Así mataron en octubre - Dauno Tótoro Navarro - E-Book

Así mataron en octubre E-Book

Dauno Tótoro Navarro

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Crónicas acerca de tres asesinatos y los testimonios de tres mujeres que transitan el pedregoso camino de su lucha por verdad y justicia. Álex Núñez, Romario Veloz y Yoshua Osorio fueron asesinados durante la Revuelta Popular de octubre de 2019.

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© LOM ediciones Primera edición, octubre de 2024 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1854-0rpi: 2024-a-9016 imagen de portada: Rescate del joven lanzado al río Mapocho,de Paulo Slachevsky / @pauloslachevsky <https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/> Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 68 00 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de grádica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

A Solange, Mery y Natalia, por su valor inmenso.A su lucha que nos interpela y nos exige.

Estas páginas están dedicadas a las y los caídos de La Revuelta. Ni el tiempo ni la impunidad borrarán sus rostros ni sus nombres. Permanecerán.

No entres dócilmente en esa buena noche,que al final del día debería la vejez arder y delirar.Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz Dylan Thomas

Introducción

Esta es una crónica basada en tres testimonios. Es un relato desde el punto de vista de Solange Arias, Mery Cortez y Natalia Pérez, madres y pareja, respectivamente, de tres asesinados en la revuelta. Se cuenta lo que vivieron el 20 de octubre del 2019, parte de su pasado y lo que les ocurrió los días y meses posteriores.

Cuando recordamos la revuelta en Chile y sus fechas «emblemáticas», poco se habla del 20 de octubre del 2019. Ese fue el día de los muertos, de los asesinatos, de la bestial respuesta represiva de parte del Estado.

La represión y violencia estatal no se circunscribieron a un solo día y existieron varias jornadas que destacaron negativamente por la violencia represiva como ocurrió el 12 de noviembre en la convocatoria a paro general (la más masiva e importante desde el fin de la dictadura). Esto además lo prueban gran cantidad de informes nacionales e internacionales de derechos humanos, miles de testimonios, denuncias y procesos judiciales. Pero lo cierto es que, del total de los muertos durante la revuelta, once fallecieron en un único día. O, más precisamente, los hechos que desembocaron en sus muertes ocurrieron en un plazo de 24 horas. Esa fecha es el domingo 20 de octubre.

Podemos identificar tres formas de cómo se mató en Chile: a manos de militares, por acción de carabineros y muertos en incendios, donde se sospecha la participación de funcionarios policiales o uniformados.

Cada uno de estos casos aquí relatados expresa a su manera esas tres formas que el Estado tuvo de matar, aunque estos crímenes fueron mucho más allá de lo ocurrido con Álex Núñez, Romario Veloz y Yoshua Osorio, ya que fueron decenas de caídos.

Así, las tres historias son una pequeña muestra de cómo actuó el Estado de Chile ante las masivas protestas populares del 2019. La represión no sólo se dirigió contra aquellos que el discurso oficial llamó «delincuentes» o «manifestantes violentos», intentando diferenciarlos de los «manifestantes pacíficos». La violencia estatal fue contra el pueblo en general: afectó a la gente que se asomaba a mirar los acontecimientos, a algunos que iban pasando, a jóvenes que nunca habían asistido a una manifestación.

Esta crónica se propone como un ejercicio de memoria y busca convertirse en un testimonio para el futuro. Es un relato a través de los ojos de aquellas que se volvieron protagonistas inesperadas de una historia a la que fueron arrastradas por la fuerza, donde han peleado por justicia, contra la muerte y contra algo igual de terrible: el silencio y el olvido que todo el régimen político del Chile neoliberal trató de instalar luego de la firma del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, en un intento de desviar los cuestionamientos profundos que abrió la revuelta popular hacia los estrechos pasillos de la institucionalidad, lo que, pasados los años podemos confirmar, no fue más que un intento de cerrar por arriba las problemáticas planteadas por la rebelión y el otorgamiento de impunidad tanto a los responsables materiales de los crímenes cometidos por el Estado como a los responsables políticos de esas violaciones masivas a los derechos humanos, partiendo por los miembros del gobierno de la época y los responsables del «orden público»: el ex presidente Sebastián Piñera, sus ministros del Interior Andrés Chadwick y Gonzalo Blumel, el ex intendente de Santiago Felipe Guevara y tantos más.

A cinco años de la revuelta, desde todos los sectores de la política tradicional, desde la derecha, la ex Concertación y el propio gobierno de Gabriel Boric, parecen querer dejar en el pasado lo ocurrido durante la rebelión. «Mirar al futuro» es un concepto que se repite. Quieren enterrar los motores profundos que originaron ese levantamiento, mientras las pensiones, los salarios, la educación, la salud y en general las condiciones de vida que originaron las movilizaciones tan sólo han empeorado y ese modelo se mantiene intacto.

Pero además pretenden hacer olvidar la potencia de la fuerza de las mayorías trabajadoras y populares cuando estas se ponen en movimiento y deciden luchar. Como consecuencia de todo lo anterior, lo que hacen es dejar a un costado de la historia las luchas por justicia de familiares, sobrevivientes y el recuerdo de aquellos que fueron asesinados. Garantizar la impunidad a los responsables políticos y materiales de las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas es también parte de la garantía para mantener intactos los pilares del «Chile de los 30 años» que la revuelta impugnó.

Si algo de justicia ha existido es producto de la pelea casi incansable de las familias, de organizaciones y de mujeres como Mery, Solange y Natalia. Eso dice mucho sobre lo que pasó y sobre el futuro para el cual tenemos que prepararnos.

Parte IDomingo 20 de octubre, los días posterioresy el recuerdo de tres nombres

Nunca se me cruzó por la cabeza que pudiera pasar algo; al contrario, yo era como ‘salgamos, vamos, no nos podemos quedar’. Incluso yo peleaba con el Ale, yo le decía ‘tenemos que salir’, y él respondía ‘qué, cuando llegue un cabro sin cabeza ahí te vas a quedar tranquila’, me decía, porque él nos miraba desde lejos, él no participaba. Yo llevaba a mis cabros,porque sí, teníamos que luchar.

Natalia Pérez, ex pareja de Álex Núñez

Domingo 20 de octubre, 10 a.m., Maipú

Natalia Pérez había decidido prohibirles a sus cuatro hijos salir a la calle. No habría otra jornada de protestas para ellos. Ya no. Ese día habían llegado los militares al Metro Del Sol y se hacía presente en su memoria un recuerdo que le levantaba temores.

No se olvidaba de los ochenta, cuando la villa estaba prácticamente fuera de la ciudad, rodeada por chacras y campos, y pasaban los camiones militares por las afueras del barrio, rondando, con un sonido fuerte, como de un animal grandote que recorría y que vigilaba el lugar.

Se quedaron encerrados en la casa las primeras horas de ese domingo, tratando de evitar el riesgo. Pero los ruidos, los olores y las noticias llegaban igual. No era posible abstraerse de la situación. Escuchaban disparos y gritos, hasta que de pronto apareció el gas. El humo de las lacrimógenas llegaba al pasaje, inundaba el lugar, y comenzaban a sentir el picor en los ojos y en la garganta producto de esa emanación que se colaba poco a poco por las rendijas de la casa, que entraba por los orificios, por el techo, las ventanas y las puertas. Era imposible impedir que se hiciera presente ese olor tóxico y asfixiante que traía consigo una sensación de inseguridad y de fragilidad, como una sentencia que parecía decirles que no podrían esconderse.

A eso de las tres de la tarde, empujados por las circunstancias, no se aguantaron más y salieron a mirar, presos de la curiosidad por los hechos que se sucedían, las protestas que se repetían día a día desde el jueves recién pasado. Parecía extraño que acontecimientos de esa magnitud llegaran a ocurrir a tan poca distancia de su cuadra. 

Estaban en eso cuando lo vieron. Ahí andaba él, «el Ale», Álex Núñez, de 39 años, con su aspecto desaliñado, rengueando, con el estilo rockero y metalero que lo caracterizaba, el padre de tres de los hijos de Natalia; su exmarido y su primer amor, el que ella considera el amigo de toda la vida. Se dirigía a la protesta con un conocido y con su padre, «el tata Juan», quien estaba en silla de ruedas. Y si antes era Álex quien les imploraba que tuviesen cuidado ante las manifestaciones, les retaba por ir a meterse y a exponerse, preocupado por lo que pudiese pasarle a ella o a sus hijos, esta vez fue Natalia quien se preocupó por él: «Oye, ándate para la casa, le dije, y me respondió: ah qué te metís, no te gusta a ti nomás … Y se fue…».

De todas formas, Álex no se iba a arriesgar con su cojera y con su padre en silla de ruedas. Si bien simpatizaba con las protestas, sólo iba a mirar de lejos, no buscaba mayor protagonismo.

Desde un punto estratégico, donde se podían ver las protestas y los enfrentamientos con la policía, parapetado y a una prudente distancia, se dedicó a observar el transcurso de los hechos, siempre distante, algo alerta, algo tensionado y probablemente también entusiasmado por ver las calles con gente, las consignas y el hastío, después de tantos años, de un país que parecía sacudirse la modorra de encima.

Álex, taciturno

Álex Núñez cursó toda la enseñanza media en el liceo industrial Vasco Núñez de Balboa, ubicado en plena Alameda. La educación básica la hizo en el Colegio San Andrés de Maipú, que se encuentra a algunas cuadras de su barrio. Allí vivió gran parte de su vida.

Era hijo de Juan Núñez, soldador que trabajó en la minería, por lo que se iba por largas semanas a la faena. También se desempeñó como obrero de la empresa Bosch. Su madre, Yolanda Sandoval, «la mami Yoli», fue siempre dueña de casa; una mujer atenta y preocupada por sus hijos, por su cuidado.

Álex egresó de cuarto medio como técnico en electrónica y con el paso de tiempo se fue especializando en cursos que hacía en las empresas donde trabajó. «Nunca tuvo una educación así, fuerte, como que él estudiara en algún instituto, universidad, no», recuerda Natalia. Eso sí, le gustaba su oficio. Se metía en el detalle, arreglaba las herramientas de construcción, taladros, esmeriles, máquinas de soldar, se pasaba horas enfrascado en el arreglo de las máquinas, casi adentro de los artefactos, reparando cables y conexiones. Era algo que le apasionaba, «disfrutaba de esta cuestión de armar las placas, dibujar los circuitos».

Natalia es la madre de los tres hijos de Álex, todos varones: Rodrigo, el mayor, Enrique y Alejandro, el menor. Estudió en el Liceo Cervantes, en el centro de Santiago. Luego se tituló como técnica en enfermería porque quiso seguir los pasos de su abuela, que fue enfermera. Siempre buscó trabajar en el sector público: quería hacer algo desde ahí, aportar su granito de arena.

Se conocieron a los cinco años, cuando la familia de ella llegó a ese barrio maipucino, a cuadras de Américo Vespucio, junto al Zanjón de la Aguada, a pasos de las calles Isabel Riquelme y Pajaritos. Desde muy niños se hicieron amigos y con el correr del tiempo la amistad fue creciendo y haciéndose más profunda. Natalia dice que Álex siempre estuvo a su lado, en las malas y en las buenas. Pololearon desde los 15 y un año después fueron papás.

Álex en Maipú hizo sus primeras y pocas amistades, sus primeros juegos; el alto pelota, la escondida, el pillarse. Pero para él era todo medio forzado, medio empujado por sus amigos y por Natalia. Los juegos colectivos y de esfuerzo físico no eran lo suyo. No hacía muchos deportes en el colegio. Sentía que los demás niños que corrían para allá y para acá con esas típicas entretenciones infantiles eran algo tontos, se veían ridículos.

Natalia lo molestaba, porque era de las que tenían más personalidad en el grupo de amigos y ella claramente sí se hacía parte de esos juegos y de las aventuras que planeaban entre todos. En esas circunstancias se lo topaba mientras corría inmersa en alguno de esos periplos, y lo molestaba, lo invitaba a hacerse parte, lo incomodaba, lo empujaba a sumarse.

A mi hijo lo pienso todos los días. Cuando veo un colibrí, según yo, es porque llegó Romario a visitarme. Si veo un colibrí pienso ‘ajá, llegaste’, y le digo, ‘ahí andas haciéndome la vida imposible, ¿no?’. Y hablo con ese colibrí. Capaz estoy loca, pero no sé, digo que es mi hijo y es mi hijo para mí»

Mery Cortez, madre de Romario Veloz

Domingo 20 de octubre, 11 a.m., La Serena

Romario Veloz tenía 24 años y llevaba pocos meses viviendo en La Serena. Se había separado de su pareja y había comenzado a salir con otra persona en la ciudad de la Cuarta Región. Ese 20 de octubre en la noche se iba a quedar en la casa de su nueva novia. Durante la mañana del domingo hizo ejercicios, se duchó, se arregló y se fue preparando para salir. Al día siguiente le tocaba ir al doctor, y, según Mery Cortez, «como era un poquito mamón, me dijo: ‘mamá, mañana me toca ir al doctor’». Sin ser explícito, le pedía que lo acompañara. «Y yo le decía que no, que por qué yo tenía que ir, si la cuestión era de él; pero como era mamón le dije que sí». Quedaron de verse al día siguiente: «A las diez de la mañana, mamá, a las diez nos vemos en el centro».

Para ellos era un domingo como cualquier otro. Es que, si a Álex lo llamaban la curiosidad por mirar las manifestaciones y expresaba un cierto ánimo de apoyo a las mismas, de Romario y de su madre no se podía decir lo mismo. No tenían interés alguno en involucrarse. Esa mañana de domingo debía ser una jornada tranquila como cualquier otro día de descanso, a pesar de las manifestaciones.

Ella vivía en La Serena desde hace varios años, donde había llegado con su hijo mayor, William, que se llevaba por un año con Romario y a quién apodaban Tohuel. Inicialmente Romario decidió quedarse en Antofagasta. La familia completa había migrado el 2001 desde Ecuador, año en el cual Mery inició una relación con un chileno, quien terminaría prácticamente criando y queriendo como sus hijos a Tohuel y Romario.

Los cuatro pasaron largo tiempo viviendo juntos en la ciudad minera. Pero con el paso de los años, Mery optó por probar suerte en la región de Coquimbo. Romario prefirió mantenerse en el Norte Grande, porque allí vivía Francesca, su pareja, que, al momento en que su madre y su hermano partieron a La Serena, se encontraba embarazada. «Yo no voy a ir a estudiar a la Universidad porque me tengo que hacer cargo de mi mujer y de mi hija», le dijo a Mery, explicándole el por qué se quedaba. Fue firme en su decisión.

Durante ese tiempo Romario hizo de todo, pero especialmente se dedicó a instalar pisos de cerámica. Mery recuerda que hacía un trabajo muy detallado y pulcro. Incluso sus clientes lo destacaban, le decían a su madre que había sido «un agrado trabajar con él, aunque estuviésemos obligados a escuchar su música». Es que también era asiduo auditor de rap y reggaetón, que escuchaba a todo volumen en un parlante portátil mientras trabajaba.

A pesar de su buen desempeño, finalmente el interés por estudiar y por buscar un mejor futuro para él y para su hija lo fueron empujando a la idea de ir a La Serena a cursar la carrera de Ingeniería Civil en el INACAP. También influyó la separación con la madre de su hija. Esa decisión Mery la recuerda con dolor: «Yo cometí el gran error de mi vida, que fue meterle tanto a mi hijo que tenía que estudiar en la Universidad porque si no, no era nadie, no existía en este país». Ella cumplió un papel fundamental en la decisión que tomó su hijo. Buscó convencerlo de que viajara; «Nosotros vamos a colaborar con el pago de la universidad, pero ven», le decía. «¿De verdad, mamá? ¿No le va a faltar nada a mi hija?», preguntaba siempre Romario, preocupado, y ella le respondía tajante: «Queremos que estudies, que seas alguien en la vida».

Convencido por su madre y pensando en un mejor porvenir, a mediados del 2019, Romario llegó a estudiar a La Serena. «Mi hijo me hizo caso, se vino, y no lo logró, ni él ni yo logramos hacer nuestros sueños realidad», recuerda ella.

La revuelta en Chile estalló cuando Romario llevaba pocos meses viviendo en la Cuarta Región. Mery recuerda que «no conversábamos nada de eso… me decían mis padres: ‘si ves peligro, huye’, entonces, nosotros nunca hablamos de ese tema, nunca. Para nosotros no era tema».

El sábado 19 de octubre, Mery, que es bailarina de danzas folklóricas del Ecuador, tenía un evento en la ciudad de Coquimbo, conocido como el «Santo Coquimbo», que preparaban con diversas colectividades extranjeras. Pero tuvieron que suspenderla por una manifestación que se aproximaba.

Mery no tenía idea de los acontecimientos: «¿Qué tenemos que ver nosotros con la marcha?», se preguntaba más bien molesta porque no pudieron realizar la actividad. Esas eran sus primeras reacciones ante las manifestaciones que llegaban a la ciudad y se extendían nacionalmente.

Romario, afable

Romario Veloz era un longo. Y también un afroecuatoriano. Y además chileno. Mery dice que longo se usa para referirse a los nacidos en Quito. Él nació en la capital del Ecuador el 1995 y llegó a engrosar una pequeña familia, compuesta por su hermano mayor William, llamado igual que su padre, y su madre, Mery Cortez, una mujer afrodescendiente, con una potente personalidad y un tono de voz firme, pero siempre cariñosa y preocupada por sus hijos y su familia. Romario tenía tan sólo 3 años cuando se separaron sus padres.

Él y su hermano «estudiaron en buenos colegios», dice su madre. Ella trabajaba en el Hotel Reina Isabel. Allí fue donde conoció al «papá chileno de sus hijos», tiempo después de haberse separado. El chileno se llamaba Erick Villalobos.

Se conocieron en ese hotel en Quito y al poco tiempo se enamoraron. Él quería llevárselos a todos a Chile. «Yo acá no puedo estar porque acá no tengo trabajo, pero en Chile yo tengo un buen trabajo», le decía para convencerla. Trabajaba en la minería. «Te vengo a ver en tres meses», le prometió a Mery. Ella no le creyó. No tenía por qué creerle.

Pero Erick cumplió su palabra, «y pasó tal cual». Volvió a los tres meses y se fueron todos juntos a ese país que conocían tan poco. Desde ese momento Romario tuvo dos padres. Uno ecuatoriano y otro chileno. Con el primero, a pesar de la distancia, no se cortaron las relaciones: lo llamaba frecuentemente después de migrar. Mery recuerda con cariño ese tiempo, donde «lo que más me gustó de él es que antes de enamorarse de mí, primero se enamoró de mis hijos y ellos tres tuvieron amor a primera vista».

Así llegaron a Antofagasta. Romario tenía 6 años y era un niño inquieto. Le gustaba jugar fútbol, hacía deportes y reía con facilidad. En las playas de la ciudad nortina jugaba descalzo y destacaba por ser quien era, un afroecuatoriano, un longo que llegaba a Chile. Era incansable, corría de arriba para abajo, cantaba, gritaba. Incluso lo llevaron al neurólogo con la sospecha de que tuviese déficit atencional. Andaba en bicicleta y ese era el terror de su madre, que sufría con cada una de esas aventuras; «A mí me daba un miedo, porque se tiraba por toda la costanera en bicicleta», reconoce Mery.

Debido a su personalidad a Romario no le costó hacer amistades: se armó rápidamente su grupo de tres amigos, que «eran como pololos, comían, dormían, todo en una casa o en la otra». Eran el Checho, el Mono y el Crone. El último era el apodo de Romario.