Simone de Beauvoir - Ariadna Castellarnau - E-Book

Simone de Beauvoir E-Book

Ariadna Castellarnau

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Beschreibung

La filósofa que rompió con todas las reglas y cambió el destino de las mujeres. La filósofa Simone de Beauvoir rompió con todas las reglas y cambió el destino de las mujeres. Simone fue una escritora y pensadora que logró destacar en un mundo principalmente masculino. Su pasión por la vida y su interés por la literatura y el conocimiento la llevaron a explorar la condición de la mujer y a reivindicar en la calle la necesidad de igualar sus derechos con los de los hombres. En todas sus obras y sus acciones políticas, e incluso en su controvertida vida amorosa, enarboló la libertad de elección como bandera y acabó convirtiéndose en una reconocida figura intelectual en todo el mundo.

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Seitenzahl: 221

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

I. UNA CHICA CON CEREBRO DE HOMBRE

II. UNA MUJER SOLA

III. EL PESO DE LA HISTORIA

IV. LA RESPONSABILIDAD DE SER

V. EXISTIR COMO MUJER

VI. LA CONSTRUCCIÓN DE UN ICONO

CRONOLOGÍA

© Ariadna Castellarnau por el texto

© 2019, RBA Coleccionables, S.A.U.

Realización: EDITEC

Diseño cubierta: Llorenç Martí

Diseño interior: tactilestudio

Fotografías: Pierre Boulat / Ass. Pierre & Alexandra Boulat: cubierta; Album / Rue des Archives/ Bridgeman Images / Tallandier: 10, 17a, 17bi, 17bd, 35a, 55b; Album / akg-images: 35b; Album / akg-images / Denise Bellon: 100; Album / Rue des Archives/Bridgeman Images / CCI: 40; Album / Curt Teich Postcard Archives / Heritage-Images: 125a; Album / Adoc-photos / Georges Dudognon: 157b; Getty Images: 49, 81, 109bd, 157a; Robert Doisneau / Gamma-Rapho / Getty Images: 72; Hulton Archive / Getty Images: 132; Pierre Blouzard/ Gamma-Rapho / Getty Images 183; Archivo RBA: 97; Lux-in-Fine / Bridgeman Images / age fotostock: 55a; Bridgeman Images / age fotostock: 109a; Archives Charmet / Bridgeman Images / age fotostock: 109bi; Giovanni Coruzzi / Bridgeman Images / age fotostock: 160; JT Vintage / age fotostock: 125b; Tallandier / Bridgeman Images / age fotostock: 145; Alberto Korda / Bridgeman Images / age fotostock: 177.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: octubre de 2025

REF.: OBDO794

ISBN: 978-84-1098-688-6

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

De entre las mujeres más representativas del feminismo contemporáneo, Simone de Beauvoir es, sin lugar a dudas, una de las figuras clave. Como escritora, como filósofa y como intelectual, su obra trasciende los confines de Francia y de su tiempo, sirviendo de guía, aún hoy, para reflexionar sobre el papel de las mujeres en la sociedad. Así es como ha pasado a la historia: como una de las primeras feministas militantes, a pesar de que ella nunca se declaró feminista. Sin embargo, Simone de Beauvoir es todavía mucho más que eso. Su valía, su ejemplo iluminador, radica en que luchó toda su vida por sus propios ideales, sin importarle las críticas que recibió por parte de algunos sectores de la sociedad. Simone de Beauvoir, en otras palabras, abrió un camino que nos debería parecer irrenunciable: el de la libertad de pensamiento y de acción frente al mundo.

Nacida en el seno de una familia burguesa de principios del siglo XX, en un hogar conformado por el abogado Georges Bertrand de Beauvoir, nieto de terratenientes afincados en Lemosín, y de Françoise Brasseur, descendiente de banqueros y altos funcionarios, Simone de Beauvoir defendió el derecho a expresar su deseo ya desde la niñez. «Deseo», de hecho, era una palabra mal vista en el contexto social represivo de la época, según la lógica del sistema en el cual el horizonte de posibilidades de una muchacha estaba acotado al matrimonio y la crianza de los hijos. Irónicamente, fue la quiebra económica de la familia la que vino a brindarle a Simone la posibilidad de llevar a cabo sus planes de vida alejados del ideal doméstico burgués que ella tanto detestaba. El padre, al verse casi de un día para otro despejado de recursos, frustrado ante la imposibilidad de proveer a Simone y a su hermana Hélène de una buena dote, optó por brindarles una educación esmerada con la que pudieran mantenerse como solteras. Así pues, la penuria y el saber, esta extraña combinación, fueron para Simone la llave a la independencia y la libertad. Por otro lado, también sentaron las bases de su vida futura; una vida dedicada a la escritura y al pensamiento, pero también precaria, desposeída de bienes materiales y de cualquier certeza inmanente.

Simone de Beauvoir nunca dio nada por sentado. Con gran clarividencia intelectual, fue desechando todos los valores que le habían sido inculcados, siempre con una sola idea en su cabeza: volar por encima de lo establecido. Obtuvo el certificado de agregación en Filosofía, una disciplina reservada históricamente a los hombres, desoyendo las voces que le decían que ese no era el camino para una mujer; reivindicó la cultura y la sabiduría mil veces por encima del dinero o la clase social; no se casó ni tuvo hijos y amó siempre a quien quiso, de la forma que quiso. Su relación con Jean-Paul Sartre, a quien conoció cuando ambos rondaban los veinte años, resulta hasta a día de hoy controvertida. Ambos construyeron un vínculo basado en el amor y el respeto, pero también en el inconformismo y en la decisión de vivir libres y autónomos. La posesión, la exclusividad y la monogamia eran valores inaceptables para Simone, pues formaban parte de los ideales burgueses y conservadores de la sociedad francesa. Eso no significa que su vida estuviera exenta de dolor. Hubo momentos de su relación con Sartre, y con otros amantes, en los que sufrió disgustos y fricciones. Sin embargo, siempre consideró el amor como el ejercicio supremo de la libertad y también como el combustible de su inspiración, de su vitalidad, de su obra literaria. Para Simone, escritura y vida fueron siempre indisolubles.

Simone de Beauvoir jamás quiso renunciar a ninguna experiencia. Nunca conoció limitaciones y si así fue, se encargó muy bien de superarlas. Comenzó a escribir partiendo de una búsqueda por la libertad propia y en el camino descubrió que la respuesta está en la libertad ajena. Su primera novela, La invitada, supuso un esfuerzo exitoso por hallar su voz como escritora. No quería imitar modelos literarios precedentes ni parecerse a ninguno de los popes de la prosa francesa; quería ser ella misma, y así lo consiguió a través de una historia incómoda y desgarradora que narraba una relación amorosa a tres bandas. Esta rebeldía inicial dio lugar, en sus obras posteriores, a una postura filosófica y moral que cristalizó en el existencialismo, una corriente filosófica que modificó el modo en el que los hombres concebían su papel en el mundo. Quizá no resulte exagerado decir que Simone de Beauvoir, junto con Sartre, otorgaron a los hombres la libertad, así como Prometeo les otorgó el fuego, pues el existencialismo proclamaba a los cuatro vientos que no existen las esencias innatas e inmutables, sino que el hombre tiene el poder (y la enorme responsabilidad) de poder elegir.

Pero si bien Simone fue una existencialista, no tardó en hacerse un par de preguntas que desmarcaron su pensamiento hacia otros rumbos: ¿es cierto que toda la humanidad comparte las mismas condiciones para el ejercicio de la libertad? ¿Eran las mujeres igual de libres que los hombres? Nadie manejaba el timón de su pensamiento, ni tan siquiera Sartre. Por mucho que su compañero se empeñara en decir que hasta un preso podía ser libre si así lo deseaba, ella sabía que no era cierto. El segundo sexo, su obra capital, su testamento intelectual, puede resumirse audazmente en una sola frase: «No se nace mujer, se llega a serlo». Con ella, Simone corrió de una sola vez las falacias que la historia, la cultura y la religión se habían encargado de articular alrededor de la mujer.

No, las mujeres no eran libres ni tenían las mismas circunstancias para serlo que los hombres. Habían sido menoscabadas, sus alas habían sido cortadas en función de una mentira: una quimérica esencia femenina que las situaba en un lugar secundario. Simone, con una lucidez estremecedora, puso luz allá donde era necesario para decir que las mujeres eran las otras, es decir, aquellas cuya existencia era definida exclusivamente por referencia al hombre. Pero ¿había esperanza? Por supuesto que sí. Desde los primeros párrafos, Simone aspiraba a contagiar a las lectoras de la misma libertad que ella misma había conquistado. Su compromiso iba más allá de enunciar una realidad concreta; lo que deseaba, su intención última, era cambiar el modo en el que las mujeres son concebidas y se conciben a sí mismas.

De allí en adelante, su pluma y su persona estuvieron al servicio del feminismo internacional. Simone de Beauvoir trasladó a sus hijas, sus herederas, la práctica de la sospecha y el pensamiento crítico, haciéndolas conscientes de cuál era su situación en el mundo y sobre qué mitos se había fundamentado su opresión. Para eso, les regaló cada gramo de su experiencia, su vida entera, anotada cuidadosamente en sus memorias y en sus libros, como si quisiera con ello mostrar su camino de pionera, un ejemplo imperfecto, plagado de triunfos maravillosos, pero también de socavones. Porque este fue siempre el detonante de la escritura para Simone, una estrategia para construirse a sí misma, una resistencia a la muerte, a la trivialidad, un modo de «arrancar al tiempo y a la nada el esplendor de la vida».

I

UNA CHICA CON CEREBRO DE HOMBRE

No tenía ideas subversivas; en

verdad no tenía ninguna idea, sobre

nada; pero todo el día me ejercitaba

en reflexionar, en comprender, en

criticar, me interrogaba, buscaba

con precisión la verdad.

SIMONE DE BEAUVOIR

La infancia de la pequeña Simone transcurrió felizmente, entre las clases en una escuela católica y los libros extracurriculares, con los que descubría nuevos mundos. En la página anterior, Simone con tan solo seis años.

Para la joven Simone de Beauvoir, las clases de Literatura Francesa del profesor Robert Garric eran su momento favorito de la semana. Sentada junto a Elizabeth Mabille, su mejor amiga a la que llamaba con el cariñoso apelativo de Zaza, tomaba nota de todas las referencias literarias. ¿Quién eran Charles Péguy y André Gide? No los había leído. Al salir de clase, tendría que ir corriendo a la Biblioteca de Sainte-Geneviève, en la plaza del Panteón de París, y buscarlos entre los anaqueles. Allí, entre esas mismas paredes, bajo las vigas de hierro forjado exquisitamente diseñado, había leído a Dante, a Victor Hugo, Manon Lescaut y a Virgilio. Tenía diecisiete años. Era una lectora voraz, una estudiante incansable, una muchacha hambrienta de vida.

Garric, con su pelo rubio y su voz bien modulada, tenía un magnetismo particular. Simone, a veces, creía estar enamorada de él. Era demasiado joven para darse cuenta de que lo que sentía por el profesor no era afecto de verdad, sino algo muy parecido a lo que los psicólogos llaman una proyección positiva y que consiste en atribuir a otra persona las cualidades dignas de ser admiradas o amadas. Simone lo seguía disimuladamente al salir de clase y lo veía entrar en el despacho de la señorita Mercier, la profesora de Filosofía. ¿De qué hablarían? ¿Cuándo estaría ella en condiciones de charlar de igual a igual con una persona de la talla de Garric? ¿Cuándo gozaría de la sabiduría, del valor, de la libertad de un adulto? Libertad, qué hermosa palabra y qué lejana le parecía aún su materialización.

Aquel año, 1925, Simone estudiaba letras en el Instituto Sainte-Marie de Neuilly, un establecimiento privado religioso para señoritas, y matemáticas en el Instituto Católico. Ambas instituciones preparaban a sus estudiantes para los exámenes de la Sorbona en un ambiente controlado, lejos del estilo de vida disoluto que se suponía que se practicaba en la universidad. Simone, a excepción de Zaza, encontraba a todos sus demás compañeros aburridos y predecibles. Su vida se le antojaba, en ocasiones, miserable. Su día a día se asemejaba a una sala de espera donde ella, hastiada, esperaba el glorioso día en que consiguiera la agregación, el título que la habilitaría para ejercer de profesora y ser libre al fin.

¿Por qué tanta exasperación? ¿De qué quería liberarse Simone? En cierto modo la respuesta es sencilla: de sus padres. Nacida el 9 de enero de 1908, Simone era la hija mayor de Georges Bertrand de Beauvoir y Françoise Brasseur, descendientes de familias católicas de la alta sociedad. Georges, un hombre con muchos talentos y ninguno en particular, provenía de la vieja aristocracia asentada en el Faubourg Saint-Germain parisino y había estudiado Derecho, pero no le gustaba particularmente trabajar. Su mejor empresa vital había consistido en casarse con Françoise, una muchacha muy rica hija de un banquero de Verdún. Su unión se había concertado según los principios de la alta burguesía de la época: la joven había aportado una jugosa dote; el joven, un apellido. No obstante, Georges y Françoise se amaban de verdad. Su matrimonio había comenzado bajo los mejores auspicios: eran jóvenes, se gustaban y el dinero de papá Brasseur llegaba puntual todos los meses.

Simone y su hermana Hélène, a la que llamaba Poupette, llegaron al mundo en un piso regio del bulevar Raspail, en París. Simone, como ella misma se ocupa de contar en el primer volumen de su autobiografía, Memorias de una joven formal, fue una niña mimada por sus padres, los amigos de sus padres, los parientes y la niñera Louise.

La principal función de Louise y de mamá era alimentarme; su tarea no era siempre fácil. Por mi boca el mundo entraba en mí más íntimamente que por mis ojos y mis manos. Pero yo no lo aceptaba entero. Las insulsas cremas de trigo verde, las sopas de avena, las pastas lechosas me arrancaban lágrimas […]. En cambio, aprovechaba apasionadamente el privilegio de la infancia para quien la belleza, el lujo, la felicidad, son cosas que se comen.

Por el hecho de haber nacido mujer, se asumía que Simone, como su hermana, era mucho más influenciable que los varones. Convenía resguardarlas de la tentación, preservarlas del mundo, mantenerlas a salvo hasta la llegada de un buen partido. Françoise era una piadosa católica. En Francia, desde las leyes del ministro de Instrucción Pública Jules Ferry, que databan de 1880, la escuela pública era obligatoria y laica. Pero Françoise no iba a permitir que sus hijas se educaran en una institución pública donde los maestros no guiaban a los pupilos por los caminos de la santidad. Decidió entonces inscribirlas en una escuela católica femenina con el irónico nombre de colegio Désir —«deseo» en francés—, conocida así por el apellido de su fundadora y directora: Adéline Désir, «una jorobada a la que las altas esferas se encargaban de beatificar», evocó la misma Beauvoir en sus memorias. Allí se formaban las hijas de la alta burguesía parisina y se enseñaba a hacer una reverencia, servir el té y dirigirse al presidente de la República y al párroco.

Simone, pese a al conservadurismo y frialdad de las profesoras del Désir, era feliz. Le gustaba estudiar, la sensación de poseer una vida propia, de ser dueña de una libreta, unos lápices, unos libros y un horario. En las aulas de la escuela de la calle Jacob número 40, a las que había entrado a la edad de cinco años, había conocido además a Zaza, su mejor amiga. Elizabeth Mabille era todo lo que Simone deseaba ser sin atreverse: tenía soltura, era vivaz e independiente. La envolvía, además, cierta aura trágica: de pequeña había sufrido quemaduras de tercer grado en un muslo por causa de una olla con agua hirviendo. A Simone nunca le había pasado nada grave y las cicatrices de su amiga le causaban a un mismo tiempo pena y envidia. Los Mabille, al igual que los Beauvoir, pertenecían a la alta burguesía católica y conservadora. El padre de Zaza era un alto funcionario de ferrocarriles y la madre se dedicaba a criar a sus nueve vástagos. La relación entre las dos niñas fue alentada por las propias familias, pues se consideraban mutuamente gente respetable y de buena cuna. Aunque lo cierto es que Simone y Zaza no necesitaban que las empujaran a trabar amistad: se adoraban. Su vínculo, intensísimo, poseía aquel componente amoroso de la búsqueda de un alma gemela que suele caracterizar las amistades femeninas en la infancia y la adolescencia.

Simone creció en el seno de una familia de la alta burguesía que le proporcionó una infancia privilegiada, según recordó ella misma. Arriba, Simone y su hermana Hélène ataviadas según la moda de la época junto a su madre en 1912. Abajo a la izquierda, los padres de Simone disfrazados tras el ensayo de una obra de teatro. Abajo a la derecha, la pequeña Simone con tres años.

La vida de Simone era una vida cargada de privilegios. Los veranos, cuando terminaban las clases, la familia se desplazaba a Meyrignac, en la antigua región de Lemosín, donde el abuelo paterno tenía un castillo. Allí, bajo los sauces y las hayas rojas que poblaban el inmenso parque, se dedicaba a leer sin cesar y a soñar despierta, amparada en la despreocupación de la abundancia. Y muy a menudo, por las noches, se sorprendía a sí misma dando gracias al cielo por tener esos padres, esa hermana —su Poupette— y, en definitiva, esa fabulosa existencia.

Hacia 1919, cuando Simone tenía once años, las cosas se torcieron irremediablemente para los Beauvoir. El padre de Françoise, presidente del Banco de la Meuse en Verdún, presentó la quiebra y fue encarcelado luego de que se demostrara su participación en negocios fraudulentos con los fondos de sus clientes. Como consecuencia, los padres de Simone se vieron obligados a abandonar la residencia señorial del bulevar Raspail y a trasladarse a un apartamento oscuro, situado en un quinto piso sin ascensor en la calle Rennes.

Casi es un lugar común afirmar que el dinero es el tema burgués por excelencia y, sin embargo, tal afirmación resulta insoslayable. La obsesión desaforada por el dinero, la carencia de ética para alcanzar determinados fines y el ascenso social a toda costa son temas que aparecen retratados en La comedia humana, el conjunto de novelas que el escritor Honoré de Balzac publicó entre 1830 y 1850. Justamente fue Balzac quien en Gobseck, una de las novelas del ciclo, escribió una frase que define muy bien la situación de los Beauvoir en 1919: «¿No es la vida una máquina en la que el dinero imprime el movimiento?». La mención de la vida es aquí doble: por un lado, se refiere a los engranajes del capitalismo; por el otro, a los de la vida privada.

Georges de Beauvoir, que había planeado vivir con el dinero de su esposa, vio defraudados sus propósitos. Françoise, al sentir que le había fallado a su marido, se hundió en la culpa. Simone tuvo que presenciar cómo el matrimonio de sus padres se estancaba en unas aguas podridas. A su alrededor, todo se quedó inmóvil. Sin dinero, no había nada que esperar de la vida. Los días se volvieron vacuos y tristes en aquella fría casa de la calle Rennes. Françoise a menudo lloraba y se quejaba porque tenía que remendar con sus propias manos los vestidos de las niñas. Georges se volvió malcarado. En su juventud había abrigado el deseo de ser actor, algo impensable para alguien de su clase social. Ahora, frustrado y desesperanzado, acostumbraba a salir de noche y frecuentar la compañía de actrices y coristas.

Por si fuera poco, Simone comenzaba a experimentar en su cuerpo los turbadores cambios de la pubertad. Para la boda de una tía materna, su madre le puso un vestido beige que le quedaba ajustado. Simone había crecido y debajo de la tela despuntaban sus pechos incipientes. Al darse cuenta, a Françoise no se le ocurrió otra idea que fajarle el torso con una venda. Esta respuesta, en realidad, respondía a la educación sexual de las dos primeras décadas del siglo XX, circunscrita a la moral victoriana. Françoise era hija de una era en la que se consideraba el sexo como algo que hacía el hombre a la mujer.

Por suerte estaban los libros, aquellas fascinantes cajas de Pandora. Durante sus estancias en Meyrignac, Simone pasaba largos ratos sin la vigilancia de sus padres. Por medio de una prima mayor llamada Madeleine leyó una historia melodramática: una marquesa celosa le cortaba los testículos a su marido mientras este dormía. Obviamente se trataba de un libro prohibido, pero qué más daba. Simone había descubierto que los libros no solo eran una inagotable fuente de conocimientos, sino la puerta a otros modos de sentir y pensar. Fue también en Meyrignac donde Simone perdió la fe religiosa que le había inculcado su madre. Y, cómo no, le sucedió también a través de la lectura:

Yo había pasado el día comiendo manzanas prohibidas y leyendo, en un Balzac prohibido, el extraño idilio de un hombre y de una pantera. [...] «Son pecados», me dije, sin gran asombro. Imposible seguir haciendo trampa: la desobediencia sostenida y sistemática, la mentira, los sueños impuros, no eran conductas inocentes. [...] «Ya no creo en Dios», me dije, sin asombro. [...] Su perfección [la de Dios] excluía su realidad.

Todo esto decantó en una crisis adolescente. Como si despertara de un sueño, Simone miraba a su alrededor y todo aquello que antaño le había gustado, se le antojaba descorazonador. Había adorado a sus padres y, sin embargo, descubría que vivían una vida monótona y vulgar. En Memorias de una joven formal, describió de esta manera este instante de revelación:

Una tarde, estaba ayudando a mamá a lavar los platos; ella los lavaba y yo los secaba; por la ventana veía la pared del cuartel de bomberos y otras cocinas donde otras mujeres frotaban cacerolas o pelaban verduras. Cada día, el almuerzo, la comida; cada día, lavar platos; esas horas infinitamente repetidas y que no llevaban a ninguna parte: ¿viviría yo así?

Ese día se hizo una promesa a sí misma: por nada del mundo iba a aceptar ese destino. Su vida discurriría por otros derroteros, conduciría a alguna parte, no sería una mera repetición de otras vidas. Ella, Simone de Beauvoir, no sería ama de casa. Ni una mujer como su madre o sus tías. No sería, de hecho, como ninguna mujer a la que hubiera conocido.

Pero ¿cómo podía ella trascender? Paradójicamente, fue su padre quien le mostró el camino. Georges de Beauvoir se había convertido en un hombre resentido. Atrás habían quedado la buena vida y las aspiraciones aristocráticas; los canódromos y los salones elegantes. Ahora frecuentaba los burdeles de la ciudad y regresaba a casa a altas horas de la madrugada con olor a licor. Un día, se plantó frente a Simone y Hélène con los brazos en jarras y mirándolas de hito a hito les dijo:

—Vosotras, chicas, nos os casaréis. Tendréis que trabajar.

¡No se casarían! ¡Trabajarían! Para cualquier muchacha de buena familia aquellas palabras habrían significado una condena. A comienzos del siglo XX, la dote seguía siendo un asunto primordial para la burguesía europea. Su posesión significaba la entrada al mercado matrimonial, la posibilidad de cierta influencia, determinada por las estrategias matrimoniales de la familia. Georges de Beauvoir era muy consciente de eso, pues él mismo había logrado un matrimonio ventajoso con Françoise. Y previamente, Ernest Bertrand de Beauvoir, su padre, había hecho lo mismo al contraer nupcias con Léontine Wartelle, una rica heredera de una familia del norte del país. Simone procedía, por lo tanto, de una estirpe de hombres que habían logrado posición social y económica mediante el matrimonio, o al revés: de mujeres que habían pertrechado muy bien a sus maridos en cuanto a lo material. Pero ahora esta tradición se interrumpía de golpe. Ella y su hermana no tendrían dote y, por consiguiente, tampoco futuro. Huelga decir que trabajar no contaba como futuro aceptable. Solo las pobres trabajaban. Las obreras, las empleadas domésticas, las dactilógrafas o las que se pasaban la vida detrás de una máquina de coser, anhelando un destino mejor.

Pero Simone no sintió que su mundo se derrumbara. Por el contrario, aquella especie de maldición paterna fue su salvación. Había decidido no ser como su madre y de repente, del modo más inesperado, ahí tenía la forma de lograrlo: trabajar, no depender de nadie, liberarse de todo ese cúmulo de desilusiones y renuncias de las que estaba hecha la vida matrimonial, especialmente para la mujer. Sabía que un porvenir posible para ella era el de profesora. Pero ¿profesora de qué? Los cursos del colegio Désir iban pasando uno tras otro. Cuando a los diecisiete años aprobara el bachillerato, debía tener una decisión tomada. Un artículo sobre Léontine Zanta en una revista de actualidad de la época le sirvió de inspiración. Zanta, nacida treinta y seis años antes que Simone, había sido la primera mujer en Francia en obtener un doctorado en Filosofía. El periodista contaba que vivía con un sobrino al que había adoptado. No mencionaba ningún marido. Aquella mujer parecía dueña de sí misma. ¿Podría ser ella una pionera como Zanta? Lo cierto es que no lo tenía fácil. En 1919, justo el mismo año en el que los Beauvoir habían perdido toda su fortuna, el ministro de Educación del país había decidido excluir a las mujeres del examen de agregación en Filosofía, la más prestigiosa y masculina de las especialidades. La medida fue revocada un par de años después, pero sin duda dejó sentado un mensaje: Filosofía no era una carrera apta para una mujer. Solo los hombres estaban capacitados para la creación de un sistema de pensamiento, para tocar el intangible mundo de las ideas. Aristóteles, Tomás de Aquino, Rousseau, Hegel, Schopenhauer y Nietzsche: todos estos filósofos habían sentenciado que la mujer y la razón eran conceptos antagónicos.

Los padres de Simone eran de la misma opinión. Georges, que era un hombre sofisticado, no estaba en contra de que las mujeres se educaran. Según su parecer, la cultura era para la mujer un hermoso barniz. Jamás había planeado que Simone o Hélène tuvieran que hacer de ella su modo de vida. Aquello era algo completamente distinto.

—Si fuerais varones, por lo menos podríais entrar en la Politécnica —les decía.

La Escuela Politécnica era sinónimo de prestigio. Allí se formaban los ingenieros y científicos de la nación. De sus aulas habían salido matemáticos y físicos tan eminentes como Jules Henri Poincaré y Henri Becquerel. Pero ni Simone ni Hélène podían estudiar en la codiciada Politécnica. A ellas les estaba reservado un futuro menor, totalmente anodino. Tal como su padre había sentenciado: no se casarían y trabajarían en empleos mediocres, a la medida de su condición de mujeres.

Simone, no obstante, tenía otras ideas en mente. Quería enseñar y dedicarse a la escritura. Lo había decidido en el curso de algún verano, en Meyrignac, hacia sus quince años, mientras disfrutaba de la lectura de uno de esos libros que su madre habría juzgado obscenos de haberla atrapado sumergida entre sus páginas. ¿De dónde venía ese deseo? Del amor a la literatura, en primer lugar. Pero también, de la necesidad de reinventarse a sí misma. Puesto que desdeñaba los modelos femeninos que tenía a mano, Simone sentía que debía rearmarse desde cero. En Memorias de una joven formal escribió al respecto:

Escribiendo una obra alimentada por mi historia me crearía yo misma de nuevo y justificaría mi existencia. Al mismo tiempo serviría a la humanidad: ¿qué mejor regalo que hacerle libros?