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Gigi (1944), de Colette, es una novela breve ambientada en el París de comienzos del siglo XX, en una sociedad marcada por la elegancia, las apariencias y los juegos de interés social. La historia sigue a la joven Gilberte, llamada cariñosamente Gigi, criada por su abuela y su tía. Estas mujeres mantienen una tradición familiar particular: preparar a las muchachas para convertirse en cortesanas refinadas, capaces de asegurar riqueza y estabilidad a través de relaciones ventajosas. Gigi, sin embargo, se distingue por su espontaneidad, franqueza e ingenuidad frente a este destino trazado. Mientras recibe lecciones estrictas sobre modales, vestimenta y etiqueta social, conserva una vitalidad auténtica que resiste a encajar del todo en ese molde. Su vida cambia al encontrarse con Gaston Lachaille, un heredero parisino rico pero desencantado, que descubre en Gigi algo fresco y distinto de las mujeres sofisticadas, aunque previsibles, de su círculo social. La relación entre ambos se desarrolla de manera gradual, entre la ternura y la ironía, cuestionando con sutileza las convenciones sociales. Gaston, cansado de la superficialidad de la alta sociedad parisina, se siente atraído por la sinceridad y la vitalidad de Gigi. Ella, a su vez, comienza a reflexionar sobre los límites entre el amor, la conveniencia social y la libertad personal, poniendo en duda las expectativas que su familia ha depositado en ella. Aunque breve, la novela plasma con precisión la tensión entre tradición y deseo individual, mostrando la lucha de una joven por afirmar su voz en un mundo donde su futuro parecía ya decidido. Al mismo tiempo, Colette recrea París con gran sensibilidad: cafés, salones y espacios de sociabilidad aparecen como escenarios que reflejan tanto el refinamiento como la hipocresía de la época. Colette (1873–1954) fue una de las escritoras más importantes de la literatura francesa del siglo XX. Reconocida por su prosa elegante y su habilidad para retratar la psicología femenina, desafió las normas de su tiempo al abordar temas como la sexualidad, la independencia y la identidad. Gigi se convirtió en una de sus obras más célebres, especialmente después de sus adaptaciones teatrales y cinematográficas, y sigue siendo un retrato penetrante de la tensión entre libertad personal y expectativas sociales.
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Seitenzahl: 240
Veröffentlichungsjahr: 2025
Sidonie-Gabrielle Colette
GIGI
PRESENTACIÓN
GIGI
EL NIÑO ENFERMO
LA SEÑORA DEL FOTOGRAFO
FLORA Y POMONA
Sidonie-Gabrielle Colette
1873–1954
Sidonie-Gabrielle Colette, más conocida simplemente como Colette, fue una novelista, actriz y periodista francesa, considerada una de las voces literarias más singulares del siglo XX en Francia. Se destacó por su prosa refinada, su atención a los matices de la vida cotidiana y por la creación de personajes femeninos fuertes y complejos. Colette es recordada tanto por su notable talento literario como por su vida audaz e independiente, que desafió las convenciones sociales de su tiempo.
Infancia y educación
Colette nació en Saint-Sauveur-en-Puisaye, en Borgoña, Francia. Creció en un entorno rural, rodeada de paisajes que más tarde inspirarían su escritura. Su madre, Sido, fue una influencia decisiva, transmitiéndole una visión libre y sensible del mundo. Aunque no siguió una educación formal prolongada, Colette desarrolló una aguda curiosidad y una independencia que marcarían su sensibilidad artística.
Carrera y contribuciones
Colette inició su carrera literaria bajo la influencia de su primer esposo, Henry Gauthier-Villars (conocido como Willy), quien la animó a escribir pero publicó sus obras bajo su propio nombre. De esa colaboración surgió la serie Claudine, que alcanzó gran éxito en el París de principios del siglo XX. Tras separarse de Willy, Colette consolidó su voz literaria independiente con obras como La Vagabonde (1910), Chéri (1920) y Gigi (1944).
Su escritura aborda temas como el amor, la sensualidad, la emancipación femenina y el paso del tiempo, siempre con profundidad psicológica y una observación aguda de las relaciones humanas. Además de su labor literaria, Colette también desarrolló una carrera como actriz y periodista, cultivando una imagen pública provocadora, poco convencional y adelantada a su época.
Impacto y legado
La obra de Colette es considerada revolucionaria por la forma en que dio voz a la experiencia femenina, abordando sin tabúes el deseo, la libertad y la identidad. Su vida, tanto como su literatura, se convirtió en símbolo de independencia, pues vivió con pasión, desafió las normas morales y se impuso en un mundo literario dominado por hombres.
En 1945 fue admitida en la prestigiosa Academia Goncourt y en 1953 fue nominada al Premio Nobel de Literatura. Sus obras siguen siendo celebradas y adaptadas al teatro y al cine, siendo Gigi un clásico de Broadway y de Hollywood.
Colette murió en París en 1954, a los 81 años. Fue la primera mujer escritora en Francia en recibir un funeral de Estado, un reconocimiento a su importancia cultural. Su legado perdura gracias a su prosa lírica y sincera, su exploración de la emoción humana y su celebración de la riqueza de la vida, lo que asegura su lugar entre los grandes maestros de la literatura universal.
Sobre la obra
Gigi (1944), de Colette, es una novela breve ambientada en el París de comienzos del siglo XX, en una sociedad marcada por la elegancia, las apariencias y los juegos de interés social. La historia sigue a la joven Gilberte, llamada cariñosamente Gigi, criada por su abuela y su tía. Estas mujeres mantienen una tradición familiar particular: preparar a las muchachas para convertirse en cortesanas refinadas, capaces de asegurar riqueza y estabilidad a través de relaciones ventajosas.
Gigi, sin embargo, se distingue por su espontaneidad, franqueza e ingenuidad frente a este destino trazado. Mientras recibe lecciones estrictas sobre modales, vestimenta y etiqueta social, conserva una vitalidad auténtica que resiste a encajar del todo en ese molde. Su vida cambia al encontrarse con Gaston Lachaille, un heredero parisino rico pero desencantado, que descubre en Gigi algo fresco y distinto de las mujeres sofisticadas, aunque previsibles, de su círculo social.
La relación entre ambos se desarrolla de manera gradual, entre la ternura y la ironía, cuestionando con sutileza las convenciones sociales. Gaston, cansado de la superficialidad de la alta sociedad parisina, se siente atraído por la sinceridad y la vitalidad de Gigi. Ella, a su vez, comienza a reflexionar sobre los límites entre el amor, la conveniencia social y la libertad personal, poniendo en duda las expectativas que su familia ha depositado en ella.
Aunque breve, la novela plasma con precisión la tensión entre tradición y deseo individual, mostrando la lucha de una joven por afirmar su voz en un mundo donde su futuro parecía ya decidido. Al mismo tiempo, Colette recrea París con gran sensibilidad: cafés, salones y espacios de sociabilidad aparecen como escenarios que reflejan tanto el refinamiento como la hipocresía de la época.
Colette (1873–1954) fue una de las escritoras más importantes de la literatura francesa del siglo XX. Reconocida por su prosa elegante y su habilidad para retratar la psicología femenina, desafió las normas de su tiempo al abordar temas como la sexualidad, la independencia y la identidad. Gigi se convirtió en una de sus obras más célebres, especialmente después de sus adaptaciones teatrales y cinematográficas, y sigue siendo un retrato penetrante de la tensión entre libertad personal y expectativas sociales.
No olvides que vas a casa de tía Alicia. ¿Me oyes, Gilberte? Ven; te haré los rizos.
— Abuela, ¿no crees que podía ir sin papillotes?
— No lo creo — repuso con moderación madame Álvarez.
Posó, encima de la llamita azul de un hornillo de alcohol, las viejas tenacillas cuyos brazos terminaban en dos pequeños hemisferios de metal macizo, y preparó los papeles de seda.
— Abuela, ¿y si, para cambiar, me hicieras una onda a un lado?
— Ni hablar. La máxima excentricidad permitida a una muchacha de tus años, es llevar unos rizos en las puntas de los cabellos. Siéntate en la banqueta.
Al sentarse, Gilberte dobló sus piernas zancudas de quince años. Su falda escocesa descubrió unas medias de hilo acanalado hasta más arriba de las rodillas, cuya rótula ovalada era, sin que ella lo sospechara, una pura perfección. Poca pantorrilla, el empeine del pie alto, tales encantos hacían lamentar a madame Álvarez que su nietecita no hubiera estudiado danza. Asió con las tenacillas calientes los mechones de color rubio ceniza, torcidos y aprisionados en papel fino. Con paciencia y habilidad, sus manos gordezuelas reunían en gruesos bucles sueltos y elásticos el magnífico espesor de una cuidada cabellera, que no rebasaba mucho los hombros de Gilberte. El olor vagamente avainillado del papel fino y el calor de las tenacillas adormilaban a la muchacha inmóvil Además, Gilberte, sabía de sobra que toda resistencia sería vana. Casi nunca pretendía huir de la autoridad familiar.
— ¿Lo que mamá canta hoy, es Frasquita?
— Sí. Y esta noche, Si j'étais Roi. Te he dicho mil veces que cuando estés sentada en un asiento bajo, has de juntar las rodillas y doblarlas a la vez, sea a derecha, sea a izquierda, para evitar una indecencia.
— Abuela, si llevo pantalón y enaguas...
— El pantalón es una cosa; la decencia, otra — dijo madame Álvarez — . Todo depende de la actitud.
— Ya lo sé; tía Alicia me lo ha repetido muchas veces — murmuró Gilberte.
— No necesito a mi hermana — dijo agriamente madame Álvarez — para inculcarte los principios de las conveniencias elementales. De eso, a Dios gracias, sé un poco más que ella.
— Abuela, si me quedase aquí, ¿iría a ver a tía Alicia el domingo próximo?
— ¡Vaya! — dijo madame Álvarez altivamente — . ¿No tienes ninguna otra sugerencia que hacerme?
— Sí — dijo Gilberte — . Que me hagan las faldas un poco más largas para que, en cuanto me siente, no tenga que estar todo el rato doblada como una "Z". Hazte cargo, abuela; siempre tengo que estar pensando en "lo-que-yo-me-sé", con estas faldas tan cortas.
— ¡Silencio! ¿No te da vergüenza llamar a eso "lo que-yo-me-sé"?
— Pues estaría encantada de darle otro nombre, pero...
Madame Álvarez apagó el hornillo. Su pesada silueta española se reflejó en el espacio de la chimenea.
— No hay otro — decidió.
De entre la maraña de rizos rubio ceniza surgió una mirada incrédula, de un hermoso azul oscuro de pizarra mojada, y Gilberte se desplegó de un brinco:
— Pero, abuela, de todas maneras me podrían hacer las faldas un palmo más largas. O se les podría añadir un volantito.
— ¡Lo que iba a entusiasmar a tu madre! ¡Tener una hija que aparentaría por lo menos dieciocho años! ¡Con su carrera! ¡Vamos, querida, razona un poco!
— ¡Oh, si ya razono! — dijo Gilberte — . Pero si casi nunca salgo con mamá, ¿qué importancia podría tener eso?
Se arregló la falda, que le sobresalía más arriba de su delgado estómago, y preguntó:
— ¿Me pongo el abrigo de todos los días? Está bastante bien.
— ¿Cómo demostrar, entonces, que es domingo? Ponte el abrigo liso y tu canotier azul marino. ¿Cuándo aprenderás lo que es correcto?
Gilberte, en pie, era casi tan alta como su abuela. Sugestionada por el apellido español que usaba — apellido de un amante difunto — , madame Álvarez había adquirido ciertas características que ella juzgaba adecuadas: palidez mantecosa, obesidad y cabellos relucientes de brillantina. Utilizaba unos polvos demasiado blancos, el peso de las mejillas le tiraba un poco el párpado inferior, y acabó por adoptar el nombre de Inés. A su alrededor gravitaba ordenadamente su familia irregular. Andrée, su hija soltera, abandonada por el padre de Gilberte, prefería ahora a una prosperidad caprichosa, la juiciosa vida de las segundas cantantes, en un teatro subvencionado. En cuanto a Alicia — nunca se había oído decir que alguien le hubiera hablado de matrimonio — vivía sola, con unas rentas que ella decía modestas, y la familia respetaba la opinión de Alicia, así como sus joyas.
Madame Álvarez miró a su nietecita, desde el canotier de fieltro adornado con una pluma "cuchillo", hasta los zapatos de confección.
— ¿No puedes juntar las piernas? Cuando te pones así, el Sena podría pasar entre las dos. No tienes ni pizca de vientre, pero encuentras manera de sacar barriga... ¡Y ponte los guantes, por favor!
La indiferencia de las niñas castas regía aún todas las actitudes de Gilberte. Tenía el aire de un arquero, de un ángel rígido, de un mozuelo con faldas; mas raramente el aire de una jovencita.
"¿Ponerte vestidos largos a ti, que no tienes el sentido común de un crío de ocho años?", decía madame Álvarez.
"Gilberte me desalienta", suspiraba Andrée.
"Si no te desalentases por mí, te desalentarías por otra cosa", respondía apaciblemente Gilberte.
Era dócil, y se contentaba con una vida casera, casi exclusivamente familiar. En lo que se refería a su cara, nadie podía predecir nada. Tenía una boca grande, que la risa ampliaba, dientes de un blanco macizo y flamante, la barbilla corta, y, entre los altos pómulos, una nariz que...
"¡Dios mío! ¿De dónde habrá sacado esa naricita?", suspiraba su madre.
"Hija mía, si tú no lo sabes, ¿quién lo va a saber?", replicaba madame Álvarez.
A lo que Andrée, mojigata demasiado tarde, cansada demasiado pronto, guardaba silencio y se palpaba maquinalmente sus amígdalas sensibles.
"Gigi — aseguraba tía Alicia — es un lote de materias primas. Puede quedar bien, pero puede resultar muy mal."
— Abuela, llaman; abriré al salir... ¡Abuela! — gritó Gigi desde el pasillo — . ¡Es tiíto Gaston!
Regresó acompañada de un hombre joven muy alto al que cogía del brazo; hablaba con un aire de ceremonia y puerilidad, como las colegialas en el recreo.
— ¡Qué pena tiíto, dejarle tan pronto! La abuela quiere que vaya a ver a tía Alicia. ¿Qué coche ha traído usted hoy? ¿Su nuevo Dion-Bouton-cuatro-asientos-descapotable? Según parece, se puede conducir con una mano, ¿eh? Tiíto, ¿es verdad que se ha enfadado con Liane?
— ¡Gilberte! ¿Te importa eso? — la riñó madame Álvarez.
— Abuela, ¡si todo el mundo lo sabe! Se ha publicado en el "Gil Blas". Empezaba diciendo: "Una secreta amargura se desliza en el producto azucarado de la remolacha..." En el colegio, todas mis amigas me preguntan, porque saben que conocemos a tío Gaston. Y, ¿sabe, tiíto?, mis compañeras no le dan la razón a Liane. ¡Dicen que vaya papelito el suyo!
— ¡Gilberte! — repitió madame Álvarez — . ¡Despídete de monsieur Lachaille, y desaparece!
— Déjela — suspiró Gaston Lachaille — . Ella no tiene malicia, por lo menos. Y es perfectamente cierto que todo ha terminado entre Liane y yo. ¿Vas a casa de tía Alicia, Gigi? Pues coge mi coche.
Gilberte prorrumpió en gritos, dio un brinco de alegría y besó a Lachaille:
— ¡Gracias, tiíto! ¡Anda, la cara que pondrá tía Alicia! ¡La jeta de la portera!
Se fue haciendo el mismo ruido que un potrillo sin herrar.
— La mima demasiado, Gaston — dijo madame Álvarez.
Esta afirmación no era exacta. Gaston Lachaille no era capaz de "mimar" a nadie... salvo a sí mismo. Vivía con lujo: sus automóviles, su triste hotelito en el parque Monceau, los "meses" de Liane y sus joyas de cumpleaños, el champaña y el baccarat en Deauville en verano, en Montecarlo en invierno. De tiempo en tiempo, dejaba caer en una suscripción un gran donativo en especies, compraba un yate, que revendía después a un monarca de la Europa central, actuaba de comanditario de un nuevo periódico, pero no por ello estaba más alegre. Al contemplarse en el espejo, hubiera podido decir: "He ahí la cara de un hombre estafado". Como tenía la nariz un poco larga y grandes ojos negros, el común de los mortales lo creía un explotador. Su instinto comercial y su desconfianza de hombre rico le guardaban bien. Nadie había conseguido robarle su botonadura de perlas, sus pitilleras de metales preciosos tachonados de pedrerías, ni su gruesa pelliza forrada de oscuras cebellinas.
Por la ventana, contempló cómo arrancaba su coche. Ese año, los coches de moda eran altos y ligeramente ensanchados a causa de los sombreros desmesurados que imponían Carolina Otero, Liane de Pougy y otras personas notorias en 1899. Así, pues, los coches cabeceaban blandamente en las curvas.
— Mamita — dijo Gaston Lachaille — ¿no me haría una taza de manzanilla?
— No una; dos — dijo madame Álvarez — . Siéntese, mi pobre Gaston.
Retiró de una butaca desfondada unas revistas ilustradas, unas medias cuyos puntos tenían que cogerse y una caja de regaliz. El "hombre estafado" se deslizó, encantado, en la butaca, mientras la anfitriona disponía la bandeja y las dos tazas.
— ¿Por qué será que la manzanilla que me hacen en casa huele siempre a crisantemo marchito? — suspiró Gaston.
— Cuestión de cuidado. Puede creerme, Gaston; muchas veces cojo la mejor manzanilla en el mismo París, en solares sin edificar una manzanilla chiquita, de no muy buen aspecto. Sin embargo, tiene un gusto exquisito. ¡Santo Dios, qué tela tan hermosa la de su traje! Esas rayas difuminadas, son de lo más distinguido. Es de la clase de telas que le gustaban a su difunto padre. Pero he de decir que las llevaba con menos chic que usted.
Madame Álvarez sólo evocaba una vez por conversación la memoria de Lachaille padre, al que aseguraba haber conocido mucho. De sus viejas relaciones, verdaderas o falsas, no sacaba mayor beneficio que la familiaridad de Gaston Lachaille y el placer del pobre que saborea la compañía del opulento. Bajo su techo empañado por el gas, aquellas tres criaturas femeninas no le pedían a Gaston collares de perlas, ni solitarios, ni chinchillas, y sabían hablar con decencia y consideración de lo que era escandaloso, venerable e inaccesible. Gigi, desde los doce años, sabía que el grueso collar de perlas negras de madame Otero era trempé, es decir, teñido artificialmente, pero que su collar de tres sartas escalonadas valía un "imperio"; que las siete sartas de madame de Pougy carecían de vida; que el famoso bolero de diamante de Eugénie Fougère era menos que nada, y que una mujer que se respeta no se pasea, como madame Antokolski, en un cupé tapizado de satén malva. Rompió dócilmente con su camarada de curso, Lydie Poret, cuando ésta le mostró un solitario montado en sortija, dádiva del barón Éphraïm.
— ¡Un solitario! — había exclamado madame Álvarez — . ¡Una chica de quince años! Creo que su madre está loca.
— Pero, abuela — la había defendido Gigi — ; no es culpa de Lydie si el barón se lo ha regalado.
— ¡Silencio! No censuro al barón. El barón sabe lo que debe hacer. Pero el sentido común más simple exigía que la madre de Lydie Poret pusiera la sortija en un cofre del Banco, esperando.
— ¿Esperando qué, abuela?
— Los acontecimientos.
— ¿Y por qué no en su joyero?
— Porque nunca se sabe. El barón es un hombre de los que cambian. Pero si se ha declarado bien, madame Poret no tiene más que retirar a su hija del curso. Hasta que todo eso se haya puesto en limpio, me harás el favor de no pasear en compañía de Lydie Poret. ¡A quién se le ocurre!
— Pero, ¿y si se casa, abuela?
— ¿Casarse? ¿Casarse con quién?
— ¡Con el barón!
Madame Álvarez y su hija habían cruzado una mirada de estupor.
— Esta niña me desalienta — murmuró Andrée — . ¿Ha caído de otro planeta?
— Entonces, mi pobre Gaston — dijo madame Álvarez — , ¿esa desavenencia es cierta? Quizá sea mejor para usted. Pero comprendo perfectamente que esté contrariado. Me gustaría saber de quién se puede uno fiar.
El "pobre Gaston" la escuchaba bebiendo su manzanilla ardiente. Hallaba en ella tanto consuelo como al contemplar el rosetón ahumado de la lámpara "adaptada a la electricidad", pero fiel a su amplia falda verde nilo. El contenido de una cesta de labor se derramaba a medias en la mesa, donde Gilberte había olvidado sus cuadernos. Encima del piano vertical había una ampliación fotográfica de Gilberte, a la edad de ocho meses, que hacía juego con un retrato al óleo de Andrée, vestida para participar en una representación de Si j'étais Roi. Un ambiente tan casero, forzosamente tenía que resultar sedante para los nervios de un acosado millonario.
— ¿Está usted muy triste, mi pobre Gaston?
— Para ser exactos, más que triste, estoy un poco trastornado.
— No quisiera parecer muy curiosa... — dijo madame Álvarez — . Pero, ¿cómo sucedió? He leído lo que publican los periódicos, desde luego. Pero cualquiera cree lo que dicen...
Lachaille se llevó la mano al bigotito engomado, y luego pasó los dedos por su pelo recio y corto.
— ¡Oh, igual que en otras ocasiones...! Esperó a que le hiciera el regalo de cumpleaños, y salió a escape. ¡Y no se le ocurrió nada mejor que irse a una mísera posada de Normandía, la muy estúpida! El más tonto hubiera descubierto que sólo había dos habitaciones en aquel cuchitril; una ocupada por Liane, y la otra por un tal Sandomir, profesor de patinaje del "Palais de Glace".
— Las mujeres de hoy — sentenció madame Álvarez — no saben comportarse. ¡Y precisamente después de su cumpleaños! ¡Qué falta de tacto!
— Le había regalado un collar — dijo Gaston Lachaille — . Un collar en toda regla: treinta y siete perlas. La del centro era tan grande como la yema de mi pulgar.
Levantó su blanco y manicurado pulgar para que madame Álvarez pudiera rendir un tributo de admiración a la mencionada perla central.
— Verdaderamente, tiene usted "estilo", Gaston. Sabe hacer las cosas.
— Pero esta vez he salido con cuernos.
Madame Álvarez fingió no oír la interrupción.
— Si yo estuviera en su lugar, Gaston, me consolaría con otra.
— Bonito remedio me ofrece...
— Sí; he oído decir que a veces es peor el remedio que la enfermedad — observó discretamente madame Álvarez — . Es como cambiar de caballo tuerto por uno ciego.
Luego respetó el silencio de Gaston Lachaille. Un sonido ahogado de piano atravesaba el techo. Sin hablar, el visitante tendió su taza vacía, que madame Álvarez llenó.
— ¿Todo va bien en la familia? ¿Qué noticias hay de tía Alicia?
— Mi hermana, ya sabe usted, siempre la misma. Muy reservada, muy mosquita muerta. Dice que prefiere vivir de un hermoso pasado que de un feo presente. Ahora dice que Gigi está un poco atrasada, y la hace trabajar. La semana pasada le enseñó a comer de manera impecable langosta a la americana.
— ¿A santo de qué?
— Alicia dice que es un detalle muy útil; sostiene que las tres piedras de toque de una buena educación, son: la langosta a la americana, los huevos pasados por agua y los espárragos. Dice que la falta de elegancia en las maneras de comer ha desunido a muchos matrimonios.
— Sí; ha ocurrido — dijo Lachaille soñadoramente — . Ha ocurrido...
— ¡Oh! Alicia no tiene un pelo de tonta. Y a Gigi eso le parece muy bien. ¡Es tan golosa! ¡Si tuviera el cerebro tan activo como las mandíbulas! Pero es como una niña de diez años. Cuénteme, Gaston, ¿qué proyectos tiene para la Batalla de Flores? ¿Piensa deslumbrarnos una vez más, este año?
— Demonios, no — gruñó Gaston — . Voy a aprovecharme de mis desgracias para hacer economías de rosas rojas.
Madame Álvarez juntó las manos:
— ¡Oh, Gaston, no se le ocurrirá hacer eso! ¡Sin usted, el desfile parecerá un funeral!
— ¡Que parezca lo que le dé la gana! — repuso sombríamente Gaston.
— ¿Cederá el estandarte bordado a una Valérie Cheniaguine cualquiera? ¡Ah, Gaston; no es posible!
— Se verá — dijo Gaston — . Valérie tiene medios.
— Oiga, Gaston, ¿sabe usted de dónde vinieron sus diez mil ramilletes del año pasado? Contrató a tres mujeres durante dos noches y dos días para atarlos, ¡y las flores eran compradas en el mercado! ¡En el mercado! Sólo las ruedas, el látigo del cochero y los arneses llevaban la firma de Lachaume.
— Me apunto el truco — dijo Lachaille animado — . ¡Anda; me he comido todo el regaliz!
Los pasos sonoros de Gilberte retumbaron militarmente en la antecámara.
— ¿Tú, ya? — dijo madame Álvarez — . ¿Qué significa eso?
— Significa — dijo la pequeña — que tía Alicia no se encontraba bien. Lo importante, es que me he paseado en el "mec-mec" de tiíto Gaston.
Su boca se entreabrió sobre sus dientes, que brillaron.
— ¿Sabe, tiíto? Mientras iba en su coche, ponía una cara de mártir, así, como si estuviera asqueada de todos los lujos. Me divertí mucho.
Tiró lejos su sombrero; los cabellos inundaron sus sienes y mejillas. Se sentó en un taburete bastante alto y alzó las rodillas hasta la barbilla.
— ¿Qué hay, tiíto? ¿Por qué ese aire de sentido pésame? ¿Quiere que juguemos una partida de piquet? Es domingo, y mamá no regresa después de la sesión de tarde. ¿Quién se ha comido todo mi regaliz? ¡Ah, tiíto, nos vamos a ver las caras! Lo menos que puede hacer es comprarme más.
— ¡Gilberte, compostura! — dijo madame Álvarez — . Baja las rodillas. ¿Crees que Gaston tiene tiempo de ocuparse de tu regaliz? Estírate la falda. Gaston, ¿quiere que la mande a su cuarto?
El joven Lachaille, con los ojos clavados en el usado juego de cartas que Gilberte manipulaba, luchaba contra unas terribles ganas de llorar un poco, de contar sus penas, de dormirse en el viejo butacón, y de jugar al piquet.
— Deje a la pequeña. Aquí, respiro. Descanso. Gigi: me juego diez kilos de azúcar.
— Su azúcar no es nada apetitoso. Prefiero los bombones.
— Es lo mismo. Y el azúcar es más sano que los bombones.
— Lo dice porque lo fabrica.
— ¡Gigi, le estás perdiendo el respeto! — gritó madame Álvarez.
Los ojos desolados de Gaston Lachaille sonrieron:
— Déjela decir, mamita. Y si pierdo, Gigi, ¿qué quieres? ¿Un par de medias de seda?
La gruesa boca infantil de Gigi se entristeció.
— Las medias de seda me dan picor. Preferiría...
Alzó hacia el techo su carita de ángel chatillo, agachó la cabeza y apartó de ambas mejillas los rizos de sus cabellos.
— Preferiría un corsé "Persephone" verde nilo, con los tirantes bordados con rosas rococó. No; mejor una cartera de música.
— ¿Estudias música?
— No, pero mis compañeras del curso superior meten los cuadernos dentro de una cartera de música, porque así parecen alumnas del Conservatorio.
— Gigi, estás rayando en la indiscreción — dijo madame Álvarez.
— Tendrás tu cartera y tu regaliz — prometió Gaston — . Corta, Gigi.
Un instante más tarde, el heredero de la fábrica de azúcar Lachaille disputaba ardorosamente las puestas. Su gran nariz, que casi parecía postiza, y sus ojos oscuros no intimidaban a su contrincante, que estaba acodada, con los hombros al nivel de las orejas, agudizado el azul de sus ojos y el rojo de sus mejillas. Parecía un paje ebrio. Los dos jugaban apasionadamente y, sin hacer mucho ruido, cambiaban sordos insultos:
— Araña grandota, acedera verde — decía Lachaille.
— Nariz de cuervo — replicaba Gigi.
El crepúsculo de marzo descendió sobre la estrecha calle.
— No es una indirecta, Gaston — dijo madame Álvarez — , pero son las siete y media. ¿Permite que vaya a ver un momentito nuestra cena?
— ¡Las siete y media! — exclamó Lachaille — . ¡Yo que ceno en "Larue" con De Dion, Feydeau y uno de los Barthou! La última ronda, Gigi.
— ¿Por qué uno de los Barthou? — preguntó Gilberte — . ¿Es que hay varios Barthou?
— Dos. Uno que es un guapo mozo y otro que no lo es tanto. El más conocido es el que no lo es tanto.
— Pues no es justo — dice Gilberte — . Y Feydeau, ¿quién es?
Lachaille soltó las cartas con estupor.
— ¡Vamos! ¿No conoces a Feydeau? ¿Es que no vas al teatro?
— Casi nunca, tiíto.
— ¿No te gusta el teatro?
— No me entusiasma. Y la abuela y tía Alicia dicen que el teatro impide pensar en lo serio de la vida. No le diga a la abuela que se lo he dicho.
Alzó sobre sus orejas el manto de sus cabellos, y los dejó resoplando:
— ¡Uf! ¡Qué calor me da esta pelambrera!
— ¿Y qué creen que es lo serio de la vida?
— ¡Oh!, no lo sé exactamente, tiíto Gaston. No siempre están de acuerdo. La abuela dice: "Prohibido leer novelas; da melancolía. Prohibido empolvarse; estropea el cutis. Prohibido ponerse corsé; estropea el talle. Prohibido pararse sola frente a los escaparates de las tiendas... Prohibido conocer a las familias de las compañeras de curso, en particular a los padres que van a buscar a sus hijas a la salida..."
Hablaba de prisa, jadeando entre frase y frase como los niños que han corrido.
— Y entonces viene la tía Alicia, que se arranca con otra canción: Que he llegado a la edad del corsé... Que debo tomar clases de baile y postura, y estar al
corriente de todo y saber qué es un quilate y no dejarme deslumbrar por el chic de las actrices. "Es muy sencillo", me dice, "de todos los vestidos que veas en escena, no hay uno entre veinte que no resultara ridículo en las carreras..." Bueno, que me estalla la cabeza... ¿Qué comerá esta noche en "Larue"?
— ¡Qué sé yo! Filete de lenguado con mejillones, para variar. Y, naturalmente, pierna de cordero con trufas. Anda, Gigi, sigamos jugando. Tengo cinco cartas.
— Y se cayó de narices. Tengo un juego despampanante. Aquí, comeremos el resto del cassoulet recalentado. Me gusta mucho el cassoulet.
— Es cassoulet de cerdo — dijo con modestia Inés Álvarez, que regresaba — . Esta mañana, los patos no podían ni mirarse.
— Le mandaré uno, de "Bon Abri" — dijo Gaston, complaciente.
— Muchas gracias, Gaston. Gigi, ayuda a monsieur Lachaille a ponerse el abrigo. Dale el bastón y el sombrero.
Cuando Lachaille se hubo ido, de mal humor, olfateando y codiciando el cassoulet recalentado, madame Álvarez se dirigió a su nietecita.
— ¿Me quieres decir, Gilberte, por qué regresaste tan pronto de casa de tía Alicia? No te he preguntado nada delante de Gaston porque no se deben exponer los asuntos de familia delante de un extraño; acuérdate de eso.
— Pues no es ningún misterio, abuela. Tía Alicia tenía jaqueca. Me dijo: "No me siento bien". Le dije: "¡Oh!, entonces, no quiero cansarte, me voy", Me dijo: "Anda, descansa cinco minutos". "¡Oh!", le dije, "no estoy cansada; he venido en coche". "¡En coche!", me dijo, alzando las manos así. Le dije al chofer que esperase dos minutos para enseñarle el auto a tía Alicia, como comprenderás. "Sí", le dije "el Dion-Bouton-cuatro-plazas-descapotable que tiíto me ha prestado mientras se quedaba en casa. Se ha enfadado con Liane." "¿Con quién crees que hablas?" me dijo ella. "Todavía no me han enterrado para que ignore las cosas de pública notoriedad. Ya sé que se ha enfadado con ese pendón. Bueno, vete a casa, en vez de aburrirte con una pobre anciana enferma como yo." Me dijo adiós por la ventana cuando subí al coche.
Madame Álvarez apretaba la boca:
— ¡Una pobre anciana enferma! ¡Ella, que en toda su vida ni siquiera ha estado resfriada! ¡Qué tupé! ¡Qué...!
— Abuela, ¿crees que Gaston se acordará de mi regaliz y de mi cartera de música?
Madame Álvarez alzó hacia el techo su mirada lenta y pesada.
— Quizás, hijita; quizá.
— Pero como ha perdido, ¿no me los debe?
— Sí. Sí, te los debe. Quizás acabarás por tener lo que quieres. Ponte el delantal y prepara la mesa. Guarda las cartas.
— Sí, abuela... Abuela, ¿qué te ha contado de madame Liane? ¿Es verdad que se las piró con Sandomir y el collar?
— En primer lugar, no se dice "se las piró". Luego, ven que te sujete el bucle para que no metas los rizos en el potaje. Y en tercer lugar, no tienes por qué conocer los hechos y gestos de una persona que ha actuado contrariamente al savoir vivre. Son asuntos íntimos de Gaston.
— Pero, abuela, no serán tan íntimos cuando todo el mundo habla y sale en "Gil Blas".
