Una Alemania europea - Helmut Kohl - E-Book

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Helmut Kohl

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Beschreibung

El «Canciller de la Unidad», que logró la reunificación de Alemania solo once meses después de la caída del Muro de Berlín, fue también un entusiasta impulsor de la unidad europea desde el inicio de su mandato. Cuando en 1989 se abrió inesperadamente la posibilidad de la reunificación, el canciller logró ganarse el apoyo de sus socios en la Comunidad proponiendo que el paso de la unidad alemana fuera acompañado de otro paso en la unidad europea. En sus últimos años de canciller fue el principal valedor de la moneda única, que esperaba que hiciese casi irreversible el proceso de integración. Este libro recoge algunas de las intervenciones más significativas de su vida política, como el debate sobre la instalación de misiles norteamericanos en suelo alemán, sus palabras tras lograr el apoyo de Gorbachov a la reunificación o el emocionado discurso sobre la unidad ante la multitud de Dresde. Especial mención merece su intervención con motivo de la visita del presidente del gobierno español, el 3 de mayo de 1983. Kohl se comprometía a hacer lo posible por desbloquear la solicitud de adhesión: «Abogaremos por vuestros intereses». El canciller recordaba aquel día las palabras de ánimo que un español había dirigido a los alemanes en 1949, en el «momento más aciago» de su historia, en el que «muchos habían perdido la fe en el futuro de nuestra vieja nación». Se cumplían entonces cien años del nacimiento de Ortega y Gasset, que tanto había deseado un futuro europeo para España, y que de este modo reaparecía en escena en el momento preciso en el que, con el apoyo del canciller y tras años de negociaciones, se hacía posible la adhesión.

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Helmut Kohl

Una Alemania europea

Discursos e intervenciones (1983-1998)

Estudio introductorio y edición de Belén Becerril Atienza

Traducción de Leonor Saro García

© Ediciones Encuentro S.A. y Real Instituto de Estudios Europeos, Madrid 2020

© Del estudio introductorio: Belén Becerril Atienza

© Imagen de cubierta: Banco de imágenes de la Oficina de Información y Prensa del gobierno federal alemán. El canciller Helmut Kohl (derecha) da la bienvenida al presidente español Felipe González a la Cancillería Federal, Bonn, 16 de septiembre de 1987.

Fuente de la imagen de portada y de las imágenes interiores: Bundesarchiv (archivos federales) / www.bundesarchiv.de© De las imágenes del pliego: Pictures of Federal Archives (BArch) y Pictures of Federal Press and Information Office (BPA) / www.bundesarchiv.de

Notas sobre los derechos de autor y el uso de las fuentes en esta publicación:

- Material impreso del Bundestag alemán:

El material impreso y las actas plenarias del Bundestag alemán son publicaciones oficiales que no están sujetas a derechos de autor. Por lo tanto, pueden imprimirse, siempre que las fuentes originales estén claramente identificadas en la bibliografía y el texto no haya sido alterado. Son responsabilidad del editor y no una traducción oficial del Bundestag alemán.

- Discursos publicados en el boletín oficial del gobierno alemán y editados por la Oficina de Información y Prensa del gobierno federal alemán:

Las traducciones de los textos originales autorizados en lengua alemana y extraídos de los boletines oficiales correspondientes (ver bibliografía) no han sido autorizadas oficialmente y son responsabilidad exclusiva del editor. Por lo tanto, no son una traducción oficial de la Oficina de Información y Prensa del gobierno federal alemán.

Libro editado con la colaboración de la Konrad-Adenauer-Stiftung, Oficina de Representación para España y Portugal

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 74

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN EPub: 978-84-1339-368-1

Depósito Legal: M-17726-2020

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda, 20 - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

Índice

Presentación editorial

Estudio introductorio. Una Alemania europea, no una Europa alemana

Una Alemania europea. Discursos e intervenciones(1983-1998)

1. Discurso en el vigésimo aniversario del Tratado de Amistad entre Francia y Alemania

2. Palabras en presencia del presidente del gobierno de España, Felipe González

3. Discurso en el Parlamento alemán sobre la Doble Decisión de la OTAN

4. Conferencia en Oxford: La política exterior alemana. El legado de Konrad Adenauer

5. Discurso en el 40º aniversario de la liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen

6. Palabras pronunciadas con motivo de la visita del presidente del gobierno de España

7. Palabras en presencia del secretario general Erich Honecker

8. Discurso con motivo de la recepción del Premio Internacional Carlomagno

9. Declaración conjunta de Helmut Kohl y Mijaíl Gorbachov

10. Declaración ante el Parlamento: programa de diez puntos

11. Discurso frente a las ruinas de la Frauenkirche de Dresde

12. Declaración de prensa sobre las conversaciones en Moscú con Mijaíl Gorbachov

13. Declaración ante la Conferencia de Prensa Federal en Bonn

14. Discurso en la víspera del Día de la Unidad Alemana

15. La Comunidad Cultural de Europa

16.Discurso con motivo de la ratificación del Tratado de Maastricht

17. Discurso frente al Consejo de Relaciones Exteriores de Chicago

18. Declaración sobre la Unión Económica y Monetaria europea

Apéndice

Fuentes de los discursos

Cronología

Presentación editorial

Esta antología de textos de Helmut Kohl es el resultado de la colaboración de Ediciones Encuentro con el Real Instituto de Estudios Europeos de la Universidad CEU-San Pablo y la Oficina de Representación para España y Portugal de la Fundación Konrad Adenauer, en el año en el que se cumple el trigésimo aniversario de la reunificación de Alemania.

Con este motivo la presente publicación, que constituye el número catorce de la colección Raíces de Europa, recuerda la histórica contribución que Helmut Kohl realizó a la integración europea a lo largo de sus dieciséis años como canciller.

Cuando en 1982 el líder del Partido Demócrata Cristiano llegó a la cancillería, la Comunidad Europea atravesaba un momento de pesimismo y dificultades. Eran los años de la euroesclerosis. El canciller estrecharía junto a François Mitterrand la relación bilateral franco-alemana para promover conjuntamente iniciativas con el fin de profundizar en la integración europea. En el año 1986, los Estados miembros de las Comunidades aprobaban el Acta Única Europea, una gran reforma con el fin de construir un mercado interior en el que circulasen libremente personas, mercancías, capitales y servicios.

De ese modo, durante sus primeros años al frente de la cancillería, Helmut Kohl continuó avanzando en el camino abierto por el primer canciller de la República Federal de Alemania, su admirado Konrad Adenauer, con el fin de anclar a su país a Occidente, en el seno de la OTAN y de una Europa unida.

Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, se abrió inesperadamente la posibilidad de superar la división de Alemania. Los primeros pasos emprendidos por Kohl para avanzar hacia la reunificación fueron recibidos con frialdad por parte de sus socios en la Comunidad Europea. El temor a Alemania no había desaparecido por completo. Sin embargo, el canciller logró ganarse su apoyo, así como el de los Estados Unidos y la Unión Soviética y el tres de octubre de 1990 los alemanes celebraban, apenas once meses después de la caída del Muro, el Día de la Unidad. Helmut Kohl se convertía en el primer canciller de la Alemania unida.

Este paso hacia la reunificación fue acompañado por un nuevo paso hacia la unidad europea. De este modo, la nueva Alemania quedaría anclada en una Europa más fuerte. Kohl afirmaba que sin la política de integración europea no habría habido reunificación. Para él, la unidad alemana y la unidad europea constituían dos caras de la misma moneda.

El canciller impulsó el proceso de integración, tratando de superar su carácter económico y avanzar en el camino de la unión política. En 1992, el Tratado de Maastricht establecía una Unión Europea con nuevas políticas comunes. También concretaba los plazos y criterios que habrían de llevar finalmente a la unión económica y monetaria. En los años que siguieron, Kohl defendió el proyecto del euro ante una opinión pública reticente, convirtiéndose en su principal valedor pues esperaba que su entrada en vigor hiciese el proceso de integración casi irreversible.

La presente selección de discursos e intervenciones recuerda también el decisivo apoyo de Kohl a la adhesión española a las Comunidades Europeas y la fructífera cooperación que España y Alemania iniciaron en aquellos años, convirtiéndose en socios activos en el proceso de integración. Esta estrecha relación de confianza se puso de nuevo de manifiesto cuando el gobierno español apoyó, en los primeros momentos difíciles, el proceso de reunificación alemana.

Estudio introductorio. Una Alemania europea, no una Europa alemana

Helmut Kohl fue un político pragmático con una visión1, una idea clara del lugar que Alemania debía ocupar en el mundo libre, junto a los países de Occidente, en el marco de la OTAN y de la unidad europea.

A diferencia de otros, Kohl no renunció nunca al objetivo de alcanzar la unidad alemana. Durante sus primeros años en la cancillería, insistía en la idea de que la libertad debía prevalecer sobre la unidad. En el contexto de la Guerra Fría, la doble estatalidad era inevitable. Sin embargo, para el canciller, el objetivo de la reunificación solo quedaba postergado. Algún día, esperaba, podría hacerse realidad si las circunstancias cambiaban...

Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, se abrió inesperadamente la posibilidad de dar un paso decisivo hacia la unidad de Alemania y de Europa. Kohl logró arrancar a las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial su apoyo para realizar la unidad alemana en solo once meses. El día 12 de septiembre de 1990 la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana firmaban con Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la Unión Soviética el Tratado 2+4 que allanaba el camino hacia la reunificación, que se haría realidad el día tres de octubre. Al tiempo, el canciller impulsaba la profundización en la construcción europea, haciendo casi irreversible el proceso mediante una unión monetaria que muchos alemanes miraban con escepticismo.

Helmut Kohl provenía de una familia conservadora y católica de Ludwigshafen. Fue un político de partido, que hizo carrera en el Land de Renania Palatinado, del que fue ministro presidente durante cerca de ocho años. Alejado de los círculos del poder federal y considerado por algunos en Bonn como provinciano por razón de su acento y de su aspecto, se hizo con la cancillería en 1982 sucediendo mediante una moción de confianza al socialdemócrata Helmut Schmidt. Fue reelegido como primer ministro en cuatro ocasiones, en 1983, 1987, 1991 y 1994. En suma, presidió la Unión Demócrata Cristiana durante veinticinco años y ocupó la cancillería durante dieciséis, transformando para siempre la cara de Alemania y de Europa.

Esta edición recoge dieciocho intervenciones de sus años en la cancillería, desde octubre de 1982 hasta el mismo mes de 1998, así como una intervención posterior en Madrid a modo de apéndice. A pesar de su doctorado en Historia, Kohl no fue un gran orador ni un intelectual. No obstante, sus palabras tuvieron siempre la virtud de la claridad. Se han incluido sus discursos más relevantes sobre la política europea e internacional, pero también sus intervenciones en el Parlamento y ante la prensa en los momentos que fueron decisivos. El debate sobre la Doble Decisión de la OTAN, con interrupciones de la oposición incluidas, la presentación del programa de diez puntos tras la caída del Muro, el discurso casi improvisado en Dresde frente a una multitud agitada, o la comparecencia ante la prensa tras obtener el acuerdo de Gorbachov para avanzar hacia la unidad alemana, nos trasladan la tensión de aquellos momentos y nos recuerdan, treinta años después de la reunificación de Alemania, que sin su determinación las cosas bien podrían haber sido de otro modo.

El apoyo del canciller a la adhesión de España: «Abogaremos por vuestros intereses»

La edición en español de los discursos del canciller Helmut Kohl despierta, en primer lugar, el recuerdo de su papel en la adhesión de España a la Comunidad Europea. Este se hace presente en las páginas de este libro en su intervención del 3 de mayo de 1983, en el almuerzo ofrecido en Bonn con ocasión de la visita del presidente del gobierno Felipe González, cuyo texto hemos encontrado en el archivo de la Fundación Konrad Adenauer en Sankt Augustin2. En el pliego se recoge también una foto significativa de aquella fecha tan señalada que marcaría no solo el inicio del último tramo de las negociaciones para la adhesión, sino también de una estrecha amistad.

El camino emprendido por España hacia Europa, desde que el ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, solicitara oficialmente la apertura de las negociaciones en julio de 1977, fue largo y difícil. Como ha explicado el embajador Raimundo Bassols, que jugó un papel importante en aquellas negociaciones, los políticos de la transición entendieron y trataron esta cuestión como un asunto de Estado. Los sucesivos gobiernos de la UCD y el PSOE persiguieron el objetivo de la adhesión con igual tenacidad3 y contaron con el apoyo mayoritario de la opinión pública española.

Las reticencias de los miembros de la Comunidad, que explican la dilación del proceso, se debieron principalmente al potencial agrícola español, al tamaño de su flota y al posible impacto de la libre circulación de trabajadores. A estas dificultades se sumaba el hecho de que la solicitud española se planteaba en un momento de crisis económica, en el que se habían agravado las tensiones relativas al presupuesto comunitario. Los franceses manifestaban su preocupación por la financiación de la política agrícola, mientras que los británicos estaban insatisfechos con su contribución al presupuesto, que consideraban excesiva.

Por dos veces las negociaciones chocaron con las trabas impuestas por Francia, que temía en particular los efectos de la competencia española en los agricultores del Midi. En junio de 1980 el presidente Valéry Giscard d’Estaign detenía las negociaciones señalando la necesidad de consolidar la primera ampliación antes de proceder a una nueva ronda. Dos años después, el presidente François Mitterrand imponía una nueva pausa argumentando que no se podían negociar los capítulos de agricultura, pesca y recursos propios mientras no se resolviesen los problemas internos que la Comunidad sufría en estos sectores.

La cumbre de Stuttgart, en junio de 1983, fue crucial para levantar las reticencias de Francia y posibilitar la negociación de los últimos capítulos pendientes. Alemania, que ejercía en aquel semestre la presidencia del Consejo, propuso aumentar los recursos del presupuesto europeo, asumiendo nuevos gastos para apoyar la agricultura de los países del Sur y facilitando, al satisfacer los intereses de Francia, la adhesión de España y Portugal.

Unas semanas antes, el presidente González había viajado a Alemania para reunirse con el canciller, que apoyaba la adhesión por motivos políticos y económicos. Ambos estaban al inicio de su mandato y coincidirían en el poder durante cerca de catorce años. El 3 de mayo, en el citado almuerzo, Kohl pronunciaba el breve discurso que recogemos en este libro4, en el que reiteraba su compromiso a favor de la adhesión de España: «haremos todo lo que sea posible», «abogaremos por vuestros intereses».

En sus palabras, el canciller se refería también al apoyo de González a la Doble Decisión de la OTAN: «Ambos hemos reiterado hoy a nuestros países que apoyamos la Doble Decisión». Frente a la amenaza nuclear que la reciente instalación de misiles de la Unión Soviética en suelo europeo constituía para los países de Europa occidental, la Doble Decisión, que había sido promovida por Helmut Schmidt en 1979, preveía el establecimiento de los misiles americanos Pershing en suelo alemán si antes de 1983 no se lograba negociar con Moscú un acuerdo que renunciase a los misiles de alcance medio. La Doble Decisión trataba así de combinar la disuasión con el desarme, con el fin de corregir el desequilibrio de fuerzas con los soviéticos. Como señalaba el canciller, obligaría a la Unión Soviética bien a aceptar la misma amenaza nuclear que sufría Europa occidental o bien acceder al desarme.

El respaldo del presidente español, a pesar de las sensibilidades del PSOE sobre la OTAN y de que su programa electoral había demandado la retirada de Europa de misiles de alcance medio, era importante para el canciller, que afrontaba una dura oposición. Esta era una cuestión muy delicada, que poco antes le había costado a Helmut Schmidt el apoyo de su propio partido (el Partido Socialdemócrata Alemán, SPD) y la cancillería. En esta edición se recoge también el debate que Helmut Kohl mantendría más tarde en el Parlamento sobre la Doble Decisión.

Como ha escrito Charles Powell, el gesto de González en apoyo de la Doble Decisión explica en parte por qué Kohl habló con tal determinación en el Consejo Europeo de Stuttgart, vinculando explícitamente la exitosa resolución de la crisis presupuestaria a la adhesión de España y Portugal:

A partir de entonces quedaba claro que, en lo que respectaba a Bonn, Francia no obtendría el aumento de los fondos comunitarios necesarios para reformar la política agrícola comunitaria, de la que se beneficiaba más que ningún otro Estado miembro, hasta que se hubiese producido la ampliación ibérica5.

La adhesión de España aún había de requerir tres Consejos Europeos: Atenas, en diciembre de 1983, Bruselas, en marzo de 1984 y Fontainebleau en junio del mismo año. Solo entonces la puerta a Europa se abriría definitivamente. Pero aquel encuentro en Bonn el 3 de mayo fue transcendental.

Las palabras pronunciadas ese día por Kohl tuvieron también un valor simbólico. En aquel almuerzo, celebrado en honor de González, el canciller recordó las palabras de un español que, en el «momento más aciago» de la historia de Alemania, en unos tiempos duros, «en los que muchos habían perdido la fe en el futuro de nuestra vieja nación y otros tantos iban camino de perderla», les animó:

Apoyar el pie en la tierra firme no es sino una invitación a volver a caminar hacia adelante, y como yo creo, con vehemente convicción, que el hombre alemán conserva reservas inagotables de elasticidad en sus músculos, apoyar el pie en la tierra firme significa iniciar un nuevo gran salto hacia el futuro, más allá del horizonte histórico hoy a la vista6.

En aquel año se cumplía el centenario del nacimiento de José Ortega y Gasset. El canciller recordaba su discurso pronunciado en Hamburgo en 1949. Javier Zamora ha señalado la grandeza de las palabras de Ortega, que en su viaje a Alemania dio ánimos a un pueblo decaído y un tanto desorientado, ensimismado «en la meditación de la muerte que con tanta saña había causado y sufrido». A ese pueblo, el español le decía en plena posguerra que «no debían extrañarse de que intelectuales como él volviesen a Alemania, territorio que tantas mentes filosóficas y tan profundas había dado, porque volvían a lo de siempre, a aprender»7.

Ese día, el canciller traía a la memoria las generosas palabras que Ortega había dirigido al pueblo alemán en aquellos años difíciles, que también lo fueron para el filósofo, obligado a guardar silencio en España. Años en los que no cabía imaginar un futuro europeo para nuestro país. Kohl recordaba las palabras «tan propicias» que Ortega les había dirigido y brindaba «porque nosotros, los alemanes, seamos útiles en vuestro camino hacia la Unión».

Ortega, el decano de la idea de Europa, la mente española que resultaba ser también «la mente más europea de Europa»8, asomaba en escena en el preciso momento en el que, tantos años después, se hacía posible la adhesión. También España comenzaba, como Ortega había soñado y de su mano9, «un nuevo gran salto hacia el futuro, más allá del horizonte histórico»10.

En los meses que siguieron y hasta la firma del Tratado de Adhesión, el doce de junio de 1985, la correspondencia mantenida entre Helmut Kohl y Felipe González, que hemos podido consultar en el archivo de su Fundación11, pone de manifiesto la continuidad del apoyo del canciller a la solicitud española. Tras la cumbre de Stuttgart, Kohl escribía:

Todos los participantes estuvieron de acuerdo con la necesidad de una pronta adhesión de su país, así como de rápidas negociaciones a tal efecto. Es verdad que no hemos podido lograr nuestro deseo de que se fijase una fecha tope para dichas negociaciones. Pero las directrices aprobadas son, no obstante positivas12.

Kohl apuntaba a la relevancia de vincular la financiación de la Comunidad al proceso de ampliación:

Al vincular la ratificación de los tratados de adhesión con la futura regulación financiera de la Comunidad, los Jefes de Estado y de Gobierno han establecido al mismo tiempo una interdependencia que solo puede favorecer la rápida y exitosa conclusión de las negociaciones de adhesión.

De nuevo, tras la cumbre de Atenas, el canciller escribía:

Ante todo se ha asegurado la ligazón entre los elementos del paquete de Stuttgart, principalmente la relación entre la adhesión y el aumento de los recursos propios. A esto le he dado un valor especial. Esta ligazón ofrece a España y a Portugal una garantía de más peso que cualquier declaración política de intenciones13.

Las cartas del presidente español reiteraban al canciller que la orientación de España hacia Europa era «el objetivo más importante de su política exterior», al tiempo que manifestaban su preocupación por la larga espera. Tras la cumbre de Stuttgart, el presidente González señalaba que la opinión pública se había sentido decepcionada ante la falta de acuerdo para aprobar la fecha propuesta por la presidencia alemana para culminar la negociación, «acontecimiento que con tanta ansiedad esperan los españoles desde hace tiempo»14. En el curso de las negociaciones, el español se refería a la inquietud de la opinión pública española y su «desilusión creciente» con las dificultades del proceso15. También, en alguna ocasión, pedía al canciller un esfuerzo en algunos capítulos delicados, en los que la posición de Alemania difería de la española16.

Las cartas de González ponen también de manifiesto, más allá de la retórica, su agradecimiento a Kohl «por los tenaces esfuerzos realizados, bajo su continuo estímulo e inspiración», para impulsar la adhesión de España17. La actitud del gobierno alemán «a lo largo del lento proceso negociador», escribía el español, «ha favorecido las relaciones excelentes que mantienen nuestros dos países»18. Una vez ratificado en Alemania el Tratado de Adhesión, González reconocía al canciller que «su esfuerzo personal y el de todo su gobierno» habían sido «decisivos»19.

Antes de la caída del Muro: «Nuestro lugar está al lado de nuestros amigos de la OTAN, en la Comunidad Europea»

La política internacional y europea de Kohl se caracterizó por la continuidad en el camino trazado por Konrad Adenauer, el fundador de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y primer canciller de la República Federal Alemana. En el pliego de fotos recogemos la imagen de un joven Kohl junto al canciller con el que se sentía, como él mismo diría, «tan hondamente comprometido». Kohl se consideraba «su heredero, su hijo o su nieto o, al menos, su albacea»,20 y lo cierto es que la conexión entre ambos es tal que la lectura de sus discursos resultará más que familiar a aquel que conozca también los de Adenauer21.

Las ideas de Kohl sobre la política exterior alemana quedan recogidas en estas páginas en su discurso pronunciado en Oxford en presencia de Margaret Thatcher, que precisamente lleva por título «El legado de Konrad Adenauer»22. Su prioridad consistía en el establecimiento de unas relaciones duraderas con sus vecinos de Occidente mediante la profundización en la construcción europea y la alianza con los Estados Unidos en el marco de la OTAN. Al igual que Adenauer, Kohl consideraba que, solo al abrigo de una comunidad de Estados, la República Federal podría afrontar el desafío totalitario. Asegurar la libertad era por tanto el objetivo prioritario de su política exterior: «Para nosotros la libertad es un requisito para la paz. De ningún modo puede ser su precio. Quien esté dispuesto a sacrificar la libertad para conseguir la paz, perderá ambas».

Esto significaba, como diría en Oxford, que la libertad debía prevalecer sobre el objetivo de la unidad. De nada serviría formar parte de una Alemania unida si en ese proceso los alemanes perdían la libertad. Esta era, en su esencia, la misma posición que Adenauer había mantenido en 1952, cuando se resistió a aceptar, a pesar de la dura oposición, la oferta soviética de negociar la reunificación de Alemania con la condición de que se mantuviese neutral y sin tropas extranjeras. Una oferta que Adenauer había considerado una trampa de Stalin para expulsar a las tropas aliadas de su territorio. Ya entonces el joven Helmut Kohl, estudiante universitario, estuvo de acuerdo con la controvertida decisión del canciller Adenauer23.

Para Kohl, al igual que años antes para Adenauer, el objetivo de la unidad era irrenunciable, pero debía esperar a que las circunstancias cambiasen. Superar la división constituía «un objetivo a largo plazo». Como diría ese día en Oxford, requeriría mucho tiempo, «probablemente, generaciones»… Mientras, era necesario seguir avanzando en el mismo camino: «integrar incondicional e irrevocablemente a la parte libre de nuestra patria en la comunidad de Estados libres y democráticos». Kohl lo expresaba con toda claridad:

En la República Federal de Alemania no somos peregrinos entre dos mundos. Nuestro lugar está al lado de nuestros amigos de la OTAN, en la Comunidad Europea. Nuestro lugar está al lado de nuestros amigos franceses.

El canciller hizo en Oxford una entusiasta defensa de la OTAN y de la integración europea. «La Alianza Atlántica es el núcleo de la razón de Estado alemana» pues en ella confluyen «los valores centrales de la constitución liberal que defendemos, el orden económico y social en el que vivimos, la seguridad que necesitamos». No menos apasionada fue su defensa, nada menos que en presencia de Margaret Thatcher, de la construcción europea: «¿Está dispuesto cada uno de sus miembros a considerar la pertenencia a la Comunidad como una decisión irrevocable e irreversible? ¡Nosotros, en la República Federal de Alemania, estamos dispuestos!». «¿Están listos todos los Estados miembros para emprender el camino hacia la unión política sin recelos de ninguna clase? (...) Nosotros estamos listos». A lo que añadía: «Espero que los demás socios puedan contestar del mismo modo».

Para comprender sus ideas sobre la construcción europea y el papel de Francia y Alemania como motor de este proceso, se ha incluido en esta edición el discurso pronunciado con motivo del aniversario del Tratado del Elíseo que firmaron Konrad Adenauer y Charles de Gaulle en 196324 con el fin de sellar la reconciliación franco-alemana. La pareja formada por Helmut Kohl y François Mitterrand llevaría un paso más lejos esta colaboración apoyándose en el marco institucional bilateral allí establecido. Seguían así la senda no solo de Adenauer y De Gaulle, sino también de Valéry Giscard d’Estaign y Helmut Schmidt, que juntos habían impulsado iniciativas importantes para avanzar en la integración europea, como el Sistema Monetario Europeo, las reuniones del Consejo Europeo o la elección del Parlamento por sufragio directo.

También Mitterrand y Kohl establecieron una sólida relación de confianza y amistad. Constituían, como a menudo se ha dicho, una extraña pareja, no solo por su distinta orientación política sino incluso por su aspecto físico, tan desigual. La foto que recogemos en el pliego de esta edición, tomada en Verdún en recuerdo de los caídos durante la Primera Guerra Mundial, da buena cuenta de ello.

La relación bilateral entre Francia y Alemania se estrechó con los gobiernos Mitterrand y Kohl, sobre todo a partir de marzo de 1983, cuando el cambio de rumbo en la política económica francesa la aproximó a las posiciones más ortodoxas mantenidas por los alemanes. Una característica distintiva de su relación en aquellos años fue la voluntad de utilizar los mecanismos de consulta del Tratado del Elíseo para llegar a compromisos que llevarían más tarde a nuevas iniciativas a nivel comunitario, convirtiendo así el tándem franco-alemán en una suerte de laboratorio europeo25. En efecto, las propuestas planteadas por Kohl en su discurso de París con el fin de estrechar la cooperación franco-alemana en el ámbito de la ciencia, la investigación, la cultura o la educación, se trasladarían más adelante, con los tratados del Acta Única y de Maastricht, a la arena europea.

Otro buen ejemplo de esta dinámica fue la decisión franco-alemana de eliminar los controles en sus fronteras en el verano de 1984, una iniciativa que más tarde se extendería a otros Estados miembros mediante la firma del Tratado de Schengen. Asimismo, la cooperación más estrecha entre Francia y Alemania en el área de seguridad y defensa, en la primera mitad de los ochenta, fue preparando el camino para que la Comunidad asumiese más competencias en este ámbito. Particular relevancia tuvo a estos efectos el apoyo que Mitterrand, al igual que González, prestó a Kohl con motivo del establecimiento de los misiles Pershing, tan contestado por el Partido Socialdemócrata Alemán.

En la cumbre de 1984 en Fontainebleau, en la que se llegaría por fin a un acuerdo sobre la adhesión de España, Mitterrand y Kohl acordaban también proponer a Jacques Delors para la presidencia de la Comisión Europea. Una decisión que tendría un efecto importante en el proceso de integración, que pronto se beneficiaría del liderazgo de un político de su talla.

El impulso franco-alemán latía también tras el Acta Única Europea, la primera reforma profunda de los tratados fundacionales que lideraría Delors. Con el Acta se superaban los años de pesimismo y euroesclerosis y se ponía en marcha el proyecto del Mercado Interior, un gran espacio sin fronteras en el que pudiesen circular libremente personas, mercancías, servicios y capitales. También se facilitaba el proceso de toma de decisiones, promoviéndose las votaciones por mayoría cualificada, se fortalecían los poderes del Parlamento Europeo y se avanzaba en la Cooperación Política entre los Estados miembros. Para entonces, España era ya un Estado miembro de pleno derecho. Recogemos en estas páginas otra intervención del canciller en presencia de González del año 198526. Firmada ya la adhesión, el canciller compartía con el español los retos planteados por el Acta Única, en los que esperaba contar con su activa cooperación.

Del discurso de Kohl sobre Europa cabe también señalar su énfasis en la historia27 y en la cultura europea, que se pone de manifiesto en su intervención en Aquisgrán, con motivo de la recepción del premio Carlomagno junto a Mitterrand28, o en el discurso sobre «la Comunidad Cultural de Europa» de 199129. Con frecuencia Kohl mencionaba los recuerdos de su infancia que latían tras su europeísmo: la pérdida de su hermano Walter en la Segunda Guerra Mundial, su largo camino de vuelta a casa en los últimos días de la misma, o la enemistad hereditaria entre Alemania y Francia que les enseñaban en la escuela. También se refería a menudo a «la gracia de un nacimiento tardío», pues solo tenía quince años cuando finalizó la guerra30.

Sobre la aceptación de la historia y la responsabilidad ante la misma recogemos en estas páginas sus palabras pronunciadas con motivo del aniversario de la liberación de Bergen-Belsen31. Allí declaró que «Alemania es responsable ante la historia por las atrocidades de la tiranía nazi». Una responsabilidad que también «se expresa en una vergüenza que no prescribe».

Resulta particularmente importante señalar que el esfuerzo del canciller por profundizar en la integración europea no se inicia tras la caída del Muro, cuando aparece en escena la posibilidad de la unidad de Alemania. Sus palabras, pero también los hechos, ponen de manifiesto que la apuesta del canciller por la integración es anterior a 1989. La integración no fue solo un precio a pagar por la unidad alemana, su europeísmo era auténtico. En 1985 escribía:

Si no conseguimos durante esta década integrar irrevocablemente a la Comunidad con el objetivo de lograr la Unión Europea, corremos el peligro de poner en tela de juicio los logros que ya hemos alcanzado y de alentar a los poderes que quieren que retrocedamos.

Después de 1989: La unidad alemana y europea, «dos caras de la misma moneda»

Kohl nunca renunció a mantener abierta la cuestión de la unidad alemana. Recordaba a menudo que la Ley Fundamental exhortaba «a todo el pueblo alemán a consumar, mediante el libre ejercicio de la autodeterminación, la unidad y la libertad de Alemania». También aquí seguía el camino indicado por Konrad Adenauer, que les había transmitido la necesidad de «permanecer atentos por si llegaba el momento» de aprovechar una oportunidad favorable32.

Mientras, el canciller adoptó una posición pragmática, favorable a la Ostpolitik de Brandt. En 1987 aceptó la visita de Erich Honecker, presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana, con el fin de incrementar las visitas y las relaciones entre los alemanes del Este y el Oeste, que eran cada vez más intensas. Más tarde diría que fue su decisión personal más importante hasta la caída del Muro:

Quien haya visto las imágenes en que Honecker y yo aparecemos pasando revista al batallón de guardia que nos rendía honores, quien haya visto cómo me sentía cuando sonaron los acordes del himno de la RDA delante de la cancillería, podrá imaginarse qué pensamientos cruzaban aquel día por mi cabeza33.

Incluimos en el pliego una foto de ese día en la que se percibe la gravedad del momento. Kohl exigió que la dirección del SED (el Partido Socialista Unificado de Alemania) aceptase que los discursos se emitiesen en directo en las dos Alemanias. Los negociadores de Honecker trataron de evitarlo a toda costa, pero tuvieron que dar su brazo a torcer para no poner en riesgo la visita. Recogemos en estas páginas el discurso del canciller que aquella noche pudo dirigirse a los diecisiete millones de ciudadanos de Alemania Oriental34 para decirles que «la conciencia de la unidad de la nación» estaba «tan despierta como siempre y la voluntad de preservarla» permanecía inquebrantable.

En el verano de 1989 Kohl se reunía con el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. Para entonces en Moscú se había iniciado un proceso profundo de reformas que tendría un efecto inmediato en las relaciones Este-Oeste. También en Polonia y Hungría, a diferencia de Alemania Oriental, se daban pasos importantes hacia la apertura y Budapest tomaba medidas para permitir el paso de los refugiados de Alemania Oriental hacia Occidente.

Esta antología recoge también la declaración conjunta firmada por Kohl y Gorbachov el 13 junio 198935 tras ese importante encuentro. Esta ponía de manifiesto un salto cualitativo en las relaciones bilaterales y se pronunciaba a favor de los derechos humanos, la autodeterminación de los pueblos y la política de desarme. Kohl escribiría más tarde sobre la relación de confianza forjada entonces, los acuerdos alcanzados y su compromiso para apoyar económicamente el proceso de reformas soviético.

A continuación, recogemos las cuatro intervenciones del canciller que dan cuenta de los acontecimientos que se sucedieron apresuradamente entre el 9 de noviembre de 1989, día de la caída del Muro de Berlín y la víspera del Día de la Unidad alemana, el 2 de octubre de 1990. El día 28 el canciller tomaba la iniciativa presentando ante el Parlamento alemán un programa de diez puntos36, redactado con un grupo de sus colaboradores entre los que se encontraba el que luego sería su consejero para Europa, Joachim Bitterlich37. En él se planteaba el establecimiento de unas «estructuras confederativas con el objetivo de crear una federación» al tiempo que, con cierta ambigüedad y sin mencionar fecha alguna, se afirmaba que «la recuperación de la unidad nacional de Alemania» seguía siendo «el objetivo de la CDU». El canciller consideraba que el paso hacia la unidad solo podía darlo un gobierno de la RDA legitimado democráticamente y terminaba señalando que «la unidad vendrá cuando las personas de Alemania así lo quieran».

En aquel momento Kohl estaba convencido de que la unidad no se alcanzaría en menos de tres o cuatro años38 pero pronto cambiaría de opinión. Reproducimos en esta edición el emocionado discurso, casi improvisado, en Dresde el 19 de diciembre39. Se trata de un momento importante pues aquel día comprendió, ante el entusiasmo de la multitud, que el régimen de la RDA estaba acabado y la reunificación estaba en camino40. Era necesario acelerar el proceso. La tensión del momento queda patente en sus palabras al tener que indicar repetidamente en su discurso el carácter pacífico de la manifestación. Kohl comprendía la necesidad de apaciguar a los asistentes, pues «cualquier expresión equivocada, que quizá después hubiera podido ser interpretada como nacionalista en París, en Londres o en Moscú, hubiera causado graves perjuicios»41. Se incluye también una fotografía de aquel día.

La posibilidad de la reunificación requería un acuerdo con las cuatro potencias, los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la Unión Soviética, que aún retenían derechos que afectaban a la soberanía alemana. El canciller lograría, en los meses que siguieron, ir venciendo sus reticencias y afrontar con éxito las negociaciones en el llamado foro 2+4, casi desde una posición de igualdad42.

En el mes de febrero de 1990 el canciller viajaba a Moscú. Recogemos a continuación su declaración a la prensa al retorno de su viaje43