Por qué - Ekaterina Limónova - E-Book

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Ekaterina Limónova

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Ekaterina Limonova, que estudió una carrera universitaria superior y alcanzó el éxito profesional sin sospechar siquiera que su capacidad auditiva era muy inferior a la media, emprende en Por qué un viaje por sus experiencias vitales, desde su complicada infancia en la Unión Soviética de los años 80 hasta su vida actual en Gran Bretaña, donde finalmente fue diagnosticada su pérdida auditiva y la de uno de sus hijos. Con su formación y experiencia como logopeda especializada en déficit auditivo y pedagoga terapéutica y lo aprendido de sus vivencias, la autora ofrece una mirada única y práctica sobre cómo entender y ayudar a niños con déficit de audición y otras necesidades educativas especiales. Por qué es una obra emocionante y conmovedora para ver el mundo desde una perspectiva distinta, comprender mejor los sentimientos de las personas con déficit auditivo, y entender que ningún obstáculo es insuperable cuando existe motivación para alcanzar los objetivos.

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Seitenzahl: 277

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Por qué

Este es un libro para todos los que estén familiarizados o interesados en este tema; padres, padres adoptivos, tutores, profesores, profesionales que trabajan con niños con pérdida auditiva o niños bilingües.

— Ekaterina Limónova

Por qué

EKATERINA LIMÓNOVA

© Autora: Ekaterina Limónova

© Prólogo: Tatiana Limónova

© Título original: Por qué

Edita © Medialuna Editorial www.medialunacom.es

Promoción, Relaciones Públicas y Marketing Digital: Medialuna

© Maquetación y diseño de portada: Medialuna Editorial

© Fotografía de la portada y contraportada: Alexander Kudrjavtsev

© Fotografía de solapa: Sergey Prozvitskiy (2022)

eISBN: 978-84-126445-9-3

Reservados todos los derechos

Medialuna Editorial

Av. Asturias 44, 28050, Madrid

Tfno: 91 567 01 72

www.medialunacom.es

[email protected]

ÍNDICE

PREFACIO

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1. HISTORIA DE UNA NIÑA

¿Por qué?

Infancia

Guardería

Televisión y lectura

Timbre de puerta

Música

Pintura

Teléfono

Abuelo

Abuela

Papá

Patio y ocio en casa

Chicas y chicos

Pueblo

Colegio

Campamentos de verano

Universidad

Trabajo

Mudanzas, lenguas extranjeras

Matrimonios

Diagnóstico

Aparatos auditivos

Hijos

Mamá

CAPÍTULO 2. HISTORIAS DE LOS PADRES

Adultos y niños

Fenómeno de la madre patógena

Expectativas y realidad

Híperamor

Una vez más sobre el amor: “romance con el hijo”

La familia y trastornos psicosomáticos en los hijos

La familia con el hijo enfermo. La crisis por conocer el diagnóstico

Anuncio del diagnóstico del hijo a los padres

¡Queridos padres!

Conocimientos de los padres sobre el diagnóstico del hijo

Adaptación de la familia al diagnóstico del hijo

CAPÍTULO 3. CONSEJOS PARA LOS PADRES

Cómo llegar a ser padres preparados, o un buen comienzo

Señales de alarma

Reglas para comunicarse con el niño con déficit auditivo

Desarrollo del habla. ¿Hace falta un logopeda?

Niños bilingües

Televisor y ordenador en edades tempranas

La importancia del desarrollo en el niño del interés cognitivo

Sobre los castigos

Si el niño se ha perdido

Nacimiento de un hermano o una hermana. ¿Qué hacer con los celos?

Costumbres patológicas. ¿Cómo reaccionar?

Sobre el acoso

¿Qué pueden hacer los padres?

Dificultades de la adolescencia

Agotamiento emocional de los padres

CAPÍTULO 4. ¿Y SI YA NO ERES UN NIÑO?

En lugar del epílogo

AGRADECIMIENTOS

PREFACIO

La idea de este libro…

Permitidme dejar eso a un lado por ahora. Empecemos con las estadísticas. En la actualidad, más del 5 % de personas en el mundo padecen de un déficit auditivo en mayor o menor grado. Muchos de vosotros pensaréis que en vuestro entorno no existen tales personas, o quizás os ha venido a la mente que la cifra es tan pequeña que difícilmente puede afectaros, pero, según los datos de la Organización Mundial de la Salud, para 2050, uno de cada cuatro habitantes de la Tierra sufrirá de un déficit auditivo en mayor o menor grado. He aquí unos cálculos elementales: si tu entorno consta, por ejemplo, de 40 personas (familiares, amigos, empleados, colegas, alumnos, etc.), son ya 10 los que pertenecerían a esta categoría. Ahora multiplica esta cifra por dos, tres o más. Tu entorno puede tener más personas con pérdida de oído de las que crees.

Espero que tengas el deseo de leer este libro, en lugar de volver a ponerlo en el estante o dejarlo en la tienda. Deseo que este libro te ayude a ver el mundo desde una perspectiva distinta y mejorar la comprensión de los sentimientos de estas personas con déficit auditivo.

Los habitantes de las metrópolis no solo viven un ritmo de vida intenso, sino que también están constantemente rodeados por los niveles elevados de vibraciones debidos al ruido constante. ¿Has notado alguna vez que, si estás en un lugar tranquilo durante un tiempo y luego sales a la calle, necesitarás unos minutos para adaptarte al ruido y los sonidos fuertes y constantes? Todo esto requiere un esfuerzo colosal por parte del cerebro humano que demanda un gran consumo de energía. ¿Qué pasaría si, entre todo este ruido, todavía necesitaras captar los sonidos de las palabras cuando hablases con alguien? ¿Cuánta energía se gastaría en este proceso tan habitual?

Todo esto no quiere decir que haga falta irse de las grandes ciudades a las áreas rurales, simplemente quiero que os paréis a pensar en este hecho y en personas concretas y cercanas que tienen este problema. Imaginaos qué esfuerzos colosales debe emprender un individuo que tiene dificultades de audición para distinguir palabras entre todo el ruido reinante.

Creo que ha llegado el momento de que nos conozcamos. Me llamo Ekaterina, y en el momento de escribir este libro tengo 41 años. Nací en Rusia, o, más exactamente, en la Unión Soviética, en el lejano 1980, pero llevo más de 11 años viviendo fuera de allí. He vivido en España y Andorra, y, en 2015 me mudé a Gran Bretaña con mi marido y mis hijos, y en 2016, a la edad de 36 años, me diagnosticaron hipoacusia neurosensorial congénita de 2° - 3er grado. Y no solo a mí, también a uno de mis hijos. De esto hablaré más adelante en mi libro. Así pues, viví 36 años con un déficit auditivo no diagnosticado, sin aparatos auditivos, sin sospechar siquiera de esta particularidad mía. Me gradué en un colegio ruso normal y corriente con buenas notas, hice dos carreras superiores de economista y pedagoga terapéutica. También soy logopeda especializada en déficit auditivo.

Además, hablo dos lenguas extranjeras. También, soy madre de cinco hijos, sobreviviendo a dos divorcios. Trabajé como contable y economista en una importante empresa rusa y, si estáis leyendo este libro, es porque también me puedo considerar una escritora.

La idea de este libro se me ocurrió mientras me formaba para trabajar con niños con discapacidades, al darme cuenta de que la mayoría de los libros consultados se basan en investigaciones teóricas, y solo una ínfima parte de ellos se basa en la práctica.

En el mejor de los casos explican las experiencias de tratar a niños y a mayores con déficit auditivo (incluso así, es un porcentaje muy pequeño).

Prácticamente, no existe literatura que describa los sentimientos de un niño con problemas de audición; sus dudas, sus miedos, el proceso de desarrollo y su percepción del mundo. Nada que permita, como suele decirse, ver el cuadro general con la mirada de la persona que escucha los sonidos del mundo de una forma especial.

Existen normas estadísticas para niños con deficiencias en su desarrollo, pero estoy segura de que no son universales y no pueden aplicarse a todos. De hecho, es posible que estas mismas estadísticas sean una de las causas de las barreras que detienen el desarrollo de los infantes. Cada persona percibe el mundo a su manera. No hay personas ideales o “normales”. Conozco de cerca a algunas personas con sordera o alto grado de miopía (próximo a la ceguera), que, gracias a su voluntad, la fuerza de su carácter y con la ayuda de sus amigos y sus familiares, levantaron estas barreras que impedían su crecimiento y desarrollo.

Quiero dejar claro que mi mensaje es que cada persona con similares “defectos” puede desarrollarse, crear y aportar al mundo algo nuevo, hermoso y muy positivo.

Sí, es posible que las personas con pérdida auditiva no puedan volar al espacio, pero existen otras profesiones y especializaciones maravillosas, y no menos relevantes, que pueden ejercer. Todos y todas pueden construir la vida de sus sueños. ¡Realmente quiero que los que están cerca de esa persona, con esas dificultades especiales, entiendan que ese diagnóstico no es un defecto! No es un problema que necesita ser resuelto o peor aún, añadir sufrimiento en su día a día. Es solo una característica con la que puedes vivir una vida repleta de satisfacción y felicidad, es decir, una vida plena.

Puede que no pueda responder a todas las preguntas posibles en mi libro, pero realmente espero, al menos, aclarar algunas dudas. No tengo muchos años de experiencia como pedagoga terapéutica, pero tengo 40 años de experiencia de vida, como persona con pérdida auditiva, y esta consta de 24 horas, los 365 días del año. No encontrarás recomendaciones sobre audífonos o implantes cocleares en este libro, pero sí mis sentimientos, pensamientos y consejos, que libremente puedes usar a tu propia discreción.

Pido al lector que intente empatizar conmigo. Tal vez instando a una transformación interna, o el deseo de cambiar algo de tu entorno. También quiero que este libro sea fácil de leer sin importar la edad, la condición y otros estereotipos sociales. Lee, observa, y reflexiona. Con suerte aprenderás algo acerca de ti mismo o te darás cuenta de algo importante en el comportamiento de tu propio hijo.

El libro consta de cuatro partes:

•en la primera parte, hablo sobre mí y la historia de mi vida;

•en la segunda parte, hablo sobre las historias de los padres que tienen hijos con necesidades especiales, las etapas de aceptación del diagnóstico y los estereotipos del comportamiento;

•en la tercera parte, posiblemente encontraréis las respuestas a las preguntas surgidas anteriormente;

•en la cuarta parte, hablaremos de las personas mayores con pérdida de audición.

Empecemos, pues.

PRÓLOGO

–– Tatiana Limónova

La risa y los arrullos del lenguaje universal del bebé se convirtieron en “mamá”, la primera palabra con sentido que salió de mi boca. Para ser sincera, creo que nunca podré agradecer lo suficiente a mi madre todo lo que ha hecho por mí, tanto en mi desarrollo académico como en el general, y por eso mi capítulo en el libro está dedicado exclusivamente a ella. Es extraño que un sentimiento tan profundo como este pueda resumirse en tan solo tres palabras:

“Muchas gracias, mamá”.

Y quizá un sentimiento aún más fuerte como:

“Te amo”.

Pero esta conversación está reservada para más adelante.

Soy y siempre he sido una persona muy curiosa. Según mi madre, empecé a hablar a una edad muy temprana y lo hacía de forma coherente y utilizando frases completas. No es de extrañar, ya que, según mis conocimientos en lingüística, los niños tienen una capacidad innata para expresarse de forma gramaticalmente correcta en cuanto entran en contacto con su capacidad inconsciente de expresar y procesar el lenguaje. Aunque no hablaba perfectamente. A menudo, sustituía el sonido /xj/, como se denomina en el alfabeto fonético, por el sonido /f/. Lo que significaba que palabras como “хомяк” (homjak) - hámster en ruso se convertían en “фомяк” (fomjak). La razón de esto nunca estuvo clara, ya que no tenía ningún problema con otra pronunciación; mi madre sugiere a menudo que lo hacía por diversión y no era un problema de pronunciación. Supongo que los niños no dan mucho sentido a algo tan complejo como el lenguaje. No obstante, acabó desapareciendo cuando me hice mayor y “фомяк” se convirtió en un remoto recuerdo del pasado. Por tanto, es de suma importancia destacar la gradación atribuida al seguimiento global del desarrollo de un niño. Promedio, por debajo del promedio y por encima del promedio. Este sistema de clasificación no basta para describir la individualidad de cada niño, y mucho menos para centrarse en la causa y no en el efecto. Los niños son mucho más complejos de lo que creemos. El anhelo de encajar en la “norma” es a menudo peligroso y estresante para el niño. En Rusia es muy común que te examine un logopeda antes de entrar en la guardería. A pesar de mis “errores” anteriores, que me habrían obligado a asistir a sesiones con un profesional, mi informe decía que “mi desarrollo del habla superaba lo establecido por la norma”… Me pregunto qué habrían dicho si me hubieran pillado en la fase de mi “inexactitud” del habla inicial.

También debo mencionar que procedo de una familia de habla rusa; mis dos padres son rusoparlantes nativos que hicieron hincapié en la importancia de hablar ruso incluso cuando nos mudamos al otro lado del mundo, algo que agradezco enormemente, ya que me permite conectar con mis raíces y comunicarme con el resto de mi familia, que vive en Rusia en la actualidad. Cuando tenía 15 años, a mi madre le diagnosticaron pérdida de audición, lo que podría ser otro factor en mis primeros errores de pronunciación (nótese aquí la importancia de la causa y no del efecto). Por supuesto, no culpo en absoluto a mi madre de mis insignificantes errores de pronunciación de niña, no tenía nada que ver con eso. Lo que debería ser importante que tuvieran en cuenta los profesionales es que oír una pronunciación clara de los sonidos de una lengua es clave para el desarrollo general del habla del niño. Los niños aprenden de sus interlocutores, a los que imitan inicialmente. Durante esos años, el niño pasa más tiempo en la guardería y en la escuela que en casa. Por lo tanto, es crucial que los profesores tengan una dicción clara con los niños con el fin de ayudar a desarrollar su audición, y que esta abarque todas las unidades fonéticas de la lengua. Así lo han demostrado diversos estudios, pero no es eso en lo que pretendo centrarme en este capítulo. Tanto el oído como la mente del bebé están abiertos a todos los sonidos que existen en el AFI (Alfabeto Fonético Internacional) y solo cuando el niño empieza a fijarse en una lengua, puede perder la capacidad de imitar los sonidos de otra. Por ejemplo, a un adulto nativo inglés puede resultarle muy difícil reproducir el sonido de la r rodada /r/, ya que sus órganos no han sido ejercitados para ello.

A partir de ahí, mi pasión por la literatura es otro atributo que debo agradecer a mi madre. Pasábamos mucho tiempo leyendo literatura rusa clásica y poesía. Al principio, solo memorizaba la última palabra de cada estrofa. Poco después, recitaba poemas enteros delante de toda mi familia. De hecho, se convirtió en una forma muy popular de entretenimiento en la mesa para conmemorar ocasiones especiales. En la actualidad, me dedico a escribir poesía de forma ocasional en tres de las lenguas que conozco y en las que disfruto escribiendo, sin resentimientos al francés y al catalán. La parte que me interesa aquí es la capacidad del niño para memorizar y utilizar esa información, un niño de dos años aprende unas 200-300 palabras al día. Sin embargo, no quiero entrar en los tecnicismos de este proceso en este capítulo, pues eso requiere sin duda todo un libro. Lo interesante del asunto es que he oído en alguna parte que un cerebro, que a menudo se compara con un complejo sistema informático en ciencia, quizá porque no tenemos el lenguaje para explicar su función sin relacionarlo con algo que nosotros mismos hemos creado; tiene una capacidad de acumular información de 2,5 petabytes. Alrededor de un millón de gigabytes por petabyte, para mí es una cantidad inabarcable de espacio que no puedo relacionar con nada. ¿Cuánto de ese espacio está ocupado por la lengua o lenguas que conocemos?

Sobre el tema de la memoria, supongo que desarrollar esta habilidad desde una edad temprana permitió que me relacionara con un lenguaje complejo, así como con distintas lenguas. Cuando apenas tenía dos años, fui a mis primeras clases en grupo de inglés. No eran nada en serio, pero tampoco eran inútiles. Recuerdo ir al piso de una señora y jugar con otros niños mientras nos preguntaba cómo se llamarían distintos objetos en inglés. Irónicamente, aquella fue la primera vez que pensé que se me daba fatal hacer rimas, porque cuando me pidieron que rimara algo con mi nombre, Tatiana, no pude inventar nada que rimara ni sonara bien. Me sentí muy frustrada cuando mi profesora sugirió banana (plátano), lo que me hizo sentir bastante abochornada ante aquella situación. En aquel momento todo lo que se le ocurría a mi cerebro eran palabras en ruso, supongo que aún no había establecido ese vínculo con el inglés. A ver si ahora puedo generar algunas rimas para Tatiana, bandana, savannah, Ghana, Indiana… Vale, no está tan mal, el vínculo ya está ahí. Lo que es importante destacar aquí, es que ahora tenía dos palabras para describir objetos con los que estaba familiarizada. Curiosamente, memoricé los objetos que más me disgustaban o apasionaban a un ritmo mucho más rápido que cualquier otra cosa… Porridge (avena) era uno de ellos, pero te dejo a ti que decidas en qué categoría entra.

Otra actividad que desempeñó un papel clave en el desarrollo de mi memoria, además de la audición, fue la música. Empecé a tocar el piano a los seis años. Bueno, en realidad no a tocar, pues recuerdo que durante mis primeras clases no llegué a tocar ni una sola tecla. Entré en el aula cuadrada donde me senté frente al piano, con el ombligo dibujando una línea vertical en medio del instrumento negro. La profesora cerró el piano y me dio dos pelotas de ping-pong. Para mi decepción, pasamos las siguientes lecciones aprendiendo a sostener las manos sin tocar ni una sola melodía. Sujetaba las pelotas de ping-pong en la palma de la mano sin apretarlas ni demasiado fuerte ni demasiado poco, pues se me caían, y fingía que tocaba el piano cerrado hasta que la profesora consideró que ya estaba preparada. Estoy segura de que lloré al salir de aquella clase. Aunque no me rendí gracias a los ánimos de mi madre y volví a los pocos días. Tras unos meses tocando, diría que me volví bastante buena e incluso llegué a tocar en el recital de la escuela de música al año siguiente, siendo el miembro más joven al que se le permitió hacerlo. Dejé de tocar el piano durante la adolescencia, pero hace poco lo he retomado y estoy muy contenta de haberlo hecho.

Avancemos rápidamente hasta mis primeros años en la escuela. Tuve la gran suerte de tener una madre que creía en mí y me estimulaba a nivel académico, por lo que me salté el primer curso y pasé directamente al segundo. La habilidad que más me costó asimilar en la escuela fue la de hacer resúmenes. Ser capaz de sintetizar una historia compleja y centrarme en las ideas principales más que en los detalles más pequeños fue algo que tardé varios meses en comprender, como supongo que les ocurre a la mayoría de los niños. Recordaba muy bien que el personaje tenía el pelo rizado y llevaba un vestido azul, pero no comprendía que la mayor parte de esa información era irrelevante a la hora de hacer un resumen. En Rusia, ser capaz de resumir y volver a contar una historia desempeñó un papel importante a partir del segundo curso. Nunca olvidaré la vez en que a toda mi clase se le encomendó la lectura de un libro durante las vacaciones (Chipolino) y la mayoría de la clase solo había leído el primer capítulo y no siguieron más allá; yo también me encontraba entre esos alumnos, ya que ese libro no me resultaba especialmente cautivador. La profesora nos pidió a cada uno de nosotros que relatáramos y resumiéramos nuestro capítulo favorito… Como era de esperar, el capítulo favorito de la mayoría de los alumnos era el primero, y el mío también. Mi apellido, que empezaba por “L”, estaba en medio de la lista de alumnos, que se disponía por riguroso orden alfabético. Así que, cuando la profesora llegó a mí, tuve que ponerme muy creativa para explicar por qué el primer capítulo era mi favorito. Recuerdo que dije algo parecido a “El primer capítulo era sumamente atractivo y me obligó a leer el resto del libro”. Cabe decir que me salí con la mía. Más tarde encontré el libro en mi caja de juguetes cuando estaba limpiando algunas de las cosas que había acumulado a lo largo de los años.

Tras unos años asistiendo a una escuela en Rusia, la vida de mi familia y la mía dio un giro radical en 2010, cuando yo tenía solo nueve años, al trasladarnos a otro país: España, más concretamente Cataluña. No tener conocimientos previos del idioma era una dificultad que se presentaba en mi vida diaria. Aunque gracias a que desarrollé mi memoria desde una edad temprana, me vi memorizando vocabulario muy rápidamente y estableciendo más vínculos entre los objetos y sus diferentes nombres. Quizá la anécdota más interesante a destacar de mi periplo educativo en Girona fue la forma en que me enfrentaba a los exámenes semanales que se convocaban en mi clase. Carecía del nivel lingüístico necesario para captar los conceptos de los que nos examinaban, a pesar de que la religión, la filosofía o las matemáticas se impartían en catalán. Sin embargo, eso no me impidió obtener siempre algunas de las notas más altas de la clase. Recuerdo que memorizaba textos enteros de los que nuestro profesor nos indicaba que nos examinaríamos y asociaba las palabras de las preguntas con las palabras de los textos que había memorizado. Sin duda era difícil, pero siempre quise hacerlo bien. Tal vez porque no me sentía incluida por ser inmigrante, razón por la cual siempre sentí que tenía que esforzarme el doble por no haber nacido allí, para demostrar que pertenecía a aquel país. Supongo que esto también es una gran prueba de la total desventaja de los exámenes a la hora de demostrar los conocimientos de alguien, porque si alguien me preguntara ahora mismo sobre cualquiera de los temas que estudié durante ese tiempo, no podría recordar nada. Aunque esto desarrolló una relación muy negativa entre yo misma y los repasos, que a partir de entonces evité en la medida de lo posible.

Tras unos meses viviendo en Cataluña, mi familia y yo nos trasladamos a Andorra, un país muy interesante, ya que hay tres lenguas con las que los alumnos se relacionan durante su educación primaria y secundaria: El catalán, lengua oficial, pero también el español y el francés. Aquí es donde empecé a aprender francés y me di cuenta realmente de que hablaba catalán con fluidez, puesto que por fin podía comprender lo que me decían mis compañeros, así como cotillear con mis recién descubiertas amigas durante el recreo. El epítome del uso de un idioma, ¿verdad? El sistema educativo de esta escuela pública difería mucho de mi experiencia anterior. Aquí algunos temas de una asignatura, como ciencias o geografía, por ejemplo, se enseñaban en catalán y otros en francés. Recuerdo que aprendí sobre la formación de las nubes en catalán y sobre el aparato reproductor en francés. Ciertamente, un enfoque interesante, pero aquellos fueron los años en los que me sentí más segura hablando en cualquiera de los dos. El español, por otra parte, se relega hasta que los alumnos se incorporan a la enseñanza secundaria, por lo que no lo aprendí mucho en este centro educativo. De mi paso por esta escuela, puedo decir que fue probablemente mi periodo académico favorito.

El francés me resultó complicado desde el principio. Todos los alumnos de mi clase ya llevaban años aprendiendo la lengua y algunos incluso la hablaban en casa. Pero, de algún modo, conseguí absorberlo todo como una esponja mientras me lo iban enseñando. En mi último año en la escuela primaria, participé en un recital de poesía francesa y gané el segundo premio de toda Andorra. Se trata de un puesto bastante prestigioso, ya que la mayoría de los ganadores procedían del sistema educativo francés de Andorra, donde todo se enseña precisamente en francés. Eso habría sido tres o cuatro años después de que yo empezara a aprender el idioma.

Mis padres pensaron que lo mejor para mí sería ir a un colegio más “internacional” para completar mi educación secundaria. Lo que significaba otro cambio drástico de sistema. Escribo internacional entre comillas porque muchos centros educativos se perciben a sí mismos como mejores al llevar este término en su nombre, pero yo no creo en una jerarquía dentro del sistema educativo, porque la mayoría de las veces no es así. En esta escuela, también situada en Andorra, la lengua principal era el español, pero muchas de las asignaturas, como geografía o ciencias, se impartían ahora en inglés. Para ser totalmente sincera, en ese momento estaba completamente perdida en cuanto a la asimilación de ideas y lo pasé muy mal en esta escuela. También influyeron mucho las constantes transiciones, que no me permitían seguir siendo amiga de quienes había conocido, por lo que me sentía muy desanimada al respecto. Por supuesto, seguía siendo una estudiante muy trabajadora que sacaba buenas notas, pero no tenía motivación para hacer muchas cosas en las que una persona de mi edad estaría interesada. También era la época en que empezaba la pubertad, así que hay que sumar las hormonas al cóctel que se estaba gestando en mi cabeza. Me era muy difícil memorizar conceptos sencillos, como fechas o acontecimientos importantes, y desde luego no comprendía el papel de las mitocondrias en las células de los animales. Los vínculos que se habían ido formando dentro de mi cabeza no me permitían interactuar plenamente con conceptos tan abstractos e inalcanzables, pero no me rendí y conseguí pasar los siguientes años en esta escuela siendo una de las mejores estudiantes.

Estas situaciones pueden hacerme parecer un ser humano extremadamente aislado y solitario, pero no es así en absoluto. Casi todos los veranos, mis padres me mimaban dándome la oportunidad de ir a campamentos de verano internacionales para aprender inglés, en los que participaban muchos estudiantes de todo el mundo. Me lo pasaba en grande durante esas semanas. Aparte de las clases de inglés, salíamos y hacíamos diferentes actividades, como carreras de karts o paintball, íbamos al cine o jugábamos a capturar la bandera. Nunca en mi vida había vuelto a experimentar unos lazos afectivos tan intensos. Realmente conocí a personas que me comprendían y estaban en la misma situación que yo, a pesar de las posibles diferencias de procedencia. Ansiábamos aprender sobre las culturas de los demás y conocer a gente de todo el mundo. Fue estupendo ver cómo todos nos reuníamos e intentábamos comunicarnos de la forma en que realmente deberíamos hacerlo los Homo Sapiens, mediante gestos, entonación y un verdadero deseo de escucharnos y de conectar. De hecho, sigo en contacto con algunos de los amigos que hice allí hasta hoy en día, y es muy alentador saber que hay lugares en el mundo a los que puedo viajar, para encontrarme con un amigo de la infancia que me enseñe todo lo que hay.

A los 15 años se presentó ante mí la oportunidad de estudiar en Inglaterra. En ese momento sufría un intenso bullying en el colegio en el que estaba, así que aproveché la oportunidad, sobre todo porque también significaba que me perdería muchas clases con los compañeros de clase con los que no quería pasar tiempo en absoluto. Ahora que la barrera lingüística entre ellos y yo ya no era un problema, estaba claro que seguía sin pertenecer a ningún sitio. A la mayoría de mis compañeros no les interesaba estudiar y eran muy conflictivos, lo que no encajaba bien con mis dificultades de aprendizaje en ese momento ni con mi afán por aprender. Teniendo todo esto en cuenta, ¿quién diría que no a la posibilidad de ir a estudiar a otro lugar a los 15 años, especialmente al Reino Unido, considerado uno de los sistemas educativos más prestigiosos del mundo? Me presentaron cinco opciones de internado privado, ya que mi familia no pensaba trasladarse al Reino Unido en aquel momento. Todo sucedió muy deprisa, a las pocas semanas hice los exámenes de ingreso, que debo admitir que me resultaron extremadamente difíciles, por el hecho de que mi nivel de inglés distaba mucho de ser el ideal, a pesar de que estudiaba en un colegio “internacional”. Combinado con mi conocimiento, o falta de él, sobre los conceptos abstractos que he mencionado anteriormente. Por suerte, aprobé todos los exámenes y me invitaron a visitar todas las escuelas con mi familia.

Llegué al Reino Unido por primera vez en mi vida y me alojé en Londres con mi familia. Pasaban muchas cosas en la bulliciosa ciudad, lo que reflejaba perfectamente lo que pasaba por mi cabeza. Tantos ruidos, olores y rostros nuevos. Todo era muy distinto a lo que estaba acostumbrada. Los días siguientes me parecieron de película, pues mis padres y yo íbamos cada día a visitar un colegio distinto en un carruaje negro que en realidad era una furgoneta. Me enamoré al instante de las escuelas que visitaba. Las bibliotecas, las instalaciones, ¡las comidas escolares! Todo era realmente asombroso. Detesto mencionar este tópico, pero muchas cosas me recordaban a una popular serie de libros sobre una escuela de magos. Pero el tiempo corría y tenía que elegir deprisa, así que, sin la influencia de mis padres, me decidí por la escuela que creía que mejor se adaptaría a mí. El próximo curso estudiaría en una escuela de Inglaterra.

El curso académico siguiente llegó rápido, y tuve que mudarme a mi nuevo internado en un abrir y cerrar de ojos. Estaba muy ansiosa y nerviosa, y los primeros meses fueron muy difíciles, ya que apenas entendía lo que decía la gente, al no haber estado expuesta a la jerga británica en ningún momento previo. Cabe suponer que apenas hice amistades aquel año y sentía mucha nostalgia. Mi familia acabó mudándose ese mismo año y, aunque vivían a diez minutos de la escuela, esta se empeñó en no dejarme volver a casa porque quería que mis padres siguieran pagando la matrícula del internado. Por otra parte, yo era muy consciente de que se trataba de una gran oportunidad para mí, y no quería decepcionar a mi familia en lo más mínimo. Era el primer año, en el que los alumnos empezaban a estudiar para los GCSE, pero para mí era mucho más que eso.

Apenas tenía conocimientos de las ciencias como materias independientes (Biología, Física y Química). Además, Geografía, Diseño y Tecnología, Lengua Inglesa y Literatura Inglesa eran todas asignaturas nuevas para mí, al igual que los conocimientos previos que ya tenían otros alumnos. Aquel año trabajé muy duramente, intentando ponerme al nivel del resto de mis compañeras. Puse mi memoria en acción una vez más, a pesar de que me daba pavor. Supongo que fue más difícil para mí y para otros estudiantes bilingües en comparación con mis compañeros nativos, porque ellos estaban familiarizados con todos los términos que se utilizaban en las asignaturas, mientras que los estudiantes internacionales no. No hubo ayuda por parte del centro para ofrecer apoyo adicional a los alumnos que no suspendían, pero que también tenían dificultades para comprender ciertos temas. A pesar de todos los obstáculos, acabé recibiendo un premio académico en el trimestre de primavera de ese año (algo que solo se concedía a cinco estudiantes de mi edad, habiendo un total de quinientos alumnos entre los que elegir, por lo que era algo bastante importante). En retrospectiva, probablemente me presioné demasiado. Las únicas asignaturas que me parecieron fáciles aquel año fueron español y francés, para las que, afortunadamente, me había estado preparando desde los diez años, así que al menos tenía cierta ventaja, lo que más tarde me permitió presentarme antes al GCSE y al A-Level de español, que aprobé con nota, obteniendo una A* en el A-Level, todo un logro para mí. Aunque los GCSE no son tan relevantes en el gran panorama escolar, me esforcé mucho y no obtuve nada por debajo de un notable.

Probablemente, podría haber hecho lo mismo con el francés, pero la forma en que se enseñan los idiomas en el sistema educativo del Reino Unido no es muy buena, así que perdí gran parte de mi capacidad lingüística porque los profesores me obligaban a traducir, a pesar de que en mi cerebro no existía la conexión de que “chat” es “gato” en inglés… Sabía que “chat” era un animal felino domesticado cuando hablaba en francés, ¿por qué necesito saber qué es “chat” en inglés? Hablo francés desde que tenía unos 11-12 años y siempre he sido consciente de que traducir es una habilidad completamente diferente a hablar un idioma, sobre todo a nivel multilingüe. Por eso, que los profesionales intentaran inmiscuirse en el sistema que he ido construyendo en mi cerebro durante años, me resultó extremadamente desalentador. Puedo hablar francés, aunque no pueda traducir “parfois” al inglés, puedo utilizarlo en una frase perfectamente, lo que significa muchos menos anglicismos y un uso más adecuado del lenguaje que alguien que traduce del inglés al francés. Pero el sistema educativo dista mucho de ser capaz de comprender y adaptarse a las individualidades de cada alumno, así que no culpo a mis profesores de ello.

Mis años de estudio en el Reino Unido fueron sumamente difíciles. Estaba en esa edad en la que lo único que quería era encajar y hacía cualquier cosa para sentirme mínimamente aceptada. Reconozco que me desvié del camino, y ahora que lo recuerdo, me imagino lo difícil que debió de ser para mi familia, y no creo que pueda compensarles nunca. No obstante, me volví a centrar en mis últimos años en la escuela, durante el bachillerato, donde estudiaba francés, arte y biología. Una mezcla interesante, ya que antes de darme cuenta de cómo se enseñaban las ciencias en mi colegio, quería dedicarme a la medicina. Mi decisión cambió rápidamente, en cuanto empecé a estudiar la asignatura de Química, que abandoné al darme cuenta de que se estaba volviendo demasiado compleja y de que era un lenguaje que nunca entendería. Aunque quería cambiar Biología por Italiano para principiantes en el bachillerato, mi escuela no me lo permitió a los tres meses de empezar el curso, a pesar de mi pésimo dominio de la biología en ese momento y porque pensaban que no me pondría al día con el trabajo que habían estado haciendo en italiano; una vez más, me sentí muy desanimada. A pesar de todo, terminé el bachillerato con un sobresaliente en francés, un aprobado en arte y un aprobado raspado en biología, lo cual no deja de ser un aprobado, así que no me martirizo por ello. Curiosamente, ahora me interesan mucho la biología y la química, sobre todo la micología, así que resulta que siempre entendí el lenguaje, solo que no estaba presentado de una forma que me resultara atrayente, al igual que mi relato anterior sobre “Chipolino”.