Ni contigo ni sin ti - Margaret Way - E-Book
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Ni contigo ni sin ti E-Book

Margaret Way

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Beschreibung

El pasado los amenazaba La última persona a la que Mel Norton esperaba encontrarse en la puerta era a James "Dev" Langdon. La irresistible sonrisa de Dev hizo que el corazón se le desbocara una vez más… a pesar de haberse prometido a sí misma que nunca volvería a ocurrir. Dev había regresado para llevar a su amor de juventud a la casa de su familia, el rancho Kooraki, seguro de que solo allí Mel sería capaz de exorcizar los demonios del pasado. Y, en el corazón del abrasador outback australiano, las barreras de la reservada Mel comenzaron a desmoronarse…

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Margaret Way, Pty., Ltd. Todos los derechos reservados.

NI CONTIGO NI SIN TI, N.º 2476 - septiembre 2012

Título original: The Cattle King’s Bride

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2012

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0809-6

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

AMELIA recibió la primera llamada telefónica del día a las ocho de la mañana, justo cuando estaba a punto de salir de su casa para ir al trabajo. El ruido producido por los dos teléfonos, el principal y el auxiliar, más el fax, fue ensordecedor y resonó por todo el piso.

Con la mano en el pomo de la puerta, estuvo tentada de ignorar la llamada; sin embargo, un presentimiento la hizo retroceder. Tenía la sensación de que aquel iba a ser un día nada corriente. Dejó el caro bolso y, acompañada por el repiqueteo de los tacones en las baldosas blancas del suelo de la cocina, se acercó al teléfono.

–¿Sí? –dijo con una nota de impaciencia.

–Amelia, soy yo –contestó la voz con ligero acento extranjero de su madre.

–¡Mamá! ¿Qué pasa? –con el inalámbrico en la mano, se sentó en una silla. No podían ser buenas noticias, su madre no era dada a hacer llamadas telefónicas. Era ella quien llamaba a su madre y le enviaba mensajes electrónicos, mientras que su madre la llamaba por teléfono una vez al mes. Debía tratarse de algo importante–. Se trata del señor Langdon, ¿verdad?

Gregory Langdon era un ganadero legendario de setenta y ocho años. Pero su vigor y su salud habían estado cayendo en picado durante el último año.

–Se está muriendo, Amelia –Sarina no trató de enmascarar su dolor–. El médico le ha dado una semana como mucho. Quiere que vuelvas a casa.

–¿A casa? –Amelia lanzó un gruñido de disgusto–. Nunca fue mi casa, mamá. Tú no eras más que una sirvienta hasta que el señor Langdon te ascendió a la categoría de ama de llaves. Te he pedido una y mil veces que vengas a vivir conmigo, pero tú has decidido quedarte ahí.

Y eso era algo que todavía le dolía. Quería mucho a su madre. Tenía un excelente salario y estaba en situación de ofrecerle una vida mucho mejor.

Sarina Norton respondió con su acostumbrada falta de emoción en la voz:

–Sí, tal y como debe ser, Amelia. Tú debes abrirte camino en la vida sin tener que tirar de mí. El señor Langdon fue muy bueno con nosotras, nos acogió después de que tu padre muriera.

Eso no lo podía negar nadie, ni siquiera ella. Aunque, durante largos años, había sido una fuente de continua humillación debido a las habladurías sobre su madre. Su padre, Mike Norton, capataz del rancho, había muerto en una estampida cuando ella tenía tan solo seis años. Había sido una tragedia para todos. Mike Norton, consumado jinete, se había caído del caballo y había muerto pisoteado por el ganado en una estampida.

Una forma terrible de morir. Las pesadillas la habían hecho despertar a gritos en mitad de la noche durante años. Nunca lo olvidaría.

–No creo que sea una muestra de extraordinaria generosidad que un hombre tan rico como el señor Langdon nos ayudara. Es más, podría haberte dado dinero para que te hubieras ido a vivir conmigo a la ciudad. Y la señora Langdon nos odiaba. ¿Cómo pudiste soportarla? Yo, desde luego, no la aguantaba. Y le encantaba humillarte. La señora Langdon nos odió hasta el día en que murió.

–Nos odiaba porque Gregory nos quería. Gregory te adoraba.

–¿Gregory? –repitió Amelia con ironía–. ¿Ya no lo llamas señor Langdon?

Su madre guardó silencio. Su madre hacía un arte del silencio.

Pero a ella no le gustaba callar. Le gustaban las cosas claras, hablar directamente, sin tapujos. Los secretos y las evasivas tampoco eran santo de su devoción.

–Así que tenemos que estar agradecidas a «Gregory» por siempre jamás, ¿eh, mamá? Y otra cosa, ¿por qué crees que se casó con la inaguantable Mireille? Te lo voy a decir yo, porque era la heredera de la fortuna Devereaux, por eso mismo.

–Y la madre de su hijo y heredero –contestó Sarina sin cambiar de tono de voz, sin muestras de su apasionado linaje italiano–. Y en esa familia el divorcio no estaba permitido.

–¡Qué pena! –se lamentó Mel–. Porque mejor es divorciarse que hacer desgraciado a todo el mundo.

–Repito, el divorcio era impensable, Amelia –enfatizó Sarina, educada en la religión católica–. Y ya que estamos hablando de esto, Gregory no podía controlar a su esposa cuando no estaba allí. Así que te sugiero que no seas tan injusta. Gregory era un hombre importante con enormes responsabilidades. Y aunque la señora Langdon quería echarnos, no lo consiguió, ¿verdad?

–Pero eso también era un arma de doble filo, mamá –respondió Amelia–. Las dos sabemos que, aunque no te lo dijeran a la cara, muchos creían que él te quería más a ti que a su mujer.

¿Por qué no hablar claro?, pensó Mel. Las habladurías y los chismes le habían hecho mucho daño. Durante su vida en Kooraki, siempre se había sentido avergonzada. Se había criado dudando de sí misma y de su lugar en el mundo. En una ocasión, durante una de sus peleas, Dev le había dicho que necesitaba madurar emocionalmente. Por supuesto, para él había sido fácil decir eso, al fin y al cabo él era un Langdon Devereaux.

Nunca se había atrevido a hablar claro con su madre, a hacerle preguntas. Su madre, a la que quería con locura y a quien no podía evitar querer proteger. Sarina, cerca de cincuenta años de edad y de aspecto mucho más joven, seguía siendo una mujer muy guapa. ¿Cómo había sido a los veinte años?

«Más o menos como tú».

–Nos quería a las dos, Amelia –le corrigió Sarina–. 6 Al señor Langdon le encantaban los niños. Y tú eras una niña muy alegre e inteligente. Y no le tenías miedo.

–Ni a Mireille. Soy una Leo, mamá; y, por tanto, sobrada de orgullo.

–Sí, lo sé, Amelia. Pero tienes que recordar que fue el dinero de Langdon el que pagó tus estudios, tanto los del colegio como los de la universidad.

–Quizá Gregory se sintiera algo culpable. Ninguna de las dos sabe realmente qué pasó el día de la estampida. Mi padre era un experto jinete y sabía manejar el ganado como nadie; sin embargo, cayó del caballo. Quién sabe, a Mireille podía habérsele ocurrido pagar a alguien para que espantase al ganado y que empujara a papá. ¿No se te ha pasado eso nunca por la cabeza? Era una mujer muy cruel. Incluso llegó a insinuar que podía haberse tratado de una situación similar a la de David y Betsabé, culpabilizando a su marido infiel. Era una mujer llena de odio.

Se hizo otro momento de profundo silencio, como si el comentario hubiera tomado por sorpresa a su madre.

–Amelia, no quiero hablar de eso –declaró Sarina–. Ya es agua pasada.

Mel respiró hondo. Su madre se negaba a enfrentarse a muchas cosas.

–No, mamá, no es agua pasada. Todavía nos afecta. Me resultaba tremendamente difícil aceptar la caridad de Langdon.

–Sí, y lo has dejado muy claro, Amelia. No obstante, la aceptaste. Hay veces que no tenemos alternativas. Michael no me dejó casi nada, hacia muy poco que le habían hecho capataz.

–La gente solía decirme lo estupendo que era papá. Me acuerdo mucho de él, mamá, lo haré hasta el día que me muera. ¡Mi padre!

–¿Crees que yo no le hecho de menos, Amelia? –contestó su madre en tono curiosamente desapasionado–. Después de perderle, tuve que enfrentarme al hecho de que había muy pocas cosas que supiera hacer. Y, además, tenía una niña pequeña. No me quedó más remedio que aceptar lo que me ofrecieron. Y me alegro de haberlo hecho, a pesar de lo que sufrí.

–A pesar de lo que sufrimos, mamá. Yo también sufrí. No sé qué habría pasado de no haber ido al internado.

–En ese caso, por favor, recuerda que fue el señor Langdon quien insistió en que recibieras una educación de primera. Eras muy inteligente.

–Todavía me acuerdo de que papá solía leerme cuentos –dijo Mel con nostalgia–. En realidad, papá era un verdadero erudito, ansiaba aprender. Era un hombre admirable.

–Sí, Amelia, lo era –confirmó su madre–. Y quería que tú llegaras lejos. Pero, te recuerdo, que no estarías donde estás hoy de no ser por Gregory Langdon. Tuviste acceso a una de las bibliotecas privadas más importantes del país, justo aquí, en Kooraki.

–¡Y anda que no le sentó mal a Mireille! –le recordó Amelia a su madre.

Sin embargo, no pudo evitar reconocer la magnanimidad del gesto: permitir el acceso a una magnífica biblioteca a la hija de una sirvienta. Y no se había tratado de cualquier biblioteca, sino de una con extraordinarios libros encuadernados en piel y oro, libros de Historia, literatura, poesía, arquitectura, arte… Una biblioteca forjada a base de generaciones de amantes de los libros y coleccionistas.

–¡Qué mujer tan cruel que era Mireille! –añadió Amelia–. Incluso enemistó a su propio hijo con el padre. No me extraña que su nieto se marchara, aunque no dijo por qué.

–Dev, al contrario que su padre, se resistió a que le controlaran –dijo Sarina.

–No fue eso, mamá –le contradijo Mel–, fue otra cosa. Otro misterio sin resolver. Dev tuvo problemas con su abuelo, pero nunca dijo de qué se trataba. No me extraña. La verdad es que… vaya familia.

–Creo que exageras, Amelia.

–Es posible, pero no es raro, dado que he pasado gran parte de mi vida como si estuviera en un campo minado. Pero ahora estoy abriéndome camino, mamá. Y lo siento, pero no puedo ir. Tengo trabajo. No quiero perderlo. Puede que el señor Langdon diga que quiere verme, pero el resto del clan es otra cosa. Además, puede que Dev aparezca.

–Pues mi opinión es otra –respondió Sarina con una energía impropia de ella–. Ava y su marido están aquí. No parecen ser un matrimonio feliz, aunque ella jamás 9 hablaría conmigo de esas cosas. Luke Selwyn es un hombre encantador, aunque quizá Ava no sea la persona que él creía que era.

Mel notó la malicia del comentario de su madre.

–Por favor, mamá, no critiques a Ava. Es una buena persona y tampoco lo tuvo fácil. Para Gregory Langdon, las mujeres siempre han sido inferiores a los hombres; para él, lo importante eran los hijos y los nietos. Si el matrimonio de Ava no funciona, el responsable debe ser Luke. Su supuesto encanto es bastante superficial, igual que su personalidad, y también es un engreído. No se merecía a Ava. Y a Dev nunca le gustó, y a Dev se le da bien juzgar a la gente.

–Sin embargo, Ava se casó con él, por lo que debió gustarle –declaró Sarina con dureza.

–Necesitaba escapar –Mel comprendía los motivos de Ava.

–Está bien, eso da igual. La cuestión es que han llamado a Dev y va a venir, y eso que no es un hombre dado a olvidar.

–¿Y por qué no iba a ir? –a Mel le dio un vuelco el corazón ahora que estaban hablando de Dev–. Se trata de su abuelo, es parte de la familia. Pero yo no, mamá. Yo no tengo nada que ver con ellos.

–Pues lo primero que Dev ha preguntado es si vas a venir. Amelia, por favor, hija, haz un esfuerzo y ven. Se os necesita a los dos aquí, a Dev y a ti. Siempre habéis estado muy unidos.

Una unión imposible de romper.

«Las dos mitades de un todo», había dicho Dev en una ocasión. Dev quería que fuera.

«¡Salta, Mel, salta!»

Dev siempre conseguía lo que quería. Vivía en el corazón y en el cerebro de ella. Sí, era parte de ella. Siempre lo había amado. No había podido dejar de amarlo, a pesar de haberlo intentado, a pesar de saber que Dev, en el fondo, estaba fuera de su alcance. Lo echaba de menos más de lo que cualquiera podría creer posible.

No le había dicho a su madre que Dev había ido con ella a Nueva York en un breve viaje. A su madre, que para esas cosas estaba chapada a la antigua, no le habría parecido bien. Y era extraño, teniendo en cuenta los rumores que corrían sobre ella y Gregory Langdon.

Mel estaba confusa tras la conversación con su madre. No podía negar que Gregory Langdon le había mostrado afecto de pequeña, quizá por su espíritu de lucha.

¿Se conciliaría Gregory Langdon con su espléndido nieto? Estaba segura de que así sería. A pesar de aparentar mostrar mano dura, Gregory Langdon siempre se había enorgullecido de Dev y le había querido más que a su propio hijo, al padre de Dev, a Erik. Además, Gregory no tenía alternativa. Era un secreto conocido por todos que Erik Langdon no podría jamás ocupar su puesto.

Pero Dev sí. Sabía que debía mantenerse lo más lejos posible de Kooraki, por su propio bien. Mantenerse lo más lejos posible de Dev. Olvidar su apasionada e intermitente relación amorosa. En su opinión, había demasiados obstáculos.

Dev, James Devereaux Langdon. Con toda probabilidad, el heredero de su abuelo.

¿Y ella… quién era?

La hija de «esa» mujer.

Y no había escapatoria.

CAPÍTULO 2

NO PASÓ un buen día. Incluso su jefe en el banco Gresham, Andrew Frazier, le había preguntado si le ocurría algo; evidentemente, la había notado distraída. Andrew era su consejero y había adoptado una actitud paternal respecto a ella, y ella acabó hablándole de Gregory Langdon. Andy, por supuesto, había oído hablar de la familia Langdon. Aunque no le había dicho que le habían pedido que fuera para despedirse de Gregory Langdon, Andy, por supuesto, le había preguntado.

Mel se había licenciado en Ciencias Económicas con sobresalientes, había ido a trabajar directamente a ese banco y Andrew Frazier había llegado a conocer a la auténtica Amelia Norton, la que se escondía tras la máscara de mujer moderna, con absoluta confianza en sí misma y muy trabajadora.

–No quiero ir, Andrew. No serviría de nada que fuera a Kooraki.

Andrew miró fijamente a su protegida.

–Pero Langdon te ha pedido que vayas y tu madre también quiere que lo hagas, ¿no?

–Sí –admitió Amelia a pesar suyo.

–¿No es el nieto de Gregory Langdon el tipo del que estás enamorada? –preguntó Andy, preocupado por ella. Amelia Norton era una mujer muy inteligente, una belleza italiana a la que se le daba bien la economía, pero no era una mujer feliz ni satisfecha.

–No debería habértelo contado, Andy –respondió ella, bajando la cabeza.

–Vamos, contesta. ¡Lleváis años así!

Una chispa de ironía asomó a los hermosos ojos oscuros de Mel.

–Una relación parecida a la de Scarlett y Rhet en Lo que el viento se llevó.

–Pero… ¿cuál es el problema?

–Hay muchos problemas, Andrew. Para empezar, no quiero verme involucrada en los asuntos del clan Langdon Devereaux. La mayoría de ellos son accionistas de Langdon Enterprises. Tenía que escapar de todo eso. Tengo que continuar siendo libre. Se trata de mi salud mental.

–Creo que todo se reduce al miedo a que te dominen, Mel. Por lo que se ve, el joven Langdon es un tipo bastante dominante.

–Debe ser genético –contestó Mel–. Y nada ni nadie, y menos yo, puede cambiar eso.

–Te da miedo que, con los años, acabe siendo como su abuelo, ¿verdad?

–Dev es único, una fuerza de la Naturaleza –declaró Mel en voz baja–. Es duro y no le da miedo enfrentarse a nadie, ni siquiera a su abuelo. Y eso nadie lo ha hecho, nadie.

–¿No me dijiste que el viejo era un tirano?

–Sí, lo era. Dominó toda la vida al padre de Dev, Erik, lo tenía completamente bajo control. La gente que tiene tanto dinero y tanto poder suelen convertirse en unos déspotas.

–¿Seguro que no estás siendo injusta con Dev? –preguntó Andrew, dejándola visiblemente desconcertada–. No te veo con un pusilánime, Mel.

Un hombre así jamás podría tener relaciones con ella, pensó Andrew. Y añadió:

–Por lo que hemos hablado, tu infancia en Kooraki te ha condicionado mucho. Me refiero, sobre todo, a la antipatía de la señora Langdon y a que tu madre fuera una sirvienta.

–¡Lo odiaba, Andy! –exclamó Mel con lágrimas en los ojos–. Lo odiaba.

–Sin embargo, Gregory Langdon os protegió a tu madre y a ti. Incluso pagó tu educación, según me has dicho.

–Hablas como si pensaras que debería ir, Andy –Mel parpadeó vigorosamente.

–Es una decisión que solo tú puedes tomar.

–Todo esto tiene mucha carga emocional para mí –Mel suspiró–. Esa familia… Y luego está lo de Dev y yo, y la hostilidad de todos los miembros de la familia hacia mi madre; y, claro está, hacia mí por ser su hija. Aunque Ava, la hermana de Dev, es un encanto.

–¿Va a ir también?

–Sí, por supuesto –Mel asintió–. Ava es buena con todo el mundo, incluso con los que no se lo merecen.

–Todavía no has tomado las vacaciones este año, ¿verdad? –Andrew Frazier notó que su protegida aún titubeaba y que necesitaba un empujón.

–Estoy trabajando en el trato con Saracen.

–Burgess puede terminarlo. En mi opinión, deberías ir, Mel. Hazlo por tu madre y por Gregory Langdon. Creo que se lo debes.

Mel se enfrentó a la mirada de su mentor.

–Tendría que irme mañana, Andy. Los médicos no le dan más de una semana de vida.

–En ese caso, haz lo que tengas que hacer para poder irte mañana, Amelia –le aconsejó Frazier–. Si Langdon muriese sin verte, sería algo de lo que te arrepentirías toda la vida.

Al principio, no podía creer que alguien estuviera llamando a la puerta a las diez y media de la noche. Estuvo a punto de no molestarse en responder por el interfono. Debían ser chiquillos gastando bromas, no sería la primera vez. Sin embargo, la persona que había llamado volvió a hacerlo, no parecía dispuesta a desistir.

Amelia estaba acabando de hacer la maleta, solo le faltaban un par de prendas que tenía encima de la cama. Sacudiéndose la espesa melena, salió al pasillo y apretó el botón del interfono. Al instante, recibió la clara imagen, por vídeo, de la persona delante de la puerta de entrada del edificio de ocho apartamentos.

El corazón empezó a latirle con fuerza. Durante un momento, el mundo pareció detenerse.

–Mel, soy yo. Ábreme.

Con el pulso acelerado, apretó el botón que abría la puerta. Ella vivía en el último piso. El ascensor le llevaría hasta ahí en un momento. Casi volando por el pasillo, corrió hacia su dormitorio. Tenía el pelo revuelto y la piel color oliva de sus mejillas estaba ligeramente sonrosada, los ojos parecían más brillantes que de costumbre. Se había quitado su traje Armani al llegar a casa y se había puesto un caftán para estar cómoda. Se humedeció los labios con la lengua.

Como de costumbre, él la había dejado hecha un manojo de nervios. Debería haber dejado de afectarla, pero no era así. Todo lo referente a Dev Langdon la afectaba. Respiró hondo un par de veces en un intento por calmarse.

Cuando por fin abrió la puerta, Dev entró sin vacilar, soltando su bolsa de viaje y dejándola caer al suelo.

–¿Es que no vas a darme un abrazo?

–Se empieza por abrazos y no se sabe cómo se acaba –comentó ella al tiempo que clavaba los ojos en la bolsa de cuero.

–Tengo que hablar contigo, Mel –Dev se dirigió al cuarto de estar, miró a su alrededor y le gustó lo que vio. Mel tenía mucho estilo.

–¿De qué quieres hablar conmigo?