Labruna. El personaje - Diego Borinsky - E-Book

Labruna. El personaje E-Book

Diego Borinsky

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Beschreibung

Adoraba las carreras de caballos. Detestaba el cigarrillo y el alcohol. Los dulces eran su perdición. Odiaba los aviones. Le encantaba jugar a las cartas y a los dados con sus jugadores. Apostaba hasta por los números de patente de los autos que se cruzaban en la ruta. Su lista de cábalas era interminable. Sentía a los futbolistas como hijos. Enfrentaba a los periodistas, con los que discutía a los gritos por los pasillos, pero no era rencoroso y terminaba aflojando. Entraba a la Bombonera tapándose la nariz y se aguantaba lo que viniera. Se desvivía por la familia: tuvo una compañera de fierro como Anita y un hijo, Daniel, que pintaba para crack y que se le fue muy pronto. En la última estación de esta trilogía, nos detenemos en el aspecto humano de Angelito, en la persona que se escondía detrás de esa máscara de gruñón que asustaba a primera vista. También intentamos desentrañar su método. Periodistas, exjugadores, familiares y vecinos nos ofrecen decenas de anécdotas. Es imposible no esbozar una sonrisa al leerlas. Por último, no puede faltar una teoría muy particular que lo enlaza al entrenador más ganador en la historia de River.

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Seitenzahl: 377

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Labruna

El Personaje

Diego Borinsky

Labruna

El Personaje

Fuente inagotable de anécdotas,

perfil de un ejemplar único

Borinsky, Diego

Labruna : el personaje / Diego Borinsky. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-556-870-3

1. Biografías. I. Título.

CDD 920.71

© 2022, Diego Borinsky

© 2022, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-950-556-870-3

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Diseño de tapa e interior: Pablo Alarcón | Cerúleo

Fotos de tapa e interior: Museo River y familia Labruna.

Primera edición en formato digital: mayo de 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

ÍNDICE
Última estación
Agradecimientos
La muerte
Ganador
Los burros
Anita
Padre y compinche
Cábalas
Daniel
Escuela
Táctica y trabajo
La receta
Menotti y Lorenzo
Vicios, fobias, hábitos
Nariz tapada
La persona
Periodismo y periodistas
El ángel guardián de River
Hermano, sobrinos y cuñada
El preferido
Los vecinos
Picante
Nietos
Todo esto que fue Labruna
Reencarnación
Apéndice imágenes

AGRADECIMIENTOS

Como escribí en los dos tomos anteriores de esta trilogía, el primer agradecimiento, y el más importante, es para Omar Labruna, por confiar en mí para escribir la historia de alguien tan querido como su padre.

A Rodrigo Daskal, Patricio Nogueira, Nicolás Mirelman y la gente del Museo River, por ponerme a disposición el material del archivo. También a Yael Rodríguez, Nicolás Loza y Juan Manuel Cuenca Martínez, por sus aportes.

Y a todos los protagonistas (jugadores, entrenadores, dirigentes y afines) que me brindaron su testimonio para esta tercera parte de la biografía: Beto Alonso, Pato Fillol, José Pekerman, Pepe Castro, Antonio Faná, Hugo Santilli, Miguel Ángel Lemme, Emilio Commisso, Leopoldo Luque (q.e.p.d.), Daniel Onega, Carlos Aimar, Adrián Domenech, Carlos Morete, Mostaza Merlo, Mario Killer, Pedro González, Ángel Landucci, Rubén Bruno, Milonguita Heredia, Roberto Saporiti, Daniel Crespo, Jorge Ghiso, Héctor Jairala, Carlos Bulla, Gustavo Coleoni, Aurelio Pascuttini, Carlos Pandolfi, Jorge Fernández, Aldo Poy, Héctor López, Daniel Willington, Oscar Masciotra, Héctor Masciotra, Julio Santella, Miguel Ángel Rodríguez, Juan Carlos Spada, Humberto Maschio, Héctor Bargas, Victorio Ocaño, Andrés Fassi, Chamaco Rodríguez, Juan Carlos Marenda, Luis Galván, Ernesto Camino, Héctor Ártico, Jorge Brandoni, Rubén Galletti, Eduardo Saporiti, Miguel Ángel López, Antonio Coleoni, José Omar Reinaldi, Cesar Laraigneé, Ricardo Troncone, Héctor Baley, Mario Videla, Mario Griguol, Humberto Bravo, José Luis Lodico, Javier Bava, Oscar Ghezzi, Néstor Subiat, Daniel Carnevali, Carlos De La Fuente, Francisco Rivadero, Antonio La Regina, Omar Verzellini, Antonio Fauro, Antonio D’Accorso, Albino Valentini, Alberto Pérez y Osvaldo Riganti.

A los periodistas José Luis Barrio, Beto Etchezuri, Horacio del Prado, Miguel Bertolotto, Ernesto Cherquis Bialo, José Luis Ponsico, Héctor Cardozo, Guillermo Blanco, Juan José Panno, Carlos Ares, Alejandro Apo, Horacio Pagani, Jorge Barraza, Daniel Lagares, Horacio Monzo, Carlos Fechembach, Carlos Ferraro (q.e.p.d.), Juan Fazzini, Alfredo Di Salvo, Ramón Gómez, José María Otero, Nelson Castro y al reportero gráfico Alberto Haliasz, más conocido como Palito.

A la familia y amigos de Angelito: Nora Labruna, Eduardo Labruna, Daniel Labruna, Natalia Labruna, Luca Savio Labruna, Elena Beretta, Roberto Borserini y Eduardo Cachamani.

Un agradecimiento especial a Pancho de Antueno por la sugerencia clave y a Patricio Carballés, por la química instantánea y la confianza. A mi editor, Tomás Razzetto, y a quienes trabajan en Editorial Galerna, por supuesto.

Nos reencontramos en el próximo libro.

LA MUERTE

Primero, los datos fríos.

Ángel Amadeo Labruna murió el lunes 19 de septiembre de 1983 a las 18.15, como consecuencia de un paro cardíaco, una semana antes de cumplir 65 años. Había sido operado de la próstata e iba a recibir el alta ese mismo día. Los restos de Angelito llegaron al estadio Monumental a las 22.15 de ese lunes; el velatorio se realizó en la cancha de básquet durante toda la madrugada y en la mañana siguiente, y el sepelio fue el martes 20 a las 16 en el cementerio de la Chacarita.

En el diario Clarín del martes 20 se puede leer: “La capilla ardiente, instalada en la planta baja del Monumental, iba a estar ubicada en la ex sala de reuniones de la Comisión Directiva del club y actualmente oficina de Relaciones Públicas y de contralor del estadio. En esas mismas instalaciones habían sido velados Antonio Liberti y José Manuel Moreno. Posteriormente, y debido a la considerable cantidad de personas que se acercaron al lugar, se decidió trasladar la capilla a la cancha de básquet del club. Las primeras coronas de flores colocadas en dicho recinto fueron las enviadas por el Club Deportivo Italiano, por el actual directivo Herms y por el Club Atlético Boca Juniors”.

Entre los testimonios recogidos por Clarín, se destacan los de César Luis Menotti, y de los presidentes de la AFA y de Argentinos Juniors, Julio Grondona y Domingo Tessone respectivamente. “Con Ángel se va una parte irremplazable del fútbol argentino —se lamentaba Menotti—. Siempre lo admiré como jugador, y lo respeté como técnico porque vivía para el fútbol. El más claro ejemplo era su familia, estaba tan ligada al fútbol como estaba él. Como técnico fue un adelantado: les dio respaldo a los jugadores y pregonó siempre el fútbol argentino. Tuvo aciertos y errores, fue odiado y respetado al mismo tiempo, pero Ángel respiraba fútbol y muy pocas personas tienen semejante virtud en este medio. Debe ser uno de los días más tristes de nuestro fútbol”.

Continuaba Grondona: “No solo como presidente de la AFA sino como hombre del fútbol siento esta pérdida como propia. Mi amistad con Ángel venía de lejos y diría que se fortaleció cuando él dirigía a Defensores de Belgrano y yo era presidente de Arsenal. Así aprendí a conocerlo y a apreciarlo y digo que su calidad como jugador, técnico y persona era tan grande, que entonces se le podía disculpar su exceso de temperamento. La AFA lo va a homenajear como corresponde, incluso entornando las puertas del edificio”.

Cerraba el titular de Argentinos Juniors, equipo que dirigía en ese momento Labruna: “No es un descubrimiento que Ángel se hacía querer mucho y para confirmar eso hay que fijarse lo que le ocurrió en nuestro club, en tan poco tiempo que estuvo se ganó el aprecio de toda la gente. Es una pérdida irreparable para el fútbol y nosotros lo sentimos como si toda la vida hubiera dirigido a Argentinos”.

Después de los datos y las voces obtenidas en ese momento, nos introducimos en los recuerdos recogidos para este libro de las personas que estuvieron cerca de Angelito en esos días finales para tratar de entender por qué se produjo este desenlace inesperado tras una intervención sin mayores complejidades.

“Fue una operación de próstata —arranca Omar Labruna, dejando en claro el motivo, ya que en muchos medios se informó que la operación había sido de vesícula—. El Viejo no se quería operar, siempre fue cagón en ese aspecto. Una sola vez en su vida se puso un yeso, a los cuarenta y largos, cuando fue a jugar con los veteranos de River a la localidad de 25 de Mayo y se quebró, y puteaba como loco. No se quería operar, pero cuando manejaba tenía que parar en estaciones de servicio para ir al baño y entonces los médicos lo convencieron. La operación salió perfecta, el viernes le habían dado el alta, pero como estaba con la bolsita, mi vieja le dijo: ‘¿Para qué vamos a ir a casa? Quedémonos acá el fin de semana, que nos van a venir a visitar y nos vamos el lunes’. Ese lunes fui a visitarlo un rato a la tarde, las enfermeras pasaron a limpiar la habitación y un coágulo se le fue por una arteria. Por lo que supe después, pasa una vez en un millón. Los electros que le hicieron habían dado bien, estaba por cumplir 65 años, pero tenía un corazón de una persona de 40. Me fui, y cuando llegué a casa me llamaron del sanatorio para avisarme que el Viejo se había descompuesto, pegué la vuelta y al entrar otra vez al sanatorio ya había fallecido. Estaban mi mamá y también el Pato (Fillol), que lo había ido a visitar”.

Ubaldo Matildo Fillol había sido dirigido por Labruna en Racing y en River, y en 1983 pasó a Argentinos por insistencia de Ángel, después de haberse ido de River en malos términos. Llevaba un par de partidos en el Bicho y seguía defendiendo el arco de la Selección: de hecho, el miércoles 7 de septiembre atajó en el Monumental en el 2-2 frente a Ecuador y el miércoles 14 lo hizo en el 0-0 ante Brasil en Río de Janeiro, ambos partidos correspondientes a la Copa América, que en aquel momento no tenía sede fija. El domingo 18 se puso el buzo con el escudo de Argentinos en el 1-1 frente a Estudiantes y el día siguiente fue a visitar a Angelito al sanatorio, ya que no lo había podido hacer antes por el viaje de la selección.

“Yo había ido a jugar a Brasil con la selección —rememora el Pato— y Carlés, un dirigente de Argentinos que viajó con la delegación, me contó que lo habían operado a Angelito. A la vuelta de ese viaje, y después del partido contra Estudiantes, fui a visitarlo. Al llegar al sanatorio me dijeron que fuera por el pasillo, y cuando estaba a diez metros de la habitación empecé a escuchar gritos y la vi salir a Anita llorando con dos médicos que la sostenían. ‘Se murió, se murió’, gritaba Anita, desesperada. La metieron en la habitación de al lado y yo seguí hasta la de Angelito y lo estaban tratando de reanimar, le daban con electroshock en el piso, pegaba unos saltos tremendos, pero no lo pudieron sacar. Me quedé duro, al rato llegó el hermano de Ángel, después Omar, llamamos a Argentinos, también a River y no me acuerdo mucho más porque estaba shockeado”. El Pato conmueve con su relato, y él mismo parece revivir lo que sintió en ese momento y los días posteriores: “Me golpeó tanto lo de Ángel que entré en una especie de pozo depresivo y estuve una semana sin ir al club. Fue tremendo, por eso hay cosas que no me acuerdo bien. Lo que todavía no me perdono es que no llegué a agradecerle a Angelito todo lo que hizo por mí. Ese fue el dolor más grande que me quedó: haberlo perdido sin decirle ‘gracias’ al hombre que fue mi padre futbolístico. No quiero seguir hablando, me hace mal”. Aunque no se lo haya dicho con palabras, el Pato seguramente se lo expresó con gestos en el día a día.

La nota color, entre tanta tristeza, la protagonizó el propio Angelito con sus costumbres. Como no podía estar presente en el partido con Estudiantes, porque aún se encontraba internado, quien se sentó en el banco fue su ayudante y amigo Rodolfo Talamonti. Pero de la charla técnica no se iba a privar.

“Nos dio la charla el sábado en el sanatorio, era en Belgrano R, a una cuadra de la iglesia San Patricio —asegura Adrián Domenech, lateral izquierdo de ese equipo y símbolo del Bicho—. Fuimos con 4 o 5 compañeros. Estaban el Chivo Pavoni, Landucci y algunos muchachos más. En la habitación lo acompañaba Anita y desde la cama, acostado, Ángel nos dio un par de indicaciones. Ángel era terriblemente motivador, y ese sábado no vimos a un tipo agobiado, desahuciado ni mucho menos; estaba sentado en la cama, jovial como era él siempre, nos trasmitía algo así como ‘qué hinchapelotas que no puedo estar con ustedes mañana’. Seguramente se habrá despedido con un ‘a mover la conchita’, como nos decía siempre al terminar sus charlas, no lo recuerdo con precisión, pero seguro que la cerró así. De ahí nos fuimos a concentrar al hotel, ya era la tardecita del sábado. Al día siguiente empatamos con Estudiantes y el lunes se murió. Para mí fue totalmente sorpresivo, porque lo habíamos visto bien, normal, no había signos para sospechar que pudiera ocurrir algo así. Al día siguiente no estaba más, no lo podíamos creer. Te lo cuento, y aunque hayan pasado tantos años, estoy totalmente erizado”.

José Antonio Castro había conocido a Labruna hacía nueve meses, cuando lo visitó en su casa junto al Puma Morete para incorporarse al Bicho. El corto período de convivencia le bastó para tomarle un enorme afecto. “El Viejo no quería operarse de nada. Yo era muy amigo de Roberto Avanzi, el médico de Argentinos, porque habíamos sido compañeros en Vélez durante mucho tiempo. Tenía un tema de próstata y Avanzi me decía: ‘No se quiere operar’. Lo cierto es que ese lunes prendí la tele, puse el noticiero y de golpe anunciaron: ‘Murió don Ángel Labruna’. Metí la cabeza entre las piernas y lloré mucho, no lo podía creer, no sabía qué hacer, a dónde ir, para dónde salir corriendo. Al final agarré el auto, y rumbeé para la clínica, que era cerca de mi casa, en Belgrano R. Y después fui al velatorio en el gimnasio del Monumental y me quedé al lado del cajón. Al día siguiente fue horrible, retornar los entrenamientos sin el Viejo fue espantoso”, se sincera Pepe, que, insistimos, solo había convivido con Labruna nueve meses.

“Yo lo fui a ver a la clínica el mismo lunes, el día que se murió —repasa Antonio Faná, el amigo italiano de Angelito—. Anita me dijo ‘en un rato nos dan el alta’, me fui y quedamos en hablar después. Sé que Ángel se levantó de la cama para higienizarse en el baño y ahí se quedó seco. Para mí fue un error garrafal de los médicos que no le cerraron bien la herida, la sangre se le fue al corazón y se murió. Cuando llegué a mi casa me llamó Alberto Fernández, periodista de Clarín y amigo, y me dijo que había muerto Labruna. Le contesté: ‘Boludo, vine recién de la clínica y le estaban por dar el alta’. Parecía un chiste de mal gusto, pero era la verdad. Fue una operación de próstata, una intervención común, hacía rato le venían diciendo que se tenía que operar, y él no quería. Por algo no quería, Angelito la tenía clara”.

Otro que visitó a Labruna el mismo lunes y reaccionó del mismo modo que Faná al enterarse fue Hugo Santilli, quien tres meses después sería elegido presidente de River. “El día del fallecimiento lo fui a visitar al sanatorio —cuenta Santilli—. Charlamos un rato, hablamos de fútbol, estaba bien Ángel, son esas fatalidades que se producen. Cuando me iba, entraba Omar, el hijo, yo tenía reunión de Comisión Directiva en el club y al llegar me informaron que había muerto Labruna. ‘No digan pelotudeces, vengo de verlo y está fenómeno’, les contesté. Mi última imagen es la de Ángel parado en la habitación, yendo al baño para afeitarse. Una tristeza enorme por ese desenlace, porque ya estaba todo arreglado para que volviera otra vez a River como entrenador cuando ganara las elecciones”.

Se ve que las visitas de ese lunes 19, después del partido del domingo, fueron unas cuantas, que Ángel era un tipo querido, de esos que te llenan el sanatorio de amigos. “Estábamos un grupo con él en la clínica, lo tengo grabado, yo andaba mucho con Checho (Batista), Pasculli y el Negrito Espíndola, y cuando vino el segundo grupo de muchachos nosotros nos fuimos —reconstruye Miguel Lemme, jugador incorporado a Argentinos ese año por pedido de Labruna—. Al salir, me fui a ver a mi vieja a San Martín y al rato me llamó un amigo para avisarme que había muerto Labruna. ‘¿Cómo se va a morir si venimos de ahí?’, contesté. Fue una puñalada al corazón para todos, el grupo lo amaba a Ángel. Lo quería el titular, lo quería el suplente y el tercer suplente, al final hacía jugar a todos y todos estaban contentos. Esa noche el plantel y los dirigentes estuvimos en el velatorio en River. Fue un golpe terrible, un golpe al corazón”. Para el cierre, Lemme nos confirma, con un hecho que lo tuvo como protagonista, la teoría que ya fue postulada y corroborada por los protagonistas en el libro anterior: que el Argentinos campeón local y de América entre 1984 y 1985 fue diseñado por Labruna: “Lo increíble es que todo lo que dijo Ángel se cumplió tal cual: que nos íbamos a salvar del descenso ese año y después saldríamos campeones. Me acuerdo incluso de que, a los pocos meses, cuando fui a firmar un nuevo contrato, estaban los hermanos Tessone, Cacho y Mingo, que manejaban el club. Se rumoreaba que iban a venir Jota Jota López y Commisso. Les pregunté si era cierto. Entonces abrieron un cajón, sacaron un papel y me mostraron una lista. ‘Ángel nos dejó este pedido y vamos a cumplirlo’, me dijeron. Era un viejo sabio ese Labruna”.

Emilio Nicolás Commisso, que había sido llevado de Racing de Córdoba a River por Labruna en 1976, dejaría Núñez a fin de año para mudarse a La Paternal y transformarse en una pieza clave del Argentinos campeón con Saporiti y Yudica. “Fue un dolor muy fuerte en todos los sentidos —se sincera el Nene—; en lo personal, por el respeto y el afecto que sentía por él, y en lo futbolístico también, porque Ángel fue el hombre que me guio con sus consejos en mis momentos importantes. Si bien yo siempre agradezco a otras personas que me formaron en inferiores, como René Gorreta y Semino, en la parte de establecerse y confiar en uno como jugador tuve el lujo y la alegría enorme de contar con Labruna. El impacto por su muerte fue enorme, por ese afecto y respeto que le tenía todo el mundo, además falleció de golpe, sin que nadie lo esperara. Yo estaba jugando en River cuando se murió, y recuerdo la cola larguísima de personas para entrar a la cancha de básquet, donde lo velaron, demostrando que para River era el N° 1, sin dudas”.

José Luis Barrio, periodista a quien citamos en numerosas ocasiones en los tomos anteriores y que a partir de las numerosas entrevistas que le efectuó había forjado una amistad con Ángel que incluía jornadas compartidas en el hipódromo, rebobina la cinta de sus últimos encuentros con Labruna y cree saber cuál fue la causa que determinó el final trágico e impensado. “Ángel había estado con nosotros en el hipódromo no ese fin de semana sino el anterior —recupera Barrio—, y me había comentado que se iba a sacar una boludez que tenía encima, algo que no era nada grave. La operación salió bien, la mala praxis no fue por la cirugía sino por el hecho de que a un hombre grande le dejaran la sangre tanto tiempo estacionada, sin moverlo, sin sacarlo un poco de la cama. Es común que se produzcan coágulos y cuando no se trata de una operación gravísima, te mueven para descartar ese riesgo. Esa fue la mala praxis, según los dos o tres médicos a los que les pregunté después. No llegué a visitarlo en la clínica, se suponía que era una estadía breve y no quería joderlo, tenía pensado verlo cuando volviera a la casa, dando por hecho que la operación era una boludez”. A Barrio le quedó esa espina: “Me enteré de su muerte mirando la televisión y lloré dos horas seguidas. Fue un tipo que me quedó grabado. Hubo varios personajes del fútbol con los que generé un vínculo, pero con Ángel fue algo muy especial. Lo lloré como amigo, como alguien que había ido marcando mi propia carrera profesional. Fue uno de los primeros tipos verdaderamente importantes dentro del mundo del deporte al que sentí que le había llegado al alma, al punto de generarle confianza y mucha libertad para expresarse conmigo en un café”.

Continuando con la línea argumental de Barrio, Antonio La Regina, el exdueño de la Cantina de David, que es médico, aunque ejerció muy poco la profesión, apunta en la misma dirección. “Ángel hizo un trombo, que es un coágulo que se desprende y te tapa la circulación en alguna parte del cuerpo. La operación de próstata generaba trombos, y por otra parte si la persona no se mueve se favorece la formación de estos. Hoy te dan anticoagulante para evitarlos”.

Beto Etchezuri fue el periodista más cercano a Ángel en sus últimos diez años de vida. “Fuimos el sábado a la clínica con el Beto (Alonso), estuvimos toda la mañana charlando; ya había arreglado todo con Hugo (Santilli) para volver al club —asegura Etchezuri—. El Beto le decía: ‘vas a volver a River’, Ángel estaba un fenómeno la última vez que lo vi. Por lo que supe, se levantó ese lunes a afeitarse, se ve que no le habían dado anticoagulante, y el coágulo le llegó al corazón. Todos los lunes, yo iba a comer con el Beto Alonso y con Eve, su mujer. Estábamos cenando y nos enteramos de la muerte de Ángel. Fue tremendo. El Beto tenía que viajar a Rosario porque Vélez jugaba con Newell’s, así que le hablé al Toto Lorenzo, que había ido al velatorio, para que lo dejara quedarse un día más y pudiera ir al entierro, le dije que yo me encargaba. Se lo permitió. Ángel y el Toto se tiraban chicanas, pero el Toto lo respetaba, le tenía cariño”.

Omar Verzellini, quien como gerente de Relaciones Públicas de Talleres convivió con Labruna en su paso por Córdoba, coincide con el diagnóstico del resto: “A Ángel le dolía una uña y ya lo decía, por eso me llamó la atención que quisiera operarse. ¡Qué cagada lo que pasó, lo sentí tanto! Tengo el mejor de los recuerdos de Ángel y también de Ana, gente muy sencilla. Yo tenía a Ángel como una gran figura y cuando fue a Córdoba demostró ser uno más, era muy humilde. El día del velorio el plantel de Talleres fue en su totalidad a despedirlo, estaba en Buenos Aires para jugar un partido y tenía muy fresco el recuerdo. Nadie lo podía creer. Era joven, tenía mucho para dar todavía”.

Antonio D’Accorso conoció a Labruna cuando integraba las inferiores de River y después coincidieron como entrenadores: “Iba a verlo todos los días al sanatorio con un kinesiólogo de apellido Santini. El día anterior lo vimos perfecto. Era miedoso, no se quería operar, para mí fue una muerte que se pudo haber evitado teniendo más cuidado, aunque también soy de los que piensan que todos tenemos marcado un destino”.

Antes de ser el organizador de los campeonatos de verano a partir de la década del 90 con la empresa Torneos y Competencias, Albino Valentini era un centrodelantero de reconocida eficacia en el ascenso, que llegó a ser dirigido por Labruna en Excursionistas. “Yo fui director técnico de la Selección de Primera B en el Mundial de Malasia, salimos campeones en el 83 haciendo dupla técnica con el Chamaco Rodríguez, le ganamos la semifinal a Brasil y la final a Argelia —recuerda Valentini—, y después de ser campeones me llamó Víctor Hugo Morales para hacernos una nota. Me felicitó y unos minutos después me dijo: ‘Me espera Albino un segundo al aire, que hay una noticia de último momento’. Me quedé esperando y ahí anunciaron que había muerto Labruna. ¡Qué tristeza, lo primero que atiné a decir es que había muerto un amigo!”.

José Pekerman se había consolidado en la Primera de Argentinos Juniors durante el primer ciclo de Labruna en La Paternal, en 1971, y era coordinador de inferiores en 1983, en la segunda etapa, y mantenía diálogo cotidiano con Ángel en los entrenamientos. “La muerte fue un impacto, yo estaba con los pibes de Argentinos y se sintió de ese modo. Nadie imaginaba un desenlace así. Fue un golpe durísimo. Era un momento de juntarse mucho, con Talamonti hablé y me puse a disposición”, resume el entrenador tricampeón mundial sub-20 con nuestro representativo.

En Barcelona, el periodista Guillermo Blanco trabajaba como jefe de prensa de Maradona y como redactor en Don Balón, prestigiosa revista española. El título de su necrológica lo recuerda al instante: “Le daban el alta y se fue al cielo”. Destaca que le dedicaron una doble página en la revista. “Fijate vos lo que era Labruna para España y para el mundo del fútbol”, concluye.

Alberto Pérez, secretario de Argentinos en 1983, aporta el recuerdo de un incidente vinculado al velatorio: “A Domingo Tessone le agarró un ataque para que lo velaran en Argentinos. Lo tuve que poner contra la pared y decirle, con la confianza que teníamos: ‘Mingo, vos sos pelotudo, Labruna es River, no tenemos nada que ver en esta’”. Claro, no había chance de que Angelito no fuera velado en otro lugar que no fuera su casa, el Monumental.

“Fui con Aguilar y con Ramiro Castro y me arrojé llorando sobre el féretro —recuerda Osvaldo Riganti, dirigente y delegado de inferiores de River—. Entre tanta bronca y dolor por la muerte, empecé a gritar: ‘Hijos de puta, lo hicieron morir y ahora lo cuidan’, recordando cómo lo había traicionado Aragón Cabrera. Hubo algún cantito contra Aragón en un momento, pero después mucho llanto y congoja. El cortejo hasta Chacarita fue gigante, impactante”.

En el final de este capítulo, hacemos un ‘copy paste’ de la crónica de José Luis Barrio en El Gráfico del 27 de septiembre (la revista cerraba los domingos y salía el lunes a la noche), que pinta el dolor que se adueñó del ambiente futbolero en esos días y describe cómo se vivieron los instantes posteriores a la muerte de Angelito. Y viene muy cargado de sentimiento genuino por la doble condición del autor: ser hincha de River y haber forjado un vínculo de amistad con el protagonista. Es un retrato nacido de las entrañas, escrito con el corazón en la mano (o en el teclado). Y de una calidad literaria notable.

“Fueron estas, sorpresivas y trágicas, las horas quietas del estadio quieto. Herido. Confuso. Al mismo tiempo concurrido y vacío, al mismo tiempo trajinado y solitario. Hueco, lánguido, triste…

Ángel ahí, al cabo de la muerte sin preámbulos ni sufrimientos, al final o al principio de la vida, quién sabe.

Ángel ahí, rodeado por el resumen generoso de todas las multitudes, experto como siempre en convocarlas y mover sus sentimientos hasta el límite del odio y el amor, el golpe y la caricia, el grito frenético, el festejo, la bronca…

Ángel ahí, tercamente inmóvil, debajo del llanto trémulo del Beto Alonso, del silencio de Jota Jota y Mostaza Merlo, de los ojos cansados de Fillol, de la mano paternal y conmovida de don Victorio Spinetto, de la mueca sincera del Toto Lorenzo, del dolor de Loustau y Pipo Rossi, del respeto de todos. No es seguro, Ángel Amadeo Labruna, que usted sepa realmente quién es, que alguna vez lo haya sabido. ¿Y sabe por qué? Porque nunca le dedicó un rato a esa especulación que hubiera sido comprensible. Porque simplemente se ocupó de vivir, como en esos últimos días que se fueron peleando por contratar a Morete o Alonso, organizando el futuro, decidiendo entre River y Argentinos para seguir el camino. Porque cada gol y cada triunfo significaron alicientes, cada derrota y cada error desafíos, etapas, momentos. Apenas eso. Siempre le importó el futuro, por ello la pena de que justo esta vez haya estado dormido en ese inolvidable gimnasio de básquet; justo esta noche del 19 de septiembre, esta mañana y esta tarde del 20, cuando todo el fútbol argentino lo premió con su coincidencia.

No se exagera: todo el fútbol estuvo ahí, caminando medio a la deriva por los pasillos del Monumental, entrando y saliendo, recordando, sonriendo de a ratos con el recuerdo de sus rabietas efímeras, de sus famosas broncas… Tomando café por ansiedad. Descargando anécdotas. Descubriendo a usted en cada charla. El plantel de Argentinos, huérfano. El plantel de Talleres. El plantel de Italiano acompañando el desconsuelo de Omar. Deambrossi, Cocco, Artime, Daniel Onega, Bilardo, Pachamé, Fren, Grondona, Sívori, Gatti, Pinino Más, Noel, Iso, Vairo, Amadeo, Delem, Commisso, Coudannes, Basile, Pacha Yácono, Duchini, Vaghi, Pizzarotti, Valgoni, Dellacha, D’Accorso, Pipo Ferreiro, Saccol, todo el fútbol, todas las épocas…

Y Ángel ahí, extrañamente ahí. Con los ojos cerrados al infortunio de Ana, la mujer nuevamente traicionada por la vida. Y a ese hincha que hizo guardia toda la noche con la bandera apuntando al cielo. Y a esos hombres de su edad que lo vieron jugar, y a esos muchachones que escucharon de él, y a esas mujeres con guardapolvos verdes que trabajan en el club y aprendieron a quererlo. A todos. El profe Fernández, Talamonti, Pedrito González, Tessone, Soria, Dominichi, Cacho Silveira, Laraigneé, Juan Carlos Muñoz… el fútbol.

En esta cancha dirigió su último partido: River 1, Argentinos Juniors 1. Después, la operación, la convalecencia sin sobresaltos, el corazón que explota en mil pedazos en vísperas del regreso a casa, la muerte.

Y Ángel ahí. Ya no tiene el anillo de su hijo Daniel, símbolo de un afecto que lo acompañó hasta el final, como su propio hijo lo va a acompañar ahora. Porque están juntos, mucho más juntos que esos centímetros que separan sus tumbas.

Se fue Labruna, lo siguió un cortejo sincero de amigos, de hinchas, de hombres y mujeres que lo conocieron. ¡Qué lástima!, no pudo verlo. Ojalá pueda saber, quién sabe cómo, que muchos lo querían, que muchos lo admiraban”.

GANADOR

Uno de los principales atributos que destacan quienes fueron dirigidos por Angelito, además de su ojo clínico para elegir, fue su espíritu ganador. No se trata de una característica que se entrene en la semana, que se mida en los GPS que utilizan los profes en la actualidad ni que se mejore con la práctica. Para algunos puede sonar a filosofía barata de mesa de café. Sin embargo, los futbolistas que pasaron por sus manos valoran esa convicción que Angelito seguramente traía de su etapa ultraganadora con los cortos en un club que casi nunca aceptó conformarse con mendigar un puntito, y que él sabía transmitir semana a semana. Es la actitud de creerse superior al rival e ir a forjar el propio destino. Es no apichonarse ante circunstancias adversas. Es evitar que te tiemblen las piernas en territorios hostiles. Es convencer a los jugadores de que todo saldrá bien. De que son mejores que el rival. Es jugar a ganador, apelando a terminología turfística, tan habitual en las expresiones cotidianas de Angelito.

Ser ganador y conseguir transmitirlo a un grupo de futbolistas no se enseña en una escuela de entrenadores ni se aprende con un tutorial de YouTube. Se trae de cuna o se construye con los años. Y debe fluir naturalmente. Cualquier impostación se nota demasiado y tiene fecha de vencimiento.

Vayamos a algunos testimonios.

Daniel Onega (River Plate 1968-70): “Por sobre todas las cosas, Ángel era un ganador. Nunca lo vi triste ni asustado antes de un partido. Frente a cualquier adversario y dirigiendo al equipo que fuera, porque también lo enfrenté como rival, siempre fue un ganador y te hacía sentir a vos un ganador. O sea: vos eras el mejor del mundo. Me tocaron otros entrenadores que pensaban mucho más en los rivales que en el equipo propio, en el jugador que te iba a marcar, antes que en vos mismo, buscaban más las virtudes de los adversarios que las tuyas. Ángel respetaba al rival, pero nunca lo agrandaba, siempre vos eras el mejor. Tuve al Toto Lorenzo en River, y recuerdo que la noche previa al partido con Racing vino a la habitación que compartíamos con Amadeo y Roberto Zywica y nos empezó a hablar de Perfumo, de lo extraordinario que era. ‘Mirá que te va a cagar a patadas’, me decía, y la verdad que eso no está bueno. ‘Mañana le das un baile bárbaro a Perfumo, atácalo por la izquierda, que no tiene zurda’, me recomendaba Ángel, en cambio. Íbamos a la cancha de Boca y no te decía ‘cuidado con la gente’, sino todo lo contrario, te motivaba con ese tema. Jamás en los tres años que lo tuve como entrenador le vi un gesto de temor, nunca salimos pensando en defendernos. Ángel era un sabio, no conocía el miedo, para él no podíamos perder nunca. Le sobraba calle, vestuario y cancha. Con esa estampa de ganador se adueñó del respeto de todos. Un fenómeno. Yo soy un agradecido a este club, a los grandes entrenadores que tuve; Ángel Labruna y Renato Cesarini fueron los mejores de todos”.

Roberto Perfumo (River Plate 1975-78): “Lo mejor de Labruna es que no tenía miedo. A Labruna y a Pizzuti nunca les vi un gesto de temor. Una vez jugábamos contra el PSV, en una gira por Europa. Yo le dije el día anterior: ‘Ángel, mire que tienen a media selección de Holanda, vamos a dormir temprano’. Labruna me escuchó y me contestó: ‘Déjese de joder, Roberto, ¿cuándo estos patas blancas nos enseñaron a jugar al fútbol?’. Otra vuelta teníamos que jugar contra Cruzeiro la final de la Libertadores. Fui a su pieza y estaba leyendo las carreras en el diario Crónica. No sabíamos quién iba jugar de ellos, entonces me fui por las habitaciones del resto de los muchachos a ver si en algún diario estaba el plantel. Volví a los 15 minutos y Ángel estaba dormido, con los anteojos por la mitad de la nariz. El tipo tenía un quilombo bárbaro y dormía lo más pancho. Así era él: siempre optimista, seguro de sí mismo. En su lugar, otros hubieran caminado por las paredes”. (Testimonio brindado por Perfumo en la nota de las 100 preguntas que le hice en El Gráfico, en 2002).

Carlos Daniel Aimar (Rosario Central 1971-72): “Era un tipo con un espíritu muy ganador, enfrentaras al que tuvieras que enfrentar. Era muy optimista, nunca pensaba en no perder sino en ganar, y eso tenía que ver, para mí, con que fue formado en River y durante toda su carrera ganó muchos títulos, entonces tenía esa mentalidad del jugador que había sido. Pero ojo, tampoco era un tipo agrandado por haber ganado tanto, era una persona sencilla”.

Carlos Manuel Morete (River Plate 1970 y 1975; Talleres 1982): “Ángel era un ganador, ¿viste? Vos lo escuchabas hablar y se te inflaba el pecho. La presencia del tipo ya te marcaba algo, para mí tenía un imán. Por ahí hablás con una persona y no te inspira un sorete, y este hombre parecía que te estaba empujando para adelante, te reconfortaba. Tenía eso este hombre”.

José Antonio Castro (Argentinos Juniors 1983): “Apenas me tuvo, el Viejo me dijo: ‘Con que juegue la mitad de lo que jugaba en contra de nosotros, me alcanza’. Con eso ya me daban ganas de salir a la cancha. El Viejo hacía hincapié en que no quería un equipo timorato, un equipo que no fuera protagonista. Del rival casi ni hablaba. Era una avalancha de elogios a sus jugadores, los protegía”.

Reinaldo Carlos Merlo (River 1969-70 y 1975-81): “La presencia de Ángel ya nos agrandaba. Donde iba el equipo, lo nombraban a él y explotaba la cancha. Nosotros bajábamos del micro y lo iban a buscar a Labruna y eso en un club con las exigencias de River nos sacaba presión”.

Mario Estanislao Killer (Rosario Central 1971-72): “Ángel nunca transmitía temor ni preocupación, a diferencia de otros técnicos que he tenido y se notaba que estaban cagados. Ángel era todo lo contrario”.

Pedro Alexis González (River Plate 1975-81 y Talleres 1982): “Sabíamos la mentalidad que tenía. Si ganaba un campeonato, quería otro, y después ganaba ese otro y quería otro más, no se conformaba. Nunca lo vi preocupado a Ángel. Mientras el plantel dormía, él jugaba a las cartas, estaba tranquilo porque sabía que había tres goles de diferencia a nuestro favor”.

Ángel Antonio Landucci (Rosario Central 1971-72 y Argentinos 1983): “Recuerdo de don Ángel que le gustaba reírse con el plantel, era un tipo muy optimista. Y muy ganador, tenía una mentalidad ganadora que le imprimía ánimo a todo el plantel”.

Luis Alberto Francisco Landaburu (River 1975-80): “Siempre me trató como un jugador importante, nunca me hizo sentir el arquero suplente de Fillol. Su pensamiento lo apoyaba con hechos y palabras. Con hechos, porque nunca quiso comprar otro arquero y se opuso firmemente a que me vendieran. Y con las palabras era un fenómeno. Cuando en la segunda final de la Libertadores 76, contra Cruzeiro en el Monumental, me tocó atajar porque el Pato se había lesionado, Ángel dio la charla técnica y habló individualmente con cada uno. A mí ni siquiera me miró, yo no entendía nada. Al final, me agarró del hombro y me dijo: ‘Y a vos, Foca, ¿qué te voy a decir? Si sos un monstruo, el segundo mejor arquero del país’. Salí al campo hecho una fiera y cumplí la mejor actuación de mi vida. Ganamos 2-1 y fuimos al desempate de un tercer partido”. (Testimonio de Landaburu que me dio para una nota sobre Angelito que escribí en la edición especial de El Gráfico “River campeón del siglo”, en 1999).

Carlos Ares (periodista de El Gráfico cercano al plantel de River en los 70): “En el 75 nunca lo vi dudar, siempre mostró fe y convencimiento, a pesar de la historia reciente. Nunca transmitía cagazo, al contrario. Eso era típico de su personalidad, típico de apostador que iba a las carreras. Esas personas nunca piensan que van a perder, apuestan siempre a ganador. Esa característica de la personalidad de Ángel les sirvió a los jugadores de River para quitarles presión”.

Antonio Fauro (empleado administrativo de Talleres 1981-82): “Labruna siempre pensaba que salía campeón en todo, así jugara contra el Milan. Era un tipo de mucha personalidad”.

Rubén Norberto Bruno (River 1975-77): “Ángel era un tipo tranquilo en las situaciones previas a los partidos, muy medido. Era efusivo para festejar después, y tenía esas salidas de ‘otro culito roto’. Recuerdo un partido que le ganamos a Newell’s con gol de Ártico y en el vestuario dijo: ‘¡Vamos carajo, otro culito roto!’ (risas). Era sutilmente gastador. Para mí era un técnico con un ojo sensacional para elegir jugadores, y en lo poco que tuve el gusto de tenerlo me marcó como docente. Un tipo muy sabio, un vivillo alucinante, sabía por dónde podía sacarles ventaja a los rivales. Veía excelentemente bien el fútbol, y era un ganador. Eso ponelo bien grande: el Viejo era un ganador”.

Alejandro Apo (periodista que entrevistó en varias ocasiones a Labruna): “Hubo una que fue mundial, cuando dirigía a Argentinos en el 83 y tenía que enfrentar a Boca en la Bombonera. En la charla previa, en el vestuario, les dio el equipo a los jugadores al revés: arrancó de adelante para atrás. Empezó por Castro, Pasculli y Ereros, los delanteros, y después fue al medio, y por último nombró a los defensores y al arquero. Fue extraordinario, me pareció una idea genial, algo que puede hacer alguien que es mezcla de filósofo y tipo con calle, y eso era Ángel, en definitiva. Fue para sacarles a sus jugadores el temor de la Bombonera, para darles confianza. Me pareció brillante”.

Juan Carlos “Milonguita” Heredia (Rosario Central 1972 y River 1980-81): “Habíamos quedado eliminados en la primera fase de la Libertadores con el Deportivo Cali de Willington Ortiz dos fechas antes de terminar el grupo pero nos faltaba jugar el último partido contra Rosario Central. Si nos ganaban, clasificaban ellos. En esa época solo pasaba uno de los cuatro equipos del grupo y se especulaba si River iba a jugar con titulares o no, si le iba a dar una mano a Central o no, y entonces Ángel nos reunió a los jugadores y nos habló clarito, recuerdo sus textuales palabras: ‘Yo soy un técnico al que le gusta ganar, siempre me gusta ganar, y prefiero que me digan que soy un hijo de puta que le gané a Central y lo dejé afuera a que digan que voy para atrás. A mí no me gusta ir para atrás, nunca lo hice ni lo haré, así que los que estén con problemitas para jugar mañana, me avisan. Quiero en la cancha un equipo que vaya para adelante’. Eso nos dijo. Ganamos 3-2, y se clasificó el Deportivo Cali. ‘Ahora que nos puteen, pero no importa, yo soy un técnico ganador’. ¡Qué personalidad extraordinaria tenía don Ángel!”.

Jorge Barraza (periodista, hincha de Independiente):