La Gata - Collete - Sidonie Gabrielle Colette - E-Book

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Sidonie-Gabrielle Colette

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Beschreibung

La gata es una de las novelas más conocidas de Sidonie Gabrielle Colette y se centra en las tensiones íntimas dentro del matrimonio. La obra narra la relación entre Alain, un joven burgués parisino, y su esposa Camille. Lo que parece ser una unión prometedora se ve alterado por la presencia de Saha, la gata a la que Alain profesa un afecto desmedido. El animal no es solo un compañero fiel, sino un símbolo de independencia, placer y refugio, que despierta en Camille celos profundos y un sentimiento de exclusión. Colette explora con detalle las emociones contradictorias que surgen en la pareja: la atracción, la dependencia afectiva y la incapacidad de compartir plenamente la intimidad. La gata se convierte en el eje de un triángulo extraño y perturbador, donde los límites entre amor humano y apego animal cuestionan las nociones de deseo, posesión y libertad dentro del matrimonio. A lo largo del relato, la tensión se acumula en escenas cargadas de sutileza psicológica, mostrando cómo un vínculo aparentemente trivial puede transformar la vida de los protagonistas y llevar la relación a la ruptura. Sidonie Gabrielle Colette (1873–1954) fue una escritora francesa reconocida por su estilo agudo y su capacidad de retratar las complejidades de la vida íntima y los matices de la sensibilidad femenina. Autora de novelas, cuentos y ensayos, logró consolidarse como una de las figuras literarias más influyentes de la primera mitad del siglo XX, con obras que exploran el deseo, la libertad y las tensiones de las relaciones humanas.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sidonie Gabrielle Colette

LA GATA

Titulo Original:

“La Chatte”

Sumario

INTRODUCCIÓN

LA GATA

INTRODUCCIÓN

Sidonie Gabrielle Colette

1873-1954

Sidonie Gabrielle Colette fue una novelista, periodista y actriz francesa, considerada una de las autoras más influyentes de la literatura del siglo XX. Nacida en Saint-Sauveur-en-Puisaye, en la región de Borgoña, Colette es conocida por sus obras que exploran temas como la sensualidad, la libertad femenina, la vida cotidiana y las complejas relaciones de género. Su estilo, marcado por la sutileza psicológica y la sensibilidad hacia la naturaleza, consolidó su lugar como una de las grandes maestras de la narrativa moderna.

Infancia y educación

Colette nació en una familia de clase media acomodada. Su madre, Sido, fue una figura clave en su formación, inculcándole amor por la naturaleza y la independencia de espíritu, aspectos que luego aparecerían en su literatura. Aunque no siguió una educación universitaria formal, desde joven mostró gran sensibilidad artística y capacidad de observación, que se convertirían en la base de su escritura.

Carrera y contribuciones

La carrera literaria de Colette comenzó a finales del siglo XIX, inicialmente marcada por su relación con Henry Gauthier-Villars, conocido como “Willy”, quien firmó con su propio nombre las primeras novelas de Colette: la célebre serie Claudine. Tras su separación, Colette se consolidó como escritora independiente y desarrolló un estilo propio, donde la experiencia femenina ocupaba un lugar central.

Entre sus obras más reconocidas se encuentran Chéri (1920) y La fin de Chéri (1926), novelas que exploran el amor, la pasión y el paso del tiempo, retratando de manera magistral la decadencia de la Belle Époque. Su novela Gigi (1944) alcanzó gran notoriedad y fue adaptada al teatro y al cine, ampliando su fama internacional. Además de su producción literaria, Colette trabajó como periodista y participó en el mundo del teatro, mostrando una vida artística multifacética.

Impacto y legado

Colette fue una autora que rompió barreras en la representación literaria de la mujer, abordando con franqueza temas como el deseo, la sensualidad y la autonomía femenina en una época marcada por fuertes convenciones sociales. Su escritura, a menudo autobiográfica, refleja una sensibilidad única para captar los matices del mundo natural y las complejidades de las emociones humanas.

Fue reconocida en vida como una figura central de la cultura francesa: en 1945 fue elegida miembro de la Académie Goncourt, institución que más tarde presidió. Su influencia se extendió más allá de la literatura, impactando en la visión cultural de la mujer y en la evolución del feminismo en el siglo XX.

Sidonie Gabrielle Colette murió en 1954, a los 81 años, en París. Fue la primera mujer en recibir un funeral de Estado en Francia, lo que refleja el profundo reconocimiento a su legado artístico y cultural. Hoy, Colette es recordada como una voz imprescindible de la literatura francesa, cuyas obras continúan inspirando a escritores, cineastas y lectores en todo el mundo.

Su visión libre, moderna y profundamente humana de la vida femenina, así como su capacidad para transformar la experiencia íntima en arte universal, aseguran su permanencia en la memoria literaria y cultural.

Sobre la obra

La gata es una de las novelas más conocidas de Sidonie Gabrielle Colette y se centra en las tensiones íntimas dentro del matrimonio. La obra narra la relación entre Alain, un joven burgués parisino, y su esposa Camille. Lo que parece ser una unión prometedora se ve alterado por la presencia de Saha, la gata a la que Alain profesa un afecto desmedido. El animal no es solo un compañero fiel, sino un símbolo de independencia, placer y refugio, que despierta en Camille celos profundos y un sentimiento de exclusión.

Colette explora con detalle las emociones contradictorias que surgen en la pareja: la atracción, la dependencia afectiva y la incapacidad de compartir plenamente la intimidad. La gata se convierte en el eje de un triángulo extraño y perturbador, donde los límites entre amor humano y apego animal cuestionan las nociones de deseo, posesión y libertad dentro del matrimonio. A lo largo del relato, la tensión se acumula en escenas cargadas de sutileza psicológica, mostrando cómo un vínculo aparentemente trivial puede transformar la vida de los protagonistas y llevar la relación a la ruptura.

Sidonie Gabrielle Colette (1873–1954) fue una escritora francesa reconocida por su estilo agudo y su capacidad de retratar las complejidades de la vida íntima y los matices de la sensibilidad femenina. Autora de novelas, cuentos y ensayos, logró consolidarse como una de las figuras literarias más influyentes de la primera mitad del siglo XX, con obras que exploran el deseo, la libertad y las tensiones de las relaciones humanas.

LA GATA

Los jugadores de póquer familiar dieron muestras de fatiga a eso de las diez. Camille luchaba contra el cansancio como se lucha a los diecinueve años; es decir, de improviso aparecía fresca y lozana; luego, bostezaba detrás de sus manos juntas y reaparecía pálida, blanca la barbilla, un poco oscuras las mejillas bajo los polvos de matiz ocre, y dos lagrimitas en el rabillo de los ojos.

— Camille, tendrías que acostarte…

— ¡Son las diez, mamá, son las diez! ¿Quién se mete en cama a las diez?

Con la mirada buscaba a su prometido, hundido en el fondo de una butaca.

— Déjelos — dijo otra voz maternal — Aún les quedan siete días de espera; es comprensible.

— Exactamente. Una hora más o menos…

Camille, tendrías que acostarte. Y nosotros también.

— ¡Siete días! — exclamó Camille — ¡Si es lunes! Ya no me acordaba… ¡Alain! ¡Ven, Alain!

La joven tiró el pitillo al jardín, encendió otro cigarrillo y entresacó y barajó las cartas del póquer abandonado, disponiéndolas cabalísticamente.

— A ver si tendremos el coche, "el bonito roadster de los chicos", antes de la ceremonia… Fíjate, Alain…, no se lo mandaré decir. Sale con el viaje y con la noticia importante…

— ¿Qué?

— El roadster, hombre.

Alain volvió la cabeza sin levantar la nuca hacia la abierta ventana por donde llegaba un suave olor a espinacas y heno fresco, pues se había segado el césped durante el día. La madreselva que envolvía un gran árbol muerto también aportaba la miel de sus primeras flores. Un cristalino tintineo anunció que los jarabes de las diez de la noche y el agua fresca entraban en las temblorosas manos del viejo Émile, y Camille se levantó a llenar los vasos. Su prometido fue el último en ser servido, y con una sonrisa cómplice le ofreció el empañado vaso. Lo contempló mientras bebía y se turbó bruscamente ante los labios que apretaban los bordes del vaso. Sin embargo, él se sentía tan fatigado que rehusó participar de la turbación y sólo apretó ligeramente los blancos dedos, las uñas rojas, que le cogían el vacío vaso.

— ¿Vendrás mañana a almorzar? — le preguntó ella en voz baja.

— Pregúntaselo a las cartas…

Camille retrocedió y esbozó una mímica de clown.

— ¡Sin arrastrar, Veinticuatro horas…! Arrastro, puñales en cruz; arrastro, cinco monedas agujereadas; arrastro, cine hablado… ¡Dios Padre…!

— ¡Camille…!

— Perdón, mamá… ¡No hay que bromear con Veinticuatro horas! Es un buen chico, negro, amable y veloz mensajero, rey de pique, siempre con prisa…

— ¿Prisa de qué?

— ¡Pues de hablar! Veamos… Piensa, trae las noticias de las veinticuatro horas siguientes, y hasta de dos días… Si lo acompañas con dos cartas más, a derecha e izquierda, predirá lo que va a suceder la semana próxima…

Hablaba precipitadamente, rascando con una uña aguda los bordes de carmín que tenía en las comisuras de los labios. Alain la escuchaba sin tedio ni indulgencia. Hacía muchísimos años que la conocía, y la tasaba por su precio de muchacha moderna. Sabía cómo conducía un coche, un poco demasiado de prisa, un poco demasiado bien, atenta la mirada y en su boca fresca siempre a punto un grosero insulto para los taxistas.

Sabía que mentía sin rubor, igual que los niños y los adolescentes; que era capaz de engañar a sus padres a fin de reunirse con él después de la cena en las boîtes, donde bailaban juntos, aunque sólo bebían zumo de naranja, pues a Alain no le gustaba el alcohol.

Le había entregado, antes de sus esponsales oficiales, a sol y sombra, sus labios prudentemente limpios y sus senos impersonales, siempre prisioneros de un doble escote de tul y de encajes, y unas piernas muy bonitas enfundadas en unas impecables medias que compraba a escondidas, "medias como las de Mistinguett, ¿sabes? ¡Cuidado con las medias, Alain!" Las medias, las piernas, era lo mejor que tenía.

"Es bonita — razonaba Alain — porque ninguna de sus facciones es fea, porque es regularmente morena y el brillo de sus ojos armoniza con unos cabellos limpios, lavados con frecuencia, engomados, y del color de un piano nuevo…" Tampoco ignoraba que podía ser brusca y desigual, como un río de montaña.

La muchacha seguía hablando del roadster.

— ¡No, papá, no…! ¡Ni hablar de que durante el viaje por Suiza confíe el volante a Alain! Es demasiado distraído, y, además, en el fondo, no le gusta de veras conducir. ¡Le conozco!

"Me conoce — repitió Alain para sí — Quizá lo cree. Yo también le he dicho veinte veces: “¡Te conozco, hija mía!” Saha también la conoce. ¿Dónde se ha metido Saha?"

Buscó a la gata con la vista y se despegó de la butaca hombro tras hombro, luego, la cintura y, finalmente, las posaderas, descendiendo por fin perezosamente los cinco peldaños de la escalinata.

El jardín, vasto, rodeado de jardines, exhalaba en la noche el olor graso de los campos de flores alimentados sin cesar, inducidos a la fertilidad. La casa había cambiado poco desde que Alain naciera. "Una casa de hijo único", opinaba Camille, que no disimulaba su despreció por el tejado en forma de torta, por las ventanas abiertas en la pizarra y por ciertos modestos trabajos de yeso en los lados de las puertas-ventana del entresuelo.

El jardín, igual que Camille, parecía lleno de desdén hacia la casa. Unos grandes árboles, de los que llovían las negras ramitas calcinadas que caen de los olmos en su madurez, la defendían de vecinos y transeúntes. Un poco más lejos, en un terreno en venta, juntó a los patios de un liceo, se hubieran podido hallar, extraviados por pares, los mismos viejos olmos, reliquias de una cuádruple y principesca avenida, vestigios de un parque que el nuevo Neuilly asolaba.

— Alain, ¿dónde estás?

Camille le llamaba desde lo alto de la escalinata; sin embargo, por capricho, se abstuvo de contestarle y se dirigió hacia las tinieblas más seguras, tanteando con el pie el borde del cortado césped. Una luna velada, agrandada por la bruma de los primeros días tibios, dominaba en lo alto del cielo. Un solo árbol, un álamo con tiernas hojas barnizadas, recogía la claridad lunar y goteaba tantos fulgores como una cascada. Un reflejo plateado, semejante a un pez, se lanzó desde un macizó yendo a parar contra las piernas de Alain.

— ¡Ah, estás aquí, Saha! Te estaba buscando. ¿Por qué no has venido esta noche a la mesa?

— Gurrumiau, gurrumiau — respondió la gata.

— ¿Cómo que gurrumiau? ¿Y por qué gurrumiau? ¿Es esta la forma de hablarme?

— Gurrumiau — insistió la gata — Gurrumiau…

A tientas, acarició tiernamente el esbelto lomo, más suave que el pelo de una liebre, y encontró bajó su mano las naricillas frescas, dilatadas por el apresurado ronroneo.

"Es mi gata…, mi gatita…"

— Gurrumiau — decía bajito la gatita — gurrumiau…

Una nueva llamada de Camille llegó desde la casa, y Saha desapareció bajó un seto de recortados arbustos verdinegros como la noche.

— ¡Alain…! Nos vamos…

El muchacho echó a correr hacia la escalinata, acogido por las risas de Camille.

— Veo correr tus cabellos — exclamaba — ¡Es absurdo ser tan rubio!

Corrió más de prisa, salvó de un salto los cinco escalones y encontró a Camille sola en el salón.

— ¿Y los demás…? — preguntó Alain a media voz.

— Guardarropa — contestó la joven en el mismo tono — Guardarropa y visita a las "obras". Sentimiento general. "¡No adelanta nada! ¡No se acabará nunca!" ¡Lo que nos importa a nosotros! Si fuéramos listos, nos quedaríamos en el estudio de Patrick. Patrick cambiarla de manera de ser. Yo me encargo de eso, si quieres.

— Patrick sólo dejaría el Quart-de-Brie por complacerte.

— ¡Claro…! ¡Y de eso me aprovecharé!

Y al decir esto irradiaba una inmoralidad exclusivamente femenina a la que Alain no lograba acostumbrarse. Sin embargo, sólo la reprendió por su manera de decir "me" en vez de "nos", y Camille creyó que se trataba de un tierno reproche.

— Demasiado pronto adquiriré la costumbre de decir "nosotros".

Como en un juego apagó la lámpara del techo para que sintiera deseos de besarla. La única lámpara encendida, encima de una mesa, proyectó detrás de la joven una sombra neta y alargada. Camille, con los brazos en alto, dispuestos en arco detrás de la nuca, le llamaba con la mirada; más él sólo tenía ojos para la sombra.

"¡Qué hermosa está en la pared! Lo bastante esbelta, justo como me gustaría…"

Se sentó a comparar una con otra. Camille, halagada, se arqueó hacia atrás, sacó hacia afuera los senos y marcó unos pasos de bayadera; pero la sombra conocía el juego mejor que ella. Desenlazando las manos, la joven echó a andar, precedida de la sombra ejemplar, y, al llegar a la abierta ventana, la sombra saltó a una alameda, abrazando al pasar, con sus dos largos brazos, el álamo cubierto de gotas de luna… "¡Qué lástima!", suspiró Alain. Luego se reprochó blandamente su inclinación a amar en Camille una perfeccionada o inmóvil forma de ella misma, esa sombra, por ejemplo, o un retrato, o el vivo recuerdo que le dejaba de ciertas horas, de ciertos vestidos.

— ¿Qué te pasa esta noche? Al menos, ven a ayudarme a ponerme la capa…

Se sintió disgustado por lo que aquel "al menos" dejaba traslucir, y también porque, al franquear Camille delante de él la puerta que llevaba al guardarropa y al office, se había encogido imperceptiblemente. "No tenía necesidad de encogerse de hombros… La naturaleza y la costumbre ya se encargan. Cuando no pone cuidado, su aspecto es rechoncho; sí, ligeramente rechoncho."

En el guardarropa encontraron a la madre de Alain y los padres de Camille, que daban pataditas en la alfombra de empleita, como si tuviesen frío, dejando huellas color de nieve sucia. La gente, sentada en el reborde exterior de la ventana, les contemplaba con aire poco hospitalario, aunque sin animosidad. Alain imitó su paciencia y soportó las manifestaciones de pesimismo de ritual.

— Cuanto más avanza…

— Se puede decir que, desde hace ocho días, no han adelantado nada…

— Si quiere que le diga lo que pienso, querida amiga, no faltan quince días; un mes falta… ¿Qué digo un mes…? Dos meses, para que el nidito…

Camille, al oír la palabra "nidito", se lanzó a la apacible disputa tan agriamente, que Alain y Saha cerraron los ojos.

— ¡Si estamos resignados…! Y hasta nos divierte alojarnos en casa de Patrick. Todo se puede arreglar muy bien… Patrick, que no tiene parné…, perdón, mamá…, que no tiene dinero… Las maletas y, ¡hop!, ¡en pleno cielo en el noveno piso!, ¿verdad, Alain?

El muchacho abrió los ojos, sonrió al vacío y puso sobre los hombros de su prometida la capa clara. En el espejo, frente a ellos, recibió la mirada de Camille, oscura de mudos reproches, que no le enterneció. "Cuando estábamos solos, no la besé en la boca. ¡Bueno, pues no, no la besé en la boca! Hoy no ha tenido su ración de besos en la boca… ¡Le di el de las doce menos cuarto en una alameda del bosque; el de las dos, después del café; el de las seis y media en el jardín; así es que le falta el de la noche…! ¡Bueno, pues sólo tiene que anotarlo en la cuenta, si no está contenta! ¿Qué me pasa? Me estoy cayendo de sueño. Esta vida es idiota; nos vemos mal y demasiado. El lunes me iré, por las buenas, al almacén y…"

Le subió al olfato imaginariamente la química acidez de las piezas de seda nueva, y como en sueños se le apareció la impenetrable sonrisa de monsieur Veuillet, y como en sueños oyó unas palabras que a los veinticuatro años aún no había aprendido a no temer. "No, no, amiguito, ¿acaso va a ser posible amortizar en el curso del año una máquina de contabilidad que cuesta diecisiete mil francos? Todo está en eso. Permita al más antiguo colaborador de su difunto padre…" Y, tropezando en el espejo con la imagen vindicativa, las bellas pupilas negras que le espiaban, rodeó a Camille con los brazos.

— ¡Vaya, Alain!

— ¡Oh, querida mía, déjale…! ¡Los pobres chicos!

Camille se ruborizó y, soltándose, tendió su mejilla con una gracia tan muchachil y tan fraternal, que Alain casi se acurrucó en su hombro. "Acostarme, dormir, ¡ah, santo Dios!, acostarme…, dormir…"

La voz de la gata llegó del jardín:

— Marramiau…, marramiau ,..

— ¿Oyes a la gata? Debe de estar en celo — opinó Camille serenamente — ¡Saha!¡Saha!

La gata se calló.

— ¿En celo? — protestó Alain — ¿Cómo se te ha podido ocurrir? Además, estamos en mayo. Y está diciendo "marramiau".

— ¿Y qué?

— Si estuviese en celo, no diría "marramiau". Lo que está diciendo, y hasta resulta curioso, es la llamada, casi gritando, para reunir a los pequeñuelos.

— ¡Señor! — exclamó Camille, levantando los brazos — ¡Si Alain se pone a interpretar a la gata no acabaremos nunca!

Bajó saltando los peldaños, y las temblorosas manos del viejo Émile encendieron en el jardín dos grandes focos malva, a la moda antigua.

Alain iba delante con Camille. Al llegar a la verja, la besó junto a la oreja y aspiró, bajo un perfume que la envejecía, el sabroso olor de pan y oscuros cabellos, mientras apretaba los codos de la joven ocultos bajo la capa. Y cuando ella se hubo sentado al volante, delante de sus padres, se sintió despabilado y alegre.

— ¡Saha!¡Saha!

La gata salió de las sombras, casi debajo de sus pies, corría cuando él corría, le precedía dando zancadas. La adivinaba sin verla; irrumpió antes que él en el vestíbulo y salió a esperarlo en lo alto de la escalinata. Hinchada la pechera, gachas las orejas, le veía correr hacia ella provocándolo con sus amarillos ojos profundamente hundidos, recelosos, orgullosos, dueños de sí mismos.

— ¡Saha!¡Saha!

Su nombre, pronunciado de una manera especial, a media voz, con la hache fuertemente aspirada, la enloquecía. Meneó la cola. Saltó encima de la mesa de póquer y, con sus manos de gata completamente abiertas, desparramó las cartas.

— ¡Esa gata, esa gata…! — dijo la voz maternal — No tiene la menor noción de la hospitalidad. Fíjate cómo se alegra de que se hayan ido nuestros amigos.