Marie Curie - Ariadna Castellarnau - E-Book

Marie Curie E-Book

Ariadna Castellarnau

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Beschreibung

Una luchadora incansable que logró dos Nobel con genios y perseverancia. La científica Marie Curie fue una luchadora incansable que logró dos Nobel con genio y perseverancia. Fue una heroína de la ciencia; una mujer de fuertes convicciones que hizo de la pasión por el conocimiento el motor de su vida. Amó por encima de todo su trabajo, su familia y su tierra, y por ellos lo dio todo hasta la extenuación. Mujer de gran sensibilidad, puso su saber al servicio de la humanidad sin pedir nada a cambio, y en momentos convulsos, demostró su valentía y entrega a los demás. Su  enorme intelecto, determinación y capacidad de sacrificio la convirtieron en la científica más galardonada de todos los tiempos.

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Seitenzahl: 221

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

I. UNA EXTRANJERA Y UN SUEÑO

II. UNA VOCACIÓN INEXORABLE

III. ANTES DE LA TORMENTA

IV. LA DETERMINACIÓN

V. LA DEFENSA

VI. EL LEGADO DEL RADIO

CRONOLOGÍA

© Ariadna Castellarnau por el texto

© Alba Muñoz por la introducción

© 2019, RBA Coleccionables, S.A.U.

Realización: EDITEC

Diseño cubierta: Llorenç Martí

Diseño interior: tactilestudio

© Fotografías: Alamy: cubierta, 105a, 107; Musée Curie (Coll. ACJC): 10, 17ai, 31b, 51, 57, 71, 97b, 105b, 108, 123, 131, 136, 161, 174, 201; Musée Curie (Coll. ACJC)/Henri Manuel: 155, 183; Getty Images: 17ad, 17b, 44, 82, 97ad, 146, 189; Wikimedia Commons: 25, 31ai, 63a, 79, 141i, 169a; Age Fotostock: 117; Bridgeman Images: 63b, 91, 141d; Bibliothèque nationale de France: 97ai; Mary Evans/Scala, Florence: 169b; Album: 31ad

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: septiembre de 2025

REF.: OBDO788

ISBN: 978-84-1098-682-4

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Si existe una mujer que, en contra de los designios de la historia, ha logrado resistir el embate del tiempo con su brillo imperecedero, esa es Marie Curie. Su mirada seria, profunda y algo triste, con la que parece sostener el peso de su propio destino, ha pasado a formar parte del imaginario colectivo, y su figura pervive hoy como un símbolo de talento y fortaleza femeninos. La historia la ha dotado de ese halo de solemnidad que desprenden los grandes genios, pero su vida, cargada de lucha, determinación y resistencia, fue un gran acto de rebeldía en un mundo dominado por los hombres.

Curie, como sus descubrimientos, fue un elemento nuevo y radiante, una maravillosa rareza que lejos de encajar en la tabla de la época, abrió un nuevo hueco para aquellas mujeres que, como ella, querían seguir sus sueños y abrirse camino en una sociedad que las conminaba a aguardar en casa, a ser espectadoras inocuas de un mundo en plena efervescencia.

Aquella joven inmigrante polaca, armada tan solo con su pasión por la ciencia y la profunda convicción de que solo el conocimiento y la educación podían cambiar el mundo, triunfó en unas disciplinas que por aquel entonces estaban vetadas a la mayoría de las mujeres y se convirtió en la científica más galardonada de todos los tiempos.

Ella fue la primera en ganar un premio Nobel, en Física, junto con su marido, Pierre Curie; y también la primera persona en obtener un segundo Nobel, esta vez en solitario y en otra categoría: Química. Sus descubrimientos en el campo de la radiactividad fueron fundamentales para el desarrollo de los grandes avances científicos de principios del siglo XX. Pero más allá del evidente logro profesional, su mayor gesta consistió en trascender su fulgurante carrera como investigadora para convertirse en una auténtica pionera. Marie consiguió abrir el camino de las mujeres en el mundo de las ciencias, dejando tras de sí un sendero escarpado pero posible.

Orgullosa y perseverante, su fuerte personalidad y su titánica entrega le ayudaron a vencer una barrera tras otra: en un tiempo en el que muy pocas mujeres lograban cursar estudios superiores, se licenció en dos carreras de ciencias, Física y Matemáticas, fue una de las primeras mujeres en tener un doctorado, y también la primera en acceder a un laboratorio e impartir clases en la Universidad de la Sorbona. Como un rompehielos, siempre implacable y silenciosa, Curie refutó con su ejemplo la idea de que las mujeres eran intelectualmente inferiores y la norma, no escrita, de que las científicas eran meros satélites de sus maridos. Si bien había contado con el apoyo de Pierre, ella había liderado la investigación sobre la radiactividad y el descubrimiento de los dos elementos químicos que los harían célebres: el radio y el polonio. Marie logró tocar el cielo después de años de esfuerzo, y bajó de nuevo a la Tierra para asegurarse de que sus huellas quedaban visibles para todas las mujeres que vendrían detrás.

Un modelo para otras. Como antes, para ella y sus hermanas, lo había sido su madre en la intimidad familiar. De Bronisława, profesora y mujer de ciencia, había aprendido el valor de la independencia, el trabajo y el aprecio por la cultura. También de Władysław, su padre, que en lo referente al estudio y el conocimiento nunca hizo distinciones de género entre sus hijos. Marie heredó de ellos un profundo amor por el conocimiento y un feminismo avant la lettre que hizo que ignorara de manera natural la desigualdad entre sexos de la época. Daba por hecho que hombres y mujeres eran iguales en sus capacidades intelectuales, y como seguidora de las tesis positivistas, estaba convencida de que la educación y la ciencia eran los únicos motores que podían hacer avanzar la sociedad. Entre minerales y probetas, Marie no solo satisfacía su curiosidad y ambición científica, sino que también experimentaba la igualdad real, aquella en la que el pensamiento y la creatividad determinan el brillo de las personas.

Fuera del laboratorio, Marie fue una idealista que creía que las posesiones materiales eran accesorias y dedicó su energía a causas que consideraba fundamentales, como la libertad y la humanidad. Desde pequeña combatió la represión rusa en su amada Polonia, nunca patentó sus descubrimientos —que creía claves para el progreso de la medicina— y contribuyó a la defensa de Francia durante la Primera Guerra Mundial. Con una determinación y una valentía atípicas, Marie protegió los únicos tubos de radio que había en Francia y escapó sola en tren hasta Burdeos para mantenerlos a salvo del ejército alemán. Tampoco dudó en conducir hasta el frente sus furgonetas, las llamadas petites Curie, para salvar con la tecnología de rayos X a cientos de heridos.

Marie parecía detentar propiedades sobrenaturales, pero era también una mujer de carne y hueso: hija, esposa y madre. De niña, destacó como estudiante y trabajó muy duro para paliar las dificultades económicas de su familia. Soñaba con viajar a París y convertirse en una mujer con estudios superiores, librándose así de la prohibición rusa que, por su sexo, se lo impedía. Y al convertirse en esposa, pero sobre todo en madre, empezó a experimentar la desigualdad respecto a sus colegas masculinos. Las dificultades para conciliar la investigación con la vida familiar le generaron, en algunos momentos, un sentimiento de culpa. Pero como ha quedado probado, para Marie la palabra «imposible» carecía de significado. Con la obstinación de una fanática, la investigadora polaca devino una mujer orquesta: daba clases, se mantenía pilar de su familia y avanzaba en sus indagaciones sobre la radiactividad. Todo ello, sin desfallecer. De hecho, a la incombustible Marie aún le quedaba energía para hacer frente al que sería el mayor golpe de su vida.

Tras la muerte súbita de Pierre Curie, su gran amor y cómplice, en un fortuito accidente, tuvo que enfrentarse al cuestionamiento de su trabajo y de su valía como científica. El fallecimiento de su marido provocó que su entorno empezara a compadecerla y a tratarla como a una pobre viuda, pero lejos de amedrentarse, y como la mujer apasionada que era, volvió a enamorarse, desafiando con pasmosa naturalidad las convenciones sociales de su época y enfrentándose al juicio de la opinión pública, que la acusaba de inmoralidad. Con una asombrosa fortaleza, defendió su carrera y su autoridad ante aquellos que la hacían tambalearse acogiéndose a su vida personal.

La indomable Marie Curie llegó hasta el final de sus días con la cabeza bien alta. A pesar de los prejuicios, las calumnias y las injusticias sufridas, la científica nunca se rindió y evitó que la maternidad, la viudedad, su nueva vida amorosa o su simple condición de mujer nublaran sus conquistas. Su figura llega hasta nuestros días como un símbolo de la emancipación científica de las mujeres, y nos recuerda la importancia de los referentes femeninos a través de la figura de su madre, y también de su hija Irène, quien años más tarde conseguiría su propio Nobel de Química.

Marie Curie fue una heroína de la ciencia y de la vida. Como un faro de luz indeleble, sigue inspirando a las mujeres que sueñan con romper los límites del conocimiento y de lo posible. A través de su leyenda, la científica alienta a todo ser humano a enfrentarse a las injusticias. Ahora es el momento de recorrer estas páginas en busca de su luz.

I

UNA EXTRANJERA Y UN SUEÑO

La vida no es fácil para ninguno de nosotros.

Pero... ¡qué importa!

Debemos perseverar y tener

confianza en nosotros mismos.

MARIE CURIE

En la imagen de la página anterior, Marie al poco de llegar a París. Su futuro marido, Pierre, adoraba esta foto, a la que bautizó «la buena y pequeña estudiante polaca». Siempre la llevaba en el bolsillo derecho del chaleco.

Sentada en primera fila, la joven Marie Skłodowska atendía con sus cinco sentidos las explicaciones del profesor Gabriel Lippmann. Era un día de principios de diciembre y las ventanas del nuevo edificio de la Sorbona, inaugurado apenas dos años antes, en 1889, estaban cubiertas de escarcha. Lippmann, sin embargo, no daba muestras de sentir frío. Marie lo veía pasearse de una punta a la otra del estrado, desgranando acaloradamente los complejos conceptos de la física general como si fueran parte de un apasionado debate.

Y, en efecto, lo eran. En ocasiones, durante aquellas lecciones magistrales, Marie se sentía tan entusiasmada que tenía que contenerse para no interrumpir al profesor con alguna observación. Otras, en cambio, la embargaba un ligero sobresalto. ¿Era su dominio del francés lo bastante bueno? ¿Se le habría escapado alguna idea importante? En Polonia había estudiado francés por su cuenta; sin embargo, le seguía faltando soltura al hablarlo y aún tenía ese acento que despertaba sonrisas veladas entre los parisinos. Pese a todo, Marie, a sus veinticuatro años, se veía capaz de lograr cualquier cosa. Allí, en París, era libre. No necesitaba callarse sus opiniones ni susurrar si deseaba dirigirse en polaco a sus compatriotas, y lo que era más importante: podía estudiar en la universidad. Otras mujeres no tenían tanta suerte en Polonia, donde la instrucción femenina superior estaba prohibida.

Marie era feliz. Embebida en la exposición del profesor, su rostro resplandecía y su cabello rubio y rebelde iluminaba la monotonía de los tonos invernales filtrados por los cristales. Pero no era el color de aquella cabellera lo que llamaba la atención, sino el hecho de que perteneciera a la única mujer presente en la sala. ¿Cómo había conseguido aquella muchacha extranjera estar entre las pocas mujeres que estudiaban en la Facultad de Ciencias? ¿Qué talentos la hacían meritoria de tal privilegio? Muy probablemente, estas eran la clase de preguntas que murmuraban algunos de sus compañeros, seguidas de la sentencia: «¿Una mujer científica? Imposible».

Solo Marie conocía el sinuoso camino que la había llevado hasta allí. Nacida en 1867 en Varsovia, su pasión por la ciencia había despertado a una edad muy temprana. Tendría unos cinco años cuando, de puntillas, trataba de alcanzar los delicados instrumentos de física que su padre atesoraba en una vitrina. Afortunadamente, en su hogar no se sancionaba ni se reprimía la curiosidad infantil, más bien todo lo contrario. Curiosidad, observación y saber eran los pilares sobre los que se cimentaba su familia.

Marie, a la que en Polonia llamaban Maria, o cariñosamente Manya, era la quinta hija del matrimonio formado por Władysław Skłodowski, profesor de Física y Química, y Bronisława Boguska, exdirectora de la más prestigiosa escuela para señoritas de Varsovia, cargo que había abandonado al nacer sus hijos. A Maria la precedían Zofia, Józef, Bronia y Helena. Los cinco hermanos Skłodowski eran despiertos e inteligentes y gozaban de un inigualable entorno doméstico para el desarrollo de sus capacidades.Władysław y Bronisława no solo eran personas cultas, también tenían fuertes convicciones éticas y personales. Aunque profesaban la fe católica, habían decidido no inculcar ningún dogma a sus hijos, pues ambos consideraban que por encima de la religión estaba la libertad personal de elegir. En sus Notas autobiográficas, Marie recordaría a su madre de la siguiente manera:

Tenía una ardiente piedad –mis padres eran católicos–, pero jamás se mostró intolerante; respetaba las diferentes creencias y era igual de cordial con la gente que profesaba otras ideas. Tuvo una gran influencia en mí; yo no solo la amaba como cualquier niña a su madre, sino que además la admiraba apasionadamente.

En cuanto a Władysław, de joven había albergado el anhelo de hacer carrera como científico. Su padre, Józef Skłodowski, había compaginado el trabajo agrícola con la dirección de una escuela provincial, pero él, tras licenciarse en Física en la Universidad de San Petersburgo, ambicionaba algo más. El sueño de Władysław era conseguir un empleo como profesor universitario y dedicarse a la investigación. El curso de la historia, sin embargo, acabaría truncando sus planes.

Polonia estaba ocupada por los rusos desde 1772, fecha en la que tuvo lugar la primera de las tres particiones que acabaron con la soberanía del país. En febrero de ese año, en San Petersburgo, Prusia, Austria y Rusia se dividieron una buena parte de los territorios polacos, y más de cuatro millones y medio de personas pasaron a estar bajo dominio extranjero. En los años siguientes, Rusia fue anexionándose cada vez más territorios, mientras se iba forjando una nueva generación de polacos dispuestos a luchar por la libertad y recobrar la independencia. Este espíritu de rebeldía maduró hasta culminar en el levantamiento de 1830, cuando un grupo de cadetes de la Escuela de Suboficiales se alzaron contra las autoridades rusas en Varsovia. La respuesta del zar Nicolás I fue implacable: aplastó a los rebeldes, derogó la Constitución polaca y redujo a Polonia a la condición de mera provincia rusa. El abuelo de Marie, que se contaba entre los revolucionarios, fue capturado por los cosacos y obligado a caminar descalzo durante más de doscientos kilómetros hasta un campo de concentración. Años después, cada vez que Marie escuchase esta historia de los labios de su padre, sufriría al imaginarse al abuelo atravesando semejante calvario: el agotamiento, los azotes, las huellas de sangre en la nieve.

Tras la muerte de Nicolás I, subió al trono Alejandro II, conocido como «el Buen Zar» por la Reforma Emancipadora de 1861, que abolió la servidumbre y liberó al campesinado ruso de su esclavitud. La actitud de Alejandro II hacia Polonia fue ligeramente distinta a la de su padre. Intentó devolver a la región el limitado autogobierno vigente antes del levantamiento de 1830, pero este hecho reavivó en los polacos las esperanzas de autonomía, y al no serles concedida se sublevaron nuevamente en enero de 1863. La revuelta fue sangrientamente sofocada y marcó un antes y un después en la política del zar, que se tornó cada vez más reaccionaria. Alejandro II emprendió una campaña rusificadora cuyo reflejo más notorio fue la prohibición de la lengua polaca en todos los medios e instituciones oficiales. La Universidad de Varsovia pasó a estar bajo el control estricto de las autoridades zaristas, pues se creía que era un caldo de cultivo para los subversivos, y las cátedras se adjudicaron a profesores rusos, vedando así a los polacos el ejercicio de la ciencia y la investigación. Con enorme pesar, Władysław se vio obligado a guardar sus instrumentos de física bajo llave, a la espera de poder desempolvarlos algún día no demasiado lejano.

Arriba, fotos de Władysław y Bronisława, los padres de Marie, en 1860, antes del nacimiento de esta. Abajo, retrato de todos sus hijos, los pequeños Skłodowski. De izquierda a derecha: Zofia, Helena, Maria, Józef y Bronia.

El fracaso de ambas revoluciones no mermó ni un ápice el espíritu combativo de los polacos. La lucha armada no había funcionado, pero aún quedaba otro camino, más lento, quizá, pero a la larga efectivo: la lucha intelectual. Bajo la apariencia de un falso sometimiento empezó a fraguarse entonces una resistencia clandestina. En secreto, al abrigo de las paredes del hogar, los padres transmitían a sus hijos las raíces culturales del país, y algunas escuelas privadas se arriesgaban también a enseñar a sus alumnos la lengua y la historia polacas.

Marie y su hermana Helena asistían a una de esas escuelas. Se encontraba cerca del Parque Saski y la dirigía Jadwiga Sikorska, una reputada profesora polaca que había elaborado un doble sistema de horarios en el colegio: uno para los inspectores rusos y otro para sus alumnas. La hora de bordado, por ejemplo, se dedicaba al estudio de la historia polaca, que impartía la profesora Antonina Tupalska en un estado total de alerta.

Una tarde, durante la clase de la profesora Tupalska, sonó el timbre que avisaba a las alumnas de la llegada del inspector. De inmediato, todas hicieron desaparecer los libros en polaco, sacaron las labores de costura y empezaron a bordar muy modosas.

–Manya, ven al frente, por favor –la voz de la profesora sonaba firme, pero bajo aquella entereza era posible percibir un rastro de preocupación.

Marie, que era tan solo una niña, se puso en pie y avanzó con las manos enlazadas y la barbilla en alto. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación parecida. Tupalska y los demás profesores solían elegirla por ser la alumna más brillante.

–¿Qué ríos pasan por nuestra querida patria? –le preguntó el inspector aquella tarde.

Marie comenzó a enumerar uno por uno los ríos rusos. Luego pasó a responder sobre la fundación del Principado de Moscú, Iván el Grande y los títulos de la familia real. Ni una vacilación. Ni un error. El inspector parecía más que satisfecho y se dispuso a marcharse. Cuando ya estaba a punto de cruzar la puerta, se volvió y, entrecerrando los ojos, le lanzó una última y maliciosa pregunta:

–Dime una cosa, niña: ¿quién reina sobre nosotros?

Manya palideció y apretó los labios. La señorita Tupalska fijó en ella una mirada larga y angustiosa. El inspector aguardaba, pero la niña era incapaz de articular palabra. La rabia hervía en su interior y todo su ser se negaba a responder. De pronto comprendió que la suerte de los que la rodeaban dependía de ella; no podía fallarles. Muy pálida, y consiguiendo al fin reponerse, dijo con voz queda:

–Su majestad Alejandro II, zar de todas las Rusias.

El inspector asintió complacido y abandonó la clase. Una sensación de alivio embargó al grupo. Marie se precipitó en los brazos de Tupalska y rompió a llorar desconsoladamente.

–Has sido muy valiente, muy valiente –le dijo la profesora para reconfortarla.

Esa misma tarde, al llegar a casa, Helena contó a sus padres lo sucedido con todo lujo de detalles. Władysław y Bronisława se quedaron admirados y felicitaron a su pequeña, pero Marie seguía triste, avergonzada. El interrogatorio le había revelado que la humillación es el broche de oro con el que los vencedores sellan su dominación. Ella nunca olvidó aquel día y se juró a sí misma que, ante la afrenta, jamás volvería a agachar la cabeza.

Los padres de Marie procedían de antiguas familias de nobles terratenientes, o lo que en Polonia se conocía como szlachta, una clase social que gozó de notables privilegios hasta las Particiones de Polonia. Władysław había accedido a una buena educación y, a pesar de que los rusos habían limitado el ejercicio de su profesión, durante los primeros años de vida de Marie tuvo un cargo de subdirector en una importante escuela de enseñanza secundaria, lo que le permitió mantener a los suyos con holgura. Los Skłodowski vivían en un hermoso apartamento y pasaban los veranos en las fincas rurales de sus parientes en la zona austriaca. Aquella época fue la dorada antesala de toda la desdicha que se cerniría sobre la familia de Marie.

Bronisława estaba enferma. La tuberculosis que había contraído tras el nacimiento de su benjamina había ido minando sus fuerzas, y para cuando Manya contaba con apenas cuatro años, era poco más que una sombra de sí misma. Para evitar contagiar a los suyos, Bronisława restringía el contacto físico, por lo que sus hijos se vieron privados de besos y caricias. La más afectada por este distanciamiento físico fue Marie, que casi no pudo gozar de la cercanía materna. Por las noches, acostada en su cama, lloraba con amargura y le pedía a Dios que restableciera la salud de su madre.

Pero la suerte no estaba del lado de los Skłodowski. En 1873 Władysław fue destituido de su cargo. Las autoridades rusas habían descubierto que, a escondidas, daba clase a sus alumnos sobre los logros de la ciencia polaca, actividad que cumplía a sabiendas del riesgo que entrañaba, pero convencido de que estaba haciendo lo correcto: inculcar a las futuras generaciones el orgullo de haber nacido en aquella tierra. Este revés provocó que la familia tuviera que mudarse a una nueva vivienda y que Władysław debiera conformarse con un empleo de profesor en una institución de menor prestigio, al tiempo que alojaba e instruía en su casa a estudiantes de provincias para obtener así algunos ingresos extra.

Antes del amanecer, Marie, Bronia y Helena, que dormían en el salón, tenían que saltar de la cama para preparar el desayuno a los jóvenes huéspedes. Puesto que Zofia, la mayor, cuidaba de su madre, Bronia era la encargada de servir el té y los panecillos. Después de la cena, cuando los estudiantes se retiraban al fin a sus habitaciones, los pequeños Skłodowski se reunían alrededor de la mesa y, bajo la tenue luz de una lámpara, se dedicaban al estudio. Estos momentos llenaban de calma a Marie y contribuían a consolar su corazón. Su vida transcurría en un constante bascular entre la congoja por la salud de su madre y la siembra intelectual; entre la tristeza y el deleite por el saber.

Dos hechos trágicos ocurrieron en 1876 y 1878. En un lapso de dos años, Marie, con solo nueve años, perdió primero a su hermana Zofia, a causa del tifus, y luego a su madre, devastada por la tuberculosis. Estas muertes calaron muy hondo en su alma. Si en su primera infancia había creído que Dios podía salvar a los suyos y había pasado tardes enteras en la Capilla de Nuestra Señora de Varsovia ofreciendo su vida a cambio de la de su adorada madre, ahora nada quedaba en su alma de la fe de antaño. Marie se refugió en el saber, en el racionalismo, en la lógica, y se dio cuenta de que solo hallaba alivio en la comprensión de los fenómenos del mundo físico. Sin duda, este descubrimiento fue su salvación. En su familia vivían enterrados en el luto. Las ropas de calle, las cortinas que cubrían las ventanas, incluso los membretes de las cartas eran negros. Pero ella poseía una luz, una esperanza, un pequeño paraíso privado que se desplegaba entre libros y fórmulas.

En Rusia y sus territorios conquistados, la educación formal que recibían las mujeres era de menor nivel que la de los hombres. Pese a que existían escuelas secundarias femeninas en todas las capitales de provincia desde mediados del siglo XVIII, la formación que ofrecían estos centros era muy básica. Las lenguas clásicas, cuyo dominio era un requisito fundamental para acceder a la universidad, no se impartían, y en las clases solo se enseñaban los conceptos más elementales de la física y las matemáticas.

Respecto a la instrucción superior, las mujeres habían sido admitidas y excluidas de las universidades de manera intermitente. Durante el reinado de Alejandro I, en concreto entre los años 1823 y 1825, las mujeres habían podido asistir a algunas de las clases de la Universidad de Moscú, aunque solo como oyentes. Años más tarde, Nicolás I, hermano y sucesor de Alejandro I, prohibió terminantemente que ingresaran en las aulas, situación que volvió a cambiar con la llegada al trono de Alejandro II y la consolidación de una atmósfera de mayor libertad en el ámbito social. Sin embargo, en 1863 el zar encargó que se redactara un nuevo Estatuto de Universidades. El vigente, que databa de 1835, establecía normas muy severas respecto a qué atuendo o peinado debían llevar los estudiantes, pero no decía nada sobre las mujeres por la sencilla razón de que ni tan siquiera se las tenía en cuenta. Aquel vacío legal había permitido que algunas aprovecharan para estudiar y formarse, pero el nuevo Estatuto de Alejandro II les cerró las puertas definitivamente.

En Polonia, al igual que en el resto del Imperio ruso, las jóvenes, con suerte, concluían su educación alrededor de los diecisiete años, al finalizar la escuela secundaria. A partir de aquel momento, su destino lógico era el matrimonio y la maternidad. Marie culminó su etapa escolar el 12 de junio de 1883, a los dieciséis, dos años antes de lo habitual. Al igual que sus hermanos, recibió una medalla de oro por su brillante desempeño. Sin embargo, el merecido reconocimiento no le produjo la felicidad que acaso esperaba. Marie se encontró frente a un vacío. Por delante no quedaban más exámenes ni metas que superar. El estudio y el deseo de ser la mejor habían alentado sus días y sus noches, disipando la tristeza por la muerte de su madre y de su hermana. Pero ahora, sin nada con lo que distraerse, Marie tuvo que hacer frente al dolor y a la falta de perspectivas. Abrumada por la situación, cayó en una crisis depresiva. Władysław, al percatarse del estado emocional en el que se encontraba su hija, decidió mandarla al campo, a las fincas que aún conservaban los parientes de ambas ramas de la familia. Lejos del entorno opresivo de Varsovia, quizá pudiera reponerse y recuperar el equilibrio.

Los siguientes trece meses fueron un remanso de paz para la joven Marie. Sin otra obligación que la de llenar sus horas con alguna distracción, Marie montaba a caballo, salía al campo a recoger frutos silvestres o se entregaba a la diversión de los kulig, unas celebraciones muy populares en la Polonia de finales del siglo XIX que consistían en una comitiva formada por jóvenes y músicos que, en noches señaladas, desfilaban en trineo de casa en casa comiendo y bailando hasta el amanecer. En las fotografías de adulta, Marie Curie aparece a menudo como una mujer de rostro grave y cansado. Pero Marie fue también aquella joven que una mañana, al regresar a su casa, tuvo que arrojar sus zapatos en un rincón, rotos de tanto bailar la mazurca.

En la época, la idea de que las mujeres eran incapaces de estudiar o ejercer profesiones intelectualmente elevadas estaba ampliamente extendida y aceptada. La respaldaba una vasta lista de filósofos y pensadores que, como Arthur Schopenhauer o Pierre-Joseph Proudhon, creían que la mujer era inferior tanto física como mentalmente. Ya en el siglo XVIII