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Quince ensayos breves, una entrevista y una crónica de viaje sirven al autor para interiorizarse en la vida y la obra de Leonardo Sciascia, escritor que, en sus novelas de ambiente judicial, crea una parodia de la novela policiaca.
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2014
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COLECCIÓN POPULAR 249 LA MEMORIA DE SCIASCIA
“La mejor presentación de la obra de Sciascia es un libro en lengua española, escrito por un mexicano (Federico Campbell, La memoria de Sciascia) que, sin pedantería, pero con precisión y pasión, delinea el contenido de la investigación sciasciana. La pertenencia de Campbell a la hispanidad le permite dar mayor espesor al aspecto español del escritor siciliano: el crítico mexicano reactiva el diálogo Sciascia-Borges o inserta, actualizándolas en un contexto sudamericano, las reflexiones sobre la Inquisición y la injusticia.” (Claude Ambroise.)
A lo largo de dieciséis ensayos, una entrevista celebrada en Palermo y una crónica de viaje entre Siracusa y Agrigento, Federico Campbell se asoma a la vida y la obra de Leonardo Sciascia. Nacido en Racalmuto (1921) y muerto en Palermo (1989), el autor siciliano escribía preferentemente sobre casos de impunidad olvidados. Frecuentaba la historia para asumirla como memoria: el presente histórico de una humanidad que aún no conjura los hábitos de la injusticia.
“Sciascia sólo opone a la historia, como lugar de mentiras y de injusticias, el optimismo de la escritura... Lejos del cara y cruz de todas las ideologías, frente a una realidad que se desvanecía en vapores metafísicos, se manuvo en una valiente e inflexible defensa del derecho.” (Massimo Onofri.)
FEDERICO CAMPBELL (Tijuana, 1941) ha abordado el ensayo, el cuento y la novela. Es autor de obras como Transpeninsular (Premio de Narrativa Colima, 2000), Post scriptum triste, La clave Morse y La ficción de la memoria.
El Fondo de Cultura Económica ha publicado su novela Pretexta o el cronista enmascarado (1979).
En 1995 obtuvo la beca J. S. Guggenheim.
Primera edición (Cuadernos de la Gaceta), 1989 Segunda edición, 1992 Tercera edición (Colección Popular), 2004 Primera edición electrónica, 2014
D. R. © 1989, Fondo de Cultura Económica, S. A. de C. V. D. R. © 2004, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-2346-1 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
A Carmen
EN LA MEDIDA en que lo era Voltaire, Leonardo Sciascia es un escritor seco: pertenece a esa especie de narradores y ensayistas que aspiran a decir lo más con lo menos: provocar el mayor número de significados y matices con el menor número de palabras. Su estilo conciso, su propensión a la frase incisiva, plástica, a los textos y los libros breves, lo sitúan en una trayectoria afín a las maneras de Diderot y Jorge Luis Borges. Las lecturas que recuerda de su adolescencia en Racalmuto, el pueblo de la provincia de Agrigento (en Sicilia) donde nació en 1921, incluyen Los miserables, de Victor Hugo, La paradoja del comediante, de Diderot, La vida de Henri Brulard, de Stendhal, y sobre todo Los novios, de Alessandro Manzoni.
El tema de la justicia —que le ha acarreado el calificativo de “moralista”—, la utilización de documentos históricos como ingredientes de la novela-ensayo de ambiente judicial, lo hermana con Manzoni más que con cualquier otro autor italiano. “Lo que hizo Manzoni en el siglo XIX lo está haciendo Sciascia en el XX”, ha dicho el crítico Antonio Motta. Y no es inexacto: “Si se me preguntara a cuál corriente de escritores pertenezco, y debiera limitarme a un solo nombre, diría que sin duda a la de Manzoni”, respondió Sciascia a Marcelle Padovani en La Sicilia como metáfora.
Si en alguna otra parte (en su diario público Negro sobre negro) el autor de El contexto y Todo modo ha escrito que la literatura es una suerte de sistema solar, es evidente que en su universo refulgen —como astros de luz propia, de mayor o menor magnitud— los nombres de Pirandello, Nicolai Gogol, Anatole France, Vitaliano Brancati, Federico De Roberto, Stendhal, Voltaire y otros enciclopedistas franceses, Borges, Cervantes, Calderón de la Barca, Lorca, Cernuda, Pedro Salinas, Alberto Savinio y José Ortega y Gasset.
Sicilia es para Leonardo Sciascia lo que el condado de Yoknapatawpha para William Faulkner. Pero su mundo no precisa de un condado literario ni de un Macondo metafórico: la propia Sicilia es la metáfora del mundo, puesto que “Sicilia ofrece una síntesis, una representación de tantos problemas, de tantas contradicciones, no sólo italianas sino también europeas, que muy bien pueden constituir la metáfora del mundo moderno”.
La sicilianidad, pues, es uno de sus temas fundamentales, esa condición de lo siciliano que le ha permitido hablar de “sicilitudine” como quien amplifica el vocablo italiano “solitudine” (soledad), esa idea de la propia soledad o insularidad que también se procrea en el fondo de todo corazón humano, el aislamiento de esa isla que es Sicilia y asimismo la isla interior que en lo más íntimo cultivan hombres y mujeres por separado.
“Entre nosotros siempre ha habido una idea muy arraigada: la creencia de que para ser completamente uno mismo hay que estar solo, que la soledad es el ámbito en el que uno se reencuentra, que los otros nos apartan, nos seccionan, nos multiplican —¡oh, Pirandello!—, que con los otros no se consigue ser criatura, sólo personaje”, dice Sciascia en su conversación con Padovani.
¿Otros temas? Varios: la hispanidad, la herencia española y árabe, la Santa Inquisición española, la mafia, el conflicto entre individuo y poder, la percepción de que todo poder, siempre, es inmoral, la invisibilidad del poder, la memoria.
Sobre su novela El contexto (llevada por Francesco Rosi al cine con el título de Cadáveres ilustres) anota al final que “pretende ser una fábula sobre el poder en el mundo, un poder que progresivamente va degenerando en la inexplicable forma de una concatenación que aproximadamente podríamos llamar mafiosa”.
Van y vuelven sus obsesiones temáticas: la memoria (tan trabajada por Marcel Proust, Luigi Pirandello, Harold Pinter, Jorge Luis Borges) en La sentencia memorable y El teatro de la memoria; las complicidades entre el poder legal y el extralegal en El día de la lechuza, Todo modo y Los navajeros; la disyuntiva o el rechazo moral de la ciencia en La desaparición de Majorana; la Guerra Civil española en Los tíos de Sicilia; la reconstrucción histórica en El archivo de Egipto, En tierra de infieles, Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel, Las parroquias de Regalpetra y Muerte del inquisidor.
Al adoptar —y adaptar— la forma o el esquema clásico de la novela policiaca, al transferirlo a una cultura literaria en muchas maneras católica y en no pocos sentidos latina, Sciascia no reproduce al investigador de la novela negra estadunidense ni al de la detectivesca inglesa o francesa (excepto tal vez en el caso del inspector Rogas en El contexto), sino más bien intenta la verosimilitud de su protagonista al hacerlo pintor en Todo modo o un profesor solitario y solterón en A cada quien lo suyo, que actúa llevado por una curiosidad intelectual, o mejor: literaria.
En sus cuentos de El mar color de vino —frase que alude al verso de Homero en La Odisea cuando Ulises se aproxima a las islas de Escila y Caribdis, hacia el estrecho de Mesina, y que no es sino una descripción realista, nada simbólica, de la coloración violeta que en esa zona del Mediterráneo cobra el fondo del mar a ciertas horas del amanecer— se encomienda más a la pura invención que al relato de sustento histórico y documental:
En “El largo viaje” unos campesinos, gente sin trabajo, miserable, como braceros mexicanos que aspiran a traspasar la frontera del desempleo y el subdesarrollo, se ven envueltos en una farsa cruel, en una despiadada maquinación, mientras en “Juego de sociedad” el autor siciliano ahonda en los mecanismos psicológicos más sutiles de esa barroquísima mentalidad o cultura de la mafia que al no aceptarse como tal, al no querer nombrarse como mafia identificable y concreta, al menos se despliega en un equívoco comportamiento mafioso: un saber decantado por los siglos, ancestralmente. Y en “Un caso de conciencia” la recreación es otra: la probable visión árabe y cristiana o católica de la sexualidad, el pavor a la traición sexual, la tragicomedia de la infidelidad real o imaginada, el mito tan siciliano como mexicano de “los cuernos”.
Si hay un clima mental parecido entre México y Sicilia tal vez se debe a que tenemos en común, Sicilia y México, semejante pasado español: la Santa Inquisición, cierta herencia árabe que a nosotros nos llega por España y la lengua, la actitud judeocristiana ante la sexualidad, la imaginación para la venganza, y la bandera tricolor garibaldiana.
En la obra de Leonardo Sciascia el interés por España se gesta antes, pero se acrecienta después de la Guerra Civil, como puede comprobarse en su cuento “El antimonio” y en sus traducciones de Pedro Salinas, Federico García Lorca y Manuel Azaña. Un libro que lo marcó, sobre todo por el ejercicio del ensayo de reflexión —o meditación— histórica, fue La realidad histórica de España, de Américo Castro, mientras por otro lado resultan innumerables las citas que hace de Cernuda y Borges en El contexto, de Cervantes y Calderón de la Barca en su comedia El honorable, de José Moreno Villa en La desaparición de Majorana, de Unamuno al parodiarlo: “Me duele Italia”.
Pero, naturalmente, quienes con más frecuencia resplandecen en su “sistema solar” son autores sicilianos: Vitaliano Brancati, Alberto Savinio, Federico De Roberto (el de la novela Los virreyes), Giovanni Verga, Lucio Piccolo, y muy especialmente Luigi Pirandello: si André Malraux dijo de Faulkner que había introducido la tragedia griega en la novela policiaca, “de mí”, comentó Sciascia una vez, “me gustaría que se dijera que introduje el drama pirandelliano en el relato policiaco”.
Hacia fines de 1985 se publicó en Palermo Per un ritratto dello escritore da giovane, cartas juveniles de Giuseppe Antonio Borgese glosadas por Sciascia. En la última página —ahora que se ha reflexionado sobre la renuncia a la escritura, o antes sobre la súbita incapacidad de un escritor ya hecho para llevar a cabo sus proyectos, dado que si en algo abunda un autor es en ideas que se le ocurren todos los días—, a los 64 años, Sciascia escribe que sus comentarios a esas cartas adolescentes de Borgese en realidad debían ser parte de un ensayo más dilatado y largo que desde hace muchos años le hubiera gustado componer.
Pero sé que no tendré tiempo de escribirlo, asediado como me siento por otras sugestiones, por otras meditaciones y otras fantasías, por otras tareas. Hay un punto en la vida en el que las seducciones de la realidad, de la memoria, de los libros, se multiplican, se vuelven tantas; en el que se querría decir todo lo que atraviesa por la mente y que todavía no se ha dicho (que, se entiende, ya se ha dicho), o que tiene algo de nuevo (que, se entiende, ya no es nuevo): y ése es precisamente el punto en el que sentimos que ya no tenemos tiempo.
También concluyó ese año, 1985, un “cuentoencuesta” sobre un caso de brujería del siglo XVII, “muy manzoniano”: La bruja y el capitán, y en 1986 una especie de Alfabeto pirandelliano.
Y la literatura, como la memoria, ¿dónde queda? ¿Qué vendría siendo?
Cualquiera de nosotros podría sentir a sus espaldas su pequeña, muy personal biblioteca. De pronto, unos días sí y otros no, como los rasgos que de repente se le descubren a un cuadro colgado desde hace años en la pared, brincan algunos nombres: Cortázar, Conrad, Sartre, Scott Fitzgerald, Beckett, Canetti, Pavese, Borges, Stendhal. Unos brillan más que otros, según las noches o los días. Otros languidecen durante algún tiempo. Son astros de mayor o menor magnitud que —como los rostros o las voces de la memoria— se van, vuelven o se extinguen para siempre.
Tal vez por ello, anota Sciascia, la literatura sea un sistema de “objetos eternos” que “variada, alternativa, imprevisiblemente estallan, se eclipsan, vuelven a resplandecer y a eclipsarse —y así sucesivamente— a la luz de la verdad. Lo que equivale a decir: un sistema solar”.
SE DIRÍA que el método sciasciano consiste en levantar las piezas ocultas de la historia —o de una pequeña, grave historia oscurecida— y volverlas a colocar para que las desmonte el lector. Parece ser un reportaje retrospectivo lo que hace, muy ejemplarmente, el autor siciliano en Los navajeros o En tierra de infieles: indaga hacia el pasado, en reversa, se asoma a los archivos judiciales, revisa las fuentes vivas de la historia (testimonios orales o escritos: las inscripciones de los presos en las cárceles de la Inquisición) o las hemerográficas (recortes de periódicos). De ahí ese “estilo notarial” que parece eludir el regocijo, el “gusto lúdico” por la palabra, y no querer hacer “literatura” de las cosas. Al contrario: desliteraturizarlas, desideologizarlas.
Más suelto, más desinhibido, como quien pone a prueba o en escena un tema o una idea antes de elaborarla de manera definitiva en un libro, Leonardo Sciascia ofrece en Negro sobre negro la mayor parte de sus colaboraciones periodísticas en La Stampa, de Turín, y el Corriere dellaSera, de Milán, publicadas entre 1969 y 1979. Una “memoria en público”, diría Claude Ambroise.
No tienen por qué ser rayas en el agua los artículos que un escritor —con la prisa y las presiones propias del periodismo— va presentando a sus lectores cada semana si los recupera en forma de libro. Como el “amarillo sobre amarillo” de los pintores, el título de Negro sobre negro, especie de diario público sin fechas, textos de dos o tres páginas o de cuatro o cinco líneas, como aforismos, podría ser una respuesta oblicua a las acusaciones de pesimismo que frecuentemente se han esgrimido contra el novelista siciliano.
¿Pero cómo no ser pesimista si la realidad es pésima?
Se dice que una vez dijo Alberto Moravia: “Soy judío, soy cojo, y soy escritor: ¿por qué no habría de ser pesimista?”
Así, Sciascia también puede decir: “Soy siciliano, vivo en Sicilia y soy escritor: ¿podría no ser pesimista?”
Si en Italia el “diario público”, el journal de corte francés no ha tenido una gran tradición, es evidente no obstante que hacia la caída del fascismo el Diario en público, de Elio Vittorini, y el Diario romano, de Vitaliano Brancati, establecieron una pauta que ha querido revivir Sciascia, sin desdeñar como modelo, tal vez, el Journal de Jules Renard.
Dentro de ese entramado del libro, ese “sistema de relaciones” interno, se van estableciendo puntos de contacto, asociaciones hasta cierto punto “libres”, como en un sueño controlado —si es que se puede dirigir un sueño—, que reflejan aquí y allá el germen de algunos libros de Sciascia, sus obsesiones temáticas —la hispanidad, la mafia o el comportamiento mafioso de grupos e individuos, la sicilianidad, la historia documental y la intriga policiaca como ingredientes de la novela-ensayo de ambiente judicial, los equívocos de la identidad personal en el sentido pirandelliano— y sobre todo la memoria y sus confrontaciones que una recopilación pertinente como la de Negro sobre negro quiere preservar.
Pero la memoria —tema infinito en manos de Proust, preocupación inacabable en Borges, manía de Harold Pinter, dispositivo irrefrenable en Pirandello— tiene un carácter muy íntimo y personal en toda la obra de Sciascia y en esta suerte de “diario” sin fechas o desfechado. Como la vista, que con el transcurso de los años le hace ver claras las cosas lejanas y confusas las cercanas, la memoria recupera para su dueño las cosas más aparentemente nimias de su infancia, el surgimiento del fascismo en su pueblo, Racalmuto, donde nació en 1921, la obligación escolar de vestirse de negro y de boina como todos los niños de Italia en los años veinte, el coqueteo adolescente que sólo puede autorizarse a distancia: a través de los ojos.
No es una ametralladora de ideas el autor de Negro sobre negro. Es un mortero. El arco de su parábola —si pensamos en términos de balística— concluye y se difumina al encajarse en el blanco:
“La situación en aquel país era gravísima: de un momento a otro podía estallar una revolución que los revolucionarios no querían o una contrarrevolución que los contrarrevolucionarios no se esperaban.”
Sobre la doblez:*
No hay cosa o acción en nuestro país que no esté viciada por la doblez. Se trata de una doblez propiamente constitucional, que brota del poder y se multiplica en perfecta circularidad, retornando al poder como una linfa nueva, depurada, de aquellos detritos y venenos que acaban abajo.
Y:
Nunca ha habido una época como la actual en la que se dé más importancia a lo que se dice que a lo que se hace. Basta que alguien de la retaguardia afirme ser de la vanguardia para que sea vanguardista; que un reaccionario se diga partidario de la revolución para que sea revolucionario; que un canalla afirme ser defensor de la honestidad y sea honesto. (O que un corrupto emprenda campañas contra la corrupción.)
Aquí en estas páginas de Negro sobre negro es donde se encuentra aquel episodio de El águila y la serpiente (que el propio Sciascia ha hecho traducir y publicar en la editorial Sellerio, de Palermo, bajo el título de Que viva Villa!), de Martín Luis Guzmán, donde Pancho Villa va mandando fusilar de uno por uno a ciertos hacendados renuentes a contribuir en metálico con su movimiento y a partir del cual el siciliano dilucida las diferencias entre el verdugo y el revolucionario, a propósito, como siempre, de un problema —la violencia, el terrorismo— de nuestro tiempo.
¿El crimen sin culpable, dónde está y cómo se ilustra? ¿Por qué el Estado puede matar impunemente? ¿Y por qué, técnicamente, su poder de muerte, su homicidio, no es delito?
Misterio.
“Todo es emanación del poder y del modo de administrarlo, aunque los que están en el poder no lo sepan y pueda incluso admitirse que se sientan, individualmente, tan angustiados como nosotros.”
En Italia, agrega, existe un hiperpoder favorecido por la hipertensión civil, alimentada por hechos delictivos cuya característica es la indefinibilidad entre extrema derecha y extrema izquierda, entre una y otra matriz de la violencia. La prefiguración de dicho poder se da durante la restauración democrática, en Sicilia, en los años cincuenta.
¿Quién no recuerda la matanza de Portella della Ginestra, la muerte del bandido Salvatore Giuliano, el envenenamiento en la cárcel de Gaspare Pisciotta? Cosas todas ellas que, hasta hoy, siguen envueltas en la mentira. Desde entonces, Italia es un país sin verdad.
Premisa:
“Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan relación, incluso mínimamente, con la gestión del poder.”
Conclusiones:
Nunca se sabrá quién mato a Pasolini, nunca se sabrá quién envenenó a Pisciotta, nunca se sabrá quién acribilló a Manuel Buendía,* nunca se sabrá quién fraguó la matanza de Tlatelolco, nunca se sabrá si la muerte de Enrico Mattei fue accidente o delito, nunca se sabrá quién puso la bomba en la Banca dell’Agricoltura de Piazza Fontana, nunca se sabrá quiénes debieron ser consignados por la matanza del 10 de junio de 1971 en San Cosme, nunca se sabrá cómo y a manos de quién murió el editor Feltrinelli, nunca se sabrá por qué ultimaron a los moradores de El Mareño, Michoacán, nunca se sabrá quién firmó la sentencia de Huitzilac en 1927, nunca se sabrá quién le disparó a Salvatore Giuliano y a Francisco Villa, nunca se sabrá si fueron envenenamientos intencionales o no las muertes de Benjamín Hill y de Maximino Ávila Camacho, nunca se sabrá si los avionazos de Carlos Madrazo o de Alfredo Bonfil fueron efectivamente accidentes, nunca se sabrá quién organizó el holocausto de Topilejo, nunca se sabrá quién asesinó a Rubén Jaramillo en 1962, nunca se sabrá quiénes y por órdenes de quién y para qué asesinaron a los ejidatarios de San Ignacio Río Muerto, Sonora, en 1975, nunca se sabrá quién mandó matar al periodista Héctor Félix Miranda (a) el Gato en Tijuana en 1988, nunca se sabrá por órdenes de quién fueron acribillados Francisco Xavier Ovando —uno de los líderes de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República el 2 de julio de 1988— y el joven militante Román Gil Heráldez.
Sin embargo, dice Sciascia, “hemos sabido muy pronto, en pocas horas, de dónde salía la bomba que mató al agente Marino: señal evidente de que los responsables no tenían conexiones con el hiperpoder”.
¿De nada sirve la literatura? De nada. Los comensales del poder se mueren de risa ante las indagaciones, las especulaciones, los análisis, las informaciones, las reflexiones, de los intelectuales.
Ojalá los intelectuales pudieran tener en nuestro país el papel que las polémicas les atribuyen, influir realmente cuando se les acusa de que influyen. Pero nunca han influido para nada, nunca han tenido un papel. Maquiavelo decía que ni siquiera hacen voltear una piedra. Y así podríamos decir que precisamente voltear las piedras, y descubrir los gusanos que hay debajo, es lo máximo que los intelectuales han podido hacer en nuestro país: ejercicio solitario, y por su cuenta y riesgo.
Reiteración:
“Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan relación, incluso mínimamente, con la gestión del poder.”
Pero, en última instancia, un escritor, ¿qué es?, le preguntó Marcelle Padovani.
Yo creo que un escritor es un hombre que encuentra placer en la verdad, que vive como un placer el hecho de decir la verdad. Para mí la escritura constituye un redoblamiento del placer de vivir, porque para mí escribir nunca ha sido un trabajo; al contrario: ha sido un placer, una diversión, un descanso.
EL ARCHIVO DE EGIPTO,* publicada en 1963, es la novela histórica que Leonardo Sciascia escribió cuando tenía alrededor de 42 años. En ella se encuentran prácticamente todos los temas que el escritor siciliano habría de desarrollar en los fecundos años subsiguientes: la falta de correspondencia entre las palabras y las cosas, la elaboración literaria de la historia en el sentido en que se dice “elaboración de un sueño”, la tortura, la persecución (como la de Moro y la del arzobispo Ficarra), la sicilianidad, los resabios culturales de la Inquisición, la herencia cultural del enciclopedismo, la memoria contra el olvido.
Aires jacobinos flotan en la Sicilia en 1783, a cinco años de la Revolución francesa, cuando el abate Giuseppe Vella se propone la tergiversación del pasado mediante una impostura literaria: la falsa traducción del códice de Egipto, un legajo de documentos en árabe que mediante la manipulación del abate vienen a poner en entredicho la legitimidad de los privilegios que los nobles sicilianos creían irrecusables.
Desde el momento en que Vella fue convocado para servir como intérprete al embajador de Marruecos en la corte de Nápoles, Abdallah Mohamed ben Olman, que se encontraba en Palermo a finales de 1782, concibió e improvisó al vuelo la falsificación de un texto en árabe que no era sino una de las muchas biografías escritas sobre el profeta Mahoma.
El embajador comentó que se trataba de “una vida del Profeta”. El capellán maltés, pues Vella era de la orden de Malta, tradujo automáticamente y en presencia de monseñor Airoldi, que no sabía árabe: “Su excelencia dice que se trata de un precioso códice: no existen otros similares incluso en sus países. Aquí se narra la conquista de Sicilia, los hechos de los tiempos de la dominación...” Empezaba la impostura: la tergiversación.
Y ante otra pregunta de monseñor Airoldi, volvió a mentir: “Se trata de una recopilación de cartas, de relaciones... Documentos de gobierno, en una palabra”.
El momento político para la gran impostura era idóneo: el virrey Domenico Caracciolo —el mismo que en 1782 decretó la abolición de la Santa Inquisición en Sicilia y que por esa decisión recibió una conmovida carta de Jean D’Alembert— se disponía a dar el golpe definitivo en el corazón mismo de la nobleza siciliana: se estaba dedicando a quemar toda la doctrina jurídica feudal. Al advertir una más de las imposturas sicilianas, la “impostura del macizo cuerpo jurídico” y “el engranaje de los engaños de la nobleza”, el virrey reformador se decidía a cortar de cuajo “todo aquel complejo de doctrinas que la cultura siciliana, a través de los siglos, con gran ingenio y mayor artificio, había elaborado para los barones, con el fin de defender sus privilegios”.
El proyecto de Vella, que tenía el don político de hacer lo justo en el momento justo, consistía en confeccionar un códice que poseyese todas las apariencias de la autenticidad, a través del testimonio directo y desinteresado de los árabes, y en el que se hablase de los sucesos de la Sicilia normanda, pero según un orden muy distinto: “todo a la Corona, nada a los barones”.
Entre sus fantasías de escritor intermediario, Vella se permitía la ilusión de que su falso texto se volvería historia al paso de los años, de que su invención se aceptaría póstumamente como válida. Finalmente, ¿qué era la historia si no una falsificación, una impostura, una invención?
Así como Riches, el presidente del Tribunal Supremo que en El contexto se fabrica un mundo imaginario donde el error judicial no existe, y compara el acto de juzgar con la celebración de la misa, el abate Vella da rienda suelta al delirio de un sofisma que le fascina: se vive a sí mismo como un creador original y no un simple amanuense, un intermediario de textos que en buena parte no son suyos e intenta persuadirse de que “la tarea del historiador es un verdadero embrollo, una impostura”. A medida que va redactando el códice —es decir: creándolo, inventándolo— siente que significa mayor merecimiento “inventar la historia que transcribirla, sin más ni más, a partir de los viejos folios, de antiguas lápidas, de viejos mausoleos”.
Antonio Saborit ha escrito que la historia de Vella ya se encontraba en las páginas de Sciná (1765-1837): “Sobre los estudios de los asuntos árabes y el falso códice arábico”, capítulo que aparece en su Prospetto della storia litteraria di Sicilia nel secolo decimottavo. Es decir, la fuente documental es ésa. Ya había habido registro histórico del personaje. Pero tal vez más importante haya sido para Sciascia la existencia del voluminoso Diario palermitano (de 1743 a 1802) del marqués de Villabianca, sin el cual, dice Saborit, no habría sido posible esta novela de Sciascia.
En un ensayo dedicado en La corda pazza (1970) justamente a Francesco María Emmanuele, conde marqués de Villabianca, Sciascia da una imagen de la ciudad de Palermo de la segunda mitad del siglo XVIII que coincide de modo preciso con el cuadro social, el trasfondo histórico de El archivo de Egipto. En aquel tiempo, al filo del agua de la Revolución francesa, Palermo ofrecía en el bello mundo en el que se movía Villabianca
una buena dosis de disipación, libertinaje, paradojas, contrastes increíbles, agitaciones imprevisibles y personajes extraordinarios como los virreyes Caracciolo y Caramancio, el maltés aventurero Guiseppe Vella, los inquisidores francmasones y los padres jansenistas, el poeta Giovanni Meli, el jacobino Francesco Paolo di Blasi. Y estafas, conjuras, tumultos.
Sciascia va más allá de la mera información histórica al traer a su terreno novelesco, y en un orden sucesivo perfectamente calculado, los seres de la historia que empiezan a ser asimismo figuras de la ficción —o ficciones históricas, ¿quién podría negarlo?— en cuanto se contraponen dramáticamente. De esa manera, Francesco Paolo di Blasi gana peso hacia la mitad de la novela y se vuelve el juego del revés, la contraparte de Giuseppe Vella.
Entusiasmado por las ideas venidas de Francia, Di Blasi es el jacobino que organiza una conjuración, un cambio en toda la estructura del gobierno y en la relación con los asuntos de la Iglesia. Su rebelión no es como la de Vella (intelectual, literaria, caprichosa, chantajista) sino en serio, real, le va la vida de por medio, se expone a la tortura y a la decapitación.
Cuando Di Blasi, esta “otra cara de la moneda” del abate Vella, es arrestado y sometido a tortura, algo se remueve en la conciencia del fraile maltés: se ve impelido a confesar toda su patraña, a revelar que los folios de su “archivo de Egipto” son una deliberada falsificación, que los ha manufacturado como quien fabrica papel moneda.
Sólo el liberal que ha mamado en las ubres de la Ilustración, en los opúsculos de Voltaire, en La paradoja del comediante de Diderot, es capaz de percibir con lucidez la maniobra del abate Vella, maniobra que era una impostura literaria e historiográfica, pero también una tergiversación del pasado y una revocación de derechos de propiedad, títulos nobiliarios, supuestas legitimidades ancestrales. El archivo de Egipto venía siendo un añejo y revelador “archivo de notarías” y por tanto el fraile maltés podía ir sobornando a los nobles sicilianos para incluirlos o excluirlos del who is who de la historia.
Esta suerte de extorsión intelectual, comprobación de que la inventiva literaria o la literatura misma sí pueden ser redituables en metálico, el abogado Di Blasi la juzga una de las grandes fantasías del siglo XVIII, pero también, de cara a cara (“a cuatro ojos”, como dicen los italianos) le dice:
—Maestro, cada sociedad genera el tipo de impostura que se merece. Nuestra sociedad, que en sí misma constituye una impostura, una impostura jurídica, literaria, humana... no ha hecho otra cosa que producir la impostura contraria.
Si en Sicilia “la cultura no fuese una impostura, si no fuera un instrumento en manos del poder de los barones, y por lo tanto mera ficción, continua ficción y falsificación de la realidad, de la historia... la aventura del abate Vella hubiera sido imposible. No ha incurrido en ningún crimen el abate Vella: sólo ha montado la parodia de un crimen... La parodia de un crimen que en Sicilia se viene cometiendo desde hace siglos”, dice el abogado Di Blasi, poco antes de que lo pongan literalmente en capilla: en la antesala de la guillotina.
Cada uno a su manera, Di Blasi y Vella, viven no el llamado de la selva sino del poder y la vocación de las letras; ambos se mueven entre “el paraíso de la política y el limbo de la literatura” (según la frase de José Joaquín Blanco referida a Vasconcelos), y si bien el primero pasa a la acción política, y de ahí a la tortura y la muerte, el segundo —consternado por la autenticidad trágica de Di Blasi— decide renunciar a su impostura literaria, “no a la impostura de la vida: a la impostura que se alberga en la vida”, y revelarla al mundo. “Se había encabritado en su mente el hombre de letras, había vencido el impostor. Como uno de aquellos caballos negros de Malta, brillantes, briosos, lo arrastraba por el polvo, con el pie enganchado en el estribo.”
Cuando apareció en Italia El archivo de Egipto —y decir archivo es decir memoria, escritura, historia— por lo menos dos críticos, Giancarlo Vigorelli y Enrico Falqui, escribieron que el libro de Sciascia era “El antigatopardo”. Hacía cinco años que Giorgio Bassani había prologado la primera edición de El Gatopardo, la novela póstuma de Giuseppe Tomasi (1897-1957), duque de Palma y príncipe de Lampedusa. A Sciascia no le pareció justa la comparación,* pero los críticos insistieron en ver una diferencia entre las dos Sicilias, la de El Gatopardo (1860) y la de El archivo de Egipto (1783):
Mientras en una se juzga una tierra de gente que quiere seguir durmiendo, a despecho de quienes hubieran querido encauzarla en el flujo de la historia universal, en la otra se trata de una tierra de gente que, lejos de seguir durmiendo, conjura, se levanta y paga con la vida.
En Lampedusa se veía a un autor conservador y pesimista, en Sciascia a un enciclopedista —un escritor formado en el espíritu de la Ilustración— esperanzado.
Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, figura central de El Gatopardo, es alguien “desesperadamente convencido” de la fatalidad, de la inmutabilidad, de la imposibilidad del cambio y del triste destino de la isla.
Una idea recorre intermitentemente el texto de Lampedusa:
“Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie.”
“Y luego todo seguirá lo mismo, pero todo estará cambiado.”
“...una de esas batallas en las que se lucha hasta que todo queda como estuvo.”
Francesco Paolo Di Blasi, el revolucionario jacobino, es en cambio un hombre de mayor fe que “enfrenta el suplicio sin ceder”.
Para Vigorelli, El Gatopardo es una suntuosa, aunque lineal, “memoria” semiproustiana, aristocratizante, de la Sicilia de los años anteriores al Resurgimiento; por el contrario, El archivo de Egipto es una “crónica” stendhaliana, aristocrática y popular, en torno a los años de la Revolución francesa.
El antigatopardismo de Sciascia estaría, pues, en esa fe enciclopedista propia del escritor, en la convicción, como dice Luigi Baldacci, de que la justicia no puede sino triunfar, a corto o a largo plazo.
“El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que los sicilianos quieren: siempre odiarán a quienes los quieran despertar, aunque sea para ofrecerles los más hermosos regalos”, dice Fabrizio Salina al secretario de la prefectura de Girgenti.
¿Cree usted realmente, mi querido Chevalley, ser el primero en querer encauzar a Sicilia en el flujo de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes musulmanes, cuántos caballeros del rey Ruggiero, cuántos escribas de los suavos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Rey Católico han concebido la misma bella locura, y cuántos virreyes españoles, cuántos reformadores de Carlos III! Y ahora, ¿quién sabe quiénes fueron? Sicilia ha querido dormir, a pesar de todos sus llamamientos.
Evidentemente lo que distingue a Sciascia de Lampedusa es su visión de la insularidad, de la sicilianidad, de todo el fenómeno siciliano. Y la relación de cada uno con la esperanza. No se trata de menospreciar la innegable belleza lírica, poética, de El Gatopardo. Lo que desde el punto de vista del estilo sucede es que, para usar la fórmula de Bufalino, Lampedusa es un escritor “húmedo”, mientras el autor de El archivo de Egipto es un narrador “seco”, de poco condimento o apenas el necesario (piénsese en lo que se quiera: en el sabor de los vinos, en la sequedad de ciertos licores, en los paisajes frondosos o en los desiertos), más llano, menos dado a la “bella literatura” de la que tanto desconfiaba Elio Vittorini (el mismo que en una editorial rechazó El Gatopardo antes de que la publicara Feltrinelli).
“Una coartada de clase” es para Sciascia El Gatopardo... un libro que, según él, se convirtió en el símbolo de la Restauración.
—El libro de Lampedusa, ¿sólo es eso? —le preguntó el entrevistador de Mondo Operaio en 1978—. A mí me parece una saludable puesta en guardia contra la retórica progresista.
—Sí, es cierto —respondió Sciascia—. En ese libro había una polémica muy prudente contra los valores retóricos de la Resistencia que acababa, no obstante, convirtiéndose en una coartada de clase.
—Fue una temporada de renacimiento del orgullo siciliano.
