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Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina y el mayor genio científico español de todos los tiempos, es retratado por fin en toda su complejidad en esta emocionante biografía. Cajal, padre de la neurociencia, es, junto a Darwin y Pasteur, uno de los científicos más brillantes en el ámbito de la biología. Sus descubrimientos han transformado nuestra comprensión del cerebro de manera similar a como lo hicieron los de Copérnico, Galileo y Newton con el Universo. Recibió el Premio Nobel en 1906 por sus investigaciones sobre la estructura de las neuronas, esas «misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental». La apasionante y bien escrita biografía de Ehrlich, documentada con el rigor de la escuela anglosajona y rebosante de admiración, relata la epopeya de un niño nacido en las montañas del Alto Aragón que alcanza, sin contar con el apoyo de ninguna tradición científica, el mayor reconocimiento mundial. En una España convulsa y llena de claroscuros, Cajal sobresale como un autodidacta incansable que sólo consigue la ayuda de las instituciones tras ser considerado una eminencia en el extranjero. Ehrlich resalta su tenacidad, su pensamiento visionario, sus extraordinarias habilidades, entre las que destaca la de dibujante, y las disputas con sus rivales, siendo el más notorio Camillo Golgi, con el que compartió el Nobel. La sencillez con la que explica sus increíbles hallazgos y los de aquellos que le precedieron permite que cualquier lector pueda comprenderlos y valorarlos. El libro cuenta con fotografías en blanco y negro para ilustrar el texto y 16 de los dibujos más emblemáticos de Cajal a color. HAN DICHO: «Benjamin Ehrlich ha escrito una biografía apasionante de Santiago Ramón y Cajal. La ha titulado El cerebro en busca de sí mismo. Ehrlich ha montado la vida de Cajal como un pequeño gran puzle de piezas cortas. Hasta las cuestiones más técnicas y científicas parecen sencillas y en su relato la doma de los «seres infinitamente pequeños» forma parte a menudo de un relato policiaco. Y de mano maestra está contado el ambiente de aquella España provinciana de siglo XIX en el que un ser excepcional, llamado a ser un médico de pueblo, como su padre y su hermano, alcanza las cotas más altas de la ciencia de su tiempo». Andrés Trapiello, La Lectura, 27-06-2025 «El cerebro en busca de sí mismo: la biografía definitiva de Santiago Ramón y Cajal. Pocos autores se atreven a contar la ciencia como una gran narración humana, llena de pasiones, desafíos y derrotas. Benjamin Ehrlich ha logrado con El cerebro en busca de sí mismo un raro equilibrio entre el rigor biográfico y la vibración literaria. El cerebro en busca de sí mismo no es solo la mejor biografía de Ramón y Cajal publicada hasta la fecha; es un testimonio de cómo un solo individuo, armado de convicción y asombro, puede cambiar el rumbo de la historia intelectual de su tiempo. Un libro que se lee con gratitud y que, con seguridad, inspirará a nuevas generaciones de lectores y científicos». Marcelo Brito, Fanfan, 27-06-2025
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Seitenzahl: 756
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El cerebroen busca de sí mismo
Santiago Ramón y Cajaly la historia de la neurona
Colección
La espuma de los días
8
Título:El cerebro en busca de sí mismo.
Santiago Ramón y Cajal y la historia de la neurona
Título original:The brain in search of itself.
Santiago Ramón y Cajal and the story of the neuron
© Benjamin Ehrlich, 2022
Published by arrangement with Farrar, Straus and Giroux, New York.
© De la traducción del inglés y de las notas a pie de página, Sira Casariego Córdoba, 2025
© Fotografías del interior cortesía del Legado Cajal, Instituto Cajal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid, excepto la de la página 355, cortesía del Archivo original Fernando de Castro (Madrid), y las de las páginas 38, 47, 61, 86, 241, 289, 312, 338, 340 y 382, de diversa procedencia y dominio público.
© Dibujos cortesía del Legado Cajal, Instituto Cajal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid, excepto el de la página 402, cortesía del Archivo original Fernando de Castro (Madrid), y el de la página 399, de otra procedencia y dominio público.
© De esta edición, Ladera Norte, 2025
© Del prefacio, Fernando de Castro Soubriet, 2025
Primera edición: mayo de 2025
Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico
© Fotografía de Santiago Ramón y Cajal en cubierta: de autor desconocido, fue publicada por la Clark University en 1899; restaurada por Garrondo | Wikimedia Commons
© Icono de neurona: Freepik
Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L. Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid
Forma parte de la comunidad Ladera Norte:
www.laderanorte.es
Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com
ISBN: 9978-84-1299-580-0
Se encuentran ustedes ante un libro muy documentado. Poner las más de 1.400 llamadas a las notas bibliográficas dentro del texto interrumpiría demasiado la lectura y por ello hemos preferido respetar el sistema de la edición original en inglés, esto es, prescindir de los números de nota y al final, en un listado ordenado según el número de página, indicar las fuentes seleccionando unas palabras del texto como referencia. Esperamos haber acertado.
La bibliografía extra utilizada por la traductora se ha añadido entre corchetes tras la aportada por Benjamin Ehrlich tanto en las «Notas bibliográficas» como en la «Bibliografía», pues lógicamente se ha buscado la fuente original en español en las ocasiones en las que el autor se ha remitido a fuentes traducidas al inglés. Además, hemos modernizado el uso de las tildes en las citas literales en español.
Queremos agradecer la ayuda que nos han brindado en todo momento Juan Andrés de Carlos, responsable del Legado Cajal en el Instituto Cajal y jefe del laboratorio de Desarrollo del Teléncefalo y del Departamento de Neurobiologia Molecular, Celular y del Desarrollo, y Fernando de Castro Soubriet, Científico Titular del CSIC y jefe del Grupo de Neurobiología del Desarrollo-GNDe. También agradecemos a Vicky Garrido Martínez, bibliotecaria del Instituto Cajal, las facilidades que nos ha dado para acceder a la documentación necesaria para realizar la traducción. Además, queremos dejar constancia del magnífico servicio del personal de la Biblioteca Nacional de España.
Cubierta
Título
Créditos
Contenido
Prefacio. «De cada lector, un rendido cajaliano»
El cerebro en busca de sí mismo
Prólogo. «Un anhelo de mi alma»
1.
«Antecedentes necesarios»
2.
«Perpetuo milagro»
3.
«Sumergirme en la vida social»
4.
«Un alcázar de ensueño»
5.
«Guerra sorda entre el deber y el querer»
6.
«La roñosa y prosaica bolsa»
7.
«Un mito encubridor de nuestra ignorancia»
8.
«Humillado de no haber sabido»
9.
«Celdillas y más celdillas»
10.
«La irremediable inutilidad de mi existencia»
11.
«No para los vivos, sino para los muertos»
12.
«El papel de Don Quijote»
13.
«La religión de la célula»
14.
«Movida por la fe»
15.
«Las hemos visto terminar libremente»
16.
«Dudar de ciertos hechos»
17.
«Las opiniones que verdaderamente me preocupan»
18.
«La absoluta incognoscibilidad del órgano del alma»
19.
«Una gran pasión puesta al servicio»
20.
«Sus terribles desaciertos»
21.
«Las misteriosas
mariposas
»
22.
«La cúspide de mi actividad inquisitiva»
23.
«La máquina más complicada»
24.
«Qué cruel ironía de la suerte»
25.
«Todo puede morir, nada renacer»
26.
«El insondable misterio de la vida»
27.
«
Me ahogo y me despierto
»
28.
«Esas envenenadas mordeduras»
29.
«Nada de sesiones solemnes»
30.
«Maravilloso viejo»
31.
«Estatuas en vida»
32.
«
No hay espejo del yo
»
33.
«Buscándose a sí mismos en el secreto»
34.
«Las fuerzas se agotan»
Epílogo
Dibujos de Santiago Ramón y Cajal
Agradecimientos
Notas bibliográficas
Bibliografía
Cover
Title
Start
Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal con sus hijos Fe, Jorge, Paula y Santiago, en Valencia (hacia 1884).
Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal frente al microscopio (1915).
El lector tiene en sus manos una impecable edición española de una singular biografía de Santiago Ramón y Cajal, fundador de la moderna Neurociencia, que el autor, Benjamin Ehrlich, y la editorial, Ladera Norte, ponen a su disposición precisamente en el que para muchos y en número aplastantemente creciente es «el Siglo de la Neurociencia». Cajal es un raro hombre de consenso dentro de nuestras fronteras (allende las mismas hay muchos más… incluso para nosotros, los españoles) y ya lo fue en su propia época (que… ¡menuda época le tocó vivir…!), al punto de que, como señala mi amigo y colega Juan Pimentel, Cajal «preside con Leonardo [Da Vinci] el panteón de la religión sincrética de la Ciencia y el Arte». Es lógico, por tanto, que exista abundante literatura sobre Cajal y su obra, especialmente la científica, pero, de todos esos libros que son expresamente biográficos, ¡qué pocos intentan (y consiguen…) ir un poco más allá de lo que nos dio a conocer el propio genio en sus textos!
«Y, ¿por qué escribe Vd. esto?», me interpelará algún avezado lector. Pues porque una vez leída la extraordinaria y exhaustiva obra autobiográfica del propio Cajal (las dos partes de Recuerdos de mi vida —Mi infancia y juventud e Historia de mi labor científica—, El mundo visto a los ochenta años, incluso muchas páginas de Reglas y consejos sobre investigación científica o de Charlas de café), leídas la magnífica biografía de José Mª López-Piñero, la conjunta de García Durán y Francisco Alonso (que incluyó mucha documentación inédita de la familia Cajal), o lo que escriben sobre Cajal sus más directos discípulos y admiradores neurocientíficos, como Pío del Río-Hortega, mi abuelo Fernando de Castro o Charles Scott Sherrington (Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1932), apenas unas pocas van más allá de un refrito de lo vertido en esas páginas. Por eso son de agradecer esfuerzos como los de Eduardo Garrido por explorar aspectos totalmente inéditos en su Cajal y la Naturaleza, establecer comparativas muy visuales como ha hecho mi querido colega Javier DeFelipe, o la forma y aire actuales de esos contenidos, salpimentados con reivindicaciones científicas, de Cajal. Un grito por la ciencia (José Ramón Alonso y Juan de Carlos). Curiosamente, casi todos ellos (incluyendo los cuatro autores que cito en estas líneas más arriba) son médicos o científicos, por lo que saben poner en valor lo más importante de Cajal, que es su obra científica, una de las más revolucionarias e influyentes de la historia de la ciencia mundial. Entre los autores no científicos parece que no se quiere innovar, avanzar en el conocimiento de su figura y su obra: no puedo resistirme a comentar el caso de un catedrático (de una universidad pública española, rama de, digamos para disimular, «Humanidades») que hace apenas un año publicó «como homenaje a la ciencia» una biografía de Santiago Ramón y Cajal de casi 400 páginas y que, como él mismo comentó en público, en Madrid, se había basado casi exclusivamente en la primera parte de Recuerdos de mi vida porque «la segunda parte es científica y, claro, no tiene interés».
Perdonen la digresión, gracias por su paciencia y vuelvo a esta biografía que Ladera Norte pone al alcance del lector. ¿Qué interés tiene la biografía que ha escrito Benjamin Ehrlich? (¡Qué resonancias médicas, investigadoras y nobelescas tiene este apellido…!). Para quien sea su primera aproximación a la vida y obra de Cajal, Ehrlich pone en sus manos un texto ágil y ameno, del que extraerá un conocimiento útil, aparte de las horas de placer de lectura. Para quien tenga cierto (o mucho) conocimiento del gran científico español y universal, es precisamente la forma en que está redactado lo que agradecerá. Porque Ehrlich es el primero en escribir una biografía cronológica sobre Cajal con las formas del siglo XXI: cierto tono de thriller, con abundantes explicaciones sobre el entorno y las circunstancias y con jugosas descripciones que, desde mi punto de vista, ganan con la cuidadísima traducción española que la editorial ha sabido hacer. Porque como el propio Ehrlich recalca, tomar autobiografías como fuente primaria es un riesgo que él, tras años de intenso trabajo, ha querido evitar (en lo posible), y cita al famoso biólogo y filósofo inglés Thomas Henry Huxley, alias «el bulldog de Darwin»: «La autobiografía es una rama especial de la ficción». Mi padre, que tanto leyó, que tanto sabía de Literatura e Historia y al que bien podríamos calificar de «el bulldog de Cajal y lo cajaliano», bautizó el género de la autobiografía con su ingenio habitual: para Fernando-Guillermo de Castro las autobiografías eran, por norma general, «autohagiografías»… y había que cogerlas con pinzas. Como ejemplo de cómo Benjamin Ehrlich huye de la hagiografía, nos deja bien claro que, de no haber muerto prematuramente el anatomista alemán Otto Deiters, quizá el alumbramiento de la moderna Neurociencia hubiera sido otro: aquellos que denomino «ultracajalianos» temblarán al leer esto, porque en su ciego afán no quieren ver que la grandeza de un genio como Cajal sólo se alcanza cuando muchos astros, grandes y pequeños, se alinean… y la muerte de Deiters, con apenas 28 años, es uno de esos astros que conducen a Cajal.
Tras muchos detalles de la biografía inicial de Cajal, de su infancia, juventud y primera madurez, en este libro se expone de forma didáctica tanto lo excepcional de la tinción del Golgi como su aleatoriedad: Benjamin Ehrlich no rehúye explicar la técnica, la ciencia, pero lo hace con sencillez para que cualquier lector pueda comprenderla, sin recurrir a metáforas burdas. El conocimiento científico del autor es fundamental para que, en perspectiva histórica, comprendamos, por ejemplo, que la «reazione nera» de Golgi era poco menos que un Titanic al que el iceberg de lo caprichoso de su funcionamiento (la probabilidad de que actúe de manera óptima se acerca a la de que te toque la lotería…) estaba ya echando a pique cuando vino Cajal a reflotarla, salvarla y… cambiar la historia. O para exponer (¡un verdadero thriller…!: ¿cómo ha podido ignorarlo el cine?) los descubrimientos y remordimientos del puñado de científicos partidarios de la denominada «hipótesis de las terminaciones libres», a quienes Cajal aportó evidencias científicas incontestables… y sin las dudas con las que, por ejemplo, Wilhelm His empobreció sus propios hallazgos. En mi modesta opinión, ahí radica, precisamente, la mayor fortaleza del texto de Ehrlich: dada su formación científica, el autor es capaz de actualizar el sentido de la prosa de Cajal, tan desbordante y rica como a veces untuosa y, claro, anticuada para un lector de hoy (Cajal incluye muchos términos científicos ya obsoletos, por cuanto escribía en el periodo de formación de la propia terminología neurocientífica). Al contrario que la mayoría de sus predecesores, Benjamin Ehrlich transcribe apenas un ramillete de expresiones clave de los textos de Cajal. Con esa mínima esencia textual este libro conserva el sabor original, pero gana en agilidad y en precisión para hacerse más ameno al lector del siglo XXI, organizando la narración histórica a la manera de Steven Runciman y otros grandes historiadores anglosajones. Esa segunda mitad del libro, la que se zambulle en la epopeya científica de Cajal es donde, sin duda, el trabajo de Ehrlich brilla más. Como pequeño peaje, el lector encontrará demasiada política en algunas interpretaciones, a veces erróneas y desactualizadas respecto de los más recientes trabajos sobre el oprobioso siglo XIX español. Aunque el propio Ehrlich desmiente la denominada «leyenda negra» que todavía lastra (por convencimiento, por interés y pingüe rentabilidad, por mera ignorancia…) a una parte significativa de nuestra sociedad, en algunos momentos no consigue terminar de tirar tan esclerosante manto al suelo y acaba enmarañándosele en algunos de sus análisis.
El lector viajará por infinidad de parajes geográficos e históricos, viendo desfilar a coetáneos de Cajal, a predecesores, a muchos de los grandes científicos de la historia, a Napoleón… El lector se llevará esa imagen de un Cajal austero, incansable, quintaesencia del tesón, algo quijotesco…, que tantas veces se ha repetido, pero lo que se realza especialmente es la rebeldía de su titánica labor científica, una rebeldía que a veces roza (la esquivó de milagro…) la temeridad. Y cuando repase el poso de lo leído, gracias al novedoso abordaje de Benjamin Ehrlich, el lector se encontrará con bastantes de los conceptos científicos que hicieron a Cajal tan grande y tan actual, más allá de las anécdotas del travieso mal estudiante, del cañón y la tapia del vecino, del fortachón levantador de pesas…, tan ciertas como manidas, de las que tantos, antes, apenas se han atrevido a salir reproduciendo largos y farragosos textos del propio Cajal… que seguramente tanto biógrafo ni entendía. La de Ehrlich viene a quedarse en el pódium de las biografías imprescindibles del personaje: el propio Cajal y López Piñero lo agradecerán. Y me atrevería a apostar con quien quiera, en Ladera Norte y fuera, que de la lectura de este libro saldrán no pocas y buenas vocaciones neurocientíficas; y, de cada lector, desde luego, un rendido cajaliano: ¡viva Cajal y viva la Ciencia…!
Fernando de Castro Soubriet,
Madrid, 7 de febrero de 2025
Para Alex y Marilyn Ehrlich, mis padres
Yo sé quién soy —respondió don Quijote—,y sé que puedo ser.
DON QUIJOTE
Todo hombre puede ser, si se lo propone,escultor de su propio cerebro.
SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL
Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal en su laboratorio casero en Valencia (hacia 1885).
Hora tras hora, año tras año, Santiago Ramón y Cajal se sentaba en el laboratorio de su casa. Solo, con la cabeza gacha y la espalda encorvada, sus ojos negros miraban fijamente por el ocular de un microscopio, único objeto que le conectaba con el mundo exterior. Su amplia frente y su nariz aguileña le daban el aspecto de un distinguido, casi regio caballero, aunque su coronilla estaba tan calva como la de un monje. No tenía más público que una multitud de botellas de cristal, unas bajas y robustas, otras altas y delgadas, tapadas con un corcho, llenas de polvos blancos y líquidos de diferentes tonalidades; las otras sillas, ocupadas por pilas de revistas y libros científicos, no dejaban sitio para que se sentara nadie más. Manchado de colorantes, tinta y sangre, el mantel estaba salpicado de dibujos con formas que parecían a la vez de éste y de otro mundo. Sobre la mesa de trabajo había esparcidos portaobjetos transparentes con coloridas muestras de tejido nervioso de animales sacrificados, todavía pegajosas al tacto debido a los tratamientos químicos.
Con el pulgar y el índice izquierdos, Cajal acomodaba las esquinas de las preparaciones como si lo que estuviera bajo la lente de su microscopio fuera un marco de fotos en miniatura. Con la mano derecha giraba la rueda de latón situada en el lateral del instrumento, murmurando para sí mientras enfocaba la imagen: cuerpos de un marrón casi negro que parecían manchas de tinta, de los que irradiaban apéndices filiformes, sobre un fondo amarillo traslúcido. Por fin se le revelaba el maravilloso paisaje del cerebro, más real de lo que jamás había imaginado.
A finales del siglo XIX, la mayoría de los científicos creían que el cerebro estaba formado por una maraña continua de fibras, tan enrevesada como un laberinto. Cajal aportó la primera prueba clara de que el cerebro está compuesto por células individuales, más tarde denominadas «neuronas», básicamente iguales a las que constituyen todo ser vivo. Creía que eran las unidades de almacenamiento de las impresiones mentales, como pueden ser los pensamientos y las sensaciones, que se combinaban para conformar nuestra experiencia de estar vivos: «Conocer el cerebro equivale a averiguar el cauce material del pensamiento y de la voluntad», escribió. Según él, el ideal supremo del biólogo consistía en resolver el enigma del propio yo. Pensaba que había encontrado en la estructura de las células nerviosas el lugar donde residía la conciencia.
Santiago Ramón y Cajal es considerado el fundador de la neurociencia moderna. Los historiadores lo sitúan junto a Darwin y Pasteur por ser uno de los más grandes biólogos del siglo XIX, y entre Copérnico, Galileo y Newton por ser uno de los más grandes científicos de todos los tiempos. Su obra maestra, Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, es el texto fundacional de la neurociencia, comparable a lo que significa El origen de las especies para la biología evolutiva. Recibió el Premio Nobel en 1906 por sus trabajos sobre la estructura de las neuronas, cuyo nacimiento, crecimiento, declive y muerte estudió con devoción e incluso con una especie de compasión, casi como si fueran seres humanos. «Las misteriosas mariposas del alma», las llamaba Cajal, «cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental». Realizó miles de dibujos de ellas, tan bellos como complejos, que aún sirven para ilustrar los libros de neuroanatomía y se exponen en museos de arte. Más de cien años después de su Premio Nobel, estamos en deuda con él por darnos a conocer la apariencia del sistema nervioso. Algunos científicos incluso llevan tatuados en sus cuerpos los dibujos de Cajal de las neuronas. «Qué duda cabe, a la ciencia no van más que los artistas», afirmó.
A mitad del camino de su vida, cuando tenía 40 años, parecía que Cajal había conseguido todo lo que siempre había deseado. Había llegado a la capital de España, donde ocupaba la cátedra de Histología y Anatomía Patológica de la Universidad de Madrid, la más importante de su especialidad. Estaba casado con la mujer perfecta, en su opinión, y era padre de seis hijos. Por fin sus finanzas estaban en orden. La Universidad le estaba montando un moderno laboratorio. Tres años antes había revelado su «nueva verdad» sobre el sistema nervioso, revolucionando la comprensión de la mente y del cerebro. Su nombre era famoso en las academias científicas de toda Europa.
Desde su casa en el centro de Madrid, Cajal podía oír el pitido de las locomotoras. La cúpula de hierro forjado de la cercana estación de Atocha, renovada para asemejarse a la recién construida torre Eiffel, era un punto de referencia apropiado para una metrópoli que algunos llamaban «la pequeña París». Los luminosos escaparates exhibían joyas francesas, galletas inglesas y carteles de óperas italianas. Incluso las niñeras que empujaban carritos de bebé por los elegantes jardines del parque de El Retiro vestían a la última moda con sedas y encajes. Todas las mañanas, hombres cubiertos con gorras de plato lavaban y barrían las calles hasta que el pavimento relucía. En cada esquina había un café, donde los artistas famosos chismorreaban, los toreros relataban sus triunfos y los políticos discutían el destino de la nación mientras descansaban en mullidos sofás, bebiendo a sorbos licor y chocolate hasta el amanecer. Las aceras estaban tan congestionadas que los domingos y festivos parecía imposible moverse. Madrid era una ciudad en la que nadie te preguntaba de dónde eras. Ésa era una de las razones por las que a Cajal le gustaba vivir allí.
El padre de la neurona no tenía recuerdos de su lugar de nacimiento. Su familia se había mudado cuando él tenía diecisiete meses. Donde se crio, a la gente se la identificaba mediante el nombre de su pueblo natal. En el listado del colegio al que iba figuraba «Petilla» junto a su nombre, y cualquier petición formal a su universidad empezaba con «Yo, Santiago Ramón y Cajal, natural de Petilla…». Petilla era una aldea situada en las lejanas montañas del noreste de España, en el Alto Aragón. Su notificación de reclutamiento, su título de doctor, su certificado de matrimonio, los certificados de nacimiento de sus hijos, todos ellos le recordaban que apenas conocía sus orígenes.
A pesar de las muchas ventajas de su vida en Madrid, Cajal ya no podía negar «un anhelo de mi alma»: estaba deseando volver a su lugar de nacimiento, conocer las primeras impresiones de su propio cerebro, viajar hacia atrás en el tiempo a través del paisaje de su conciencia hasta llegar a su origen. «El cerebro humano representa un mundo donde figuran algunos continentes explorados y vastas tierras ignotas», escribió, y dedicaría su vida a cartografiar su geografía. Ahora, en 1892, lo que buscaba estaba escondido en un poblado tan microscópico que no aparecía en ningún mapa.
Según la leyenda, en el siglo XII el rey Pedro II de Aragón, apodado «el Católico», perdió Petilla en una partida de cartas contra su vecino el rey Sancho VII de Navarra, «el Fuerte». Pero todo indica que el rey Pedro ofreció cuatro castillos, entre ellos el de Petilla, como garantía de un préstamo de 20.000 maravedís que pidió al rey de Navarra y que no pudo ser devuelto en el plazo convenido. Seis siglos más tarde, cuando Napoleón conquistó España, dividió el país en provincias, respetando sus fronteras históricas. Petilla se convirtió en un exclave, rodeada por un reino extranjero. No había caminos que conectaran el pueblo ni siquiera con sus vecinos más cercanos. Es difícil imaginar un lugar más remoto y aislado en toda España.
El viaje de Cajal a su aldea natal podría dividirse en tres etapas, que le llevarían cada vez más atrás en el tiempo y más lejos de la civilización. En primer lugar, tomó un tren que recorría casi 500 kilómetros hasta llegar a Jaca, penúltima estación de la línea del norte, a la sombra de los Pirineos. A Cajal no le importaba el largo y monótono viaje; afirmaba haber pasado en una ocasión veinte horas seguidas ante su microscopio, viajando una millonésima de metro cada vez. Luego se trasladó en una diligencia repleta hacia el oeste, hasta Tiermas, una ciudad medieval con unas antiguas termas romanas, famosa por sus aguas sulfurosas de color esmeralda. La carretera por la que fue estaba excepcionalmente bien cuidada, ya que era una etapa de una de las peregrinaciones cristianas más sagradas, el Camino de Santiago, patrón de España y homónimo de Cajal. Después de apearse en Tiermas, contrató a un guía que conocía la senda de herradura que llevaba a Petilla, un traicionero recorrido de 40 kilómetros a través de las montañas y desfiladeros de los Pirineos. Con alpargatas y calzón hasta las rodillas, la piel curtida por el sol implacable, el campesino condujo al distinguido profesor, que iba a lomos de una mula.
El clima de la montaña era muy inestable. Casi nunca llovía, pero cuando lo hacía, las tormentas eran rápidas y devastadoras. Pocos días antes, según contó el guía a Cajal, había caído un aguacero que había convertido los campos en lodazales. Los labriegos, desesperadamente pobres, habían talado los bosques para satisfacer la demanda de madera destinada a la construcción de barcos para la Armada española. Sin árboles que lo impidieran, las rocas rodaban por las laderas, interrumpiendo los cauces de los arroyos y propiciando que se inundaran los cultivos. Cajal se dio cuenta de que en su tierra no crecía nada.
Se oyó el sonido lejano de la campana de una iglesia: provenía de Petilla. El campesino detuvo la mula para que Cajal pudiera escucharlo. De repente, le asaltó una «inexplicable melancolía». Estaba seguro de que nadie lo reconocería en Petilla. Nadie sabría siquiera quién era.
Pero entonces Cajal y su guía llegaron a un arroyo donde una anciana campesina lavaba la ropa. Al volverse y ver a Cajal, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que ser el hijo de D. Justo! ¡No me lo niegue usted!». Para bien o para mal, siempre sería hijo de su padre.
El tramo final del trayecto transcurría por un sendero áspero y angosto que serpenteaba vertiginosamente por una escarpada ladera. Ésta, muy erosionada, había sido aterrazada toscamente y era la única tierra cultivable de los aldeanos. No se podían utilizar arados en un terreno tan precario; los campesinos arrastraban el estiércol y removían la tierra con ayuda de unas horcas enormes de dos puntas llamadas layas. Cajal se sentía orgulloso de proceder de una estirpe tan trabajadora. Practicar la agricultura en Petilla era un acto de proverbial inutilidad. Llegaban las lluvias torrenciales, los muretes de contención se desmoronaban… pero los petilleses los volvían a reconstruir igualmente.
Petilla de Aragón, pueblo natal de Santiago Ramón y Cajal. Nació en «la casa alta, destartalada y situada en el centro de la calle».
Resultó que el cura y el alcalde aguardaban a Cajal en lo alto del cerro. Un peñasco desfigurado se alzaba sobre el grupo de casas de piedra como una gigantesca lápida. Las ventanas eran torcidos agujeros en las paredes, con los bordes torpemente encalados. Las tejas de los tejados eran de barro cocido agrietado. Las calles eran irregulares y llenas de hendiduras, escalones y regueros tallados a ciegas por los elementos. En Petilla nunca se había visto un vehículo sobre ruedas, y desde luego sus habitantes nunca habían oído hablar del sistema nervioso. Todos ellos se encontraban reunidos en la plaza. Los más ancianos recordaban con cariño a los padres de Cajal. Le hicieron una gira, que debió de ser breve, y su hospitalidad le conmovió. Mirando desde la barandilla de la iglesia, el punto más alto de Petilla, Cajal contempló el sobrecogedor paisaje de su pasado. Desde aquella perspectiva, contemplando las desoladas tierras montañosas, la vida parecía infinitamente pequeña.
Pero cuando los petilleses le llevaron a la antigua casa del cirujano del pueblo, donde había nacido, Cajal se estremeció. Era una ruina, un montón de piedras, un refugio de vagabundos. «Cierta voz secreta», recordaba, «me decía que no volvería más».
Autorretrato de Santiago Ramón y Cajal, con su microscopio Verick, realizado en su casa de Zaragoza (hacia 1880).
La Península Ibérica es prácticamente una isla: el 90% está rodeada de agua, y la única ruta terrestre hacia el resto de Europa, al noreste, está interrumpida por el «gran collar de picos» de los Pirineos. Las montañas protegen a sus habitantes del diablo, según un refrán aragonés, pero también impiden la entrada del amor de Dios. Si la geografía representa el destino, entonces el de España es el aislamiento.
Las sierras aragonesas son un reino enclaustrado que existe al margen del tiempo: «Altos son los montes y tenebrosas las quebradas, sombrías las rocas, siniestras las gargantas» reza la epopeya El cantar de Roldán. La neurociencia moderna es una de las empresas más sofisticadas y tecnológicamente más avanzadas de la historia de la humanidad y, sin embargo, Cajal, su héroe fundador, fue un «genio campesino», por citar a Charles S. Sherrington, también galardonado con el Premio Nobel.
La región donde nació Cajal, que se extiende desde el río Ebro hasta los Pirineos, se conoce como Alto Aragón, pero la identificación es más cultural que geográfica. Ya desde la Antigüedad, los visitantes comentaban «el aislamiento y la falta de lazos con las otras regiones» y la existencia de un «mayor grado de superstición y tribalismo en los puntos septentrionales de Hispania que en cualquier otro lugar». Tan difícil fue convertirlos al cristianismo que, según la leyenda, estuvieron a punto de hacer que el apóstol Santiago abandonara su misión divina.
La costa meridional de España está esculpida hasta formar un cabo, desde el que sólo 14 kilómetros separan Europa del norte de África. En el año 711, una pequeña fuerza de bereberes —del latín «barbărus» que significa «bárbaro»— cruzó el estrecho en barco y conquistó la Península en tres años. A finales del siglo IX, el rey franco Carlomagno hizo del territorio al sur de los Pirineos una zona colchón, y las montañas se convirtieron en el sagrado campo de batalla de la guerra entre el islam y el cristianismo. Los moros que prosperaban en el sur consideraban que la región fronteriza era demasiado impía y anárquica y que en ella sólo podían sobrevivir los guerreros más devotos. Unos pocos condados de la región pirenaica formaron un núcleo de resistencia y, en el siglo XI, se convirtieron en el reino de Aragón, que encabezó la ofensiva para expulsar a los musulmanes. Finalmente, en el siglo XV, el reino de Aragón se unió al de Castilla y se constituyó en el corazón de la España moderna. Este relato de la historia española, conocido como la Reconquista, es esencialmente un mito romántico, una historia identitaria que se generó y popularizó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Cajal alcanzó la mayoría de edad.
Las montañas del norte, custodiadas por castillos, fortalezas y torres, seguían siendo un territorio disputado, no controlado ni por musulmanes ni por cristianos, cuando allí, en el año 864, García de Benavides, sobrino del rey de Pamplona, e Ibn Abdalá, hijo del rey de Zaragoza, se batieron en duelo por un pedazo de tierra. Según la leyenda, ambos rompieron sus armaduras y astillaron sus espadas, pero siguieron blandiendo sus mazas a pecho descubierto. Ibn Abdalá derribó a García y se disponía a asestarle un golpe letal cuando éste arrancó una piedra del suelo y dio con ella a su enemigo en la cara, arrancándole por completo la mandíbula inferior y esparciendo sus dientes por el campo de batalla, lo que le causó una muerte instantánea. En baturro, la palabra «caxal», o «cajal», significa «muela».
Como señaló el historiador griego Estrabón, el norte de España era un lugar que presentaba «pésimas condiciones de habitabilidad», y la familia de Cajal procedía de la región pirenaica central, el terreno más accidentado de todos. Las precipitaciones anuales eran tan escasas que la hierba para el ganado se secaba, y crecían tan pocos árboles que los campesinos se veían obligados a hacer leña de arbustos y matas. En verano, el sol azotaba como un dios vengativo; y en invierno, las temperaturas podían descender hasta los 20 grados bajo cero, tan frías que algunos lugareños, temerosos de congelarse, nunca se quitaban la ropa. Las fincas no pasaban de unas pocas hectáreas de tierra delgada y pedregosa.
El padre de Cajal, Justo Ramón Casasús, habría sido el héroe de la familia si no hubiera tenido un hijo semejante. Nació en 1822 en el seno de una familia de labradores muy pobres de Larrés, que, con más de 200 habitantes, era una de las aldeas más pobladas de la comarca. En aquella época, la educación no era obligatoria, así que hacia los siete años —como era habitual entre los niños montañeses— Justo empezó a trabajar, tanto de labrador como de pastor. La tierra aún se regía por el derecho hereditario medieval, que dictaba que, para mantener indivisas las fincas, la propiedad debía ser heredada únicamente por el primogénito.
Justo, el tercer hijo, creció sabiendo que no recibiría nada. Podría vivir bajo la tutela de su hermano mayor o abandonar su pueblo natal en busca de un medio de vida, pero, dada la casi total falta de movilidad social en la España decimonónica, su mejor opción hubiera sido convertirse en labriego, siguiendo los pasos de su padre, Esteban Ramón, también hijo menor carente de herencia.
Justo estaba enamorado de Antonia Cajal, hija única del tejedor del pueblo, cuya familia vivía prácticamente puerta con puerta. Aunque tres años mayor que Justo, había recibido la confirmación en la misma ceremonia que él. En el Alto Aragón —una sociedad tradicional y conservadora—, donde el matrimonio era un contrato tanto mercantil como sagrado, toda la comunidad se manifestaba en contra de los nacimientos de hijos bastardos y de los divorcios participando en extravagantes desfiles burlescos. El éxito del cortejo dependía de cuestiones pragmáticas y, sin dinero ni perspectivas, Justo no podía ser visto como un buen partido.
Cuando tenía 16 o 17 años, decidió marcharse de Larrés a Javierrelatre, un pueblo situado a unos 30 kilómetros de distancia, donde se colocó de aprendiz de barbero cirujano, una elección extraña, dado que la de barbero cirujano era una de las profesiones más humildes de España. Pero la madre de Antonia procedía de Casa Mancebo, hogar de practicantes y barberos, y es posible que Justo quisiera impresionar a su familia. Le prometió a Antonia que se casaría con ella a su regreso.
Las intervenciones quirúrgicas eran antiguamente competencia del clero, hasta que una bula papal del siglo XII declaró profano el derramamiento de sangre. Ya presentes en los monasterios, donde tonsuraban a los monjes, los barberos eran lo bastante hábiles con la navaja como para abrir venas. En la Edad Media, el tratamiento médico más común era la sangría, un medio de restablecer el equilibrio entre los «cuatro humores» del cuerpo, cuya descompensación se creía que era la causante de las enfermedades. Un manual renacentista afirmaba que la sangría «aclara la mente, fortalece la memoria, limpia los intestinos, seca el cerebro, calienta la médula, agudiza el oído, frena las lágrimas, favorece la digestión, produce una voz musical, disipa el insomnio, ahuyenta la ansiedad, alimenta la sangre, la libra de materias venenosas y da larga vida». Los anuncios en el exterior de sus establecimientos mostraban a los barberos sangradores con las mangas arremangadas y las manos llenas de sangre amputando miembros o vendando cabezas.
La palabra española «sangrador» era tan denigrante que el Oxford English Dictionary señala que el término también significa «ignorante que pretende tener conocimientos médicos». Para eludir el estigma, los sangradores presionaron a la reina para que les cambiara de nombre, y en 1836, poco antes de que Justo comenzara su aprendizaje, había accedido finalmente a su petición, reorganizando la jerarquía de la profesión médica en tres clases: primera clase (médicos), segunda clase (cirujanos) y tercera clase (barberos cirujano —antiguos sangradores—).
Durante los primeros años, Justo realizó tareas propias de un criado, barriendo el suelo del local y trayendo agua del pozo para calentar los rizadores y lavar los paños. Observando a su maestro, Albeita, aprendió a manejar la navaja de afeitar, extraer muelas, poner enemas, entablillar fracturas y aplicar cataplasmas; lo hizo tan rápido que pronto Albeita le dejó tratar a los pacientes él solo.
Aproximadamente el 75% de los españoles mayores de 10 años eran analfabetos, y en el Alto Aragón esa cifra se acercaba al 90%. Justo o bien nunca fue a la escuela o la abandonó antes de aprender a leer. Albeita poseía una amplia biblioteca en la que, durante sus escasas horas libres, Justo aprendió a leer por sí mismo, probablemente cotejando las ilustraciones de las prácticas propias de los barberos cirujano con su experiencia directa en el establecimiento. En el proceso, descubrió que había sido bendecido con un don milagroso: era capaz de memorizar libros enteros.
Con Albeita había encontrado no sólo un medio de vida, sino también, tal vez, algo que heredar, ya que algún día podría hacerse cargo del negocio de su patrón o abrir el suyo propio. Sin embargo, Justo no soportaba que nadie lo mirara por encima del hombro y creía que, con su extraordinaria memoria, podría elevar su estatus obteniendo un título académico.
Un día, cuando tenía 21 años, Justo sorprendió a Albeita anunciándole su marcha. Con lo que le quedaba del sueldo y un pequeño préstamo de su hermano mayor, partió hacia Zaragoza y caminó, con todas sus pertenencias a cuestas, más de 100 kilómetros hasta llegar a la capital de la provincia. «Si le das a un aragonés un clavo que clavar», reza un refrán, «preferirá usar la cabeza antes que un martillo».
Justo se instaló en el barrio obrero del Arrabal, donde se colocó de aprendiz de otro barbero cirujano mientras cursaba el bachillerato, obteniendo finalmente el título. Sin decírselo a su patrón, solicitó trabajo en el Hospital Provincial como practicante (auxiliar del médico), quedando primero en la prueba de selección al superar a otros veinticinco candidatos. Aunque el puesto de practicante era lo máximo a lo que un barbero cirujano podía aspirar, Justo sabía que quedaría supeditado a los cirujanos y médicos de carrera a menos que obtuviera una licenciatura universitaria. Se matriculó en la Universidad de Zaragoza con el objetivo de obtener el título de cirujano de segunda clase, pero en 1845 cerraron la Facultad de Medicina. En ese momento, podría haber regresado a casa y haberse casado con Antonia, como había prometido. Pero no había en él ningún deseo más fuerte que la ambición profesional.
Justo se trasladó entonces a Barcelona, a siete días de caminata, donde pensaba continuar su formación en la Facultad de Medicina, la primera que había implementado el nuevo plan de estudios de esa especialidad en España1. La población de Barcelona, la ciudad española más industrializada, era de 200.000 habitantes, mil veces más numerosa que la de su pueblo natal. Los inmigrantes de provincias se hacinaban en barriadas malolientes y chabolas construidas a base de desechos. Sin hogar, Justo deambuló por las calles durante días.
En el pueblo de Sarrià, al norte de la ciudad, encontró un barbero cirujano que le permitió trabajar como mancebo a la vez que asistía a clase en la Universidad, a la que iba caminando, lo que suponía una hora de ida y otra de vuelta. Adoptó un estricto régimen de austeridad, sin gastar dinero, sin malgastar energía ni tiempo y negándose a que nada lo distrajera. Los domingos y festivos abría su propia barbería portátil cerca del puerto, el destino más popular de Barcelona. Mientras cientos de barcos se balanceaban en el Mediterráneo, miles de estibadores y marineros recorrían el muelle necesitados de un afeitado.
En las universidades españolas, los profesores recitaban textos médicos clásicos que los estudiantes debían memorizar y cantar a su vez. Justo era el estudiante de Medicina ideal, y aumentó su capacidad de memorizar con las populares técnicas de entrenamiento del abate Moigno, un sabio y sacerdote francés al que su método de asociación de palabras con sonidos y significados le habían permitido retener hasta 41.500 palabras y 12.000 hechos. En 1847, Justo obtuvo el título de cirujano de segunda clase con los máximos honores, entrando oficialmente en una clase superior.
Siguió perseverando, y se matriculó de nuevo en la Universidad de Barcelona, esta vez con la aspiración de convertirse en médico. Sin embargo, la mala suerte se cebó con él casi de inmediato. Su jefe lo despidió. Y, para empeorar las cosas, Barcelona, que se encontraba en plena crisis económica, fue escenario de grandes disturbios que el Gobierno reprimió disparando balas de cañón contra la multitud de manifestantes. Una bala perdida derribó el puesto de Justo y le hirió en una pierna. Lesionado y en paro, no tuvo más remedio que regresar al Alto Aragón.
En enero de 1848 se produjo una vacante de cirujano en Petilla, donde los habitantes padecían un alto índice de asma, que se creía consecuencia de la exposición a los duros vientos del norte. A pesar de sus logros, el salario que le correspondería era menos de la mitad del de un cirujano rural típico. Justo aceptó prestar «servicio sanitario», como afeitar a los aldeanos y tratar las enfermedades venéreas. A cambio, además de su mísero sueldo, recibiría 30 cahices de trigo al año y estaría exento de impuestos.
El Ayuntamiento le proporcionó una vivienda en un edificio de piedra, más alto que los de sus vecinos, situado en un terreno irregular y con la entrada principal en la parte trasera. En la planta baja —utilizada habitualmente para guardar animales y herramientas—, Justo puso su consulta: una mesa de madera sobre el suelo empedrado y dos espejos enfrentados, uno grande y otro pequeño. En el segundo piso había espacio para una familia. Al cabo de un año, tras ahorrar lo suficiente como para amueblar la casa, decidió que por fin había llegado el momento de casarse con Antonia y tener hijos.
El 11 de septiembre de 1849, Justo Ramón Casasús Pardo Casasús y Antonia Cajal Puente Marín Satué contrajeron matrimonio en la misma iglesia de Larrés donde habían recibido la confirmación. Su primer hijo nació el 1 de mayo de 1852, a las nueve de la noche, en una pequeña habitación de la casa del cirujano del pueblo, en la que había una sencilla cama de hierro situada bajo una cruz clavada en la enlucida y agrietada pared. Llamaron al niño Santiago Felipe y al día siguiente lo bautizaron. «No debo quejarme de la herencia paterna», escribiría Cajal. «Con su sangre [mi padre] me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que soy». Los sucesos de la vida de su padre constituyeron los «antecedentes necesarios» de la suya.
Justo Ramón Casasús (1822-1903) y Antonia Cajal Puente (1819 -1898), padres de Santiago Ramón y Cajal.
1. El nuevo plan de estudios de 1845 establecía que las Facultades de Medicina de 1.ª clase (Madrid, Barcelona, Santiago, Valencia y Cádiz) podían dispensar tres títulos universitarios: bachiller (para obtener el cual había que cursar un total de 5 años), licenciado (7 años) y doctor (9 años). Con la reforma del plan llevada a cabo en 1866, se requería un año menos para la obtención de cada uno de los títulos. A partir de 1868, con la creación de las Escuelas Libres de Medicina, donde estudió Cajal, la cantidad de años necesaria no estaba fijada de antemano y cada Escuela podía decidirla libremente. Como veremos, Justo pudo continuar en Barcelona los estudios que había comenzado en Zaragoza y, en 1847, obtuvo el título «menor» de cirujano de segunda clase, tras 4 años de estudios académicos; el plan le permitía continuar la carrera de Medicina empezando en su cuarto año, cosa que intentó, pero sus objetivos se vieron frustrados; obtendría finalmente el título de bachiller en 1860, cursando en Madrid el único año que le faltaba. (Todas las notas a pie de página son de la traductora).
Casi todo lo que sabemos sobre la infancia de Cajal procede de su autobiografía, Recuerdos de mi vida. Prácticamente no hay testigos que corroboren los hechos que relata. Las autobiografías son intrínsecamente poco fiables; el famoso científico británico del siglo XIX Thomas Henry Huxley manifestó que este género es «una rama especial de la ficción», y Cajal, que escribió ficción desde su adolescencia hasta la madurez, sabía cómo construir una historia. Cuando era joven, se imaginaba a sí mismo como el héroe de una novela picaresca, un género característicamente español en el que el protagonista —o pícaro— es un chico de clase social baja que se embarca en una serie de aventuras vagamente conectadas entre sí, sobreviviendo a base de valor y astucia y con un comportamiento que va de lo desvergonzado a lo criminal. En su autobiografía, Cajal se presentó tal y como se veía a sí mismo y como siempre había querido que lo vieran.
En 1853, cuando Santiago tenía diecisiete meses, salió una plaza de cirujano rural en el pueblo natal de sus padres, Larrés. El contrato de Justo en Petilla aún no había expirado, y el nuevo trabajo también era temporal, pero no quería dejar pasar la oportunidad de volver al lugar del que procedía. Antonia y él se alegraban de poder contar con la ayuda de familiares y amigos para cuidar de su hijo pequeño, al que apodaban «Santiagué» y que, según su niñera, era excepcionalmente voluntarioso e inquieto. Cuando Santiagué contaba dos años, nació un segundo hijo, su hermano Pedro, que resultó ser mucho más relajado y sociable que él, que era una «criatura díscola, excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática», según sus propias palabras. A los tres años, más o menos, Santiagué estuvo a punto de morir al recibir en la cabeza una coz de un caballo al que había golpeado en los cuartos traseros.
Cuando Lorenzo Cajal, el padre de Antonia, se trasladó en 1809 a Larrés desde su pueblo natal, Isín, había llevado consigo su negocio textil, convirtiéndose en el tejedor del pueblo, y de pequeño Cajal pasó incontables horas en su taller. El telar era una endeble estructura de madera, provista de poleas y rodillos, que crujía y se balanceaba cuando el tejedor pisaba el pedal. El primer recuerdo de Santiagué era el de haber enredado los hilos del telar de su abuelo; no sin motivo la familia le llamaba «el niño demonio». Nadie hubiera imaginado que un día desenredaría los complejísimos hilos del sistema nervioso.
En 1855, la familia de Cajal abandonó Larrés debido a las tensiones entre Justo y el Ayuntamiento, probablemente a causa del sueldo. La misma agresividad que le impulsaba a prosperar le granjeaba enemigos allá donde iba, y su ambición siempre se imponía a los intereses de la familia. Se trasladaron a Luna, un pueblo más grande y que pagaba mejor, donde Justo trabajó menos de un año, para después mudarse a Valpalmas, que era más pequeño y ofrecía un menor salario. La explicación más probable es otro conflicto.
En 1857 nació una hermana de Cajal, Pabla. Los tres chiquillos se parecían a su padre. Con un niño pequeño y un bebé, Antonia no podía prestar mucha atención al mayor, que entonces tenía cinco años, y Cajal admite que anhelaba pasar más tiempo con ella. Así, Santiagué quedó a cargo de su padre. Arrepentido de no haber escolarizado con prontitud a su hijo, lo que había lastrado su desarrollo intelectual, Justo estaba ahora decidido a acelerar su educación. Creía que no había mayor pecado en el mundo que la ignorancia. Era el tipo de hombre que se paraba a dar lecciones a los hijos de los demás por la calle. Consideraba que los niños eran como potros, rebeldes y salvajes por naturaleza, y por ello necesitados de disciplina. A veces hacía falta acorralarlos y fustigarlos para domarlos.
Ese mismo año, España aprobó su primera reforma educativa integral, la Ley Moyano, que obligaba a todos los niños a matricularse en la escuela a los seis años. Justo empezó a educar a Santiagué un año antes de cumplirlos. Según su contrato, debía atender a los pacientes en cuanto recibía el aviso de que estaban enfermos, por lo que, para evitar que lo localizaran, se iba con su hijo lejos del pueblo. En los campos secos y ralos descubrieron una cueva pequeña y oscura, tan pequeña que Justo, un hombre corpulento y ancho de hombros y que además iba cargado con un ábaco y un globo terráqueo, se tenía que agachar para pasar por su estrecha abertura. No había sillas, sólo piedras, y Santiagué y su imponente padre debieron de sentarse casi rodilla con rodilla en aquel exiguo espacio.
Cajal pensaba que permanecer sentado representaba la mayor de las torturas para un niño. Estaba desesperado por liberarse. Lejos de ser un estudiante modelo, era desorganizado e inquieto. «[Mi padre] sabía apreciar su gran capacidad, sus excepcionales dotes, su indudable e inmensa valía», señalaría más tarde su hermano Pedro. Justo creía que era posible que hasta la mente más cerril aprendiera. Un día tras otro, durante todo aquel año, llevó a su hijo a la cueva y le enseñó nociones básicas de geografía, aritmética, gramática e incluso física, alimentando la noble y aparentemente absurda esperanza de que se convirtiera algún día en un gran sabio.
Era raro que los españoles de cualquier edad aprendieran un idioma extranjero; muchos sólo hablaban la lengua propia de la región y no castellano. Pero Justo enseñó a su hijo francés, la lengua franca de la cultura europea. Geográficamente hablando, Francia y España no podían estar más cerca, pero la distancia parecía inmensa. Las tierras montañosas francesas, a los ojos de los viajeros, eran sinónimo de refinamiento y civismo, mientras que las españolas parecían melancólicas y salvajes. «Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado», dijo el matemático francés Blaise Pascal.
Juntos, Santiagué y su padre leyeron una novela francesa de 1699 titulada Las aventuras de Telémaco; escrita con una prosa sencilla, narraba la historia de Telémaco tras el regreso de su padre, Odiseo. Santiagué llegó a creer que podría seguir los pasos del suyo. Incluso de mayor, Cajal se sentía transportado a la cueva cada vez que veía la cubierta de aquel libro.
Santiagué resultó ser un lector y escritor nato, capaz de captar conceptos con rapidez, y Justo no podía evitar fantasear con que su hijo le superara algún día. Pero éste mostraba un rasgo que amenazaba con echar por tierra los planes de su padre: le costaba recordar nombres y fechas, tartamudeaba y a veces las palabras no le venían a la cabeza. Era el sucesor de su padre, pero no había heredado su memoria verbal, el activo más valioso de su familia.
Justo no era un católico estricto; creía en la divinidad de la voluntad humana. Por eso, no completar su objetivo académico en Barcelona fue algo más que un contratiempo práctico: le provocó una crisis de fe en sí mismo, y el hecho de no haber terminado la carrera fue algo que lo tuvo deprimido, según Cajal, durante más de una década. A la par que crecían las necesidades de su familia, Justo ahorraba dinero para la matrícula, imponiendo a los suyos la misma austeridad que se había impuesto a sí mismo. Fue la madre de Cajal quien más se sacrificó, no gastando prácticamente nada, cocinando con lo mínimo y remendando ella misma toda la ropa.
En 1858, a la edad de 35 años, Justo se matriculó por fin en la Facultad de Medicina de Madrid2, donde cursaría las asignaturas de Patología Médica, Primero de Clínica Médica, Higiene Pública y Medicina Legal y Toxicología. Buscó otro cirujano para sustituirlo, le pidió que cuidara de los suyos y dejó a Santiagué, de seis años, a cargo de toda la correspondencia familiar. Dio la mitad de sus ahorros a Antonia y se quedó con el resto. La familia se mudó a Larrés a vivir con el abuelo de Cajal. Justo sólo les visitaría durante las vacaciones y con motivo del nacimiento de su cuarto hijo, una niña llamada Jorja, en la primavera de 1859, la única que no se le parecía. Según Pedro, la «conducta [de su padre] fue nuestra mejor lección de vida». Pero durante los dos años que Justo estuvo fuera, Antonia fue la única influencia de los niños en el hogar.
Antonia era profundamente religiosa. Mientras que su marido había sido analfabeto hasta casi el final de su adolescencia, ella había aprendido a leer en una escuela de niñas cuando era pequeña, y le encantaban las novelas. Cuando su novio abandonó Larrés con la esperanza de hacer fortuna, Antonia, que entonces tenía 19 años, se entretuvo con romances baratos e historias de caballeros andantes hasta su regreso. Según su hija Pabla, gozaba de una coordinación mental y una perspicacia asombrosas. Pero Justo, un utilitarista inflexible, tachaba las obras de ficción de distracciones perjudiciales y sólo permitía textos médicos en la casa, por lo que Antonia escondía sus novelas en un baúl y se las dejaba secretamente a sus hijos cuando su padre estaba fuera. Santiagué y sus hermanos saboreaban esas historias con deleite. Poco se sabe de Antonia Cajal, y nada se conserva de su puño y letra. Pero su vida interior se insinúa en la elección de sus novelas, dos de las cuales tienen como protagonistas a mujeres oprimidas: Catalina Howard, la quinta esposa de Enrique VIII, que fue acusada de adulterio y luego decapitada; y Genoveva de Brabante, también vilipendiada por infidelidad, que escapó a su ejecución y vivió sola con su hijo en una cueva.
Con el padre ausente, Santiagué pudo disfrutar de «una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu»: explorar y admirar el «perpetuo milagro» de la naturaleza. «No me saciaba de contemplar los esplendores del sol», recordaba Cajal de sus horas deambulando por los alrededores del pueblo, «las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas».
A lo largo de toda su infancia, Santiagué se interesó especialmente por los pájaros; buscaba nidos y los estudiaba durante horas, con la esperanza de vislumbrar una lavandera, un pinzón, un pardillo o un cuco. Una vez trepó a un árbol; incapaz de bajar, el grupo de búsqueda del pueblo no lo encontró hasta la noche. Sus largas ausencias preocupaban a su madre, que se inquietaba constantemente por su bienestar. Empezó a coleccionar huevos de pájaro en una caja de cartón que había dividido en compartimentos etiquetados, una afición que su padre fomentaba. Al principio, le atraían los huevos sólo por sus colores —agua, gris moteado, crema, blanco con manchas rojas—, pero, tras dejar fuera su colección un día de verano y encontrar al volver una mezcolanza acuosa y hedionda, empezó a incubarlos. Nada le gustaba más que presenciar la metamorfosis de los pollos recién nacidos. Desde Humboldt a Cajal, pasando por Darwin, todos los grandes naturalistas comparten una cualidad esencial: prefieren observar la naturaleza a cualquier otra cosa.
En enero de 1860, cuando Cajal tenía siete años, el Ejército español conquistó la ciudad de Tetuán, en el territorio norteafricano de Marruecos. España llevaba más de un año librando una guerra en ese país contra las tribus bereberes, aliados de sus eternos enemigos, los moros. La contienda había provocado un alistamiento masivo de voluntarios; 10.000 españoles murieron en el conflicto, y el Alto Aragón había sido una de las fuentes de reclutas. Tras ser derrotado en Tetuán, Marruecos solicitó un armisticio, que se tradujo en el Tratado de Wad-Ras y en una rotunda victoria española.
En la plaza del pueblo de Valpalmas, la gente bailaba la jota; mientras las mujeres arremolinaban y alborotaban sus faldas, los hombres asaban tajadas de cordero en una hoguera, pasándoselas a Santiagué junto con botas llenas de vino añejo. Este primer contacto con el patriotismo —que Cajal recordaría como un sentimiento de elevación colectiva— le marcaría para el resto de su vida.
El Alto Aragón era una región muy católica, y Santiagué creció entre maestros y familiares —incluido su padre, menos dogmático— que le aseguraban que Dios era un Padre lleno de amor que siempre mantendría el orden en el universo y le protegería del mal. Le obligaban a leer la Biblia, que se le presentaba como la fuente última de autoridad moral. En 1851, el año anterior al nacimiento de Cajal, el Gobierno español, con el objeto de contrarrestar al Gobierno liberal anticlerical de la década anterior, había firmado un Concordato con el Vaticano por el que se restablecía el catolicismo como religión oficial de España. El artículo II del convenio establecía que «la instrucción en las universidades, colegios, seminarios y escuelas públicas o privadas de cualquier clase será en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica».
Santiagué asistía a la escuela de Valpalmas, que tenía una sola aula provista de desnudos bancos de madera y un cuadro de Jesucristo en la pared situada frente a los alumnos. Una tarde, la clase estaba recitando el Padre Nuestro cuando el cielo se encapotó súbitamente y los alumnos oyeron un estruendo ensordecedor. La escuela había sido alcanzada por un rayo. En su autobiografía, Cajal afirma con nula verosimilitud que el rayo entró por una ventana, horadó el techo de la primera planta y luego se dirigió directamente al retrato de Jesús, destrozando al Señor y Salvador antes de salir por un boquete hecho por los ratones. Describe cómo los niños salieron corriendo, cubiertos de yeso, y cómo, ya fuera, vieron el cuerpo calcinado del cura del pueblo colgando del campanario. Mientras su propio y divino padre estaba ausente, Santiagué, por primera vez, se cuestionó la existencia de Dios. Según Cajal, el rayo cayó en el momento exacto en el que él y sus compañeros pronunciaban las palabras «Señor, líbranos de todo mal».
Los científicos habían predicho que aquel verano se produciría un eclipse total de Sol, y gentes provenientes de todo el mundo viajaron a España para contemplar el raro fenómeno. La trayectoria de la sombra del eclipse aparecía indicada en un mapa en los periódicos altoaragoneses: Valpalmas se encontraba justo en el borde. La mañana del 18 de julio de 1860, Santiagué se encontraba en la cima de una alta colina junto a su padre, que acababa de regresar de Madrid, tras haber terminado por fin la carrera. Justo explicó a su hijo que los científicos podían calcular exactamente cuándo y durante cuánto tiempo desaparecería el Sol. Santiagué vigiló a través de unos cristales ahumados el reloj de su padre para ver si se cumplía la predicción. Fuertes tormentas oscurecían el cielo y una espesa niebla se prolongó hasta bien entrado el día, hasta que, de repente, el cielo se abrió y pasó de azul celeste a añil al tiempo que el Sol empezaba a desaparecer lentamente. Mientras la oscuridad envolvía la Tierra, Cajal dijo que, sorprendentemente, su mente estaba en absoluta calma. La razón le servía de escudo contra la superstición. Había perdido una fe y encontrado otra.
2. Justo Ramón se matricula con el objeto de obtener el título de bachiller en Medicina (ver nota en p. 36); las asignaturas mencionadas corresponden al primer año de licenciatura, que también realiza en Madrid, donde estuvo dos años estudiando. Finalmente, se licenciará en la Universidad de Valencia en 1862.
La suerte de la familia de Cajal cambió radicalmente con la obtención por parte de Justo del nuevo título. La gente se dirigía ahora a él como don Justo, y su formación le capacitaba ahora para puestos mejor pagados y más estables. Más tarde, en 1860, se mudó con su familia a Ayerbe, un pueblo de 3.000 habitantes situado en una carretera principal entre tres núcleos de población más grandes y que contaba con un mercado semanal, tanto agrícola como ganadero, al que acudía gente de toda la comarca.
Fotografía de Santiago Ramón y Cajal de la plaza de Ayerbe con la Torre del Reloj.
Ayerbe se encuentra al sur de los Pirineos, más cerca de la vega del Ebro, en la que sólo se insinúan sus estribaciones. Las escrituras de propiedad, y no los títulos académicos, servían como prueba del verdadero estatus, y la familia Ramón y Cajal aún alquilaba su casa. Vivían en un piso diminuto y estrecho en la segunda planta de un edificio de viviendas, en el que los cuatro hijos compartían un solo dormitorio. Justo tenía que competir con otros médicos, lo que le obligaba a estar a menudo fuera de casa y lo mantenía demasiado ocupado como para dar clases a Santiagué.
