La odisea del Vranches - Ernesto Thomas - E-Book

La odisea del Vranches E-Book

Ernesto Thomas

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Beschreibung

Este relato, más trágico que heroico, se compone de un quinteto de obras, donde se relatan, principalmente las tribulaciones que existieron durante un viaje de un buque de guerra de la armada napoleónica, aunque, sin duda, el enigma central de la obra, se basa en la personalidad del capitán, Alexandre Migan, cuyas actitudes son imposibles de explicar para su tripulación. ¿Es que el capitán Migan estaba loco, o su manera de actuar estaba determinada por una extraña misión militar que le hubiera encomendado el almirantazgo francés del puerto de Brest?

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Seitenzahl: 478

Veröffentlichungsjahr: 2023

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La Odisea del Vranches

Ernesto Thomas

© Ernesto Thomas

© La Odisea del Vranches

Octubre 2023

ISBN ePub: 978-84-685-7863-7

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

“Dedicado a mi hermana Marina, en su 43 aniversario, y como un homenaje póstumo a la memoria de Richard Lasdon, nuestro fiel amigo”

Ernesto Thomas

Índice

PRÓLOGO

MIGAN

EL ÚLTIMO VOTO

EL DUELO

EL ARTILLERO

DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS

PRÓLOGO

La “Odisea del Vranches” es, en realidad, un conjunto de cinco obras, compuestas por cuatro cuentos y una novela.

A pesar de que se pueden considerar como textos independientes entre sí, lo cierto es que todos ellos tienen en común un mismo tema central, un eje, o un mismo hilo conductor, que los reúne a todos en una sola obra, precisamente en este quinteto, que el autor ha denominado con dicho título.

Este quinteto, está compuesto, por un lado, por un cuarteto de obras, compuesta por los cuentos “Migan”, “El Último Voto”, “El Duelo”, y por la novela “El Artillero”, más una quinta obra, que se añade al resto de las cuatro obras anteriores, llamado “Doscientos Años Después”

O sea que se podría decir, que este conjunto de obras, está integrada por un cuarteto de obras, más una quinta obra que cierra la trama totalmente, y contextualiza a las anteriores.

La primera de las obras, que no está fechada, fue escrita por el autor a principios de la década de 1990, mientras que la última obra, el cuento largo “Doscientos Años Después”, fue culminado en marzo de 2013, por lo que el período transcurrido desde la primera obra del quinteto, hasta la última, fue de unos veinte años.

El cuento “Migan” relata la historia del Vranches, este buque de línea francés, desde que zarpara del puerto de Brest, en 1802, su travesía por los océanos Atlántico y Pacífico, el motín contra su capitán, Alexandre Migan y el naufragio posterior del navío, tras sus aventuras piráticas.

El segundo cuento, “ElÚltimoVoto”, es, básicamente, un testimonio clave de un oficial del navío, que ejerce una descripción general sobre las condiciones de la vida a bordo, y de las motivaciones que le llevaron a este oficial a formar parte de una conspiración, con vistas a envenenarle al capitán uno de sus vinos de sobremesa.

En el tercer cuento, “ElDuelo”, existe un retroceso cronológico dentro de la obra, y el autor retrocede en el tiempo, hasta el momento en el que el capitán Alexandre Migan recibe la noticia de que sus dos hijos fallecieron en la batalla naval de Abukir (1798), y de la vida cotidiana y familiar del capitán Migan y de su esposa René Durant, que se ven obligados a sobrellevar estas pérdidas en medio de graves dificultades económicas.

Esta obra, si bien se nos puede antojar costumbrista, arroja materiales relevantes para poder especular acerca, no solo de la psicología del capitán Migan, sino también acerca de la naturaleza de la misión, altamente secreta, que él recibió de manos del almirantazgo, antes de zarpar de Brest.

La obra “El Duelo” termina precisamente cuando el capitán Alexandre Migan zarpa del puerto de Brest, en el Vranches, en 1802, despedido por su esposa, y el buque se pierde tras la línea del horizonte.

La novela “El Artillero” en cambio, trata, fundamentalmente, de la vida de la tripulación del Vranches, a partir del momento del fallecimiento del capitán Migan, y de la condición pirática del buque, hasta su naufragio, y de las peripecias que sufre su narrador, que es uno de los sobrevivientes, que se halla celoso por desvelar el gran secreto que encierra al destino del buque, por las diferentes islas salvajes en Nueva Guinea, hasta su regreso a la civilización.

El hilo conductor que reúne por completo a estas cuatro obras, es el misterio que encierran, tanto la conducta extravagante del capitán Migan, como la secreta y muy importante misión que se le confió personalmente a él para cumplir, por el almirantazgo francés del puerto de Burdeos.

Dicha misión, de carácter muy especial, le fue confiada al capitán Migan, dentro del marco de las maniobras estratégicas que la armada napoleónica había comenzado a llevar a cabo, para poder distraer a la armada inglesa de sus puertos, y permitirle a Napoleón cumplir con su sueño de conquistar Inglaterra.

La misteriosa misión que tenía destinado el capitán Migan, y la contradictoria conducta de éste, ante los ojos de su propia tripulación, dejan al lector perplejo, e invadido por una insólita interrogante:

¿Cuál era la motivación de la conducta contradictoria del capitán Migan?

¿Era ésta debida a que el capitán estaba loco, o a que tenía sin duda una importante misión que cumplir?

Estas interrogantes se van multiplicando cada vez con más fuerza en toda la obra, y es este mismo misterio, el hilo conductor, o el tema de eje, que le da una perfecta unidad a estas primeras cuatro obras, y un carácter auténticamente psicológico a la obra.

El misterio, será finalmente revelado en los últimos capítulos de “El Artillero”, aunque no lo será, por cierto, de la manera en que el lector lo supone.

Resulta, además, sumamente curioso, como el autor coloca como personajes en esta obra, a personas de la vida real, comenzando por el autor mismo, y a un querido amigo suyo.

El autor, Ernesto Thomas, aparece también como personaje más de la novela, más veces de lo que aparentaría sr a primera vista.

Para empezar, aparece explícitamente como tercer oficial del buque de guerra “Vranches”. Pero también aparece en el personaje del artillero, en la novela “El artillero”. El artillero narrador no es otro que Ernesto Thomas, un autor personaje elidido, cuyo nombre no figura nunca en la novela, en ningún momento.

Finalmente, en “Doscientos Años Después”, el autor aparece como personaje bajo el seudónimo de “Néstor Tomasino”, y también aparece en un artículo de un diario de ese mismo cuento, con sus propias iniciales, “E.T.G”, en un artículo que hace ilusión a una broma hecha en la red social Facebook ante sus amigos, en la vida real, y que se basó en el cuento “Caso Cerrado”, del mismo autor.

También, resulta igualmente curioso como la fecha de cumpleaños del autor se repite como una fecha de referencia, para acontecimientos claves de las obras, que articulan a todos los relatos.

El final de la obra “El Artillero” en su conjunto no es cerrado en ningún modo.

Lejos de serlo, al final de la lectura, le da más la sensación al lector de que se halla al principio de una otra nueva y fascinante obra, donde se podrían dar lugar a todas las posibilidades, que al final concluido de esta obra.

Finalmente, se podría decir también, que toda la trama de las cuatro primeras obras en su conjunto, se haya resumido en su totalidad y casi por entero, en las escasas carillas que componen a la primera obra del quinteto, es decir, en el cuento “Migan”.

Se podría decir, no sin cierta razón, que quién lee el cuento “Migan”, ha leído a todas las primeras cuatro obras.

La quinta y última obra de “La Odisea del Vranches”, es una obra adicional a las anteriores, a modo de un epílogo, cuya temática está dirigida a la reconstrucción de toda la historia del Vranches, por unos arqueólogos marinos, doscientos años después de su naufragio, a través del rescate y la interpretación de los objetos del pecio hallados en este navío, y el análisis de la documentación histórica escrita en aquella época.

Esta última obra del quinteto “La Odisea del Vranches”, está plagada de ironía, y se podría considerar como una verdadera parodia a las investigaciones arqueológicas marinas que se realizan en estos tiempos, y a la supuesta seriedad científica de sus métodos, así como una verdadera crítica a la fe que el público común, incluso los más profesionales, depositan en estas ciencias y en sus conclusiones.

Así pues, el quinteto de “La Odisea del Vranches”, combina tanto el relato épico, con lo psicológico, además de poseer elementos que oscilan entre la tragedia, la comedia y la ironía.

Ernesto Thomas González

26 de marzo de 2013.

LA ODISEA DEL VRANCHES

-el quinteto-

“Demasiados, demasiados enigmas pesan sobre el hombre en este mundo”

FEDOR DOSTOIEVSKI

MIGAN

El Vranches era un navío de línea de setenta y cuatro cañones y tres mástiles que recorría, en octubre de 1802, las posesiones coloniales del Emperador de Francia en el Caribe.

Desde el principio de la travesía, cuando soltaron amarras de Brest, el capitán Alexandre Migan no poseía ni pizca de reputación, ni para sus subalternos más inmediatos, el oficial Ardán, ni para el contramaestre Jordaun, ni para la inmensa mayoría de la tripulación.

Para su desgracia, dado el carácter secreto de su misión, de la que nunca se llegó a saber, nunca pudo revelar sus propósitos a nadie y todo lo que él realizaba creaba incomprensibilidad y cierta sensación de dogmatismo y hasta de falta de cordura.

Pero el veterano Migan (que había perdido dos hijos en Abukir) nunca podía decir nada.

Al principio, su sentido del deber le hacía callar, omitiendo lo secreto de su misión entregada desde puerto francés… después, cuando todo había acabado y ahí, cuando recién algo se pudo haber aclarado, ya fue demasiado tarde y su fin –prematuro para un hombre de su edad- se desarrolló inevitablemente.

Nadie sabía, ni nadie lo supo nunca, que, en un cofre cerrado con llave, a un costado de la litera donde él dormía, se hallaba toda la información necesaria para entender su conducta; una secreta carta de navegar, rutas desconocidas y las costas con los trazos de latitudes y longitudes, con las ubicaciones de las principales plazas fuertes inglesas, el itinerario de los mercantes desde la India al Cabo de Buena Esperanza, etc. Todo esto, sin duda, se hubiese encontrado allí, guardado celosamente.

Pero todo esto no son más que simples suposiciones.

Nadie pudo ni podrá –ya que el momento crítico ha pasado- saber qué llevaba encerrado tal cofrecillo en el camarote de aquel hombre, torturado por cumplir su misión, y ante la visión del fracaso que le provocaban las contradicciones que la reglamentaban.

Pero dejemos esto. El Vranches fue destrozado hace más de diez años por un temporal en Nueva Guinea y sus restos fueron utilizados como leña y materiales de construcción por los náufragos.

No podríamos, por más inteligentes que sean nuestras investigaciones, desentrañar el misterio desde ese punto de vista.

Desde la óptica de los grandes estrategas navales de Burdeos, los cuales le hubieron confiado tal misión, sería imposible hacerles hablar.

Actúan, aún hoy en día, intereses prácticos entrelazados (militares y político-diplomáticos).

Lo cierto es que algunos almirantes son difíciles de hallar; otros nos son categóricamente desconocidos (para nuestra mayor desgracia, la mayoría y los más importantes de ellos), y hay que tener en cuenta que otros, si bien publicaron sus memorias, hubieron sido ajusticiados al advenimiento de los realistas, en 1814.

En enero de 1804, el Vranches fue divisado contorneando las cosas de Brasil.

La conducta contradictoria del capitán Alexandre Migan, al que se le tachaba de “excéntrico” y de “poco actualizado”, pero que aún era fuente de respeto, empezó a encolerizar a sus oficiales, al eludir el encuentro con un cúter británico, frente a Río de Janeiro, lo cual sin duda hubiese sido una presa segura, y dar en su lugar la orden de dirigirse más al sur.

Migan no era partidario de una disciplina rígida. Era amigable y trataba de hacerse querer por sus subordinados, pero era débil, indeciso en ciertas ocasiones, aunque tenía inteligencia, orgullo, y unos celos de su poder como nadie.

En la cámara de popa, él y sus oficiales discutieron hasta el cansancio sobre cuál era la causa de porqué Migan no había aceptado una pieza tan fácil, a lo que éste eludía con evasivas…

¿Indecisión? ¿Falta de valor, inconcebible en un capitán con su mérito?

Migan lo comprendió todo; su actitud, a ojos de sus subalternos, era irracional y debía explicarla. Finalmente, tuvo que ceder.

Por orgullo, y por un deseo de no hacer el ridículo, Migan explicó la razón de su acción:

Dentro de dos semanas, doblando el Cabo de Hornos, deberían salir al Pacífico y hasta entonces no podrían comprometerse. Según él, tenía órdenes precisas del alto mando naval a seguir que le incapacitaban de comunicárselas a alguien.

Aquella revelación súbita, si bien explicaba ciertas anomalías anteriores, dejó desconcertados a los aguerridos corazones de la flor y nata de la marina francesa.

En el fondo de cada uno de ellos, palpitaba la duda. Migan era traidor o cobarde.

Era amable, hablaba bondadosamente, pero siempre en todo pedante y paternal y en realidad se comunicaba muy poco y no se hizo de amigos.

Sus teorías desataron la duda de todos.

Un mes después, una mañana soleada de febrero en que el Vranches se abastecía de agua en las islas Galápagos, Migan comprendió que estaba solo.

Las órdenes que había recibido del alto mando se hacían poco comprensibles para sus hombres, a menos que se las leyera, pero eso era imposible (le había sido absolutamente prohibido).

Comprendió que su tripulación no lo veía como un héroe, ni un líder, como él pensaba, sino como un loco, un cobarde, o un traidor, (o las tres cosas a la vez).

Es cierto que su aspecto desaliñado, sus extravagancias y ocurrencias sugerían primero, y que sus órdenes, en los momentos críticos, sugerían lo segundo… pero un traidor, jamás.

Quizás fuera raro, pero nunca ni cobarde ni traidor, pero… ¿Cómo hacérselo saber a ellos, para que lo comprendan?

Deseó terminar de una vez con su misión y llegar a Francia, pero corría el riesgo de un motín.

El Vranches estaba desabastecido de ciertos artículos esenciales desde hacía varias semanas, había tenido dos brotes de escorbuto y los marinos no veían tierra firme desde hacía un año.

Pensó, bajo el sol del trópico, que su conducta blanda y afable solo encendía la audacia de un motín.

Desde ese momento, la disciplina se volvió más rigurosa a bordo del Vranches, y dos marineros infractores fueron curtidos a azotes por faltas mínimas en unos pocos días.

-Todo aquello –pensó el capitán- hará que me odien, pero mantendrá a los marinos quietos hasta llegar a Francia.

Desgraciadamente, el motín no se originó desde abajo, sino que fue promocionado por los propios oficiales del Vranches, los mismos con quién él compartía su cena y bebida diariamente en su camarote.

Esto se debió a que ninguno compartía sus órdenes. El capitán había caído en la demencia y en la cobardía.

Se le hizo un sumario y se lo declaró, tras la revuelta, traidor.

Nada pudo alegar él, ya que jamás tuvo conocimiento de su sentencia, ni de su fin.

Una copa envenenada en la cena, como primer paso de los amotinados, concluyó con su problema.

Muerto Migan, murió la única persona que sabía de la misión y el cofre, no se sabe si después fue hallado o destruido en los anales sangrientos y turbulentos de un barco que se dio a la piratería.

Sin embargo, una pregunta se plantea…

¿Existió tal cofrecillo?

(Sin fecha)

-principios de la década de 1990-

EL ÚLTIMO VOTO

Se ascendía rápidamente en la época revolucionaria.

Siendo alférez en 1789, fui ascendido por la Revolución, y en pocos años, antes de terminar la dictadura de Robespierre, ya era contramaestre de una fragata que se dirigía a Nueva Orleans.

Napoleón quería una oficialidad joven y eficiente. Cuando el capitán Migan reclutó la tripulación del Vranches se acordó de mí, su camarada de la escuela naval.

Era el Vranches un navío de dos mil setecientas toneladas de desplazamiento y tres mástiles que tenía encomendada una extraña misión. Zarpamos de Brest con buen viento, en abril de 1802.

En la camarilla del Vranches, se hallaba el primer oficial Ardán, conocido intrigante y hombre mezquino en sumo grado, de mirada ponzoñosa y provocativa, que lo hacía ver a ese hombre aún más antipático de lo que era. Ardán odiaba a Migan con toda su alma por su origen humilde.

Fue Ardán un marino de aquellos del Antiguo Régimen. Un tío suyo fue guillotinado por la Revolución, y me pregunto cómo hizo él para no seguir su mismo destino. Nada se hubiera perdido, de ser así.

Ardán era repugnante, orgulloso, arrogante. Su puesto de alta autoridad a bordo del Vranches no le satisfacía. Aunque lo fingía, sentía una gran envidia por el cargo que ostentaba Migan, pese a no ser de origen aristocrático. El pasado humilde de su superior lo desvivía de odio.

Por su parte, Migan era ingenuo, tranquilo. Sus comentarios eran paternales y reflexivos y a veces se volvía un poco pedante. Yo creo que nunca se dio cuenta cabal de los sentimientos de sus subalternos hacia él, aunque los intuía.

Migan tenía otro defecto. Tenía un cajón de botellas de vino blanco del Languedoc que estimaba demasiado y del que no dejaba de probar. Hablaba demasiado cuando se lo veía alcoholizado. Pero, cuando se le pasaba su convulsión etílica, se volvía terco, meditabundo, inmerso en sus cotidianas reflexiones.

La primera reunión de la camarilla del Vranches se hizo en medio del Atlántico Norte, a doscientas millas de Francia. Ante la interrogante de cuál serían nuestros objetivos a seguir, Migan solo nos respondió:

-Nos dirigimos a Martinica en primera instancia, y luego rumbearemos al sur, hacia un sitio que aclararemos más tarde.

-Eso significa –cortó el segundo oficial Pierre Degoux. –que no nos han ordenado atacar a las líneas inglesas de abastecimiento que opera con los mercantes de la Compañía de las Indias Orientales ¿Verdad?

-No -dijo Migan.

Se esperó, por un momento, la respuesta, pero, al no venir, Degoux dijo:

- ¿Y bien?

- ¿Y bien qué?

-Quisiera saber cuál objetivo perseguimos.

-Lo sabrán todos a su debido momento.

Nos miramos.

-Como usted disponga capitán. -fue la contestación.

La camarilla se disolvió enseguida. Había mucho que hacer a bordo.

Haciendo un breve repaso hacía los sentimientos de la tripulación en las siguientes semanas de navegación, me di cuenta que las borracheras de Migan y su empeño por mantener en secreto sus objetivos, le habían acarreado la impopularidad de toda la tripulación.

Migan y yo, creo haberlo dicho, fuimos compañeros en la academia naval.

Pero no se trata por este hecho la razón por la cual hubo cierta, aunque frágil afinidad, entre yo y él. No era tal cosa, sino el hecho de que uno de sus hijos, el contramaestre Michael, fue mi colega y amigo durante muchos años en la Armada Francesa.

Juntos participamos en dos viajes por el Mediterráneo hasta que el destino nos separó.

Yo fui transferido a la Armada del Atlántico y la fragata en la que él halló la muerte se fue bien lejos, siguiendo el loco empeño de Bonaparte en conquistar la lejana India a través de Egipto. Su ardor terminó en la barrosa desembocadura del Nilo, decapitado por una granada de los barcos del almirante Nelson cuando nos derrotaron en Abukir.

Fue por eso que encontrarme con el padre de mi extrañado camarada un lustro más tarde fue todo un placer, pero que se desvaneció enseguida.

Alexandre Migan, nuestro capitán, no poseía el encanto, la fascinación y la audacia que su fallecido descendiente.

A pesar de que me trató con suma amabilidad, su aire dejado y bohemio, su tono pedante y su aislamiento social, regado de vino blanco y de melancolía, me decepcionó, como persona, al contrastar la imagen decadente del padre, con la jovial, atractiva y simpática figura del hijo fallecido.

Solo por respeto a mi amigo Michael, y por el hecho de que su muerte quizás haya afectado un poco la sensibilidad del viejo y rudo capitán, me impidió rechazarlo o aislarme de él.

Sabía que Alexandre Migan había perdido todo lo que tenía en Abukir, y por ello bebía ese vino que raras veces compartía con sus semejantes. Por todos los medios yo quise ofrecerle mi amistad y apoyo, pero fue inútil, hasta el momento final.

Su miedo y remordimiento oficiaba de muralla insalvable para cualquier mortal que desease acceder a la comprensión de su corazón afligido. Se apartó ese hombre demasiado de la humanidad y solo trataba con sus subalternos para asuntos relacionados con el deber. No me cabía duda que él se sentiría vacío.

Y no dudaría en afirmar que él era un hombre vacío, flemático, lleno de manías y de aflicciones.

Nunca supe cuál fue el criterio que utilizó el comando naval del Burdeos para ponerlo al mando del Vranches, pero lo cierto es que Alexandre Migan no estaba capacitado para cumplir con la misión, fuese cual fuese esta misma.

Su excentricidad y desaliño, su falta de aseo personal y su incompetencia, lo hacían antipopular. Migan no era precisamente el ejemplo de jefe audaz e inteligente que la Revolución, a la cabeza del propio Gran Corso, esperaría. Migan seguía aferrado a los viejos dogmas y supersticiones marineras de hace cien años atrás.

Quizás esto le fuese admisible a un jefe militar de la Edad Media, pero era incompatible con los tiempos modernos en los que vivíamos, en medio de los cambios de todo tipo que sacudían a Europa y al mundo a principios de este siglo.

¿Pero saben cuál fue mi mayor desazón?

Era el hecho de ver que a Migan no solo le era ajena la realidad circundante, sino que sentía cierto orgullo absurdo por su situación y categoría. Él, a su manera, y lejos de serlo, se consideraba un hombre de empresa, como un oficial capacitado para cualquier labor.

Se consideraba capaz de llevar al Vranches a un periplo glorioso y de regresar triunfante a Brest, y ser condecorado con la Cruz de Honor en Versalles. Tenía una biografía del corsario Pierre André de Suffren de Sain Tropez, a un costado de su catre donde él se acostaba y suponemos que la leía por las noches.

Quizás él deseara en un rincón íntimo de su corazón emular a Suffren, pero no tenía ninguna posibilidad de hacerlo, sin tener en cuenta que las épocas habían variado, y ya no se combatía de la misma forma en alta mar, desde hacía mucho tiempo.

Sentí pena por él.

Veía que, en medio de su ceguera, él precipitaba su derrota. Cada día se hacía más impopular a bordo. El Vranches no hacía más que derivar sin rumbo fijo, desperdiciando un tiempo muy valioso para la causa de la nación.

El incidente del cúter inglés en Río de Janeiro fue la gota que casi rebasó el borde de la copa de la autoridad y liderazgo de Migan a bordo. Su orden fue insólita, en momentos en que los artilleros ya habían avivado el fulgor de las mechas de los cañones.

Su respuesta de que poseía cierta misión de atravesar el Cabo de Hornos hacia el océano Pacífico no convenció a nadie. Le exigimos conocer detalles. Sus comentarios eran vagos. Según él, el Almirantazgo le había ordenado no revelar sus propósitos.

Después de una reunión de más de dos horas en la cámara del Vranches, no conseguimos arrancarle palabra alguna.

Ante mi alarma, me di cuenta de que, por un lado, Migan estaba perdiendo el juicio, y, por otro lado, el despreciable y malintencionado primer oficial Ardán se estaba aprovechando de ello para deshacerse de él y reemplazarlo.

Discretamente, le sugerí al capitán la mala intencionalidad que lo rodeaba, y no le omití que el Vranches no había tocado puerto en casi un año desde la última vez, y que carecía de elementos esenciales. Estas causas y el brote de escorbuto que se había registrado hacía dos semanas a bordo, quizás provocaran un motín en la tripulación.

Por motivos de discreción, sugería a Migan un “motín” en términos generales, sin especificar quién o quiénes confabularían contra él.

Migan lo malinterpretó como una posibilidad proveniente desde “abajo”.

El resultado fue que endureció la disciplina a bordo del Vranches para mantener la marinería a raya hasta llegar a Francia. No veía él que el peligro se hallaba dentro de su propia oficialidad y no en los marineros infractores.

La medida lo hacía más impopular aún, mientras el arrogante pero carismático Ardán se ganaba la simpatía de la tripulación con su comportamiento de calculada demagogia.

Al ver todo ello como si estuviera leyendo una novela en la que yo sé el final, me di cuenta, de la misma forma que usted, lector, ya se imagina el final de esta historia, que el destino había tejido una inevitable red mortífera sobre ese pobre hombre, acosado por la desgracia, la envidia y las contradicciones de su propio carácter.

Migan era intelectual e inteligente, pero carecía de visión. Quizás si fuese un poco más listo, se daría cuenta de que no debería beber solo él de la misma botella.

Su ingenuidad lo perdió.

En los últimos días, percibí cierto cambio en él.

Lo noté con cierta mirada reticente, deshecha, melancólica. Como un condenado que espera la orden para su ejecución

¿Se habría dado cuenta él, en un momento tardío, póstumo, de que la causa se le había escapado a su control?

No lo sé. En todo caso, si esto hubo sucedido, lo negó, lo reprimió en su mente, y siguió confiando en sus viejos dogmas y en la cooperación de sus subalternos.

Lo cierto es que el Vranches no había disparado ni un cañonazo en toda su trayectoria de ocho mil millas marítimas y en lugar de eso, había vagado sin rumbo fijo durante más de dos años. Hacía tiempo que la tripulación no se divertía en tierra, escaseaban las provisiones y el escorbuto hacia estragos.

Entonces tuve que aceptar como válida la hipótesis de que el Vranches estaba comandado por un hombre muy enfermo y sin ningún sentido común.

Él seguía alegando su obediencia a las altas órdenes del almirantazgo de Burdeos, mientras todas las mañanas se arrojaban al océano las víctimas del escorbuto con una piedra atada a los pies.

El día 22 de abril de 1804, hallándose el Vranches rumbo a las islas Fidji, recibí una misiva, citándome en la cabina del contramaestre Jordaun a las 18:25, hora de a bordo, cinco minutos antes del relevo. Supe que significaba ello. La hora del desenlace final había llegado.

La reunión secreta se prolongó hasta pasadas las 19:00 horas. Se manejaron los pros y los contras de la decisión. La mayor parte de los oficiales entraron en el complot urdido y conducido por Ardán.

Se trataba de envenenar una de las botellas de vino blanco del Languedoc que el capitán guardaba celosamente consigo y que ingeriría aquella noche en la comida. El voto fue unánime.

Solo resté yo por hacerlo.

Pensé en el hombre que había detrás de aquel ser deshecho, de aquella desgracia que había detrás de él.

- ¿Tú que decides, Thomas? ¿Estás de acuerdo con la idea?

Los miré, a todos aquellos hombres cebados por la suerte del capitán y al rostro mezquino de Ardán, y dije, resuelto y convencido:

-Estoy de acuerdo.

FIN

Montevideo, enero de 1995

EL DUELO

Hacia apenas un mes que el capitán Alexandre Migan se había reunido en su casa de campo, con su esposa René, tras un largo viaje, agotador, como primer oficial de la fragata “Marsella”, cuando, al ya veterano matrimonio, le llegó la terrible noticia.

Alexandre Migan y René Durant se hallaban disfrutando aquella tranquila tarde soleada del verano de 1798, sentados cómodamente junto al huerto de la enorme casa de campo del capitán Migan, cuando las delicadas notas del llamador de la residencia tintinearon delicadamente.

El mucamo atendió, pero se encontró con la presencia de dos uniformados de la Marina Francesa, uno de los cuales se dirigió hacia él, de forma sumamente cortés.

-Queremos hablar personalmente con el capitán Migan y su esposa René.

El mucamo iba a hacerlos pasar adentro de la residencia, a lo que ellos, muy educadamente, y con muchas reservas, solo accedieron a penetrar al vestíbulo de la casa.

Las reservas de estos caballeros uniformados, y sus rostros graves y reservados, impresionaron al mucamo, y la llegada de ambos tomó por entera sorpresa a Migan y a su esposa, que, sin entender nada, acudieron al vestíbulo.

- ¿Desean servirse algo de beber? -inquirió Migan.

-No, gracias. Ya nos vamos. -le contestaron.

Por sus rostros serios y reservados, tanto Migan como René se dieron cuenta de que algo inusitado, y grave, tendría que estar ocurriendo.

- ¿Y bien? -exclamó Migan.

-Les queremos informar a usted y a su esposa, acerca de sus hijos Pierre y Michael.

Un cierto presagio les acometió a Migan y a René. Se hizo un segundo de silencio.

-Como ustedes sabrán, ambos estaban cumpliendo sus servicios en la fragata “Artemise”, que se hallaba bajo el mando del vicealmirante Francois-Paul Brueys.

-Si. -dijo Migan.

- ¿Ocurrió algo? - exclamó René Durant, alarmada.

-Lamentamos informarles que la escuadra del vicealmirante Francois-Paul Brueys, que se hallaba anclada en la bahía de Abukir, en el delta del Nilo, fue aniquilada hace dos semanas por una escuadra inglesa, al mando del almirante Nelson, y la fragata “Artemise” fue consumida por las llamas.

Durante esta acción, lamentamos decirles a ustedes, que sus dos hijos, el contramaestre Michael y el artillero Pierre Migan Durant, perdieron ambos la vida, en la lucha por la Revolución y el Honor de nuestra amada Francia.

Alexandre Migan quedó perplejo, inmutable, y totalmente pálido, al tiempo que René se llevó, temblando, muy despacio, su mano hacia la garganta, horrorizada.

Luego, pasó a hablar el otro de los dos oficiales, que tragó saliva, y seriamente, les ofreció cortésmente, y con toda delicadeza, una pequeña bandera tricolor de la Revolución Francesa, con dos medallas de oro.

-Este es el reconocimiento que la Revolución les brinda a sus hijos, dos hombres valientes, como todos los patriotas que ofrendan su vida a Francia y a la Revolución, cuando la Patria lo necesita.

Migan y René, temblorosos, desenvolvieron la pequeña bandera, y René apretó con dolor las medallas contra su pecho, al tiempo que Migan se llevó, cabizbajo, su mano derecha contra la cabeza.

Los oficiales de la Marina, serios, tras un silencio, les dijeron:

-Comprendemos lo que sienten, pero sus hijos son ahora unos héroes. Deben sentirse orgullosos de ellos, en los momentos en que la Patria lo necesita.

Migan y René se abrazaron, llorando. Los oficiales de Marina bajaron la cabeza, serios y marciales.

-Si nos necesitan, estaremos a sus órdenes. -dijeron.

Migan, afligido, les dijo:

-Está bien. Entendimos. Pueden marcharse.

-Entendemos sus sentimientos. -dijeron ellos, y se retiraron haciendo un saludo marcial.

Lo cierto es que aquella trágica noticia destruyó por entero al matrimonio Migan.

Ambos, Alexandre y René, cuyas edades rondaban en torno a los cincuenta años, y cuyos únicos dos hijos, Michael y Pierre, habían sido su única dicha y esperanza, se encontraban ahora en una situación desesperada, tanto económica como emocionalmente.

El solo salario del capitán Migan no bastaba ahora para mantener la residencia de campo, y hubieron de venderla, y se mudaron a una casa que alquilaron, que era propiedad de una tía de René, en un pueblo a las afueras de Lyon, y el matrimonio, desde entonces, comenzó a sentir la soledad, junto con la vejez y la desesperanza.

En Setiembre del año 1801, tras haber efectuado dos travesías como capitán en un navío de guerra, Migan recibió una nueva y mala noticia.

Por razones burocráticas, la Revolución decidió otorgarle una licencia de tres años, con una remuneración absolutamente miserable.

René Durant comenzó a fabricar cestos, para adquirir recursos, y Migan, sumido en la depresión, se comenzó a dar a la bebida, poco a poco.

El tiempo de ocio, las malas compañías en la taberna vecina, y el consumo de alcohol, agravaban más aún la situación del capitán Migan y de su esposa René, que se hallaban absolutamente solos y ancianos en el mundo, y con un porvenir poco esperanzador.

Alexandre y René convivían con toda esta situación en el mismo y miserable techo, e iban a misa todos los domingos, a orar por la acción salvadora de Dios a sus desdichas.

Cierta vez, durante una misa, estando Migan y su esposa René en la parte de atrás del atrio, Alexandre creyó notar un rostro conocido dentro de la congregación.

Migan se fijó en una mujer, pelirroja, de unos treinta y cinco o cuarenta años, que se hallaba sola, al lado de la multitud.

Migan la observó bien. Observó su rostro, su ropa, y sus gestos, cuando se movía y cuando rezaba, y luego, pensó:

- ¡Esta mujer es Rebeca! ¡Es Rebeca!

No lo podía creer. Lleno de alegría, se lo comunicó, en voz baja, a su esposa René.

- ¡Shh! Mira quién está allí.

- ¿Dónde?

-Allí.

- ¿Esa mujer?

-Si. ¿La reconoces?

- ¿A ella? ¿Quién es?

- ¿No la reconoces? ¡Es Rebeca!

- ¿Rebeca?

- ¡Rebeca! ¡Ella misma! ¡Rebeca Dupont, la sobrina de Isaac!

René miró fijamente a la mujer, y luego le dijo:

- ¿Rebeca Dupont? ¿Aquí? ¡Estás loco! ¡Esa mujer es diez años mayor que Rebeca, por lo menos! ¡Y los Dupont emigraron todos a América hace años!

- ¡Te digo que es ella!

-No. Te parece a ti, querido. No es ella.

Migan, entonces, guardó silencio, mientras miraba fijamente a esa mujer.

Luego de la misa, en medio del tumulto, Alexandre y René se desencontraron, y, buscando a su esposa, Migan se encontró con aquella mujer, que caminaba enfrente suyo, de espaldas a él.

- ¡Es ella! -pensó Migan.

Entonces, sin pensarlo más, Migan se acercó a ella y le dijo:

- ¡Rebeca!

La mujer se dio vuelta, confusa y sorprendida, y lo miró incrédulamente.

- ¡Rebeca! ¿No me reconoces? -exclamó Migan.

-Me temo que usted se equivoca de persona, caballero. Mi nombre no es Rebeca. -le respondió ella.

Migan quedó pálido y desconcertado, mirándola incrédulamente, mientras ella, con una sonrisa amable, le dijo:

-Con permiso.

La mujer se retiró y prosiguió su camino, ante sus propias narices.

Migan, por detrás, la volvió a observar nuevamente. Se fijó en su peinado, en sus ojos, en sus facciones, en su vestimenta, hasta en los gestos que hacía al caminar, y, desconcertado, pensó:

- ¡Si! ¡Es Rebeca! ¡Es ella! ¿Cómo puede haberme hablado así? ¡No me reconoció!

Y se dio vuelta, desconcertado, sin entender la situación. Luego, echándole a esa mujer, que ya estaba lejos, un último vistazo, se dijo:

-Si. Era ella. No cabe duda. No comprendo cómo no me reconoció.

Y luego se dijo:

-Si. Era Rebeca. No cabe duda alguna. Era ella.

Y luego volvió a su casa.

Alexandre y René, desde hacía varios meses, vivían muy frugalmente. Apenas les alcanzaba el dinero para pagar el alquiler, con la pensión que recibía Migan, y tenían varias deudas con el panadero, y el almacenero.

Una noche, mientras dormían, René le dijo a Migan.

-Alexandre. Tú sabes lo que estamos viviendo. Nuestra situación es muy penosa. No solo extrañamos a nuestros hijos, sino que, además, no tenemos casi ni para comer.

-Si, lo sé, bebé.

-Tu pensión apenas alcanza para pagar el alquiler de esta casa.

-Es todo lo que me puede ofrecer el Ministerio de Marina.

-Pero tú hace más de seis meses que estás de licencia. Y te la han extendido por tres años más.

-Si. Lo sé.

-Yo trato de aportar lo que puedo, con mí labor de cestería y de costurera.

-Lo sé, y lo valoro mucho.

-No se trata de eso, Alexandre. Se trata de que tú actualmente no haces nada. Te pasas todo el tiempo con tus colegas que están fuera de servicio, en la taberna.

- ¿Y qué otra cosa podría hacer?

- ¿Sabes todo el dinero que le debemos a Paul, el panadero, y a Pierre, y al sastre?

- ¿A qué viene todo eso?

-A que no es bueno que tú no hagas nada al respecto. Estamos llenos de deudas. Deberías emplear tu tiempo en lograr un empleo aceptable.

-Mi empleo es el Servicio en la Marina.

-Si, lo sé, pero…

René volvió a exclamar:

- ¿Alexandre?

Pero Alexandre Migan roncaba mientras dormía profundamente. René se acostó, y se quedó, durante horas, mirando las telarañas del techo, mientras su esposo dormía profundamente.

Al día siguiente, Migan volvió a la taberna, y allí, por sorpresa, se encontró con un conocido colega suyo desde hace muchísimos años, el capitán Jean-Paul Moreau.

- ¡Qué el Diablo me parta! ¡Migan! ¡Qué gusto! ¡Tanto tiempo sin vernos!

- ¡Capitán Moreau! ¡Viejo lobo de pileta! ¡Qué alegría! ¡Bebamos juntos una cerveza!

Migan y Moreau habían sido amigos y colegas de toda la vida, aunque hacía algunos años que se habían desencontrado, hasta que, por casualidad, tuvieron aquel feliz reencuentro, cuando Moreau ingresó a aquella taberna, como parte de una escala que hacía en aquel pueblo, mientras viajaba en un coche rumbo a París.

Migan y Moreau tomaron unas cervezas en la taberna, y como el coche de Moreau partiría a la mañana siguiente, y Moreau aún no había conseguido un albergue, Migan habló con su esposa René, y acordaron que el capitán Moreau pasase aquella noche en la casa de los Migan.

René accedió a la propuesta de su marido, y atendió al capitán Moreau respetuosamente y con suma delicadeza, mientras pensaba:

- ¡Genial! ¡Es lo último que podría pasar! ¡Otro plato de comida más! ¡Cómo si no tuviéramos deudas que pagar y nos sobrara la comida!

Y luego pensó:

- ¡Y qué vergüenza! ¡Ese capitán se va a dar cuenta de la miseria en la que vivimos!

¡Qué vergüenza! ¡Voy, al menos, a hacer la mejor comida y tratarlo con la mejor de las delicadezas, para compensar la visión de la pobreza en la que estamos!

Lo cierto era que Moreau era muy simpático y parlanchín, y pronto se ganó el afecto de René Migan. Él se iba a embarcar como contramaestre en una fragata de guerra dentro de tres semanas, y se dirigía por entonces a París a recibir ciertas instrucciones.

Durante la cena, para la cual René había mandado comprar fiado, a un alto costo, al mejor pollo de la carnicería, no hacía más que fijarse en las tazas deterioradas y con las asas rotas con que ella le servía al capitán Moreau, y a las paredes despintadas de la casa, y a sus cortinas y puertas viejas, y, mientras trataba al capitán Moreau con externa amabilidad, la pobre René no hacía más que pensar:

- ¡Qué horrible! ¡Qué vergüenza! ¡Este ilustre capitán va a darse cuenta de que vivimos en la más auténtica miseria! ¡Espero que no se lo tome a mal! ¡Qué vergüenza! ¡No puedo ni pensarlo!

Y le servía el pollo hervido, con extrema delicadeza, preparado con las mejores salsas que había preparado, e incluso le ofrecía una repetición, aún a costo de quedarse sin comida para el día siguiente, y se disculpaba a cada rato por la pobreza de su comida, discreta y educadamente, diciendo que él se merecía más que ello.

Pero el capitán Moreau, que era un perfecto desaliñado, ignoraba totalmente estos hechos, que le pasaban inadvertidos, y, de hecho, ni siquiera había reparado en la pobreza en la que vivían, ni le importaba un comino los decoros, sino que tan solo disfrutaba de la agradable amistad y compañía de sus anfitriones, y parecía más interesado en los buenos vinos que le ofrecía Migan que en la modesta comida, o de todos aquellos detalles, que a René tanto la desvivían secretamente.

Moreau, Migan y René, cenaron y bebieron copiosamente, y, tras la cena, los tres platicaron gratamente, hasta que, muy avanzada la noche, René, despidiéndose de ellos, se retiró a dormir.

Al quedarse ambos hombres a solas, el capitán Moreau y Migan comenzaron a platicar sobre asuntos navales.

Moreau, parlanchín por naturaleza, y estando en íntima confianza con su compañero de armas, e inseparable amigo y camarada Migan, no dudó en desvelarle un alto secreto de los grandes estrategas navales del puerto de Burdeos.

-Se trata de una noticia de primera mano. Es algo que es absolutamente secreto. Se trata de un asunto que solo lo conocen Napoleón Bonaparte y un puñado de estrategas navales selectos. No me pidas como lo averigüé, porque no te lo voy a decir. Pero esta noticia es una bomba. Solo a ti te la comento, a nadie más.

- ¿De qué hablas? ¿De qué se trata?

Moreau se quedó mirando fija y seriamente a Migan.

- ¿De qué se trata? ¿Es algo serio?

-Muy serio.

Migan guardó silencio. Luego, seriamente, le preguntó:

- ¿Cuál es el asunto?

Moreau lo miró seriamente, y, tras una pausa, le dijo:

-Se trata de la invasión a Inglaterra por parte de la Grande Armée.

- ¡No lo puedo creer!

-Así es. -le respondió Moreau fríamente.

Luego le dijo:

-Napoleón está concentrando trescientos mil hombres en Calais y en el norte de Francia para desatar la ofensiva. Con este ejército en suelo británico, los ingleses no podrán resistir ni una sola semana.

-Pero te olvidas de la flota británica. Es muy superior a la francesa. Los ingleses controlan el Canal de la Mancha. Nunca permitirán pasar por el Canal a los ejércitos de la Grande Armée.

-En esto consiste el asunto, pues.

- ¿Y cuál es el asunto?

Moreau, un poco afectado por la bebida, pero perfectamente lúcido, se acercó un poco más al oído de Migan, y le dijo, tomando la innecesaria precaución de no ser escuchado:

-En esto mismo, precisamente, es en lo que está trabajando el Ministerio de Marina desde hace unos meses, para poner en práctica el plan elaborado por el propio Napoleón Bonaparte, para invadir Inglaterra.

Migan, un poco bebido, y en medio de la penumbra de su miserable habitación, no pudo creer lo que estaba oyendo, de parte de un íntimo amigo que era conocedor de todos los mejores chismes que circulaban en torno a los estrategas del Comando Naval de Burdeos.

Migan comprendió que su amigo y colega no le estaba hablando en broma. Con seriedad, le dijo:

- ¿En qué consiste ese plan?

-Se trata de un plan muy complejo, que se reúne y se articula con varias operaciones, ideado por el Emperador, y cuya puesta en práctica, hasta la consecución de sus objetivos, se calcula que llevarán unos dos o tres años.

Es un plan muy bien ideado por el propio Napoleón Bonaparte, y aprobado por el Ministerio de Marina, que consiste en efectuar una progresiva labor de distracción de la Marina Británica, hasta lograr que ésta abandone a sus puertos de la costa británica, y se dirija hacia América.

- ¡No lo puedo creer!

-Es un proceso que requiere pericia y paciencia, hasta engañar completamente a los ingleses. Consta de varias partes, y el punto culminante de esta operación, será hacerles creer al Almirantazgo Británico, que la Marina Francesa va a lanzar una ofensiva masiva en las posesiones británicas del Caribe.

Los ingleses trasladarán su flota hacia las Antillas, cruzando todo el Océano Atlántico, y, cuando lleguen a América, no encontrarán a ni uno solo de nuestros barcos.

No estaremos donde ellos creen, sino aquí, en Europa. Las marinas francesa y española, actuando en conjunto, desatarán entonces esa ofensiva que los ingleses tanto esperan, pero no en las Antillas, sino ante los propios puertos de la costa inglesa, en el Canal de la Mancha.

-Pero la flota inglesa se dará cuenta del engaño, y regresará a Europa, y nos quitarán entonces el control del Canal de la Mancha.

- ¡Qué importa! ¡Tardarán dos o tres semanas en cruzar con todos sus barcos a través de todo el Atlántico, de regreso!

¡A Napoleón solo le basta con controlar tres días consecutivos el Canal de la Mancha para poder pasar todos sus trescientos mil hombres de la Grande Armée a través del Canal, para poder invadir Inglaterra! ¡Solo tres días!

- ¡No te puedo creer!

-Así es.

- ¡Increíble!

-Así es.

- ¿Y cuándo comenzará esa operación?

-La operación ya ha comenzado desde hace tiempo. Por ahora, solo estamos en las primeras fases de este plan estratégico para engañar a los ingleses.

Estamos recolectando información acerca de la flota inglesa, sus ubicaciones, puertos de abastecimiento, etc.

Desde hace unos meses, en esta primera fase de la operación, el Comando Naval está enviando cada vez más fragatas, a recorrer puertos estratégicos del Caribe, y se envía a todos sus capitanes con órdenes secretas, firmadas por el Ministro de Marina.

- ¡No te puedo creer!

-El plan ya está en marcha. Napoleón y el Ministerio de Marina están articulando y poniéndose de acuerdo en algunos detalles, nada más. Pero el plan está ya trazado, y ya se ha puesto en práctica. El plan tardará, al menos, dos o tres años en concretarse, como mucho.

-Esto es muy, pero muy serio…

-Migan…

-Si.

- ¡La invasión a Inglaterra ya ha comenzado!

Migan, confundido y perplejo, miró meditabundo a su alrededor, y luego, sirviendo a ambos una copa más de vino, le dijo al capitán Jean-Paul Moreau:

- ¡Brindemos por la Revolución, y por nuestro amado Emperador!

- ¡Por el Emperador!

Y aprovecharon esa ocasión tan solemne, y poniendo como excusa al Emperador y a los Valores Patrios a cada momento, destaparon otra botella más y siguieron brindando una y otra vez más, hasta quedar absolutamente embriagados, mientras René dormía.

Una vez somnolientos, y con más calma, casi dormidos, el capitán Moreau le dijo a Migan:

-Migan…

- ¿Sí?

- ¿Tú estás de licencia?

-Si.

- ¿Hasta cuándo?

-Me la dieron por tres años, hasta Setiembre de 1804.

-Tú sabes que, actualmente, a raíz de esta operación, están suspendiendo las licencias a todo el mundo.

- ¿Sí?

-Si. A todo el mundo. Nos están lanzando por la borda a todos. El capitán Mirelles, nuestro viejo amigo de la Escuela Naval, cuñado de Pierrot, llegó, tras una misión, a Nantes, hace dos semanas, y se suponía que le correspondían seis meses de licencia.

- ¿Y?

-Se la suspendieron. Ahora está de tercer oficial en el “Dionisios”, navegando hacia Martinica.

-Entonces, todo lo que me estás diciendo, es cierto.

- ¡Claro que lo es! ¡Por quién me tomas!

-Tienes razón.

El capitán Moreau, mareado y agotado, le dijo a Migan:

-Migan…

- ¿Sí?

-Discúlpame, pero todo esto es demasiado para mí. Este buen vino blanco del Languedoc, que no en vano es tu vino preferido, es estupendo, pero creo que Baco me quiere enviar a los brazos de Morfeo.

-Si…si… yo también. No doy más.

-Muy buena la cena, y la conversación. Muchas gracias. Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Y ambos hombres se acostaron a dormir.

A oscuras, y antes de cerrar los ojos, completamente ebrio, Migan pensó:

- ¡La invasión a Inglaterra ha comenzado!

Y luego cerró los ojos, y cayó en un sueño profundo. Como al capitán Moreau, Baco también lo había trasladado a él a los brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente, el capitán Jean-Paul Moreau se despidió efusivamente de Migan y de su esposa, y partió en su diligencia, rumbo a París.

Tras la despedida, a la salida del carruaje en la entrada del pueblo, René le comentó a Migan:

-Es un buen amigo tuyo, el capitán Moreau. ¿Verdad?

-Así es. El mejor.

-Es muy buena persona. Me ha caído muy bien.

Y ambos regresaron a su casa, mientras René no cesaba de pensar:

- ¿No se habrá llevado una mala impresión nuestra el capitán Moreau? ¿No se habrá sentido mal tratado? ¿No se habrá pensado que somos unos pordioseros? ¿Le habrá caído bien la salsa que le puse al pollo que le ofrecí?

Mientras, Migan ignoraba totalmente los remordimientos gratuitos de su querida esposa, y el capitán Moreau jamás los hubiera sospechado nunca, y pasó una excelente velada, y se sintió muy agradecido, y ninguno de los dos jamás llegaron siquiera a sospechar de tales dramas en la esposa de Migan.

En las siguientes semanas, la vida de los Migan transcurrió como les era habitual en su rutina. René seguía manufacturando costuras, y encargándose de los quehaceres del hogar, mientras Migan se aburría, solo, en la taberna, o leía algún libro en su cuarto.

Los Migan estaban totalmente solos en el mundo, y a menudo, aunque trataran de evitar el tema, se ponían a recordar sus tiempos juveniles, y a sus tan recientemente perdidos hijos en la campaña napoleónica de Egipto.

Dentro de poco tiempo, se iban a cumplir cuatro años de la desaparición de sus hijos, y de sus lamentables situaciones.

Al verse en los espejos del salón, tanto Migan como su esposa comprobaban que sus rostros se habían arrugado y envejecido notoriamente en el trascurso de tan poco tiempo. Sus vidas se habían quebrado, casi ya no se hablaban tanto como antes, y la rutina, y la amargura, invadió el antiguamente tan cálido y numeroso hogar.

Un día, para salir de la apatía en la que él veía que estaba sumida su esposa, él le dijo a ella:

-Hoy no almorzaremos.

- ¿Qué?

-Gastaremos ese dinero en algo mejor.

- ¿En algo mejor?

-Si.

- ¿En qué?

-Iremos al Circo.

- ¿Al Circo?

-Si. Te hará bien presenciar una función de circo. Nos hará bien a los dos.

¡Arréglate, pues! ¡Ponte el mejor vestido, que vamos a ir ahora mismo al circo!

- ¿A qué Circo?

-Al circo que vino al pueblo esta mañana. Han puesto las carpas a unas pocas cuadras de aquí, y hay animales exóticos, y malabaristas, y lanzadores de llamas.

- ¿Qué estás diciendo?

-Ven, apróntate, que iremos al Circo.

- ¿De qué circo hablas?

-Del circo que acaba de llegar al pueblo esta mañana. Ven. Iremos y disfrutaremos.

-No ha llegado ningún circo al pueblo esta mañana, ni desde muchos años atrás.

-Si. Te digo que sí. Ven y te mostraré.

- ¡Estás loco! ¡No hay ningún Circo!

- ¿Cómo qué no? ¡Llegó esta mañana! ¡Ven! ¡Ven conmigo!

- ¡No, no! ¡No llegó ningún circo aquí esta mañana!

-Te digo que sí.

-Estás equivocado. No hay ningún circo.

- ¿Qué dices? ¡Ven y te mostraré! ¡Es estupendo! ¡Ven! ¡Apróntate y ven!

-No hay ningún circo aquí. No me hagas salir por una tontería tuya. Estoy muy ocupada.

Migan se quedó pensativo, y luego le dijo:

-Está bien. Si no quieres ir tú, yo, por ti, no me lo voy a perder. ¿De verdad no deseas ir?

-Estoy ocupada. Si no deseas almorzar, es asunto tuyo. Haz como quieras, pero no me digas esos disparates.

-Está bien. Como quieras.

Migan se vistió con su mejor traje, y tomó por la avenida principal del pueblo, hacia la calle donde estaba el Circo.

Caminó ocho cuadras, hasta la Rue Victoria, y luego siguió por ésta, hasta su cruce con la Rue Maginot, donde había una plaza.

Al llegar a la plaza, en el cruce de la Rue Victoria con la Rue Maginot, Migan se quedó boquiabierto, y perplejo, y se dijo:

-Pero… ¿Y el Circo?

Miró con estupor la plaza vacía, apenas frecuentada por unos niños, y a unas aldeanas que sacaban agua de la fuente, en sus cántaros.

Migan se aproximó a uno de los vecinos, y le preguntó:

-Disculpe, vecino. ¿Sabe en qué lugar ha colocado sus carpas el circo?

- ¿El circo?

-Si, el circo.

- ¿Qué circo?

-El Circo que acaba de llegar al pueblo esta mañana.

-No he visto absolutamente nada. No sé de qué circo se trata.

- ¿Está seguro?

-Completamente.

- ¿Y usted?

-No ha llegado ningún circo al pueblo desde hace años, vecino. Usted se equivoca.

- ¡No puede ser! -dijo Migan.

Y Migan vio a la gente sencilla, y a los campesinos haciendo sus labores, en medio de la plaza vacía, y pensó:

- ¡Pero había llegado un Circo esta mañana! ¡Lo juro! ¡No puede ser! ¡Y estaba aquí!

Y volvió a mirar la plaza vacía, y luego se repitió:

- ¡Pero aquí había un circo esta mañana! ¡Algo tiene que haber pasado!

Y volvió sobre sus pasos a su casa, donde René lo estaba esperando con el almuerzo, y, mientras comían, Migan decidió no hablar ni una palabra sobre el asunto.

Lo cierto era que los sinsabores y la amargura de los Migan, eran cada vez mayores, y sus penurias económicas iban en aumento. Pronto, se tendrían que ir a mudar a un hospedaje cercano, a pocas cuadras de allí, porque el alquiler de aquel apartamento les resultaba prohibitivo, y estaban llenos de deudas.

En medio de todos estos percances, y cuando ya estaban por hacer los preparativos para abandonar el apartamento, tintinearon las campanillas de la puerta del apartamento de los Migan.

Era de mañana, y Migan estaba despierto, en el salón, y acudió a abrir la puerta.

Pero cuando la abrió, ya no había nadie. En su lugar, solo había una misiva en el buzón de los correos. Migan la tomó con sus manos.

La misiva tenía el sello lacrado del Ministerio de Marina. Migan comprendió de qué se trataba.

Aquella noche, tras la cena, una vez en su dormitorio, en la cama, Migan le dijo a su esposa, en penumbras, con acento tranquilo:

-No hace falta que empaquemos nuestras cosas, René. No te vas a mudar de aquí.

- ¿Qué dices? No podemos pagar un mes más de alquiler aquí.

-Ahora la situación ha cambiado. Ya no pasaremos más penurias. Dios ha escuchado nuestras plegarias.

- ¿Qué dices?

Migan se volvió hacia ella, y, mirándola a los ojos, le dijo:

-Mi licencia se ha terminado.

- ¿Qué dices?

Migan le enseñó la misiva recibida aquella mañana a su mujer.

-Mi licencia ha caducado esta mañana. Dentro de una semana me haré a la mar. Ya era tiempo. No tendremos que soportar más penurias económicas. Seré capitán de un navío de línea, y, como puedes ver, el sueldo es extraordinario, en comparación con lo que hemos tenido.

- ¡No te puedo creer!

-Aquí esta. La recibí esta mañana, mientras tú estabas de compras. Lo puedes leer tú misma.

René Migan leyó la carta con afán, y luego, doblándola cuidadosamente, lo abrazó, lo besó, y le dijo:

- ¡Te felicito!

-Dios ha oído nuestras plegarias, René.

- ¡Si! ¡Gracias a Dios!

-Ya era hora.

- ¿Y cuándo partirás?

-Tendré que viajar primeramente a Burdeos, para recibir las órdenes, y luego me dirigiré a Brest, donde me esperará el barco, con toda la tripulación, y luego partiré con el primer viento a favor.

- ¡Es grandioso! Deseo acompañarte hasta el último momento.

-No es necesario. El viaje a Brest es muy penoso. Las carreteras están en muy mal estado. No hace falta que vengas. De todos modos, yo estoy y siempre estaré contigo.

-Alexandre: Tú sabes que hemos perdido a nuestros hijos hace muy poco. No quiero que te ocurra nada a ti. Yo sé, estoy totalmente segura, que, si yo estoy en el puerto, cuando tu barco zarpe de Brest, despidiéndote, la Providencia hará que tú regreses aquí, a salvo, después de haber cumplido con tu misión.

¡Lo se! ¡Estoy completamente segura de ello!

-Está bien. Que sea como tú quieras. Zarpando, contigo esperándome en el muelle, desde el puerto, no podré perder jamás. Si este es tu deseo… ¡Que se cumpla!

- ¡Así se hará! ¡Lo se! ¡Lo presiento!

-De acuerdo. Mañana tomaré una diligencia hacia Burdeos. Los estrategas navales de Burdeos me entregarán la misión que debo cumplir, y desde allí me dirigiré a Brest, donde nos encontraremos, antes de zarpar.

- ¡Nuestras plegarias no han sido en vano!

-Nunca lo son.

- ¡Esta es la mejor noticia que me puedes haber dado!

Y se abrazaron, y durmieron los dos juntos, profundamente, hasta el amanecer.

Dos días más tarde, tras una fatigosa jornada en un carruaje que lo trasladó a Burdeos, el capitán Alexandre Migan fue recibido en las oficinas del Almirantazgo Francés, por un conjunto de expertos y estrategas navales de la ciudad.

Tras las presentaciones y reconocimientos protocolares, y sentados en una rueda, junto a grandes capitanes y ministros de la Revolución, uno de ellos pasó a explicarle a Migan en que consistían sus órdenes.

Antes de hacerlo, pasó a detallarle a él un breve panorama de la situación bélica con Inglaterra.

El almirante le expuso a Migan que Napoleón tenía el ambicioso proyecto de lanzar una gigantesca ofensiva naval contra las posesiones inglesas del Caribe y las Antillas, para lo cual era imprescindible hacer un somero y exhaustivo reconocimiento de la zona, y de la forma en que opera la flota británica.

Al oír esto, Migan recordó las palabras de su amigo, el capitán Moreau, y se dio cuenta que todo el asunto encajaba tal y cual como él se lo había dicho.

Sabía perfectamente, de sobras, que las palabras que le dirigía el almirante, no reflejaban la verdadera historia del asunto, y que ese era solo un cuento que se les hacían a los capitanes de la Marina Francesa, para que la invasión a Inglaterra se mantuviera siempre en secreto, en el caso de que él fuera capturado por los británicos.

Migan, conociendo punto por punto las mentiras que le exponían sus colegas, y sabiendo cuál era la verdadera realidad de la cuestión, solo guardó silencio, seriamente, haciéndose el tonto, y como que se creía y comprendía todas las patrañas del almirantazgo.

Finalmente, tras un silencio, el almirante extendió al capitán Alexandre Migan un sobre con un sello lacrado, que contenía todos los detalles de la misión que él debería llevar a cabo.

El almirante le dijo:

-Usted estará a cargo del buque de línea Vranches, como capitán a bordo, y tendrá como cometido una muy importante misión que cumplir.

Nosotros deseamos trasmitirle a usted la extrema importancia de dicha misión, y que ésta es crucial para las finalidades estratégicas de toda la Marina Francesa en su conjunto. Del cumplimiento exitoso de esta misión que le encomendamos, dependerá el destino de la Revolución Francesa, y es totalmente vital para toda nuestra Armada.

Es por eso que le encomendamos a usted toda precaución posible para este caso, y le recordamos que esta misión, nunca deberá caer en manos del enemigo. Si los ingleses tuvieran conocimiento de este documento que a usted le entregamos hoy, expondrá a toda la Armada de Francia, y a los designios del Emperador, a un total fracaso.

Le adelantaré que alguna de las órdenes que le son asignadas, le podrían parecer a usted increíblemente absurdas o extravagantes, y muy difíciles de cumplir, y podría crearle problemas en su tripulación. Una vez que lo lea comprenderá.

Es por ello que usted debe poner todo su celo y su empeño en que esta misión, por nosotros encomendada hoy, no vaya a caer jamás en poder del enemigo.

Migan tomó el sobre con su mano, lo ladeó, y se lo introdujo en su uniforme naval.

Luego, seriamente, les dijo:

-Entiendo perfectamente, y cumpliré adecuadamente mi misión, desde este mismo momento. ¡Por Francia!

- ¡Por el Emperador! - gritaron todos.

Luego, Migan abandonó la oficina de los estrategas navales del Comando de Burdeos.

Unos días después llegó a Brest, donde lo estaba esperando el Vranches, un navío de línea de setenta y cuatro cañones, en los preparativos para zarpar, y su esposa René lo estaba esperando en un hotel de la misma ciudad, un día antes de la partida.