Patriarcas y profetas - Elena G. de White - E-Book

Patriarcas y profetas E-Book

Elena G. De White

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Beschreibung

¿Cuál es el origen de nuestro mundo y del universo? ¿Cómo surgió el hombre y cuál es su futuro? ¿Siempre existió el mal? ¿Por qué somos como somos los humanos? Estas y otras preguntas, que han intrigado a la mente humana en todas las épocas, se responden en esta obra. Este es un libro acerca del origen de las cosas y de "la madre de todas las guerras", librada a escala cósmica, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre el amor y el egoísmo, entre la justicia y la injusticia, entre la verdad y la mentira. Aunque está escrito en un lenguaje sencillo y directo, trata asuntos sublimes que conmueven hasta lo más profundo del corazón y despiertan las emociones más vivas de la mente. Su lectura se recomienda a todos los que se interesan por temas vitales que definen nuestro futuro.

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Seitenzahl: 1383

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Patriarcas y profetas

Elena G. de White

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenidos
Tapa
Prefacio
1 - El origen del mal
2 - La creación
3 - La tentación y la caída
4 - El plan de la redención
5 - Caín y Abel probados
6 - Set y Enoc
7 - El diluvio
8 - Después del diluvio
9 - La semana literal
10 - La torre de Babel
11 - El llamamiento de Abraham
12 - Abraham en Canaán
13 - La prueba de la fe
14 - La destrucción de Sodoma
15 - El casamiento de Isaac
16 - Jacob y Esaú
17 - Huida y destierro de Jacob
18 - La noche de lucha
19 - El regreso a Canaán
20 - José en Egipto
21 - José y sus hermanos
22 - Moisés
23 - Las plagas de Egipto
24 - La Pascua
25 - El éxodo
26 - Del Mar Rojo al Sinaí
27 - La ley dada a Israel
28 - La idolatría en el Sinaí
29 - La enemistad de Satanás hacia la ley
30 - El tabernáculo y sus servicios
31 - El pecado de Nadab y Abiú
32 - La ley y los dos pactos
33 - Del Sinaí a Cades
34 - Los doce espías
35 - La rebelión de Coré
36 - En el desierto
37 - La roca herida
38 - El viaje alrededor de Edom
39 - La conquista de Basán
40 - Balaam
41 - La apostasía a orillas del Jordán
42 - La repetición de la Ley
43 - La muerte de Moisés
44 - El cruce del Jordán
45 - La caída de Jericó
46 - Las bendiciones y las maldiciones
47 - La alianza con los gabaonitas
48 - La repartición de Canaán
49 - Las últimas palabras de Josué
50 - Los diezmos y las ofrendas
51 - Dios cuida de los pobres
52 - Las fiestas anuales
53 - Los primeros jueces
54 - Sansón
55 - El niño Samuel
56 - Elí y sus hijos
57 - El arca tomada por los filisteos
58 - Las escuelas de los profetas
59 - El primer rey de Israel
60 - La presunción de Saúl
61 - Saúl rechazado
62 - El ungimiento de David
63 - David y Goliat
64 - David fugitivo
65 - La magnanimidad de David
66 - La muerte de Saúl
67 - La magia antigua y moderna
68 - David en Siclag
69 - David llevado al trono
70 - El reinado de David
71 - El pecado de David y su arrepentimiento
72 - La rebelión de Absalón
73 - Los últimos años de David
Apéndice

Patriarcas y profetas

Elena G. de White

Título del original: Patriarchs and Prophets, Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, EE.UU.

Director editorial: Aldo D. Orrego

Traducción: Anónimo

Diseño de tapa: Willie Duker, Lee Chistensen, Rosana Blasco

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Lee Christensen

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. © ACES 1987, 2020

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-208-4

White, Elena G. de

Patriarcas y profetas / Elena G. de White / Dirigido por Aldo D. Orrego / Ilustrado por Lee Christensen. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: Online

ISBN 978-987-798-208-4

1. Profecías bíblicas. I. Orrego, Aldo D., dir. II. Christensen, Lee, ilus. III. Título.

CDD 220.15

Publicado el 30 de junio de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio

Pu­bli­ca­mos es­ta obra con­ven­ci­dos de que arro­ja luz so­bre un te­ma de im­por­tan­cia e in­te­rés uni­ver­sal (so­bre el cual la luz de­be­ría ser de­sea­da en gran ma­ne­ra), y por­que pre­sen­ta ver­da­des que no se co­no­cen lo su­fi­cien­te o se pa­san por al­to con de­ma­sia­da fre­cuen­cia. La gran con­tro­ver­sia en­tre la ver­dad y el error, la luz y las ti­nie­blas, el po­der de Dios y las usur­pa­cio­nes ar­te­ras del ene­mi­go de to­da jus­ti­cia, es cier­ta­men­te un es­pec­tá­cu­lo que me­re­ce atraer la aten­ción de to­dos los mun­dos. Que exis­ta tal con­tro­ver­sia co­mo re­sul­ta­do del pe­ca­do, que de­ba pa­sar por di­ver­sas eta­pas de de­sa­rro­llo, pa­ra ter­mi­nar al fin en una for­ma que re­dun­de pa­ra la glo­ria de Dios y la ma­yor exal­ta­ción de sus sier­vos lea­les, es al­go tan cier­to co­mo que la Bi­blia es la co­mu­ni­ca­ción de Dios a los hom­bres. Es­ta Pa­la­bra re­ve­la las gran­des ca­rac­te­rís­ti­cas de esa con­tro­ver­sia, un con­flic­to que abar­ca la re­den­ción de un mun­do; pe­ro hay épo­cas es­pe­cia­les en las cua­les es­tas cues­tio­nes asu­men un in­te­rés inu­si­ta­do, y lle­ga a ser un asun­to de im­por­tan­cia pri­mor­dial que com­pren­da­mos nues­tra re­la­ción con ellas.

Una épo­ca tal es la ac­tual, pues­to que to­do in­di­ca que po­de­mos al­ber­gar la es­pe­ran­za de que es­te lar­go con­flic­to se acer­ca a su fin. Sin em­bar­go, son mu­chos los que pa­re­cen dis­pues­tos a re­le­gar al rei­no de las fá­bu­las esa por­ción del re­la­to bí­bli­co que nos mues­tra có­mo nues­tro mun­do se vio en­vuel­to en es­ta gran cri­sis; en cam­bio otros, si bien evi­tan una opi­nión tan ex­tre­mis­ta, se in­cli­nan a con­si­de­rar el men­cio­na­do re­la­to co­mo an­ti­cua­do y sin im­por­tan­cia, y así son in­du­ci­dos a tra­tar­lo con ne­gli­gen­cia.

Pe­ro ¿quién no de­sea­ría ave­ri­guar las cau­sas se­cre­tas de tan ex­tra­ño aban­do­no, dis­cer­nir su es­pí­ri­tu, no­tar sus con­se­cuen­cias y apren­der có­mo evi­tar sus re­sul­ta­dos? Ex­pli­car­nos có­mo se lo­gra to­do es­to es el ob­je­ti­vo de es­te li­bro. Tien­de a fo­men­tar un in­te­rés vi­vo en las por­cio­nes de la Pa­la­bra de Dios que más a me­nu­do se des­cui­dan. Re­vis­te de un nue­vo sig­ni­fi­ca­do las pro­me­sas y pro­fe­cías del re­la­to sa­gra­do, jus­ti­fi­ca el pro­ce­der de Dios en lo que res­pec­ta a la re­be­lión y re­ve­la la ad­mi­ra­ble gra­cia de Dios en su plan de la re­den­ción pa­ra el hom­bre ven­ci­do por el pe­ca­do. De es­ta ma­ne­ra nos guía en la his­to­ria de es­ta obra de la re­den­ción has­ta un tiem­po en que los pla­nes y pro­pó­si­tos de Dios ha­bían si­do cla­ra­men­te ma­ni­fes­ta­dos al pue­blo es­co­gi­do.

Aun­que tra­ta te­mas muy su­bli­mes, que con­mue­ven has­ta lo más pro­fun­do del co­ra­zón y des­pier­tan las emo­cio­nes más vi­vas de la men­te, el es­ti­lo del li­bro es lú­ci­do, y su len­gua­je es sen­ci­llo y di­rec­to. Re­co­men­da­mos es­ta obra a to­dos los que se de­lei­tan en es­tu­diar el di­vi­no plan de la re­den­ción y se in­te­re­san en la re­la­ción de su pro­pia al­ma con la obra ex­pia­to­ria de Cris­to; y tam­bién se lo re­co­men­da­mos a to­dos los de­más, pa­ra que se des­pier­te en ellos un in­te­rés por tan im­por­tan­tes asun­tos.

Que la lec­tu­ra de sus pá­gi­nas re­sul­te una ben­di­ción pa­ra quie­nes las re­co­rran y en­ca­mi­ne los pies de mu­chos por la sen­da de la vi­da, es la ora­ción sin­ce­ra de

LOS EDI­TO­RES.

Capítulo 1

El origen del mal

“Dios es amor”. Su na­tu­ra­le­za, su ley, es amor. Lo ha si­do siem­pre, y lo se­rá pa­ra siem­pre. “El Al­to y Su­bli­me, el que ha­bi­ta la eter­ni­dad”, cu­yos “ca­mi­nos son eter­nos”, no cam­bia. En él “no hay mu­dan­za, ni som­bra de va­ria­ción” (1 Juan 4:16; Isa. 57:15; Hab. 3:6; Sant. 1:17).

Ca­da ma­ni­fes­ta­ción del po­der crea­dor es una ex­pre­sión del amor in­fi­ni­to. La so­be­ra­nía de Dios in­vo­lu­cra ple­ni­tud de ben­di­cio­nes pa­ra to­dos los se­res crea­dos. El sal­mis­ta di­ce:

“Tu­yo es el bra­zo po­ten­te;

fuer­te es tu ma­no, exal­ta­da tu dies­tra.

Jus­ti­cia y jui­cio son el ci­mien­to de tu tro­no;

mi­se­ri­cor­dia y ver­dad van de­lan­te de tu ros­tro.

Bie­na­ven­tu­ra­do el pue­blo que sa­be acla­mar­te;

an­da­rá, oh Je­ho­vá, a la luz de tu ros­tro.

En tu nom­bre se ale­gra­rá to­do el día;

y en tu jus­ti­cia se­rá enal­te­ci­do.

Por­que tú eres la glo­ria de su po­ten­cia...

Por­que Je­ho­vá es nues­tro es­cu­do;

y nues­tro rey es el San­to de Is­rael” (Sal. 89:13-18).

La his­to­ria del gran con­flic­to en­tre el bien y el mal, des­de que co­men­zó en el cie­lo has­ta el aba­ti­mien­to fi­nal de la re­be­lión y la erra­di­ca­ción to­tal del pe­ca­do, es tam­bién una de­mos­tra­ción del in­mu­ta­ble amor de Dios.

El So­be­ra­no del uni­ver­so no es­ta­ba so­lo en su obra de be­ne­fi­cen­cia. Tu­vo un aso­cia­do; un co­la­bo­ra­dor que po­día apre­ciar sus pro­pó­si­tos, y que po­día com­par­tir su re­go­ci­jo al brin­dar fe­li­ci­dad a los se­res crea­dos. “En el prin­ci­pio era el Ver­bo, y el Ver­bo era con Dios, y el Ver­bo era Dios. Es­te era en el prin­ci­pio con Dios” (Juan 1:1, 2). Cris­to, el Ver­bo, el Uni­gé­ni­to de Dios, era uno con el Pa­dre eter­no –uno en na­tu­ra­le­za, en ca­rác­ter y en pro­pó­si­to–; era el úni­co ser que po­día pe­ne­trar en to­dos los de­sig­nios y pro­pó­si­tos de Dios. “Y se lla­ma­rá su nom­bre Ad­mi­ra­ble, Con­se­je­ro, Dios fuer­te, Pa­dre eter­no, Prín­ci­pe de paz”; “sus sa­li­das son des­de el prin­ci­pio, des­de los días de la eter­ni­dad” (Isa. 9:6; Miq. 5:2). Y el Hi­jo de Dios, ha­blan­do de sí mis­mo, de­cla­ra: “Je­ho­vá me po­seía en el prin­ci­pio, ya de an­ti­guo, an­tes de sus obras. Eter­na­men­te tu­ve el prin­ci­pa­do... Cuan­do es­ta­ble­cía los fun­da­men­tos de la tie­rra, con él es­ta­ba yo or­de­nán­do­lo to­do, y era su de­li­cia de día en día, te­nien­do so­laz de­lan­te de él en to­do tiem­po” (Prov. 8:22-30).

El Pa­dre obró por me­dio de su Hi­jo en la crea­ción de to­dos los se­res ce­les­tia­les. “Por­que en él fue­ron crea­das to­das las co­sas... sean tro­nos, sean do­mi­nios, sean prin­ci­pa­dos, sean po­tes­ta­des; to­do fue crea­do por me­dio de él y pa­ra él” (Col. 1:16). Los án­ge­les son mi­nis­tros de Dios, ra­dian­tes con la luz que cons­tan­te­men­te di­ma­na de la pre­sen­cia de él, y quie­nes, va­lién­do­se de sus rá­pi­das alas, se apre­su­ran a eje­cu­tar la vo­lun­tad de Dios. Pe­ro el Hi­jo, el Un­gi­do de Dios, “la ima­gen mis­ma de su sus­tan­cia”, “el res­plan­dor de su glo­ria” y sos­te­ne­dor de “to­das las co­sas con la pa­la­bra de su po­der”, tie­ne la su­pre­ma­cía so­bre to­dos ellos. Un “tro­no de glo­ria, ex­cel­so des­de el prin­ci­pio”, era el lu­gar de su Santuario; un “ce­tro de equi­dad”, el ce­tro de su rei­no. “Ala­ban­za y mag­ni­fi­cen­cia de­lan­te de él; po­der y glo­ria en su san­tua­rio”. “Mi­se­ri­cor­dia y ver­dad van de­lan­te de tu ros­tro” (Heb. 1:3; [Jer. 17:12]; Heb. 1:8; Sal. 96:6; 89:14).

Sien­do la ley del amor el fun­da­men­to del go­bier­no de Dios, la fe­li­ci­dad de to­dos los se­res in­te­li­gen­tes de­pen­de de su per­fec­to acuer­do con los gran­des prin­ci­pios de jus­ti­cia. Dios de­sea de to­das sus cria­tu­ras el ser­vi­cio por amor; ser­vi­cio que bro­ta de un apre­cio de su ca­rác­ter. No ha­lla pla­cer en una obe­dien­cia for­za­da; y a to­dos otor­ga li­bre al­be­drío pa­ra que pue­dan ren­dir­le un ser­vi­cio vo­lun­ta­rio.

Mien­tras to­dos los se­res crea­dos re­co­no­cie­ron la leal­tad del amor, hu­bo per­fec­ta ar­mo­nía en el uni­ver­so de Dios. Cum­plir los de­sig­nios de su Crea­dor era el go­zo de las hues­tes ce­les­tia­les. Se de­lei­ta­ban en re­fle­jar la glo­ria de Dios y en ma­ni­fes­tar­le ala­ban­za. Y, mien­tras el amor de Dios fue su­pre­mo, el amor de unos por otros fue con­fia­do y de­sin­te­re­sa­do. No ha­bía no­ta de dis­cor­dia que echa­ra a per­der las ar­mo­nías ce­les­tia­les. Pe­ro se pro­du­jo un cam­bio en ese es­ta­do de fe­li­ci­dad. Hu­bo uno que per­vir­tió la li­ber­tad que Dios ha­bía otor­ga­do a sus cria­tu­ras. El pe­ca­do se ori­gi­nó en aquel que, des­pués de Cris­to, ha­bía si­do el más hon­ra­do por Dios y el más exal­ta­do en po­der y en glo­ria en­tre los ha­bi­tan­tes del cie­lo. Lu­ci­fer, el “hi­jo de la ma­ña­na” [Isa. 14:12], era el prin­ci­pal de los que­ru­bi­nes cu­bri­do­res, san­to e in­ma­cu­la­do. Es­ta­ba en la pre­sen­cia del gran Crea­dor, y los in­ce­san­tes ra­yos de glo­ria que en­vol­vían al Dios eter­no caían so­bre él. “Así ha di­cho Je­ho­vá el Se­ñor: Tú eras el se­llo de la per­fec­ción, lle­no de sa­bi­du­ría, y aca­ba­do de her­mo­su­ra. En Edén, en el huer­to de Dios es­tu­vis­te; to­da pie­dra pre­cio­sa era tu ves­ti­du­ra... Tú, que­ru­bín gran­de, pro­tec­tor, yo te pu­se en el san­to mon­te de Dios, allí es­tu­vis­te; en me­dio de las pie­dras de fue­go te pa­sea­bas. Per­fec­to eras en to­dos tus ca­mi­nos des­de el día que fuis­te crea­do, has­ta que se ha­lló en ti mal­dad” (Eze. 28:12-15).

Po­co a po­co Lu­ci­fer lle­gó a al­ber­gar el de­seo de en­sal­zar­se. Las Es­cri­tu­ras di­cen: “Se enal­te­ció tu co­ra­zón a cau­sa de tu her­mo­su­ra, co­rrom­pis­te tu sa­bi­du­ría a cau­sa de tu es­plen­dor” (v. 17). “Tú que de­cías en tu co­ra­zón... jun­to a las es­tre­llas de Dios le­van­ta­ré mi tro­no... y se­ré se­me­jan­te al Al­tí­si­mo” (Isa. 14:13, 14). Aun­que to­da su glo­ria pro­ce­día de Dios, es­te po­de­ro­so án­gel lle­gó a con­si­de­rar­la co­mo per­te­ne­cien­te a sí mis­mo. Des­con­ten­to con su po­si­ción, y a pe­sar de ser el án­gel que re­ci­bía más ho­no­res en­tre las hues­tes ce­les­tia­les, se aven­tu­ró a co­di­ciar el ho­me­na­je que só­lo de­be dar­se al Crea­dor. En vez de pro­cu­rar el en­sal­za­mien­to de Dios co­mo su­pre­mo en el afec­to y la leal­tad de to­dos los se­res crea­dos, tra­tó de ob­te­ner pa­ra sí mis­mo el ser­vi­cio y la leal­tad de ellos. Y co­di­cian­do la glo­ria con que el Pa­dre in­fi­ni­to ha­bía in­ves­ti­do a su Hi­jo, es­te prín­ci­pe de los án­ge­les as­pi­ra­ba al po­der que só­lo era un pri­vi­le­gio de Cris­to.

Aho­ra la per­fec­ta ar­mo­nía del cie­lo es­ta­ba que­bra­da. La dis­po­si­ción de Lu­ci­fer pa­ra ser­vir­se a sí mis­mo, en vez de ser­vir a su Crea­dor, des­per­tó un sen­ti­mien­to de apre­n­sión cuan­do fue ob­ser­va­da por quie­nes con­si­de­ra­ban que la glo­ria de Dios de­bía ser su­pre­ma. Reu­ni­dos en con­ci­lio ce­les­tial, los án­ge­les de­ba­tie­ron con Lu­ci­fer. El Hi­jo de Dios pre­sen­tó an­te él la gran­de­za, la bon­dad y la jus­ti­cia del Crea­dor, y la na­tu­ra­le­za sa­gra­da e in­mu­ta­ble de su ley. Dios mis­mo ha­bía es­ta­ble­ci­do el or­den del cie­lo; y, al se­pa­rar­se de él, Lu­ci­fer des­hon­ra­ría a su Crea­dor y aca­rrea­ría la rui­na so­bre sí mis­mo. Pe­ro la amo­nes­ta­ción, he­cha con mi­se­ri­cor­dia y amor in­fi­ni­tos, só­lo des­per­tó un es­pí­ri­tu de re­sis­ten­cia. Lu­ci­fer per­mi­tió que su en­vi­dia ha­cia Cris­to pre­va­le­cie­se, y se vol­vió más obs­ti­na­do.

El pro­pó­si­to de es­te prín­ci­pe de los án­ge­les lle­gó a ser dis­pu­tar la su­pre­ma­cía del Hi­jo de Dios, y así po­ner en te­la de jui­cio la sa­bi­du­ría y el amor del Crea­dor. A lo­grar es­te fin es­ta­ba por con­sa­grar las ener­gías de esa men­te maes­tra, la cual, des­pués de la de Cris­to, era la prin­ci­pal en­tre las hues­tes de Dios. Pe­ro Aquel que qui­so el li­bre al­be­drío de to­das sus cria­tu­ras, no de­jó a nin­gu­na de ellas inad­ver­ti­da en cuan­to a los so­fis­mas per­tur­ba­do­res con los cua­les la re­be­lión pro­cu­ra­ría jus­ti­fi­car­se. An­tes que co­men­za­se la gran con­tro­ver­sia, to­dos de­bían te­ner una cla­ra pre­sen­ta­ción de la vo­lun­tad de Aquel cu­ya sa­bi­du­ría y bon­dad eran la fuen­te de to­do su go­zo.

El Rey del uni­ver­so con­vo­có a las hues­tes ce­les­tia­les a com­pa­re­cer an­te él, con el fin de que en su pre­sen­cia él pu­die­se ma­ni­fes­tar cuál era la ver­da­de­ra po­si­ción de su Hi­jo y mos­trar cuál era la re­la­ción que él man­te­nía con to­dos los se­res crea­dos. El Hi­jo de Dios com­par­tió el tro­no del Pa­dre, y la glo­ria del eter­no, del Úni­co que exis­te por sí mis­mo, cu­brió a am­bos. Al­re­de­dor del tro­no se con­gre­ga­ron los san­tos án­ge­les, una vas­ta e in­nu­me­ra­ble mu­che­dum­bre –“mi­llo­nes de mi­llo­nes” [Apoc. 5:11]–, y los án­ge­les más ele­va­dos, co­mo mi­nis­tros y súb­di­tos, se re­go­ci­ja­ron en la luz que de la pre­sen­cia de la Dei­dad caía so­bre ellos. An­te los ha­bi­tan­tes del cie­lo reu­ni­dos, el Rey de­cla­ró que nin­gu­no, ex­cep­to Cris­to, el Uni­gé­ni­to de Dios, po­día pe­ne­trar ple­na­men­te en sus de­sig­nios, y que a és­te le es­ta­ba en­co­men­da­da la eje­cu­ción de los gran­des pro­pó­si­tos de su vo­lun­tad. El Hi­jo de Dios ha­bía for­ja­do la vo­lun­tad del Pa­dre en la crea­ción de to­das las hues­tes del cie­lo; y a él, así co­mo a Dios, de­bían ellas tri­bu­tar ho­me­na­je y leal­tad. Cris­to aun ha­bría de ejer­cer el po­der di­vi­no en la crea­ción de la tie­rra y sus ha­bi­tan­tes. Pe­ro en to­do es­to no bus­ca­ría po­der o en­sal­za­mien­to pa­ra sí mis­mo, en con­tra del plan de Dios, si­no que exal­ta­ría la glo­ria del Pa­dre, y eje­cu­ta­ría sus fi­nes de be­ne­fi­cen­cia y amor.

Los án­ge­les re­co­no­cie­ron go­zo­sa­men­te la su­pre­ma­cía de Cris­to y, pos­trán­do­se an­te él, le rin­die­ron su amor y ado­ra­ción. Lu­ci­fer se in­cli­nó con ellos, pe­ro en su co­ra­zón se li­bra­ba un ex­tra­ño y fe­roz con­flic­to. La ver­dad, la jus­ti­cia y la leal­tad lu­cha­ban con­tra los ce­los y la en­vi­dia. La in­fluen­cia de los san­tos án­ge­les pa­re­ció por al­gún tiem­po arras­trar­lo con ellos. Mien­tras en me­lo­dio­sos acen­tos se ele­va­ban him­nos de ala­ban­za can­ta­dos por mi­lla­res de ale­gres vo­ces, el es­pí­ri­tu del mal pa­re­cía ven­ci­do; in­de­ci­ble amor con­mo­vía su ser en­te­ro; al igual que los in­ma­cu­la­dos ado­ra­do­res, su al­ma se hin­chió de amor por el Pa­dre y el Hi­jo. Pe­ro de nue­vo se lle­nó del or­gu­llo de su pro­pia glo­ria. Vol­vió a su de­seo de su­pre­ma­cía, y una vez más dio ca­bi­da a su en­vi­dia de Cris­to. Los al­tos ho­no­res con­fe­ri­dos a Lu­ci­fer no fue­ron jus­ti­pre­cia­dos co­mo una dá­di­va es­pe­cial de Dios, y, por tan­to, no pro­du­je­ron gra­ti­tud al­gu­na ha­cia su Crea­dor. Se jac­ta­ba de su es­plen­dor y exal­ta­ción, y as­pi­ra­ba ser igual a Dios. La hues­te ce­les­tial lo ama­ba y re­ve­ren­cia­ba, los án­ge­les se de­lei­ta­ban en cum­plir sus ór­de­nes, y es­ta­ba do­ta­do de más sa­bi­du­ría y glo­ria que to­dos ellos. Sin em­bar­go, el Hi­jo de Dios ocu­pa­ba una po­si­ción más exal­ta­da que él, co­mo uno en po­der y au­to­ri­dad con el Pa­dre. Él com­par­tía los de­sig­nios del Pa­dre, mien­tras que Lu­ci­fer no par­ti­ci­pa­ba en los pro­pó­si­tos de Dios. “¿Por qué –se pre­gun­ta­ba el po­de­ro­so án­gel– de­be Cris­to te­ner la su­pre­ma­cía? ¿Por qué se le hon­ra más que a mí?”

Aban­do­nan­do su lu­gar en la in­me­dia­ta pre­sen­cia del Pa­dre, Lu­ci­fer sa­lió a di­fun­dir el es­pí­ri­tu de des­con­ten­to en­tre los án­ge­les. Tra­ba­jó con mis­te­rio­so si­gi­lo, y por al­gún tiem­po ocul­tó sus ver­da­de­ros pro­pó­si­tos ba­jo una apa­ren­te re­ve­ren­cia ha­cia Dios. Co­men­zó por in­si­nuar du­das acer­ca de las le­yes que go­ber­na­ban a los se­res ce­les­tia­les, su­gi­rien­do que aun­que las le­yes pu­die­ran ser ne­ce­sa­rias pa­ra los ha­bi­tan­tes de los mun­dos, los án­ge­les, sien­do más ele­va­dos, no ne­ce­si­ta­ban se­me­jan­tes res­tric­cio­nes, por­que su pro­pia sa­bi­du­ría bas­ta­ba pa­ra guiar­los. Ellos no eran se­res que pu­die­ran aca­rrear des­hon­ra a Dios; to­dos sus pen­sa­mien­tos eran san­tos; y errar era tan im­po­si­ble pa­ra ellos co­mo pa­ra Dios mis­mo. La exal­ta­ción del Hi­jo de Dios co­mo igual con el Pa­dre fue pre­sen­ta­da co­mo una in­jus­ti­cia ha­cia Lu­ci­fer, quien, se­gún ale­ga­ba, te­nía tam­bién de­re­cho a re­ci­bir re­ve­ren­cia y hon­ra. Si es­te prín­ci­pe de los án­ge­les pu­die­se al­can­zar su ver­da­de­ra y ele­va­da po­si­ción, ello re­dun­da­ría en gran­des be­ne­fi­cios pa­ra to­da la hues­te ce­les­tial; pues era su ob­je­ti­vo ase­gu­rar la li­ber­tad pa­ra to­dos. Pe­ro aho­ra, aun la li­ber­tad que ha­bían go­za­do has­ta ese en­ton­ces lle­ga­ba a su fin, pues se les ha­bía nom­bra­do un Go­ber­nan­te ab­so­lu­to, y to­dos ellos te­nían que pres­tar obe­dien­cia a su au­to­ri­dad. Ta­les fue­ron los su­ti­les en­ga­ños que por me­dio de las as­tu­cias de Lu­ci­fer cun­dían rá­pi­da­men­te por los atrios ce­les­tia­les.

No se ha­bía efec­tua­do cam­bio al­gu­no en la po­si­ción o la au­to­ri­dad de Cris­to. La en­vi­dia y las ter­gi­ver­sa­cio­nes de Lu­ci­fer, y sus pre­ten­sio­nes de igual­dad con Cris­to, ha­bían he­cho ne­ce­sa­ria una de­cla­ra­ción acer­ca de la ver­da­de­ra po­si­ción del Hi­jo de Dios; pe­ro és­ta ha­bía si­do la mis­ma des­de el prin­ci­pio. Sin em­bar­go, mu­chos án­ge­les fue­ron ce­ga­dos por las su­per­che­rías de Lu­ci­fer.

Va­lién­do­se de la amo­ro­sa y leal con­fian­za de­po­si­ta­da en él por los se­res ce­les­tia­les que es­ta­ban ba­jo sus ór­de­nes, ha­bía in­cul­ca­do tan in­si­dio­sa­men­te en su men­te su pro­pia des­con­fian­za y des­con­ten­to, que su in­fluen­cia no fue dis­cer­ni­da. Lu­ci­fer ha­bía pre­sen­ta­do con fal­sía los de­sig­nios de Dios, in­ter­pre­tán­do­los tor­ci­da y erró­nea­men­te con el fin de pro­du­cir di­sen­sión y des­con­ten­to. As­tu­ta­men­te in­du­cía a sus oyen­tes a que ex­pre­sa­ran sus sen­ti­mien­tos; lue­go, cuan­do así con­ve­nía a sus in­te­re­ses, re­pe­tía esas de­cla­ra­cio­nes co­mo evi­den­cia de que los án­ge­les no es­ta­ban del to­do en ar­mo­nía con el go­bier­no de Dios. Mien­tras ase­ve­ra­ba te­ner per­fec­ta leal­tad ha­cia Dios, in­sis­tía en que era ne­ce­sa­rio que se hi­cie­sen cam­bios en el or­den y las le­yes del cie­lo don­de fue­re ne­ce­sa­rio pa­ra la es­ta­bi­li­dad del go­bier­no di­vi­no. Así, mien­tras obra­ba por sus­ci­tar opo­si­ción a la ley de Dios y por ins­ti­lar su pro­pio des­con­ten­to en la men­te de los án­ge­les ba­jo sus ór­de­nes, ha­cía alar­de de que­rer eli­mi­nar el des­con­ten­to y re­con­ci­liar a los án­ge­les des­con­for­mes con el or­den del cie­lo. Mien­tras se­cre­ta­men­te fo­men­ta­ba dis­cor­dia y re­be­lión, con pe­ri­cia con­su­ma­da apa­ren­ta­ba que su úni­co fin era pro­mo­ver la leal­tad y pre­ser­var la ar­mo­nía y la paz.

El es­pí­ri­tu de des­con­ten­to así en­cen­di­do fue ha­cien­do su fu­nes­ta obra. Aun­que no ha­bía re­be­lión abier­ta, im­per­cep­ti­ble­men­te au­men­tó la di­vi­sión de opi­nio­nes en­tre los án­ge­les. Al­gu­nos re­ci­bían fa­vo­ra­ble­men­te las in­si­nua­cio­nes de Lu­ci­fer con­tra el go­bier­no de Dios. Aun­que pre­via­men­te ha­bían es­ta­do en per­fec­ta ar­mo­nía con el or­den que Dios ha­bía es­ta­ble­ci­do, aho­ra es­ta­ban des­con­ten­tos y se sen­tían des­di­cha­dos por­que no po­dían pe­ne­trar los ines­cru­ta­bles de­sig­nios de Dios; les de­sa­gra­da­ba su pro­pó­si­to de exal­tar a Cris­to. Es­ta­ban lis­tos pa­ra res­pal­dar la de­man­da de Lu­ci­fer de que él tu­vie­se igual au­to­ri­dad que el Hi­jo de Dios. Pe­ro los án­ge­les que per­ma­ne­cie­ron lea­les y fie­les apo­ya­ron la sa­bi­du­ría y la jus­ti­cia del de­cre­to di­vi­no, y así tra­ta­ron de re­con­ci­liar al des­con­ten­to Lu­ci­fer con la vo­lun­tad de Dios. Cris­to era el Hi­jo de Dios; ha­bía si­do uno con el Pa­dre an­tes que los án­ge­les fue­sen crea­dos. Siem­pre es­tu­vo a la dies­tra del Pa­dre; su su­pre­ma­cía, tan lle­na de ben­di­cio­nes pa­ra to­dos los que es­ta­ban ba­jo su be­nig­no do­mi­nio, has­ta en­ton­ces no ha­bía si­do cues­tio­na­da. La ar­mo­nía del cie­lo nun­ca ha­bía si­do in­te­rrum­pi­da; ¿por qué aho­ra de­bía ha­ber dis­cor­dia? Los án­ge­les lea­les po­dían ver só­lo te­rri­bles con­se­cuen­cias co­mo re­sul­ta­do de es­ta di­sen­sión, y con fér­vi­das sú­pli­cas acon­se­ja­ron a los des­con­ten­tos que re­nun­cia­sen a su pro­pó­si­to y se mos­tra­sen lea­les a Dios me­dian­te la fi­de­li­dad a su go­bier­no.

Con gran mi­se­ri­cor­dia, se­gún su di­vi­no ca­rác­ter, Dios so­por­tó por mu­cho tiem­po a Lu­ci­fer. El es­pí­ri­tu de des­con­ten­to y de­sa­fec­to nun­ca an­tes se ha­bía co­no­ci­do en el cie­lo. Era un ele­men­to nue­vo, ex­tra­ño, mis­te­rio­so, inex­pli­ca­ble. Lu­ci­fer mis­mo, al prin­ci­pio, no en­ten­día la ver­da­de­ra na­tu­ra­le­za de sus sen­ti­mien­tos; du­ran­te al­gún tiem­po ha­bía te­mi­do dar ex­pre­sión a los pen­sa­mien­tos y las ima­gi­na­cio­nes de su men­te; sin em­bar­go no los de­se­chó. No veía el al­can­ce de su ex­tra­vío. Pa­ra con­ven­cer­lo de su error, se hi­zo cuan­to es­fuer­zo po­dían su­ge­rir la sa­bi­du­ría y el amor in­fi­ni­tos. Se le pro­bó que su de­sa­fec­to no te­nía ra­zón de ser, y se le hi­zo ver cuál se­ría el re­sul­ta­do si per­sis­tía en su re­bel­día. Lu­ci­fer que­dó con­ven­ci­do de que se ha­lla­ba en el error. Vio que “jus­to es Je­ho­vá en to­dos sus ca­mi­nos, y mi­se­ri­cor­dio­so en to­das sus obras” [Sal. 145:17]; que los es­ta­tu­tos di­vi­nos son jus­tos, y que de­bía re­co­no­cer­los co­mo ta­les an­te to­do el cie­lo. De ha­ber­lo he­cho, po­dría ha­ber­se sal­va­do a sí mis­mo y a mu­chos án­ge­les. Aún no ha­bía de­se­cha­do com­ple­ta­men­te la leal­tad a Dios. Aun­que ha­bía de­ja­do su pues­to de que­ru­bín cu­bri­dor, si hu­bie­se que­ri­do vol­ver a Dios, re­co­no­cien­do la sa­bi­du­ría del Crea­dor y con­for­mán­do­se con ocu­par el lu­gar que se le asig­na­ra en el gran plan de Dios, ha­bría si­do res­ta­ble­ci­do en su car­go. Ha­bía lle­ga­do el mo­men­to de ha­cer una de­ci­sión fi­nal; de­bía so­me­ter­se com­ple­ta­men­te a la so­be­ra­nía di­vi­na o co­lo­car­se en abier­ta re­be­lión. Ca­si de­ci­dió vol­ver so­bre sus pa­sos, pe­ro el or­gu­llo se lo im­pi­dió. Era un sa­cri­fi­cio de­ma­sia­do gran­de pa­ra quien ha­bía si­do hon­ra­do tan al­ta­men­te el te­ner que con­fe­sar que ha­bía erra­do, que sus fi­gu­ra­cio­nes eran fal­sas, y so­me­ter­se a la au­to­ri­dad que ha­bía es­ta­do pre­sen­tan­do co­mo in­jus­ta.

Un Crea­dor com­pa­si­vo, an­he­lan­te de ma­ni­fes­tar pie­dad ha­cia Lu­ci­fer y sus se­gui­do­res, pro­cu­ró ha­cer­los re­tro­ce­der del abis­mo de la rui­na al cual es­ta­ban a pun­to de lan­zar­se. Pe­ro su mi­se­ri­cor­dia fue mal in­ter­pre­ta­da. Lu­ci­fer se­ña­ló la lon­ga­ni­mi­dad de Dios co­mo una prue­ba evi­den­te de su pro­pia su­pe­rio­ri­dad, una in­di­ca­ción de que el Rey del uni­ver­so aún ac­ce­de­ría a sus exi­gen­cias. Si los án­ge­les se man­te­nían fir­mes de su par­te, di­jo, aún po­drían con­se­guir to­do lo que de­sea­ban. De­fen­dió per­sis­ten­te­men­te su con­duc­ta, y se de­di­có de lle­no al gran con­flic­to con­tra su Crea­dor. Así fue co­mo Lu­ci­fer, el “por­ta­luz”, el que com­par­tía la glo­ria de Dios, el mi­nis­tro de su tro­no, me­dian­te la trans­gre­sión se con­vir­tió en Sa­ta­nás, el “ad­ver­sa­rio” de Dios y de los se­res san­tos, y el des­truc­tor de aque­llos que el Se­ñor ha­bía en­co­men­da­do a su di­rec­ción y cui­da­do.

Re­cha­zan­do con des­dén los ar­gu­men­tos y las sú­pli­cas de los án­ge­les lea­les, los til­dó de es­cla­vos en­ga­ña­dos. De­cla­ró que la pre­fe­ren­cia otor­ga­da a Cris­to era un ac­to de in­jus­ti­cia tan­to ha­cia él co­mo ha­cia to­da la hues­te ce­les­tial, y anun­ció que ya no se so­me­te­ría a esa vio­la­ción de sus de­re­chos y la de sus aso­cia­dos. Nun­ca más re­co­no­ce­ría la su­pre­ma­cía de Cris­to. Ha­bía de­ci­di­do re­cla­mar el ho­nor que se le de­bía ha­ber da­do, y asu­mir la di­rec­ción de cuan­tos qui­sie­ran se­guir­le; y pro­me­tió a quie­nes en­tra­sen en sus fi­las un go­bier­no nue­vo y me­jor, ba­jo cu­ya tu­te­la to­dos go­za­rían de li­ber­tad. Gran nú­me­ro de án­ge­les ma­ni­fes­tó su de­ci­sión de acep­tar­lo co­mo su lí­der. En­greí­do por el fa­vor que re­ci­bie­ran sus pro­pues­tas, alen­tó la es­pe­ran­za de atraer a su la­do a to­dos los án­ge­les, ha­cer­se igual a Dios mis­mo y ser obe­de­ci­do por to­da la hues­te ce­les­tial.

Los án­ge­les lea­les vol­vie­ron a ins­tar a Sa­ta­nás y a sus sim­pa­ti­zan­tes a so­me­ter­se a Dios; les pre­sen­ta­ron el re­sul­ta­do ine­vi­ta­ble en ca­so de re­hu­sar­se. El que los ha­bía crea­do po­día aba­tir su po­der y cas­ti­gar se­ve­ra­men­te su re­bel­de osa­día. Nin­gún án­gel po­día opo­ner­se con éxi­to a la ley de Dios, tan sa­gra­da co­mo Dios mis­mo. Ad­vir­tie­ron y acon­se­ja­ron a to­dos que hi­cie­sen oí­dos sor­dos a los ra­zo­na­mien­tos en­ga­ño­sos de Lu­ci­fer, e ins­ta­ron a él y a sus se­cua­ces que bus­ca­ran sin de­mo­ra la pre­sen­cia de Dios, y a con­fe­sar el error de cues­tio­nar la sa­bi­du­ría y la au­to­ri­dad di­vi­nas.

Mu­chos es­tu­vie­ron dis­pues­tos a te­ner en cuen­ta ese con­se­jo, a arre­pen­tir­se de su de­sa­fec­to, y a pe­dir que se les ad­mi­tie­se de nue­vo en el fa­vor del Pa­dre y del Hi­jo. Pe­ro Lu­ci­fer te­nía lis­to otro en­ga­ño. El po­de­ro­so re­bel­de de­cla­ró en­ton­ces que los án­ge­les que se le ha­bían uni­do ha­bían ido de­ma­sia­do le­jos pa­ra re­tro­ce­der; que él es­ta­ba bien en­te­ra­do de la ley di­vi­na, y que sa­bía que Dios no los per­do­na­ría. De­cla­ró que to­dos aque­llos que se so­me­tie­ran a la au­to­ri­dad del cie­lo se­rían des­po­ja­dos de su hon­ra y de­gra­da­dos. En cuan­to a él se re­fe­ría, es­ta­ba dis­pues­to a no re­co­no­cer nun­ca más la au­to­ri­dad de Cris­to. Ma­ni­fes­tó que la úni­ca sa­li­da que les que­da­ba a él y a sus se­gui­do­res era de­cla­rar su li­ber­tad, y ob­te­ner por me­dio de la fuer­za los de­re­chos que no se les ha­bía que­ri­do otor­gar de buen gra­do.

En lo que con­cer­nía a Sa­ta­nás mis­mo, era cier­to que ya ha­bía ido de­ma­sia­do le­jos en su re­be­lión co­mo pa­ra re­tro­ce­der. Pe­ro no ocu­rría lo mis­mo con los que ha­bían si­do ce­ga­dos por sus en­ga­ños. Pa­ra ellos el con­se­jo y las sú­pli­cas de los án­ge­les lea­les abrían una puer­ta de es­pe­ran­za; y si hu­bie­sen aten­di­do la ad­ver­ten­cia, po­drían ha­ber es­ca­pa­do del la­zo de Sa­ta­nás. Pe­ro per­mi­tie­ron que el or­gu­llo, el amor por su lí­der y el de­seo de li­ber­tad ili­mi­ta­da los do­mi­na­sen por com­ple­to, y los rue­gos del amor y la mi­se­ri­cor­dia di­vi­nos fue­ron fi­nal­men­te re­cha­za­dos.

Dios per­mi­tió que Sa­ta­nás si­guie­se con su obra has­ta que el es­pí­ri­tu de de­sa­fec­to se tro­có en una re­be­lión ac­ti­va. Era ne­ce­sa­rio que sus pla­nes se de­sa­rro­lla­sen en to­da su ple­ni­tud, pa­ra que su ver­da­de­ra na­tu­ra­le­za y ten­den­cia pu­die­ran ser vis­tas por to­dos. Lu­ci­fer, co­mo que­ru­bín un­gi­do, ha­bía si­do al­ta­men­te exal­ta­do; era muy ama­do por los se­res ce­les­tia­les, y su in­fluen­cia so­bre ellos era po­de­ro­sa. El go­bier­no de Dios in­cluía no só­lo los ha­bi­tan­tes del cie­lo, si­no tam­bién los de to­dos los mun­dos que ha­bía crea­do; y Lu­ci­fer lle­gó a la con­clu­sión de que si pu­die­ra arras­trar a los án­ge­les ce­les­tia­les en su re­be­lión, tam­bién po­dría arras­trar a to­dos los mun­dos. Él ha­bía pre­sen­ta­do su pun­to de vis­ta as­tu­ta­men­te, ha­cien­do uso de so­fis­mas y en­ga­ños pa­ra lo­grar sus fi­nes. Su po­der pa­ra en­ga­ñar era enor­me. Dis­fra­zán­do­se con un man­to de men­ti­ra, ha­bía ob­te­ni­do una ven­ta­ja. To­do cuan­to ha­cía es­ta­ba tan re­ves­ti­do de mis­te­rio que era muy di­fí­cil ex­po­ner a los án­ge­les la ver­da­de­ra na­tu­ra­le­za de su obra. Has­ta que és­ta no es­tu­vie­se ple­na­men­te de­sa­rro­lla­da, no po­dría ma­ni­fes­tar­se cuán ma­la era ni su de­sa­fec­to se­ría vis­to co­mo re­be­lión. Aun los án­ge­les lea­les no po­dían dis­cer­nir bien su ca­rác­ter, ni ver a dón­de se en­ca­mi­na­ba su obra.

Al prin­ci­pio Lu­ci­fer ha­bía en­cau­za­do sus ten­ta­cio­nes de tal ma­ne­ra que él mis­mo no se com­pro­me­tía. A los án­ge­les a quie­nes no pu­do atraer com­ple­ta­men­te a su la­do los acu­só de ser in­di­fe­ren­tes a los in­te­re­ses de los se­res ce­les­tia­les. Acu­só a los án­ge­les lea­les de es­tar ha­cien­do pre­ci­sa­men­te la mis­ma la­bor que él ha­cía. Su po­lí­ti­ca era con­fun­dir­los con ar­gu­men­tos su­ti­les acer­ca de los de­sig­nios de Dios. Cu­bría de mis­te­rio to­do lo sen­ci­llo, y por me­dio de as­tu­ta per­ver­sión po­nía en du­da las de­cla­ra­cio­nes más cla­ras de Je­ho­vá. Y su ele­va­da po­si­ción, tan ín­ti­ma­men­te re­la­cio­na­da con el go­bier­no di­vi­no, da­ba ma­yor fuer­za a sus pre­ten­sio­nes.

Dios po­día em­plear só­lo aque­llos me­dios que fue­sen com­pa­ti­bles con la ver­dad y la jus­ti­cia. Sa­ta­nás po­día va­ler­se de me­dios que Dios no po­día usar: la adu­la­ción y el en­ga­ño. Ha­bía pro­cu­ra­do fal­sear la pa­la­bra de Dios y ha­bía ter­gi­ver­sa­do el plan de go­bier­no di­vi­no, ale­gan­do que el Crea­dor no obra­ba con jus­ti­cia al im­po­ner le­yes a los án­ge­les; que al exi­gir su­mi­sión y obe­dien­cia de sus cria­tu­ras, bus­ca­ba só­lo su pro­pia exal­ta­ción. Por tan­to, era ne­ce­sa­rio de­mos­trar an­te los ha­bi­tan­tes del cie­lo y de to­dos los mun­dos que el go­bier­no de Dios es jus­to y su ley per­fec­ta. Sa­ta­nás ha­bía fin­gi­do que pro­cu­ra­ba fo­men­tar el bien del uni­ver­so. El ver­da­de­ro ca­rác­ter del usur­pa­dor y su ver­da­de­ro ob­je­ti­vo de­bían ser com­pren­di­dos por to­dos. De­bía dár­se­le tiem­po su­fi­cien­te pa­ra que se re­ve­la­se por me­dio de sus pro­pias obras ini­cuas.

La dis­cor­dia que su pro­pio pro­ce­der ha­bía cau­sa­do en el cie­lo, Sa­ta­nás la atri­buía al go­bier­no de Dios. To­do lo ma­lo, de­cía, era re­sul­ta­do de la ad­mi­nis­tra­ción di­vi­na. Ale­ga­ba que su pro­pó­si­to era me­jo­rar los es­ta­tu­tos de Je­ho­vá. Por con­si­guien­te, Dios le per­mi­tió de­mos­trar la na­tu­ra­le­za de sus pre­ten­sio­nes pa­ra que se vie­se el re­sul­ta­do de los cam­bios que él pro­po­nía ha­cer en la ley di­vi­na. Su pro­pia la­bor ha­bría de con­de­nar­lo. Sa­ta­nás ha­bía di­cho des­de el prin­ci­pio que no es­ta­ba en re­bel­día. El uni­ver­so en­te­ro de­bía ver al en­ga­ña­dor de­sen­mas­ca­ra­do.

Aun cuan­do Sa­ta­nás fue arro­ja­do del cie­lo, la Sa­bi­du­ría in­fi­ni­ta no le ani­qui­ló. Pues­to que só­lo el ser­vi­cio por amor pue­de ser acep­ta­ble pa­ra Dios, la leal­tad de sus cria­tu­ras de­be ba­sar­se en la con­vic­ción de su jus­ti­cia y be­ne­vo­len­cia. Por no es­tar los ha­bi­tan­tes del cie­lo y de los mun­dos pre­pa­ra­dos pa­ra en­ten­der la na­tu­ra­le­za o las con­se­cuen­cias del pe­ca­do, no po­drían ha­ber dis­cer­ni­do la jus­ti­cia de Dios en la des­truc­ción de Sa­ta­nás. Si se lo hu­bie­se su­pri­mi­do in­me­dia­ta­men­te, al­gu­nos ha­brían ser­vi­do a Dios por te­mor más bien que por amor. La in­fluen­cia del en­ga­ña­dor no ha­bría si­do des­trui­da to­tal­men­te, ni se ha­bría ex­tir­pa­do por com­ple­to el es­pí­ri­tu de re­be­lión. Por el bien del uni­ver­so en­te­ro a tra­vés de los si­glos sin fin, era ne­ce­sa­rio que Sa­ta­nás de­sa­rro­lla­se más am­plia­men­te sus prin­ci­pios, pa­ra que to­dos los se­res crea­dos pu­die­sen re­co­no­cer la na­tu­ra­le­za de sus acu­sa­cio­nes con­tra el go­bier­no di­vi­no, y pa­ra que la jus­ti­cia y la mi­se­ri­cor­dia de Dios y la in­mu­ta­bi­li­dad de su ley que­da­sen es­ta­ble­ci­das pa­ra siem­pre más allá de to­do cues­tio­na­mien­to.

La re­be­lión de Sa­ta­nás ha­bría de ser una lec­ción pa­ra el uni­ver­so a tra­vés de to­dos los si­glos ve­ni­de­ros; un tes­ti­mo­nio per­pe­tuo acer­ca de la na­tu­ra­le­za del pe­ca­do y sus te­rri­bles con­se­cuen­cias. Los re­sul­ta­dos del go­bier­no de Sa­ta­nás y sus efec­tos so­bre los án­ge­les y los hom­bres iban a de­mos­trar qué fru­to se ob­tie­ne ine­vi­ta­ble­men­te al de­se­char la au­to­ri­dad di­vi­na. Iban a ates­ti­guar que la exis­ten­cia del go­bier­no de Dios en­tra­ña el bie­nes­tar de to­dos los se­res que él creó. De es­ta ma­ne­ra la his­to­ria de es­te te­rri­ble ex­pe­ri­men­to de re­be­lión iba a ser una per­pe­tua sal­va­guar­dia pa­ra to­dos los se­res san­tos, pa­ra pre­ve­nir­los de ser en­ga­ña­dos acer­ca de la na­tu­ra­le­za de la trans­gre­sión, pa­ra sal­var­los de co­me­ter pe­ca­do y su­frir su pe­na­li­dad.

El que go­bier­na en los cie­los es quien ve el fin des­de el prin­ci­pio; aquel en cu­ya pre­sen­cia los mis­te­rios del pa­sa­do y del fu­tu­ro son igual­men­te ma­ni­fies­tos; y quien, más allá de la an­gus­tia, las ti­nie­blas y la rui­na pro­vo­ca­das por el pe­ca­do, con­tem­pla la rea­li­za­ción de sus pro­pios de­sig­nios de amor y ben­di­ción. Aun­que ha­ya “nu­bes y os­cu­ri­dad al­re­de­dor de él; jus­ti­cia y jui­cio son el ci­mien­to de su tro­no” (Sal. 97:2). Y es­to lo en­ten­de­rán al­gún día to­dos los ha­bi­tan­tes del uni­ver­so, tan­to los lea­les co­mo los des­lea­les. “Él es la Ro­ca, cu­ya obra es per­fec­ta, por­que to­dos sus ca­mi­nos son rec­ti­tud; Dios de ver­dad, y nin­gu­na ini­qui­dad en él; es jus­to y rec­to” (Deut. 32:4).

Capítulo 2

La creación

“Por la palabra de Je­ho­vá fue­ron he­chos los cie­los, y to­do el ejér­ci­to de ellos por el alien­to de su bo­ca... Por­que él di­jo, y fue he­cho; él man­dó, y exis­tió”. “Él fun­dó la tie­rra so­bre sus ci­mien­tos; no se­rá ja­más re­mo­vi­da” (Sal 33:6, 9; 104:5).

Cuan­do sa­lió de las ma­nos del Crea­dor, la tie­rra era su­ma­men­te her­mo­sa. La su­per­fi­cie pre­sen­ta­ba un as­pec­to mul­ti­for­me, con mon­ta­ñas, co­li­nas y lla­nu­ras, en­tre­la­za­das con mag­ní­fi­cos ríos y be­llos la­gos; pe­ro las co­li­nas y las mon­ta­ñas no eran abrup­tas y es­car­pa­das, ni abun­da­ban en ellas de­cli­ves ate­rra­do­res ni abis­mos es­pe­luz­nan­tes co­mo ocu­rre aho­ra; las agu­das y ás­pe­ras cús­pi­des de la ro­co­sa ar­ma­zón de la tie­rra es­ta­ban se­pul­ta­das ba­jo un sue­lo fér­til, que pro­du­cía por do­quie­ra una exu­be­ran­te ve­ge­ta­ción ver­de. No ha­bía re­pug­nan­tes pan­ta­nos ni de­sier­tos es­té­ri­les. Agra­cia­dos ar­bus­tos y de­li­ca­das flo­res sa­lu­da­ban la vis­ta por don­de­quie­ra. Las al­tu­ras es­ta­ban co­ro­na­das con ár­bo­les aun más im­po­nen­tes que los que exis­ten aho­ra. El ai­re, lim­pio de im­pu­ros mias­mas, era cla­ro y sa­lu­da­ble. El pai­sa­je en­te­ro so­bre­pu­ja­ba en her­mo­su­ra los ador­na­dos jar­di­nes del más sun­tuo­so pa­la­cio de la ac­tua­li­dad. La hues­te an­gé­li­ca pre­sen­ció la es­ce­na con de­lei­te, y se re­go­ci­jó en las ma­ra­vi­llo­sas obras de Dios.

Una vez que la tie­rra con su abun­dan­te vi­da ve­ge­tal y ani­mal fue­ra lla­ma­da a la exis­ten­cia, se in­tro­du­jo en el es­ce­na­rio al hom­bre, co­ro­na del Crea­dor, pa­ra quien la her­mo­sa tie­rra ha­bía si­do apa­re­ja­da. A él se le dio do­mi­nio so­bre to­do lo que sus ojos pu­die­sen mi­rar; pues, “di­jo Dios: Ha­ga­mos al hom­bre a nues­tra ima­gen, con­for­me a nues­tra se­me­jan­za; y se­ño­ree... en to­da la tie­rra. Y creó Dios al hom­bre a su ima­gen... va­rón y hem­bra los creó” [Gén. 1:26, 27]. Aquí se ex­po­ne con cla­ri­dad el ori­gen de la ra­za hu­ma­na; y el re­la­to di­vi­no es­tá tan cla­ra­men­te na­rra­do que no da lu­gar a con­clu­sio­nes erró­neas. Dios creó al hom­bre a su pro­pia ima­gen. En es­to no hay mis­te­rio. No exis­te fun­da­men­to al­gu­no pa­ra la su­po­si­ción de que el hom­bre lle­gó a exis­tir me­dian­te un len­to pro­ce­so evo­lu­ti­vo de las for­mas más ba­jas de la vi­da ani­mal o ve­ge­tal. Ta­les en­se­ñan­zas re­ba­jan la obra su­bli­me del Crea­dor al ni­vel de las mez­qui­nas y te­rre­na­les con­cep­cio­nes hu­ma­nas. Los hom­bres es­tán tan re­suel­tos a ex­cluir a Dios de la so­be­ra­nía del uni­ver­so que re­ba­jan al hom­bre y le pri­van de la dig­ni­dad de su ori­gen. El que co­lo­có los mun­dos es­tre­lla­dos en lo al­to y co­lo­reó con de­li­ca­da maes­tría las flo­res del cam­po, el que lle­nó la tie­rra y los cie­los con las ma­ra­vi­llas de su po­der cuan­do qui­so co­ro­nar su glo­rio­sa obra, co­lo­can­do a al­guien en el me­dio pa­ra re­gir la her­mo­sa tie­rra, su­po crear un ser dig­no de las ma­nos que le die­ron vi­da. La ge­nea­lo­gía de nues­tra ra­za, co­mo ha si­do re­ve­la­da, no ha­ce re­mon­tar su ori­gen al de­sa­rro­llo de gér­me­nes, mo­lus­cos o cua­drú­pe­dos, si­no al gran Crea­dor. Aun­que Adán fue for­ma­do del pol­vo, era el “hi­jo de Dios” [Luc. 3:38].

Adán fue co­lo­ca­do co­mo re­pre­sen­tan­te de Dios so­bre las ca­te­go­rías de se­res más in­fe­rio­res. És­tos no pue­den com­pren­der ni re­co­no­cer la so­be­ra­nía de Dios; sin em­bar­go, fue­ron crea­dos con la ca­pa­ci­dad de amar y ser­vir al hom­bre. El sal­mis­ta di­ce: “Lo hi­cis­te se­ño­rear so­bre las obras de tus ma­nos; to­do lo pu­sis­te de­ba­jo de sus pies... asi­mis­mo las bes­tias del cam­po, las aves de los cie­los... to­do cuan­to pa­sa por los sen­de­ros del mar” (Sal. 8:6-8).

El hom­bre de­bía lle­var la ima­gen de Dios, tan­to en la se­me­jan­za ex­te­rior co­mo en el ca­rác­ter. Só­lo Cris­to es “la ima­gen mis­ma” del Pa­dre [Heb. 1:3]; pe­ro el hom­bre fue for­ma­do a se­me­jan­za de Dios. Su na­tu­ra­le­za es­ta­ba en ar­mo­nía con la vo­lun­tad de Dios. Su men­te era ca­paz de com­pren­der las co­sas di­vi­nas. Sus afec­tos eran pu­ros; sus ape­ti­tos y pa­sio­nes es­ta­ban ba­jo el do­mi­nio de la ra­zón. Era san­to y se sen­tía fe­liz de lle­var la ima­gen de Dios y de an­dar en per­fec­ta obe­dien­cia a la vo­lun­tad di­vi­na.

Cuan­do el hom­bre sa­lió de las ma­nos de su Crea­dor, era de ele­va­da es­ta­tu­ra y per­fec­ta si­me­tría. Su sem­blan­te lle­va­ba el tin­te ro­sa­do de la sa­lud y bri­lla­ba con la luz y el re­go­ci­jo de la vi­da. La es­ta­tu­ra de Adán era mu­cho ma­yor que la de los hom­bres que ha­bi­tan la tie­rra en la ac­tua­li­dad. Eva era al­go más ba­ja de es­ta­tu­ra que Adán; no obs­tan­te, su for­ma era no­ble y ple­na de be­lle­za. La in­ma­cu­la­da pa­re­ja no lle­va­ba ves­ti­du­ras ar­ti­fi­cia­les; es­ta­ban ves­ti­dos con una en­vol­tu­ra de luz y glo­ria, co­mo la que lle­van los án­ge­les. Mien­tras vi­vie­ran obe­de­cien­do a Dios, ese ata­vío de luz con­ti­nua­ría re­vis­tién­do­los.

Des­pués de la crea­ción de Adán, to­da cria­tu­ra vi­vien­te fue traí­da an­te su pre­sen­cia pa­ra re­ci­bir un nom­bre; él vio que a ca­da uno se le ha­bía da­do una com­pa­ñe­ra, pe­ro en­tre to­dos ellos no ha­bía “ayu­da idó­nea pa­ra él”. En­tre to­das las cria­tu­ras que Dios ha­bía crea­do so­bre la tie­rra, no ha­bía nin­gu­na igual al hom­bre. “Y di­jo Je­ho­vá Dios: No es bue­no que el hom­bre es­té so­lo; le ha­ré ayu­da idó­nea pa­ra él” [Gén. 2:20, 18]. El hom­bre no fue crea­do pa­ra que vi­vie­se en so­le­dad; de­bía ser una per­so­na so­cia­ble. Sin com­pa­ñía, las be­llas es­ce­nas y las en­can­ta­do­ras ocu­pa­cio­nes del Edén no hu­bie­sen po­di­do pro­por­cio­nar­le per­fec­ta fe­li­ci­dad. Aun la co­mu­nión con los án­ge­les no hu­bie­se po­di­do sa­tis­fa­cer su de­seo de sim­pa­tía y com­pa­ñía. No exis­tía na­die de la mis­ma na­tu­ra­le­za a quien amar y de quien ser ama­do.

Dios mis­mo dio a Adán una com­pa­ñe­ra. Le pro­ve­yó de una “ayu­da idó­nea pa­ra él” –al­guien que real­men­te le co­rres­pon­día–, una per­so­na dig­na y apro­pia­da pa­ra ser su com­pa­ñe­ra y que po­dría ser una so­la co­sa con él en amor y sim­pa­tía. Eva fue crea­da de una cos­ti­lla to­ma­da del cos­ta­do de Adán, pa­ra sig­ni­fi­car que ella no de­bía do­mi­nar­le co­mo ca­be­za, ni tam­po­co de­bía ser hu­mi­lla­da y ho­lla­da ba­jo sus pies co­mo un ser in­fe­rior, si­no que más bien de­bía es­tar a su la­do co­mo su igual, pa­ra ser ama­da y pro­te­gi­da por él. Sien­do par­te del hom­bre, hue­so de sus hue­sos y car­ne de su car­ne, ella era su se­gun­do yo, que­dan­do en evi­den­cia la unión ín­ti­ma y afec­tuo­sa que de­bía exis­tir en esa re­la­ción. “Por­que na­die abo­rre­ció ja­más a su pro­pia car­ne, si­no que la sus­ten­ta y la cui­da” (Efe. 5:29). “Por tan­to, de­ja­rá el hom­bre a su pa­dre y a su ma­dre, y se uni­rá a su mu­jer, y se­rán una so­la car­ne” [Gén. 2:24].

Dios ce­le­bró el pri­mer ca­sa­mien­to. De ma­ne­ra que la ins­ti­tu­ción del ma­tri­mo­nio tie­ne co­mo su au­tor al Crea­dor del uni­ver­so. “Hon­ro­so es en to­dos el ma­tri­mo­nio” [Heb. 13:4]; fue una de las pri­me­ras dá­di­vas de Dios al hom­bre, y es una de las dos ins­ti­tu­cio­nes que, des­pués de la caí­da, lle­vó Adán con­si­go al sa­lir del pa­raí­so. Cuan­do se re­co­no­cen y obe­de­cen los prin­ci­pios di­vi­nos en es­ta re­la­ción, el ma­tri­mo­nio es una ben­di­ción: sal­va­guar­da la fe­li­ci­dad y la pu­re­za de la ra­za, sa­tis­fa­ce las ne­ce­si­da­des so­cia­les del hom­bre y ele­va su na­tu­ra­le­za fí­si­ca, in­te­lec­tual y mo­ral.

“Y Je­ho­vá Dios plan­tó un huer­to en Edén, al orien­te; y pu­so allí al hom­bre que ha­bía for­ma­do” [Gén. 2:8]. To­do lo que ha­bía he­cho Dios te­nía la per­fec­ción de la be­lle­za, y na­da que pu­die­se con­tri­buir a la fe­li­ci­dad de la san­ta pa­re­ja pa­re­cía fal­tar; sin em­bar­go, el Crea­dor les dio to­da­vía otra prue­ba de su amor, pre­pa­rán­do­les es­pe­cial­men­te un huer­to pa­ra que fue­se su ho­gar. En ese huer­to ha­bía ár­bo­les de to­da va­rie­dad, mu­chos de ellos car­ga­dos de fra­gan­tes y de­li­cio­sas fru­tas. Ha­bía vi­des her­mo­sas, plan­tas tre­pa­do­ras, que pre­sen­ta­ban un as­pec­to agra­da­ble y her­mo­so con sus ra­mas in­cli­na­das ba­jo el pe­so de ten­ta­do­ra fru­ta de los más ri­cos y va­ria­dos ma­ti­ces. El tra­ba­jo de Adán y Eva con­sis­tía en adap­tar las ra­mas de las vi­des pa­ra for­mar glo­rie­tas, ha­cien­do así su pro­pia mo­ra­da con ár­bo­les vi­vos cu­bier­tos de fo­lla­je y fru­tos. Ha­bía en pro­fu­sión y pro­di­ga­li­dad fra­gan­tes flo­res de to­do ma­tiz. En me­dio del huer­to es­ta­ba el ár­bol de la vi­da, que aven­ta­ja­ba en glo­ria y es­plen­dor a to­dos los de­más ár­bo­les. Sus fru­tos pa­re­cían man­za­nas de oro y pla­ta, y te­nían el po­der de per­pe­tuar la vi­da.

Aho­ra la crea­ción es­ta­ba com­ple­ta. “Fue­ron, pues, aca­ba­dos los cie­los y la tie­rra, y to­do el ejér­ci­to de ellos”. “Y vio Dios to­do lo que ha­bía he­cho, y he aquí que era bue­no en gran ma­ne­ra” [Gén. 2:1; 1:31]. El Edén flo­re­cía so­bre la tie­rra. Adán y Eva te­nían li­bre ac­ce­so al ár­bol de la vi­da. Nin­gu­na má­cu­la de pe­ca­do o som­bra de muer­te des­fi­gu­ra­ba la be­lla crea­ción. “Cuan­do ala­ba­ban to­das las es­tre­llas del al­ba, y se re­go­ci­ja­ban to­dos los hi­jos de Dios” (Job 38:7).

El gran Je­ho­vá ha­bía pues­to los fun­da­men­tos de la tie­rra; ha­bía ves­ti­do el mun­do en­te­ro con un man­to de be­lle­za, y lo ha­bía col­ma­do de co­sas úti­les pa­ra el hom­bre; ha­bía crea­do to­das las ma­ra­vi­llas de la tie­rra y del mar. La gran obra de la crea­ción fue rea­li­za­da en seis días. “Y aca­bó Dios en el día sép­ti­mo la obra que hi­zo; y re­po­só el día sép­ti­mo de to­da la obra que hi­zo. Y ben­di­jo Dios al día sép­ti­mo, y lo san­ti­fi­có, por­que en él re­po­só de to­da la obra que ha­bía he­cho en la crea­ción” [Gén. 2:2, 3]. Dios mi­ró con sa­tis­fac­ción la obra de sus ma­nos. To­do era per­fec­to, dig­no de su di­vi­no Au­tor, y él des­can­só, no co­mo quien es­tu­vie­ra fa­ti­ga­do, si­no sa­tis­fe­cho con los fru­tos de su sa­bi­du­ría y bon­dad y con las ma­ni­fes­ta­cio­nes de su glo­ria.

Des­pués de des­can­sar el sép­ti­mo día, Dios lo san­ti­fi­có; es de­cir, lo apar­tó, co­mo un día de des­can­so pa­ra el hom­bre. Si­guien­do el ejem­plo del Crea­dor, el hom­bre de­bía re­po­sar du­ran­te ese día sa­gra­do, pa­ra que, mien­tras con­tem­pla­ra los cie­los y la tie­rra, pu­die­se re­fle­xio­nar so­bre la gran­dio­sa obra de la crea­ción de Dios; y pa­ra que, mien­tras con­tem­pla­ra las evi­den­cias de la sa­bi­du­ría y bon­dad de Dios, su co­ra­zón se lle­na­se de amor y re­ve­ren­cia ha­cia su Ha­ce­dor.

Al ben­de­cir el sép­ti­mo día en el Edén, Dios es­ta­ble­ció un re­cor­da­ti­vo de su obra crea­do­ra. El sá­ba­do fue con­fia­do y en­tre­ga­do a Adán, pa­dre y re­pre­sen­tan­te de to­da la fa­mi­lia hu­ma­na. Su ob­ser­van­cia de­bía ser un ac­to de agra­de­ci­do re­co­no­ci­mien­to, por par­te de to­dos los que ha­bi­ta­sen la tie­rra, de que Dios era su Crea­dor y su le­gí­ti­mo So­be­ra­no; de que ellos eran la obra de sus ma­nos y los súb­di­tos de su au­to­ri­dad. De esa ma­ne­ra la ins­ti­tu­ción del sá­ba­do era to­tal­men­te con­me­mo­ra­ti­va, y da­da pa­ra to­da la hu­ma­ni­dad. No ha­bía na­da en ella que fue­se som­brío o que li­mi­ta­se su ob­ser­van­cia a un so­lo pue­blo.

Dios vio que el sá­ba­do era esen­cial pa­ra el hom­bre, aun en el pa­raí­so. Ne­ce­si­ta­ba de­jar a un la­do sus pro­pios in­te­re­ses y ac­ti­vi­da­des du­ran­te un día de ca­da sie­te pa­ra po­der con­tem­plar más de lle­no las obras de Dios y me­di­tar en su po­der y bon­dad. Ne­ce­si­ta­ba el sá­ba­do pa­ra que le re­cor­da­se más vi­va­men­te la exis­ten­cia de Dios, y pa­ra que des­per­ta­se su gra­ti­tud ha­cia él, pues to­do lo que dis­fru­ta­ba y po­seía pro­ce­día de la ma­no be­né­fi­ca del Crea­dor.

Dios di­se­ñó el sá­ba­do pa­ra que di­ri­ja la men­te de los hom­bres ha­cia la con­tem­pla­ción de sus obras crea­das. La na­tu­ra­le­za ha­bla a sus sen­ti­dos, de­cla­rán­do­les que hay un Dios vi­vien­te, Crea­dor y su­pre­mo So­be­ra­no de to­do. “Los cie­los cuen­tan la glo­ria de Dios, y el fir­ma­men­to anun­cia la obra de sus ma­nos. Un día emi­te pa­la­bra a otro día, y una no­che a otra no­che de­cla­ra sa­bi­du­ría” (Sal. 19:1, 2). La be­lle­za que vis­te la tie­rra es una pren­da del amor de Dios. La po­de­mos con­tem­plar en las co­li­nas eter­nas, en los ár­bo­les cor­pu­len­tos, en los ca­pu­llos que se abren y en las de­li­ca­das flo­res. To­do nos ha­bla de Dios. El sá­ba­do, siem­pre se­ña­lan­do ha­cia el que lo creó to­do, man­da a los hom­bres que abran el gran li­bro de la na­tu­ra­le­za y es­cu­dri­ñen allí la sa­bi­du­ría, el po­der y el amor del Crea­dor.

Nues­tros pri­me­ros pa­dres, a pe­sar de que fue­ron crea­dos ino­cen­tes y san­tos, no fue­ron co­lo­ca­dos fue­ra de la po­si­bi­li­dad de pe­car. Dios los hi­zo en­tes mo­ra­les li­bres, ca­pa­ces de apre­ciar y com­pren­der la sa­bi­du­ría y be­ne­vo­len­cia de su ca­rác­ter y la jus­ti­cia de sus re­que­ri­mien­tos, y les de­jó ple­na li­ber­tad pa­ra pres­tar­le o ne­gar­le obe­dien­cia. De­bían go­zar de la co­mu­nión de Dios y de los san­tos án­ge­les; pe­ro an­tes de dar­les se­gu­ri­dad eter­na, era me­nes­ter que su leal­tad fue­se pro­ba­da. En el mis­mo prin­ci­pio de la exis­ten­cia del hom­bre se le pu­so fre­no al egoís­mo, la pa­sión fa­tal que fue el fun­da­men­to de la caí­da de Sa­ta­nás. El ár­bol del co­no­ci­mien­to, que es­ta­ba cer­ca del ár­bol de la vi­da en el cen­tro del jar­dín, ha­bría de pro­bar la obe­dien­cia, la fe y el amor de nues­tros pri­me­ros pa­dres. Aun­que se les per­mi­tía co­mer li­bre­men­te del fru­to de to­do otro ár­bol del huer­to, se les pro­hi­bió co­mer de ese, so pe­na de muer­te. Tam­bién iban a es­tar ex­pues­tos a las ten­ta­cio­nes de Sa­ta­nás; pe­ro si so­por­ta­ban con éxi­to la prue­ba, fi­nal­men­te se­rían co­lo­ca­dos fue­ra del al­can­ce de su po­der, pa­ra go­zar del per­pe­tuo fa­vor de Dios.

Dios pu­so al hom­bre ba­jo la ley, co­mo con­di­ción in­dis­pen­sa­ble pa­ra su pro­pia exis­ten­cia. Era súb­di­to del go­bier­no di­vi­no, y no pue­de ha­ber go­bier­no sin ley. Dios po­día ha­ber crea­do al hom­bre sin el po­der pa­ra trans­gre­dir su ley; pu­do ha­ber de­te­ni­do la ma­no de Adán pa­ra que no to­ca­ra el fru­to pro­hi­bi­do; pe­ro en ese ca­so el hom­bre hu­bie­se si­do, no un en­te mo­ral li­bre, si­no un me­ro au­tó­ma­ta. Sin li­ber­tad de elec­ción, su obe­dien­cia no ha­bría si­do vo­lun­ta­ria, si­no for­za­da. No ha­bría si­do po­si­ble el de­sa­rro­llo de su ca­rác­ter. Se­me­jan­te pro­ce­di­mien­to ha­bría si­do con­tra­rio al plan que Dios se­guía en su re­la­ción con los ha­bi­tan­tes de otros mun­dos. Hu­bie­se si­do in­dig­no del hom­bre co­mo ser in­te­li­gen­te, y hu­bie­se da­do ba­se a las acu­sa­cio­nes de Sa­ta­nás de que el go­bier­no de Dios era ar­bi­tra­rio.

Dios hi­zo al hom­bre rec­to; le dio no­bles ras­gos de ca­rác­ter, sin in­cli­na­ción ha­cia el mal. Lo do­tó de ele­va­dos po­de­res in­te­lec­tua­les, y pre­sen­tó an­te él los más fuer­tes ali­cien­tes po­si­bles pa­ra que pu­die­ra ser fiel a su leal­tad. La obe­dien­cia, per­fec­ta y per­pe­tua, era la con­di­ción pa­ra la fe­li­ci­dad eter­na. So­bre esa con­di­ción ten­dría ac­ce­so al ár­bol de la vi­da.

El ho­gar de nues­tros pri­me­ros pa­dres ha­bría de ser un mo­de­lo pa­ra otros ho­ga­res cuan­do sus hi­jos sa­lie­sen pa­ra ocu­par la tie­rra. Ese ho­gar, em­be­lle­ci­do por la mis­ma ma­no de Dios, no era un sun­tuo­so pa­la­cio. Los hom­bres, en su or­gu­llo, se de­lei­tan en te­ner mag­ní­fi­cos y cos­to­sos edi­fi­cios y se enor­gu­lle­cen de las obras de sus pro­pias ma­nos; pe­ro Dios pu­so a Adán en un huer­to. Es­ta fue su mo­ra­da. Los cie­los azu­la­dos le ser­vían de te­cho; la tie­rra, con sus de­li­ca­das flo­res y su al­fom­bra de ani­ma­do ver­dor, era su pi­so; y las ra­mas fron­do­sas de los her­mo­sos ár­bo­les le ser­vían de do­sel. Sus pa­re­des es­ta­ban en­ga­la­na­das con los ador­nos más es­plen­do­ro­sos, las obras de la ma­no del Ar­tis­ta su­pre­mo. En el me­dio en que vi­vía la san­ta pa­re­ja ha­bía una lec­ción pa­ra to­dos los tiem­pos; a sa­ber, que la ver­da­de­ra fe­li­ci­dad se en­cuen­tra no en dar rien­da suel­ta al or­gu­llo y al lu­jo, si­no en la co­mu­nión con Dios a tra­vés de sus obras crea­das. Si los hom­bres pu­sie­sen me­nos aten­ción en lo su­per­fi­cial, y cul­ti­va­sen más la sen­ci­llez, cum­pli­rían con ma­yor ple­ni­tud el pro­pó­si­to que tu­vo Dios al crear­los. El or­gu­llo y la am­bi­ción ja­más se sa­tis­fa­cen, pe­ro los que real­men­te son in­te­li­gen­tes en­con­tra­rán pla­cer esen­cial y ele­va­do en las fuen­tes de go­zo que Dios ha pues­to al al­can­ce de to­dos.

A los mo­ra­do­res del Edén se les en­co­men­dó el cui­da­do del jar­dín, pa­ra que lo la­bra­ran y lo guar­da­sen. Su ocu­pa­ción no era can­sa­do­ra, si­no agra­da­ble y vi­go­ri­zan­te. Dios es­ta­ble­ció el tra­ba­jo co­mo una ben­di­ción pa­ra el hom­bre, pa­ra ocu­par su men­te, for­ta­le­cer su cuer­po y de­sa­rro­llar sus fa­cul­ta­des. En la ac­ti­vi­dad men­tal y fí­si­ca, Adán en­con­tró uno de los pla­ce­res más ele­va­dos de su san­ta exis­ten­cia. Y cuan­do, co­mo re­sul­ta­do de su de­so­be­dien­cia, fue ex­pul­sa­do de su be­llo ho­gar y for­za­do a lu­char con una tie­rra obs­ti­na­da pa­ra ga­nar­se el pan dia­rio, ese mis­mo tra­ba­jo, aun­que muy dis­tin­to de su agra­da­ble ocu­pa­ción en el huer­to, fue una sal­va­guar­dia con­tra la ten­ta­ción y una fuen­te de fe­li­ci­dad. Es­tán en gran error los que con­si­de­ran una mal­di­ción el tra­ba­jo, aun­que lle­ve apa­re­ja­dos do­lor y fa­ti­ga. A me­nu­do los ri­cos mi­ran con des­dén a las cla­ses tra­ba­ja­do­ras; pe­ro es­to es­tá en­te­ra­men­te en de­sa­cuer­do con los de­sig­nios de Dios al crear al hom­bre. ¿Qué son las ri­que­zas del más opu­len­to en com­pa­ra­ción con la he­ren­cia da­da al se­ño­rial Adán? Sin em­bar­go, és­te no de­bía es­tar ocio­so. Nues­tro Crea­dor, que sa­be lo que cons­ti­tu­ye la fe­li­ci­dad del hom­bre, se­ña­ló a Adán su tra­ba­jo. El ver­da­de­ro re­go­ci­jo de la vi­da lo en­cuen­tran só­lo los hom­bres y las mu­je­res que tra­ba­jan. Los án­ge­les tra­ba­jan di­li­gen­te­men­te; son mi­nis­tros de Dios en fa­vor de los hi­jos de los hom­bres. En el plan del Crea­dor no ca­bía la pa­ra­li­zan­te prác­ti­ca de la in­do­len­cia.

Mien­tras per­ma­ne­cie­sen lea­les a Dios, Adán y su com­pa­ñe­ra iban a ser los se­ño­res de la tie­rra. Re­ci­bie­ron do­mi­nio ili­mi­ta­do so­bre to­da cria­tu­ra vi­vien­te. El león y la ove­ja tris­ca­ban pa­cí­fi­ca­men­te a su al­re­de­dor o se echa­ban jun­to a sus pies. Los fe­li­ces pa­ja­ri­llos re­vo­lo­tea­ban al­re­de­dor de ellos sin te­mor al­gu­no; y cuan­do sus ale­gres tri­nos as­cen­dían ala­ban­do a su Crea­dor, Adán y Eva se unían a ellos en ac­ción de gra­cias al Pa­dre y al Hi­jo.

La san­ta pa­re­ja era no só­lo hi­jos ba­jo el cui­da­do pa­ter­nal de Dios, si­no tam­bién es­tu­dian­tes que re­ci­bían ins­truc­ción de par­te del Crea­dor om­nis­cien­te. Eran vi­si­ta­dos por án­ge­les, y se go­za­ban en la co­mu­nión di­rec­ta con su Ha­ce­dor, sin nin­gún ve­lo os­cu­re­ce­dor de por me­dio. Es­ta­ban lle­nos del vi­gor que pro­ce­día del ár­bol de la vi­da, y su po­der in­te­lec­tual era ape­nas un po­co me­nor que el de los án­ge­les. Los mis­te­rios del uni­ver­so vi­si­ble –“las ma­ra­vi­llas del Per­fec­to en sa­bi­du­ría” [Job 37:16]– les su­mi­nis­tra­ban una fuen­te ina­go­ta­ble de ins­truc­ción y pla­cer. Las le­yes y los pro­ce­sos de la na­tu­ra­le­za, que han si­do ob­je­to del es­tu­dio de los hom­bres du­ran­te 6.000 años, fue­ron pues­tos al al­can­ce de su men­te por el in­fi­ni­to For­ja­dor y Sus­ten­ta­dor de to­do. Se en­tre­te­nían con las ho­jas, las flo­res y los ár­bo­les, co­se­chan­do en ca­da uno de ellos los se­cre­tos de su vi­da. Adán es­ta­ba fa­mi­lia­ri­za­do con to­da cria­tu­ra vi­vien­te, des­de el po­de­ro­so le­via­tán que jue­ga en­tre las aguas has­ta el más di­mi­nu­to in­sec­to que flo­ta en el ra­yo del sol. A ca­da uno les ha­bía da­do nom­bre, y co­no­cía su na­tu­ra­le­za y sus há­bi­tos. La glo­ria de Dios en los cie­los, los in­nu­me­ra­bles mun­dos en sus or­de­na­dos mo­vi­mien­tos, “las di­fe­ren­cias de las nu­bes” [Job 37:16], los mis­te­rios de la luz y del so­ni­do, de la no­che y el día, to­do es­ta­ba abier­to al es­tu­dio de nues­tros pri­me­ros pa­dres. El nom­bre de Dios es­ta­ba es­cri­to en ca­da ho­ja del bos­que o pie­dra de la mon­ta­ña, en ca­da bri­llan­te es­tre­lla, en la tie­rra, en el ai­re y en el cie­lo. El or­den y la ar­mo­nía de la crea­ción les ha­bla­ba de una sa­bi­du­ría y un po­der in­fi­ni­tos. Con­ti­nua­men­te des­cu­brían al­go nue­vo que lle­na­ba su co­ra­zón del más pro­fun­do amor y les arran­ca­ba nue­vas ex­pre­sio­nes de gra­ti­tud.

Mien­tras per­ma­ne­cie­sen fie­les a la di­vi­na ley, su ca­pa­ci­dad de co­no­cer, go­zar y amar au­men­ta­ría con­ti­nua­men­te. Cons­tan­te­men­te ob­ten­drían nue­vos te­so­ros de sa­bi­du­ría, des­cu­brien­do fres­cos ma­nan­tia­les de fe­li­ci­dad, y ob­te­nien­do un con­cep­to ca­da vez más cla­ro del in­con­men­su­ra­ble e in­fa­li­ble amor de Dios.

Capítulo 3

La tentación y la caída

No siéndole po­si­ble con­ti­nuar con su re­be­lión en el cie­lo, Sa­ta­nás ha­lló un nue­vo cam­po de ac­ción pa­ra su ene­mis­tad con­tra Dios al tra­mar la rui­na de la ra­za hu­ma­na. Vio en la fe­li­ci­dad y la paz que la san­ta pa­re­ja go­za­ba en el Edén una re­pre­sen­ta­ción del de­lei­te que ha­bía per­di­do pa­ra siem­pre. Es­ti­mu­la­do por la en­vi­dia, re­sol­vió in­du­cir­los a de­so­be­de­cer, y atraer so­bre sí la cul­pa y el cas­ti­go del pe­ca­do. Cam­bia­ría su amor en des­con­fian­za y sus can­tos de ala­ban­za en re­pro­ches con­tra su Crea­dor. De es­ta ma­ne­ra no só­lo arro­ja­ría a es­tos ino­cen­tes se­res en la mis­ma mi­se­ria en que él se en­con­tra­ba, si­no que tam­bién arro­ja­ría des­hon­ra so­bre Dios y oca­sio­na­ría pe­sar en los cie­los.

Nues­tros pri­me­ros pa­dres no fue­ron de­ja­dos sin ad­ver­ten­cias acer­ca del pe­li­gro que los ame­na­za­ba. Men­sa­je­ros ce­les­tia­les ex­pu­sie­ron an­te ellos la his­to­ria de la caí­da de Sa­ta­nás y sus ma­qui­na­cio­nes pa­ra des­truir­los, pa­ra lo cual les ex­pli­ca­ron más am­plia­men­te la na­tu­ra­le­za del go­bier­no di­vi­no, que el prín­ci­pe del mal tra­ta­ba de de­rro­car. Que fue la de­so­be­dien­cia a los jus­tos man­da­mien­tos de Dios lo que ha­bía oca­sio­na­do la caí­da de Sa­ta­nás y sus hues­tes. Cuán im­por­tan­te era, en­ton­ces, que Adán y Eva hon­ra­sen esa ley, úni­co me­dio por el cual era po­si­ble man­te­ner el or­den y la equi­dad.

La ley de Dios es tan sa­gra­da co­mo Dios mis­mo. Es una re­ve­la­ción de su vo­lun­tad, un re­fle­jo de su ca­rác­ter, la ex­pre­sión de su amor y sa­bi­du­ría. La ar­mo­nía de la crea­ción de­pen­de de la per­fec­ta con­for­mi­dad de to­dos los se­res y las co­sas, ani­ma­das e ina­ni­ma­das, a la ley del Crea­dor. No só­lo ha dis­pues­to Dios le­yes pa­ra el go­bier­no de los se­res vi­vien­tes, si­no tam­bién pa­ra to­das las ope­ra­cio­nes de la na­tu­ra­le­za. To­do obe­de­ce a le­yes fi­jas, que no pue­den elu­dir­se. Pe­ro mien­tras en la na­tu­ra­le­za to­do es­tá go­ber­na­do por le­yes na­tu­ra­les, só­lo el hom­bre, en­tre to­dos los ha­bi­tan­tes de la tie­rra, es­tá su­je­to a la ley mo­ral. Al hom­bre, la co­ro­na de la crea­ción, Dios le dio la fa­cul­tad de en­ten­der sus re­que­ri­mien­tos, com­pren­der la jus­ti­cia y la be­ne­vo­len­cia de su ley y su sa­gra­do de­re­cho so­bre él; y del hom­bre se exi­ge una res­pues­ta obe­dien­te.

Co­mo los án­ge­les, los mo­ra­do­res del Edén ha­bían de ser pro­ba­dos; só­lo po­dían con­ser­var su fe­liz es­ta­do si eran fie­les a la ley del Crea­dor. Po­dían obe­de­cer y vi­vir, o de­so­be­de­cer y pe­re­cer. Dios los ha­bía col­ma­do de ri­cas ben­di­cio­nes; pe­ro si ellos me­nos­pre­cia­ban su vo­lun­tad, Aquel que no per­do­nó a los án­ge­les que pe­ca­ron no los per­do­na­ría tam­po­co a ellos; la trans­gre­sión los pri­va­ría de to­dos sus do­nes, y les aca­rrea­ría mi­se­ria y rui­na.

Los án­ge­les amo­nes­ta­ron a Adán y a Eva pa­ra que es­tu­vie­sen en guar­dia con­tra las ar­gu­cias de Sa­ta­nás, por­que sus es­fuer­zos por ten­der­les una ce­la­da se­rían in­fa­ti­ga­bles. Mien­tras fue­sen obe­dien­tes a Dios, el ma­lig­no no po­dría per­ju­di­car­les; pues, si fue­se ne­ce­sa­rio, to­dos los án­ge­les del cie­lo se­rían en­via­dos en su ayu­da. Si ellos re­cha­za­ban fir­me­men­te sus pri­me­ras in­si­nua­cio­nes, es­ta­rían tan se­gu­ros co­mo los men­sa­je­ros ce­les­tia­les. Pe­ro si ce­dían a la ten­ta­ción, su na­tu­ra­le­za se de­pra­va­ría, y no ten­drían en sí mis­mos po­der ni dis­po­si­ción pa­ra re­sis­tir a Sa­ta­nás.

El ár­bol del co­no­ci­mien­to ha­bía si­do pues­to co­mo una prue­ba de su obe­dien­cia y de su amor a Dios. El Se­ñor ha­bía de­ci­di­do im­po­ner­les una so­la pro­hi­bi­ción to­can­te al uso de lo que ha­bía en el huer­to; pe­ro si me­nos­pre­cia­ban su vo­lun­tad en es­te pun­to en par­ti­cu­lar, se ha­rían cul­pa­bles de trans­gre­sión. Sa­ta­nás no los se­gui­ría con­ti­nua­men­te con sus ten­ta­cio­nes; só­lo po­dría acer­car­se a ellos jun­to al ár­bol pro­hi­bi­do. Si ellos tra­ta­ban de in­ves­ti­gar la na­tu­ra­le­za de ese ár­bol, que­da­rían ex­pues­tos a sus en­ga­ños. Se les acon­se­jó que pres­ta­sen aten­ción cui­da­do­sa a la amo­nes­ta­ción que Dios les ha­bía en­via­do, y que se con­for­ma­sen con las ins­truc­cio­nes que él ha­bía te­ni­do a bien dar­les.

Pa­ra con­se­guir lo que que­ría y pa­sar inad­ver­ti­do, Sa­ta­nás es­co­gió co­mo me­dio a la ser­pien­te, un dis­fraz bien adap­ta­do pa­ra su pro­yec­to de en­ga­ño. La ser­pien­te era en aquel en­ton­ces uno de los se­res más sa­bios y be­llos de la tie­rra. Te­nía alas, y cuan­do vo­la­ba por los ai­res pre­sen­ta­ba una apa­rien­cia des­lum­bra­do­ra, con el co­lor y el bri­llo del oro bru­ñi­do. Po­sa­da en las car­ga­das ra­mas del ár­bol pro­hi­bi­do, mien­tras co­mía su de­li­cio­so fru­to, cau­ti­va­ba la aten­ción y de­lei­ta­ba la vis­ta que la con­tem­pla­ba. Así, en el huer­to de paz, el des­truc­tor ace­cha­ba a su pre­sa.

Los án­ge­les ha­bían pre­ve­ni­do a Eva que tu­vie­se cui­da­do de no se­pa­rar­se de su es­po­so mien­tras es­ta­ban ocu­pa­dos en sus tra­ba­jos co­ti­dia­nos en el jar­dín; es­tan­do con él co­rre­ría me­nos pe­li­gro de caer en ten­ta­ción que es­tan­do so­la. Pe­ro dis­traí­da en sus agra­da­bles la­bo­res, in­cons­cien­te­men­te se ale­jó del la­do de su es­po­so. Al ver­se so­la, tu­vo un pre­sen­ti­mien­to del pe­li­gro, pe­ro de­se­chó sus te­mo­res, di­cién­do­se a sí mis­ma que te­nía su­fi­cien­te sa­bi­du­ría y po­der co­mo pa­ra dis­cer­nir el mal y re­sis­tir­lo. Des­de­ñan­do la ad­ver­ten­cia de los án­ge­les, muy pron­to se en­con­tró ex­ta­sia­da, mi­ran­do con cu­rio­si­dad y ad­mi­ra­ción el ár­bol pro­hi­bi­do. El fru­to era muy be­llo, y se pre­gun­ta­ba por qué Dios se los ha­bía ve­da­do. Es­ta fue la opor­tu­ni­dad del ten­ta­dor. Co­mo si fue­ra ca­paz de dis­cer­nir su for­ma de pen­sar, se di­ri­gió a ella di­cien­do: “¿Con­que Dios os ha di­cho: No co­máis de to­do ár­bol del huer­to?” [Gén. 3:1]. Eva que­dó sor­pren­di­da y es­pan­ta­da mien­tras pa­re­cía oír el eco de sus pen­sa­mien­tos. Pe­ro, con voz me­lo­dio­sa, la ser­pien­te si­guió con su­ti­les ala­ban­zas de su her­mo­su­ra; y sus pa­la­bras no le fue­ron de­sa­gra­da­bles. En lu­gar de huir del lu­gar, per­ma­ne­ció en él, ma­ra­vi­lla­da de oír ha­blar a la ser­pien­te. Si se hu­bie­se di­ri­gi­do a ella un ser co­mo los án­ge­les, hu­bie­ra sen­ti­do te­mor; pe­ro no se ima­gi­nó que la en­can­ta­do­ra ser­pien­te pu­die­ra con­ver­tir­se en la mé­dium del ad­ver­sa­rio caí­do.

A la cap­cio­sa pre­gun­ta de Sa­ta­nás, Eva con­tes­tó: “Del fru­to de los ár­bo­les del huer­to po­de­mos co­mer; pe­ro del fru­to del ár­bol que es­tá en me­dio del huer­to di­jo Dios: No co­me­réis de él, ni le to­ca­réis, pa­ra que no mu­ráis. En­ton­ces la ser­pien­te di­jo a la mu­jer: No mo­ri­réis; si­no que sa­be Dios que el día que co­máis de él, se­rán abier­tos vues­tros ojos, y se­réis co­mo Dios, sa­bien­do el bien y el mal”.

Le di­jo que al co­mer del fru­to de es­te ár­bol al­can­za­rían una es­fe­ra de exis­ten­cia más ele­va­da y en­tra­rían en un cam­po de co­no­ci­mien­to más am­plio. Aña­dió que él mis­mo ha­bía co­mi­do de ese fru­to pro­hi­bi­do, y co­mo re­sul­ta­do ha­bía ad­qui­ri­do el don del ha­bla. In­si­nuó que por egoís­mo el Se­ñor no que­ría que co­mie­sen del fru­to, pues en­ton­ces se­rían exal­ta­dos a un pla­no de igual­dad con él. Que Dios les ha­bía pro­hi­bi­do que gus­ta­sen del fru­to, o que lo to­ca­sen, de­bi­do a las ma­ra­vi­llo­sas pro­pie­da­des que te­nía: im­par­tir sa­bi­du­ría y po­der. El ten­ta­dor afir­mó que ja­más lle­ga­ría a cum­plir­se la di­vi­na ad­ver­ten­cia; que les fue he­cha me­ra­men­te pa­ra in­ti­mi­dar­los. ¿Có­mo se­ría po­si­ble que ellos mu­rie­sen? ¿No ha­bían co­mi­do del ár­bol de la vi­da? Agre­gó el ten­ta­dor que Dios es­ta­ba tra­tan­do de im­pe­dir­les al­can­zar un de­sa­rro­llo su­pe­rior y una fe­li­ci­dad ma­yor.