Martín Descalzo - Juan Cantavella Blasco - E-Book

Martín Descalzo E-Book

Juan Cantavella Blasco

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Beschreibung

El sacerdote, periodista, escritor y poeta José Luis Martín Descalzo (1930-1991) es representante del humanismo cristiano en la literatura. Sigue siendo un referente para quienes le conocieron y un descubrimiento para quienes no tuvieron esa oportunidad. Estas páginas nos acercan a su personalidad y en ellas se recogen multitud de muestras de su genio y su ingenio. Juan Cantavella ahonda en sus escritos para extraer el fruto de sus obras literarias y recordar el papel que representó, a través de los textos periodísticos, tanto en la renovación conciliar como en la búsqueda de una Iglesia independiente del poder político. Su Testamento del pájaro solitario, considerada una confesión de su alma y testimonio de su enfermedad, le ha merecido formar parte de todas las antologías de poesía mística española.

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Seitenzahl: 476

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© SAN PABLO 2022 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Juan Cantavella Blasco, 2022

Fotografía de portada cedida por cortesía del Fondo de Archivo de Vida Nueva

Distribución:SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6660-5

Depósito legal: M. 20.385-2022

Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

Introducción

De cabeza al sacerdocio

Un novelista mal visto por su obispo

¡Arriba el telón!

Cuanto tocaba lo convertía en poesía

Sin despegarse de los periódicos

Unperiodistapara contar el Concilio y el posconcilio

La marcha de la Iglesia española a través de Vida Nueva

Ensayos en libros y artículos

Cuando el dolor asoma por la puerta

Índice onomástico

Bibliografía y referencias hemerográficas

Introducción

Entre los sacerdotes que destacaron en la escritura literaria y periodística de la segunda mitad del siglo XX ocupa uno de los lugares más relevantes José Luis Martín Descalzo, quien se entregó a fondo a esta tarea, inmerso en una voluntad de ejercer su vocación al servicio de la Iglesia y de los españoles, porque era algo que le atraía con gran fuerza. Esas actividades se beneficiaron del entusiasmo y la emoción que infundía a todo cuanto llevaba a cabo, sin olvidar que la base en que se sustentaban todos los quehaceres era su condición de creyente y su vocación religiosa, que vivía con absoluta intensidad. Era consciente de que cada uno tiene sus carismas y, aunque los suyos no eran los más habituales ni convencionales en el mundillo eclesial, luchó para ser aceptado por sus superiores y para que lectores, feligreses o indiferentes pudieran beneficiarse de las dotes que poseía.

No era fácil situarse en esos terrenos tan atípicos, tan resbaladizos. Los católicos españoles estaban acostumbrados a la convivencia con los curas tradicionales y, aunque nunca faltaba alguno que otro que ejerciera otras misiones o se embarcara en cometidos de índole bien distinta, se les prodigaba una mirada que en ocasiones tenía mucho de admiración, pero en otras de conmiseración o de incomprensión. Escribir era una actividad aceptable mientras se limitara a los textos piadosos para devocionarios u hojas pías, pero no tanto si incidía en la información o expresaba opiniones sobre cuestiones discutibles de actualidad. Ya no digamos cuando componían poemas que no se centraban en materias espirituales y mucho menos para el que se atreviera a desarrollar narraciones que reflejaran problemas terrenales, con toda su carga de humanidad y disipación. Se habían educado en un ambiente donde les habían imbuido el alejamiento que debían mantener de la ficción como lectores, en el que severamente les habían aleccionado contra ello.

En un editorial del semanario Vida Nueva (probablemente escrito por el propio Martín Descalzo) se denunciaban estas actitudes: «No deja de ser curioso observar las variantes posturas que los ambientes católicos más vivos han ido experimentando ante este ancho campo de lo artístico. Durante muchos decenios el signo era no solo de total ignorancia, sino además de orgulloso desprecio. Literatos y escritores eran un subgénero. Mientras el teólogo tenía la verdad, el poeta solo tenía la fantasía, la loca de la casa. ¡Ay del seminarista que tenía la “desgracia” de albergar en su alma una segunda vocación poética! “Novelas, no verlas”, se decía con un jueguito de palabras muy mono. ¿Y quién se hubiera atrevido a citar a un novelista en un sermón como no fuera para fulminar sus licenciosas obras?»1. No hay exageración en la denuncia, aunque se haya intentado enmascarar el rumbo que entonces era predominante.

Las normas que tradicionalmente recibían los seminaristas en orden a las lecturas eran muy estrictas y se hallan expuestas en cualquiera de los manuales que se han ido manejando. Atendiendo tan solo a lo que se divulgaba en los dos últimos siglos, podremos atender a referencias muy explícitas que nos harán comprender el ambiente intelectual en el que se movían (o más bien sus carencias). En la obra que el P. Antonio María Claret les dedica se habla del estudio y hasta de la gimnástica (muy útil para conservar «en toda edad la salud, el vigor y la belleza»), pero en absoluto se alude al provecho que puede reportar la lectura.

Mejor dicho, en el capítulo que se destina a los ocios vacacionales (más instrucción, más piedad), se hace referencia a los males que puede traer consigo. Es imperioso privarse absolutamente de «toda lectura inútil; con mayor razón no permitirse alguna que sea peligrosa. Guardarse de los libros que no se conocen; no dejarse llevar de la tentación muy propensa a leer libros malos o sospechosos, con el pretexto de que un sacerdote debe conocerlos para juzgar de su doctrina: esto sería querer envenenarse para probar el veneno. Tampoco conviene leer las novelas o romances, aunque parezcan espirituales, y que tengan en sí alguna ventaja, pues las mejores no valen nada o casi nada» (1865: I, 321).

Tan drásticos como el P. Claret son los consejos que imparte el P. Borgonovo, quien traza las actividades más convenientes para el seminarista que se halla de vacaciones. Estudio, piedad, paseos, lecturas piadosas son muy aconsejables, incluso el ejercicio de las Bellas Artes, que proporciona placer y descanso. En cambio, «los juegos de baraja, los partidos de deporte, la lectura de novelas, lejos de solazar el espíritu, lo disipan de ordinario con detrimento de la piedad y el recogimiento» (1952: 16).

No seríamos del todo justos si omitiéramos posiciones más comprensivas, las de quienes no se cierran en banda ante lo que representan lo que podríamos llamar «letras profanas». UnaGuía del eclesiástico, de Vicente Carderera (1856), tal vez por beber en fuentes francesas, expone que «no puede prescindir el sacerdote del estudio de la literatura que adorna el espíritu, dulcifica las costumbres, forma el gusto y realza el carácter, porque está obligado a poseer todas estas cualidades [...]. La falta de conocimientos de esta clase que, por desgracia es demasiado común en los eclesiásticos, no puede ser dispensada de ningún modo por la sociedad actual» (p. 81). No por ello deja de señalar los peligros que representan ciertos libros, «espantosos engendros del espíritu volteriano» y «satánicas lecciones de inmoralidad que estragan la imaginación y el corazón» (p. 86). Con todo, se observa en sus palabras que no rehúye de cuanto bueno proporciona la literatura, que puede aportar al clérigo distracción, conocimientos, elevación de espíritu... Podríamos decir que constituye una excepción ante los juicios anteriormente expresados.

Pero después estaba la terca realidad, la que mostraba las bibliotecas de los seminarios, escasamente dotadas; con fondos antiguos y de calidad dudosa; más centradas en devocionarios y teología rancia, y, sobre todo, cerradas a cal y canto, de manera que nadie podía beneficiarse ni aun de lo exiguo y arcaico de sus fondos2. Lo vivió José Luis en Astorga. Nunca pudo utilizarla, porque no estaba a disposición de los alumnos, aunque tuvieron la «suerte» de que en una ocasión se la enseñaran: «Allí entramos con cierto complejo de pecado, como si de un templo pagano se tratase, admirados y asustados. Y lo único que de aquella visita recuerdo es que había mucho polvo y que a la llave que cerraba la biblioteca se añadían aún varios candados con los que clausuraban un armario que encerraba los libros incluidos en el Índice. ¿No habría que confesarse por haber mirado los lomos al pasar?» (2001a: 228). No es difícil deducir que, quienes así imponían semejante cerrazón, lo que estaban demostrando era un auténtico pánico a los libros, como si solo manchas y maldades pudieran derivarse de su uso continuado.

Censura por incomprensión

Ese estado de opinión y de actuación respecto a libros y bibliotecas, tendente al distanciamiento y a la severidad, se hacía notar entre la masa de los cristianos –por lo general poco proclives a estos esparcimientos–, y con mayor razón tendría que enfrentarse el seminarista que sintiera una decidida inclinación por el cultivo de las letras, pero la incomprensión llegaba al extremo de la censura, cuando no a la drástica prohibición, cuando los superiores jerárquicos percibían el afanoso cultivo de tales veleidades por parte de alguno de los clérigos a su cargo. Si eso era lo conveniente respecto a unos textos que tanto les podían distraer e incluso perjudicar, mucho más debían mantenerse al margen de su escritura. La respuesta llegaba de forma tajante y, como la autoridad era ejercida por lo general de manera muy impositiva, el resultado se balanceaba entre la reducción al silencio o la ruptura con el superior para buscar ambientes o autoridades más propicias, lo que no era fácil de encontrar. Bien es verdad que cuando llegamos a la segunda mitad del siglo XX se aprecia una evolución hacia un mayor aperturismo.

Lo vemos en una modesta publicación del propio Martín Descalzo. En un folleto de sus comienzos como escritor3 lleva a cabo una mesurada defensa de un género que hasta entonces había concitado muchas repulsas: «Novelas, sí; pues, ¿por qué no? Es un camino artístico como todos los otros; es una obra cristiana como las demás, aunque –claro– con su peligro de ser prostituida, como todas las cosas». Y lanza cuatro indicaciones respecto a su utilización: hay que leer novelas, aunque pocas, buenas y bien.

Afirma que ya no se escriben con el fin exclusivo de divertir, como se creía antes, ahora los autores buscan sobre todo influir y también los lectores esperan encontrar una serie de conceptos que les sirvan para vivir. Ya no es un pastel de postre, sino una espada, «y sería muy triste que los últimos en darnos cuenta de ello fuésemos los católicos». No por ello deja de lanzar serias (y tal vez excesivas) advertencias: «Nada se pierde por no haber leído a Sartre o a Gide o se pierde muy poco. Ensuciar el alma, en cambio, es malbaratar, ni más ni menos, la sangre de Cristo [...]. Vale más un centímetro de Gracia que mil kilómetros de cultura» (p. 4).

Contribuciones como estas irán diluyendo la intransigencia que se impuso a los clérigos durante siglos. Dos razones abonan este cambio, paulatino y con todas las reservas, pero que trastocará la cerrazón a la que todos se habían acostumbrado. Por una parte, el hecho de que el número de quienes optaron por seguir esta vía era más numeroso a cada momento: ya no se trataba de un sacerdote díscolo, sino de un número que crecía de día en día. En segundo lugar, tanto la literatura como el periodismo presentaron un notable incremento en esos ambientes confesionales, y los especialistas pusieron de manifiesto el valor de los escritos que planteaban con toda seriedad las cuestiones religiosas, hasta el punto de configurar tendencias consolidadas: por ejemplo, respecto a la novela católica, a veces compuesta por laicos, pero también por algún que otro sacerdote vocacionalmente inclinado a estas formas de expresión. Igualmente se manifestaba esta propensión en el terreno de la poesía.

También en el campo de la prensa se observaba la gallardía con que surgían o se transformaban cabeceras dedicadas a las cuestiones religiosas (saltando por encima de las tradicionales revistas devotas), que abordaban los problemas de actualidad con la misma normalidad con que se trataban otras cuestiones del presente y que además mantenían posiciones beligerantes, al filo de la situación que se estaba viviendo en España en los tiempos del franquismo. Aunque a muchos obispos no les gustara esta orientación y tampoco eran partidarios de que sus sacerdotes formaran en la primera línea, se veían obligados a aceptar que se actuara de ese modo, pensando quizá que tales publicaciones podían ser controladas mejor que las empresas independientes y que los periodistas sin una adscripción tan clara.

Una personalidad como la de José Luis Martín Descalzo se construyó sobre la base de una decidida vocación y una sensibilidad a flor de piel, a las que pronto sumó una atracción intensa hacia la lectura y un afán de exponer lo que sabía y sentía a través de la escritura. A ello había que añadir la voluntad de seguir su propio itinerario por encima de imposiciones y de caminos trillados, que respetaba, pero que notaba ajenos a su verdadero espíritu. Obligarle a que tomara la senda a la que se sometían el resto de los compañeros habría supuesto aniquilar lo que de original y auténtico brotaba en su interior. Por otra parte, por más que les molestara la existencia de sacerdotes con estas inclinaciones, no dejaban de reconocer que en este caso los resultados eran espléndidos, fruto de un talento muy poco corriente.

Por fortuna, pronto encontró un cauce de expresión para sus creaciones y se sintió apoyado por un grupo de compañeros que se movían en las mismas coordenadas, con lo que desde el primer momento no se sintió como un ave rara, sino como clérigo que encuentra una deriva propia para manifestarse. De la misma manera que se sabía sacerdote hasta el fondo, también era consciente de que no podía ni quería renunciar a su vocación literaria y periodística. Percibe que otros llevan la misma dirección y que de esa manera puede llegar a multitud de personas que se benefician de tales prendas: las que ha sabido poner al servicio de la fe y de los hermanos. A partir de ahí ya solo era cuestión de profundizar en la línea que había emprendido y atender a las incitaciones intelectuales y profesionales que se le iban presentando. Con todo, en varios momentos de su andadura tendrá que driblar las presiones que le llegan desde los superiores jerárquicos, que aceptan a regañadientes que desarrolle esa dedicación y se hallan prestos a las amonestaciones y a ponerle trabas ante lo que advierten como desmanes. Lo veremos al hilo de actuaciones concretas, no pocas de carácter singular que emprenderá a lo largo de su vida.

Por ejemplo, lo que ocurrió a raíz de publicar su novela La frontera de Dios, con la que ganó el premio Nadal en 1957. Contaba muchos años después que «estaba escrita con la ingenuidad de los chiquillos y, asombrosamente, formó un extraño revuelo. Hoy resulta arcangélica, pero entonces a algunos les pareció muy fuerte. ¿Cómo podía escribir “aquello” un cura? Hoy sonrío al leer las críticas escandalizadas de algunas pías revistas».

Una de las consecuencias que se derivaron de aquellas extrañas apreciaciones fue el hecho de que la autoridad eclesiástica no vio con buenos ojos el que continuara por la temeraria senda de escribir novelas. No se atrevió a prohibírselo, tal vez porque también contaba con defensores, pero le forzó a que utilizara un seudónimo para sacar a la calle la siguiente, El hombre que no sabía pecar (1961). José Luis no hizo cuestión de honor el aceptar la indicación superior, como saben quienes le han seguido. Lo explicaba de la siguiente manera: «A mí no me preocupaba el lanzar aquel libro sin mi nombre (aunque no me entusiasmara tenerlo como una especie de hijo ilegítimo). Lo que me angustiaba era ver que obligaban a enfrentarse mi vocación de cura con mi vocación de escritor. Y yo no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de ellas. Sufrí porque estaban metiendo la espada en el mismo centro de mi alma» (2001a: 225). Era una prueba más de que empezaba a caminar sobre un terreno resbaladizo.

Contra el desaliento

Lo que merece ser subrayado es la actitud con que afronta estas situaciones. Cuando en una ocasión le preguntan si le causan muchos problemas las novelas, artículos u obras de teatro, la respuesta no es sino de quien se amolda a las circunstancias: «Los normales. Por un lado, yo tomo los problemas con tranquilidad. Por biología, soy un hombre gordo y feliz. Y, por otro lado, pienso que tengo demasiado trabajo que hacer para andar preocupándome y perdiendo el tiempo por comentarios de los demás. Yo hago lo que creo que debo hacer. Lo que dicen los demás lo escucho y lo aprovecho si me ayuda, pero no voy a andar sufriendo por no gustar a todo el mundo». Animoso como era, en ningún momento ha tenido la tentación de abandonar a causa de las trabas sobrevenidas: «El desaliento no es parte de mi naturaleza», corta tajante (Moncayo 1974).

Porque se vio obligado a defender su vocación por encima de miedos e imposiciones es por lo que toma como bandera los éxitos que estaba logrando, pues de esa manera otros se verían animados a seguir el camino que les mostraba. Esa actitud se hace notar, sobre todo, cuando consigue el premio Nadal en 1957. Un periodista que le entrevista en Valladolid transmite que el galardonado no quiere que lo suyo se aprecie como un triunfo individual, «sino de todos los sacerdotes, a quienes debe servir de estímulo para llevar adelante la gran empresa que a los religiosos nos incumbe dentro de la literatura, de la que no soy más que un síntoma» (en ABC, 8 de enero).

Esas palabras debieron de calar hondo en los ambientes clericales, pero también en los literarios y hasta entre quienes observaban todo este movimiento desde fuera. Un mes más tarde, tal voluntad de hacer extensiva la victoria a los sacerdotes que se consagraban a la literatura era glosada por Manuel G. Cerezales en el mismo periódico: lo que hemos oído no es una fórmula convencional, ni prima el sentido del compañerismo. Este grupo de clérigos concomitantes existe; está «constituido por individualidades de bien diferenciada personalidad y unidos, además de por su condición de ministros del Señor, por afinidades nacidas de la vocación literaria y del propósito de intervenir e influir con sus trabajos y escritos en la vida intelectual de nuestro país». En cierta manera supuso una conquista que animó a quienes se sentían inseguros en el camino que deseaban emprender y fustigados desde una mentalidad estrecha.

Tal vez, los que tantas trabas ponían al desarrollo y expansión de espíritus como el suyo, no se daban cuenta de que ya era ido el tiempo de reducir a los clérigos a una cerrazón intelectual que no les beneficiaba a ellos, como tampoco a quienes tenían a su cargo. José Luis dirá que en los seminarios ofrecían elementos suficientes para una completa formación y tal vez tuviera razón si se refería a la de carácter eclesiástico –y en alguno de ellos todavía era dudoso que se alcanzara esa meta–, pero no lo que se sitúa fuera de ese ámbito.

Y aun se desdeña esa necesidad de prepararse para la vida corriente cuando se abandonan las aulas, porque se piensa que ya se ha llegado a la posesión de todos los saberes que se precisan (algo que por desgracia también ocurre en otras áreas): «A casi todos les falta ese barniz, ese saber decir que muchas veces da el hojear las revistas y leer cuatro novelas» (1992a: 148). Es una pena, porque entonces se les nota su alejamiento del mundo en el que deberán moverse, la distancia que les separa de las gentes de su edad; que no tendría por qué producirse si esta cuestión se enfocara bien desde el principio.

No es lo que le sucedía a nuestro personaje. Conjugando esas facetas variadas de su personalidad transcurrió su existencia, en la que nunca abdicó de la entrega. A ratos más escritor (novelista, ensayista, poeta) que periodista (articulista, cronista, director) y en otras ocasiones al revés, pero siempre y sobre todo sacerdote. Esos fueron sus comienzos y de esa manera llegó al final, que le sorprendió con la pluma en la mano. Y es que así eligió vivir y así quiso morir. La suerte le acompañó, porque fue feliz con todo lo que hacía. Como el niño grande y gordinflón, pero responsable, trabajador y cariñoso que se presentaba siempre ante nuestros ojos.

Tal forma de ser la resumía en unas pocas palabras: «Pienso que el sacerdocio es un darse completo a los demás. Y cada uno se da como sabe: yo, hoy, escribiendo» (1992a: 249). De puertas afuera era lo más llamativo, y cuando se repasa su vida puede parecer que sus horas y sus esfuerzos los consumía exclusivamente con esta dedicación, pero en realidad no era así. O hay que examinarlo desde la perspectiva de la complejidad de toda existencia humana. Una cosa son los cometidos que se muestran, lo que se contempla desde fuera, y otra es el espíritu que anima ese quehacer. Además, no debemos dejar al margen una serie de actividades de carácter estrictamente sacerdotal (actos de culto, práctica sacramental, atención a las personas que solicitaban atención religiosa...). O se examina en su totalidad o se corre el peligro de ser parciales o incluso de no haber comprendido nada.

En cuanto al enfoque que daba a sus escritos, debemos subrayar su voluntad de ofrecer a los lectores lo que era más cercano a sus capacidades y sensibilidad. Él era consciente de que algunos caminos, muy prestigiosos y buscados por otros, no eran precisamente los suyos. Y lo confesaba abiertamente, porque conocía sus límites y trataba de aprovechar lo que más fuerza y eficacia podía proporcionar a sus textos. Por ejemplo, en unas páginas dedicadas a la Virgen expone con sencillez cuál es su punto de partida: «Me parece que solo hay un camino para acercarse a María: el amor. Y que ese camino puede andarse con dos ayudas: la teología y la intuición poética. Yo, que me siento incapaz para la teología, he tratado de acercarme a ella con lo único que puedo tener»4. También lo señala cuando escribe sobre la Pasión: «Yo no soy un teólogo y me planteo el problema más antropológica o poéticamente que desde el punto de vista de la teología (1991a)»5. No es que ignorara los planteamientos teológicos, sino que prefería adentrarse por los caminos de la poesía, de los sentimientos, de la ternura. Por ahí se sentía seguro y sabía también que de esa manera llegaría a tocar las fibras sensibles de quienes se acercaban a sus libros.

Ya que hemos aludido a ciertos caracteres propios de su personalidad, tal vez resultara conveniente detenernos en ella para ofrecer algunas pinceladas sobre su forma de ser. Ciertas pistas las ofrecen sus artículos y extraeremos de ellos referencias que pueden tener interés. Tampoco esconde su hermana Angelines cómo le veía, en sus virtudes y defectos, que en todo ser humano suelen ir muy del brazo6. Por ejemplo, contaba cómo «le vi olvidar el agravio, el desagradecimiento, la injuria. A todo ello era sensible, pero le vencía el amor. Decía: “El hombre no es lo que son sus obras, es lo que es su corazón, y este es siempre bueno [...]. Le vi enfadarse, alguna vez fuertemente. Pero le vi elogiar muchas más”» (p. 10).

Vuelta a los amigos

Tal vez no se entretenía con amigos, como hubiera sido menester. Sobre ello se detiene su hermana, a la que se encontraba muy unido y que le acompañó en los últimos años: «A José Luis alguien le reprocha que no cultivó la amistad hasta los últimos años. Tiene razón, solo pudo cultivarla cuando alguien le necesitaba. Pueden decirlo los miles de cartas a desconocidos y los amigos que parecían olvidados en los días triunfales, pero le encontraron en los días difíciles y de dolor» (ib). Claro que estamos hablando de amistad honda, la que nos hace sentir apegados a otros individuos y que se cultiva en el día a día.

En una ocasión explicaba cuál podía ser el fundamento de esta actitud retraída (no en la superficie, porque conectaba bien con la gente, sino en los estratos profundos de su ser). Habla de lo bien que se sentía con sus padres y añade: «Todo ello hizo que mi infancia se realizara casi fuera de este mundo. Me hice un poco arisco, poco amigo y necesitado de la amistad, en la medida en que encontraba la felicidad dentro de casa. Los libros, la música, la paz de casa eran para mí más que suficientes. Tal vez por eso soy ahora el solitario que soy»7. No siempre, no siempre.

La despedida que le dedica el cardenal Tarancón incluye un párrafo muy significativo, porque subraya un aspecto «que quizá muchos no conozcan, pero que refleja la delicadeza de su corazón y la madurez de su personalidad. Él supo ser el auténtico amigo del que hablan las Escrituras y que es un verdadero tesoro para el que lo encuentra. Durante muchos años hemos sido amigos, amigos de verdad. Él fue el amigo que nunca adula, pero que ayuda y sirve siempre. El amigo que sabe disentir, pero con amor, para prestarte un mejor servicio, que está siempre a disposición del amigo y al que puedes acudir con absoluta seguridad de que en él encontrarás el consejo desinteresado, la comprensión afectiva y la ayuda cordial» (1991a). Otros podrían haber expresado unos sentimientos semejantes, pero no era lo más frecuente.

Quizás esta actitud suya de introversión tenga mucho que ver con su pasado, pero también con la abundancia de trabajos que echaba sobre sus hombros y que le hacía andar siempre presuroso, porque pensaba que no podía llegar a todo lo que se había propuesto. Había en él un afán superlativo de aprovechamiento del tiempo, de no entretenerse con nimiedades porque eran muchas las tareas que le aguardaban: «Hay que vivirse hasta los topes, precisamente porque la vida es frágil. Hay que sacarle jugo a nuestras horas, porque tenemos pocas», señala en una ocasión. Y en otra: «Yo bendigo siempre a Dios porque se me ha concedido un trabajo que me apasiona, un trabajo que yo seguiría haciendo aunque no me pagasen por él, aunque tuviera que pagar por hacerlo. Quien esto tiene es un privilegiado de la fortuna».

Aduce las penalidades atroces que asediaron a Mozart, cuando componía obras memorables mientras conjuraba su hambre con los bocados que sustraía en las casas de los ricos y tenía que hacer frente a la muerte de una hija a causa de la desnutrición. Uno no puede sentirse desgraciado con los pequeños contratiempos que acaecen: «¿Cómo aceptar que mis propios dolores diminutos me detengan un solo segundo en mi hermosa tarea de escribir y escribir?» (2001a: 77, 292 y 61).

Esa conciencia de empleo provechoso del tiempo, pero que llegaba al exceso, a veces le llevaba a plantearse la moderación como una meta deseable. Lo consignaba en uno de sus mandamientos: «Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pautas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que solo crecen con el trabajo. Pero sabes también que hay otras que solo viven en el ocio fecundo» (ib: 101). ¿Trataría de aplicárselo alguna vez?

Tal vez sí, pero llegó un momento en que la imposición le vino de fuera: «Hace algunos meses yo hubiera puesto mucho antes el verbo trabajar que el verbo conversar. Tuvo que venir el latigazo de una enfermedad para que yo descubriera que la amistad es infinitamente más valiosa que todos los trabajos del mundo y que, aunque el trabajo es una de las partes mejores de nuestro oficio de hombres, aún es más humano sentarse de cuando en cuando a charlar amistosamente con los amigos» (ib: 413). Sin duda esa era su intención, pero no ignoramos cómo aprovechaba cada uno de los ratos en los que se sometía al tratamiento médico y cómo le cundió para la lectura y la escritura ese tiempo de teórica quietud.

No podíamos dejar de prestar atención a estas cuestiones personales, que nos permiten conocer el trasfondo que impulsaba sus actuaciones, que son las que iremos exponiendo en las páginas siguientes. Otra cuestión –y esta nos afecta en nuestra función de biógrafos– hace referencia a la necesidad de trocear su vida y su escritura para exponerla de forma que sea percibida con claridad por los lectores. Ya hemos señalado que no debería separarse su entrega como sacerdote y como escritor, pero es que además en esta última función hemos diseccionado la dedicación a las letras de la que afecta a la prensa y tanto en aquella como en esta nos enfrascamos en la tarea de ofrecer sus logros de manera fraccionada, como el forense que examina por una parte el corazón y por otra el bazo, cuando un organismo no actúa por parcelas separadas, sino que todo se mueve al mismo compás. Entiéndase que lo hacemos por razones didácticas y de comprensión lectora, no porque su existencia transcurriera con una separación tan acusada.

Para acercarnos a las realizaciones e interioridades de esta figura, hemos seguido un gran número de pistas que nos fue dejando a lo largo de su existencia, a través de los testimonios de amigos o de quienes en un momento dado se acercaban a él, de las entrevistas donde se explayaba sobre sus pensamientos o quehaceres, de sus acciones y múltiples escritos. Su obra literaria es una exposición constante de las preocupaciones que le cercaban, donde se transparenta el mundo interior que le espoleaba, aunque ese desahogo estuviera recubierto por un velo ficcional la mayoría de las veces (no así en los poemas, claro está, convertidos en una confesión que llega a desnudarle por entero en ocasiones).

Pero es en los artículos –y mejor todavía en las columnas– donde se explicitan cantidad de datos, apreciaciones y sentimientos que revelan lo que bulle en su persona, también las circunstancias por las que iba transcurriendo su existencia8. La dificultad estriba en que la producción periodística que iba esparciendo es absolutamente voluminosa, muy repartida en las cabeceras donde colaboraba y, por tanto, complicada de conseguir en su totalidad. En cambio, no disponemos de obras propiamente memoriales, tal vez porque lo que deseaba revelar nos lo hacía llegar por los medios citados.

En razón de esas pistas que va esparciendo, hemos aprovechado el material para que nuestros lectores tengan una información más directa, desprendida de sus propias palabras. Abundan aquí las citas de sus trabajos, porque quién mejor que él mismo para darnos las claves de su personalidad y de las circunstancias que concurrieron en su existencia. Las hemos utilizado, sí, pero en todos los casos anotamos la referencia exacta del autor y la página de donde han sido obtenidas. Ese afán de exactitud y de dar a cada uno lo que le corresponde es lo que nos ha llevado a extender tanto la bibliografía.

Escritura rápida

Lo que no debe esperar nadie en sus relatos y artículos –tan profundos y emotivos, tan francos y directos– es una perfección formal, porque no la tienen. Se nota que escribe muy deprisa, tal vez no revisaba lo que acababa de componer, porque es así como se suele escribir en las redacciones cuando los minutos se agotan. En otros tiempos, en los de nuestro autor, el regente de la imprenta estaba al acecho para arrebatar el folio de la máquina, imposibilitado de aguardar más. Otra cosa son las novelas y los versos, que podía plantear con mayor sosiego.

Parece que era consciente de estos fallos menudos, porque en alguna ocasión se distancia de los autores que están demasiado pendientes de alcanzar la imposible perfección, lo que les lleva a confundir la literatura con el encaje de bolillos: «Escribir se ha vuelto para muchos de los escritores contemporáneos una fabricación de tartas de crema hecha con palabras. ¡Ah, qué maravillosamente colocan sus adjetivos! ¡Cómo se ve, tras cada una de sus frases, pavonearse a su autor, que está muy satisfecho de demostrar en cada una que es más listo que nosotros! ¿O acaso no es cierto que un altísimo porcentaje de lo que hoy se publica no pasa de ser una colección –tal vez muy hermosa– de fuegos de artificio?» (2001a: 338).

Efectivamente está fuera de duda que algunos están más pendientes del «cómo» que del «qué», pero eso no debería estar reñido con la voluntad de estilo, con el esfuerzo de presentar los textos en la mejor disposición. No es que José Luis se abstenga de ese empeño, pero en ocasiones la celeridad le acucia. Hasta su amigo Mons. Antonio Montero insinúa las sombras que se perciben: «Hemos criticado a veces a José Luis que escribiera tan a la pata la llana, que se le entendiera todo, que se expresara al alcance de cualquiera, que cometiera el delito de ser popular» (1991). En verdad, desde sus comienzos puso mucho empeño en llegar a la gente y eso no siempre produce los mejores resultados (resulta eficaz en el ámbito del periodismo, pero no tanto en el estrictamente literario)9.

También se hacen notar las abundantes repeticiones que se observan en el conjunto de su obra. No se perciben si atendemos a los libros principales, pero se hacen evidentes cuando ampliamos el campo de nuestras lecturas10. Sobre todo, en dos esferas: la periodística y la que atañe a la predicación. Con los miles de artículos que llegó a escribir es imposible que las mismas ideas no saltaran una y otra vez; con los centenares de sermones que pronunció no podía sino redundar en lo ya dicho en otras oportunidades (no hubieran trascendido las exposiciones orales, pero algunas de ellas se publicaron, dado su valor).

Sin entrar en mayores precisiones, veamos lo que ocurre con el cuento «La verdadera historia de la viuda del granadero», ofrecido primero en versión amplia, reducida luego, y más tarde transformado en artículo de prensa como «Historia de doña Anita» e incorporado a su libro Razones para la esperanza. Un larguísimo recorrido en este caso; más breve en otros, pero sobre todo muy frecuente a la hora de recoger ideas, aprovechadas en distintos contextos. Anécdotas de aquí y allá, citas de sus autores preferidos y recuerdos de su infancia o aleccionamientos de sus padres vemos cómo acuden a su pluma en distintas ocasiones.

Defectos al margen (no todo lo apuntado puede ser calificado de esta manera), lo que está fuera de duda es la espléndida recepción que obtuvo por sus escritos. Nunca se le consideró un autor de primera fila, una celebridad literaria, y sin embargo algunos de sus libros se reeditaban una y otra vez; los artículos y reportajes eran devorados con fruición; poemas suyos eran saboreados por un número considerable de gentes de todas las edades y clases; cantidad de lectores le escribían con el afán de recibir respuestas personalizadas a sus problemas o aspiraciones, hasta el punto de no alcanzar a dar respuesta a todas las comunicaciones que le llegaban y eso le hacía sufrir, porque le hubiera gustado ayudar a quienes se dirigían a él. Nada que ver con los escritores más jaleados y premiados de su tiempo. ¿Cómo puede explicarse este contrasentido?

Para nosotros estriba en su doble condición de periodista y de sacerdote. Cuando se vive tan volcado en la prensa como era su caso, quienes imparten reputación y honores se inhiben, como si tal dedicación rebajara el grado de calidad literaria, como si los libros estuvieran contaminados desde el momento en que el autor comparte la soledad de su estudio con una mesa en la redacción. Por otra parte, su cualidad de sacerdote es tenida en ciertos ambientes como invalidante: no puede ser un escritor en estado puro quien mantiene un compromiso personal dentro de la Iglesia con la seriedad y fervor que eran propios de su carácter11.

En los ambientes intelectuales existía –y no se ha desprendido con el tiempo, sino más bien al contrario– una preponderancia del espíritu agnóstico, que hacía derivar con frecuencia hacia una proclividad anticlerical, confesa o encubierta: para muchos, un clérigo no cultiva las letras por sí mismas, sino que busca el proselitismo o el adoctrinamiento. Ese pensamiento marca el ritmo de quienes ocupan los puestos más elevados en el escalafón literario: ¿cómo dar premios y prebendas, cómo ofrendar prestigio a quienes no se atienen a estrictos comportamientos homologados por la élite? Además, José Luis no era de izquierdas ni militaba en un partido progresista, un posicionamiento que algunos consideran imprescindible para elevar el rango. Con todos estos baldones en su historial, ¿es que podía esperarse que le miraran de distinta manera?

Además de los pormenores señalados y que confluyen en su personalidad, aún cabe apuntar otro rasgo más. Claro está que José Luis contaba con unos amigos, todos los cuales participaban en planteamientos coincidentes. Pero esta sincronía, al menos en su caso, no era motivo de buscar refugio bajo su sombra, para encontrar protección y entregarse al manido deporte de los elogios mutuos o del compadrazgo. Camaradas, por supuesto, pero sin buscar encerrarse en esos límites y despreciar todo lo que sucede en el exterior de la fortificación. Hasta señala posicionamientos semejantes en su entorno: también «entre los católicos hay quienes dan la consigna (incluso grupos y movimientos enteros) de ignorar totalmente los valores artísticos o literarios de aquellos escritores o artistas contrarios a su fe. Yo esto no lo entiendo».

Lejos de las modas

Es consciente de lo que en líneas generales ocurre, porque tendría que estar ciego para no detectar esta indeseable realidad. Se queja ante un entrevistador: «En toda mi obra creo haber sido siempre un “outsider”. No me siento parte de ningún grupo, ni de ninguna generación. He huido siempre de las modas y de los compadrazgos. Esto a veces se paga con unas ciertas zonas de silencio en torno a tu obra, pero tampoco esto me preocupa demasiado. Creo, efectivamente, que soy un “bicho raro” y no me preocupa aparentar demasiado» (Vila 1982: 39). Lo reitera ante otro de los que le interrogan: «Los caminos para que un autor se dé a conocer en nuestro país no son precisamente limpios, sobre todo cuando no perteneces a un clan o grupo. Yo soy un independiente, un “off-side”. No me quieren los de la derecha porque dicen que soy progresista. Tampoco los de la izquierda porque soy cura. No me ayudaban los franquistas porque era antifranquista. No me ayudan los socialistas porque tengo el pecado de ser cristiano. Sigue siendo necesaria la etiqueta política y yo no estoy dispuesto a prostituirme hasta ese nivel» (Población 1984: 27).

En principio, su búsqueda de equilibrio y la carga de espiritualidad que no oculta, llevan a que muchos le tilden de conservador, pero no todos. Ricardo de la Cierva se refiere «al padre José Luis Martín Descalzo, escritor y periodista notable que siempre actuó al servicio del poder eclesiástico de turno tras haber caído de bruces, y mantenerse de bruces durante décadas, en la fascinación izquierdista y progresista que llegó a cegarle» (1996: 188). Una exageración, sin duda, pero ya conocemos la desmesura de muchos juicios de tal autor12.

Por más que traiga consigo una serie de contrariedades, ir por libre lo considera la orientación más conveniente: «Cuando me preguntan si soy un hombre de derechas o de izquierdas, innovador o conservador, respondo siempre que soy simplemente un hombre libre que quiere ir diciendo siempre lo que piensa, sin estar obligado a decir forzosamente que es bueno lo que la moda pinta como avanzado o malo lo que otra rutina dibuja como conservador [...]. Afortunadamente a mí solo me preocupa lo que digan de mi Dios y mi conciencia, y puedo permitirme el lujo de sonreír ante críticas y comentarios» (2001a: 360). Así pensó y actuó en todo momento.

Él no se enclaustra en el grupo de correligionarios y aparta de su cercanía a los que militan en otro distinto, sino que dice encontrar elementos dignos de admiración en cualquier parte, también en quienes se hallan alejados de sus planteamientos. Lo expresaba con toda franqueza en una ocasión: «¿Por qué voy a decir que escribe mal alguien que dice cosas contrarias a mi vida? Yo prefiero decir con mucha claridad que aborrezco sus ideas, al mismo tiempo que aprendo de su modo de adjetivar». No es muy corriente esta actitud de apertura, cuando parece haber sufrido cierto aislamiento: «Muchos presuntos avanzados no me perdonarán jamás el terrible delito de ser cura. Pero si yo considero injusto su desprecio basado en una etiqueta, ¿con qué derecho incurriría yo en la misma injusticia?». Desde luego es mejor «tener bien abierto el diafragma de la admiración y del asombro» (2001a: 455).

Pero tal tesitura no parecía afectar lo más mínimo a su comportamiento o al enfoque de sus escritos. Tenía interiorizada una línea muy nítida que pensaba seguir por encima de los pequeños contratiempos que aquello pudiera reportarle. La gloria, los galardones, el juicio de los entendidos, el ocupar la cúspide de las letras no parecían hallarse entre las aspiraciones más vehementemente sentidas. Otras metas eran las que se había fijado y a las que no pensaba renunciar. No descalificaba a los que solo pretenden dinero y fama, simplemente no era lo que anhelaba. Sus ambiciones eran de un signo muy distinto y lo demostró con creces a lo largo de su vida.

Es verdad que José Luis era un sacerdote muy poseído de la entrega a la que se había comprometido y estaba convencido de que no podía defraudar a los que confiaban en él, que debía aprovechar sus cualidades para el servicio que la Iglesia y sus hermanos le demandaban. Estamos seguros de que no lo hacía por vanidad, sino por servicio. Es lo que le habían enseñado, lo que había asumido y en lo que él quiso empeñarse en todo momento. A fe que respondió a esta llamada desde el primer instante y no cesó en su actitud hasta el último suspiro.

Su actitud vital era de apasionamiento por cuanto emprendía y dedicación perseverante para llevarlo a cabo. Unas líneas le retratan: «Si alguien me preguntase qué página salvaría yo de cuantas he escrito, respondería sin vacilar que salvaría el coraje con que espero escribir la de mañana; porque ninguna de las obras que hicimos vale la milésima parte de la pasión que pusimos al hacerla, esa pasión que es la que seguirá empujándonos a vivir. Mi mejor día será el de mañana. Y mañana descubriré que el siguiente puede ser aún mejor» (2001a: 728). Todo ello explica cumplidamente su manera de ser: de ahí se deriva nuestra admiración por su persona y el deslumbramiento que nos producían sus escritos. Claro está que tenía defectos, pero quedaban neutralizados por las muchas virtudes que quienes le frecuentaban, leían o escuchaban sabían apreciar.

Aquí no tratamos de elevarlo a un pedestal, sino de acercarnos a su personalidad y exponer las muestras de su genio y de su ingenio, porque es ahí donde debemos situar sus aportaciones. Han pasado más de treinta años desde su desaparición y su obra representa un recuerdo permanente para quienes le conocieron y un descubrimiento para quienes no tuvieron esa oportunidad. Es mucho lo que escribió, miles y miles de páginas, hasta el punto de que a veces resulta difícil de comprender que pudiera volcarse de esa manera sobre el papel en blanco.

Evolucionó también en cuanto a los contenidos y al estilo, porque conocía el terreno que pisaba, había progresado en su cultivo de las letras, de la misma manera que supo adaptarse a un público que había dado un considerable salto adelante. Desde los años cincuenta, cuando se introduce en el ámbito de la escritura, hasta la década de los noventa, en que ofrece las últimas muestras de sus saberes y su capacidad de cercanía, hay más distancia de la que señalan los años, porque la sociedad española ha cambiado notablemente, no solamente en lo material, sino también en sus conocimientos, género de vida y aspiraciones. Él caminó en paralelo, tratando de proporcionar luz a tanto desconcierto como se estaba experimentando.

Por eso los últimos libros que salieron de su taller obtuvieron una recepción desacostumbrada. Si buena parte de sus obras continuaban reeditándose, fueron sobre todo tres las que dieron en la diana del interés popular, aun teniendo en cuenta que el mensaje religioso de que están dotadas no suele ser el más apetecible para los compradores de libros en estos tiempos. Sin menoscabo de buena parte de su producción anterior, aquí hay que situar los tres volúmenes de la Vida y misterio de Jesús de Nazaret, el poemario Testamentodel pájaro solitario y ese conjunto de ensayos tan provechosos que llevan en primer lugar la palabra Razones, pero que inciden directamente en la esperanza, la alegría, el amor, el vivir o lo que nos acerca a la otra orilla13.

Libros nuevos

Llama la atención el hecho de que, a partir de su muerte, algunos de los contenidos de sus libros o ciertos textos que habían tenido otros usos hayan sido recogidos, con nombres diversos, para darles salida ante sus seguidores. Si se acude a las páginas en las que damos una relación de sus obras (al final de este volumen), se observará que se anotan una cantidad inusual de títulos desde 1991, que no están entre los que publicó mientras permaneció en este mundo. Prácticamente en los veinte años siguientes a su desaparición no dejan de salir obras, que a simple vista no identificamos, pero que sin duda corresponden a escritos suyos. Sobre ello ironizaba José María Javierre: «Ahora que lleva muerto varios años, resulta que Martín Descalzo es uno de los escasos autores hispanos “desde la otra orilla”. A mí no me sorprendería ver su firma en libros nuevos, en artículos nuevos. Lo de verle aparecer en televisión ya sería escandaloso. No creo que las reglas de juego de allá arriba lo consientan [...]. Su inmensa familia de lectores nos sentimos alegres y consolados con que él no se haya ido del todo» (cf Razones 2001a: 14).

Los editores habrán pensado que la elevada demanda justificaba este aprovechamiento de los mensajes que siempre se hallaba dispuesto a ofrecer y han variado la forma de presentación de muchas páginas que salieron de su pluma. No juzgamos ni sentenciamos, simplemente mostramos nuestra extrañeza ante lo que no es usual en el mundillo de los autores, cuya bibliografía suele cerrarse una vez que han entregado el último original. Tal vez a José Luis le gustaría esta permanencia de sus escritos, sobre todo teniendo en cuenta que se está divulgando en este tiempo lo que tiene menos de literario y más de ideológico. O sea, que resurge de aquella parte de su producción en la que se esforzaba por poner en manos de sus lectores un contenido más religioso, humano, profundo y sensible.

Una referencia a esta cuestión la encontramos en unas líneas publicadas por su hermana Angelines en el prólogo a un libro póstumo, Buenas noticias: «Cuando nos han pedido publicar estas “minucias” no hemos puesto ninguna dificultad. José Luis había dicho: “Cuando me haya ido no dejéis que se publique nada de lo que yo no he publicado”. Algo que hemos cumplido bastante mal. Pero conocíamos también que nuestro hermano no sabía decir “no” a nada. Bastantes veces le oí esta frase: “Digo una vez al año ‘no’, para que sepan que también esa palabreja entra en mi vocabulario”. Por eso estamos tranquilos y sabemos que desde el cielo no mirará mal las cosas que hemos permitido hacer, o que se han hecho sin conocimiento nuestro» (1998: 11).

Poco a poco se han ido apagando el resplandor que nimbó su persona y su obra y los subidos elogios con que se le despidió, algo que no deja de ser normal en esta sociedad nuestra, pero que en este caso supone una enorme injusticia. En los sucesivos capítulos de este libro descubrirán nuestros lectores las enormes cualidades de que estaba dotado y el valor de las abundantes obras que compuso. No es una apreciación subjetiva, porque está basada en un seguimiento antiguo de su admirable trayectoria (desde que le conocimos en su despacho de la revista Vida Nueva en 1970) y en la lectura entusiasta, pero no acrítica, de miles de páginas de las que fue desprendiéndose a lo largo de los años.

Otros también le siguieron de cerca y sus juicios no son menos admirativos y contundentes. En la despedida que le dedicaba el semanario Ecclesia abundan los certeros juicios que tenía bien merecidos: «Con la muerte de José Luis Martín Descalzo, desaparece de la literatura y del periodismo religioso una pluma incansable, de enorme calado popular, con muchos registros –torrencial, diáfano, expresivo, tierno y crítico– en tonos y en géneros. Pero siempre con Dios al fondo. Los protagonistas de sus novelas reaccionan con actitudes cristianas, los personajes de sus piezas teatrales viven conflictos en los que Dios anda por medio, sus poemas no pulsan otra cuerda que la religiosa –una visión lírica, a ratos narrativa y a veces imaginativa– siempre entreverada de clasicismo y modernidad» (1991a: 5).

Su veterano compañero, el obispo Antonio Montero, le compara un tanto abusivamente con el «fénix de los ingenios»: «Lope, por su obra torrencial y poliédrica; mas también por el ardor y la ternura de su fe, por sus estrofas de Belén y del Calvario, de contrición y de Resurrección, de tortura y de éxtasis; Lope, por la sencillez fluvial de su estilo, al alcance de todas las fortunas intelectuales y espirituales. Escritor de masas. Palabra apostólica y digerible, pan para los pequeñuelos» (1991a). Otro amigo, Bernardino M. Hernando, ofrece estos juicios: «Siempre tuviste el consuelo y la fortuna de ser capaz de literaturizarlo todo. Sobre todo, tu enfermedad. Eres el escritor más poderoso que he conocido en mi vida. Una de las personas más paradójicas, y por tanto humanas, que me ha sido dado conocer» (1991).

Juicios que corresponden a quienes le acompañaron en distintas etapas de su vida y por tanto se hallan en condiciones de aportar testimonios solventes sobre su proceder. Antonio Pelayo le veía «libre en sus planteamientos, desligado de intereses carreristas, fulminante como polemista, de una elegancia en el escribir digna de envidia, pedagógica y brillante». De esa manera «contribuyó a que nuestro catolicismo fuera entendido por los de fuera y se entendiese a sí mismo desde dentro» (1991).

Manuel de Unciti le dedica elevados elogios, pero también señala defectos, y ambos andaban en su vida, como en la nuestra, juntos y revueltos: «No fue el suyo el talante de un radical reformador. El poeta, a las veces, venció al profeta. Propendió al ternurismo más que a la cirugía. Bastantes se lo criticaron. Él solía contraargumentar diciendo que criticaba los documentos de la autoridad mientras todavía estaban en el telar, pero que los asumía, defendía y propagaba cuando ya eran públicos y definitivos. Pudo parecer por esto condescendiente en exceso. Solía mostrarse muy polémico, y hasta displicente, con los radicales. Luego, en el diálogo de tú a tú, dejaba que floreciera de nuevo la amistad con sus adversarios en la polémica. Hay que reconocer, pese a todo, que en ocasiones abusó de una cierta mordacidad» (1991). Es que vivió en unos años complicados, en los que era casi imposible que un periodista al frente de publicaciones de prestigio, donde se debatían cuestiones graves para la ciudadanía o para los creyentes, se mantuviera al margen de los problemas y no se mostrara combativo. Sin duda, José Luis lo consiguió.

Nada nos gustaría más que despertar en unos y otros la necesidad de aproximarse a sus escritos para sacar el máximo provecho de tantas páginas como brotaron de su máquina. Comprobarían todos que a la solidez de sus argumentos sabía agregarle la suavidad de las emociones para formar con ello un conjunto que difícilmente dejaba indiferente a nadie. Hablamos por experiencia propia y por la valoración que efectúan otros muchos, como hemos podido deducir de palabras y escritos ajenos. Fue una pena que la muerte le sorprendiera en una edad tan temprana, cuando tantos frutos podían esperarse todavía de sus capacidades y del entusiasmo que depositaba en todo lo que emprendía.

1 «Los buscadores», en Vida Nueva, núm. 870. Madrid, 17 de febrero de 1973, p. 5. Naturalmente estas actitudes no son más que rachas que se producen periódicamente, porque se han sucedido épocas en las que el apoyo de la Iglesia a la creación artística ha sido exquisito (más en las artes plásticas que en la literatura), incluso cuando los creadores eran clérigos.

2 En modo alguno se puede afirmar que fuera así en todos los centros de estudios eclesiásticos, pero esta era la línea dominante. Señalemos una brillante excepción: la biblioteca del seminario de Vitoria en el siglo XX, con un bibliotecario que exploraba librerías europeas para enriquecer los fondos que se ponían a disposición de los estudiantes.

3...Y novelas también (1959).

4 «Lo que María guardaba en su corazón», en Fábulas y relatos (1996d: 83).

5 Tomamos la cita de la 4º edición, 2019: 10.

6 En el prólogo a Nacido de mujer (1992b).

7 En «Las Navidades de mi infancia», en la revista Sociedad/Familia, enero de 1974.

8 Ocurre con la mayoría de los columnistas, que van dejando multitud de huellas con las que a posteriories posible reconstruir, si no los hitos de su vida, el poso de lo que fueron. Es una actitud que consideramos aconsejable y, como tal, la exponíamos en un libro sobre este género periodístico: «Lo que importa en la columna es el carácter personal de la aportación. Eso significa que en todo momento debe verse la mano de su autor que se pone en comunicación con el público y expresa de forma directa lo que puede resultar de interés para aquel. Por tanto, tienen que ser textos vivos, nunca asépticos ni descomprometidos, porque el columnista debe dejar su impronta en lo que escribe, de tal manera que los lectores reconocerán el estilo del autor en el texto que se les ofrece. En la medida en que la huella de la mano es más profunda percibiremos una presencia más vigorosa, más atractiva, más cercana» (2012b: 26).

9 Martínez Cachero le reprocha con cierta acritud el que escribiera demasiado deprisa la novela La frontera de Dios (el autor había revelado que la redacción final no le ocupó más allá de treinta y tres días), «pero no haría falta saberlo de antemano ya que se echa de ver casi página a página». Y así, «encontramos incorrecciones gramaticales, frecuentísimas repeticiones de palabras, tópicos conversacionales pero no utilizados como tal, sobadas comparaciones de nula eficacia expresiva» (1997: 223).

10 Debemos considerar que el lector corriente no entra en el vasto espacio de toda su producción, que suma un volumen abrumador, pero no es nuestro caso. Por razones obvias hemos examinado los libros principales, pero también otros muchos, incluso centenares de artículos que no fueron recopilados en volúmenes. Atender a esta parte resulta de sumo interés para seguir su trayectoria con todo detalle, pero también se hacen patentes las reiteraciones.

11 Otros han señalado este contrasentido: «Como otros sacerdotes recientemente fallecidos [...] se esforzó en tender puentes entre la fe y la cultura, en armonizar arte y religiosidad, lo que ya es un valioso testimonio, ahora que parece prodigarse un trajín por disociarlos, que el secularismo se predica como un ingrediente de toda obra artística, cuando lo religioso –en los cenáculos culturales– se interpreta como un lastre o un valor de menor cuantía» (Ecclesia 1991: 5). También asegura Álvarez Gundín que «sufría en carne propia el alejamiento del mundo intelectual y cultural de la Iglesia y con todas sus fuerzas y talento luchó para la reconciliación de ambos universos» (1991).

12 En otro momento le achaca desinformación, ignorancia o ceguera por haber polemizado con él y negarle «la relación íntima entre la Compañía de Jesús y la teología de la liberación» (De la Cierva 1996: 130).

13 Para hacernos una idea de hasta qué punto eran buscadas estas obras, daremos unos datos de las reediciones que hemos conocido de los distintos títulos de las Razones. Así, las Razones para la esperanza habían gozado de treinta salidas hasta el año 2005; las Razones para la alegría, 36 salidas hasta 2014; las Razones para el amor, 28 hasta 2002; las Razones para vivir, 26 hasta 2002, y las Razones desde la otra orilla, que salió de forma póstuma en 1991, 19 salidas hasta 2005. En los años posteriores no han dejado de ser reeditadas, aunque no prosiguieran con el mismo ritmo.

De cabeza al sacerdocio

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