Levantar la mirada - Javier Manso Osuna - E-Book

Levantar la mirada E-Book

Javier Manso Osuna

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Beschreibung

Con la intención de ayudarnos a conocer y comprender mejor su persona y su contexto de vida, el autor nos ofrece una formidable biografía de Carlo Acutis, conocido como el «influencer de Dios» y «el apóstol de los milenials». ¿A qué se debe el gran aprecio que le tiene la gente? ¿Qué aspectos de su persona y de su cotidianeidad son los que atraen y embelesan? ¿Cuáles fueron sus pasiones y metas? ¿Cuáles sus experiencias desde pequeño hasta el momento de su muerte? Apoyado en los testimonios recogidos en internet, en libros y en artículos, el autor describe, con un cierto aire periodístico, la historia de este joven cuya existencia estuvo marcada por la Eucaristía y la caridad, analizando y explicando los acontecimientos, acciones y pensamientos que forman cada hito del camino a la santidad de Carlo Acutis.

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Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ESTA EDICIÓN

El mejor método de acercarse a la figura de Carlo Acutis y profundizar en su legado es la navegación a través de la Red de redes. Internet fue su medio natural, como corresponde a un representante de la juventud de inicios del siglo XXI, el medio donde mejor supo desenvolverse, el terreno abonado que él aprovechó como instrumento principal en sus labores de apostolado. Cuando nació, en el año 1991, ya existían los ordenadores, los módems y las páginas web. Por este motivo es en la Red donde han ido quedando huellas indelebles de su breve, aunque intenso, paso por este mundo. Si alguien pretende convertirse en uno de sus biógrafos, está obligado a investigar estas huellas.

Desde su fallecimiento se han escrito muchos libros sobre su figura, su vida, su obra y su profunda espiritualidad, especialmente en italiano, su idioma natal, aunque también en otras lenguas, entre las que se incluye el castellano. Ahora bien, es en Internet donde podemos encontrar toda una crónica, dispersa y apasionante, de la forma en que este joven ordinario se ha ido poco a poco convirtiendo en una personalidad extraordinaria, en el tránsito vertiginoso que lo ha llevado de ser un milenial más a convertirse primero en un joven muy especial, después en una figura venerable para la Iglesia y, finalmente, en un beato. Un tránsito que lo terminará llevando, en muy breve espacio de tiempo, a ser un santo de la Iglesia.

Esta crónica, un tanto confusa y desordenada, aunque también rica y compleja, ha sido la fuente principal de información que ha servido como inspiración para la creación de esta biografía. El método ha aportado un cierto aire periodístico a la narración, aroma que tiene a la vez algo de buscado y de inevitable. En este sentido se han utilizado noticias publicadas en diferentes medios de comunicación electrónicos, esencialmente cristianos, que nos ofrecen de forma fresca y de primera mano los hechos que han ido acaeciendo a medida que nuestro protagonista progresaba hacia la santidad, especialmente desde el momento en que fallece, a la impensable edad de quince años, y se empiezan a conocer los detalles que convierten una existencia aparentemente corriente en un ejemplo de santidad para los jóvenes de nuestro tiempo.

Tengo que agradecer, por supuesto, el esfuerzo de muchas personas que conocieron a Carlo y que decidieron en su momento fijar por escrito los detalles de lo que fue una vida orientada al cielo desde su más tierna infancia. Cabe destacar entre ellas a Nicola Gori, su primer y principal biógrafo, el más insistente y abnegado postulador para la causa de la beatificación del joven milanés; pero también a su propia madre, Antonia Salzano, quien ha escrito un libro muy reciente[1] y ha concedido numerosas entrevistas sobre la vida y el pensamiento de su hijo. Gracias a estos documentos podemos conocer hoy cómo fue la infancia de este joven beato, los detalles de su personalidad y de su cotidianeidad, hasta el día en que le llegó la muerte. A ambos debo la mayoría de las citas textuales de Carlo Acutis que aparecen en este libro, frases que dejó escritas en su diario y en sus cuadernos de notas o que pronunció en algún momento de su vida, algunas de las cuales se han hecho virales en las principales redes sociales.

Del mismo modo, agradezco los trabajos de otros de sus biógrafos, de los que he tomado prestados algunos datos o ideas interesantes en relación con la figura del joven beato. En especial debo mencionar a Vito Rizzo y el sesgo marcadamente espiritual del que ha impregnado su biografía, o las originales lecturas que Alessandro Deho o Will Conquer han hecho de su figura.

El principal objetivo de esta nueva aportación al conocimiento del flamante beato milanés ha sido acompañar al lector en la búsqueda de un sentido a ese tránsito que explicábamos en las primeras líneas, que llevó, en menos de treinta años, a la conversión de un niño normal y sencillo, nacido en los últimos años del siglo XX, en todo un beato reconocido por la Iglesia y con miles de seguidores en todos los países del mundo cristiano. Con este propósito se hace un análisis, o más bien se explican los acontecimientos, acciones o pensamientos que forman cada hito de ese camino hacia la santidad, hitos de un sorprendente recorrido que ha convertido a un chico ordinario en un ser extraordinario.

EL AMIGO DE JESÚS

Esta es la historia de un niño bueno, que tuvo consigo a Dios en su interior desde que nació. Es también la historia de un adolescente como todos, y a la vez distinto a todos, que se encontró con la muerte a la prematura edad de quince años. Tan bueno había sido durante su corta vida que, pocos años después de su fallecimiento, se convirtió en venerable a los ojos de la Iglesia. Ahora ya es beato. Pronto será un santo. Es la historia de un chaval de nuestros días, un chico como otro cualquiera, no especialmente listo, ni guapo, ni atlético, pero sí un muchacho sin defectos a los ojos de Dios, que desde pequeño decidió hacerse amigo de Jesús. Esa amistad le mostró el camino que para él estaba destinado, el camino hacia la santidad. Nunca, ni en su solo momento de su existencia, se desvió de él.

Para Carlo, Jesús fue siempre una presencia viva que le acompañaba en todo momento, que sentía en su interior de forma constante e intensa. Como se dice en la web oficial de Carlo Acutis, este fue el «rasgo distintivo» de su vida: «Vivir con Jesús, para Jesús, en Jesús». «Sin Él, no puedo hacer nada», dejó escrito en su diario.

En efecto, Cristo estuvo vivo en él desde su nacimiento hasta su muerte; vivo y presente de forma continua, con su divinidad, pero también con su humanidad, dentro del pan eucarístico: la clave fundamental de la existencia del joven Carlo Acutis, quien descubrió desde muy pequeño la gran verdad que se esconde en la Eucaristía, la existencia real de Jesús, de su carne y de su sangre, en las formas consagradas. Adquirió ese conocimiento siendo solo un niño y más tarde nos lo quiso transmitir –pues él creía que se encontraba adormecido en los creyentes– de forma sencilla pero también con toda la fuerza e insistencia de las que fue capaz.

Para Carlo no había términos medios: era todo o nada. Él decidió darlo todo. Por eso, cuando la muerte vino a buscarlo, siendo aún tan joven, lo encontró con una sonrisa en los labios, con la seguridad que le daba no haber gastado ni un solo minuto de su vida en hacer cosas que no le hubieran gustado a Dios. Su «programa de vida», como él decía, era ser de Cristo, siempre y en todo lugar. Y lo cumplió. A pesar de ser un muchacho corriente, «supo transformar lo ordinario en extraordinario» –según palabras del papa Francisco–, pues en su corazón habitaba en todo momento la presencia de Dios.

Cuando todavía no era ni un preadolescente, tenía colgado en su habitación, en un lugar bien visible, un gran retrato de Jesús que le ayudaba a sentirse en todo momento más cerca de Él. Del mismo modo que el chaval levantaba su mirada hacia el retrato y gozaba con su compañía, quería que todo el mundo pudiera sentir ese mismo gozo, por lo que solicitaba a todos los que querían escucharle que le acompañaran a escuchar misa y a estar siempre reconciliados con Dios, que miraran a Dios.

Dejó escrito:

«La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios. La conversión no es otra cosa que desviar la mirada desde abajo hacia lo alto. Basta con levantar la mirada, un simple movimiento de los ojos».

Esta frase, trascendental en el pensamiento y en el modo de entender la vida de Carlo Acutis, fue encontrada por su madre, Antonia Salzano, cuando pudo leer el diario íntimo de su hijo ya fallecido. En estas sencillas palabras se contiene lo esencial de su existencia. Era tan fácil como levantar la mirada y encontrar a Dios cerca, a nuestra mano, esperándonos, y entonces renunciar a la individualidad, ser Él, vivir como Él quiere. «No yo, sino Dios», decía a menudo. Nos sorprende y sobrecoge cómo un niño pudo verlo tan claro, enfocar toda su vida en ese único y esencial objetivo, no desviarse ni un ápice del camino, hasta el día en que la leucemia se lo llevó de este mundo.

Desde la muerte de su hijo, Antonia ha dedicado toda su existencia a ayudar a transmitir el legado de Carlo Acutis. En una entrevista reciente ha dicho al diario Corriere della sera que el chico tuvo desde muy pequeño «una predisposición natural a lo sagrado». Empezó a percibirlo cuando, con solo tres años, le pidió que lo llevara a una iglesia para que pudiera hablar con Jesús. De camino al templo recogía flores para ofrecérselas a la Virgen cuando llegaran. A los siete años pidió recibir su Primera Comunión. En la catequesis, demostró saber más conceptos de la Iglesia que el mismo sacerdote que la impartía. «Yo era una analfabeta de la fe –ha dicho Antonia–, él me salvó».

Para este joven italiano la Eucaristía fue el centro de su vida, su camino, su «autopista hacia el cielo», como él solía decir. No era una «cosa», sino la especial presencia de Jesús entre nosotros, que él vivió siempre como una relación de amistad. Como amigos que eran deseaba encontrarse con Él cada día, y así lo hizo hasta que dejó este mundo. Mientras vivió, tanto Jesús como la Virgen María no eran para él únicamente personajes sagrados, sino personas vivas, cercanas, que lo acompañaban en sus quehaceres diarios. Era consciente de que vivía una existencia cotidiana en nuestro mundo, pero también de que tenía un pie puesto en la eternidad, por lo que desde pequeño se lanzó con entusiasmo hacia ese objetivo. No concebía el camino a la santidad como algo fuera de lo normal, sino como la consecuencia lógica de haber elegido ser amigo de Jesús y vivir según los valores que Él nos enseñó. Así lo explicó el día antes de la ceremonia de su beatificación monseñor Sorrentino, obispo de Asís:

«La forma de llevar el sabor del Evangelio a la vida cotidiana varía de vez en cuando. Pero debe enfatizarse que la santidad no quita nada de lo bueno, bello, justo a nuestra condición terrenal, sino que más bien hay que vivirla plenamente, pero introduciendo los valores evangélicos».

Al reflexionar sobre la biografía de Carlo Acutis, sobre las frases y hechos que nos legó, podemos deducir que no nos transmitió una ascética descarnada, al estilo de los antiguos santos de hace siglos; tampoco destacó por poseer unas virtudes heroicas, impuestas en una lucha personal, sino que hizo lo que hizo por su amor inconmensurable a Jesús, a quien puso desde niño en el centro de su vida. Su ejemplo nos ha demostrado que las personas no se salvan por su lucha diaria, ni por su formación intelectual, sino por el amor, que él concentró en el amor a Jesús en la Eucaristía, en el que puso todas sus fuerzas hasta su último día, todo su corazón y toda su alma. Lo demás, lo hizo Él.

Ser amigo de Jesús, vivir de la mano de Jesús, este es el gran secreto del sendero hacia la santidad que el pequeño Carlo emprendió desde que empezó a dar sus primeros pasos. Nicola Gori, su principal biógrafo y postulador de su causa de beatificación, describió, años después de su muerte, en una entrevista a Vatican News (agencia de noticias de la Santa Sede), la vida de nuestro protagonista como «corta, intensa y siempre llevada de la mano de Cristo». Decía que Carlo fue un ejemplo:

«Un ejemplo de la sencillez del testigo de Cristo. Quería a Cristo, a quien sentía siempre a su lado, como un amigo que siempre lo ayudaba. No se puede comprender a Carlo si no comprendemos que él se sentía amado por Cristo. Este es su secreto y esto le daba fuerza».

Para Carlo, la santidad es hacerle hueco a Cristo en nosotros. La santidad, como él mismo repitió muchas veces, «consiste en levantar la mirada al cielo para mirar a Dios, en lugar de mirarnos a nosotros mismos».

Con su ejemplo, este niño bueno acabó demostrando que se puede ser santo sin tener que hacer cada día cosas extraordinarias; se puede ser santo viviendo correctamente la cotidianeidad, cumpliendo con los compromisos diarios, preocupándose por hacer felices a los que nos rodean, jugando con los amigos o tocando el saxofón. Lo verdaderamente importante para llegar a ser santo es luchar por hacer en cada momento la voluntad de Dios. Así de sencillo, y así de complicado.

UN NIÑO ITALIANO NACIDO EN LONDRES

Antonia y Andrea, los padres de Carlo, formaban un joven matrimonio italiano, de firmes creencias cristianas, aunque no demasiado practicantes, que en la primavera de 1991 se encontraba en Londres por motivos de trabajo. Pertenecían a una familia acomodada de la ciudad de Milán. Su fortuna provenía de su bisabuela materna, que había sido una rica terrateniente, muy reconocida por las numerosas obras de caridad que realizaba de forma continua. Estas circunstancias laborales hicieron que a nuestro protagonista le tocara venir al mundo en la Clínica Portland de la lluviosa Inglaterra, muy lejos del terruño familiar de Milán, el 3 de mayo de 1991.

Para sus padres, Carlo era su primer y único hijo, lo que da idea del entusiasmo con que vivieron su nacimiento. Unos días después, el 18 de mayo, el pequeño fue bautizado, con el nombre de Carlo María Antonio, en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores de Londres. Como padrinos actuaron Luana, su abuela por parte de madre, y Carlo, su abuelo por parte de padre, y en cuyo honor se le puso su nombre de pila. También estuvo presente su querida tía Adriana.

Pocos años después un Carlo ya preadolescente hablaba del sacramento del bautismo, determinante para un creyente cristiano, ya que es el que le da la entrada a la familia de la Iglesia y lo convierte en uno de sus miembros. «El bautizo permite a las almas salvarse gracias a la readmisión de la vida divina», decía, y luego mostraba su preocupación por el vacío de contenido que una vida actual tan enfocada en lo material causaba en este sacramento:

«Las personas no se dan cuenta de qué infinito es este don y, aparte de la fiesta, la comida y el vestido blanco, no se preocupan en lo más mínimo de comprender el sentido de este gran don de Dios para la humanidad».

Unos meses más tarde, el 8 de septiembre de ese mismo año, la familia regresaba contenta a su país de origen. Ya en Milán, con solo cuatro años, Carlo ingresó en el jardín de infantes de la escuela municipal de Parque Pagani. En la guardería, el niño se mostraba tranquilo, feliz de compartir sus cosas con el resto de los pequeños. No reñía, ni se peleaba con los otros, ni siquiera cuando era agredido. Su carácter era de natural pacífico. Cuando le preguntaban por qué no se enfrentaba a los niños que le querían pegar, decía que eso no agradaría al Señor. La gran mayoría de los niños y todos los maestros lo apreciaban. Era adorable, educado y simpático, siempre de buen humor, un querubín de mirada limpia y profunda. Tenía carita de niño bueno, según decían a sus progenitores todos los que lo conocían.

Una de las niñeras que lo cuidó en su casa, cuando su madre no podía, hablaba de él como de un niño «angélico», humilde y generoso, que mostraba una gran fe en Dios y una enorme pureza de espíritu. Era, desde luego, un niño alegre y sociable, pero también sabía estar solo cuando las circunstancias lo requerían, y buscaba incluso su propio espacio cuando necesitaba aislarse de su entorno y comunicarse interiormente con Jesús, a quien el niño consideraba su verdadero amigo desde que empezó a hablar y a caminar. Cuando paseaba con su madre por las calles de Milán se paraba en las puertas de las iglesias y tiraba de su brazo mientras le decía: «Mamá, vamos a entrar a saludar a Jesús y le rezamos una oración». En efecto, el rezo fue para Carlo, desde muy pequeño, uno de sus actos cotidianos, que juzgaba imprescindible en su camino hacia la santidad. «Lo único que tenemos que pedirle a Dios, en oración, es el deseo de ser santos», dejó escrito.

Fue desde su nacimiento un niño obediente, educado y generoso. Era muy raro que sus padres tuvieran que reprenderlo por un mal comportamiento o que hubiera que decirle que dejara de hacer alguna cosa inadecuada. Su madre Antonia, como es lógico, se dio cuenta desde el principio de que era alguien muy especial. Años después de su fallecimiento dijo en una entrevista que nunca se consideró a sí misma tan buena como era su hijo, pero que hizo todo lo posible por criarlo favoreciendo su tendencia a una forma de vida evidentemente cristiana: «Le di la libertad de vivir su fe y algunas buenas reglas morales, pero mi esposo y yo realmente no necesitábamos darle mucho», dejó dicho.

Sus abuelos maternos tenían una magnífica casa en Centola, provincia de Salerno, en lo alto de una colina, desde la que se divisa el cabo de Palinuro. Allí, en la tranquilidad de la Campania, pasó Carlo sus primeros veranos, disfrutando de la naturaleza y del mar, relacionándose de forma abierta y espontánea con otros menores que vivían en aquel lugar todo el año. En algunos de estos veranos de su más tierna infancia, el chaval estuvo frecuentemente acompañado por una estudiante polaca que sus abuelos contrataron para su cuidado. Cuando la muchacha lo vio por primera vez se fijó en su cara, que le recordó a los angelitos que pueblan las pinturas de la Pinacoteca de Brera en Milán. Le sobrecogió la espiritualidad que irradiaba y la luminosidad de su mirada. Ella era una gran creyente, más incluso que los padres del crío, muy devota de su compatriota san Juan Pablo II. Fue una de las personas que, durante sus primeros años de vida, despertó en el niño la fe de forma definitiva. Curiosamente el nombre de la joven era Beata, quizás un augurio de lo que iba a ocurrir poco tiempo después.

Carlo realizaba desde muy pequeño preguntas complicadas a sus padres sobre cuestiones teológicas que a ellos les costaba muchísimo contestar. La firmeza y profundidad de su fe y su devoción dejaban perplejos a sus progenitores, quienes se vieron implicados directamente en ese camino de su hijo hacia la santidad, pero eligieron acompañarle en él desde el primer momento. Antonia se empezó entonces a hacer también muchas preguntas, que no se lograba responder mirando tan solo en su interior, por lo que decidió por aquellos días consultar lo que le estaba ocurriendo a su hijo con el párroco, Aldo Locatelli, quien le confirmó que era normal que el Señor decidiera llamar a sus elegidos desde que eran muy pequeños, con lo que le pidió que se tomara muy en serio la vocación que su hijo estaba experimentando, pues se trataba de un mandato divino.

A la sorprendente edad de cinco años, por ejemplo, el pequeño convenció a su mamá para que hicieran juntos una pequeña peregrinación al santuario de Pompeya y realizar allí una consagración especial a la Virgen del Rosario. Fue en aquel viaje cuando el joven milanés empezó a mostrar una especial devoción por la Virgen, que se inició con aquel rezo del rosario, rezo que completó emocionado frente al milagroso cuadro que la representa. Desde aquel día, el rezo diario del rosario se convirtió en una rutina sin la que no podía vivir, y la devoción a la Virgen, entendida como Madre amorosa a quien dedicar renuncias y continuos sacrificios, pasó a ser una constante hasta el último de sus días. «El rosario es la escalera más corta para subir al cielo –solía repetir a sus amigos cuando les invitaba a rezar a su lado–. Después de la Sagrada Eucaristía, el santo rosario es el arma más poderosa para luchar contra el Diablo», les decía también.

El santo rosario. Esta forma repetitiva y un tanto arcaica de rezo era para el muchacho un alimento diario para su espíritu. Él sabía darle la importancia que posee como oración mariana (dedicada a la Virgen), pero también como oración cristológica, es decir, dedicada a Jesús. En efecto, en el inicio del rezo del rosario se contemplan los misterios de la vida de Jesucristo en cinco etapas, unidas por los misterios gozosos como característica común a todas ellas: el anuncio del arcángel san Gabriel a la Virgen sobre su inmediata maternidad, la alegría de María al ayudar a su prima Isabel, el mismo nacimiento de Jesús, la primera visita a la iglesia para agradecer a Dios el don concedido, y el reencuentro con su hijo adolescente entre los doctores de la Iglesia cuando creía haberlo perdido. Luego aparecen los misterios luminosos, los dolorosos y los gloriosos. En todos ellos se rememoran momentos cruciales de la vida de Jesús. Cuando nuestro joven protagonista rezaba el rosario, meditaba sobre cada uno de esos momentos y pedía al Señor que le ayudara a mantener limpio su corazón, a no caer en las tentaciones, a ayudar en su nombre a todos los que sufren.

El rosario es una oración larga, con una estructura iterativa e insistente que Carlo disfrutaba en cada momento: un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria para cada uno de los misterios, para llegar al último rezo saludando a la Virgen con la Salve y las letanías. De esta forma, él pedía al Padre, pero pedía también a la Madre, para que intercediera ante sus ruegos, como ocurre cada día en todas las familias.

Su devoción mariana estaba sobre todo centrada en las vírgenes de Fátima y de Lourdes, y también en su cercana Virgen de Pompeya. En concreto, el ejemplo de santa Bernadette Soubirous de Lourdes le hizo reflexionar muchas veces sobre la predilección que mostraba Dios por los sencillos y humildes. Pero lo que más le impresionaba eran las apariciones de Fátima, y los mensajes que la Virgen entregó a los tres pastorcillos. Un día, leyendo con sus padres los diarios de sor Lucía, le impactó mucho la pregunta de los niños sobre si irían al cielo. Entonces planteó esta cuestión a sus padres:

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