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Sacerdote, periodista, formador de periodistas, comprometido en la acción misionera de la Iglesia… La figura de Manuel de Unciti es caleidoscópica, y sigue siendo aún un referente importante del periodismo religioso en la España y la Iglesia del siglo XX. El periodista Juan Cantavella presenta esta biografía, sólidamente documentada y llena de referencias, que permite conocer su vida, su legado y el trascendental momento de la historia de la Iglesia española que le tocó vivir. Incluye pliego de fotos, bibliografía e índice onomástico.
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Seitenzahl: 703
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Una vida para los demás
1. Los primeros pasos en su formación
2. La experiencia inigualable del Seminario de Vitoria
3. Temprana inclinación hacia las misiones
4. Cómo se perdió un gran investigador
5. Trabajo intenso para las misiones
6. Estudios de Periodismo y trabajo como periodista
7. El semanario Mañana
8. Creación y auge de la Residencia Azorín
9. Salida de las OMP y cierre de la Residencia
10. Viajes, libros y artículos en la etapa final
11. Un cura vasco ante el nacionalismo de su tierra
12. Carácter y entrega de este cura
Referencias bibliográficas y hemerográficas
Anexo 1: Homilías
Anexo 2: Memorándum a la Conferencia Episcopal Española: Sobre un proyecto de publicación de un sema
Información promocional
Notas
© SAN PABLO 2019 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Juan Cantavella Blasco 2019
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428561501
Depósito legal: M. 33.204-2019
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
Desde la admiración y el cariño, pero no desde la apología –y menos la hagiografía, aunque tal vez hayamos caído en ella en más de un pasaje–, queremos acercarnos a la personalidad del sacerdote y periodista Manuel de Unciti y Ayerdi para repasar lo que fue su vida y destacar los aspectos más sobresalientes de una existencia fértil y generosa que hemos vivido en su sintonía. Como la de todos, tuvo sus virtudes y sus defectos, pero si algo debemos destacar es su entrega permanente a cuantos le rodeaban y un servicio entusiasta a la Iglesia, sobre todo a través de las misiones y de la actividad periodística. No hablamos de oídas: cuarenta y cinco años de cercanía nos permiten conocer cómo era su vida en el día a día y con qué prodigalidad la gastó hasta la consumación.
No queremos decir con ello que no resultaran discutibles algunas de sus tomas de postura o de las actitudes que adoptó a lo largo de su existencia. Un periodista activo, presente en multitud de publicaciones, está obligado a manifestar sus puntos de vista en todo momento, juicios que en ocasiones se realizan sobre hechos de la más crujiente actualidad. Si la equivocación ronda a cualquier ser humano, mucho más a quienes informan, comentan o enjuician los acontecimientos a medida que se van produciendo. El presente nos toca observarlo a la luz del pasado, pero quienes nos contemplan quisieran que nuestras palabras obedecieran milimétricamente a lo acaecido y que coincidieran incluso con el desarrollo futuro de los acontecimientos, para lo que deberíamos estar provistos de las dotes de la clarividencia. Además, su trabajo se desarrolló en unas décadas de la vida española especialmente empedradas de dificultad: los años finales del franquismo y los que hemos denominado de transición entre la dictadura y la democracia no resultaron fáciles para quienes se involucraron en este proceso y quisieron contribuir al cambio desde la parcela que estaban ocupando.
Añádase a lo anterior toda la conflictividad que supuso esta situación para la Iglesia española. Después de los años de ajustada imbricación entre el régimen franquista y la Iglesia, esta propició que se fueran soltando las amarras, hasta llegar a una especie de desenganche, lo que provocó innumerables tensiones. Es en esa etapa de falta de entendimiento y hasta de confrontaciones severas cuando el padre Unciti se introduce en la vida periodística y más en concreto en el campo de la información religiosa. Las circunstancias en que se trabajaba no se lo pusieron fácil. Un buen número de lectores se sintieron molestos por la dirección que tomaban sus escritos, de la misma manera que no siempre los directores de las publicaciones en las que colaboró aceptaron la línea que seguía, pero el dolor que le producía esta falta de sintonía se veía contrarrestado por el apoyo que recibía de otros sectores. Había una parte considerable de su público que se sentía acompañado por las ideas e interpretaciones que exponía y le animaba a que no dejara de combatir en la línea que se había propuesto. Pero estamos seguros de que no se dejaba llevar ni por unas sugerencias ni por otras, ya que intentaba actuar en todo momento como le dictaba su conciencia.
Por azares de la vida llegó al periodismo y a él dedicó incontables esfuerzos, porque encontró en tal actividad una forma de llevar a cabo su servicio a la Iglesia y a la España de su tiempo. Pero nunca antepuso su condición de periodista a la de sacerdote: esta era su vocación primigenia, su compromiso más decidido, su fidelidad irrenunciable. Quiso serlo a edad temprana, se formó con ilusión durante la juventud y ofreció un testimonio indeleble y apasionado durante toda su vida. No solo se manifestaba así cuando se daba a conocer como tal, sino que infundía a todas sus obras el espíritu que le animaba y del que nunca quiso alejarse. Hasta cuando iba a la compra se presentaba como lo que era y el frutero o el pescadero eran sabedores de tal adscripción, lo que llevaba a que le gastaran bromas o a que le pidieran consejo, pero siempre respetando esa opción de la que él no abdicaba. No es extraño que terminara casando a más de uno de aquellos tenderos.
También fue relevante su trabajo a favor de la evangelización de los pueblos en el seno de las Obras Misionales Pontificias. El entusiasmo que puso en esta tarea no parecía guardar relación con la consideración en que era tenido este apostolado en unos tiempos y otros. Cuando era joven, trabajar en este ámbito podía parecer fruto de una actitud renovadora y audaz, que no casaba demasiado con el pensamiento tradicional, más bien cerrado a lo de siempre, los rezos y las devociones. Décadas después, cuando llegó una época en que todo lo referido a las misiones católicas era mirado como si no se aviniera con las nuevas mentalidades, muchos no se explicaban que un progresista como él anduviera por esos andurriales. Lejos de su pensamiento semejantes disparates. Cuanta más displicencia notaba, más redoblaba sus esfuerzos para convencer a los distantes de lo equivocado de su proceder y para que no cesara la concienciación y la ayuda de los católicos españoles en pro de la extensión de la fe, en países alejados de ella.
De misionero le hemos tildado y no ha sido a humo de pajas. Es verdad que nunca ejerció el ministerio sacerdotal en lejanas tierras, pero pocas personas tuvieron un seguimiento más constante y profundo de esta acción eclesial que, en su caso, se materializó a través de escritos, conferencias y campañas. No se parapetó en el despacho para desempeñar la burocracia de quienes miran desde lejos, sin comprometerse personalmente ni sufrir las consecuencias de una vida sacrificada en ambientes poco propicios. Es verdad que este compromiso no se materializó con un salto a los territorios de misiones, con una entrega personal a la evangelización en lejanos países (India, Japón, como su admirado Francisco Javier). Tenía conciencia de que no debía ser esa su tarea, que las dotes que poseía le encaminaban en una dirección distinta. Era algo que, al reconocerlo, le dolía, pero lo compensaba con la entrega entusiasta a los trabajos que tenía asignados.
Con guasa manifestaba en ciertas ocasiones –con un puntillo de reconocible vergüenza– que era como aquel capitán Araña, «que embarcaba a la gente y se quedaba en España». Así lo sentía y ello le hizo admirar profundamente a quienes lo dejaban todo para consagrarse a convivir con los más alejados y desconocedores de la palabra de Dios. Frente a ello, siempre estuvo dispuesto al acompañamiento y a la animación, actividad para la que nunca salía un «no» de su boca. Allá donde le llamaban, allá acudía, sin medir la distancia ni los esfuerzos que podía suponerle. La palabra (verbal y escrita) era lo que dominaba y con ardor la ponía al servicio de todos los que se la demandaban. Esa disponibilidad suya se vio muy reforzada por el ejemplo inconmensurable de su admirado Ángel Sagarmínaga, cuya entrega entusiasta a las misiones no le dejaba parar ni un instante1.
Mas, para desarrollar tan desbordante actividad, cualquiera habría buscado un refugio doméstico que le permitiera descansar y recargar las pilas. No fue el caso del padre Unciti, más bien al contrario. Él creó y se rodeó de una familia y no precisamente pequeña ni tranquila, sino amplia y alborotadora. Después de haber ensayado la convivencia en un piso de estudiantes, con sus compañeros de carrera, optó por continuar aquella experiencia cuando ya había concluido los estudios y de esa manera fue acogiendo a quienes aceptaron su oferta de acompañarle. El paso de aquel espacio reducido a un chalet confortable y con amplio jardín dio cierto empaque a su proyecto estudiantil de residencia. En aquella primera probatura nunca fue uno más, en todo caso «primus inter pares», pero claro está que al consolidarse el proyecto se convirtió en el líder del grupo, no solo por haberse hecho cargo de esa responsabilidad, sino sobre todo porque realmente ejercía el liderazgo indiscutido, tal vez por «edad, dignidad y gobierno», por decirlo de forma expresiva.
Fueron muchos años los que prolongaron esta acción suya, haciendo frente a las dificultades que se iban presentando, pero sin desmayo ni arrepentimiento. Y motivos tuvo para sentirse decepcionado, incluso hastiado, en algunos momentos. Pero, de la misma manera que los padres no piensan en la inutilidad de su entrega ni querrían dar marcha atrás cuando vienen mal dadas, tampoco Manolo pensó nunca en dar carpetazo a su iniciativa. Y si lo pensó, no lo dijo jamás; lo que nos hace concluir que no se le pasaba por la cabeza, porque pocas cosas se le quedaban dentro sin compartirlas con los compañeros y amigos de la Residencia. En las largas tertulias, sobre todo después de la cena, salían a relucir todos los temas y todas las preocupaciones personales.
Esa idea de que todos los que le rodeaban en la Residencia eran su propia familia nos hace recordar un comentario que le escuchamos en más de una ocasión. Cuando dirigía alguna charla a sus compañeros sacerdotes –intervenciones formales o informales– había una idea que manejaba con frecuencia, porque parecía tenerla muy asumida: «No viváis solos», solía decirles. «Si vivís solos estaréis preocupados por cuestiones anodinas, por vuestras comidas, compromisos o encontronazos. No pararéis de dar vueltas a vuestros problemas, a nimiedades a veces. Rodeaos de gente, porque entonces tendréis contacto con los problemas reales, no estaréis obsesionados por lo que os dicen o por lo que os pasa, sino por ayudar a quien os necesita: las obsesiones personales quedarán anegadas por las tareas que os habéis propuesto realizar». No son palabras textuales, lógicamente, pero creemos haber reflejado con fidelidad un pensamiento que tenía muy asumido. Y no hace falta decir que en su caso lo cumplía al pie de la letra, porque ni vivía solo ni era una familia convencional la que le rodeaba, sino quince estudiantes, más bien guerreros, que le dejaban poco tiempo para ocuparse de sí mismo. Y eso no durante un par de lustros, sino durante casi cuatro décadas, que no es poco. Y si lo dejó no fue por propia voluntad, sino por una serie de circunstancias adversas de las que daremos cuenta en su momento.
Un gran ser humano
Hay muchas cosas que admirar en su trayectoria y entrega, bien lo sabemos quienes hemos convivido con él a lo largo de los años. Como también sabemos de sus defectos. El padre Unciti no fue un niño que dejaba de mamar los viernes de Cuaresma para asociarse a la Pasión de Cristo, ni un cura que se pasaba diez horas diarias en el confesionario. Cada uno tiene sus carismas y los suyos no eran esos. Como nos decía un compañero suyo, «Manolo no era perfecto. Ni enrocado en sí mismo. Su cercanía a las personas le permitía comprenderlas mejor, pero al mismo tiempo lo dejaban al descubierto. Creaba un clima de amistad sin dobleces. Lo vimos sufrir en silencio intemperancias, indignarse con ciertas situaciones sin renunciar a dialogar con quienes las crearon, mantener un seguimiento sufriente de quienes había conocido y caminaban a trancas y barrancas por la vida, y también alegre, sin celotipias, cuando los veía felices. Y si podía ayudar, su generosidad era discreta y sin límites».
«¿Era un tipo sin defectos?», se pregunta Diego Areso: «No, desde luego, tenía sus flaquezas, sus excesos y sus caprichos, y no todos los que pasaron por su casa se adaptaron a su magisterio. Supongo que la imperfección humaniza y acerca» (2014). Para Luis Fermín Moreno (2014: 7), «tenía todos los defectos que hay que tener para ser persona. Él mismo no admitiría otra cosa. Pero si fue, como se ha dicho, un gran sacerdote, un gran enseñante y un gran periodista, se debe a que fue un gran ser humano, que se ganó con creces el apelativo que antaño le dieron a su padre» (Unciti el Bueno). Y el sacerdote guipuzcoano Joaquín Astiz concluye afectuosamente: «Fue un privilegio contar con la amistad de un Manolo leal, buen sacerdote, buen periodista, buen misionero, que, gracias a Dios, no era perfecto».
Claro que no lo era, como no lo somos nadie. Además, fue una persona controvertida en sus escritos y actuaciones. Situarse en medio de la vorágine del franquismo y de la transición política, analizar la marcha de la Iglesia en décadas de tensiones, tomando postura y manifestando sus opiniones con libertad, no es un ejercicio que gustara necesariamente a todos. Los periodistas no pueden meditar durante años la postura que tomarán ante un acontecimiento determinado, sino que deben pronunciarse sobre la marcha. Y eso es lo que hizo a lo largo de buena parte de su vida, con todos los riesgos que ello comporta y con todas las interpretaciones que los lectores (algunos de ellos ya predispuestos hacia una determinada tendencia) efectuaron sobre lo que se les presentó. ¿Qué periodista se halla libre de ser juzgado sobre sus opiniones en torno a realidades coyunturales, lo que constituye su tarea profesional cotidiana?
Si habláramos de entrega y de disponibilidad, de conciencia de su misión y de generosidad absoluta de tiempo y de dinero; si habláramos de consumir la vida al servicio de la Iglesia y de cuantos le rodeaban, entonces tendríamos que concluir que la providencia nos puso al lado de un sacerdote que fue un maestro que se hallaba muy por encima de nosotros y un ejemplo permanente en muchos órdenes de la vida. Por eso su huella es imborrable y por eso quisiéramos transmitir sencillamente lo que fue el transcurrir de su existencia, porque ya solo con el conocimiento de esta podemos ver reflejado su deseo de cumplir la voluntad de Dios para ser testigo de su misericordia, transmisor de su mensaje y colaborador en la transformación del mundo. A juicio de Luis Fermín Moreno, fue «un cura que luchó toda su vida por una Iglesia abierta, dialogante, de las personas pobres y para las personas pobres, esa Iglesia desclericalizada que anuncia el papa Francisco y que Dios, como premio final, le permitió atisbar con esperanza en sus últimos días» (2014: 6).
Su voluntad de entrega y de servicio la plasmó en una inscripción, muy interiorizada por él, que Emilio Zuñeda le ayudó a colocar en la cabecera de su cama: «Iter alteris quod utitur et obliviscitur esse» («Ser para los demás un camino que se usa y se echa en el olvido»).
Cuando falleció el 3 de enero de 2014 todos los periódicos de Madrid y muchos de otras ciudades españolas publicaron despedidas y necrológicas. ¡Qué menos podíamos hacer en ese momento sus amigos, sus compañeros, los hijos (porque fuimos muchos los que le adoptamos como padre)!2. Pero poco a poco se perderá la fama que le acompañó en vida, fruto de la admiración que obtuvo por sus intervenciones en púlpitos y tribunas, por sus escritos en las páginas de innumerables periódicos. Le olvidarán muchos de quienes le conocieron, porque el tiempo es inmisericorde. Será un desconocido para quienes nacieron después, que cada vez serán más. Habrá quienes se alegren de esta desaparición, porque de esa manera no se sentirán molestos ni concernidos por sus palabras y escritos.
A lo largo de esta investigación hemos conocido los testimonios de quienes le conocieron y estimaron y por lo general sus palabras desbordan sentimientos positivos. El también sacerdote y periodista Antonio Pelayo nos decía al término de una larga declaración: «En síntesis puedo afirmar que Unciti fue para mí en muchas cosas un maestro y por ello le estaré siempre muy agradecido. Pero, por encima de todo, agradecí entonces y lo agradezco ahora una vez más su generosa amistad. Fue un sacerdote celoso, pero nada clerical, un fiel servidor de la Iglesia nada servil, independiente y libre en sus opiniones, pero no obstinado ni fanático. Un misionero de la comunicación y un vasco universal». Un retrato generoso que creemos le hace justicia. Como también fueron pródigos sus «hijos» en la alabanza: «Curita de corta estatura y de gigantescos valores», le describe Correal (2014). Y Ontoso recuerda al «añorado Manolo» en «su extraordinaria calidad humana, su enorme sabiduría, su inagotable vitalidad y su insondable generosidad» (2015b).
Para que todo no fueran alabanzas, hubo también quien le dedicó juicios insidiosos. Un comentarista, que no parece mal informado, pero que desbarra un tanto, mezcla elogios con acusaciones. Le tilda de «hombre muy paternal, de pura raza sacerdotal, con un estilo personal y literario muy atractivo». Rebaja su figura al decir que «posiblemente creyó que estaba haciendo un gran bien a la Iglesia, aunque esto no debe hacer obviar los efectos negativos del escándalo operado por él y sus correligionarios». Y todo ello después de haber presentado sus actuaciones como propias de quien se dedicaba a difundir una falsa interpretación del concilio Vaticano II: el padre Unciti «trataba de formar líderes de opinión en los medios para el gran público, y para naturalizar la propaganda de provocadora línea interpretativa eclesial». Con ese fin creó la Residencia Azorín, para «preparar eclesiásticamente a estudiantes de periodismo, para que hicieran comunicación de Iglesia. En efecto, salieron muchos periodistas influyentes de aquella escuela de formación que orientaba tras las lecciones genéricas de la escuela estatal de periodismo»3.
Otro (Francisco José Fernández de la Cigoña) le dedica estas punzantes palabras en un cuaderno de bitácora que habría hecho las delicias de nuestro cura:
Muere el sacerdote y periodista Manuel de Unciti.
Había nacido en San Sebastián en 1931.
Tuvo un nombrecillo en la Iglesia española aunque hoy a muchísimos ya no les suena nada.
En sus últimos tiempos profesó un progresismo bastante desaforado si bien pienso que con escasísimo eco.
Descanse en paz.
Comentarios de este jaez nos hacen pensar en la imposibilidad de agradar a todos, que son muchas las personas que hablan y hablan desde una supina ignorancia o emiten juicios desde su incapacidad de comprender o de estimar el talante de los demás, pero también en que a cualquiera de nosotros nos gustaría que, después de tantos elogios, toda la hiel que destilaran los enemigos y todas las quejas que almacenaran los adversarios se redujeran a estas líneas4. Puede que no se encuentre alejado de la realidad en algunos de sus términos, pero el recuerdo que nos ha dejado y la visión que creemos objetiva sobre su persona y cualidades no tiene nada que ver con ello. Es mucho lo que podemos aprender y admirar de su persona y obra. Es lo que intentamos mostrar en las páginas que siguen.
Nota final
Agradezco vivamente la colaboración recibida por parte de amigos y familiares del padre Manuel de Unciti, que se han prestado a un pesado interrogatorio para aportar conocimientos, recuerdos y reflexiones con destino a la reconstrucción de su vida que hemos pretendido en este texto. Así tuvimos la oportunidad de hablar con su hermana Asun; con compañeros del seminario, los sacerdotes Juan Azpitarte, José Mari Garmendia (quien nos obsequió con varios folios que sintetizaban sus recuerdos) y Joaquín Astiz (que nos asesoró pacientemente en nuestras repetidas consultas); el sacerdote y periodista Antonio Pelayo; sus compañeros de la Escuela de Periodismo, Max Ebstein y Juan Caño, así como los residentes Homero Valencia, José Manuel Suárez, Emilio Zuñeda, Pedro Ontoso, José Antonio Álvarez Gundín, Eloy García, Alfonso Blas, Antonio Aunés y, sobre todo, Luis Fermín Moreno5. Los errores, lagunas y desviaciones son imputables exclusivamente a mi trabajo. Es más, esta es una aproximación personal a su figura: tal vez los compañeros aprecien otras realidades o serían partidarios de introducir matices que no verán reflejados aquí, aunque en la medida en que hemos dialogado sobre ello, he tratado de aceptar las sugerencias.
He perseguido tenazmente los hechos que conformaron su vida, pero cuestión distinta son las interpretaciones, con su carga de subjetividad: aunque uno trate de ajustarlas en lo posible a los acontecimientos, no siempre se logra y otros lo verán de distinta manera. En cualquier caso, pido disculpas de nuevo por las equivocaciones, omisiones o parcialidades, que esperamos no sean de carácter sustancial, y me reafirmo en estos contenidos como una visión personal y siempre discutible.
Ha resultado asequible buscar en papeles y documentos las huellas que fue dejando este cura en su paso por la tierra; pero al mismo tiempo no han sido pocas las dificultades para reunirlas y ordenarlas, dado el escasísimo interés que se tomó en conservar cualquier tipo de escritos o papeles personales, a excepción de los que permanecen en sus publicaciones o los recuerdos o sentimientos que anidan en el cerebro o el corazón de quienes le tratamos. Eso se pone especialmente en evidencia cuando se trata de plasmar en el papel los avatares por los que pasó la Residencia por él fundada. Aquí el biógrafo no ha podido contar con actas, apuntes o borradores, sino con vivencias y evocaciones personales que pronto se percibe que son muy similares en gran parte de los casos. El poso que han dejado en nosotros tertulias y discusiones será permanente, pero eso es difícilmente transmisible. De ahí que el capítulo en que hemos querido dar cuenta de esa trayectoria es posiblemente demasiado breve, cuando a priori pensábamos lo contrario: ahí está la explicación.
Solo cuando desaparecen estos personajes relevantes (en este caso el padre Unciti) se dan cuenta los biógrafos, que les trataron asiduamente, de las oportunidades que perdieron por no haberles sometido a un cuidadoso interrogatorio o de no haber anotado esos comentarios sinceros y distendidos que surgen en los momentos de tertulia amigable, lo que les habría aliviado de investigaciones laboriosas y a veces poco productivas para recabar datos elementales de su existencia, porque es evidente que nadie puede conocerles mejor que ellos a sí mismos. De esa manera habríamos caminado sobre seguro. Pero el sumergirnos en la búsqueda de sus vivencias no nos habría dado opción a descubrir por nuestra cuenta una gran cantidad de actuaciones o detalles que se nos habían escapado, que no llegó a contarnos o habíamos olvidado, aunque tal vez eran conocidos por nuestros compañeros. Lo satisfactorio es que ese caudal desconocido no le hace desmerecer, sino que confirma y ennoblece una trayectoria que ya era suficientemente honesta y completa como para que resultara digna de admiración, incluso para quienes lo observan todo con espíritu crítico.
La vigorosa personalidad del padre Manuel de Unciti (Manolo era la forma habitual y sencilla con que se dirigía a él la inmensa mayoría de cuantos le trataban) fue conformándose a lo largo de los años y de las influencias recibidas por su entorno, por los compañeros, superiores y amigos, lo que tiene mucho que ver con la efusiva acogida con que los aceptaba. Pero la primera y más importante fue la que le proporcionó su familia, a la que él se sentía íntimamente unido, de forma muy sólida y agradecida. El amoroso comportamiento que siempre tuvieron sus padres, el ejemplo de sencillez y de generosa acogida a todos los que tenían alrededor y el seguimiento constante y alegre de las prácticas religiosas era algo que se traslucía en aquella casa y, por tanto, lo que enseñaron de forma natural a sus hijos: esa actitud penetró en lo más hondo de su ser y constituyó durante toda su vida un punto de referencia inexcusable.
No podía ser de otra manera, cuando padre y madre vivieron de la forma más natural y profunda su cristianismo, en la línea que tradicionalmente se asumía la religión en las tierras navarras de donde procedían y en las vascas donde se asentaron. Siempre fueron unos creyentes sinceros y comprometidos que se sintieron dentro de la Iglesia sin ningún género de dudas ni de distancias, tanto en los años en que podía vivirse esta vinculación de forma tranquila como durante el período en que las dificultades se presentaron a las puertas del hogar (incluso más adentro). En los comienzos de la guerra civil el padre sufrió las consecuencias de que su ideología se hallara muy alejada de aquella que por entonces querían imponer las fuerzas izquierdistas y nacionalistas dominantes en el País Vasco. Pudo haber sufrido las gravísimas consecuencias de mantenerse firme en su fe, pero afortunadamente fue liberado después de angustiosos meses, en un tiempo en que esa actitud era suficiente para ser fusilado en una cuneta o ante las tapias de un cementerio. Cuando el orden se vio restablecido, alguien le pidió que denunciara a sus captores, pero se encontraron con un mutismo absoluto, porque sabía que el amor y el perdón son el distintivo de los cristianos. No es extraño que en su entorno se le aplicaran los adjetivos más encomiásticos.
Evaristo Unciti San Miguel nació el 7 de julio de 1887 en Torres de Elorz, que pertenece al municipio de Noain (Navarra). Este se encuentra tan cercano a Pamplona (a nueve kilómetros en dirección a Huesca) que ahora ya forma parte de su ámbito de expansión territorial, lo que le ha llevado a crecer desmesuradamente: alcanza casi los ocho mil habitantes, cuando apenas superaba los mil el año en que nació Evaristo. Su pequeño pueblo, del que salió cuando apenas tenía unos veinte años para realizar el servicio militar en Estella y ya no regresó (le empujarían los padres a que se desenvolviera en otros ambientes, dada la precaria economía de humildes labradores), tiene ahora unos doscientos habitantes. En Torres de Elorz habían nacido el padre de este (Francisco, 1841) y su abuelo (Pascual), de lo que puede deducirse que el arraigo sería secular, pues sin moverse de allí iban matrimoniando con muchachas de un entorno muy cercano (concretamente Zulueta y Ezperun, aldeas de Elorz). En aquel valle se había desenvuelto la vida de generaciones de Uncitis, cercanos por cierto al núcleo de Unciti, que dista diecinueve kilómetros de la capital1.
Por su parte, Macaria Ayerdi2 Zamarguilea nació once años después (el 23 de septiembre de 1898), en Burgui, situado en el valle navarro del Roncal. En su caso, los padres y abuelos estaban asentados allí desde tiempos inmemoriales, pero la joven llegó a San Sebastián para acompañar a una hermana mayor que necesitaba apoyo doméstico y fue en esta ciudad donde conoció al que más tarde sería su marido y ya se quedó para siempre3. Como se ve, ambos procedían de dos pequeños núcleos rurales, de la más acendrada tradición, que por aquellos años contaban con pocos habitantes y una dedicación a las actividades agrícolas, ganaderas y forestales: en el Roncal se obtenía una notable producción maderera, que era sacada a través de los ríos (allí confluían el Esca y el Biniés) con las almadías. Manolo siempre profesó una cariñosa inclinación hacia aquel valle y se manifestaba muy ufano de la condición roncalesa de su madre.
Siglos atrás se utilizaba en estas comarcas la lengua vasca, mas, para entonces, ya se había perdido su uso. Su huella está en la toponimia y en los apellidos, que en el caso de Manolo eran, además de los dichos, Turrillas, Lazpidea, Elizari y Labari. Se sentía orgulloso de este enraizamiento y del valor de la lengua propia, pero no habló euskera jamás, ni lo entendía. En sus palabras se notaba que la consideraba como habla de «kasheros», pues tal era la mentalidad dominante en San Sebastián durante sus años mozos. Después la situación dio un giro en su entorno y también él fue evolucionando.
Evaristo y Macaria se casaron hacia 1922 en la parroquia donostiarra del Buen Pastor (hoy catedral de la diócesis guipuzcoana) y se pusieron a vivir en la casa donde residirían en los más de sesenta años de vida en común, en la calle Zubieta, 3, tercero, cuyos balcones daban a la playa de la Concha. Allí nacieron todos sus hijos, que fueron siete: Asunción (1925), Ignacia (que murió cuando contaba unos cinco años), Luis Mari (1929), Manolo (1931), Carlos (1934), María Nieves (1936) y Jaime (1938, con el País Vasco recuperado por los «nacionales»), de los que en el momento de escribir estas líneas solo vive la mayor. Seis nietos les suceden y llegaron hace tiempo los biznietos y hasta los tataranietos. El cura casó a sus hermanos Asunción, Luis Mari, María Nieves y Jaime y a la mayoría de los sobrinos nietos. A todos ellos se encontraba muy unido Manolo, aunque no era difícil percibir que las relaciones con su hermana Nieves (Edurne) eran especialmente cercanas, posiblemente por los pocos años que les separaban, pero también por la confluencia de gustos. Sintió especialmente su fallecimiento, como también fue un golpe a sus hondos afectos la desaparición de otros miembros de la familia. Fue una suerte que no llegara a conocer el de su hermano pequeño, quien apenas le sobrevivió unos meses, porque gravemente enfermo como se encontraba le hubiera afectado mucho.
Evaristo desempeñó diferentes empleos. Al principio estuvo cobrando recibos por las casas a cuenta del Banco Popular de los Previsores del Porvenir. Tuvo una tienda algún tiempo, pero su tarea más prolongada se centró en la representación comercial. Se desplazaba a pueblos y ciudades, casi siempre en tren, con una maleta que contenía los diferentes productos que ofrecía a las tiendas. Años más tarde se incorporó a este trabajo su hijo Jaime, que en el momento de la jubilación de aquel se hizo cargo de la cartera de clientes.
Feliz entre conflictos
Manuel Agustín4 nació el 1 de enero de 1931 y tuvo una infancia feliz con unos padres y hermanos que le hacían sentirse a gusto. Pero España –y consiguientemente el País Vasco– se hallaba sacudida por los enfrentamientos políticos y sociales entre republicanos y monárquicos, derechas e izquierdas, católicos y ateos. Al seno de aquella familia es imposible que no llegaran los ecos de semejantes conflictos, aunque los padres harían todo lo posible para mantenerlos al margen de preocupaciones. Rezarían, claro está, para impetrar la protección del Altísimo, porque ya hemos dicho que los esposos eran muy religiosos. Evaristo tenía la costumbre de acudir todos los días a oír misa antes de iniciar la diaria labor y el abuelo paterno, que vivió con ellos una larga temporada y que disponía de todo el tiempo por su condición de jubilado, era capaz de ir de iglesia en iglesia para asistir a varias misas cada mañana. También se rezaba el Rosario en familia todos los días: el padre y los hijos mayores de rodillas, mientras la madre cosía, pues no era una tarea que pudiera posponer con cuatro pequeños a su cargo (aunque disponía de una muchacha que le auxiliaba en los cometidos domésticos). Un sacerdote, compañero de Manolo, la califica de bondadosa y acogedora y destaca su habilidad en la cocina5.
Cuando se desencadena la guerra civil, pasaron por una situación comprometida. Un día llamaron a la puerta cuatro milicianos con metralletas que llegaban para detener al cabeza de familia. Fue el 15 de agosto de 1936, el día en que cumplía once años la hija mayor, Asun (el día de su santo también). Registraron la casa por entero, incluida una habitación que estaba cerrada con llave: la habían puesto a disposición de un sacerdote, quien afortunadamente en ese momento no se hallaba en casa. Su adscripción religiosa no debía pasar desapercibida, pero es que además figuraba como socio del Círculo Carlista, todo lo cual era suficiente motivo para considerarle desafecto, y algo más.
Esta es la versión que nos ofreció su hija Asun, pero Manolo tenía recuerdos mucho más precisos: «Mi padre tenía un negocio de hierros con un socio, del que se separó poco antes de la guerra. Al llegar el Alzamiento en julio de 1936, este delató a mi padre: le acusó de trabajar en la conspiración, ya que en la bodega de mi casa se almacenaban uniformes para los requetés. A mi padre le condenaron a muerte tres veces, pero solo estuvo en prisión unos once meses. Luego en 1942, a raíz de un indulto que dio el Gobierno, se supo que este delator iba a volver al País Vasco. Mi padre fue a recogerlo a la frontera y le buscó un puesto de trabajo. Nos lo contó como ejemplo de perdón cristiano y nos prohibió volver a hablar de ello. Nunca hemos sabido quién fue este individuo» (cf MORENO 1986).
Desde San Sebastián, Evaristo fue llevado con varios centenares de detenidos a Bilbao, probablemente en el mismo mes de agosto de 1936, puesto que se temía la caída de la ciudad a no tardar mucho (hecho que se produjo el 13 de septiembre). No lo volvieron a ver en esos once meses ni tampoco pudieron comunicarse con él en ningún momento. Según les contó, pasó por varios lugares de detención: la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián; el Carmelo de Bilbao y hasta un barco que adaptaron para este fin6. En este se produjo una vía de agua que nadie achicó, por lo que sufrió una severa bronquitis (tardó años en curarla). A pesar de la vigilancia, los sacerdotes que se hallaban presos también se las arreglaban para oficiar misas, a las que nuestro hombre asistía y ayudaba sin importarle las consecuencias que podrían reportarle sus actos. Después contó que en varios momentos estuvo a punto de ser fusilado, como desgraciadamente les ocurrió a otros compañeros de cautiverio.
Efectivamente, las ejecuciones se sucedían un día tras otro. Asegura un historiador que hacia septiembre de 1936 «la represión aumenta y se intensifica contra carlistas, monárquicos, católicos y religiosos no nacionalistas. Según un informe posterior del Gobierno Vasco, 2.308 personas se encuentran detenidas y registradas, prácticamente sin cargos, salvo su calificación de “personas de derechas” en los diversos centros de detención y reclusión habilitados por la Junta de Defensa de Vizcaya (...). De todos los arrestados, morirán asesinados 766 en los barcos y en los “paseos”, según la Auditoría de Guerra de los nacionales» (OLAZÁBAL 2014: 137). En su caso le acompañó la suerte, pues ya hemos visto el elevado número de presos que fueron fusilados, sobre todo como venganza indiscriminada por los bombardeos que la aviación franquista lanzaba desde el aire7. Con todos estos azares hubo de seguir adelante, aunque dado su carácter pacífico y las creencias que profesaba desde lo más hondo de su corazón, aquello no le hizo tanta mella como hubiera sido lo normal. Recuperó la libertad al ser conquistada Bilbao por las tropas nacionales (junio de 1937) y entonces le permitieron regresar a San Sebastián en el tren: cuando su familia le vio llegar parecía un mendigo, por lo demacrado que se hallaba y las ropas inservibles que llevaba puestas.
A todo esto, «mi madre se pasaba la vida llorando y mientras tanto tenía que darle el pecho a mi hermana Nieves, pues ella solo contaba seis meses», rememora Asun más de ochenta años después: «Aquello lo viví yo con mucho dolor, al ver lo que sufría mi madre». A los hermanos Luis Mari y Manolo los mantuvieron al margen de aquella tragedia, puesto que antes del alzamiento habían sido llevados a Burgui (Navarra) como todos los veranos, a la espera de poder reunirse la familia en su integridad y disfrutar de unas vacaciones con los tíos y los primos. Los acontecimientos les obligaron a esta dolorosa separación, aunque probablemente los pequeños nunca fueron conscientes de su trasfondo ni de lo que le estaba sucediendo al «aitá».
Sobre ello conservaba algunos vaporosos recuerdos Manolo, que según decía eran los más remotos de su vida, puesto que corresponden a cuando tenía seis años: «Mi padre, en previsión de lo que se avecinaba, nos llevó a mi hermano y a mí a Navarra. Yo debía haber visto alguna vez a mi padre con la boina roja, porque allá por 1937 pasaron por Burgui unos camiones cargados de requetés y cuando vi las boinas rojas grité “Papá, papá”. Esto y el hambre de la inmediata posguerra son los recuerdos más antiguos que conservo» (cf MORENO 1986).
Hacia el seminario
Desde muy pequeño Manolo quiso ir al seminario y sus padres vivieron esta inclinación como un don del cielo, con una actitud muy similar a la que sentían muchos padres católicos de su época. Tener un hijo sacerdote era un regalo que agradecían vivamente, deseosos de contribuir de esta manera a la extensión del Reino. Eso les hizo sentirse más unidos a este hijo, de la misma manera que también el niño desarrolló una admiración y un agradecimiento hacia sus padres, sentimientos muy intensos que no le abandonaron nunca.
Alguna vez se preguntaba Manolo de dónde le vino aquella temprana voluntad de prepararse para ser sacerdote, algo que difícilmente se puede avizorar con exactitud, porque atañe a sentimientos muy profundos y arraigados. Algo apuntó en la homilía de la misa con que celebraba el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal (1979)8, porque en aquel acto manifestó su convicción de que había llegado allí como consecuencia de que su padre lo deseara intensamente para él mismo en su juventud, sin poder lograrlo a causa de las dificultades económicas que se presentaron: los padres de este no se podían permitir la partida de un hijo varón, al que necesitaban perentoriamente para las tareas agrícolas (aunque no fuera más que un adolescente), y tampoco estaban en condiciones de sufragar los gastos que ocasionaban los estudios en el seminario. «Aquel primer impulso de mi padre –reflexionaba aquel día–, ¿no encontraría repetida expresión en sus deseos de tener un hijo que fuera lo que él no pudo ser?». La respuesta que se daba a sí mismo era de este tenor: «Yo creo que por aquí han discurrido mansa, callada, soterradamente los caminos de Dios».
Años después, en la entrevista con Luis Fermín Moreno, de la que venimos entresacando recuerdos y sensaciones, alude a un hecho que ya hemos narrado. Su padre reunió a sus hijos en el salón de la casa y de una forma solemne les explicó lo que le había sucedido al comienzo de la guerra y las causas de su detención. Aquella delación, que tantos quebrantos le produjo a él y a toda la familia, y la posterior demostración de que perdonaba de corazón todo el mal recibido, le causaron a Manolo una vivísima impresión, hasta el punto de que el resto de su vida consideró que su vocación arrancaba de ahí: «Me pareció un gesto heroico, que reproducía lo que debía ser un cristiano». Y se quedó pensativo hasta añadir: «Quizá por eso ahora no tengo ninguna dificultad en perdonar»9.
Algo más apuntó sobre el origen de su vocación, porque en el mismo sermón salió a relucir que su madre había peregrinado los cincuenta kilómetros que mediaban hasta el castillo de Javier: «¿Por qué no imaginar –se preguntaba entonces– a aquella joven roncalesa de veinte años, postrada a los pies del Apóstol de las Indias, Patrono de todas las misiones católicas, pidiendo a Dios la gracia –¡que de este talante son nuestras madres!– de tener un hijo misionero?». Confluencia de voluntades y de fervores que desembocaron en ese hijo cura, que dedicó lo más granado de sus horas a trabajar por las misiones, aunque fuera desde la modestia –que no era falta de intensidad– de la retaguardia10.
Manolo apenas entra en detalles de cómo se tradujo esta inicial propensión a ingresar en el seminario, pero ya hemos visto cómo se refiere a los recuerdos de su más tierna infancia, desdibujados por el paso del tiempo. Porque es el caso que era bien pequeño, tanto que posiblemente no se había producido aquella conversación que rememoraba, cuando comenzó su escolaridad con unas religiosas de los Sagrados Corazones, que estaban en Miraconcha, las cuales se dedicaban a la formación infantil de aquellos niños y niñas que habían manifestado inclinación por la vida sacerdotal o religiosa (a los chicos se les llamaba «estanislaos» y a las chicas, «teresitas»). Las religiosas se preocupaban de escolarizar y educar a unos y a otras, guardando unas normas de convivencia y de disciplina, como era lo esperable. Parece evidente que Manolo debió de manifestar su voluntad de acercarse a la vida sacerdotal desde muy pequeño (o sus padres lo apreciaron así y le encaminaron en esa dirección), porque mientras los dos hermanos que le sucedían estudiaron en el Colegio de los Ángeles, él se encaminó hacia aquel «preseminario». Allí recibiría los cuidados de la madre Trinidad Isasa, que era la encargada de escolarizar a los «estanislaos». Lo rememora su hermana Asun, pero también un querido condiscípulo, José María Garmendia, con el que dio los primeros pasos en este camino, en septiembre de 1942, cuando ambos no tenían más de once años.
Ellos dos, y unos cuantos más, habían solicitado por entonces iniciar los estudios eclesiásticos. Los que pertenecían a la capital guipuzcoana fueron convocados a una prueba, para ver si se encontraban capacitados para iniciar el primer curso en la preceptoría de San Sebastián (hay que aclarar que por entonces solo existía una diócesis en el País Vasco, que era la de Vitoria)11. El relato que nos hizo aquel, a pesar de los más de setenta años transcurridos, destaca por la nitidez de los recuerdos: en una sala dedicada a la catequesis en la parroquia donostiarra de San Vicente se encontraron unos nueve muchachos, que nuestro interlocutor es capaz de nombrar sin mayores problemas. Fueron José Mari Ustoa, de la parroquia de Santa María; Baltasar Iglesias y José Mari Garmendia, de San Vicente; Manuel Arana, Sebastián Goñi, Manuel Unciti, José Luis Torres y José Ignacio Zubeldía, del Buen Pastor, e Ignacio Eguía, de San Ignacio.
«El “examen”, por llamarlo de alguna manera, fue de los más pacíficos, acogedores y amables de cuantos he realizado a lo largo de mi vida, que no han sido pocos», nos dice don José Mari. Sus «examinadores» fueron don Ceferino Sarasola, don Isidro Larrauri (rector y vicerrector del Seminario de Bergara) y don Jesús Aldanondo, responsable de la preceptoría de San Sebastián, quienes debían valorar su preparación12. «Nos acogieron con amabilidad. Primero pasamos brevemente uno por uno, y luego todos juntos estuvimos hablando un buen rato con ellos en un ambiente de cordialidad», añade. Cuando concluyó la prueba, el ecónomo de San Vicente, don Vicente de Barrena, les ofreció un refresco y en animada tertulia les comunicaron que todos estaban admitidos para iniciar el primer curso al mes siguiente, bajo el cuidado de don Jesús Aldanondo. Les anunciaron que recibirían una carta para comunicárselo oficialmente, con la fecha en que debían comenzar las clases. Unos serían externos, porque no había capacidad para tantos, y otros internos, a los que se les señalaría el ajuar que debían traer, marcado con el número correspondiente. Manolo fue de estos últimos.
El padre Garmendia dice que salió encantado de aquel encuentro, porque el trato dispensado por don Ceferino, don Isidro y don Jesús fue «humano, cercano, cariñoso y cordial», sin comparación con la disciplina escolar que había experimentado en el Colegio de los Ángeles, donde había estudiado los años de primaria: «No puedo olvidar aquel encuentro entre los “sacerdotes profesores” del seminario y unos chicos que apenas nos conocíamos. Para mí aquello supuso un antes y un después, porque una cosa fue el colegio y otra muy distinta el seminario».
Comienzan los estudios
Así que a primeros de octubre de 1942 iniciaron el primer año de la «carrera eclesiástica» en la preceptoría de San Sebastián, que estaba situada en el paseo de la Fe (Miraconcha), en una edificación perteneciente a las citadas religiosas misioneras de los Sagrados Corazones. Dado el número de aspirantes que acudían a las convocatorias para el seminario y que aprobaban el examen, oral y escrito, existían preceptorías en las tres provincias que conformaban la diócesis de Vitoria. El programa de Humanidades corría parejo con el bachillerato oficial, insistiendo en Latín y Castellano. Aprobado el tercer curso, se pasaba de las preceptorías al seminario de la capital alavesa.
En aquellas primeras clases ya recibieron las nociones iniciales de la lengua latina –materia fundamental en la preparación de los seminaristas y en la que de entrada no destacó Manolo13–, como también las correspondientes a la Gramática castellana, Matemáticas, Religión, redacción sencilla de cartas –con paciente afán de que aprendieran a escribir con buena letra...–. Estaban a cargo del «preceptor» don Jesús Aldanondo, magnífico narrador y formador de aquellos seminaristas adolescentes. Las clases se desarrollaban desde las nueve a las doce de la mañana y, por la tarde, de las tres a las seis. En las tardes del jueves y del sábado, que eran las dedicadas al asueto, se alternaban paseos, alguna excursión y, sobre todo, les llevaban a la playa de la Concha para que jugaran al fútbol. Fuera de ese horario escolar, quien se encargaba de mantener la disciplina de aquellos chavales era la madre Ascensión Rueda. Es interesante escuchar cómo desgrana sus recuerdos el bueno de don José Mari Garmendia, que a su avanzada edad nos hace partícipes de ellos; se observa su agradecimiento a quienes les proporcionaron esta formación temprana: «Aquel profesor lo hizo extraordinariamente bien y me alegra que eso aparezca por escrito, siquiera una vez, porque con nosotros hizo un trabajo que podríamos calificar de “todo terreno”. Los alumnos externos –no era el caso de Manolo– siempre volvíamos a casa con él y se pasaba el rato contando cuentos e historias, con gran confianza e incluso amistad. Fue un gran formador en aquellos años del hambre, de la cartilla de racionamiento y de la guerra mundial, cuando parecía que la máquina alemana lo iba a arrasar todo... hasta que se estrelló estrepitosamente en todos los frentes». Lo que dudamos es que tomaran conciencia de estas lacerantes realidades aquellos pequeños estudiantes14.
Fueron tres años de Humanidades los que aquel nutrido grupo de precoces candidatos al sacerdocio cursaron en San Sebastián (primero), Vergara (segundo) y Saturrarán (tercero), hasta llegar a Vitoria: años de frío y de hambre, impulsados por superiores y religiosas, para que tomaran el primer contacto con el estudio y la piedad, para que fueran avanzando en el camino que habían elegido. Camino que no era fácil, aún más duro para los vascoparlantes, que se asomaban por primera vez a la enseñanza de todas las asignaturas en castellano. ¡Cuántos tuvieron que repetir uno y hasta dos cursos! Pero, con toda seguridad, fueron años alegres, en los que intuían lo que se esperaba de ellos y sirvieron para ponerlos a prueba ante las exigencias venideras. Entonces llegó el momento de dar el salto hacia una preparación más rigurosa y una orientación acorde con la edad en la que iban entrando. Fue un cambio importante que les hizo madurar deprisa.
Pasar al Seminario de Vitoria fue un cambio muy importante para la maduración intelectual y personal de aquellos muchachos y para la vida entera de Manolo. Hasta entonces habían ido creciendo como niños que todavía eran, al cuidado de unos sacerdotes que les trataban como tales, cercanos a padres y hermanos y al ambiente familiar pegado a sus parroquias. Ahora tenían que desplazarse a una distancia que la mayoría de ellos no había recorrido nunca, encontrar su lugar en un edificio inmenso, poblado por centenares de condiscípulos de todas las edades, provenientes de todos los rincones del País Vasco, y con unos superiores que no habían conocido hasta el momento... La aclimatación no siempre resulta fácil, pero a esas edades los adolescentes tardan apenas unas horas en encontrar su lugar y en echar a andar con paso decidido. Al fin y al cabo, todos aspiraban a lo mismo y les habían inculcado desde su más tierna infancia que la aceptación del sacrificio era consustancial en la vida del cristiano: mucho más, por tanto, en la vida del que se preparaba para ser sacerdote.
El 2 de octubre de 1945 Manolo ingresaba en el Seminario de Vitoria, que entonces se había convertido en un centro espiritual exigente y una institución educativa bien orientada para los numerosos aspirantes de aquella gran diócesis. El fervor de la posguerra atraía como un imán hacia aquellos muros, que en esos años recibían candidatos con un enorme impulso. Su obispo (entonces mons. Carmelo Ballester) quiso albergarles de la mejor forma posible y ofrecerles óptimas condiciones para su formación intelectual, espiritual y pastoral por medio de un plantel de profesores de reconocido prestigio y un equipo de formadores cuidadosamente elegidos. Cuando muchos centros diocesanos se conformaban con un profesorado mediocre, el de Vitoria había logrado reunir a los mejores especialistas en las materias que se impartían, al tiempo que completaban la educación de sus pupilos con una intensa piedad y un contacto permanente con sacerdotes y parroquias, donde previsiblemente desembocaría su ejercicio pastoral.
No tenemos memoria de que Manolo nos ilustrara con recuerdos o anécdotas de aquella etapa de su vida, pero recordamos la satisfacción con que hablaba siempre de su vivencia como seminarista en Vitoria. Con la carga de sinceridad y el enfoque enjuiciador con que se expresaba siempre, tuvo que haber sido una experiencia muy positiva, porque de lo contrario se habría traslucido el desencanto. Tuvo expresiones de gratitud, por la formación recibida, en su homilía de las Bodas de Plata (íntegramente recogida en las páginas finales): «Desde mi torpeza y con todos mis límites, aprendí del seminario a ser hombre de ilusiones, a no dejarme vencer por las dificultades y obstáculos, a buscar la perfección en el trabajo, a recabar el dato y la cita precisos, a frecuentar el amor a los libros (...). Comprendo bien que no todo era perfecto ni modélico en mi seminario; pero, Señor, tú sabes bien que mi espíritu crítico, considerado no pocas veces como exacerbado, dice un “sí” agradecido a mi seminario porque los fallos del mismo, que no deben silenciarse, son de poca monta en comparación con sus enormes aciertos». Destaca las destrezas de los formadores que les atendían, tal como se las transmitieron: dedicación intensa y exclusiva al ministerio sacerdotal; entrega a un ministerio cercano a los hombres, libre de autoritarismo, pobre, alegre, inspirado en el Evangelio, dedicación misionera, «capaz de sintonizar con todos los pueblos de la tierra y capaz de ver en el Evangelio de Jesucristo el mejor impulso de libertad, de justicia, de fraternidad, de paz».
La llegada a la ciudad y el desplazamiento hasta el seminario tuvo que constituir una estimulante impresión para él y para los amigos que le acompañaban, y más cuando se toparon con aquella construcción que poco tenía que ver con las que les habían acogido hasta entonces. Además, había una aglomeración de muchachos, cada uno con su carácter y manera de ser, con su variada extracción y procedencia, pero se notaba que todos enfocaban la existencia hacia el fin que les había convocado allí. Tuvo que ser una experiencia jubilosa el encontrarse con tanto compañero desconocido y bien dispuesto para la camaradería, deseosos de compartir los mismos objetivos.
Para situarnos en aquel marco debemos retroceder en el tiempo: anotemos que la diócesis de Vitoria no había cumplido un siglo, puesto que fue creada por el papa Pío IX en 1861 como sufragánea del arzobispado de Burgos. Enseguida dispusieron de un lugar –por más que fuera provisional– para que se formaran los aspirantes al sacerdocio y en 1880 se inauguraba el Semanario conciliar. De momento pudo recibir a quienes se acercaban con dicho fin, pero a Dios gracias las vocaciones iban en aumento y pronto tuvieron que adoptar medidas extraordinarias para ampliar su capacidad. Ni siquiera con estas improvisadas actuaciones podían atender las necesidades que se les presentaban y hubiera sido una pena que la falta de espacio hubiera cerrado las puertas a uno solo de los que golpeaban la aldaba con insistencia e ilusión.
Durante el pontificado de fray Zacarías Martínez (1923-1928) la situación había devenido insostenible por el número creciente de los residentes. Tuvieron que pensar en levantar un edificio de nueva planta y para ello dispusieron de un terreno amplio, nada menos que de catorce hectáreas. Los planos se los encomendaron a un sacerdote diocesano, que era arquitecto y atendía las carencias y mejoras de los templos de la diócesis. Fue Pedro de Asúa, asesinado en las primeras semanas de la guerra civil y declarado beato por el papa Francisco en enero de 2014, quien asumió la responsabilidad de construir un seminario con la espaciosa planta y las prácticas estancias que se precisaban para tantos ocupantes como estaba previsto que llegaran.
Estudió detenidamente las necesidades que debía cubrir el edificio, se asesoró con las personas que estaban en condiciones de auxiliarlo, visitó centros extranjeros con una finalidad semejante y diseñó un seminario grandioso, tanto por su empaque como por la utilidad de su cometido. De esa manera echó a andar el proyecto. Dicen que la idea que fijó en los planos entroncaba con las tradiciones arquitectónicas más asentadas y con este fin dispuso de materiales nobles de las cercanas canteras alavesas para su estructura exterior, hormigón armado que apenas se conocía en las construcciones de la provincia y una azulejería alegre para los pasillos y lugares de convivencia. En cuatro años concluyeron las obras y el costo fue de siete millones de pesetas.
La pomposa inauguración tuvo lugar el 28 de septiembre de 1930, cuando ya era obispo de la diócesis mons. Mateo Múgica Urrestarazu. Al acto se le quiso dar una solemnidad acorde con la grandeza del conjunto y con el momento glorioso que vivía el catolicismo vasco. Fueron el propio rey Alfonso XIII y el nuncio del Papa, mons. Tedeschini, los que presidieron aquella celebración, que estuvo rodeada de todo el fasto habitual, porque la ocasión y el esfuerzo parecían merecerlo: este último tuvo palabras muy encomiásticas para la construcción física y espiritual que echaba sus campanas al vuelo, pues «la obra del seminario materialmente, ante los ojos del mundo, es una maravilla, y desde el Rey al último ciudadano español la ensalza con alegría; es modelo entre los de España y del extranjero»1. También estuvo presente el secretario de la Congregación vaticana de Seminarios y Universidades, mons. Ruffini, lo que alimentó la esperanza de que, con el empuje de todos, podría aspirar a convertirse en universidad pontificia.
Abundancia de candidatos
Cuando el adolescente Unciti pisa por primera vez aquellas grandiosas escalinatas y recorre los espaciosos pasillos han pasado ya unos quince años, marcados por las tensas relaciones sociales y políticas entre la Iglesia y el Estado y hasta por una cruenta guerra civil que ha destruido edificios religiosos y ha segado vidas de innumerables creyentes (nada menos que 59 sacerdotes y religiosos han sido asesinados en la zona vasco-republicana: después el régimen franquista ejecutará a otros catorce durante los años 1936 y 1937). Pero todo ello no ha hecho más que reafirmar el fervor de los católicos e incrementar el número de los jóvenes que han sentido la llamada a entregarse a los hermanos desde el altar. Los cuarenta y ocho nuevos presbíteros que son ordenados en 1931 es una tónica que continuará y crecerá en los años posbélicos. Es la diócesis con más seminaristas de toda España y también con más sacerdotes diocesanos (en algún momento se superó el número de dos mil)2.
Para contribuir a su formación y ofrecerles confortabilidad se ha dispuesto un edificio que cumple todas las expectativas deseables para esos cientos de estudiantes (llegaron a reunirse unos setecientos). Consta de cuatro pabellones separados, que ocupan los muchachos que cursan los años de Latinidad, Filosofía y Teología, con una capacidad de unos doscientos cada uno. En total son diez mil cuatrocientos metros cuadrados los que han sido construidos y los patios ocupan unos ocho mil. A mitad de los años treinta la biblioteca estaba dotada de unos treinta mil volúmenes, con cientos de colecciones de revistas, pero en la inmediata posguerra se alcanzaron los sesenta mil y el número no dejó de crecer, hasta el punto de que en la actualidad se ha llegado a las 350.000 entradas bibliográficas. El responsable era don José Zunzunegui, quien buscaba por todos los rincones de Europa el material que podía convenir a la mejor formación de los educandos y para la conversión de aquel seminario en universidad eclesiástica del Norte con sede en Vitoria, como se proponían solicitar.
Superiores y profesores se hallan volcados en la formación de los muchachos, seleccionados aquellos entre los sacerdotes de mayor entidad espiritual y académica. Parece ser que en el curso 19441945 el volumen de los internos se situó alrededor de los quinientos (cf NÚÑEZ URIBE 2001: 77), pero a ese número hay que añadir los externos. Torra Cuixart afirma que «la diócesis de Vitoria, por el número de sacerdotes y seminaristas, era la más grande de España y la que más posibilidades ofrecía: en el curso 1944-45, la diócesis de Vitoria tenía 808 seminaristas, en 1945 se ordenaron 60 sacerdotes y al año siguiente 37» (2000: 403). En el curso 1945-1946, que es cuando llega Manolo a Vitoria, conviven 531 muchachos, de ellos 194 latinos (IBÁÑEZ ARANA 2005: 181). Se habían ido poniendo trabas a la existencia de alumnos externos, como era habitual en el pasado, y han desaparecido (también los llamados «fámulos», los que sirven a sus compañeros a cambio de ser recibidos gratuitamente). Del mismo modo se prescinde de las diversas preceptorías que existían en localidades de la diócesis (Laguardia, Saturrarán, Gordejuela, Lequeitio, Durango, Elorrio, Castillo-Elejabeitia...).
Puede que Manolo llegara a pasar varias veces un mes o una veintena de días de sus vacaciones veraniegas en Saturrarán, como fue habitual en algunos tiempos3. Allí recibían enseñanzas complementarias, realizaban deportes y excursiones o profundizaban en el aprendizaje musical, por ejemplo. Otras veces el cursillo de vacaciones tenía lugar en el mismo Seminario de Vitoria con parecido programa. Por ejemplo, en agosto de 1951, cuando había concluido primero de Teología, se celebra el cursillo en esta sede, del 10 al 31 de agosto. Uno de los conferenciantes fue don Jesús Iribarren, luego compañero suyo en el diario Ya, que habló de propaganda escrita.
En aquel primer curso tuvo como prefectos a los sacerdotes Jesús Garay y Luis Alberdi. Al año siguiente se incorporó Víctor Garaygordóbil, apasionado de las misiones4
