Mi muy querido amigo Azaña - VV. AA. - E-Book

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aa.vv

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Beschreibung

«He tenido, desde que usted marchó, muchos deseos de expresarle mi adhesión y afecto, y siempre me ha detenido el temor de proporcionarle una nueva molestia; usted no necesita unas líneas para saber los que tiene a su lado, sé que no necesita usted de ningún signo para reconocernos». Victoria Kent Entre el 24 de diciembre de 1918 y el 1 de diciembre de 1939, Manuel Azaña recibió cartas de algunas de las principales voces de la vida intelectual y política de su tiempo. Escritas desde la esperanza y la derrota, estas misivas constituyen hoy un testimonio privilegiado de la vida cultural, moral y política de España. Lejos de limitarse a un mero ejercicio crítico, miradas procedentes de distintas disciplinas y sensibilidades entablan un diálogo con las cartas y las sitúan en su contexto histórico y humano, arrojando luz sobre afinidades, tensiones y lealtades. El resultado es una lectura en clave coral que permite comprender no solo la figura de Azaña, sino también el drama intelectual y político de la Segunda República, la Guerra Civil y el exilio. Un libro que nos acerca a la vida y al tiempo de Manuel Azaña a través de las cartas de quienes lo conocieron.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Mi muy querido amigo Azaña

Mi muy querido amigo Azaña

VV. AA.

Prólogo de Luis García Montero

Los textos que componen este volumen son el fruto de la XII edición de las Jornadas sobre la vida y obra de Manuel Azaña, celebradas los días 9, 10, 13 y 14 de enero de 2025 en la sede del Instituto Cervantes de Alcalá de Henares.

Estas jornadas han sido organizadas por la asociación cultural Foro del Henares, con el apoyo de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática y el Instituto Cervantes.

Primera edición, febrero de 2026

Colección «Paz, Piedad, Perdón»

Director, Jesús Cañete Ochoa

© Nota al margen, S. L., 2026

Plaza de las Salesas, 7

28004 Madrid

© de la edición, Nota al margen, 2026

© del diseño de cubierta y composición, Comba Studio

© de la ilustración y de la fotografía, Carta de Miguel de Unamuno,

Archivo Histórico Nacional

ISBN: 979-13-991617-2-4

Depósito legal: M-1989-2026

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo fotocopias y la difusión a través de Internet—, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamos públicos.

Índice

Prólogo Una carta más

I Carta de Miguel de Unamuno

La República y la nación

II Carta de Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez y Manuel Azaña. Una carta de 1920

III Carta de Ramón del Valle–Inclán

Valle y Azaña, dos maneras de escribir

IV Carta de Antonio Machado

Antonio Machado y Manuel Azaña: una política poética

V Carta de Cipriano de Rivas Cherif

Carta de Cipriano de Rivas Cherif a Manuel Azaña

VI Carta de Ramón María Tenreiro

Comentario a la carta de Ramón María Tenreiro

VII Carta de Victoria Kent

¿Una carta más? La misiva de Victoria Kent a Manuel Azaña

VIII Carta de Indalecio Prieto

Camino del Frente Popular español

IX Carta de Juan José Domenchina

Una carta de Domenchina a Azaña (1935)

X Carta de Juan Hernández Saravia

Carta de un general a su expresidente en el exilio

XI Carta de Santiago Casares Quiroga

Santiago Casares Quiroga: fatalidad y fulgor de la República Española

Procedencia de las cartas

Colaboradores

Prólogo Una carta más

Admirado y recordado don Manuel,

En enero de año 2025, en colaboración con la Secretaría de Estado de Memoria Democrática y el Foro del Henares y animados por el impulso del profesor Jesús Cañete, el Instituto Cervantes tuvo el honor de asumir las reuniones de las XII Jornadas sobre la vida y obra de Manuel Azaña. Fue un acierto organizar este encuentro bajo el título Cartas a Manuel Azaña. Un grupo notable de participantes eligió una carta recibida por usted para exponer su relación con algunos amigos, compañeros de viajes literarios y políticos, en los momentos más significativos de su vida. El conocimiento de escritores, estudiosos de la literatura, historiadores y herederos políticos suyos, sirvió para adentrarnos a los oyentes en su personalidad humana y en sus relaciones con las distintas situaciones vividas, desde el fracaso al encumbramiento y desde el poder a la derrota.

Usted sabe muy bien que la figura de don Quijote sostuvo muchas miradas que fijaron de manera diferente su personalidad. Hay, por ejemplo, un Quijote de Cervantes, otro de Unamuno, otro de Rubén Darío y otro de Azaña. Cuando buscamos y leemos al otro se refleja en las palabras nuestra propia manera de ser. Intentar reconocer supone también reconocerse. Las cartas son un buen documento histórico porque permiten espacios de intimidad, formas humanas de habitar los contextos y de establecer relaciones. Si la comunicación pone en juego a un emisor, un receptor, un mensaje y un contexto, las cartas intensifican este proceso, matizando lo espontáneo con lo meditado y lo meditado con aquello que nos sale todavía, después de pensarlo, del corazón, aquello que nos parece importante contar. Ocurre algo parecido a lo que usted señaló sobre el gusto de hablar en Cervantes y la invención del Quijote: el placer de hablar es contagioso y comunicable. El acto de escribir cartas también nos vincula a nosotros mismos al querer vincular al receptor en un tono determinado. Leer estas cartas supone entender que hay también muchos Azañas: por ejemplo, el de Unamuno, el de Machado, el de Juan Ramón Jiménez, el de Victoria Kent, el de Indalecio Prieto o el de Juan José Domenchina. Tantos Azañas nos permiten conocer mejor al Azaña que fue usted y al Azaña que cultivamos en nuestras propias lecturas y nuestra imaginación.

Usted nos es necesario. Vivimos un tiempo que necesita meditar sobre la política y la evolución de las sociedades. En su Política poética, Juan Ramón afirmó en 1936 que la política tenía la misión de administrar de manera honesta la vida de un pueblo, como un poeta necesita administrar sus palabras. Juan Ramón también confesó, para explicar algunas de sus apuestas líricas, que le interesaba la poesía popular. Pero tratada de manera culta. Esa voluntad estética corresponde también a un sentido de la política confiada en sí misma y consciente de los contextos frente a todo tipo de populismos. Eso representa usted para mí, y nos es mala lección, con sus errores y sus aciertos, la que usted nos da para vivir en el mundo de hoy.

Resulta interesante descubrir que la admiración y el respeto se puede dar entre personalidades que defienden cosas diferentes. Pienso en Valle-Inclán o Unamuno. Era posible dialogar

con Unamuno, aunque don Miguel se dejase llevar a veces por la vanidad de lo eterno, en vez de buscar soluciones políticas para los problemas y las tensiones entre lo permanente, la actualidad y lo contemporáneo. Se pueden fijar puntos de vista desde las verdades esenciales y las elaboraciones historiográficas nacionalistas, pero quizá es más prudente buscar caminos en la realidad política. No hay por qué alejar lo poético de la realidad que nos persigue. Las creencias están bien, desde luego, pero como usted nos señaló al hablar del Quijote, Cervantes no ridiculizó el ánimo heroico, sino las impotencias alucinadas. Más partidario de Cervantes como creador que del Quijote como modelo, al contrario que Unamuno, en sus reflexiones y sus apuestas quiso reconocer las inquietudes que andaban dispersas en el ánimo de la gente común para buscar un cauce político bien medido. También fue importante su toma de conciencia a la hora de no apostar por un arte orgulloso de sí mismo frente a la masa, con el orgullo de lo excéntrico. Prefirió interesarse por una pedagogía y una cultura pegada a la realidad de cada tiempo.

Y fue un tiempo muy rico, marcado por generaciones como la del 98, el 14 y el 27, que reunió a grandes figuras. Para salir de la desolación a la esperanza, usted jugó en ese tiempo un papel importante con sus artículos y su trabajo para unir el rigor y la comunicación, según demostraron revistas como La pluma o España. En estas cartas recordamos aquel tiempo, las tertulias reunidas en la Granja del Henar o en el café Regina, y la personalidad de un literato necesitado de buscar huecos en los días de su compromiso cívico para escribir. Se alude a sus libros, desde los Estudios de política francesa contemporánea (1919) y El jardín de los frailes (1926) hasta La velada en Benicarló. Diálogo de la guerra de España (1939). Y amigos como Cipriano Rivas Cherif nos acercan a su intimidad y sus inquietudes más personales. Forzada por la historia, esa intimidad surge también en las cartas que aluden a la experiencia de la derrota y el destierro.

Las cartas también nos hablan del poder de las mentiras, del uso político de los bulos, de la solidaridad amistosa en tiempos difíciles, de la necesidad de buscar un marco de unidad para hacer frente a las fuerzas reaccionarias, de la significación de algunos discursos oportunos, del valor de las coaliciones y de la firmeza contra la corrupción. Son recuerdos que merece la pena tener en cuenta. Si recordamos la Alemania de Hitler y del Conde de Helldforff, dispuestos a tomar medidas aniquiladoras contra comunistas y judíos, podemos pensar en unas corrientes capaces de llevarnos a nuevos genocidios y a la destrucción de los valores democráticos. Esos valores que usted defendió a la hora de reconocerle a la mujer el derecho al voto, a la hora de apoyar la necesaria regeneración pedagógica o a la hora de pronunciar palabras como paz, piedad y perdón frente a los distintos cauces del fanatismo. Su política quiso llevar el Gobierno a la sociedad después de las alargadas falsificaciones de la Restauración. Y por eso las ilusiones políticas fueron siempre una amenaza para las élites, dispuestas a disfrazarse de cualquier uniforme o bajo cualquier bandera. Un conflicto delimitado como la guerra ítalo-etíope puede desembocar en una catástrofe mundial. Su entierro en un cementerio francés, bajo la bandera mexicana, porque los republicanos españoles no pudieron llevar la suya, fue un símbolo de que en los tiempos más difíciles el compromiso de la dignidad es el refugio de la esperanza.

Dignificar la política frente a la crispación, la mentira, la soberbia de los puros y la indecencia de los más turbios, es el compromiso más importante de los que somos sus herederos. Las XII Jornadas sobre la vida y obra de Manuel Azaña se iniciaron en la sede del Instituto Cervantes de Madrid con un acto de legado en la Caja de las Letras. Allí se recordó una vez más que la mejor apuesta por el futuro es saber elegir las mejores herencias del pasado. La Biblioteca Cervantes de Toulouse lleva su nombre.

Está usted con nosotros, entre nosotros, junto a nosotros, querido don Manuel. Y estas son sus cartas, las que usted recibió, las que a través de usted nos llegan.

Luis García Montero

Director del Instituto Cervantes

I Carta de Miguel de Unamuno

M. Dn. Manuel Azaña

Mi muy querido amigo,

Acabo de recibir un telegrama de Demófilo de Buen en que me pide que le comunique a usted si podría ser la conferencia a que me invitó el Presidente de ese Ateneo el día 3 o el 5 de enero. Veo la cosa muy difícil. Tengo un compromiso de hace más de cuatro años con el Ateneo de Valencia y es natural que quieran aprovechar mi estancia en aquella ciudad para hacérmelo cumplir. La boda de mi hijo —si no hay que retrasarla— será el día 1, yo no hablaría sino después, y para el 6 quiero estar aquí con la parte de mi familia que me acompaña. Lo que hay es que mi hijo está pendiente de la concesión de una licencia para poder ir a casarse y teme tener que retrasar su boda y, como en este caso, si el retraso era de tres o cuatro días por lo menos, yo no podría ir a ella, me cabría ir a esa y se lo avisaría con tiempo.

En todo caso, el que yo pueda dar ahí mi conferencia en cualquier tiempo —que versaría sobre la soberanía catalana en lo que hace al uso de la lengua con consideraciones sobre el conflicto de dos culturas— está en mano del Presidente mismo que me ha invitado y para ello no necesita darme ningún nombramiento de cargo ninguno, cosa que jamás he pretendido. La fórmula, como dicen los políticos, es sencillísima y en pocas palabras la expondría yo. Y le queda otro recurso y es que me sustituya don Ismael Calvo y Madroño, que podría disertar con grandísima competencia sobre la ética en las elecciones universitarias y en la formación de tribunales de oposición a cátedras.

Y esa Unión Democrática Española «qué hace?» Que prepare por lo menos las bases de la reunión confederativa de la nación española y la catalana ya que Cataluña ha de acabar y muy pronto por separarse del todo del Reino de España y constituirse en Estado absolutamente independiente. En tiempo de Felipe IV se perdió Portugal conservando Cataluña, en tiempo de nuestro Habsburgo de hoy, Alfonso XIII, siendo su Canciller Canalejas, se pensó en conquistar Portugal y del triunfo, descontado en el Palacio de Oriente, de Alemania se esperaba la anexión de Portugal y la formación del Imperio Ibérico, bulgarizándose España; justo es, pues, que al ser esta derrotada con Alemania —la neutralidad neutral que dijo Romanones (el político que ve más claro y obra más turbio) era una alianza clandestina con aquel a quien se creía vencedor futuro—, justo es, pues, que España pierda ahora Cataluña. Y la perderá, no me cabe duda de que la perderá. La federación no es más que una hoja de parra. Cuánto me gustaría hablar de todo esto ahí!!

Si le ve al Conde Presidente de ese Ateneo dígale que le compadezco por la situación dificilísima en que se va a ver teniendo que sostener una unidad nacional y un régimen monárquico que se caen a pedazos y que las amarguras que pudo tragar Montero Ríos, el de Meco, en París, serán pocas para las que él, como español, va a tener que tragar. Y que se encontrará casi solo; todos los demás culpables se sacudirán en él sus responsabilidades.

Sabe cuán su amigo es.

Miguel de Unamuno

Salamanca, 24 XII 18

La República y la nación

Pese a su sumaria brevedad, la carta que Miguel de Unamuno envía a Manuel Azaña el 24 de diciembre de 1918 informándole de los compromisos personales que le impedirían impartir una conferencia en el Ateneo de Madrid ilustra en pocas líneas la ambigua relación de respeto y recelo que existe entre ambos hombres. También sus profundas diferencias en relación con lo que, todavía durante la República, se consideraría el «problema catalán». La reciente edición en Buenos Aires de un volumen en el que se recoge una amplia selección de artículos de Unamuno no compilados con anterioridad permite intuir, mejor que los textos acabados, las razones por las que no fue un personaje cómodo, por imprevisible, para sus contemporáneos. Hasta fecha reciente, y siempre con matices y excepciones, las cifras de ventas de los libros de un autor no eran representativas de su importancia para la historia de la literatura, porque títulos que más tarde se tendrían por imprescindibles apenas alcanzaban a unos centenares de lectores. Al generalizarse desde finales del siglo XIX la presencia de escritores en los periódicos, la relevancia pública de los hombres de letras comenzó a depender más de esta actividad marginal que de sus trabajos de mayor envergadura, desarrollados a lo largo de meses y de años. En ocasiones, un talento excepcional como el de Benito Pérez Galdós consiguió acoplar dentro del folletín periodístico una obra maestra, como Fortunata y Jacinta. En otras, la habilidad en el empleo de la nueva herramienta de proyección social que fueron los periódicos sirvió para que un autor se labrara una imagen de gran pensador, como en el caso de Ortega y Gasset. Este desenfoque provocado por la prensa no pasó desapercibido para uno de los más lúcidos observadores de España y su literatura en el primer tercio del siglo xx, Gerald Brenan, quien escribiría de Ortega que «no es en realidad un filósofo original, sino una especie de periodista superior: un periodista que trata de ideas y las divulga».

El caso de Unamuno es diferente, pese a mantener una presencia en los periódicos equivalente a la de Ortega. Obras como Niebla, Abel Sánchez o La tía Tula constituyen auténticos logros literarios aun a costa de las arbitrarias limitaciones que Unamuno se autoimpone al declararse autor, no de novelas, sino de «nivolas», una forma restrictiva de interpretar el sentido y las convenciones del arte de contar historias más que un género narrativo nuevo en sentido estricto. Por otra parte, trabajos de pensamiento como Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo deberían ser reconocidos como lo que son, contribuciones de primer orden a la filosofía en Europa. Como pensador, Unamuno se inscribe en las corrientes existencialistas que inaugura Kierkegaard y desarrolla una variante cercana a la que años después formulará Albert Camus en El mito de Sísifo, publicado en 1942. El «sentimiento trágico» al que se refiere Unamuno es concomitante con la noción de absurdo que elabora Camus: el hombre interroga al mundo y, ante el silencio del mundo, el hombre mismo se responde. El concepto de «agonía» es similar al de «sentimiento trágico», solo que, en lugar de referir la pregunta al mundo, el hombre se la dirige a los dogmas de la fe cristiana, con idéntico resultado: una agonía, una lucha y, en fin, un esfuerzo inútil como el de Sísifo. Las razones por las que dos obras tan fecundas no han llegado a ocupar el lugar que les corresponde en la historia del pensamiento guardan relación con el personaje que Unamuno acaba forjando de sí mismo en los periódicos: alguien que se opone por principio, que cultiva la paradoja por el exclusivo placer de colocarse frente a todos y que, por ello, razona por impulsos accidentales, improvisados y no siempre con fundamento. El «sentimiento trágico» y la «agonía» han sido interpretados, así, como la previsible actitud del irremediable contradictor público que fue el Unamuno de los periódicos, no como conceptos que prolongan una corriente de pensamiento por parte de un filósofo.

Pero existen además otras razones para explicar la relativa marginación de Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, que serían, por otra parte, las mismas que acabarían provocando la distancia con Azaña. Son razones que apuntan a la vocación de Unamuno como intelectual, es decir, como escritor que no solo se expresa en tratados filosóficos, poemas y «nivolas», sino que también se pronuncia sobre asuntos de dimensión pública en los periódicos. Desde esta otra vertiente de su trabajo, Unamuno tendrá un destacado papel en la definición intelectual de un nacionalismo político en torno a las supuestas esencias castellanas y cristianas de España, de la que además participarían otros autores de la generación de 1898 como Maeztu o Azorín. Tanto Del sentimiento trágico de la vida como La agonía del cristianismo añaden a los capítulos que contienen el núcleo filosófico de su argumentación otros en los que Unamuno trata de proyectarlo sobre los avatares de la historia de España. Además de la imagen hasta cierto punto trivial que Unamuno cultiva de sí mismo en los periódicos, son estos capítulos en gran medida sobrepuestos y marginales los que acabarían sellando un destino para Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo que no está a la altura de su valor. Unamuno publica en la prensa para ganar el sustento de una familia numerosa, según confiesa en uno de los artículos recogidos en el volumen reeditado en Buenos Aires, y por eso su técnica consiste, siempre según sus palabras, en empezar a escribir sin saber qué va a decir. Solo en un asunto su posición es invariable en todas y cada una de sus colaboraciones periodísticas, al igual que desde el primero hasta el último de los libros: la condena de los nacionalismos catalán, vasco y gallego en nombre de otro nacionalismo para él superador, el nacionalismo español, definido como castellanista y cristiano.

A la vista del trabajo de Manuel Azaña al frente de algunas publicaciones periódicas de la época, como La Pluma y España, cuesta creer que sintiera algún aprecio hacia ese ponerse a escribir a lo que salga, practicado por Unamuno. Pero es, sin embargo, en el invariable sesgo nacionalista de las posiciones de Unamuno donde las diferencias con Azaña acabarán resultando insalvables, tanto desde el punto de vista intelectual como también desde el político. Ambos coincidirán en la condena del golpe de Primo de Rivera, en 1923. Ortega, por contraste, avalaría el movimiento palaciego de Alfonso XIII por constituir el «brinco» que España necesitaba para superar la conmoción provocada por la pérdida de las últimas colonias. Que el impulso para ese «brinco» proviniera del ejército no constituía para Ortega un problema, como sí lo era, en cambio, para Unamuno y Azaña, defensores de un poder civil a salvo de pronunciamientos e interferencias militares. Unamuno pagará su crítica al monarca y la monarquía con un destierro en Fuerteventura y un posterior exilio en París. Azaña, por su parte, romperá con el reformismo en el que militaba y abrazará el programa republicano.

En diciembre de 1918, fecha de la carta en la que Unamuno explica a Azaña que no podrá impartir una conferencia en el Ateneo, estas y otras líneas de fractura entre el pensamiento de ambos hombres son todavía potenciales, pero no porque no se manifiesten con nitidez en sus trabajos, sino porque los acontecimientos que las colocarán en el primer plano de su relación están por llegar. Bajo la pregunta de «esa Unión Democrática Española “qué hace?”», formulada en el tercer párrafo de la carta y referida a una iniciativa para apoyar desde España la creación de la Sociedad de Naciones, Unamuno enumera para Azaña las ideas que le habría gustado abordar de haber impartido la conferencia. Y lo que viene a continuación es una atropellada gigantomaquia de Imperios y naciones ambicionando devorarse unas a otras, en la que la monarquía española de los Borbones, dice Unamuno, acabaría perdiendo Cataluña como le sucedió a los Habsburgo con Portugal. Por descontado, la continuidad que Unamuno establece entre el pasado y el presente es incompatible con la visión de la historia que Azaña ha comenzado a desarrollar después de su estancia en París, inspirado, tal vez, por las reflexiones de Flaubert sobre el pasado de Francia en Bouvard et Pécuchet, que anticipan las de Américo Castro. Pero es que, además, la simple interpelación a la Unión Democrática Española en relación con la «cuestión catalana» pone de relieve otra paradoja en el pensamiento de Unamuno que una vez más lo distanciaría de Azaña. Así como su curiosidad literaria y filosófica lo conecta con la Europa de Kierkegaard, Ibsen o Pirandello, sus análisis políticos aparecen lastrados por su cerrada convicción nacionalista. En este sentido, la desabrida interpelación a la Unión Democrática Española en la carta a Azaña parece dar por descontado que la Sociedad de Naciones y el principio de las nacionalidades, promovido por el presidente Woodrow Wilson tras la Primera Guerra Mundial, pueden constituir un marco adecuado de solución para la «cuestión catalana».

Como Azaña pondría de manifiesto en el debate sobre el Estatuto de Cataluña en las Cortes republicanas, la «cuestión catalana» debía ser resuelta en un plano político, no en el historiográfico ni menos aún en el internacional, encarnado en la Sociedad de Naciones. A la altura de 1932, fecha en la que se celebra el debate, buscar una solución en el plano político consistía en decidir qué forma adoptaría el futuro Estado de la República en el territorio de Cataluña. La idea implícita en esta fórmula, opuesta a la «conllevancia» defendida por Ortega, es que el Estado de la República careciera de «credo nacional» en el mismo sentido en que carecería de credo religioso, según quedó establecido durante el debate sobre el artículo 24 de la Constitución. De la misma manera que Azaña no estaba proponiendo un Estado multiconfesional al declarar que España —esto es, el Estado español— había dejado de ser católica, tampoco se decantaba por un Estado plurinacional al dar su apoyo a un Estatuto de autonomía para Cataluña, según se ha reinterpretado en fecha reciente. El Estado que integraría la autonomía catalana y que habría integrado la vasca y la gallega de no haber interferido la Guerra Civil era, para Azaña, una suerte de Estado secular con respecto a la nación en un sentido semejante en el que lo era con respecto al credo religioso. El problema de España se resumía, para Azaña, en el Estado que diseña las leyes, no en la nación que alimentan los mitos.

La tarea legislativa de la República hizo que la distancia entre Azaña y Unamuno, implícita hasta entonces, se volviera explícita y no admitiese retorno: la España castellanista y católica no era compatible con el secularismo religioso y nacional que defendía la República. Inconforme con él, Unamuno apoyará inicialmente el levantamiento militar que dará paso a la Guerra Civil, imaginando, como Ortega en 1923, que el ejército podría ser el instrumento de un programa civil, en este caso la restitución de la nación española en la que él creía. Su valerosa rectificación en el acto celebrado en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde increparía al general Millán Astray, abría la puerta a una eventual coincidencia intelectual y política con Azaña y la República. No hubo tiempo, sin embargo: la muerte sorprendería a Unamuno el 31 de diciembre de 1936, impidiéndole ser testigo del régimen al que dio paso la Guerra Civil. La idea de la nación española que impusieron a sangre y fuego los rebeldes coincidía con la que Unamuno había defendido desde sus inicios como escritor, tanto en sus libros como en sus colaboraciones periodísticas. Al sostener ante Millán Astray que vencerían pero no convencerían, Unamuno se declaró enemigo político de sus hijos intelectuales, y dejó a salvo su insobornable libertad como intelectual. Tan solo tres años más tarde, Ortega celebraría en carta a Marañón la entrada del general Franco en Madrid y Azaña, cansado y enfermo, fallecería en su exilio improvisado de Montauban.

José María Ridao

II Carta de Juan Ramón Jiménez

Madrid, 7 de agosto de 1920

Srs. D. Cipriano de Rivas Cherif

y D. Manuel Azaña

Mis queridos amigos:

Como me dicen ustedes en su carta, que acabo de recibir, que no pueden pagar los trabajos que solicitan para La Pluma, me apresuro a enviarles esa serie poética de mi libro inédito 1920, una de las trece colecciones, de prosa y verso, que tengo actualmente en depuración.

La única súplica que les hago a ustedes es que me permitan ver pruebas de imprenta, una sola vez.

Siempre que deseen algo mío, pueden pedírmelo, sin miedo a abuso, pues vengo trabajando, desde hace años, en 97 (en cifra, para que parezcan menos) libros, dos terceras partes de ellos, inéditos, y de los cuales no daré nada a los periódicos y revistas que sabemos. O si no, díganme cada cuánto tiempo quieren que les mande algo.