El príncipe perdido - Raye Morgan - E-Book
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El príncipe perdido E-Book

Raye Morgan

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Beschreibung

El último príncipe de Ambria Max Arragen, piloto de guerra, se convirtió primero en un héroe y, luego, en un príncipe. No le hacía especial ilusión recuperar su condición real, que hacía años que había perdido, pero aceptó… hasta que le dijeron que debía casarse. A Kayla Mandrake le encargaron que domara al nuevo príncipe. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que se trataba de Max, el mismo hombre con el que había compartido una inolvidable noche de pasión. ¿Qué haría al volver a verlo? ¿Cómo le diría que de aquel encuentro había nacido un hijo?

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Seitenzahl: 183

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Helen Conrad. Todos los derechos reservados.

EL PRÍNCIPE PERDIDO, N.º 2489 - noviembre 2012

Título original: Taming the Lost Prince

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2012

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-1166-9

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

EL PRÍNCIPE Max se apoyó en la barandilla de hierro. Estaba lloviendo débilmente, pero no se dio cuenta. Estaba a una altura de unos cinco pisos y el jardín del palacio parecía muy lejano. Un impulso extraño lo llevó a preguntarse qué pasaría si saltara.

Demasiado tarde.

Podría haberlo hecho hacía unas semanas. Sí, unas semanas antes podría haber puesto punto final a su inútil vida y no le habría importado a nadie, pero ahora tenía una vida nueva y unas nuevas responsabilidades. La gente esperaba cosas de él. ¿Y por qué demonios creerían que se las iba a poder dar?

Bien pensado, quizás saltar fuera una buena idea. ¿Y si descubriera al hacerlo que podía volar? Parecía sencillo. Solo tenía que abrir los brazos, como si fueran alas. Sabía perfectamente lo que se sentía al volar porque había pasado años volando aviones de guerra. Se le daba bien volar aviones, pero volar sin ellos era muy diferente.

No, no iba a saltar. No iba a intentar volar sin avión. La autodestrucción no era su estilo. Tenía una pluma de pavo real que se había encontrado en el jardín. La soltó.

–Vuela y sé libre –murmuró mientras la veía caer hacia el suelo–. Vamos, vamos, vuela y aléjate de aquí –añadió riéndose al ver los destellos azules, verdes y dorados de la pluma y las vueltas que daba en el aire.

La pluma llegó al suelo y se paró. También se paró la risa de Max. La pluma estaba atrapada. Como él. Había sido un vuelo corto. Destino a ninguna parte.

–Eh, no se asome tanto, no se vaya a caer –le dijo una voz femenina y acaramelada.

Max cerró los ojos. ¿Estaba dispuesto a aceptar aquello? ¿Lo necesitaba?

–¿Está usted bien, señor?

Max se volvió lentamente, suponiendo que la mujer no se había dado cuenta de quién era. Normal porque estaba vestido para salir a la montaña, no para ir al baile. La había visto otras veces. Reconoció lo que quería por cómo lo estaba mirando y sabía que tenía dos opciones: saludarla con la cabeza y seguir su camino o sonreírle de manera sugerente y dejarse llevar.

Tenía que elegir.

A ella se le notaba lo que le apetecía. Max sintió deseos de gemir. No podía dejarse llevar… ¿Cómo que no? Era joven y la vida estaba para vivirla. Además, ¿quién sabía durante cuánto tiempo más seguiría siendo libre y podría seguir haciendo lo que quisiera?

–Estoy bien –sonrió.

–Está usted mojado –contestó ella de manera coqueta.

Max sacudió la cabeza como un perro, haciendo que de ella saliera una lluvia de gotitas. Aquello hizo reír a la joven.

–Ande, venga a mi casa a secarse –le propuso.

–¿A su casa? –se sorprendió él.

–Sí, está en esta planta –contestó ella–. Se tiene que secar. Si no, se va a resfriar.

Max la miró de arriba abajo, desde su pelo rojo y de punta a su figura de guitarra pasando por sus voluminosos labios. Estaba siendo insolente y lo sabía. Y también sabía que a aquel tipo de mujeres les gustaba que las miraran así.

–Claro. ¿Por qué no? –accedió finalmente.

Cualquier cosa mejor que reunirse con el resto de la familia real en aquel estúpido baile preparado por la reina. Pasar unas cuantas horas con aquella improvisada compañera de juegos le iba a sentar muy bien. A ver si, así, conseguía olvidarse de aquella sensación de fatalidad que pesaba sobre él.

–Es usted como un ángel de la guarda que va por ahí buscando personas a las que salvar, ¿no?

Ella sonrió con picardía.

–No, la verdad es que no… no ayudo a todo el mundo… solo a quien me apetece.

–¿Y yo doy la talla? –quiso saber Max enarcando una ceja.

–Oh, sí, claro que sí –contestó ella con entusiasmo.

Max amagó una reverencia.

–Cuánto honor.

La chica se rio y lo guio.

La reina Pellea entró en la oficina y miró a Kayla Mandrake.

–¿Dónde está? –le preguntó.

Kayla sintió que la desasosegante sensación que se había apoderado de ella desde que se había enterado de quién era el nuevo príncipe volvía de nuevo y con más fuerza.

–No lo he visto –contestó sinceramente–. Creía que se iba a pasar por aquí…

–Eso es lo que tendría que haber hecho y lo sabía perfectamente, pero, como de costumbre, no nos hace ni caso –se quejó la reina–. Está todo el mundo esperando en el baile.

–¿Quiere que haga un anuncio por megafonía? –se ofreció Kayla.

–Oh, Kayla, tú has estado todo este tiempo en París, no sabes lo que ha pasado por aquí. Este chico me está volviendo loca.

Kayla reprimió una sonrisa. Max era así. Volvía loco a todo el mundo.

–Entrará en razón –le dijo a la reina aunque no estaba del todo convencida–. En cuanto entienda cómo funcionan las cosas aquí.

–Cuanto más entiende cómo funcionan las cosas aquí, más se salta las normas –contestó la reina–. Kayla, vas a tener que ir a buscarlo.

Pellea emitió un sonido de impaciencia y sacudió la cabeza con frustración. Llevaba un espectacular vestido de seda azul con tirantes finos y dorados. Kayla se sintió fuera de lugar con su sencilla falda.

–Y espero que lo mates cuando lo encuentres –bromeó la reina con dramatismo.

–Majestad –comenzó Kayla intentando improvisar una excusa para Max.

–No –la interrumpió la reina alzando la mano–. No quiero oír justificaciones ni confesiones. Lo único que quiero es tener al príncipe Maximillian ante mí cuanto antes para poder castigarlo como se merece. También me serviría que me trajeras su cabeza en una bandeja de plata. ¿Me has entendido?

Kayla asintió intentando no reírse. No podía reírse. La reina estaba furiosa.

El problema era que sabía, porque conocía a Max, que aquello no había hecho más que empezar. Max la enfurecería cada vez más y la reina no podría hacer nada para pararlo.

–Sí, Majestad, haré todo lo que pueda.

–¡Vete a buscarlo!

La reina Pellea salió como un ciclón. A veces, se comportaba así. Kayla tomó aire e intentó calmarse. ¿Y ahora qué? ¿Cómo encontrar a un príncipe rebelde que, obviamente, no querría que lo encontraran?

Max siempre hacía lo mismo. Las normas eran para los demás, no para él. Era el hombre más molesto, y más encantador, que había conocido jamás. Saber que lo iba a ver en breve le hizo sentir un escalofrío por todo el cuerpo. Por otro lado, sentía miedo. ¿Cómo iba a manejar aquella situación?

Comenzó haciendo unas cuantas llamadas. Había guardias y agentes de seguridad por todo el palacio. Si estaba dentro, lo habrían visto en persona o lo habrían registrado las cámaras de seguridad.

Así fue. Consiguió alguna pista aquí y allá y, al final, uno de los guardias le dijo que lo había visto entrar en el piso de una chica de la zona conocida por estar siempre de fiesta.

–Claro, típico de él –murmuró Kayla.

Acto seguido, y a pesar de que temía el encuentro, salió corriendo hacia el lugar en cuestión. ¿Qué haría al llegar? ¿Interrumpir una sesión de sexo? Kayla se estremeció mientras entraba en el ascensor.

–Maldición, Max –se quejó en voz baja–. ¿Por qué siempre me complicas la vida?

Recordó la última vez que lo había visto. Hacía casi dos años de aquello. En aquella ocasión, tenía el pelo revuelto y los ojos llorosos. Los dos lo habían pasado mal aquella noche, los dos habían vivido la misma tragedia. Y, de repente, desapareció.

Las puertas del ascensor se abrieron y Kayla avanzó con el corazón latiéndole aceleradamente. Al llegar ante la puerta, deseó estar en cualquier otro lugar. En aquel momento, sonó su teléfono móvil.

Era Pellea, claro.

–¿Sí?

–¿Lo has encontrado?

Kayla suspiró.

–Lo tengo localizado y voy a…

–Ten cuidado –le advirtió la reina–. Si hay un balcón cerca, saltará.

–No creerá que se vaya a suicidar, ¿verdad? –se asustó Kayla.

–No, claro que no, pero le gusta desafiar a la muerte. Debe de ser un adicto a la adrenalina.

Kayla se quedó pensativa.

–Bueno, más bien…

Pero a Pellea no le interesaba su parecer.

–La semana pasada nos reunimos todos en la casa de la nieve para que los príncipes se conocieran mejor entre ellos. No habíamos hecho más que llegar cuando Max y las dos hijas, preciosas por cierto, del guarda de la casa se fueron en motos de nieve como si tal cosa. Y no volvieron en todo el día.

–Oh.

–Y no te creas que pidió perdón o dio explicaciones al día siguiente. Se cree que sonriendo lo arregla todo.

–Ya… –contestó Kayla a falta de algo más convincente que decir.

–Anoche teníamos una cena con el embajador italiano. Estamos a punto de firmar un importante tratado con su país. Bien, pues Max ni apareció. Por lo visto, se paró en un bar y le pidieron que hiciera de jurado en un concurso de karaoke y perdió la noción del tiempo.

–Ay, Max –se lamentó Kayla.

–Así que atenta a los balcones te digo. Es capaz de atar una cuerda y saltar a lo Tarzán.

–Lo tendré en cuenta.

Pellea suspiró. Kayla no le debía de haber sonado lo suficientemente segura de sí misma.

–Dime dónde estás exactamente para mandar a dos guardias para que te ayuden.

–¿Para ayudarme a qué? –se sorprendió Kayla mientras le daba su ubicación.

–A que no se te escape –contestó la reina–. Si hace falta, lo atáis.

–¿De verdad?

Aquello estaba empezando a ser una pesadilla. Kayla se quedó mirando la puerta del apartamento en el que tenía que entrar. Se suponía que Max estaba dentro. Le habían dicho que había entrado con una mujer.

–A ver si lo pillas por sorpresa –le aconsejó Pellea.

–¿Me está pidiendo que entre sin llamar? –preguntó Kayla imaginándose lo que podría ver si lo hacía.

–Si es necesario, sí. Haz lo que sea necesario para que no vuelva a desaparecer. Y llámame cuando todo esto haya acabado.

–Por supuesto, Majestad –se despidió.

Mientras colgaba, dos guardias salieron del ascensor y fueron hacia ella.

–Sargento Marander, señora, para servirla –se presentó uno de ellos–. Aquí tiene la llave maestra. Hemos venido a ayudarla, así que entraremos detrás de usted.

Kayla se mordió el labio inferior.

–¿No llamamos a la puerta primero?

–Me temo que no. La reina teme que se escape de nuevo. Por lo visto, puede…

–Saltar por la ventana, sí, a mí también me lo ha dicho.

–Son órdenes de la reina –insistió el guardia.

–Sí, claro, claro –cedió Kayla–. Bien, vamos allá.

Kayla cerró los ojos, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.

–Max, ¿estás aquí? –gritó.

Silencio.

–¡Kayla! ¿Qué haces aquí? –gritó una voz de repente.

Kayla se obligó a abrir los ojos y, para su alivio, se lo encontró completamente vestido.

–Oh, Max –se rio nerviosamente–. No me lo puedo creer –añadió cuando él la abrazó con cariño.

Max la abrazó y la besó en las mejillas y en los labios.

–Dios mío, preciosa, hace casi dos años que no nos vemos, ¿no?

Kayla asintió. Se sentía mareada. Seguía siendo el hombre más guapo del mundo con aquel pelo suyo color cobrizo, aquellos ojos azules rodeados de largas pestañas, y aquella boca que era tan sensual… Oh, debería estar prohibido tener una boca así. Seguía teniendo el mismo aire de pillo de siempre.

Sí, estaba tal y como lo recordaba.

¡Cuánto lo había echado de menos!

–¿Qué haces aquí? –repitió en tono divertido.

–He venido a… a arrestarte, más o menos –contestó Kayla haciendo una mueca de disgusto.

–¿A arrestarme? –se extrañó Max–. ¿Qué he hecho ahora? –añadió reparando en los guardias.

–Oh, Max, ¿por qué no puedes ser bueno? –suspiró Kayla.

–Kayla, querida, tú mejor que nadie sabes que no forma parte de mi naturaleza –sonrió él.

Estaba realmente contento de volver a verla. Fue como tomarse un trago de buen whisky. Con solo mirarla, se vio transportado dos años atrás, a aquellas cafeterías de sombrillas rojas de la costa mediterránea, a la brisa marina, a las palmeras y al sol, a las sugerentes canciones de aquellos músicos callejeros que bebían chichis, la bebida local, que recordaba a un Mai Tai y pegaba fuerte como un boxeador. Recordó lo que habían hecho, lo que había ocurrido, las decisiones que habían tomado, los arrepentimientos… lo llevaba todo dentro, no había podido dejar que se fuera…

No se arrepentía de haber conocido a Kayla. Siempre había sido un motivo de felicidad para él y, sí, realmente se alegraba de volver a verla.

–Te presento a Kayla –le dijo a la pelirroja que había detrás de él con aire aterrorizado–. Su marido era mi mejor amigo cuando nos dedicábamos a volar en Trialta.

–Ah –contestó la chica sin poder evitar que le castañetearan los dientes de miedo al tener a la guardia real en su apartamento–. Encantada de conocerla, digo yo…

–Lo mismo digo –contestó Kayla intentando sonreír.

Max se dio cuenta de la confusión que había en sus ojos y pensó que debía de creer que le había pillado in fraganti en una escena de sexo. Nada más lejos de la realidad. Aunque aquella había sido la intención de la pelirroja en un principio, a Max no le había interesado lo suficiente, así que se había comportado educadamente, habían charlado, había aceptado una copa y había observado cómo la chica intentaba por todos los medios crear una escena seductora, pero se había encontrado escuchando los acordes de la música interpretada por la orquesta que estaba tocando en el baile de la reina y mirando a las estrellas y toda búsqueda de satisfacción sexual se había evaporado de él.

Antes de que le diera tiempo de explicarse, los dos guardias avanzaron hacia él y lo esposaron.

–Pero ¿qué demonios es esto? –se sorprendió.

–Señor, queda usted bajo custodia de la seguridad del palacio –contestó el sargento Marander en un tono pomposo de lo más inoportuno.

Max parpadeó. No podía aceptarlo. ¿Lo habían esposado? No se lo creían ni ellos… Se le ocurrieron dos o tres maneras de salir de la situación. Podría con los dos guardias fácilmente y…

Pero, entonces, miró a Kayla. Estaba preocupada. Sus ojos, su rostro y su pelo conformaban en carne y hueso la imagen que lo llevaba persiguiendo dos años.

No, no iba a escapar de ella. Ahora que la había encontrado, no estaba dispuesto a volver a perderla de vista hasta que hubieran tenido oportunidad de hablar. Si lograba extraer sus recuerdos y juntarlos con los suyos, a lo mejor, conseguía acabar con los demonios que no lo dejaban dormir por las noches.

A lo mejor.

–Por favor, Max –le estaba diciendo poniéndole la mano en el brazo–. Es muy importante para la reina Pellea que vayas al baile.

Max sonrió.

–Es lo que más me apetece en el mundo –mintió–. Ahora que estás aquí, podré bailar con alguien.

Kayla retiró la mano apresuradamente.

–Oh, no, no puedes bailar conmigo. Tienes que bailar con mujeres de tu clase social y yo no formo parte de ese círculo.

Max la miró fijamente.

–¿Trabajas para la familia real? –le preguntó.

Kayla asintió.

–Sí, conozco a la reina desde que éramos niñas y mi cuñado es guardia real. Cuando Pellea me ofreció trabajo, lo acepté encantada –le explicó encogiéndose de hombros–. Y me encanta.

Max frunció el ceño. En Trialta la había tenido por una vagabunda, como él, y ahora se enteraba de que tenía lazos con la familia real…

¿Pero en qué estaba pensando? Si el príncipe era él. Aun así, no le gustaba sentirse acorralado. Consentiría en acudir al baile si era con sus condiciones porque aquello era demasiado. Aunque hubiera encontrado a Kayla de nuevo, tenía que escapar de allí. Sí, pero, al haber dudado, lo habían atrapado.

–De acuerdo, iré con vosotros, pero ¿me podéis quitar las esposas? –preguntó.

Kayla lo miró dubitativa.

Max sonrió.

Kayla suspiró.

–Claro –contestó preguntándose si no se estaría arriesgando demasiado–. Soltadle –les dijo a los guardias.

–Pero, señorita…

–Bajo mi responsabilidad –le aseguró Kayla–. Si se escapa, yo responderé ante la reina, le diré que fue culpa mía.

El guardia se encogió de hombros y le quitó las esposas a regañadientes.

Max sonrió y movió los dedos y las muñecas mientras miraba a su alrededor, más bien en dirección al balcón. Le bastarían dos zancadas y podría saltar, pero no se movió. ¿Por qué no se movía si sabía que los resultados de no hacerlo no le iban a gustar nada?

CAPÍTULO 2

KAYLA le leyó la mente. Lo conocía demasiado bien. Así que alargó el brazo y entrelazó sus dedos con los de Max. Si quería saltar, iba a tener que llevársela a ella también.

–Ahora eres mío –le dijo–. Mando yo.

–¿Ah, sí? –contestó él en tono divertido–. Yo creía que el príncipe era yo –añadió enarcando una ceja–. Te has enterado, ¿verdad? Se creen que soy uno de los príncipes desaparecidos. ¿Te lo puedes creer?

Kayla sonrió.

–Me cuesta, la verdad –reconoció–. Cuando me di cuenta de que eras tú… –recordó–. Creía que habías muerto –concluyó con voz trémula.

Max la miró y se rio.

–¿Cuál de todas las veces? –bromeó.

En aquel momento, sonó el teléfono de Kayla. Sabía que era la reina.

–Ya hablaremos en otro momento –dijo sin soltarlo de la mano para que no se le escapara–. Sí, Majestad, ya vamos para allá.

Diez minutos después, estaban ante la reina. Mientras atendía a unos y a otros, Pellea le dijo claramente a Max que se la estaba jugando. Kayla sabía que la reina estaba muy enfadada, que quería convencer a Max para que se comportara como se esperaba de él.

Ella también estaba un poco nerviosa. Sentía como si le vibraran todas las terminaciones nerviosas del cuerpo. Tenía que tener en cuenta muchas cosas. Max había vuelto y tenía que dilucidar cómo volver a hacerle un hueco en su vida. Tenía mil y una preguntas que hacerle. Quería saber un montón de cosas, habían perdido tanto tiempo, se habían perdido tantos momentos.

Tenían que hablar.

Para empezar: ¿Había estado cerca de casarse con alguien durante los últimos dos años? ¿Tenía novia? Esperaba que así fuera, pero no lo parecía. Ella prefería que estuviera con otra mujer porque así podría seguir adelante con su vida, ¿no?

Lo gracioso era que no se lo imaginaba casado. No era propio de él casarse. Sus ojos hablaban de alguien que siempre estaba buscando algo y que no le gustaba lo que encontraba. Daba la sensación de que le faltaba algo en la vida y de que ni él mismo sabía lo que era.

La reina, sin embargo, tenía clarísimo lo que quería de él y lo quería inmediatamente.

–Lo primero que vamos a hacer es buscarte ropa decente –le dijo buscando en su armario.

–¿Por qué? ¿No te gusta cómo visto? –le preguntó Max en un tono que podría haber sido insolente si no lo hubiera acompañado por una sonrisa sinceramente inocente que hizo reír a la reina.

–Comprendo. No sabes hacerlo mejor. No es que no quieras, es que no puedes. Necesitas que te enseñemos un par de cosas sobre lo que significa ser un príncipe, ¿verdad?

–Si usted lo dice –contestó Max ocultando su sonrisa con una profunda reverencia–. Lo que mi preciosa reina decida me parece bien.

A pesar del enfado, Pellea se sonrojó levemente.

–Hay que reconocer que el chico es un encanto –le comentó a Kayla–. Es un diamante en bruto. A ver si lo podemos pulir –añadió volviéndose de nuevo hacia Max–. ¿Qué te parece?

A Max no le dio tiempo de contestar porque Pellea ya estaba rebuscando de nuevo en el armario, murmurando sobre las tallas y las camisas. Así que miró a Kayla y se encogió de hombros. Ella le sonrió con sincero afecto, el afecto que había sentido por él en el pasado. No sabía lo que el futuro les deparaba, pero con Max cerca seguro que algo divertido.

Se le borró la sonrisa al recordar que lo que tenían no eran solo recuerdos, que había algo más precioso que la vida. Entonces, decidió que había llegado el momento de irse.

–Majestad, si ya no me necesita…

Pellea sacó la cabeza del armario.

–Vete, Kayla, vete –le dijo–. Sé que tienes trabajo y no te quiero entretener más.

–Gracias –contestó Kayla girándose hacia Max–. Vas a ser bueno, ¿verdad?

–¿En qué? –bromeó él muy sonriente.

–Los guardias están fuera, así que compórtate –le advirtió en voz baja para que la reina no la oyera–. Pásalo bien en el baile. Seguro que serás la estrella –añadió yendo hacia la puerta.

Y desapareció antes de que a Max le diera tiempo de decir nada.

Kayla se apresuró hacia su despacho. Tenía mucho trabajo que hacer. Había sido una semana muy dura. Pellea la había enviado a París a una conferencia en representación de la familia DeAngelis. No le gustaba nada tener que ausentarse una semana entera, pero la confianza que había depositado la reina en ella la había halagado. Había trabajado mucho para estar a la altura de los demás conferenciantes y estaba agotada.