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En "El loco Estero", Alberto Blest Gana ofrece un amplio retrato en torno a la constitución ideológica de Chile. Un fresco social que, mediante una depurada técnica realista, hace del personaje de Julián Estero el álter ego simbólico del liberalismo comprometido, sin por ello abandonar la escrupulosa equidistancia que le permite dar una visión compleja de la realidad.
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Seitenzahl: 596
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Alberto Blest Gana
El loco Estero
Recuerdos de la niñez
Edición de Miguel Saralegui y Yosa Vidal
INTRODUCCIÓN
Blest Gana y el realismo hispánico
Biografía
Protagonistas y escenario de una política novela de amor
¿Por qué El loco Estero y no El ñato Díaz?
Titular la novela como estrategia política: el loco contra Portales
Hacerse mayores: Chile y el ñato Díaz
Los lenguajes del cuerpo: clasismo, racismo y misoginia
BIBLIOGRAFÍA
EL LOCO ESTERO. RECUERDOS DE LA NIÑEZ
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
CRÉDITOS
Abandono y dedicación marcan la trayectoria de Alberto Blest Gana, el novelista chileno más importante del siglo XIX, con una imprevisible mezcla de profesionalidad, repetición y desidia. La llegada a los libros puede ser forzosa, es el caso de Maquiavelo: la escritura aparece como el consuelo de algo que se ha dejado de ser y que se quiere volver a ser. El Maquiavelo escritor es siempre un sucedáneo del Maquiavelo político y, por este motivo, es perfectamente natural que sus mejores obras —El príncipe y Los discursos, además de La mandrágora— estén más próximas, temporal y temáticamente, a su verdadera vocación: la política. La literatura puede ser un fin consciente y deliberadamente deseado y, al mismo tiempo, convertirse en la habitación más terrible. Este es el caso de Kafka: el escritor puro que nunca encuentra una página a la altura de su vocación. También tenemos al intelectual que abandona la escritura, normalmente como consecuencia de repetidos fracasos. Se trataría de la nómina más amplia: la del aprendiz que deja la literatura por una rotunda falta de éxito.
La relación de Alberto Blest Gana con la literatura se caracteriza por una ambigüedad casi absoluta, pues esta aparece como acompañamiento, casi prescindible, de la vida. Ni alivio necesario, ni vocación trágica, ni posteridad justiciera, la literatura se encuentra en el lugar menos previsible para las expectativas del escritor moderno: es simplemente algo secundario. Antes y después de la vida, se escribe; al vivir, se trabaja. Blest Gana no es el escritor bucrócrata que roba tiempo a su profesión. Es el funcionario vocacional, para quien la escritura es una ocupación subordinada a los encargos ministeriales. Ni siquiera se lo puede incluir en los «escritores del no» recogidos por Vila-Matas en Bartleby y compañía: el «preferiría no hacerlo» se convierte en «lo haré cuando deje de ser diplomático». Alberto Blest Gana es el escritor intermitente. Es capaz de escribir una temprana obra maestra —Martín Rivas, cumbre del canon de la novela realista chilena y latinoamericana— a los treinta y dos años y de abandonar la literatura para trabajar como funcionario del Estado chileno. En la historia de la sociología de la literatura, ocupa un lugar excepcional no solo por haber abandonado la escritura tras un éxito colosal. Blest Gana ha adquirido un lugar particular en la historia de la ciudad letrada latinoamericana también por su regreso a la literatura, tan poco romántico y apasionado como su abandono.
Vuelve a las letras, con casi setenta años, después de haberse enriquecido como ministro de Chile en París, para retomar Durante la reconquista, la misma novela que estaba escribiendo en el momento en que la función pública le reclamó para la marginal intendencia de Colchagua. Casi medio siglo después, su inspiración saca del cajón la novela que había dejado a medias. Blest Gana es siempre el mismo: no deja la literatura por frustración, ni vuelve a ella para devolverle sentido a una vida sin ilusión. Se va sin deprimirse, vuelve sin entusiasmo. Transita por ella con una calma y con una estabilidad que contradicen no solo el concepto moderno de vocación literaria, sino la misma convicción de la identidad personal. Con un afán por romantizar su biografía, Benjamín Vicuña Subercaseaux escribió que Blest Gana entiende su retiro del servicio diplomático como ocasión festiva para practicar su verdadera identidad: la escritura de novelas1. Más apropiada es la imagen de Alone, el crítico literario chileno más importante del siglo XX, que titula el capítulo que narra el final de su vida pública de modo más sombrío y coherente con los sentimientos del autor: «Nuestra victoria, su derrota»2. Si el juicio de Vicuña Subercaseaux es el reflejo de una muy extendida visión de la literatura, los documentos confirman el punto de vista Alone. Existe constancia de que Blest Gana se tomó mal que lo despidieran de la legación de París. Conservamos la carta de noviembre de 1886, en que le explica al presidente Balmaceda, a lo largo de casi veinte páginas, por qué la decisión de retirarlo era equivocada. Ciertamente, que Blest Gana interpretara esta destitución como una afrenta no impidió que fuera capaz de producir tres nuevas obras maestras para la novela realista en lengua española: Durante la reconquista (1897), Los transplantados (1904)y El loco Estero (1909).
Aprisionados todavía en una concepción idealista de la literatura, produce fascinación esta ausencia absoluta de dramatismo en su primera renuncia, esta subordinación consciente de la literatura a la profesión, incluso a la más prosaica. Con Blest Gana se produce una feliz coincidencia. La literatura representa para el escritor exactamente lo mismo que para la inmensa mayoría de los lectores: un hobby, una casa de vacaciones en la que se veranea solo cuando no se ha conseguido dinero para visitar un lugar exótico; leemos cuando no nos han invitado a tomar una copa o el objeto de nuestros deseos no responde a nuestros mensajes. Leemos solo cuando Netflix no promociona una serie verdaderamente interesante. Si Cortázar abominó pomposamente del lector pasivo, su juicio sobre este escritor pasivo, desmotivado, casi involuntario, para el que la jubilación sirve de excusa para regresar a la literatura, quizá hubiera sido más benigno. Los críticos literarios chilenos —Silva Castro y Alone— describen con una contagiosa naturalidad esta dependencia funcionarial de la literatura, como si el resto de los escritores chilenos y latinoamericanos hubiera entendido su vocación literaria de manera tan conveniente y apolínea. Blest Gana contradice al escritor burócrata que justifica su profesión precisamente por sus ventajas literarias: la ocupación cómoda que permite dedicar los mejores esfuerzos a la creación literaria. El vínculo que Blest Gana establece con la literatura es perfectamente anticanónico, ajeno al ideal moderno de la literatura como salvación, como esfuerzo insano, como última vocación posible en un mundo desdivinizado. La literatura en Blest Gana es algo que ocurre antes y después de la vida, esta es algo respetable y se ejerce en la oficina de un ministerio, en la sede de una embajada, incluso en los locales de una periférica alcaldía del Valle Central de Chile.
No hay exageración en el antirromanticismo vocacional de Blest Gana. Su prosaísmo se extiende más allá de esta consideración biográfica y profesional. La creación para Blest Gana no es el lugar de lo nuevo, sino de la repetición mejorada. Cumple a la perfección el principio de que el artista es un artesano. Los temas de sus novelas, su misma estructura, se repiten; son vasijas, casi idénticas, sobre una misma forma —la pareja como mecanismo de orden y ascenso social— que va perfeccionando, hasta comprimirlos en El loco Estero, una obra maestra de la recapitulación.
Se puede conectar este desinterés con la pobre posición que la novela realista en lengua castellana posee en el panorama de las letras universales. Blest Gana es el novelista del realismo para la literatura hispanoamericana del siglo XIX. Desconocido en España, solo nombrado en los países americanos, los mismos novelistas chilenos suelen bromear —así lo cuenta Pilar Donoso en Correr el tupido velo— con el anónimo destino que les espera, dada la escasa fama de Blest Gana en Chile (una calle marginal en el santiaguino barrio de La Reina, un instituto para la formación de contables en Viña del Mar)3. El mismo hecho de que el gran novelista decimonónico lo haya producido un país que circunscribe, de modo inocuamente tópico, su tradición literaria a la poesía («Chile es un país de poetas» es la frase hecha, repetida desde el aeropuerto) confirma la marginalidad del mundo hispánico en una de las grandes tradiciones de la literatura occidental, una de las pocas que fue capaz de congregar a las masas alrededor de la gran literatura de Guerra y paz, Historia de dos ciudades, Rojo y negro y, más modesta e inverosímilmente, Martín Rivas y Fortunata y Jacinta. Todos aquellos que en España, a propósito del centenario de la muerte de Pérez Galdós, han exaltado su figura literaria no se dan cuenta de que su marginalidad depende precisamente de esta necesidad de aplauso, de esta obsesión reivindicativa. A diferencia de lo que ocurre con las novelas de Galdós y Blest Gana, pero también con las de otros realistas en lengua española como José Mármol, Juan Valera, Cirilo Villaverde, Madame Bovary, Los Maia o Almas muertas siguen siendo las preferidas de los lectores, también en traducciones al castellano, hasta el día de hoy.
Precisamente El loco Estero surge de la encrucijada entre este modo artesanal y descomprometido de entender la literatura y la necesidad del mundo hispánico, de modo mucho más radical en América, de construirse políticamente en el siglo XIX. Posiblemente sin lograrlo, Blest Gana intenta explicar al público culto cuál debe ser el futuro de Chile, intenta educar a la nación, a través del recuerdo de la victoria de su país en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1837-1839). Antes de analizar la forma de esta novela en que Blest Gana narra el paso a la edad adulta de la república chilena, es necesario repasar algunos de los hitos fundamentales de la vida y la obra de su autor.
Alberto Blest Gana nació en Santiago en 1830, hijo del doctor irlandés William Cunningham Blest y María de la Luz Gana y López, quien pertenecía a una de las familias más prestigiosas de la aristocracia criolla. El matrimonio Blest Gana tuvo once hijos: solo siete llegaron a edad adulta, supervivencia acostumbrada en la época. Andres Bello (1781-1865), un poco mayor que el padre de Alberto Blest Gana, vio morir a nueve de sus quince hijos nacidos.
Blest no fue el único hermano con inclinaciones literarias. El primogénito Guillermo fue considerado uno de los principales poetas románticos de Chile durante el siglo XIX. A su producción poética y dramática compilada en tres volúmenes, Guillermo suma valiosísimas colaboraciones en la prensa local, principalmente a través de la creación y dirección de revistas como El correo literario y La revista del Pacífico4. Su hermano Joaquín también alcanzó renombre a través del periodismo, aunque el origen de su fama es propiamente político: fue diputado, senador y ministro de Justicia.
El doctor Guillermo Cunningham Blest llegó a Chile en 1823, donde se incorporó rápidamente a la práctica médica y la administración de los servicios de salud. En 1830 ya era el médico con mayor reconocimiento en Chile. Publicó importantes monografías sobre medicina: Observaciones sobre el estado de la Medicina en Chile (1826) y el Ensayo sobre las causas más comunes de las enfermedades que se padecen en Chile (1828). Fue uno de los fundadores de la Escuela de Medicina (1833) y del primer Instituto de Anatomía en Chile (1833).
Muy joven, Alberto Blest Gana ingresó en la Escuela Militar —dirigida por un tío materno— y a los diecisiete años viajó a Francia para realizar los cursos en la Escuela Preparatoria de Versalles. Ahí presenció la revolución de 1848 en París. Su formación cultural en Francia se cimentó sobre la lectura de Balzac y Stendhal, quienes le influyeron definitivamente en su vocación como novelista y en su concepto del realismo5. Con el título de Ingeniero Militar, regresó a Santiago de Chile en 1851. Entre los años 1858 y 1861, publicó sus primeros escritos, a veces como novelas por entregas en la Revista del Pacífico, Revista Santiago y La voz de Chile. Estas publicaciones, donde se incluían tanto producciones literarias como discusiones políticas, constituían un lugar privilegiado para el debate ideológico de la intelectualidad liberal.
En la Revista del Pacífico, dirigida por su hermano Guillermo Blest, publicó el folletín El primer amor. En estas mismas páginas aparecían los escritos de los grandes del liberalismo chileno: José Victorino Lastarria, Banjamín Vicuña Mackenna y Diego Barros Arana, responsables de la modernización intelectual de Chile. En 1855, la Revista Santiago publica las novelas breves Engaños y desengaños y Los desposados, y en 1858 La fascinación, «hermosa pintura de las costumbres parisienses» de acuerdo a Domingo Amunátegui Solar6. Juande Aria también cuenta la historia de un primer amor y se publica en el periódico El correo literario en las Navidades de 1858. En este mismo medio aparecen su obra teatral Padre de familia, nunca representada, y la novela breve Un drama en el campo. Con su primera gran novela La aritmética del amor (1860), obtiene el primer lugar en el concurso literario de la Universidad de Chile, gracias a la positiva impresión que causó en un jurado compuesto por José Victorino Lastarria y Miguel Luis Amunátegui. En su veredicto indican que «el gran mérito de esta composición es ser completamente chilena»7. En 1861 es nombrado profesor de la Universidad de Chile. En el discurso de asunción de su nuevo cargo explicará su proyecto literario:
debemos, ante todo, establecer con satisfacción el hecho de que Chile pueda tener una literatura propia, que corresponda a los progresos en cuya vía se encuentra lanzado y que contribuirá poderosamente a impulsarlo en esa senda de lisonjeros adelantos8.
En el discurso se encarga a sí mismo y a sus futuras novelas de la «tarea civilizadora» de esta naciente literatura nacional9. La novela es el género de la pedagogía política por un motivo meramente cuantitativo. Como goza del favor de un mayor número de lectores, puede contribuir al «mejoramiento social»10. En estas primeras producciones, Blest Gana se dedica a ejecutar cuadros de costumbres y a perfilar los caracteres psicológicos de personajes arquetípicos de la identidad chilena.
En 1862 publicó Martín Rivas, novelacon la que se sigue identificando la producción completa de Blest Gana. Es esta la novela que hasta hace muy poco todos los escolares chilenos tenían que leer. El juicio formulado por el historiador Barros Arana en 1875 sobre Martín Rivas sigue describiendo la fortuna contemporánea de los escritos de nuestro autor: «es la novela más popular y quizás la mejor de las numerosas novelas del señor Blest Gana»11. Esta novela es la historia del ascenso social de su protagonista quien, despojado de fortuna, gracias a su constitución honrada y su admirable comportamiento moral, consigue casarse con la rica heredera Leonor Encinas.
El narrador, moralmente identificado con este héroe burgués, va revelando en toda su novelística las características del sistema político y social donde existe una conexión casi perfecta entre las normas públicas y la moralidad personal. El ideal de un calavera (1863) es la última novela publicada por Blest Gana antes de convertirse en funcionario del Estado. El moralista Martín Rivas es sustituido en este caso por el más pícaro Abelardo Manríquez. La contradicción entre estas aspiraciones, las fricciones de clase, la falta de recursos y el despilfarro conducen a muchos personajes a la corrupción moral y al fracaso. Toda la novelística de Blest Gana confirma la correlación entre moralidad y éxito económico. La virtud burguesa, el trabajo y la exigencia moral siempre serán recompensados, mientras que los vicios del despilfarro o la desidia provocarán inevitablemente la caída social.
La producción literaria y académica de Alberto Blest Gana se interrumpe cuando en 1864 acepta el nombramiento como intendente de Colchagua, mientras estaba escribiendo Durante la Reconquista. El encargo de administrar Santa Cruz es pronto sustituido por importantes misiones diplomáticas. De Santa Cruz, capital de Colchagua, pasa a Washington dos años más tarde, como encargado de negocios del Gobierno de Chile en Estados Unidos. Permaneció dos años en este país hasta ser nombrado Ministro Plenipotenciario en Gran Bretaña, de donde pasó en 1869 a París con el mismo escalafón hasta 1888, año en que el presidente Balmaceda le solicitó la jubilación. En varias ocasiones le pidieron que participase activamente en la política chilena. En 1870, tras haber sido elegido diputado por San Fernando, no aceptó el nombramiento. Este rechazo es coherente con su deseo de permanecer en París, ciudad en la que vivió durante cuarenta años, veinte como diplomático, veinte sin un trabajo público, sin regresar jamás a Chile.
Como diplomático, estuvo involucrado activamente en sucesos definitorios del Chile republicano: la Guerra del Pacífico o Guerra del Salitre, donde Chile se enfrentó a Perú y Bolivia por la posesión de territorio salitrero. Las gestiones diplomáticas de Blest Gana fueron particularmente relevantes: compró armamento estratégico y consiguió despacharlo clandestinamente a Chile. Además, se encargó de que la armada enemiga no pudiera adquirir este mismo armamento12. Otro logro destacable de Blest Gana para la Guerra del Pacífico fue lograr una declaración de neutralidad del gobierno de España, a pesar de que las relaciones diplomáticas estaban congeladas después de la guerra que ambos países sostuvieron el año 186513.
Después de veinticuatro años de carrera diplomática, a sus cincuenta y ocho años, Blest Gana retoma involuntariamente la actividad literaria. Saca del armario el borrador de Durante la Reconquista y consigue darle fin. Esta primera novela escrita en París es, para algunos de sus críticos contemporáneos como Amunátegui, su obra más relevante, «el más espléndido triunfo alcanzado por don Alberto»14. En comparación, sus novelas de juventud, especialmente Martín Rivas, «son más fáciles de leer [...] y despiertan un entusiasmo más espontáneo»15. Los Transplantados es la segunda obra que Blest Gana publicó en este segundo período como escritor desde París, en el año 1904, y fue seguida por El loco Estero, publicada en 1909 y por Gladys Fairfield, de 1912. Durante los últimos ocho años de su vida Alberto Blest Gana no publicó nada. En 1920 murió y fue enterrado en el cementerio parisino de Pere Lachaise.
Vamos a prestar atención más detenida a El loco estero, la penúltima la novela publicada por Alberto Blest Gana, resumen de su novelística. En primer lugar, realizaremos una descripción general de la trama y los personajes. En segundo lugar, explicaremos la relación de esta novela con la gran figura de la historia de Chile: el poderoso ministro Diego Portales. En tercer lugar, prestaremos atención a la novela como símbolo de la maduración de la nación chilena. Por último, hablaremos del lugar que Blest Gana reserva a los grupos sociales más desfavorecidos, los cuales representan un papel tan poco evidente como necesario en el desenvolvimiento de la narración.
La estructura de la obra se construye sobre dos familias —la de los Cunningham y la de los Estero—, a las que se suman el resto de los personajes, algunos, especialmente el ñato Díaz, de suma importancia para la novela. La familia Cunningham, en la que se refleja el propio Blest, está compuesta por una pareja y por dos hijos. La familia Estero abarca dos subnúcleos: el de Manuela Estero, casada con Matías Cortaza, y el de Sinforosa Estero, cuyo esposo Agapito Linares es mencionado en la novela como Tata Apito, quienes son padres de una sola hija, Deidamia. La importancia de las dos familias en el peso de la narración es disímil, como ya lo sugiere la desproporción numérica. La primera familia representa un papel cualitativamente secundario. Básicamente, permite mirar desde fuera a la familia Estero, de quienes brotan prácticamente todas las tramas y subtramas de la novela, lo que permite que permanezcan en la incertidumbre una serie de datos —el carácter real o falso de la locura de Julián Estero, la voluntad afectiva de Manuela Estero, la pasión de Deidamia— fundamentales para mantener la atención del lector, solo posible por el modo dosificado como Blest Gana utiliza al narrador omnisciente.
Conectado con estos dos grupos familiares, tenemos a Julián Estero, encerrado por loco, hermano de Manuela y Sinforosa, cuñado de Matías y de Tata Apito. El segundo, el ñato Díaz, joven enamorado de Deidamia y cuyas motivaciones están inspiradas a partes iguales por el resentimiento hacia Manuela, el amor hacia Deidamia, el deseo altruista y el beneficio económico de liberar al loco. El resto de los personajes son peones ocasionales, a los que se dedica muy poca atención y ayudan al desenvolvimiento de la trama.
La novela comienza la víspera del regreso triunfante de la «Expedición Libertadora» comandada por el General Manuel Bulnes contra la Confederación Perú-Boliviana. Termina con la finalización, una semana más tarde, de estas celebraciones16. Es Guillermo Cunningham, arrendatario de una parte de la propiedad de los Estero en La Cañada, quien informa de los pormenores de la política chilena, mientras ofrece un estupendo banquete a sus amigos, los esposos Topín. Guillermo Cunningham cuenta que Julián Estero, excapitán pipiolo en la batalla de Lircay y partidario intransigente del liberalismo, ha sido encerrado por su hermana Manuela en su propia casa con la justificación de haberse vuelto loco.
Carlos «el ñato» Díaz quiere liberar al loco. Se trata de un joven astuto, intrigante, pero fundamentalmente noble, quien se quiere casar con Deidamia, la cual, sin embargo, Manuela reserva para el sobrino de su amante. Carlos Díaz convence a varios personajes, entre ellos el esposo de Manuela y los hijos del doctor Cunningham, para que le ayuden en su propósito de liberación. Una vez que Julián Estero haya sido puesto en libertad, el ñato, gracias a la ayuda económica que este le proporciona, podrá casarse con su amada.
El narrador omnisciente controla parsimoniosamente la información de que dispone el lector. La presentación no se atiene a una regla permanente: el narrador omnisciente dará información muy escasa, sobre todo de la intimidad de los personajes principales. Otras veces, revelará de modo generoso, casi indiscreto, una enorme cantidad de datos, de manera imprevisible y juguetona. No podemos estar completamente seguros de cuál es la motivación última por la que el ñato quiere librar al Loco Estero del encierro. Deshacer la injusticia de su apresamiento, impresionar a Deidamia, obtener una recompensa material por la liberación: son todas hipótesis plausibles y combinables. Tampoco sabemos qué pasa por la cabeza de Estero, hasta qué punto es cuerda, en qué momento pierde el sentido de la realidad. Ciertamente, el narrador es bastante explícito a la hora de describir su enfermedad: la locura aparece exclusivamente en momentos de agitación emocional. Sin embargo, esta información aparece tarde y, además, es parcialmente desmentida por todos los personajes que lo creen sinceramente loco. La información sobre los sentimientos íntimos de doña Manuela se transmite con especial pudor. A pesar de que existe un vínculo evidente con los clásicos de la novela de infidelidad femenina, como Madame Bovary o Ana Karenina, apenas sabemos nada de la pasión por la que Manuela decide ser infiel a su marido. Aunque puede obedecer al pudor, esta decisión narrativa es interesante desde una perspectiva histórica. Sugiere que la autoritaria sociedad portaliana lo era principalmente en una esfera política. Podía ser mucho menos conservadora y más tolerante en la esfera privada de la sexualidad, ya que apenas se dedican ni meditaciones ni prolegómenos a la justificación de la contravención de una mujer al respecto matrimonial.
Respecto de la transmisión de la psique de un personaje, el narrador de El loco Estero realiza una excepción, quizá dos. La más dudosa es la de Deidamia. Como si fuera un sujeto en el laboratorio, el narrador nos va relatando las distintas y contradictorias fases de la atracción que el ñato le inspira. De este modo, Deidamia pasará del goce vanidoso de gustar a todos los jóvenes a sentir un afecto duradero y profundo por Carlos Díaz. Sin embargo, el narrador omnisciente sí retratará de manera minuciosa la psicología de uno de sus personajes. Blest Gana puede parecer más innovador y original que sus modelos europeos en la medida en que prefiere introducirse, sin adoptar un tono cómico, en la psique del marido engañado. Matías Cortaza no es el cornudo risible, sino una figura melancólica y alejada del mundo. Por otro lado, este marido traicionado no obtenderá la empatía del lector. Matías Cortaza aparece como un cobarde, a quien Carlos Díaz tiene que forzar para que colabore en la liberación. Ni siquiera está dotado de un rencor que le lleve a vengarse activamente de la infidelidad de su mujer. Es un personaje lleno de resentimiento, que solo se alegra al ver el sufrimiento de su mujer, al ser abandonada por su amante Quintaverde. El narrador nos convence de que Matías Cortaza es un personaje que quiere encerrarse en una vida sin problemas, lo cual es más la causa que la consecuencia de la infidelidad de su mujer.
Este narrador omnisciente sirve solo de modo secundario, pero sólido, a los fines conmemorativos de la narración. Ciertamente, son incluidos dos de los grandes configuradores del Estado nacional chileno: Diego Portales y Manuel Bulnes. Aunque Portales aparece como un personaje gracias a una confidencia del doctor Cunningham, apenas revela nada: sabemos que aprueba el confinamiento del loco, lo que parece obvio, y bromea con la belleza de doña Manuela. Toda la información política de que disponemos sobre él, fundamentalmente favorable, se da a través de comentarios sueltos de otros personajes y de la misma estructura de la trama. Por otra parte, más escasos aún son los datos de un personaje que aparece de modo directo en la narración como el general Bulnes.
Si en lo esencial el narrador omnisciente se inclina por la parquedad, en lo accidental será un exuberante relator de información. Sobre todo, el narrador recuerda que se sitúa en un momento bastante posterior a los acontecimientos que se narran (1839) y muy cercano al momento de escritura (posiblemente entre 1904 y 1908). Las súbitas modificaciones de los sentimientos de Deidamia serán comparadas con la sensación de movimiento que genera la rápida sucesión de fotogramas. También recordará una de las grandes tragedias de Santiago: el incendio de la iglesia de los Jesuitas en Santiago, conocida como de la Compañía, ocurrido en 1863, veinticuatro años después de ocurrieran los hechos narrados. Asimismo se mencionará la renovación del Cerro de Santa Lucía como parque llevada a cabo entre 1872 y 1874, mientras el historiador Benjamín Vicuña Mackenna, quien también pertenecía a la familia de los políticos literatos, era intendente de la ciudad de Santiago.
A diferencia de Martín Rivas, la elección del título de El loco Estero no es previsible. Si Martín Rivas es el personaje que concentra la novela publicada en 1862, la trama de El loco Estero no solo es mucho más colectiva, sino que Julián Estero ni siquiera representa un papel predominante. Es más una sombra que recorre la novela que un personaje que la estructure. Además de las dos familias, hay dos grandes personajes simbólicos y, en cierta medida, excéntricos: el ñato Díaz y Julián Estero. Sin embargo, si hubiera que escoger el nombre de la novela por su peso en la trama, esta debería haberse titulado El ñato Díaz.
El subtítulo Recuerdos de la niñez es igualmente desorientador, puesto que esta narración no se presenta como unas memorias ficticias, lo cual sí ocurrirá, por ejemplo, en Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, la novela nacional de Bolivia. La obra no está redactada en una falsa primera persona ni cuenta tampoco la evolución coherente de un personaje durante el despertar de la vida consciente. Recuerdos de Santiago en 1839 habría sido un subtítulo más apropiado para la voluntad historicista del escrito. Al narrador no le preocupa describir la niñez como primera etapa de la vida, sino más bien desea narrar la existencia colectiva de la capital de Chile a través de un acontecimiento especialmente simbólico: la llegada del ejército chileno victorioso de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. El narrador aprovecha este acontecimiento para informar de los aspectos más relevantes de la vida santiaguina a finales de la década del treinta del siglo XIX: la gastronomía, los pasatiempos preferidos, la estructura y división de clases de la sociedad chilena, incluso se propone formular una abstracta teoría del amor. Por tanto, el misterio que debemos resolver, la pregunta que obligatoriamente debemos responder es la siguiente: ¿cuál es el significado de titular la novela con un personaje que no es su héroe?
Haber dado el título El ñato Díaz a la novela hubiera sido una decisión lógica para el «liberalismo moderado y negociador» que Benjamín Subercaseaux ha atribuido a Blest Gana17. Hubiese confirmado a esta novela como el colofón perfeccionado de Martín Rivas, quizá algo más costumbrista y pícara, un poco menos arribista, más amplia en su mirada social, pero esencialmente idéntica en su estructura: un joven casa bien gracias a la exhibición de sus virtudes morales y físicas. El título de la novela es la consecuencia de una decisión política: el autor quiere que el lector dirija su mirada un poco más allá de la peripecia inmediata, del buen matrimonio en que desemboca los esfuerzos del ñato. La novela se habría concentrado en el éxito de un impulso privado en un mundo político lo suficientemente estable como para que carezca de sentido, subvertirlo o incluso reordenarlo.
La política se adueña de la narración a través del título, pues dirige la atención a la causa, al responsable del encierro del loco. Si su hermana Manuela es la causa directa, Diego Portales es la causa remota, su consentidor. A pesar de su importancia para la historia de Chile, este personaje histórico es apenas conocido fuera de su país por lo que se requiere realizar una pequeña descripción de su vida, influencia política y significado para la historia y la memoria chilena y continental.
Diego Portales nació en 1793 en Santiago de Chile y murió asesinado en 1837 en el cerro Barón de Valparaíso. Nació en el seno de una familia ilustre conectada con la administración borbónica, lo que le permitió trabajar en la Real Casa de Moneda de Santiago. A pesar de haber vivido el proceso de independencia, Portales no colaboró activamente en él, lo que ha sido interpretado tradicionalmente por sus partidarios como expresión de su falta de ambición política, mientras que a sus críticos este desinterés les ha servido para acusarle de adhesión a la causa realista. Zapiola lo defenderá de esta acusación tradicional en los Recuerdos de treinta años: «Hubo muchos indiferentes y gran número de godos. Portales no fue ni uno ni otro, y más de un acto de su vida lo prueba»18.
Portales, como Bolívar, a quien se parece en tantos sentidos, se casó con una familiar, su prima Josefa Portales Larraín, y enviudó joven, a los veintiocho años. Como Bolívar, este enviudamiento fue definitivo, ya que tampoco volvió a casarse, aunque mantuvo una relación estable con Constanza Nordenflycht, de quien tuvo tres hijos. A diferencia de Bolívar, la pérdida de su primera mujer no supuso una automática dedicación a lo público, sino que prefirió hacer negocios. En ningún caso, logró la prosperidad y el éxito en esta que parece haber sido su vocación personal. Participó en la política de manera activa en dos periodos: entre abril de 1830 y mayo de 1831 y entre noviembre de 1835 y abril de 1837. La historia dice que se le ofreció repetidamente el cargo de presidente, el cual no había aceptado. Sin embargo, esta renuncia a la aceptación formal no impidió que se convirtiera en el rector del país, responsable de la organización del Estado chileno después de que el bando conservador-pelucón venciera en la batatalla de Lircay. Muere fusilado por un pelotón de ocho soldados de una facción del ejército que juzgaba improcedente la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, que Portales promovió. Tanto la guerra como el magnicidio se vincula directamente con la narración, pues la peripecia se sitúa precisamente en el desfile del ejército que ha vencido en la guerra de Portales.
Indudablemente, es el gran actor de la historia republicana de Chile, en quien se piensa como el creador de la identidad política del país hasta el día de hoy, «la llave de la historia de la república»19, de acuerdo con la expresión de Francisco Antonio Encina, incluso si, en la sociedad chilena, siempre existió una incomodidad de fondo, que a ratos explota, con los cerrojos portalianos. Más que un personaje de la historia nacional, Portales es un problema histórico, el problema de la identidad política Chile20. Aunque intentara rebajar su protagonismo en la historia nacional, Alfredo Jocelyn-Holt ha recordado que la historiografía, tanto conservadora como liberal, ha identificado el destino colectivo de Chile con este individuo: «cualquier esfuerzo por desentrañar el sentido general de la historia nacional motiva un dictamen sobre su persona y papel histórico»21. Antes de explicar por qué es plausible interpretar al personaje del loco como un Antiportales, es necesario hacer un breve examen conceptual de esta figura histórica que, en un subcontinente dominado por caudillos y presidentes, jamás ocupó una posición superior a la de ministro en la jerarquía del poder (aunque llegara a ocupar tres ministerios al mismo tiempo).
Simbólicamente, Portales representa en la conciencia cultural chilena el orden, tanto interno como externo del país. Desde el punto de vista nacional, representa la estabilidad y el respeto a la ley. Desde el punto de vista internacional, aparece como la figura que da a Chile una posición estable en las relaciones internacionales como potencia dominadora del Pacífico sur. Portales se entiende como la frontera, el obstáculo, el katejón, de acuerdo a la interpretación schmittiana del concepto paulino, que evita que Chile se contagie de la anarquía sobrevenida en Latinoamérica después de la emancipación de la monarquía española.
Sin embargo, esta estabilidad no es solo festiva. Tiene un precio, el cual le parecerá excesivo a los sectores más comprometidos del liberalismo chileno. La posibilidad del orden es consecuencia de un sacrificio: el del gobierno liberal pleno. El pensador constitucional más importante del siglo XIX latinoamericano, Juan Bautista Alberdi, reconocerá sin criticarla que la constitución de 1833 es monárquica: «Chile ha resuelto el problema sin dinastía y sin dictadura militar, por medio de una constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma»22. Portales es el autor de esta mezcla de república formal y monarquía material.
Portales habría sacralizado la ley y el orden a través del sacrificio parcial de su contenido. Habría introducido en la república liberal «el largo peso de la noche». Esta afortunada expresión, con que Chile sigue describiéndose hasta hoy, insiste en que el funcionamiento de la nueva república exige servirse del hábito de obediencia de la sociedad chilena, educada y construida por la monarquía, para la supervivencia social de la república. Como alumno de los escritos más desengañados de Bolívar, en los que el Libertador desconfía de la capacidad de los pueblos hispanoamericanos para las exigencias morales del liberalismo, para Portales, no tiene sentido intentar revertir en una generación las costumbres forjadas a lo largo de trescientos años monárquicos y coloniales, rellenados de clasismo y desinterés político. Esta aceleración de la pedagogía nacional es solo posible en las «repúblicas de aire», no en las de carne y hueso que Bolívar y Portales deben gobernar23. Estas deberán optar por cambios mucho más lentos y progresivos, no por revoluciones idealistas, las cuales a pesar de la nobleza de sus propósitos, acaban en exilio y caudillismo, guerra civil y pobreza.
Liberalismo y conservadurismo en Chile se dividen, más que a través de grandes oposiciones ideológicas, por el diferente juicio que despierta este peso nocturno. Para los conservadores, esta renuncia a entender el liberalismo como una pedagogía utópica justifica el excepcionalismo chileno, le permite a Chile una construcción nacional relativamente pacífica y coherente, éxito redoblado al compararlo con la anarquía circundante. Por supuesto, los conservadores no tienen ningún problema en que el espíritu monárquico, autoritario, militar permee la organización republicana. Para los liberales, en cambio, «el peso de la noche» es idéntico a la monarquía, quita sentido al mismo proceso emancipador. No reniegan tanto del orden, sino que consideran que se puede conseguir este mismo resultado sin una restricción tan masiva de la libertad, de la transformación en una sociedad más laica, más progresista y participativa, mejor educada. El proceso emancipador no se detiene con la creación de soberanías independientes en América, sino con el establecimiento de una convivencia cívica que destierra de las costumbres sociales, tanto la obediencia absoluta como las leyes autoritarias. Para ideólogos más convencidos que Blest Gana como José Victorino Lastarria, Portales aparece como un monarca más, un traidor al sueño liberal republicano de gobernarse como iguales, un republicano autoritario que, al mantener los hábitos coloniales, haría moralmente irrelevante la independencia política. Esta convicción desmitificadora de la erección de una república independiente la han heredado tanto el marxismo del siglo XX como el populismo contemporáneo, la mayoría de las veces de modo insconsciente. En su biografía de Portales, Lastarria subraya esta tensión entre la forma republicana y el contenido monárquico de las instituciones políticas chilenas:
el Estado [...] se ha organizado en Chile [...] su organización es contraria al gran fin de aquella revolución, que es la república democrática, la reacción colonial principiada por el partido de Portales en 1830, y continuada hasta ahora24.
El sentido de la independencia no consistía en establecer un presidente autoritario más parecido a un rey que a un ciudadano: un «Porfirio Díaz sin militarismo», de acuerdo a la divertida descripción que el ensayista venezolano Mariano Picón Salas, quien vivió en Chile entre 1923 y 1926, hizo del presidente Manuel Montt (1851-1861)25. Este sueño liberal lo destruye el realismo republicano de Portales.
En un punto intermedio entre la proyección liberal y el pragmatismo republicano, en algún lugar de este admisible trauma civil, se desenvuelve El loco Estero, lo cual arrebata al Martín Rivas su preeminencia en el canon nacional. El loco Estero incluye, además del tema típicamente burgués del ascenso social (a través del ñato Díaz, sucesor inevitable de Martín Rivas), la reflexión sobre la construcción ideológica de Chile (gracias al personaje de Julián Estero). Es necesario evitar la confusión que la elección del título podría generar: Blest Gana no es la versión literaria de la ideología política de Lastarria. Quiere introducir la visión política de Julián Estero, como álter ego simbólico del liberalismo comprometido, en la narración para que la sociedad que describe sea más completa, no para hacer una apología de la ideología pipiola-liberal. Su propósito es mostrar la variedad ideológica del país, las renuncias que implica la configuración de un Estado en forma, la misma posibilidad de que el país pueda reconciliarse, en la medida en que el proyecto liberal y el conservador no poseen las mismas diferencias que separan al republicanismo liberal del monarquismo autoritario.
La narración se caracteriza por la equidistancia ideológica, practicada con la excelencia de un diplomático profesional, la cual permite que las dos visiones paradigmáticas sobre Portales —es decir: sobre Chile— se armonicen en la novela. Un personaje esencialmente cómico, Miguel Topín, perteneciente a la clase alta, realizará la apología más prototípica del Estado portaliano. Ensalzará el camino que Portales dejó trazado a los políticos posteriores (la peripecia novelística se consuma solo dos años después del magnicidio). De modo general, el narrador «portaliza» la convicción del excepcionalismo chileno: recordará que la paz de Chile, responsable del prestigio del país entre los pueblos hispanoamericanos, es el resultado de su genio político. Existe una segunda defensa, mucho más indirecta pero también interesante, de las virtudes del Estado portaliano. Dos de los personajes claves de la narración sirven en la burocracia estatal: el jefe de policía Quintaverde y Matías Cortaza, archivero en el ministerio de guerra. Estos dos personajes se conectan por el trabajo, pero también por la pasión, pues se reparten el amor de Manuela Estero. A pesar de la diferente legitimidad del vínculo, tanto el amante de doña Manuela como su marido son abnegados y fieles servidores del Estado chileno a través de sus ramas fundamentales: el ejército y la policía.
De manera coherente con su mediocridad profesional y su carácter apático, Cortaza se caracteriza por la ausencia de corrupción que distingue a la imagen prototípica del Estado chileno. En cualquier caso, se nos informa de que es un trabajador obsesivo y modélico, asiste a su puesto de trabajo en los días libres, incluso si carece de tareas atrasadas. También Quintaverde es un policía admirable, en la medida en que no se extralimita en el uso de la autoridad. Los únicos reproches que se le podrían dirigir son apolíticos, dependen exclusivamente de la pasión. El amoral narrador de El loco Estero no los formula. Como policía, su comportamiento es imparcial y antepondrá, en uno de los momentos más cargados de simbolismo de la narración, el cumplimiento de la ley a las exigencias de su amante. Ante la urgencia y la informalidad con que Manuela, a través de su cuñado, exige castigar a su rival el ñato Díaz, Quintaverde, representante de la moralidad del Estado portaliano, no satisface este deseo. De modo abstracto y legalista, recuerda que, al no haber sido atrapado in fraganti, no puede detener al ñato y que deberá ser ella quien interponga una denuncia ante el correspondiente juez. La pasión, como momento en que el deseo supera la ley, simplemente no existe para un funcionario chileno.
Sin el contrapeso del loco Estero, la inclinación a leer la novela como un canto de las bondades del Estado portaliano, como garante del orden interno y de una sólida posición geopolítica, sería invencible. La figura de Julián Estero se conecta con el espíritu del liberalismo chileno decimonónico que acusa a Portales de haber infectado a la joven república del espíritu colonial. Estero es el contrapeso de la utopía portaliana. Su presencia no implica que el narrador reniegue de la utopía del orden, pues existe una distancia entre el liberalismo exaltado que solo sabe de sueños (la contraparte teórico-política de Estero sería el ya citado Lastarria) y el liberalismo equidistante, comprometido, realista que asume cautamente el narrador. La identificación de Julián Estero con el liberalismo exaltado es fácil de justificar: participó en la gran batalla que derrota al liberalismo chileno, la de Lircay, y promovió acciones contra el Estado portaliano.
Pero hasta este momento la ambivalencia es más supuesta que confirmada. Indudablemente la presencia del loco confiere densidad ideológica a la narración, pero apenas introduce conflicto. Por un lado, vemos a probos funcionarios; por otro, a un loco idealista. El loco aparece como el recuerdo nostálgico de un proyecto que pudo ser. Sin embargo, el procedimiento con que se encierra al loco informa de una cierta distancia entre la eficacia y la legalidad del Estado portaliano. ¿Por qué motivo está Estero retenido en su propia casa? No está recluido a causa de su locura, sino por ser un conspirador contra el gobierno de Portales. Sin embargo, el Estado chileno no lo detiene, sino que, sin una justificación legal concreta, permite que se le encierre en su propia casa, más por loco que por conspirador, lo cual supone un beneficio económico para su hermana. Básicamente, el gran estadista chileno de todos los tiempos autoriza un chanchullo. El pragmatismo de este Estado pone en duda el ideal de la justicia, pues no se preocupa por establecer una distinción relevante entre locura y conspiración para determinar la pena. Así dice el Portales personaje de El loco Estero: «Que el hombre esté preso en su propia casa, o preso en la cárcel, tanto vale, puesto que donde se encuentra está bien vigilado» (véase la página 100 de esta edición). A Estero no se lo encierra a través de un proceso público que se atiene a una norma republicana, sino a través de la prerrogativa del gobernante, cuya autoridad es tan absoluta y discrecional como la de un rey. Esta confusión de público-privado en el Estado portaliano se comprueba en el hecho de que no será un privado —alguno de los muchos familiares que habitan en sus propiedades—, sino un funcionario público —un soldado de artillería— quien le lleve su comida al loco diariamente a las cinco de la tarde.
El narrador introduce otras pistas que resquebrajan la solidez de la utopía portaliana. Por un lado, aparece un juez que, a diferencia de Quintaverde y Cortaza, está más preocupado de figurar en la sociedad que de aplicar imparcialmente justicia. Quiere aprovecharse del escándalo de la liberación del loco y de la agresión que comete contra su hermana Manuela para ganar notoriedad. Si bien este desvío de un miembro del Estado portaliano puede brotar de factores personales, el narrador sí criticará el excesivo poder del ejecutivo en la configuración del Estado portaliano. El narrador critica la facultad de los policías de «allanar domicilios y apresar presuntos delincuentes», siempre que tuvieran sospechas, pues dotaba al ejecutivo de una enorme influencia.
Blest Gana se adhiere sin recato a un principio fundamental del liberalismo criollo: la incompatibilidad entre la vida colonial y la existencia republicana. Se trata del momento en que compara a Portales con el último gobernante colonial, Osorio, quien estuvo a cargo de la capitanía de Santiago durante la reconquista realista, entre la batalla de Rancagua (1814), donde ganan los realistas, y la de Chacabuco (1817), la cual establece de modo permanente la independencia. A su vez comparará a Quintaverde con el temido jefe de policía de estas reestablecidas autoridades españolas: San Bruno. Más allá de la mala fama de estos dos gobernantes, a los que retrata de modo muy negativo en Durante la reconquista, Blest Gana, como historiador del Chile prerrepublicano, carece de la moderación con que juzga el conflicto constitutivo nacional entre pipiolos y pelucones, entre liberales y conservadores. En el juicio sobre la colonia, el liberal moderado se reconcilia con el liberal convencido. Para ambos, la colonia es una pesadilla.
A lo largo de toda la producción novelística de Blest Gana, la colonia es fustigada por los mismos motivos por los que la ilustración europea critica lo medieval. En El loco Estero se cumple esta regla, casi única, de la ideología de Blest Gana. Se refiere al dominio español de modo peyorativo a través del término «coloniaje». No existen aspectos positivos en la colonia: su producción artística, su sistema educativo y su vida religiosa son aberrantes. Como carece de arte, sería presuntuoso llamar obras de arquitectura a las casas construidas durante el periodo. El clasismo chileno, eufemísticamente llamado «tradicional respeto», es otra de las pesadas herencias de la vieja estructura colonial. La severidad educativa se entenderá como un vestigio indeseable de los modos coloniales que la vida republicana no ha sido capaz de extinguir.
Especialmente negativo es el juicio sobre el patrimonio religioso que la colonia transmite a la república. Ni en Martín Rivas ni en El loco Estero habrá protagonistas religiosos, incluso si Julián se recluye en el convento franciscano en la parte final de la novela. Se puede entender en Blest Gana como un moderado anticatólico de espíritu cristiano: piensa que el catolicismo de origen español ha causado que, en Chile, la religión cristiana se haya vivido como una superstición. Esta fe, vinculada más al hecho misterioso del milagro que el esfuerzo de la pedagogía, confiere a las primeras páginas de novela un aire de terror con un punto cómico. Cada vez que la pareja de los hermanos Cunningham escuchen la palabra «el enemigo», se imaginarán a un demonio ultraterreno en vez de al mariscal Santa Cruz, el enemigo a que hacen referencia sus mayores.
La colonia se entiende como desvío de la razón y, por tanto, como locura. Por este motivo, es coherente con esta identificación entre historia española y locura, con esta queja constitutiva de las repúblicas respecto del patrimonio cultural hispánico, situar en España el origen de la locura de la familia Estero. Como si se tratara de una república criolla incapaz de progresar en el camino liberal por culpa de la inercia española, Julián Estero se ha vuelto loco, no por haber tomado como ideología un liberalismo perfecto, sino por culpa de un antepasado español.
Por este motivo, es un descuido significativo de este escritor políticamente neutro identificar a Portales con el viejo orden colonial. Quizá se puede explicar este desvío como reacción de un subconsciente liberal, radical y profundo. Si se tiene en cuenta la enorme cantidad de referencias en las que se denigra el orden político y cultural de la colonia como autoritario y atrasado, la identificación de Portales con el último gobernante colonial no puede interpretarse como un despiste inocuo. Debe leerse como el lapsus de quien en algún momento de su biografía comprendió el liberalismo con ansiedad utópica. En Blest Gana, se reproduciría la misma ambivalencia que siente el juez instructor a cargo de la investigación del asesinato de Portales:
Como hombre se me partió el alma al ver el cadáver de Portales; derramé sobre él lágrimas muy sinceras, hubiera dado mi vida por resucitar a este hombre tan grande, que nos prestó servicios eminentes, digno de mejor suerte; pero, como chileno, bendigo la mano de la Providencia que nos libró en un solo día de traidores infames y de un ministro que amenazaba nuestras libertades26.
Se debe añadir un último comentario respecto del antiespañolismo, esta vez alejado de la tensión entre el liberalismo de Estero y el autoritarismo de Portales. Como todos los grandes liberales del siglo XIX latinoamericano, Blest Gana es un completo antiespañol. No hay duda en el programa nacional: la república debe librarse de toda la herencia española y hacerse chilena. La independencia no es solo un acto político, sino metafísico. Se le prescribe al futuro republicano romper el continuo temporal. Como se ha incumplido esta imposición, los liberales, no solo los más exaltados, explicarán el retraso y la frustración de la república por su incapacidad por deshacerse de los genes españoles. Estos autores están más dispuestos a condenar la ineptitud republicana que a admitir la imposibilidad de la ruptura del continuo temporal.
Como, sin embargo, la unidad del tiempo es difícil de romper, hasta el liberal más antiespañol admitirá ciertas costumbres, ciertas prácticas colectivas, que solo pueden ser explicadas si se entienden los tres siglos de colonia como constitutivos y, por tanto, inerradicables de la identidad nacional. De nuevo de manera más bien involutaria, El loco Estero da cuenta de esta dificultad. Por un lado, Blest lamenta la perduración de hábitos religiosos, políticos y pedagógicos heredados de la colonia. Por otro, él mismo veta la posibilidad del borrón y cuenta nueva y se convierte en un imprevisto apologeta del mestizaje cultural de la colonia, del inevitable componente español del futuro republicano. De esta manera se pueden entender las recurrentes y extensas menciones a los platos exclusivos de gastronomía chilena. En su minuciosa catalogación de la cocina nacional, Blest Gana está admitiendo la imposibilidad de una revolución completa, reconoce que existe un legado colonial depositado en algún lugar de la conciencia colectiva, ante el que las reformas puramente políticas, forjadas por una razón políticamente abstracta, serán ineficaces y hasta contraproducentes.
El título de la novela refleja el trauma constitutivo del Chile republicano: el conflicto entre liberales y conservadores, entre pipiolos y pelucones, en el que los segundos son vencedores definitivos. Portales ha vencido al loco, lo ha detenido gracias a una combinación de legalidad abstracta republicana y discrecionalidad monárquica. Sin embargo, la liberación del loco abre la posibilidad, pequeña pero real, de que el Chile republicano sea capaz de incluir a esta raíz más liberal, hasta radical y utópica, dentro de su constitución. La celda de Estero es la celda en que Portales ha encerrado al liberalismo idealista. Su liberación rescata la posibilidad de que el programa liberal se incorpore al futuro del país. La novela no critica el modelo autoritario y estatal: se trata del primer paso de la estatalidad moderna. Para las etapas posteriores, se requerirá incluir al Chile no pragmático, que busca una justicia más pura, incluso si esta no es directamente realizable en la Latinoamérica del siglo XIX. Carlos el ñato Díaz es el heredero moderado de este legado, más bien la suma perfecta de las virtudes del loco y de Portales, sin ninguno de sus vicios. Si el loco es el pasado de un Chile que no pudo integrarse, Carlos Díaz representa el futuro de esta nación, la cual se entiende como la combinación del realismo de Portales y el idealismo de Estero. Esta novela cuenta la historia paralela de un personaje y de un país que se hacen mayores en la misma fecha de 1839.
La novela se publica cuando Chile está a punto de cumplir el centenario de la primera junta de gobierno, celebrada el 18 de septiembre de 1810, la misma fecha en la que los chilenos celebran hasta el día de hoy las fiestas patrias. Blest Gana considera que el país llega a la edad adulta a través de un hecho militar: la victoria del ejército chileno en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. En absoluto, se trata de una postura dependiente de un especial filobelicismo chileno. Como diplomático, Blest pudo comprobar cómo Alemania se había hecho adulta como Estado precisamente por la victoria sobre Francia en la guerra de 1870. La victoria militar ofrece una oportunidad a la reconciliación nacional: muerto Portales y liberado el loco, es el momento propicio para que la hegemonía portaliana incluya al Chile subalterno del loco. Por ser exigencia profesional, Blest Gana debía ver el favorable resultado de la guerra como la confirmación de la mayoría de edad de Chile. El haberse constituido en la potencia regional ha de servir de bálsamo para la reconciliación nacional. Este nuevo lugar privilegiado en la comunidad de naciones debía desactivar la intensidad de las viejas rencillas. Por este motivo, el narrador censurará que los miembros de la sociedad chilena sigan juzgando en 1839 al loco Julián Estero y a su carcelera Manuela Estero de acuerdo a la tradicional oposición entre liberales y conservadores, la cual ha quedado trasnochada. El final de la novela, donde la Manuela portaliana es perdonada por su hermano pipiolo (su muerte se debe al adulterio), es una invitación a que Chile se reconcilie.
El carácter oficial y maduro del relato de Blest Gana contiene una dosis de ironía. Al lector también se le recuerda la cara b de esta maduración, precisamente en el momento simbólico del desfile de los vencedores. La narración introduce la voz del sector popular que se mofa de aquellos militares que, sin haber participado en hechos de guerra, desfilan junto a los héroes que han luchado en las tierras peruanas. Por este motivo, recuerda que uno de los oficiales en el desfile era motejado como «general Espada Virgen», otro como «Pólvora Bruta» y el general Bonilla era ridiculizado con un fácil epíteto, pues «se quedó en la orilla».
La ironía es un momento, importante pero parcial, en la mirada cívica de Blest. A pesar de todo, su ambición sigue siendo institucional y su novela es la memoria de un acto fundamentalmente solemne: describe el bautizo de la república de Chile como la estrella de las naciones latinoamericanas, la primera que fue consciente de su papel en la esfera internacional, convicción que, hasta el día de hoy, el derecho internacional exige como paso a la estatalidad plena. En coherencia con esta base, la ironía con que se describe a los falsos héroes desaparece en la caracterización del general Bulnes. Aunque se lo describe como un «poco gordo y de rosadas mejillas», los niños lo contemplan como un «semidiós», como un modelo de gloria que, por tanto, debe ser imitado por la juventud chilena. Su imperfección física no impide que las mujeres lo vean como el perfecto candidato a marido y ya sabemos que, para Blest Gana, la vida social depende del establecimiento de una pareja estable.
Chile se hace mayor. El pasado de la república se divide en dos personajes simbólicos: el loco Estero y Portales son el pasado; Carlos Díaz, como síntesis, su futuro. El personaje del loco nos recuerda el pasado infantil y admirable de Chile, no tanto por la falsedad del idealismo cuanto por la inmadurez de su exigencia. El de Portales representa el excesivo sin realismo, un examen del presente que no admite el potencial de mejora que existe en toda realidad. El futuro se identifica con el de Carlos, la maduración de Chile es la de Carlos. Carlos es el rector de un Chile que solo existe en el futuro. Ambos se harán mayores a través de una combinación de astucia y madurez intelectual, de cuerpo y mente. Si Chile vence a la Confederación Perú-Boliviana, el ñato derrota a sus rivales en la competición de cometas, cuya descripción se parece más a una pelea a vida o muerte que a un juego inocente: «Apretando el cordel con las dos manos, rígido el cuerpo tras la roldana, Díaz, con la profunda mirada fija en los enemigos allá a lo lejos, que subían, mostraba en su ademán la fría resolución de un luchador seguro de sus fuerzas» (véase pág. 200). Su capacidad estratégica de liberar al loco le lleva a convertirse en un ser plenamente social, lo cual conseguirá en el momento en que despose a Deidamia. A pesar de que la novela transmite un indudable respeto por el Chile idealista derrotado en Lircay, no es un soñador arruinado quien representa el futuro de Chile. El dueño del porvenir chileno es un descendiente de Martín Rivas, también Carlos es un arribista, aunque menos presuntuoso, más dionisiaco, más pícaro y travieso que su hermano mayor. Su éxito, como el de la república chilena, nace de una armonía preestablecida entre interés propio y ambición altruista.
En el ñato se suman el alma liberal y conservadora del país: Carlos Díaz es el cóctel perfecto entre el loco Estero y Diego Portales. Por un lado, el narrador nos asegura que el deseo de justicia impulsa al ñato a liberar al loco. Sabe que el egoísmo de su hermana lo ha encerrado y quiere deshacer la fechoría. Esta motivación incluye el idealismo del ñato y, simbólicamente, del Chile futuro. Sin embargo, el ñato, como si hubiera sido educado en un colegio jesuita más que en el laico Instituto Nacional, vence al astuto con astucia, al simulador con simulación. Arrincona a dos personajes que quieren chantajearlo y amenaza (Cortaza y Quintaverde en momentos clave de la trama) y se desquita de las ofensas, puramente personales, provocadas por ña Manuela Estero. Por último, el resultado definitivo de desencadenar al loco no es la prisión, ni el castigo, sino una colosal recompensa material. Existe una fuerza ordenadora, un Dios respetuoso con las mejores inclinaciones, en el mundo de Blest Gana que asegura a la intención ética una recompensa material. Desde un punto de vista moral Martín Rivas y El loco Estero son anti-Quijotes. Los impulsos nobles nunca son quijotescos, siempre obtienen un beneficio material, incluso si no había sido previsto por el agente, como parece ocurrirle al ñato Díaz. Si nuestra hipótesis es cierta y verdaderamente existe una identificación entre el ñato y Chile, Blest Gana está imaginándose un país que, al cumplir con astucia un ideal altruista, será recompensado con el éxito material. Esta armonía, racionalmente injustificable, vuelve a acercar a la ideología de Blest Gana, en apariencia modesta, al liberalismo idealista y revolucionario de un Lastarria.
Si la etapa adulta exige la reconciliación de las dos almas políticas de Chile, la maduración nacional no reclama una idéntica armonización social. La voluntad de reconciliación no se extiende al plano socioeconómico, desaparece a la hora de crear un país con menos tensiones materiales. Se entiende que la lucha de clases, disfrazada de abigarrados usos y costumbres, es un necesario mecanismo de la vida social. Se trata de una visión del conflicto social en la que, a diferencia de Marx, no hay solución final. La existencia colectiva es un «combate» y la clase social, a través de una porosidad circunscrita al matrimonio, amortigua este obligatorio choque. Dada esta necesidad, el novelista no debe fantasear con un mundo de igualdad material o, con un impostado sentimiento humanitario, lamente esta desigualdad constitutiva. Su misión será más bien la de justificarlas y dedicar atención al único momento en que estas distancias se pueden acortar: el matrimonio, entendido como victorioso ascenso o fracasado descalabro en la escala social.
En la novelística de Blest Gana, la mediación socioeconómica de las relaciones humanas se comprueba especialmente clara en el vínculo entre los sexos, el cual es siempre parte de un entramado social, obsesionado por el mantenimiento y la adquisición de una posición sólida. La pasión puede tener un inicio doloroso, puede entenderse como una emboscada, pero acaba siempre, como triunfo o como fracaso, en pareja. Martín Rivas es especialmente proclive a la configuración de parejas fracasadas: Dámaso Encina margina a su amante, Martín Rivas no se sentirá atraído por Edelmira Molina, la mujer de sentimientos nobles y pureza moral, dado que no representa un buen partido para este parvenu. En El loco Estero, el éxito de la pareja central —la que componen Carlos Díaz y Deidamia Linares— también necesita un fracaso, el del pretendiente de Deidamia, sobrino del mayor Quintaverde. La identificación de la pareja como instrumento de crecimiento social motiva también que Quintaverde decida acabar con la relación adúltera que mantiene con Manuela Estero: este ha encontrado a una mujer más joven con quien se quiere casar, sin que haya desaparecido la pasión que le ata a la belleza de la señora Estero. No la deja de amar, simplemente decide escalar en la sociedad a través de un matrimonio de conveniencia. El matrimonio se entiende de modo directamente antirromántico, casi como si la pasión del enamoramiento, en sí misma insensata, solo fuera el preámbulo de una racionalización en forma de pareja estable y ascenso social.
