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Gloria Laguna, Ingenio castizo, mito literario y lesbianismo chic' es mucho más que una biografía de la condesa de Requena. A propósito de esta figura ya olvidada, su autor, Juan Carlos Usó, se ha internado en el contexto del primer tercio del siglo XX, para ofrecer un retrato de cómo se manifestaba el lesbianismo en una España que aún no había entrado en cauces de represión pero en donde la heteronormatividad sexual quedaba al margen de lo público. La condesa Gloria Laguna fue fiel representante de su clase social. Aristócrata banal y ociosa, tuvo también rasgos que la diferenciaban. Su carácter provocativo y frívolo la llevó a exhibir en público su condición sexual. Fuente de inspiración de escritores y pintores, se convirtió en uno de los iconos más sorprendentes de su época.
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Seitenzahl: 237
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Lesbianismo chic
El caso de Gloria Laguna
Primera edición, septiembre de 2017
Primera reimpresión, diciembre de 2022
Primera edición epub, abril de 2023
El Desvelo Ediciones
Paseo de Canalejas, 13
39004 Santander
CANTABRIA
www.eldesvelo.es
@eldesvelo
© de la obra, Juan Carlos Usó, 2017
© de la imagen de cubierta, la tiple Emérita A. Esparza, F. Alfonso, Madrid.
© de la edición, El Desvelo Ediciones, 2017, 2022, 2023
ISBN: 978-84-946820-6-3
ISBN epub: 978-84-126797-7-9
IBIC: JFSK1, BGF
Deposito Legal: SA 600-2017
Confección epub: Booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
EL CASO DE GLORIA LAGUNA
Juan Carlos Usó
El Desvelo | Altoparlante
A La Pegatina de la cucharita, porque sí
Hubo dos mujeres en la España de principios del siglo XX que por su comportamiento en público y su manera de ser rompieron moldes. Y no sólo causaron conmoción en la sociedad de la época, sino que alcanzaron en vida la categoría de auténtico mito. Nos referimos a la bailarina Carmen Tórtola Valencia y a la condesa de Requena, más conocida como Gloria Laguna. Ambas pertenecieron al círculo de amistades del escritor Antonio de Hoyos y Vinent, con quien compartieron correrías nocturnas por los bajos fondos madrileños, en compañía del dibujante y figurinista Pepe Zamora, el pintor Antonio Juez y otros aristócratas ávidos de encanallarse, seguidos por toda una corte de golfos, chulos, chaperos, buscavidas, sarasas, tríbadas, hetairas, proxenetas, celestinos y torerillos.
Sobre Tórtola Valencia se han organizado exposiciones, se han creado coreografías y se han escrito ríos de tinta. Gracias a un estupendo estudio biográfico, sabemos que fue una mujer inteligente, culta, cultivada, políglota, extravagante, estéticamente provocativa, refinada, esnob, frívola, seductora impenitente, ególatra, libre, independiente, desafiante, inconformista y cosmopolita; que fue una de las mujeres más relevantes de su tiempo; que recorrió los mejores escenarios europeos y cautivó al público hispanoamericano con sus danzas, de las que era coreógrafa, figurinista, escenógrafa e intérprete; que optó por vestirse de artificio, cubriendo por completo su intimidad y su yo más intimo detrás de un espeso velo entretejido a base de mentiras, contradicciones, gestos de femme fatale y una extravagante elegancia sustentada en su impecable formación intelectual y en su nada despreciable inteligencia; que copó las primeras planas de periódicos y revistas como Mundo Gráfico, ABC, Nuevo Mundo y La Esfera; que contribuyó a renovar los parámetros tradicionales de la danza; que se consagró definitivamente en 1913 tras una actuación en el Ateneo de Madrid; que se convirtió en un personaje popular, idolatrada por unos y odiada por otros; que sentía auténtica aversión por el corsé y jamás utilizó esta prenda, a la que llegó a calificar de «cárcel de los encantos femeninos»; que su virtud predilecta era la sinceridad 1; que, de todas las cualidades, las que más estimaba en el hombre eran la energía y el carácter, y el talento en la mujer; que su color preferido era el violeta; que sus libros de cabecera eran El evangelio de Buda y La historia de las razas; que admiraba la música de Chopin; que Pancho Villa era el héroe de la vida real que más le interesaba; que su heroína predilecta era Agustina de Aragón; que el invento científico que más admiraba era el «injerto Voronov» 2 y el invento industrial que más detestaba el Ford T 3; que su lema favorito era luchar y vencer; que jamás puso nombre y apellidos a sus amores de no ser para fabular con ellos; que prestó su imagen para la promoción de la línea de perfumería y cosmética Maja, de la firma Myrurgia; que conoció el mundo intelectual, social y aristocrático madrileño, pero también los bajos fondos y la noche canalla de Madrid; que degustó los placeres y sufrió el infierno de la morfina; que fue loada por laureados poetas y escritores (Rubén Darío, Pío Baroja, Francisco Villaespesa, Ramón del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, etcétera) y retratada por reconocidos pintores (Ignacio Zuloaga, Hermenegildo Anglada Camarasa, Ramón de Zubiaurre, Anselmo Miguel Nieto); que supo retirarse a tiempo y pasó los últimos veinticinco años de su vida refugiada en su casa-torre de Sarrià (Barcelona), dedicada a la pintura y al coleccionismo, entre antigüedades, cuadros, álbumes de sellos, vitolas de puro, y el recuerdo omnipresente de su triunfo escénico 4.
Consultando las hemerotecas, nos hemos enterado de más cosas. Por ejemplo, que también fue una mujer de armas tomar, y no sólo en sentido figurado, sino literal, pues durante uno de sus desplazamientos a Zaragoza, al verse acometida por un galanteador, que no se conformó con piropearla de lo lindo, sino que intentó besarla, Tórtola Valencia lo disuadió de su propósito desenfundando un revólver que llevaba consigo 5. También hemos averiguado que consideraba a la actriz María Guerrero como «la mejor del mundo»; que no le interesaban los toros; que sus escritores preferidos eran Valle-Inclán, Benavente y Antonio de Hoyos y Vinent, aparte de Shakespeare y Dante; que sus pintores predilectos eran Zuloaga, Anselmo Miguel Nieto, Mengs y la escuela flamenca, además de Goya; que el sitio que más le gustaba de Madrid era La Bombilla, y de Sevilla el barrio de Triana; que leía el diario La Tribuna y la revista ilustrada Nuevo Mundo; que el Teatro Apolo de Madrid le parecía el más bonito; que era «muy dominante y muy impulsiva»; y que su público favorito era «el alemán y el austríaco» 6.
En cambio, la figura de Gloria Laguna, sobre compartir bastantes rasgos comunes con Tórtola Valencia, con el paso de los años fue quedando sepultada bajo el polvo del olvido. Que sepamos nadie se ha preocupado de reconstruir su perfil biográfico, clave para entender la evolución de la sociedad española de principios del siglo XX en general y la visibilización del lesbianismo en particular. Por eso creemos que, a pesar de no alcanzar la proyección internacional que alcanzó la figura paralela de la danzarina, merece la pena que su estampa sea rescatada de esa injusta postergación.
Tórtola Valencia.
María de la Gloria Collado del Alcázar, más conocida como Gloria Laguna, nació en Madrid el 29 de septiembre de 1878, en el seno de una familia de la alta aristocracia, poseedora de «una gran fortuna» 7. Fue la tercera hija del matrimonio compuesto por el Grande de España don Fermín María Restituto Collado y Echagüe, segundo marqués de la Laguna, vizconde de Jarafe y senador por derecho propio, y la también Grande de España doña María de la Concepción Ana Higinia del Alcázar y del Nero, novena marquesa de Tenorio y condesa de Montalvo. Antes que ella sus padres habían engendrado a Berenguela, nacida en 1972, y a Mencía María de la Visitación, nacida tres años más tarde. Después de Gloria, que heredaría el título de condesa de Requena, en 1883, todavía nacería una cuarta hermana, a la que bautizarían con el nombre de María de la Concepción Blanca. Así pues, cuando vino al mundo, su padre tenía 34 años y su madre uno más; su hermana mayor la aventajaba en seis años y la segunda en tres años.
Su alumbramiento tuvo lugar en el caserón familiar, ubicado en la calle de Alcalá, en el tramo entre Cibeles y la Puerta de Alcalá, en la acera de los impares. Según José del Corral, «su lujo interno no se asomaba al exterior, sencillo y grandote, de fachada corrida entre medianerías, sin que asomaran a la calle verjas ni jardines» 8. Gracias a la revista Blanco y Negro podemos hacernos una buena idea de ese interior lujoso:
La madre y el padre de Gloria Laguna.
El palacio que en la calle de Alcalá, frente al de su hermana, la duquesa viuda de Bailén, poseen los marqueses de la Laguna es uno de los más bellos y menos conocidos del Madrid moderno. La escalera, de proporciones majestuosas, es de mármol blanco y se divide en dos ramales, que vuelven a unirse en uno al llegar al piso principal de la casa; el decorado, hecho por Contreras, es del más puro estilo pompeyano; grandes candelabros de bronce, que sostienen luces eléctricas, sirven para iluminarla de noche, recibiendo de día la luz cenital a través de los esmerilados cristales del techo. La alfombra, de terciopelo carmesí, se destaca sobre el mármol blanco; y en el primer descansillo una antigua y artística litera con diadema ducal parece aguardar a la dueña de aquella morada para trasladarla, como hicieran sus bisabuelas, a alguna fiesta palatina.
En los salones, decorados con gran lujo, abundan los retratos antiguos de damas de empolvada peluca; toda una colección de marquesas de Sofraga, de Tenorio, de condesas de Requena, presididas por una de las obras más notables de Federico de Madrazo: el retrato de la bella marquesa de la Laguna, que el público admiró en la última Exposición de Bellas Artes, y que la representa en todo el esplendor de su juventud y de su hermosura.
Entre los tapices antiguos que heredó de su madre, la duquesa de la Roca, y entre las obras de arte retrospectivo que allí se admiran, figuran cuadros notables de Lucas, de Luis Álvarez y de otros autores antiguos y modernos 9.
La descripción del palacio realizada por el escritor, periodista, historiador y diplomático Melchor Almagro San Martín, tampoco tiene desperdicio, y puede contribuir a que nos hagamos una mejor idea de la residencia que habitaba Gloria Laguna:
La Laguna vive en un enorme edificio fronterizo al palacete de su cuñada, la duquesa de Bailén.
Ambas residencias fueron construidas y amuebladas lujosamente a mediados del siglo XIX, con el mal gusto característico de la época: peluches, sillas doradas, muñequería de biscuit y pesados cortinones. Una gran escalera de dos brazos en mármol sobre cuyo primer rellano luce una bella litera del siglo XVIII, conduce, en el palacio de los Laguna, al piso entresuelo, donde habita el marqués, que, por desgracia, está ciego completamente, y al principal, donde ella tiene su alcoba, y se abre larga ringlera de salones isabelinos, entre los cuales se incluye el comedor, decorado con Gobelinos y mucha plata repujada.
Es poco bonito, pero natural y corriente.
[…]
No hay muchas obras de arte en esta residencia, fuera de unos medianos cuadros modernos de Palmaroli y Luis Álvarez; de varios retratos antiguos que reproducen la efigie de algunos duques de la Roca y Sotomayor, así como de ciertos marqueses de Torrehermosa, pertenecientes todos al linaje de la marquesa, pues es sabido que el título de Laguna no puede reclamarse de rancia estirpe, toda vez que fue concedido a Collado por la Reina Isabel II, en el año 1864, y que la grandeza fue merced otorgada al actual marqués por don Práxedes Mateo Sagasta.
La familia de los marqueses de Laguna en el Gran Salón Amarillo de su casa-palacio de la calle de Alcalá. Blanco y Negro (7 de marzo de 1896).
El mejor cuadro que figura en este palacio es, sin duda, un retrato de Concha, recién casada y en todo el esplendor de su hermosura rubia, pintado por Federico de Madrazo. Aparece la marquesa sonriente, vestida de blanco y con lacitos celestes, que realzan su belleza blonda, muy isabelina 10.
No sabemos nada acerca de los lazos afectivos que unían a Gloria con sus progenitores y con sus hermanas, ni de sus afinidades, ni complicidades familiares, aunque todo parece indicar que heredó el talento y el fino y vivaz ingenio de su madre, que la caracterizaría desde su más temprana edad 11. Tampoco sabemos si estudió en algún colegio privado —obviamente católico— o si tomó formación en casa a cargo profesores e institutrices de pago. De lo que estamos seguros es que recibió una afinada y esmerada educación en su condición de mujer, conforme a su privilegiada posición social, para brillar en la vida dentro del entorno que le aguardaba.
En efecto, a finales del siglo XIX, fruto del ascenso de la burguesía y de la democratización de la sociedad, la aristocracia de los títulos se fundía y confundía ya con la del dinero, la de la política, la de la banca, la del saber, la del arte, en lo que Ana María Freire López ha llamado acertadamente vida de salón. Según la citada catedrática de Literatura Española, esta dinámica social estaba perfectamente consolidada, hasta el extremo de que tenía su propio calendario:
Gloria Laguna. Caras y Caretas (10 de agosto de 1907).
Las reuniones de sociedad en Madrid se daban por comenzadas el 4 de noviembre, día de San Carlos, con la celebración que daban en su hotel los barones del Castillo del Chirel. A partir de esas fechas se iniciaban las reuniones semanales en distintos domicilios, que ya no son únicamente palacios de la nobleza: los lunes recibían los señores de Bauer en su palacio de la calle de San Bernardo […]; también los lunes, pero por la noche, había velada en casa de los Esteban Collantes; los viernes por la tarde, en casa de la marquesa de Bolaños. La marquesa de Esquilache recibía miércoles y viernes: a sus reuniones asistían políticos como Eduardo Dato, y escritores como Emilia Pardo Bazán.
Muchos de estos salones no eran ámbito para el intercambio literario, sino para jugar al bridge o para recepciones de otra índole, como las que ofrecía la duquesa viuda de Nájera los cuatro domingos de Cuaresma. Solían celebrarse bailes en el palacio de Liria, de los duques de Alba; en el de los duques de Fernán Núñez; en el de la duquesa de Medinaceli; en el palacio de Monistrol, del conde de Sástago; en el del marqués de Cerralbo […]; o en Parque Florido, que era la residencia de Lázaro Galdiano […] y en muchos otros que sería largo de enumerar. Entre los papeles que se salvaron del espectacular incendio que destruyó el palacio de Liria, dejando sólo en pie la fachada —lo que hoy podemos ver es una reconstrucción— se hallan dos invitaciones originales. Una de ellas, de marzo de 1882, a la representación de Julie, un drama en tres actos de Octavio Feuillet, a beneficio del Hospital de San Luis de los Franceses. La invitación está en francés, así como el reparto, y, en consecuencia, en esta lengua sería la representación. La otra esquela la enviaron los duques de Fernán Núñez a los duques de Alba e hijos, invitándoles al baile de disfraces que tendría lugar en su casa el 25 de febrero de 1884, y al que los asistentes que se propusieran bailar deberían ir ataviados con traje de época correspondiente a finales del siglo XVIII. En el hotel que tenían en la Castellana los condes de Casa Valencia se daban funciones teatrales, a las que asistía la reina María Cristina, madre de Alfonso XIII, y personalidades de la corte y de la política, y también hay noticias de funciones en casa de los marqueses de Urquijo. A finales del XIX, en la tertulia de la marquesa de Esquilache se hacía política, se hacían y deshacían, no ya noviazgos, sino gobiernos, y cada contertulio tenía su sillón fijo, que a su muerte ocuparía su hijo: una verdadera institución 12.
A esta relación también podríamos agregar el propio palacio de los marqueses de la Laguna, que todos los años abría sus salones el 8 de diciembre, día de la Purísima Concepción, para festejar la onomástica de la marquesa 13. Por lo demás, las relaciones de Concha Laguna —como la llamaban las personas más allegadas— no se limitaban «al estrecho círculo de sus aristocráticas amigas», sino que «se complacía en la conversación de los artistas, y de los literatos», y también solía acudir al «Congreso de los Diputados en esas sesiones tempestuosas que preceden a los grandes acontecimientos políticos» 14.
Gloria Laguna asomó en los ecos de sociedad el 27 de diciembre de 1888, cuando contaba 10 años de edad. Ese día El Imparcial daba cuenta de una matinée infantil celebrada en el Teatro Ventura, uno de los muchos anfiteatros particulares que proliferaron durante la época 15, donde tuvo lugar una sesión de prestidigitación a cargo del profesor Sanderson y se proyectó un «diorama maravilloso» titulado Viaje alrededor del mundo, a la que asistió la marquesa de la Laguna con sus cuatro hijas. Las presencia de las dos pequeñas provocó la terneza del diario liberal:
Gloria y Blanca parecían los ángeles que Murillo colocaba entre el nimbo de sus incomparables Concepciones 16.
Dos años más tarde, el diario La Época informaba de su asistencia a otra fiesta infantil con motivo del día de Navidad, en la que se celebró una «exposición de figuras en movimiento en la Linterna mágica» y después «reparto de juguetes arrancados del Árbol de Noel», a la que concurrió la pequeña Gloria, que, según el citado periódico, «lleva su nombre en el rostro» 17.
Ausente por su corta edad de otros eventos, como un baile organizado por los marqueses de Sierra Bullones 18 y recepciones en la embajada de Portugal 19, en el palacio de los marqueses de Linares 20, en el Círculo de la Gran Peña 21 y en el Palacio de Oriente 22, a los que asistieron sus dos hermanas mayores en compañía de su madre, Gloria todavía hubo de conformarse por algún tiempo con actos reservados para la gente menuda. Así, a principios de enero de 1893 el Diario Oficial de Avisos de Madrid se hizo eco de un minué para niños celebrado en casa de la marquesa de Esquilache, al que se sumó la tercera hija de los marqueses de la Laguna 23. Se trataba, en palabras del cronista de El Imparcial, de una reproducción a escala infantil de la «celebre danza del siglo XVIII, para la que eximios artistas escribieron inimitables páginas musicales; el grave y ceremonioso baile en que lucieron sus elegancias los cortesanos de Luis XIV» 24. Según la crónica de sociedad publicada por el diario independiente El Día, Gloria se lució bailando ante una «concurrencia numerosa y selecta de damas hermosas, hombres públicos, literatos, generales, diplomáticos, títulos de Castilla y periodistas» 25. Su pareja de baile en esa ocasión fue el hijo de los señores Llorens y la niña causó sensación, tal y como describía La Correspondencia de España:
Gloria Collado, la hija tercera de los marqueses de la Laguna, lucía un traje amarillo y azul con los bullones de encaje; llevaba una diadema de brillantes que fue de su bisabuela la marquesa de Torre Hermosa, y el peinado a la griega realzaba sus encantos de morena, animados por unos ojos que hablan y revelan el genio de una raza en que las mujeres han brillado siempre por su ingenio 26.
Es la primera descripción que encontramos de la joven Gloria, a la que podríamos sumar la impresión del diario El Imparcial, que afirmaba lo mismo que había declarado el diario La Época tres años antes, que «llevaba su nombre en el rostro» 27.
Apenas unos meses más tarde, con motivo de otro baile infantil celebrado en el hotel de los barones del Castillo de Chirel, el diario La Correspondencia de España decía que la «hermosa» Gloria Laguna descollaba entre «el grupo de las niñas creciditas próximas a salir al mundo» 28. Y una noticia de sociedad aparecida en el diario El Día llamaba la atención sobre sus rasgos físicos y de carácter más destacables:
La belleza y el candor de […] Gloria Collado y Alcázar, a quien pronto veremos en los salones aristocráticos. Posee rica cabellera negra, ojos iguales a azabache y es muy simpática 29.
Como la mayor parte de la high-life madrileña, Gloria y su familia veraneaban en San Sebastián, donde sus padres poseían una «gran casa» que daba a la Avenida de la Libertad y a la calle de Urbieta 30, como segunda residencia. Allí acompañaba a su madre al teatro y disfrutaba de otras ofertas de ocio apropiadas a su edad. Los marqueses de la Laguna solían abandonar Madrid hacia mediados de julio, prolongando la temporada estival hasta el mes de octubre. De la capital donostiarra solían hacer escapadas a otros centros de recreo de la alta sociedad como Zarauz y Biarritz 31.
San Sebastián, Playa Real.
A finales de 1894 la revista La Última Moda anunció la presentación en sociedad de Gloria Laguna con motivo de la boda de su hermana Mencía María de la Visitación, anunciada para el otoño del año siguiente 32. Sin embargo, su madre adelantó su presentación en sociedad con motivo de la Nochevieja, «en uno de los magníficos bailes celebrados en el suntuoso palacio de Portugalete, residencia de la duquesa viuda de Bailén» 33, haciéndola coincidir con la entrada del año nuevo:
Vestida de blanco, con anchas cintas de moirée color rosa, la hermosa niña que da sus primeros pasos en el mundo, estaba bellísima, y todos, al verla, le deseaban dichas y felicidades que no interrumpiesen la senda de flores que comenzó a pisar anoche 34.
Había cumplido 17 años y la prensa se deshizo en elogios para con la debutante. El diario liberal El Imparcial la encontró «encantadora», mientras auguraba que pronto brillaría en los salones aristocráticos 35; el diario La Época dijo de ella que estaba «preciosa» 36 y la revista La Última Moda calificó a la tercera hija de los marqueses de la Laguna de «señorita muy preciosa que hacía su entrada en el gran mundo» 37.
Después de su presentación en sociedad, otro hito vino a jalonar la vida de Gloria Laguna cuando contaba 19 años de edad: la cesión por parte de su madre del título de condesa de Requena 38, cesión que fue ratificada por una resolución del Ministerio de Gracia y Justicia y una real carta 39.
Durante esos años, y a pesar de la depresión colectiva en que se sumó a la sociedad española después del desastre del 98, con la pérdida de las últimas colonias, la vida de salón absorbió gran parte de su tiempo. Su nombre aparecía frecuentemente en la prensa con motivo de bailes, verbenas, fiestas, banquetes, reuniones y tertulias aristocráticas celebradas en casas, hoteles y palacios de la alta sociedad: marquesa de Esquilache, condes de Pinohermoso, marqueses de Linares, condesa de Pardo Bazán, marquesa de Aguiar, barones del Castillo de Chirel, señora de Le Motheux, duquesa viuda de Bailén, condes de Munter, condes de Vilana, marqueses de Argüelles, príncipes de Wrede, señores de Lázaro Galdeano, marqueses de Monteagudo, marqueses de Ivanrey, señores Bermúdez de Castro, marqueses de Cerralbo, señores Motta da Silva, etcétera 40.
Baile en los salones de la marquesa de Esquilache. Christian Franzen, 1908.
Además, los domingos por la tarde, la joven condesa de Requena solía frecuentar una tertulia íntima en casa de la Marquesa viuda de Benemejís de Sistallo, donde jugaba a tresillo con su madre y otras damas distinguidas de la alta sociedad madrileña 41. La afición de Gloria Laguna por el juego de naipes conocido como tresillo era proverbial, de modo que también jugaba en casa de la marquesa de Esquilache 42, no tardando a pesar de su juventud en granjearse «fama de buena tresillista» 43.
Según se deduce de las noticias publicadas en la prensa, a Gloria Laguna, quien no era dada a brillar precisamente por su discreción, también le encantaba disfrazarse y vestirse de época. En concreto, los saraos en casa de la marquesa de Esquilache, que solían ser muy animados, no solía perdérselos. En febrero de 1900 se celebró un minué al estilo de Versalles en tiempos de Luis XV, al que tampoco faltó la joven condesa de Requena, quien hizo su aparición estelar montada en una litera, que —según el diario ABC— conducían «criados de gran librea de la servidumbre de su tía la duquesa de Bailén» desde su casa 44. Gracias al diario La Época podemos conocer más detalles:
Su traje de época estaba admirablemente copiado de los mejores modelos. La falda de seda rosa se adornaba con ricos encajes antiguos. Llevaba también túnica Pompadour con listas de rosas y lazos Luis XV. Sobre la peluca blanca que cubría la airosa cabeza cimbreábanse tres plumas, blanca, rosa y negra. Completaban el tocado media corona de rosas, un grueso brillante con una onda de las mismas piedras, collar y aderezo antiguo de brillantes, y en las muñecas terciopelos negros con miniaturas antiguas, rodeadas de brillantes también. No hay que decir que del guardajoyas de su madre la marquesa de la Laguna, saldrían las más antiguas alhajas, y de los encajes de sus antepasados, los duques de la Roca, los magníficos con que se adornaba el traje de la condesa de Requena.
Un joven diplomático, D. Manuel Cano Wert, servíala de caballero. El traje de éste se componía de casaca de terciopelo gris perla, chupa de tisú de plata, bordada con perlas, y calzón de raso blanco 45.
El diario El Globo también se hacía eco de que su pareja en aquella ocasión era Manuel Cano Wert 46, quien según impresión de Melchor Almagro San Martín «bebe los vientos por ella» 47. No será el único que la corteje. A decir del citado Almagro San Martín, el conde de Pradere también hará la corte a Gloria Laguna en rivalidad con Ángel Cazal 48. Pero Gloria no está por la labor de corresponder a ninguno de ellos.
Ese mismo año, para Carnaval, la condesa de Requena desfila junto a la condesa de Pardo Bazán, la hija de la marquesa de Selva Alegre, la marquesa de Aguiar, el mencionado Melchor Almagro San Martín y hasta dos docenas de personas más, todas ataviadas «con ágil fantasía», en un carromato que representa «una cacería en la India durante el siglo XVII» 49. Al año siguiente, con motivo del Carnaval, desfiló en otra carroza —que ganó el primer premio—, esta vez de temática regional, ataviada de paisana gallega, en compañía de Emilia Pardo Bazán y otras aristócratas 50. En un baile de Carnaval organizado por los marqueses de Monteagudo en 1904, acudió disfrazada de «Condesa Yolanda en Sire de Berzey» 51 y en otra ocasión se vistió de «gitana salpicada de monedillas de oro y rivalizando en belleza con las hijas de las tribus nómadas» 52.
La concurrencia de Gloria Laguna tampoco pasaba desapercibida a los medios cuando asistía a las recepciones y diversos actos a los que era invitada por el Ayuntamiento de Madrid 53 o distintas embajadas y legaciones extranjeras: Turquía, Argentina, Portugal, Costa Rica, Alemania, Italia, Francia, Austria- Hungría, México, Bélgica, Rusia, etcétera 54.
Las ceremonias nupciales de sus dos hermanas mayores y otros enlaces matrimoniales de la alta sociedad también fueron motivo para que la prensa se ocupara de ella 55. Y por los periódicos sabemos también que a Gloria Laguna le gustaba dejarse ver en plazas de toros 56, hipódromos 57, clubs de tiro de pichón 58 y hasta en canchas de tenis 59. Y, más que dejarse ver, lo que de verdad le entusiasmaba era llamar la atención. A título anecdótico, por Almagro San Martín sabemos que en las postrimerías del siglo XIX hubo discrepancias en torno al comienzo del nuevo siglo, al menos entre la aristocracia: Emilia Pardo Bazán, fundándose en los cálculos del marqués de Zafra, opinaba que empezaba el 1 de enero de 1901, a las doce y un minuto, mientras la marquesa de la Laguna, por el contrario, creía que el siglo XX comenzaba en la madrugada del 31 de diciembre de 1899. El caso es que ese día la marquesa, en compañía de sus hijas asistieron invitadas a un banquete en casa de la duquesa de Cánovas para despedir el año y, en cuanto dieron las doce y la orquesta contratada para la ocasión atacó la Marcha Real, fue la joven condesa de Requena quien decantó la cuestión a favor de su madre:
Gloria, de pie sobre su silla, chilló a voz en grito:
—¡Feliz entrada de año y siglo!
La sala rompió en un aplauso cerrado 60.
La prensa informaba puntualmente de sus estancias en el cortijo de San Isidro, la finca que poseían los marqueses de la Laguna en Aranjuez, calificada por algunos medios de auténtica «granja-modelo» 61 y por otros de «suntuosa posesión» 62, así como de sus vacaciones estivales en San Sebastián, Biarritz y otros destinos 63
