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Celia Lawrence no puede mostrar su rostro en su pequeño pueblo conservador. Primero, descubrió a su esposo en la cama con la esposa de otro hombre, y después fue testigo de los asesinatos de ambos. A pesar de que ella no haló el gatillo, los chismes del pequeño pueblo la condenan, a donde quiera que vaya, es reprendida por no ser lo suficientemente mujer para mantener a su esposo descarriado en casa. Ansiosa por escaparse de su antigua vida, Celia se dirige a Colorado como una novia por correo.
Como alcalde de Slate Springs, Colorado, se espera que Luke Tate dé el ejemplo. Su pequeño pueblo está lejos y escondido en una región montañosa y remota, donde pocas mujeres tienen el coraje o el deseo de llegar. Como alcalde, le corresponde a él acatar la nueva ley aprobada, y compartirá una esposa con su hermano. Pero la verdad es que Luke no tiene interés en tener una mujer para él solo, y acuerda tener una novia por correo, por obligación y sin expectativa.
Su hermano, Walker, está desanimado, y mucho después de la muerte de su esposa. Para Walker, amar otra vez no es una opción. Pero un hombre tiene necesidades, y ansiosamente él querrá obtener placer con su nueva novia, mientras espera que Luke sea quien le proporcione la ternura y el cuidado que espera una mujer.
Un matrimonio basado en todo menos amor debería estar condenado al fracaso. Pero Celia, Luke y Walker descubren algo que tienen en común: el deseo. ¿Será eso suficiente para sobrevivir al peligro que persigue a Celia desde Texas? ¿El deseo será lo suficientemente fuerte para enseñarles a los tres que algunas veces hay que arriesgar todo por amor?
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Derechos de Autor © 2016 por Vanessa Vale
Este trabajo es pura ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora y usados con fines ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas y compañías, eventos o lugares es total coincidencia.
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro deberá ser reproducido de ninguna forma o por ningún medio electrónico o mecánico, incluyendo sistemas de almacenamiento y retiro de información sin el consentimiento de la autora, a excepción del uso de citas breves en una revisión del libro.
Diseño de la Portada: Bridger Media
Imagen de la Portada: Hot Damn Stock
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
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COMUNICADO OFICIAL:
Aprobado por voto unánime del condado del pueblo, 16 de septiembre de 1885, ley 642.
Ley del Matrimonio.
Debido al escaso número de mujeres en el área, dentro de Slate Springs, Colorado, y zonas aledañas, dos o más hombres podrán casarse legalmente con una mujer. Todas las ceremonias serán llevadas a cabo por la Justicia de Paz y serán consideradas válidas y con garantías legales obligatorias hasta la muerte de la novia o de ambos o todos los esposos.
Firma,
Luke Tate
Alcalde de Slate Springs
CELIA
Tyler, Texas
Septiembre de 1885
Hacía demasiado calor para estar afuera. También hacía demasiado calor para estar adentro. El calor del verano todavía no había disminuido y el suelo estaba duro y seco. Levanté la mirada y entrecerré los ojos. No había ni una nube en el cielo. Ninguna forma de protegerme del sol —aparte de mi sombrero de paja—. Mi vestido, con el cuello alto y mangas largas, me estaba sofocando. El sudor empapaba la parte posterior de mi corsé y deseaba desnudarme de las capas de ropa sobrante, al menos durante mi turno.
Había sido un largo día. Las horas de consultorio de John eran los martes por las mañanas y tenía muchísimos pacientes esperando cuando llegó a las ocho. Mi esposo no era el único doctor en el pueblo, aunque las personas vinieran desde muy lejos si estaban demasiado enfermas, no había demasiada actividad para tres médicos. Los casos de hoy incluían un diente roto, un cólico infantil, un caso de neumonía y un dedo fracturado. Cuando John se fue a almorzar, me quedé para limpiar y enviar a aquellos que llegaron después del mediodía —cuando él fue al restaurante del hotel— en dirección a los otros dos doctores. John era muy preciso y muy estricto en su rutina, y no la variaba.
A pesar de que pasaba la tarde en la oficina de la casa —siempre con la puerta cerrada para no ser molestado—, yo era quien iba frecuentemente a las casas de quienes habían sido atendidos, y los chequeaba y supervisaba. Específicamente, lo hacía con las pacientes mujeres, pues con ningún hombre sería apropiado. Ni siquiera se suponía que tuviera que visitar a las señoritas, pero ¿quién más lo haría? No John, porque si no aparecían en su consultorio con lesiones visibles o si no tenían dinero para pagar una visita a domicilio, no estaba interesado.
Así que pasaba mi tarde atendiendo a los enfermos, meciendo a los bebés y hasta lavando unos cuantos platos. John se reía de mi actividad peatonal de la tarde, siempre diciéndome que me estaba rebajando a tal aburrimiento. Pero ¿se suponía que tenía que sentarme en casa a leer y tejer? No podía soportar semejante vida tan inactiva.
Y por eso era que ahora estaba parada en la cocina de la señora Borden, fregando una olla. Me quité un rizo rebelde de la cara, pero se adhirió al sudor de mi frente. Acababa de tener a su tercer hijo, estaba en la cama recuperándose con los dos pequeños montándose encima de ella y con el recién nacido mientras su esposo iba a al trabajo en los campos de algodón.
Mientras proseguí a limpiar los platos de la cena de la noche anterior, me lanzó desde la habitación:
—Será tu turno pronto y yo iré a ayudarte.
Dejé de fregar y bajé la mirada a mi estómago plano. No, no habría oportunidad para mí. Nada de niños; John era muy independiente y esperaba que yo fuese igual también. Cuando me casé con él, supe que quería una compañera, no niños pequeños. Estuve de acuerdo porque fui criada por padres que no habían sido cariñosos. No conocía otra manera. Tampoco estaba acostumbrada a un hombre que me abrazara y me agasajara con afecto.
Pero en los últimos cinco años, fui cambiando de opinión. Observar a otras parejas abiertamente enamoradas —como los Borden— me demostraba que me faltaba algo, eso que nunca vería en mi propia unión. Sin niños que atender, mi vida estaba vacía. Para John, yo era oficialmente infértil. Oficialmente no era una verdadera esposa, porque él no podía cumplir conmigo el único deber que no podía realizar por sí mismo: concebir un hijo.
Y así, triste y acalorada, regresé a casa, tras renunciar a cualquier otra visita por la tarde. Cerrando la puerta detrás de mí, noté que la puerta de la oficina de John estaba abierta. Extraño. Él nunca llegaba antes de las cinco. Mientras me quitaba el sombrero y lo colocaba sobre la mesa al lado de la puerta, escuché voces murmurando que venían de arriba, después un suspiro, luego un grito de una mujer.
Miré hacia arriba como si pudiera ver a través del techo. Sabía lo que era. Quién era. Al menos, sabía que era John y una mujer. Siguió un golpeteo rítmico. Estaban follando. En mi cama. John apenas me tocaba, así que sabía que se hacía cargo de sus necesidades con alguien más, una prostituta o una viuda, alguien que él sintiera que merecía sus deseos. Pero nunca saciaba sus necesidades en nuestra casa. Aunque dudaba de que me amara, me respetaba lo suficiente como para mantener a sus mujeres lejos de mí. Hasta ahora.
—¡Sí! Justo ahí. ¡Más duro!
Mis ojos se abrieron de par en par ante la carnalidad de las palabras de la mujer y el tono desesperado. A pesar de que estaba furiosa de que hiciera alarde de su comportamiento de esa manera, también tenía curiosidad. Curiosidad en cuanto a lo que le hacía John para satisfacerla tanto. Yo nunca antes había gritado así. Nunca.
Subí las escaleras en puntillas, con cuidado de evitar el cuarto escalón que rechinaba. La puerta de la habitación estaba cerrada, así que me metí en la otra habitación que tenía una puerta contigua. Había sido planeada para un cuarto de niños, y permanecía sin uso, pero sabía que la puerta estaba abierta algunos centímetros para dejar que el aire circulara. Y pude mirar fácilmente. Ahí fue donde me quedé parada, detrás de la puerta que conectaba ambas habitaciones, y observé a mi esposo en la cama con la otra mujer. No la reconocí a ella porque su cabello claro estaba desatado, cubriendo su rostro. También estaba desnuda, apoyada sobre sus manos y rodillas, con sus muñecas sujetadas y amarradas a la voluta de metal de la cabecera de la cama, con mi vestido de noche. La prenda en sí yacía olvidada en el suelo al lado del montón de ropa olvidada de ellos.
John estaba detrás de la mujer, desnudo también, follándola. Sus manos agarraban sus caderas mientras la tomaba fuertemente; el sonido de sus caderas rebotando contra el trasero levantado de ella llenaba el aire.
—¿Eso es lo suficientemente duro? —gruñó él, con los músculos de su cuello apretados y tensos.
La mujer movió la cabeza y sus manos en el agarre se tornaron blancas sobre las barandillas de la cama. Sus senos, los cuales eran bastante grandes, se balanceaban con cada embestida. Era carnal, oscuro y decadente, y nunca había visto a John así. Estaba perdido en el deseo, perdido en el poder que tenía sobre la mujer. Nunca tan… superado por sus necesidades más básicas. Cuando me tomaba a mí, era tranquilo y lento; sus caderas solo se movían lo necesario para que su pene entrara y saliera como para liberar su semen.
John golpeó su trasero; el estampido la hizo gritar. La mujer gimió, pero no fue por dolor.
—Eres toda una zorra, dejándome follarte así. Lo necesitas, ¿no es así? Tu esposo cree que es histeria lo que te hace una esposa frustrada, pero simplemente eres una zorra que necesita un pene grande.
—¡Sí! —gritó ella otra vez.
¿Así era como se suponía que yo me tenía que ver mientras era follada? ¿Salvaje y traviesa y en medio de un placer tan intenso que amara que me golpearan el trasero?
Nunca antes lo había escuchado a John hablar de esa manera, con palabras tan contundentes y crueles. Su voz era algo tosca, no tenía el tono desafinado y claro al que estaba acostumbrada. Él nunca me había hablado de esa manera, nunca me había agarrado con tanta determinación, ni me había follado así tampoco. Ni siquiera sabía que podía hacerlo.
Pero yo no era como esta mujer. Su figura no se parecía a la mía. Ella era alta y delgada, con un busto bastante ancho y una espalda pequeña. Yo era bajita y curvilínea, con caderas y trasero redondos y aun así mis senos eran mucho más pequeños. ¿John la había escogido a ella para follar porque era la antítesis de mí? ¿La apariencia de ella traía este cambio en él? ¿Era eso lo que me faltaba? Tuve que asumir que la respuesta era sí.
John solo me tomaba en las noches cuando estaba oscuro, con la luz ligera de la linterna a un lado de la cama proporcionándole un resplandor suave a la habitación. No había charla. Él solo me presionaba de espaldas, levantaba mi pijama mientras separaba mis piernas y presionaba dentro de mí sin ningún preámbulo. Él sí que respiraba fuerte, pero solo cuando liberaba su semen, un esfuerzo leve en comparación al vigor que aplicaba ahora. Él nunca transpiraba, nunca gemía. Cuando terminaba, volvía a bajar mi pijama, ponía las sábanas encima y se enrollaba de su lado para dormir. Yo quedaba inflamada y nada complacida, con semen pegajoso entre mis muslos y la cama debajo de mí.
Esta mujer no estaba insatisfecha. Por la forma en que se movía y hacía círculos con sus caderas, por la forma en que relucía su piel con un brillo de transpiración, por la forma en que estaba jadeando y gritando “sí, sí, sí” una y otra vez, era bastante obvio que lo estaba disfrutando. Yo nunca lo disfrutaba con John, nunca sentía el mismo abandono, el deseo obvio que esta mujer sentía con las manos de mi esposo o con su pene. Por la forma en que gemía, por su cuerpo tensándose mientras John continuaba penetrándola, supe que nunca antes yo me había venido.
Estaba más molesta por ser engañada con la existencia de ese tipo conexión profunda, oscura y placentera entre dos personas que por el hecho de que mi esposo lo estuviese compartiendo con alguien más. Sabía de su flirteo ocasional, pero no con quién lo hacía o dónde. Ciertamente no me esperaba esta escena.
Quería esto. Quería a alguien que enredara sus dedos en mi cabello y tirara mi cabeza hacia atrás. Quería que alguien me tomara duro desde atrás. Quería que las huellas dactilares de un hombre estuvieran de rosado brillante en mi trasero. Quería pasión.
La puerta principal de la casa se abrió, lo cual me hizo saltar.
—¡Marie! —La voz de un hombre gritó desde abajo.
Los movimientos de John se paralizaron, aunque su pene seguía bien profundo dentro de la mujer mientras ella levantaba la cabeza hacia la puerta. Sus ojos se abrieron con sorpresa y pánico.
—¡Es mi esposo! —susurró ella, pero no se podía mover, amarrada como estaba a la cama y con John por detrás.
El hombre subió las escaleras; su paso pesado retumbaba como si tomara dos peldaños a la vez. La puerta de la habitación se balanceó tan rápido que se estrelló contra la pared. Salté y jadeé, después me mordí el labio. Un hombre grande se paró en la entrada. Vestido con un traje y una corbata, su cabello estaba peinado hacia atrás con sudor, algunas gotas caían de sus sienes. Respiraba fuerte, como si hubiese atravesado todo el pueblo corriendo. No era un granjero o un obrero, sino un hombre hecho y derecho. El corte de su ropa lo decía, y John no hubiese tomado a una amante de clase baja. Pero ¿una casada? Este hombre estaba despechado; la pistola en sus manos lo demostraba, y me mordí el labio otra vez para ahogar el pánico que quería salir. Era evidente que él estaba un poco loco también. ¿Molesto por celos? Me sentí ridiculizada y avergonzada por ser ignorada. Solo me podía imaginar la rabia de este hombre al descubrir que era un cornudo.
John se salió de la mujer —de Marie— y se puso de rodillas hacia el otro hombre. Su pene estaba rojo, hinchado y brillante por la excitación de la mujer. Marie seguía atrapada con sus muñecas amarradas, pero se inclinó sobre su costado y levantó sus rodillas para intentar esconderse. Era como una niña cuando cubría sus ojos y pensaba que no podía ser vista. Sus movimientos no hicieron nada para esconder su desnudez o la vista de su vagina follada. Su evidencia y la de John eran indiscutibles.
—Neil —gritó ella, con sus ojos ensanchándose. John levantó sus manos arriba como para protegerse del hombre, pero él no dijo nada. ¿Qué había que decir?
Neil entrecerró sus ojos mientras su pecho se agitaba. No hubo titubeo, no hubo deliberación. Le disparó a John directamente al pecho.
El sonido reverberó en la habitación y me cubrí la boca con la mano para ahogar mi grito de sorpresa. La sangré salía del pecho de John, quien puso su mano encima del agujero. Él solo bajó la mirada a la herida antes de caer a un lado, muerto. Aunque no era doctora, sabía que un disparo al corazón provocaría la muerte instantáneamente. Marie gritó y suplicó a su esposo mientras se arrastraba sobre sus rodillas y halaba las cintas que la mantenían atrapada, pero en lugar de un juego lujurioso de esclavitud, ahora estaba justo donde Neil la quería cuando le disparó a ella también. Una vez, después dos veces más.
Apenas respiraba, mis orejas zumbaban por la detonación de la pistola. No me atreví a mover un músculo por miedo de que me viera y viniera detrás de mí después. Neil se puso de pie y miró los cuerpos por unos pocos segundos. Quizás un minuto. No tenía idea del tiempo. Solo permanecí tan paralizada como era posible detrás de la puerta, esperando que no pudiese escuchar el latido frenético de mi corazón. Seguramente me dispararía a mí también si me descubriera. A pesar de que tenía sus razones para esas acciones, aun así, era asesinato a sangre fría. El hombre respiró profundamente, luego lo hizo otra vez, después se dio media vuelta, bajó pisoteando los peldaños y salió por la puerta. El silencio que quedó tras su partida fue tan ensordecedor como los disparos.
Mis piernas temblaban, después colapsaron. Me deslicé por la pared hacia el suelo, quedé como un montón de algo acurrucado y marchito. Mis manos se sacudían involuntariamente e intenté calmarme, intenté evitar que el exceso de energía me abrumara. Ahí fue donde el oficial y mis vecinos me encontraron unos pocos minutos después. Los secretos sucios de mi matrimonio ya no se esconderían. Por el contario, estaban expuestos, con esos cuerpos desnudos y muertos en mi propia cama.
LUKE
Denver, Colorado
Diciembre de 1885
—No tenías que hacer esto —murmuró Walker, de pie conmigo en la plataforma de la estación mientras llegaba el tren del oeste. Era ruidoso, siseaba y chasqueaba mientras se detenía. Finalmente. Dos horas después de lo programado. En ese tiempo, debí haberme dado media vuelta y marchado. Pero una mujer me esperaba, una mujer que era mi novia, y no podía ser cruel con ella. No era su culpa que yo estuviera próximo a casarme con una extraña. La culpa caía únicamente sobre mí.
—Sí tenía que hacerlo —respondí, con mi respiración saliendo en una nube blanca grande. El sol se había metido detrás de las montañas y la noche estaba cayendo rápido; la temperatura se desplomaba muy por debajo de congelado. Cualquier resto de nieve que se había derretido más temprano durante el día, ahora se convertía en hielo en las pasarelas de ladrillo.
Metiendo el cuello de mi abrigo alrededor de mi garganta, miré la longitud del tren, sabiendo que mi novia aparecería pronto. Mi novia. Mi novia por correo. Una extraña con un trozo de papel que nos unía en matrimonio legal. ¿Cómo se vería ella? ¿Alta o baja? ¿Acogedora o hermosa? Eso no importaba. Lo que realmente importaba era que yo era el primero en casarme bajo la nueva ley de Slate Springs. Miré a Walker, fornido y callado a mi lado.
—¿Estás teniendo dudas? ¿Ese es el problema?
—Maldición, Luke, dije que lo haría y mantengo mi palabra. —Sus ojos oscuros se incendiaron de rabia, pero se desvaneció rápidamente.
Suspiré.
—Mierda, lo siento. Yo solo estoy… es solo que esto no es como lo esperé.
—¿Qué? ¿Congelar nuestras pelotas por una mujer a la que estamos comprometidos por el resto de nuestras vidas solo porque Slate Springs no tiene suficientes mujeres?
Sí, eso lo describía bastante bien.
—Bien, lo hice por obligación, pero realmente, quiero a alguien con quien compartir mi vida, justo como la mayoría de los hombres en el pueblo. Hijos. Compañía. Demonios, alguien que caliente mi cama en una noche como esta.
Tiré del cuello de mi abrigo contra el viento que azotaba la plataforma.
—Todo lo que tenías que hacer era bajar la montaña. Denver tiene mujeres que se casarían felizmente con el alcalde de Slate Springs y dueño de una mina para colmo. —Walker levantó sus manos, las colocó alrededor de su boca y exhaló aire caliente a ellas.
La mina Trusty estaba sacando plata a un ritmo que me estaba haciendo tan rico como aquellos en Butte excavando cobre. Sabía que no duraría, que la vena se secaría eventualmente, pero tenía más dinero del que necesitaba en mi vida. Ahora era momento de compartirlo con otros, con una esposa e hijos.
—Soy más que un dueño de una mina. No quiero a una mujer que solo esté interesada en mi dinero. Quiero a una mujer que me quiera a mí.
De pie, inmóvil, el frío se filtraba a través de mis botas.
Los pasajeros comenzaron a bajarse del tren. Porteros pasaron al lado de nosotros para ayudar a los viajeros fatigados con sus maletas.
Me volví hacia mi hermano intentando justificar este matrimonio.
—Tomé el trabajo solo para evitar que Thomkins se quedara con el puesto. Si bien recuerdo, estábamos locos por el trabajo.
La comisura de su boca se levantó.
—Sí, y tú perdiste. Puede que ser alcalde evitara que Thomkins jodiera al pueblo, pero te da una novia también.
Sí, ser alcalde y votar por la ley que permitía que dos hombres se casaran con una mujer me tenía poniendo el ejemplo, sentando un precedente para que los otros hombres del pueblo la siguieran. En consecuencia, Walker y yo estábamos en Denver conociendo a una mujer que sería nuestra. Quizás debí haber dejado que Thomkins fuese alcalde después de todo. No tenía que encontrarse una novia. Había estado casado con la dócil Agnes Thomkins por diez años o algo así. Fue un imbécil básicamente desde que nació, desde cuando su padre fundó el pueblo, y lo seguía siendo. No haría bien a la comunidad si fuese alcalde, probablemente prohibiría la minería o alguna tontería de ese tipo cuando hubiera bocas que alimentar. Mi rabia hacia Thomkins era suficiente tanto para mantenerme en el rol de líder como para mantenerme de pie en el frío esperando por nuestra novia por correspondencia.
—Y tú —añadí—. Tú obtienes una novia por lo mucho que odiamos a Thomkins también. —Estábamos juntos en esto y esta mujer sería de ambos.
Lo escuché suspirar, pero Walker no dijo nada más.
Los pasajeros comenzaron a deambular y los observé a todos de cerca, buscando a Celia Lawrence, viuda de Tyler, Texas. Y mi novia. Celia Tate ahora. No tenía ningún conocimiento de su apariencia, solo sabía que era una viuda de veinticinco años.
Agarré la Biblia en mi mano y la sostuve para que pudiera verse mejor. Si bien no era un hombre excesivamente piadoso —estaba comprometido a casarme con una mujer en una forma muy poco bíblica, con Walker y sin nuestra unión bendecida en una iglesia—, la Biblia era la señal para que la señora Lawrence me distinguiera de la multitud.
—¿Estás seguro? —pregunté, queriendo confirmar una última vez—. Tú juraste no casarte nunca más después de la muerte de Ruth. Todavía puedes cambiar de opinión, Walker. Puedo encontrar a alguien más.
Walker podía echarse para atrás, pero yo no podía. El matrimonio por poder era legalmente vinculante. Luke Tate, esposo. Celia Lawrence, esposa. Pero no tenía ningún interés en compartir una novia con cualquier hombre y solo lo haría con mi hermano. Éramos unidos, lo suficientemente unidos para haber compartido mujeres en el pasado, para tener los mismos intereses —y deseos oscuros—cuando se trataba de tomar a una mujer. Algunos podían encontrar nuestras predilecciones pecaminosas o incluso desviadas, pero dominar a una mujer solo la llevaba a su placer, a su máxima satisfacción. La poníamos a ella como prioridad. Claro, podríamos amarrarla y azotar su trasero, follarlo también, pero a ella le gustaría. No, ella lo amaría.
—Yo también quiero hijos —admitió él—. Pero ¿amor? —Encogiéndose de hombros, supe que Walker estaba agotado—. Eso es para ti. Ella se lo merece y tú se lo darás. Esto funciona perfectamente para mí.
Incliné la cabeza hacia el tren que se estaba vaciando.
Walker se encogió de hombros.
—Tenemos que esperar.
