Tómame fuertemente - Vanessa Vale - E-Book

Tómame fuertemente E-Book

Vale Vanessa

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Beschreibung

Escapando de un exnovio loco, Hannah Winters está determinada a mantener un perfil bajo y su corazón encerrado en un bloque de hielo. Agotada de su vida en la práctica de la medicina y de lidiar con un idiota controlador, su interés en el romance se encuentra en un cero absoluto… hasta que “ellos” aparecen en su vida. Una mirada a Cole y a Declan bastará, y Hannah pasará momentos difíciles tratando de evitar que el hielo que cubre su corazón no se derrita.

Declan creció en Bridgewater y su trabajo como oficial de policía le da una razón para profundizar su instinto sobre los problemas. Hannah Winters incita toda clase de sentimientos contra los que ninguno de ellos puede luchar. Cuando Cole descubre a la sexy chica tipo-A con deseo en sus ojos, pero mentiras en sus labios, está más que determinado a poseerla y descubrir sus más profundos miedos y pasiones.

Sin embargo, cuando el pasado reaparece, dependerá de Cole y Declan convencer a Hannah para dejar de huir y entregarse al deseo en rojo vivo que arde entre los tres. Estos hombres la tomarán, incluso si tienen que perseverar…o convencerla con un beso seductor.

¡Advertencia: Puede derretir pantis! “Tómame fuertemente” es el segundo libro de una serie salvajemente caliente, donde dos vaqueros alfa, obsesivos, conocen a su heroína tipo-A. El final feliz está únicamente relacionado con ella, nada de hombre/hombre.

 

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Tómame fuertemente

Condado de Bridgewater - Libro 2

Vaness Vale

Derechos de Autor © 2017 por Vanessa Vale

Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.

Diseño de la Portada: Bridger Media

Imagen de la Portada: Period Images

Índice

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Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

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Prólogo

HANNAH

Las manos de ellos estaban encima de mí. Sí, hablé en plural. Dos pares de grandes y robustas manos sobre mi piel desnuda estimulaban cada nervio por donde pasaban. Podía sentirlos, uno a cada lado. Estaba atrapada entre dos cuerpos fuertes y bien marcados, con sus penes erectos presionando mis caderas. Ellos me deseaban, eso era seguro.

¿Pero tenían que ser dos hombres? Era una doctora. Mi vida social consistía en descansos de una hora a medianoche entre casos de emergencias. La única variación de mi guardarropa era cuando debía escoger entre ropa azul o verde para llevar bajo la bata blanca de doctor. Mi maquillaje se había vencido en mi segundo año de mi carrera en medicina y nunca me había peinado de otra forma que no fuera con una cola de caballo, de manera que pudiera mantener mi cabello fuera de mi cara durante toda mi vida.

No era capaz de seducir un hombre para llevarlo a mi cama, mucho menos a dos. Bueno, seduje a un idiota, pero no había pasado por algo como esto. Nunca me había sentido tan caliente y necesitada, tan frenética y… traviesa. Uno de ellos llegó hasta mi rodilla y me levantó la pierna. El otro hizo lo mismo con la otra y quedé recostada sobre mi espalda, con las piernas abiertas. Con las manos de ambos sujetándome, me encontraba a su merced, disponible para cualquier cosa que quisieran hacer conmigo. Y eso incluía unos gentiles dedos rodeando la punta de mi clítoris.

“Estás muy mojada bajo tus pantis”, dijo el de la voz profunda y firme. Se veía muy complacido de que estuviera excitada por él. Y, de hecho, estaba mojada; podía sentir el sedoso fluido correr por mi intimidad. Una barba áspera rozó mi cuello mientras su portador me besaba. Arqueando mi cabeza, le ofrecí un mejor acceso. Sentí que tiraron de mí por la cadera y escuché cómo rasgaron mi delicada ropa interior. Era mi único capricho femenino. Unos lujosos pantis. Y ahora estaban destrozados, solo eran un retazo de tela desecha, pero no me importaba. Un sujeto me había desgarrado mis pantis y no iba a discutir por ello.

“¿Nunca habías tratado con dos hombres antes?”. Esas palabras fueron susurradas en mi oído. Era el segundo hombre, con una voz más áspera, si eso era posible. Sentí cómo se me erizaba la piel con solo escucharlo.

Negué con la cabeza y golpeé su frente por accidente.

“Te va a encantar”.

Una mano rozó mi pezón desnudo y me dejó sin aliento. Mi cuerpo estaba tan sensible que la punta de mi seno se endureció rápidamente. Arqueé mi espalda, deseosa por más. No me bastaba con esa suave caricia solamente.

Sí. Definitivamente me iba a encantar.

Un dedo rodeó mi entrada inferior, dando vueltas y vueltas, pero sin intenciones de entrar.

“Por favor”, le rogué. Sabía lo que quería y era tenerlos a los dos, eso era todo lo que ellos podían darme.

“Paciencia. Las buenas chicas reciben justo lo que se merecen”, dijo la voz mientras deslizaba su dedo en mí.

“¡Oh, sí!”.

Y de repente, sentí frío, las manos gentiles y ardientes se habían esfumado. Ya no las tenía a mi alrededor. Estaba sola. Todo estaba oscuro y en lugar de sentirme apasionada, me sentía sucia. Asustada. Expuesta.

“Las chicas malas reciben justo lo que se merecen”.

Aquella voz.

Por Dios. Conocía esa voz.

No había sido la voz de ninguno de los otros hombres. No, ese era Brad.

Él era un demente e iracundo. Avergonzada, me enrollé como una bola para protegerme.

Percibí el olor de su familiar y empalagosa colonia. “Eres mía. Nunca lograrás alejarte de mí”.

Me levanté de la cama rápidamente, jadeando mientras luchaba por liberar mis piernas de las sábanas, tratando de salir.

Fue un sueño.

Cielos, todo fue un sueño.

Nada de hombres sensuales. Nada de Brad.

Me encontraba en mi nuevo apartamento, justo encima de la cafetería. Sola. Lejos de Brad, pero no estaba del todo libre.

Estaba cubierta de sudor, con mi franela mojada y respirando agitadamente. Sentí escalofríos recorriendo toda mi piel y mis pezones se habían endurecido. Mi vagina me ardía, recordando la forma en que fui tocada en el sueño. Deslicé mi mano bajo la cobija y acomodé mis pantis. Estaban mojadas y lujuriosas por aquel sueño. Quería esos dedos excitándome, incluso con la disparatada idea de formar un trío. Fue algo loco e irreal, pero no fue nada más que un sueño. Un sensual y sudoroso sueño, que Brad arruinó. Él no solo arruinaba mi sueño, también, mi vigilia.

Él lo arruinó todo.

Pude haber logrado escapar de Los Ángeles y de la crueldad de ese hombre, pero la voz en mi sueño tenía mucha razón.

No podía escapar de él.

1

HANNAH

El uniforme verde pálido de la cafetería no estaba a la moda, pero era cómodo… y reconfortante. Pasé mi mano por los pliegues de poliéster y respiré profundamente. No se parecía en nada a la ropa de hospital a la que estaba acostumbrada, pero la sencillez del vestido con el delantal blanco era como regresar unas décadas en el tiempo, igual que como me había sentido cuando llegué a este pueblo. Bridgewater. ¿Cómo diablos terminé aquí? No solo aquí, sino en Montana. Fue para usarlo como escondite. Tenía que esconder mi vida real debido a un exnovio idiota. Tuve que huir, asustada.

Esa pregunta daba vueltas y vueltas en mi mente desde que había llegado a este pequeño e inhallable poblado hacía dos semanas. Aunque se asentaba en un valle dibujado a la perfección, no era Londres exactamente. No era un destino para vacacionar, y trabajar como mesera en una cafetería local era lo opuesto a la carrera soñada que había dejado atrás. Nadie se alejaba de diez años de estudios, residencia e internados. Nadie, excepto yo. Sin embargo, una fugitiva no podía ser exigente, y Bridgewater era lo más imperceptible en el mapa, en lo que a un pueblo podía referirse. Y ese era el punto, ¿no? No estaba aquí por vacaciones. No estaba aquí por el paisaje. Estaba aquí para esconderme, así de simple.

Una indignación ahora familiar se apoderó de mí y respiré profundamente para tener mis emociones bajo control. Me miré en el espejo del baño. Solo un poco de maquillaje —lo suficiente para esconder las ojeras— y alisé mi pelo para sujetarlo en una cola de caballo. Mi estadía en una residencia de hospital no me ofrecía suficiente tiempo para arreglarme, por lo que solía ir natural. Estaba acostumbrada a la mirada de trasnochada. Sin embargo, ahora la tenía no porque hubiera hecho un turno de cuarenta y ocho horas en la sala de emergencias, sino que tenía ese aspecto porque estaba asustada. ¡Y eso me enfurecía! Él me había reducido a esto. Mitad asustada, mitad furiosa. Honestamente, no estaba segura de con quién estaba enojada en estos días: con mi ex por lastimarme o conmigo por escapar como una cobarde o, incluso, por haberme interesado en un tarado como él, para empezar.

Brad Madison había sido el novio ideal… al comienzo. Apuesto, atento, aun amable. Pero debí adivinar que solo sería así al principio. Nadie saldría con alguien sabiendo que era un monstruo. Los de su tipo siempre eran dulces, encantadores, amorosos y cariñosos. Brad no cambió de la noche a la mañana. Su caída fue en espiral, lenta y traicionera. Poco a poco, él se volvió más controlador, y sus palabras se fueron tornando cada vez más crueles. Después de varias semanas, se había vuelto obvio. La manera en que me manipulaba y me hacía dudar de mí misma lo tornaba un clásico ejemplo de abuso emocional. Ya lo había visto en emergencias: mujeres que “chocaron con la puerta” o “se tropezaron”.

No me di cuenta en ese momento, incluso con todo el tiempo que había pasado trabajando en el hospital. El cambio —en Brad y en nuestra relación— había ocurrido tan sutilmente que había perdido toda perspectiva.

Hasta que me golpeó.

Fue solo una vez, pero eso fue parte del problema. Mi reacción inicial, luego de que la conmoción y el miedo desaparecieron, fue el decirme a mí misma que solo fue una vez. Intenté creer en él, que no lo volvería a hacer. Que él se sentía arrepentido por ello y que cambiaría. No obstante, aquella repentina conducta era su verdadera cara. Y lo peor de todo era que había empezado a caer en una trampa habitual. Comencé a culparme a mí misma. Esa vez yo había quemado los huevos. El momento cuando me di cuenta de que estaba justificando sus acciones, fue en emergencias. Tenía suficiente base y corrector para esconder la marca en mi mejilla. Ese día llegó una mujer que había sido golpeada por su esposo. Yo había empezado a decirle las frases estándar sobre los indicios de un golpeador, cómo salir, cómo buscar la ayuda competente y si ella quería presentar cargos. Fue entonces cuando señaló mi mejilla y me preguntó qué me había pasado. Había abierto mi boca para mentirle, pero luego me di cuenta, como si hubieran presionado un interruptor, que yo era ella.

Así que le dije la verdad: había sido golpeada por mi novio ; ¡lanzó mi cara contra los huevos quemados!

Le prometí a ella que terminaría con Brad si ella también se alejaba de su cruel esposo. Había salido esa noche temprano de la sala de emergencias para romper limpiamente con él. O al menos intentarlo. Tomé todo mi coraje para decirle a Brad que se había acabado, aún con miedo de que me golpearía otra vez si lo hacía. Si me había golpeado a causa de un desayuno quemado, ¿qué podría hacer cuando le dijera que lo dejaría? Ante ese punto, estaba realmente asustada y defraudada por aquel hombre que había considerado el amor de mi vida.

No tenía ni idea de qué había pasado con aquella paciente de emergencias. Tenía la esperanza de que hubiera logrado escapar. Y en cuanto a mí, yo lo había hecho, pero no tenía otra cosa por hacer. Solo esconderme.

Mirando mi sencillo apartamento de una habitación, sobre la cafetería, intenté sentirme agradecida en lugar de arrepentida por haber abandonado mi antigua vida y mi carrera forzosamente. Y de hecho estaba agradecida. El espacio era austero, pero limpio. La renta no era costosa y solo debía bajar las escaleras para llegar al trabajo. Había tenido suerte de encontrar este lugar, con unos amistosos caseros.

Bridgewater tenía la imagen perfecta de un pueblo del Oeste, al estilo de Norman Rockwell. El hecho de que hubiera conseguido un trabajo en una cafetería con el espíritu del “Viejo Oeste” en la calle principal fue un golpe de suerte. Necesitaba dinero, dinero que no saliera de una caja automática o de una tarjeta de crédito rastreable. Estaba segura de que no habría tenido tiempo para iniciar una nueva vida por mi cuenta antes de escapar, por lo que me sentí con suerte al recibir esto.

Tomé mi bálsamo labial, lo pasé por mis labios resecos y mis pensamientos regresaron a Brad.

Después de decirle que lo iba a dejar, me fui de su apartamento pensando que nunca lo volvería a ver. Me sentí aliviada. Liberada. ¡Qué idiota fui! Claro que él no me iba a dejar ir tan fácilmente. Unas horas después apareció frente a mi casa. Sabía que había bebido por la mirada glaseada en sus ojos y el hedor del whisky en su boca.

Eres mía y yo nunca te voy a dejar ir.

Esas palabras todavía resonaban en mi cabeza por las noches, cuando debería estar durmiendo. Dormir para mí era una mezcla de un sueño húmedo con mi peor pesadilla. La posesividad de su tono aquella noche y su desdén todavía me daban escalofríos. La situación había ido de mal en peor después de eso. Él, borracho y furioso, se había aparecido gritando sobre la manera en que me vigilaba cuando yo estaba de turno en el hospital. Gritaba sobre cómo evitaría que otro hombre me tuviera. Quién sabe qué habría pasado si la gente de seguridad no hubiera llegado en ese momento.

Y entonces, empezó colocando flores en la entrada de mi casa con una nota de disculpa, seguido de mensajes amenazantes en mi buzón de voz. Su comportamiento se había vuelto errático, sabía que en, cuestión de tiempo, volvería a cruzar la línea de abuso emocional a abuso físico. Me había entrenado para hablar con mujeres sobre esto, había visto de primera mano lo que podría hacer un sujeto abusivo cuando se encontraba bajo presión.

Intenté hablar con la policía, pero debido a que no había ocurrido nada aún, tenían las manos atadas.

Entonces supuse que si me quedaba en Los Ángeles, la próxima vez, podría ser más que solo una mejilla morada. Y por eso escapé.

Me volteé hacia el espejo de cuerpo completo de la puerta del baño. Miré a mi nueva yo. Con uniforme y delantal incluido, me despedí de Hannah Winters y saludé a Hannah Lauren.

Brad se encontraba a miles de kilómetros de aquí y ya no era ninguna amenaza. O al menos eso esperaba. Después de dos semanas, empecé a respirar mejor y a dormir más horas al día, aún despertándome ante cualquier crujido en el viejo edificio. O ante alguna extraña pesadilla. No tenía nada que temer aquí en Bridgewater —Brad no estaba aquí— y eso era más que suficiente para dar las gracias. Había dejado Los Ángeles y él no tenía forma de encontrarme, de eso estaba segura. Tal vez extrañaba al hombre que él solía ser al comienzo, pero yo no era estúpida. Yo era una doctora. Había hablado con alguien de un refugio sobre cómo escapar y cubrir las huellas o los rastros. Y por eso, abandoné mi apellido.

En el momento en que Brad se había ido aquella noche, me aseguré de que no estuviera esperando fuera del edificio y tomé esa oportunidad para huir. Lancé unas cuantas prendas en un bolso, guardé el dinero que había retirado de tres cajeros automáticos diferentes y me dirigí a la estación de autobús. Me subí al primero que pude encontrar y luego, en Salt Lake, tomé otro. Bridgewater resultó ser uno de los pueblos en los que el autobús se detuvo para dar un descanso a los pasajeros. Cuando bajé y vi aquel paisaje surrealista, congelado en el tiempo, que representaba la vía principal, bueno, supuse que este pequeño pueblo era tan ideal como cualquier otro para quedarme lo necesario. Para ocultarme. Podría estar el tiempo que necesitaba para planificar mis próximos pasos.

El autobús se había ido sin mí y me encontré caminando las seis cuadras que llevaban a la zona baja de Bridgewater. La vía principal estaba formada por edificios de ladrillos de dos pisos, que parecían recién salidos del siglo diecinueve, con tiendas que vendían auténticas botas y sombreros vaqueros, junto con cañas de pesca, rifles de caza y cualquier otro equipo de campo que alguien pudiera necesitar. Era encantador, pero no exactamente el centro de las posibilidades de trabajo. Realmente fue un golpe de suerte encontrar un aviso de “se solicita ayudante” en la ventana de la cafetería. Incluso, tuve más suerte cuando la dueña, Jessie, se mostró amable conmigo, a pesar de que yo era una extraña sin ninguna experiencia como mesera. Solo había perdido el autobús y ella me ofreció un empleo en el restaurante, además de un pequeño apartamento arriba del local.

Tantas fueron las cosas que sucedieron a mi favor, aquí, en Bridgewater. Los turnos en el restaurante me mantenían ocupada; los pueblerinos eran increíblemente amables conmigo y me sentía a salvo de cualquier amenaza de Brad. Me encontraba fuera de su alcance. Forcé una sonrisa en el reflejo de un vidrio. Estaba agradecida.

Con mis anchos ojos verdes me miré a través del reflejo. Al menos ya no se veía miedo en ellos, lo cual era un hecho que no podía subestimar de nuevo. Las ojeras también se estaban desvaneciendo. Si bien no había dormido lo suficiente esa noche, un doctor siempre estaba acostumbrado a la falta de sueño. Ser una mesera de un pueblo pequeño no había sido mi plan a largo plazo cuando me gradué de la Escuela de Medicina, pero me había empezado a gustar y mucho, por cierto.

El trabajo era difícil a su manera, pero me mantenía distraída. Además, el trabajo físico quizás era duro, pero era menos estresante que trabajar en una sala de emergencias. Las personas que antendía aquí no estaban enfermas o al borde de la muerte. Ellos solo querían una taza de café o el plato del día. Claro que extrañaba mi trabajo, pero tomarme un descanso de ese estrés de la lucha entre la vida y la muerte fue un gran alivio. Había lidiado con demasiado estrés en mi vida, también gracias a Brad.

Trabajar de mesera era agotador. Por primera vez en años, caía rendida al final del día y, últimamente, me despertaba cada vez menos a causa de las pesadillas. Tampoco planeaba ser una mesera toda la vida. Regresaría a mi antiguo trabajo lo antes posible. Mi estadía en Bridgewater era a corto plazo, solo hasta que Brad fuera enlistado. Debido a que pertenecía al Ejército y era teniente coronel, él tenía que hacer lo que se le ordenaba y no podía decirle a sus oficiales al mando que no podía salir a altamar. A ellos no los podía golpear si no estaba de acuerdo.

Él había mencionado que sería enviado a Corea del Sur, a guiar un batallón que mantenía todos los helicópteros en la base. Sería enviado por cuatro años y no había manera de que pudiera herirme en ese tiempo. No sabía la fecha exacta en que se iría, pero no podía ser más de unos meses, máximo, hasta que el océano Pacífico nos separara. Todo lo que tenía que hacer era mantener un perfil bajo hasta que él se fuera y, luego, recobraría la vida que él me había robado. Él estaría en Asia. Aunque no le deseaba a alguien más lo que él me había hecho, sabía que, probablemente, encontraría a otra mujer para controlar y manipular. Y entonces, se olvidaría de mí.

Alisé mi pelo, debido a que la cola de caballo no me ayudaba con los rulos salvajes. Mi turno empezaba en cuestión de minutos y no quería llegar tarde, y menos a causa de mi estúpida charla motivacional diaria con el espejo. La cafetería del pueblo siempre se llenaba de gente a la hora de la comida y, con el pasar de los días, me había esforzado cada vez más en mantener a mis clientes satisfechos.