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Las hermanas McIvor iban a encontrar mucho más de lo que jamás habían esperado... Darcy se quedó de piedra al enterarse de la última voluntad de su padre. Bien era cierto que había heredado la mitad de sus propiedades, pero la otra mitad era para su hermana Courtney, ausente desde hacía mucho tiempo. Y eso no era todo: su padre le había dado control absoluto de las tierras a Curt Berenger, un hombre al que él odiaba, pero con el que Darcy había estado a punto de casarse. Por desgracia para Darcy, la cazafortunas de su hermana parecía tener la mirada puesta en Curt. En su Curt. El mismo a quien, si quería albergar la esperanza de recuperar, tendría que contar el verdadero motivo por el que lo había dejado hacía tantos años...
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Seitenzahl: 201
Veröffentlichungsjahr: 2021
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Margaret Way Pty., Ltd.
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Segundo compromiso n.º 3 - abril 2021
Título original: The Outback Engagement
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2006
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1375-612-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
DARCY avanzó lentamente sobre la alfombra persa hacia la enorme cama con dosel. Era una pieza gigantesca, de columnas talladas y con capacidad para doce personas, pero su padre la adoraba porque había pertenecido a un antepasado escocés McIvor. Su padre tenía los ojos cerrados y la severa enfermedad que sufría había dotado a su tez de un desagradable tono grisáceo. Las poderosas manos que en el pasado eran capaces de dominar las más grandes reses o manejar cualquier maquinaria de la explotación, descansaban sobre la manta como dos garras inertes.
Durante toda su vida Jock McIvor había disfrutado de una salud de hierro, pero en aquel instante no era más que un espectro de sí mismo. De la noche a la mañana, la piel se le había pegado a la estructura ósea. Su enfermera, Wilma Ainsworth, una gran profesional con aspecto de institutriz y una actitud más práctica que maternal, acababa de marcharse tras ponerle una inyección para mitigar su padecimiento.
El gran Jock McIvor había desconcertado a todos al no recuperarse de un infarto. Estaba muriéndose. Darcy se inclinó sobre él conteniendo la respiración por temor a despertarlo. A continuación, fue hasta la veranda que recorría la fachada de la casa. Como cualquier persona en medio de una crisis, ansiaba poder dar marcha atrás al reloj, obligar a su padre a hacerse chequeos regularmente. Pero Jock no la habría escuchado. Era demasiado autosuficiente.
Darcy contempló los terrenos de la propiedad, que se extendían hacia el horizonte con sus magníficas palmeras y sus variadas plantas del desierto que un conductor de camellos amigo de su tatarabuelo, Campbell McIvor, había plantado hacía más de un siglo. Por la tarde, en medio el calor que abrasaba la tierra, miles de papagayos multicolores descendían a beber agua a la laguna que había en el extremo de la propiedad. Eran la única señal de vida en aquellos días. Desde que su padre yacía en la cama, Darcy había desatendido la propiedad. Finalmente, había tenido que contratar los servicios de una enfermera.
Curt había volado desde Sunrise para convencerla. Curt Berenger era otro hombre de carácter. Sobre todo desde que, al morir su padre en un accidente de helicóptero, había tomado las riendas de Sunrise Downs y de toda la cadena Berenger. Aunque Darcy insistía en que no se entrometiera en sus asuntos, Curt seguía la tradición familiar de cuidar a sus amigos y vecinos en tiempos de necesidad. Y eso que no tenía especial aprecio a Jock McIvor. Mantenían una relación tensa, con Darcy de por medio. Curt consideraba a Jock un tirano con excesivo poder sobre ella. Y Darcy, aunque no lo reconociera, sabía que tenía razón.
Jock McIvor iba a morirse y ella volvería a sentirse abandonada. La primera vez había resultado casi insoportable. Perder a una madre y a una hermana a un tiempo era difícil de superar. Todavía veía en sueños sus rostros llorosos. Amaba a Courtney con todo su corazón y había asumido que sería su mejor amiga para el resto de su vida. Tal y como su madre le había prometido, le había dado una hermanita. Pero al final el sueño se hizo añicos. La inocencia de la infancia había sido sustituida por la tristeza y el abandono. ¿Cómo había trascurrido su adolescencia ante la ausencia de su madre? Convirtiéndose en lo que su padre quiso. Había vivido de las parcas muestras de afecto que él le proporcionaba, como una flor sobrevivía en el desierto gracias a las ocasionales lluvias.
La ansiedad estaba dándole un dolor de cabeza crónico. A pesar de que era una mujer fuerte, las noches en vela la habían dejado exhausta. La enfermera Ainsworth insistía en que se retirara, pero Darcy no podía. Después de todo, se trataba de su padre. Era todo lo que tenía. Estaba segura de que sólo ella intuiría el instante en que exhalaría su último suspiro.
¿Qué sucedería entonces? Trataba de apartar de su mente cualquier sentimiento de libertad como si se tratara de una traición. Su padre había conseguido mantenerla atada a él. Había sido su objetivo desde el momento en que su matrimonio se rompió. Y Darcy en parte lo comprendía. Había sufrido una gran pérdida y se había sentido públicamente humillado. Pronto moriría. Y el aire estaba cargado de intensas emociones.
Ella no podía llevar Murraree sola. Era una propiedad demasiado extensa. Su padre había sido el rey del castillo. El jefe. Jock McIvor tomaba todas las decisiones. Aunque la había convertido en una mujer muy eficiente, básicamente se limitaba a cumplir sus órdenes. ¿Qué pasaría cuando muriera? Darcy sabía que los hombres la respetaban y confiaban en ella. Pero también sabía que no era un hombre fuerte y tosco en un territorio inhóspito que exigía hombres así.
–No puedes dejar de ser una mujer –le había dicho Curt en una ocasión con una mirada de tristeza–. ¿No te das cuenta de que haces todo por agradar a tu padre? Es hora de que decidas ser la mujer que hay en ti.
Curt la obligaba a enfrentarse a sí misma. Por eso mismo no dejaban de discutir. Para ella, pelear era un escudo contra los sentimientos. Una manera de protegerse del dolor que le causaba un sueño que nunca había llegado a convertirse en realidad. A veces no sabía si amaba a Curt o lo odiaba. La hacía sentirse enfada, triste, excitada, furiosa, arrastrándola por un torbellinos de emociones contradictorias. A menudo disimulaba su turbación enfrentándose a él. Era la única forma de mantener el control. Y controlar las situaciones era un factor esencial en su vida.
En aquel momento le tocaba ser testigo de la muerte de su padre. Y a veces creía que se trataba de una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento. El infarto de Jock McIvor a los cincuenta y seis años no sólo la había afectado a ella, sino que había supuesto un terremoto en toda la comarca. Después de todo, se trataba de una leyenda viva. Ganadero millonario, donjuán, gran deportista, heredero de una de las explotaciones más afamadas del país, su padre era un personaje famoso, también conocido por algunos como un despiadado bastardo.
Parecía increíble que tan sólo seis meses atrás estuviera tan atractivo como siempre, alto, con sus increíbles ojos azules y una melena cobriza que poco a poco se iba tornado cana. Darcy recordaba innumerables ocasiones en las que, alrededor de un fuego, había mantenido a sus invitados pendientes de cada una de sus palabras, mientras contaba alguna apasionante anécdota. Era un bebedor y un vividor. Un gran hombre con un desmesurado apetito por la vida. Y ello le había costado más de un disgusto, como cuando habían salido a la luz unas fotografías de él con la mujer de otro terrateniente en una actitud excesivamente afectuosa. El marido humillado había amenazado con matarlo, pero Jock se había limitado a soltar una carcajada al ver que su hija se sentía triste y avergonzada.
Sí. Jock McIvor era un personaje de leyenda. Y Darcy había creído que era invencible.
–¡Ningún hombre lo es! –solía decir Curt.
Todo el mundo sabía que entre Darcy y Curt había un sentimiento intenso que los dos fingían no tener. Y asumían que Jock McIvor era la única causa de que no estuvieran juntos. Nadie ignoraba que era un hombre al que no le gustaba compartir.
Un leve ruido procedente del dormitorio sacó a Darcy de su ensimismamiento. Su padre se había movido y mascullaba algo.
–¡Papá!
Cuando llegó junto a él, su padre abrió los ojos con dificultad.
–Darcy –frunció el ceño–. ¿Qué haces aquí?
El tono con el que hizo la pregunta la desconcertó.
–¿Dónde quieres que esté? –acarició su mano con ternura al tiempo que reprimía el llanto. Su padre odiaba tanto verla llorar que a veces Darcy pensaba que había perdido la capacidad de hacerlo. La había educado para ser fuerte y valerosa, y ella había ido anulando su parte más sensible y femenina para intentar convertirse en el heredero que Jock no había logrado tener a pesar de todos sus devaneos.
–Estoy acabado, pequeña –dijo, más enfadado que resignado.
Darcy no fue capaz de negarlo.
–Papá, te quiero mucho.
–Ya lo sé. Siempre has sido leal –clavó sus ojos en un retrato que había en la pared de enfrente. Había sido pintado poco antes de que la familia se rompiera. Mostraba a dos niñas vestidas de amazonas junto a una mujer rubia extremadamente hermosa, sentada en una butaca granate.
Jock había decidido qué debían ponerse. A Marian McIvor no le interesaban los caballos. Courtney, una adorable miniatura de su madre, la rodeaba por la cintura, mientras Darcy se sentaba en el brazo de la butaca, con su cabello largo y moreno cayéndole sobre uno de los hombros y sus intensos ojos de color aguamarina mirando con solemnidad de frente.
Darcy siempre se había sentido fuera de lugar por su falta de parecido con su madre. Por las fotografías, sabía que recordaba a su abuela materna. De hecho, hasta llevaba su nombre de soltera: D’Arcy.
–Siempre fuiste la más seria –musitó su padre con una mueca de dolor–. Mírate. Al lado de tu madre y tu hermana pareces poca cosa. Pero siempre has sido la más lista y la más buena. Sólo en ti he podido confiar.
Su padre hablaba a menudo sin ningún tacto. Aunque no era vanidosa, Darcy sabía que no era «poca cosa», pero él nunca había querido aceptar que pudiera resultar atractiva o femenina. Quizá Curt tuviera razón y Jock temiera lo que podía suceder si descubría su verdadera fuerza como mujer.
–¿Por qué has conservado el retrato en tu dormitorio? –preguntó Darcy. Su padre siempre decía que despreciaba a su madre por haberlo abandonado y, sin embargo, era lo primero que veía al despertarse y lo último antes de dormir.
–Para recordar lo que me hizo –dijo él, con una cínica sonrisa–. No debió haberme abandonado. Lo hizo por crueldad.
–No te esforzaste por conseguir que volviera, papá. Las dejaste marchar.
–El deber de tu madre era volver a mí –las manos de Jock se tensaron sobre la sábana–. Ninguna mujer puede reírse de Jock McIvor. Una esposa debe seguir a su marido.
–¿Por qué no quiso llevarme con ella?
–Quería a Courtney porque se parecía más a ella. Tú eras el patito feo. Tu madre y tu hermana nos traicionaron. ¡Y encima se volvió a casar! ¿Sabes que quiso que fueras a su boda?
Darcy lo contempló atónita.
–¡Nunca me lo habías dicho! –de pronto pensó que quizá su padre hubiera callado muchas cosas.
Él le dirigió una mirada de irritación.
–Hay muchas cosas que no te he dicho. Los dos teníamos que olvidar a tu madre. Era el enemigo. Si embargo, Courtney sigue siendo mi niña. Y ahora que voy a morir debo enfrentarme a muchas cosas. Aunque te hayas quedado conmigo, no voy a dejarte Murraree. Una mujer no podría dirigir la propiedad sola.
Darcy respiró hondo.
–¿Qué quieres decir? Murraree es mi hogar. Sé que siempre has echado en falta tener un hijo pero, ¿no te he demostrado cuánto quiero esta tierra? He trabajado duro, nunca me he quejado. Si necesito ayuda, siempre hay capataces.
–¡Capataces! –gruñó Jock McIvor–. En cuanto yo me vaya, los hombres intentarán aprovecharse de ti. Te asediarán como buitres, pero no por ti, sino por la propiedad.
Darcy contempló a su padre horrorizada.
–Papá, soy capaz de gobernar mi vida. En todos estos años he tenido muchas proposiciones de matrimonio y me las han hecho por mí, no por Murraree. Todos creíamos que vivirías para siempre.
–¿A que Berenger nunca te ha pedido en matrimonio? –dijo él, con deliberada crueldad.
–Curt y yo no haríamos una buena pareja –dijo Darcy, dominando la ira que llevaba años controlando. Si lo había conseguido hasta entonces, no podía dejarse llevar cuando su padre estaba a punto de morir.
–¡No digas tonterías! –continuó él con amargura–. Estás enamorada de él desde que eras niña. Cualquier otra lo habría arrastrado a su lecho, pero yo sabía que tú te resistirías.
–Dejemos el tema, papá –Darcy aún guardaba algunas parcelas de privacidad. Decidió aplacarlo con lo que más le gustaba oír–. Además, sabes que yo te entregué mi corazón. Eres todo lo que tengo –añadió con una sonrisa con la que ocultó el dolor de darse cuenta que él nunca la había correspondido en la misma medida.
–Así es –dijo él, convencido de que se merecía eso y más–. Y yo, tan viril y con todas las mujeres que he tenido, no he engendrado un hijo. ¡Sólo hijas! Quiero que hagas venir a Berenger.
Darcy sacudió la cabeza sorprendida.
–¿Quieres a Curt?
Teniendo en cuenta el papel que su padre había jugado en su separación, aquélla era una verdadera sorpresa.
–Ya sé que hemos discutido a menudo, pero sé que los Berenger son honrados. Quiero hablar con él. Apenas ha cumplido treinta años y ya se ha forjado toda una reputación como terrateniente.
–¿Qué quieres hablar con Curt que no puedas hablar conmigo?
–Asuntos importantes –dijo McIvor con ojos centelleantes–. Sé que tienes una buena cabeza, pero quiero a un hombre.
Darcy lo miró con tristeza.
–¿Me quieres, papá? –rezó para oírselo decir al menos una vez–. Has solido decirme que te sentías orgulloso de mí, pero nunca has mencionado que me quisieras.
Sorprendentemente, una lágrima rodó por la mejilla de McIvor.
–Lo siento, pequeña, pero a veces creo que nunca he sabido lo que es el verdadero amor. Quizá sólo haya amado a mi madre. También amé apasionadamente a tu madre durante un tiempo. Pero creo que amar no forma parte de mi naturaleza. Sólo puedo decir que eres una gran mujer y que tus intereses están a salvo.
–¿Vas a cambiar el testamento? –Darcy no salía de su desconcierto.
–Digamos que voy a ponerlo al día. Ahora que voy a morir siento la necesidad de corregir algunos errores.
–¿Quieres incluir a Courtney? Lo comprendo –Courtney, quien había huido con su madre, dejándola sola. ¿Realmente se merecía ser compensada? Darcy comenzaba a pensar que toda su vida había sido un error.
–Eres demasiado comprensiva para tu propio bien –su padre tosió–. Pero eres valiente. Haz venir a Berenger. Sé que hará lo que tú le pidas.
Tras una noche agitada, Darcy fue a la pista de aterrizaje a recoger a Curt. Sabía que era un hombre ocupado y que le estaba haciendo un favor.
Ante ella y hacia los laterales había una vasta extensión de tierra que se perdía en el horizonte. Una tierra abrasada por un sol que, de no llevar gafas, le quemaría los ojos. Un cielo inmenso y arena. ¿Cómo no iba a amar aquella tierra? Cuando tenía lugar una sequía severa, se parecía a Marte. Pero tras la estación de lluvias, se transformaba en el jardín del Edén.
Alzó la vista y vio una avioneta. Era el Beech Baron de Curt. Tan puntual como siempre.
Unos minutos más tarde aterrizaba tras una perfecta maniobra y conducía la avioneta hasta el hangar. Al desembarcar, recorrió la distancia que lo separaba de Darcy a grandes zancadas.
Curt Berenger era todo un hombre. Darcy lo contempló con admiración y con la mezcla de nerviosismo e inquietud que siempre la invadía cuando iban a encontrarse. Como de costumbre, se puso en guardia.
–¡Hola! –la saludó él con una espléndida sonrisa.
–¡Hola! –respondió ella con expresión burlona.
De cerca era aún más espectacular. Era fuerte y poderoso. Y las mujeres caían rendidas a sus pies. Tenía unos rasgos clásicos que le hacían parecer un dios de la antigüedad, y unos labios firmes y carnosos. Sus cristalinos ojos verdes contrastaban con su tez morena. Se miraron prolongadamente.
Darcy fue la primera en apartar la mirada con un gesto que parecía decir: «Yo no, Curt. Nunca más».
–Muchas gracias por venir –dijo en voz alta.
Caminaron juntos hacia el jeep. Curt se ajustó el sombrero de ala ancha.
–Dado que tu padre y yo nunca nos hemos llevado bien, y tú sabes por qué, no comprendo a qué viene esto.
–Lo sé. Pero a pesar de todo confía en ti.
–¿De verdad? –preguntó Curt con sarcasmo.
–Es algo relacionado con un nuevo testamento.
–¿Cómo? –preguntó Curt, atónito. Y añadió tras una pausa–: Es increíble, Darcy. Hasta en un momento como éste juega con tus sentimientos. ¿Y por qué querrá hablar conmigo?
Se sentó tras el volante.
–La gente ve las cosas de una manera distinta cuando van a morir –Darcy ocupó el asiento del acompañante–. Al margen de lo que pasó entre nosotros, te respeta por ser un Berenger.
–¿Tú crees? –dijo Curt, escéptico–. ¿Va a incluir a Courtney en el testamento? –arrancó el coche y tomó la carretera que llevaba a la casa.
–Es su hija –dijo Darcy enfáticamente.
–Pero ella no parece que lo sepa. Me pregunto que está tramando tu padre. Sabes que es despiadado e implacable.
La gente consideraba a Darcy una santa por aguantar a su padre.
–No sé qué planes tiene –Darcy frunció los labios en actitud pensativa–. En cuanto a Courtney, puede que tema no ser bien recibida. Es lo mismo que siento yo. Es obvio que mi madre no ha querido tener ningún contacto conmigo –no quiso mencionar la noticia de que había sido invitada a su segunda boda para no enfadarlo aún más. Quizá hubiera otros secretos que desconocía. Después de todo, ella también tenía los suyos.
–Puede que haya necesitado cortar toda relación para superar su dolor –dijo Curt–. Tu madre necesitaba ser amada y admirada, como todo el mundo. Lo que nunca he comprendido es por qué tu padre no le otorgó la custodia de las dos. Sólo un padre tan cruel como él separaría a dos hermanas.
–Pareces olvidar que mi madre no me quería.
–Eso es lo que te ha dicho tu padre. Desde el primer día ha culpado a tu madre, pero sabes que la mía dice que te adoraba.
–Pues lo demostró de una manera muy extraña –dijo Darcy, crispada–. Kath sólo pretende consolarme.
–No es verdad. Es cierto que mamá te tiene mucho cariño, pero sostiene que tu padre chantajeó a tu madre para que no se quedara con vosotras dos. Sabes que era una mujer buena y cariñosa. Debió de ser espantoso para ella. Aunque no le gustaba la vida en el campo, intentó acostumbrarse. Tu padre era un hombre dominante y la hizo sufrir.
–¿Te refieres a sus infidelidades? –Darcy miró por la ventanilla. Nunca había soportado a las novias de su padre, por más amables que intentaran ser con ella.
–Eso debió de erosionar su autoestima.
–Quizá él necesitara algo que ella no podía darle –Darcy suspiró–. El sexo era muy importante para papá. No podía vivir sin él.
–Al contrario que tú –dijo Curt, cortante.
–Mientras que tú jamás podrías llevar una vida célibe –replicó ella.
–¿De qué estás hablando? No sé qué idea tienes de mí, pero está claro que estás equivocada. ¿Por qué crees que soy como tu padre?
Darcy se clavó las uñas en la palma de la mano.
–Estoy segura de que cuando vas a la ciudad buscas compañía –tenía pruebas. Pero nunca las había enseñado.
–¿Lo dices porque alguna vez sacan fotografías en la prensa?
Ella pensaba en otro tipo de fotografías.
–Dejemos el tema. Basta con decir que eres muy macho.
–Darcy, de verdad que no sé de qué estás hablando –protestó Curt–. Es verdad que, dada nuestra forma de vida, el hombre es quien manda, si es a eso a lo que te refieres con «macho». Respecto a tu padre y el sexo, creo que no era más que otro de sus apetitos. Igual que la bebida. Dudo que haya habido alguien importante en su vida o que haya amado verdaderamente a alguien. Sé que éste es un tema constante de discusión entre nosotros, pero estás tan acostumbrada a defenderlo que has perdido la objetividad.
Darcy habría querido decirle que se equivocaba, pero Curt tenía razón.
–Me ha dicho que quiso a su madre –dijo, tras una pausa.
–Me alegro –dijo Curt, sonriendo con sarcasmo–. No digo que no te aprecie. Eres su posesión más valiosa. Y, por más que me enfurezca, comprendo tu lealtad hacia él. Toda niña necesita una madre, y tú no la has tenido.
–¿Para crecer adecuadamente?
–Claro. Por más que tu padre te amara, nunca podría haberla sustituido. Darcy, te ha tratado como a un chico, como al hijo que nunca ha tenido. Tú se lo has dado todo. ¿A cambio de qué? Ahora resulta que quiere cambiar el testamento. ¿Pensará poner en riesgo tu seguridad? No creo. Supongo que, si te eligió a ti, es porque le recuerdas a su madre, así que debe de sentir un lazo de unión casi místico contigo.
–Vete al infierno –masculló Darcy, consciente de que Curt estaba siendo sarcástico.
–Intento vivir de manera que pueda evitarlo –replicó él–. Tu padre no te dejó marchar porque ya con doce años eras valiente, fuerte, competente y leal. Amabas esta tierra, mientras que tu madre y tu hermana no. A tu lado, Courtney era un bebé. La aterrorizaban los caballos. Tu padre se encargó de ello, azuzándola y hostigándola en lugar de ayudarla a perder el miedo. Se comportaba como un matón.
–¿Un matón? –Darcy sonrió con tristeza–. Te aseguro que ya no lo es.
Curt la miró de reojo. Su pequeña y recta nariz, la barbilla firme, el cuello de cisne… Su magnífico cabello oscuro caía a su espalda en una trenza, enmarcando su saludable piel aceitunada. Era una mujer muy hermosa, y completamente ignorante de serlo.
–Lo siento, Darcy –dijo. Y no mentía, pero a menudo tenía ganas de sacudirla y hacerla reaccionar–. Sé lo importante que tu padre es para ti. Pero sigo sin comprender qué puede querer de mí. Resulta particularmente extraño, teniendo en cuenta el empeño que ha puesto en separarnos. No quiero que pida mi consejo para hacer testamento. Para eso paga a un equipo de abogados, Maxwell y Maynard. Adam Maynard es un hombre íntegro con un excelente conocimiento de las leyes. ¿Ha hablado tu padre con él?
Darcy hizo una mueca.
–Ya sabes que nunca le ha gustado. Como tampoco a Adam le gusta mi padre.
–No es fácil tener afecto a tu padre.
–Ése es un comentario muy poco compasivo –Darcy se mordió el labio.
–Pero es la verdad. Sabes que ha engañado a mucha gente. Sobre todo a mujeres. A muchas las atraen los hombres peligrosos.
–Tú también lo eres –dijo ella, llena de furia.
Curt buscó su mirada
–Soy completamente inofensivo.
–Tan inofensivo como un jaguar –Darcy estaba seria–. Nunca estaremos de acuerdo en nada.
–Sabes que eso no es verdad. Los dos amamos esta tierra más que nada en el mundo. Adoramos a los caballos. Los dos disfrutamos de la música y de la lectura. Coincidimos en nuestras ideas políticas y nuestra visión del mundo. Aparte de eso, tienes razón: no tenemos nada en común.
Jock McIvor había decidido no tomar su medicación para tener la mente despejada. Alzó la cabeza con dificultad al ver que la poco agraciada enfermera Ainsworth hacía pasar a su hija y a Curt Berenger. Era tan alto que a su lado Darcy parecía frágil, una característica que Jock nunca relacionaba con su hija, a la que consideraba capaz de llevar a cabo los más rudos trabajos.
–Te agradezco que hayas venido, Curt –dijo con voz ronca.
Berenger inclinó la cabeza a modo de saludo. McIvor pensó que era tan arrogante como su padre, pero que se trataba de una arrogancia ganada a base de esfuerzo y éxito.
