Lulú - Pablo Martínez - E-Book

Lulú E-Book

Pablo Martinez

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Beschreibung

Pablo Emanuel Martínez nos detalla la vida a través de los ojos de su madre y la cruda realidad de una época funesta y apocalíptica para la nación. Nos mantiene inmóviles, sin poder cerrar el libro, ya que de principio a fin nos entrega una historia tan personal como íntima con el lector, una confesión cara a cara. "El repetitivo proceso acosó a una pequeña que solo podía llorar, imposibilitada de solicitar ayuda en los episodios más violentos cuando él, ebrio de ira, la quemaba apagando los cigarrillos en sus brazos y la golpeaba de la forma más salvaje y brutal. La holladura que se produjo en un periodo tan breve fue suficiente para conducir una vida al padecimiento, porque cuando tanto te quieren muerto, parece ser de muy mala educación discutir...". No fue sencillo para mí detallar ese párrafo, tampoco lo que habría de venir. Fueron sensaciones de impotencia y de rabia las que se gestaron en aquel café del centro, cuando mi madre me contaba los amargos tramos de su biografía. Intentaré narrarles, de modo muy acotado y quizá romantizando, esa fugaz etapa llamada pasado, pues solo así comprenderán lo que sucedió y por qué.

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Seitenzahl: 107

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Producción editorial Tinta Libre Ediciones

Coordinación editorial Gastón Barrionuevo

Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Martínez, Pablo Emanuel

Lulú : las crónicas de mi madre / Pablo Emanuel Martínez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 98 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-698-8

1. Biografías. I. Título. CDD 920

Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2025. Martínez, Pablo Emanuel © 2025. Tinta Libre Ediciones

Trata a un ser humano por lo que es y seguirá siendo lo que es. Trátalo por lo que pueda llegar a ser y se convertirá en lo que esperaba no ser.J. W. Von Goethe

Lulú

Las crónicas de mi madre

Pablo Emanuel Martinez

Introducción

En septiembre de 1996, España amaneció con un infausto encabezado en sus periódicos y aquí, en Argentina, las cadenas de televisión no tardaron en hacernos llegar la noticia.

«Un radiólogo alemán asesinó a sus dos hijos mientras estaban de vacaciones en Sa Coma», decía el conductor. «La niña de ocho años y su hermano de seis fueron encontrados muertos en su habitación por una empleada del hotel donde se alojaban. El radiólogo expresó lo sucedido de una manera muy abierta y natural: “Los niños murieron mientras dormían y sin experimentar sufrimiento alguno”. Añadió que, una vez consumado su propósito, intentó suicidarse y que, finalmente, los mató para ahorrarles el sufrimiento de vivir con su madre, a quien un juez había otorgado la custodia tras el reciente divorcio. Aseguró incluso que ellos estaban de acuerdo con que era la mejor decisión para poner punto final al drama familiar».

Tenía ocho años cuando vi la noticia en la televisión. Recuerdo que, desde ese momento, no pude concentrarme en todo el día; me sentía disperso y con un vacío que no lograba entender. Ese día, me escabullí entre los pedestales serranos que abundaban en mi localidad y, en la soledad del bosque, me comparé con el más pequeño: «También tengo ocho años, podría haber sido yo». Lo pensé mientras trepaba a un árbol, como un pájaro carpintero. Incluso me sentí culpable por no haber hecho nada, por estar durmiendo mientras todo ocurría.

La siguiente historia no tiene que ver con el alemán y tampoco con el macabro y desafortunado final de sus hijos. Pero esa sensación de enorme vacío, esa dispersión, ese peso de responsabilidad, esa culpa insoportable, todo ese conjunto de emociones que me abofeteó a los ocho años, se produjo por segunda y, probablemente, última vez en mi vida, y fue en aquel café del centro, cuando mi madre me contaba los amargos tramos de su biografía.

A continuación, intentaré contarles de manera muy acotada y quizás romantizando ese fugaz periodo llamado pasado; solo así comprenderán lo que sucedió y por qué.

Capítulo I

Somanta

4 de enero de 1972

Madrugada del génesis

Nubes de humo se asentaban sobre las calles del pueblo. La niebla y su característica espesura acariciaban las veredas y se extendían hasta los pórticos, lo que creaba un contexto sarcástico para lo que estaba por ocurrir. Las condiciones estaban perfectamente preparadas para que todo transcurriera de esa forma; el destino estaba dispuesto para brindar su función, con la desidia de siempre y listo para el génesis. La suerte amasaba una seguidilla de cuentos que no se podrían impedir.

Nada parecía ir bien en el parto. Esa noche, estoy seguro, la parca podía olerse putrefacta como de costumbre. En su corazón, una madre pactaba consigo misma como dos jugadores a punto de hacer tablas: ella o su pequeña por nacer. Soportó con una fuerza ciclónica, aunque la decisión ya estaba tomada, guardando la última bocanada de aire para verla nacer y despedirse con el magnífico recuerdo de haber creado vida. Cerró los ojos con la sonrisa más placentera que pudo regalarle a su hija.

El grupo médico intentó estabilizar el ritmo cardíaco hasta que el titileo pasó de intercalado a constante y fue declarada clínicamente muerta. Lulú, María del Carmen Heredia, mi madre, veía la luz sin entender sobre el deceso de la suya. En esta clase de ocasiones es cuando señalan al doctor, enfermero, aprendiz o ayudante, a la persona más simpática, carismática y sensible de la sala para transmitir la noticia a los que esperan caminando de lado a lado.

—Señor Heredia, su esposa —dijo la partera después de haberlo zamarreado para que despertara.

Se levantó precipitadamente y, después de ver su mirada de abatimiento, le suplicó.

—¡Por favor, no, por favor! —Partió en llanto.

—Lo siento mucho. Hicimos cuanto estuvo a nuestro alcance, conocíamos sus antecedentes y, en un proceso tan fuerte, era probable que no resistiera. Aun así, hicimos todo lo posible. Dio la vida por la de su hija, recuérdelo bien —aseguró, mientras apoyaba a la primogénita en sus brazos.

La niña, envuelta en una frazada rosa, se arrulló y durmió en su hombro con suma tranquilidad, ajena a la tormenta emocional que se desataba en él. Porque en su interior había una implosión, un torbellino de pensamientos y emociones difíciles de procesar. Un abogado de larga trayectoria, reconocido por su firmeza y claridad, se encontraba ahora sin respuestas, sin ninguna ley que le devolviese la vida de su esposa. Su mente daba vueltas en círculos, buscando algo, una explicación lógica para un suceso tan trágico e incomprensible. «¿Qué pasó?», repetía una y otra vez, su voz quebrada por la angustia. «Yo confiaba en vos, Jesús… Yo quería volver a casa de a tres». Fue en ese momento de confusión y desesperación que despertó en él un ignoto sentimiento, algo que, hasta ese instante, no había sentido.

No me detendré en los detalles del funeral ni en los días póstumos, no es necesario describir el vacío que dejó la partida de su esposa ni las múltiples ceremonias que rodearon su despedida. Quiero ser conciso, porque lo importante aquí son los hechos que marcan la diferencia en la vida de cualquier ser humano. Quiero centrarme en el proceso de la memoria y la narración, en cómo el tiempo y las entrevistas a aquellos que ayudaron a completar los fragmentos de la historia de mi madre me permitieron dar forma a todo lo que aún faltaba. Esas entrevistas y conversaciones ayudaron a reconstruir los vacíos de Lulú, que tanto le costaron llenar. Fue en esas horas de relatos compartidos que logré armar, con paciencia y determinación, el rompecabezas de su vida.

Lo que realmente importa en la vida de una persona, lo que define la trayectoria de su existencia, no es lo que le pueda suceder. Todos enfrentamos tragedias, pérdidas, desilusiones, pero lo verdaderamente crucial es cómo afrontamos esos momentos. La actitud que tomamos ante lo inevitable es lo que nos define. Podemos estallar y dejar que el dolor nos consuma o podemos resurgir de las cenizas, con una renovada fortaleza.

El prestigioso abogado, quien había sido un pilar de solidez y razonamiento, se vio desmoronado por la pérdida de su esposa. Cayó por el abismo del deterioro mental, el alcoholismo, el menosprecio, la culpa, la depresión y el abandono, con el agravante de una vida por preservar. La pequeña fue abrazada y también torturada, porque por momentos él veía a su esposa viva en ella, quizás en las facciones, en la comisura de sus labios, en la curva de sus ojos, en un pequeño lunar situado en un lugar idéntico, pero en otros momentos solo veía a la culpable de su soledad.

El repetitivo proceso acosó a una pequeñita que solo podía llorar, imposibilitada de solicitar ayuda en los episodios más violentos, cuando él, ebrio de ira, la quemaba apagando los cigarrillos en sus brazos y la golpeaba de la forma más salvaje y brutal que se pueda imaginar. La humillación sufrida en un corto periodo fue suficiente para condenarla a una vida de padecimiento, porque cuando desean tanto tu muerte, parece de mala educación discutir.

Esa tarde de café, mi madre me extendió su brazo aún con las marcas de la bestia, marcas que quizás con algún tratamiento corporal moderno y regenerativo podrían desaparecer, pero las llagas psicológicas que propiciaron aquellas lágrimas jamás podrán olvidarse, sobre todo cuando cada noche cierra los ojos al irse a dormir, hasta la última noche en la que por fin sea libre de todo tormento.

El tiempo que transcurrió entre abrazos y torturas podría haber terminado la mañana en que su padre le abrió la puerta a una mujer de la que pronto se enamoraría.

—Disculpe, señor, ¿me daría un vaso con agua, por favor?, mi hijo y yo tenemos sed —preguntó la desconocida, observando el interior lujoso de la residencia como un niño observa la montaña rusa.

—Sí, por favor, pasen. Tome asiento, señora —dijo, abanicando la mano para invitarlos a entrar.

—Patricia. Patricia Palma, disculpe, pero qué hermosa casa tiene.

Ella traía consigo a un niño de edad similar a la pequeña que habitaba la casa. Le contó sobre la infortunada forma en la que perdió su trabajo y, por consiguiente, el proceso de irse despojando poco a poco de sus bienes hasta terminar viviendo en una obra en construcción abandonada. Él respondió de la forma quizás más humana que pudo encontrar en el fondo de su corrompido ser.

—Pues, puede quedarse aquí si quiere. Parece una buena persona y tenemos espacio más que suficiente ahora. —Hizo una pausa observando la marca pálida que había dejado la sortija en su anular—. Para serle franco —continuó—, enviudé hace muy poco y no me vendría mal algo de compañía. Por favor, no lo interprete erróneamente. Quizás pueda darle trabajo en la casa, cuidar de mi niña, los quehaceres tradicionales de un hogar, a eso me refiero. Además, parece ser una buena madre, a juzgar por su niño. Por cierto, ¿cómo te llamás? —le preguntó al pequeño.

—No es muy comunicativo. Se llama Maximiliano —respondió ella acariciando la mollera del pequeño.

Esto ocurrió en una época en la que confiar en personas desconocidas era moneda corriente y normalmente no traía consecuencias peligrosas, cuando las noticias eran insólitamente positivas y la justicia social poco tenía que decir.

Lo curioso fue que, durante un periodo de tiempo prolongado y constante, parecía haber olvidado el odio irracional que le carcomía los huesos y fue reemplazado por una especie de amor juvenil hacia Patricia. No se casaron porque la señora Palma aún no había realizado el divorcio de su relación anterior hasta ese día, o ningún otro día. Los típicos agasajos y cortejos ataviaron las semanas siguientes al alojamiento, pero pronto, y conforme la rutina enriquecía la depresión de ambos, todo se desvaneció y la devastación comenzó sin pausa ni prisa. Un letrado que, a pesar de haber encontrado cariño nuevamente, jamás se alejó de la bebida y de los malos hábitos que vinieron tras la muerte de su esposa. Era evidente que estaba preso en la falta de olvido y de luto. La demencia y la cordura se hicieron una sola carne, y la razón se diluyó dando paso a la psicosis.

26 de agosto de 1972

Contactos

Uniformados de la policía acudieron al domicilio tras denuncias de vecinos que indicaron haber escuchado, durante todo el día, el llanto de niños dentro de la propiedad. Las acusaciones se intensificaron cuando dejaron de oírlos. Algunos curiosos en la calle provocaron un apelotonamiento. Finalmente, la orden de allanamiento llegó cerca de la hora de la cena.

Existen imágenes difíciles de describir, momentos que sin lugar a duda duelen atrozmente. Créanme, no fue fácil para mí digerirlo y estoy dando el visto bueno a quienes proclaman que la realidad es mucho más perturbadora que la ficción. Me han convencido de ello.

El sentimiento exacto lo atesora celosamente el primero que ingresó a la propiedad aquel día. Día en que las fuerzas policiales tiraron abajo la puerta de ingreso con el típico ariete y, tras buscar por las habitaciones, llegaron al armario donde normalmente las familias guardan objetos de limpieza y demás cachivaches. Allí descubrieron el horror.

En palabras del suboficial mayor a cargo del operativo: «Los niños fueron atados a una silla, aparentemente el más grande logró desatarse y tomó a su hermanastra en brazos. Estaban ahí dormidos, él se despertó al vernos abrir la puerta, estaba encandilado. Pero no lloró, no gritó ni se sorprendió, solo nos hacía seña para que guardáramos silencio porque la bebé dormía. Ella tenía marcas de golpes y contusiones en varios sectores del cuerpo, mientras que el varón presentaba signos de ataduras en el abdomen. En el suelo había una cazuela de comida en mal estado y una mamadera con bebida blanca». Esas lágrimas que, según una de mis entrevistadas, no se esperaban de un hombre de ley capturaron en silencio a los presentes.