirse o transmitirse de ninguna forma o por ningún medio, electrónico o mecánico, incluidas la fotocopia, la grabación o cualquier otro sistema de almacenaje y recuperación de información, sin un permiso previo, por escrito, del editor.
Al cierre de esta edición no ha sido posible determinar en todos los casos la propiedad de los derechos de autor de algunas obras o identificar a algunas personas. Agradeceremos su valiosa información: [email protected]
Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura y Deporte
Índice
Presentación
Carlos Phillips
Frida Kahlo, sus fotos
Hilda Trujillo Soto
Introducción
Pablo Ortiz Monasterio
I Orígenes
La influencia de la herencia materna de Frida Kahlo
Masayo Nonaka
II Papá
El padre misterioso
Gaby Franger / Rainer Huhle
III Casa Azul
Las fotos de la Casa Azul
Laura González Flores
IV Cuerpo roto
El cuerpo roto
Mauricio Ortiz
V Amores
Chismes en plata sobre gelatina
James Oles
VI La fotografía
Pasaron los años
Horacio Fernández
VII Lucha política
Un compromiso con la vida
Gerardo Estrada
Créditos
Presentación
Carlos Phillips
El Fideicomiso de los Museos Diego Rivera-Anahuacalli y Frida Kahlo en el Banco de México, y su Comité Técnico, tienen el privilegio de presentar el libro Frida Kahlo, sus fotos, en el que se incluyen más de 500 fotografías del archivo del Museo Frida Kahlo. La selección de obras fue realizada por el maestro Pablo Ortiz Monasterio, fotógrafo, editor, curador y promotor de la fotografía en México.
Diego Rivera, al hacer la donación vía el Fideicomiso, pidió a doña Dolores Olmedo que el material del archivo se guardara y se hiciera público quince años después de su muerte. Doña Dolores conservó el archivo durante más de cincuenta años por lo que, al fallecimiento de ella, el Comité Técnico del Fideicomiso decidió abrirlo, catalogarlo y hacerlo público. El rescate y la clasificación de este material fueron posibles gracias a la generosidad de ADABI (Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A.C.), institución presidida por María Isabel Grañén Porrúa y don Alfredo Harp Helú.
Esto ha constituido un importante y novedoso acervo, ya que a través de él se podrá conocer con mayor profundidad la vida y obra de Frida Kahlo. Del vasto material que se encontró, la selección aquí presentada permite adentrarnos en la vida familiar e íntima de Frida y conocer, mediante las imágenes de su padre, de otros fotógrafos y de ella misma, el mundo de la artista.
Este libro, publicado en una coedición con el apoyo generoso de Ramón y Javier Reverté, directores de Editorial RM, agrupa las obras siguiendo siete temas principales: «Orígenes», «Papá», «Casa Azul», «Cuerpo roto», «Amores», «La fotografía» y «Lucha política», que son acompañados por ensayos escritos por Masayo Nonaka, Gaby Franger y Rainer Huhle, Laura González Flores, Mauricio Ortiz, James Oles, Horacio Fernández y Gerardo Estrada, expertos de distintas nacionalidades —Alemania, España, los Estados Unidos, Japón y México— que nos ofrecen sus apreciaciones del material que se muestra.
El Fideicomiso de los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo cumple así con la voluntad del maestro Diego Rivera: resguardar los bienes donados al pueblo de México y hacerlos accesibles para el mejor conocimiento de la obra de estos grandes artistas.
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FRIDA KAHLO, SUS FOTOS
Hilda Trujillo Soto
Museo Frida Kahlo
Una de las influencias determinantes en la obra de Frida Kahlo fue la fotografía. Lo fue por el contacto que tuvo con las imágenes a través de la profesión de su padre y, más tarde, por la cercanía con artistas de la lente a quienes conoció, como Tina Modotti, Edward Weston, Nickolas Muray, Martin Munkácsi, Manuel Álvarez Bravo, Lola Álvarez Bravo, Fritz Henle, Gisèle Freund, entre otros.
Con meticulosidad y cariño, Frida acumuló un amplio acervo fotográfico. Aunque en él hay imágenes que debieron ser de la familia o de Diego Rivera, fue ella quien tuvo el cuidado de conservarlas. Para la pintora estas fotografías fueron objetos cercanos y queridos: las intervino coloreándolas, imprimiéndoles besos, recortándolas o escribiéndoles pensamientos; las atesoró como sustitutos de personas a quienes amaba o admiraba, o como imágenes sugestivas de la historia, del arte y la naturaleza.
Gracias a la cercanía con este medio surgido en el siglo XIX, Frida conoció y utilizó la potencia artística de la imagen. Delante o atrás de la cámara, Frida Kahlo supo crearse una personalidad fuerte y definida, y proyectarla a través de un lenguaje ideal: la fotografía. Su relación con Nickolas Muray, el destacado fotógrafo de revistas de moda como Vanity Fair o Harper’s Bazaar, ilustra cómo Frida afianzó esa conexión tan natural que tuvo ante la cámara. Muchas de las mejores y más conocidas imágenes de Frida fueron las que logró este fotógrafo húngaro nacionalizado norteamericano. Sin embargo, también destacan por su crudeza los retratos que hizo Muray de Frida en el hospital, pintando con grandes limitaciones físicas, en contraste con aquellas otras en las que se le ve, antes de las cirugías, coqueta y retadora como solía ser natural en ella. Pese a los fuertes dolores que la aquejaban, Frida no perdía la fascinación que provocaba ante la cámara, un medio que consideró un instrumento para reflejar su fuerza vital.
Gracias al acervo que Frida acumuló, hoy se puede constatar que la afición al autorretrato del propio padre fue una influencia fundamental en la obra de la pintora y en la manera en que ella posó siempre ante las cámaras. Ya desde los retratos que su padre le tomara desde niña puede percibirse un sorprendente conocimiento de la artista por sus mejores ángulos y poses.
La vista fija al frente, directa al objetivo, es la mirada que reflejará tanto en sus cuadros como en los múltiples retratos que le hicieron grandes fotógrafos del siglo XX, como Imogen Cunningham, Bernard Silberstein, Lucienne Bloch, Lola Álvarez Bravo, Gisèle Freund, Fritz Henle, Leo Matiz, Guillermo Zamora, Héctor García, entre otros. Muchas de estas imágenes fueron publicadas a iniciativa de Claudia Madrazo en el libro La cámara seducida (Editorial La Vaca Independiente), en 1992. De igual manera la exposición Frida Kahlo, la gran ocultadora (2006–2007), que se presentó en Londres en la National Portrait Gallery y en otros espacios en España, mostró más de 50 fotografías originales —en ciertos casos las únicas copias existentes— que forman parte de la colección de Spencer Throckmorton, galerista estadounidense, quien ha reunido por años retratos de Frida. En buena medida la autoconstrucción del personaje que la artista encarnó le debe una fuerte influencia al medio fotográfico.
Aunque en alguna ocasión ella dijo tajante que no era fotógrafa sino pintora, Frida, al igual que su padre, conoció y manejó con delicadeza los principios de la composición, y experimentó con el medio fotográfico, como lo demuestran las imágenes halladas en los archivos de la Casa Azul. Tres reproducciones son de su autoría y están firmadas por ella en 1929, pero hay otras tantas sin firmar que pueden atribuírsele dadas las características que también se encuentran en su pintura. Una de las imágenes que Frida rubricó es el retrato de Carlos Veraza, el sobrino favorito de la pintora. Las otras dos fotografías son muy sugerentes. La primera hace alusión al accidente vial que sufriera Frida a los 18 años y que se convertiría en la obsesión central de su producción pictórica. La reproducción muestra a una muñeca de trapo tirada sobre un petate, junto a un caballo en galope y un carrito de madera al lado. La segunda imagen pareciera una moderna naturaleza muerta, en donde los objetos se han dispuesto para ser fotografiados a la manera de las composiciones modernistas de Manuel Álvarez Bravo, Tina Modotti o Edward Weston.
Dentro del grupo de las fotografías no firmadas, llama la atención una en particular, por su evidente intención visual. Se trata de una composición provocadora: una gran calavera hecha con cartón y alambre, recosta-da sobre el jardín.
La curiosidad que la artista sintió por el lado técnico de la fotografía se hace evidente en una carta donde Tina Modotti asesora a la pintora. Modotti responde las preguntas que le hace Frida sobre ciertos aspectos que deberá tomar en cuenta para sacar copia de tres negativos del mural de Diego en Chapingo: «En este momento recibí tus preguntas y te contesto inmediatamente porque bien imagino las dificultades que debes tener en hacer las copias. Si hubiera sabido que las ibas a hacer tú misma, te hubiera dado algunas indicaciones personales […] Sólo te debo recomendar una cosa. Las películas pancromáticas deben ser reveladas con luz verde, no roja, ya que el rojo es el color más susceptible para estas películas».
Del otro lado de la moneda, lejos del aspecto técnico de la fotografía, este medio sirvió como reflejo de los cariños y amores de Frida: la pintora intervino algunos de sus retratos, coloreó imágenes o reproducciones de su obra, como hizo con la fotografía de su cuadro Autorretrato con traje de terciopelo (1926), que ella de cariño llamara el «Boticelli», y que fuera una tela que la artista le dedicara a su primer amor, Alejandro Gómez Arias.
En otros casos, Frida recortó las fotografías, las dobló o inclusive las rompió cuando tuvo conflicto con alguno de los fotografiados. Así sucedió con Carlos Chávez, quien, como director de Bellas Artes, se negó a mostrar el mural de Diego Rivera, Pesadilla de guerra, sueño de paz (1952). Esto provocó que Frida le enviara una airada carta de reclamación y lo censurara de su álbum fotográfico. Otro ejemplo es el retrato de la pintora y Lupe Marín, segunda esposa de Diego, que Frida dobló cuidadosamente a la mitad, separándose con ello de la ex mujer del muralista. Se puede inferir que la artista expuso el retrato a medias, ocultando el lado donde aparecía Lupe, pero sin atreverse a romperla, como sí llegó a hacer con Carlos Chávez.
La mala salud de Frida le impidió pasar mucho tiempo en exteriores o citar por periodos largos a sus modelos, por lo que utilizó retratos para pintar a los personajes de sus telas. En el acervo de la Casa Azul se encontraron, entre muchas otras, fotografías de Stalin que usó para su cuadro inconcluso Frida y Stalin (1954) y El marxismo dará salud a los enfermos (1954); retratos de la hija de Nickolas Muray, que también utiliza en una de sus telas; imágenes de su familia de las que se sirvió para el árbol genealógico en Retrato de familia (ca. 1950), fotos de su médico y amigo Leo Eloesser, o de sus mascotas a las que plasma en La venadita o El ciervo herido (1946) y los diversos autorretratos con su perico, su perro xoloescuintle o su chango Fulang Chang.
Frida reprodujo en sus cuadros algunas imágenes que le resultaron impactantes o conmovedoras, como fue el caso de la fotografía de un pequeño niño que yace muerto sobre un petate y que después plasma en su tela El difuntito Dimas Rosas (1937). Incluso Frida llegó a utilizar fragmentos fotográficos que incluyó en su pintura, por ejemplo en Mi vestido cuelga ahí (1933), en donde hace suya la imagen de la multitud retratada.
La variedad de fotografías del archivo da cuenta, por otro lado, de la viveza intelectual de una mujer interesada en temas que van desde la biología y la medicina, hasta la ciencia, la historia y, en particular, la historia del arte. Frida se sirvió de la fotografía para hacer un catálogo de las imágenes que ella encontró en libros y revistas, y que luego retomó para sus pinturas. Destacan en particular las que la artista sacó de libros de ginecología para ilustrar la anatomía femenina y los alumbramientos.
Las fotografías de este libro —una pequeña semblanza de las miles que atesoró Frida— son testimonio de las múltiples utilidades que les dio la pintora: son herramientas que arrojan una rica información sobre la obra de Kahlo. Las imágenes son camino para entender la vida social de la Casa Azul y son testimonio de la personalidad e inteligencia de una de las artistas más renombradas hoy en día.
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INTRODUCCIÓN
Pablo Ortiz Monasterio
I. Un archivo fotográfico oculto
En el archivo de Frida hay más de seis mil imágenes que por años reposaron guardadas en armarios y cómodas sellados, al lado de dibujos, cartas, vestidos, medicinas y tantas otras cosas. Cuando Frida muere en 1954, Diego Rivera decide donar la Casa Azul al pueblo de México para formar ahí un museo que celebre la obra de Frida. Le pide al poeta Carlos Pellicer —amigo de ambos— que diseñe el proyecto; por supuesto, selecciona las pinturas de Frida, incluyendo la que estaba sin acabar: un retrato de Stalin que deja en el estudio donde pintaba Frida, montado en el caballete junto a sus pinceles y pinturas. Selecciona también algunos dibujos, cerámicas populares, la colección de exvotos, un corsé pintado, libros, algunas fotos, documentos y objetos varios, lo demás se guarda. El mítico baño de la Casa Azul iniciaba su camino a convertirse en la bodega de arte más importante de Coyoacán y anexas. Años más tarde, Diego Rivera formaliza el regalo al pueblo de México, que incluye la Casa Azul y el Anahuacalli, un inmenso recinto construido sobre y con roca volcánica, diseñado por el propio Diego para albergar su colección de «monos» prehispánicos.
Poco tiempo antes de morir, Diego le pide a su amiga y albacea Lola Olmedo que su archivo personal no se abra antes de quince años; cuando pasó ese tiempo, doña Lola decidió que si su amigo Diego no quería abrir el archivo, ella tampoco. Así, este tesoro permaneció por cincuenta largos años guardado, dormido —como en el cuento de La bella durmiente—, en espera de un aliento que lo devolviera a la vida. El talento y la tenacidad de Hilda Trujillo, actual directora del recinto, encarnaron ese aliento.
