La llave de la felicidad - Raye Morgan - E-Book
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La llave de la felicidad E-Book

Raye Morgan

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Beschreibung

El guapísimo, inteligente y seductor Jack Marin siempre se salía con la suya. Y, aunque estaba divorciado, desilusionado y en contra del matrimonio, deseaba tener un hijo, así que lo que hizo fue dirigirse a una clínica para encontrar una madre anónima que diera a luz a su bebé. Pero hubo un error en el banco de esperma y Jack descubrió que su hijo estaba creciendo en el vientre de su bella empleada, una joven viuda que acababa de entrar en la empresa y que amaba al bebé como si fuera suyo. La única manera de que Jack recuperara a su hijo era convencer a la impetuosa madre para que se convirtiera... ¡en su esposa!

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Helen Conrad

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La llave de la felicidad, n.º 1237 - diciembre 2015

Título original: The Boss’s Baby Mistake

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2001

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-7352-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

GAYLE Smith oyó voces, pero al principio no pudo entender su significado, lo que le hizo fruncir el ceño mientras trataba de comprender qué estaban diciendo. ¿El hijo que llevaba dentro no era de su difunto marido? ¿Cómo era posible?

—Lo sentimos mucho, señora Smith. Nunca había pasado nada parecido en los laboratorios Jollaire.

Gayle sacudió la cabeza, pensando que tenía que ser un error. Era imposible. Pero las personas que estaban alrededor de ella la estaban mirando preocupados y muy serios.

—La empleada implicada ha sido despedida...

—Si no le importa, nos firma este documento y...

Gayle parpadeó y trató de apartarse. Los doctores se agrupaban en torno a ella. Había conocido a la mayoría de ellos durante aquellas semanas en las que llevaba intentando quedarse embarazada y hasta ese momento había tenido una buena relación con ellos. La habían tratado bien y habían sido muy cariñosos cuando su marido había muerto repentinamente, dejándola a solas con sus planes. Pero en ese momento, todos ellos no le parecieron nada más que unas personas a las que apenas conocía.

Estaba sola. Sin su marido al lado para ayudarla a comprenderlo y sin nadie más en el que apoyarse. Un sentimiento de profunda soledad llenaba su alma. El mismo sentimiento que recordaba de su infancia, cuando tantas veces la habían dejado sola en aquella casa de Alaska donde había crecido. Parpadeó y se puso las manos sobre el vientre, el cual albergaba a su hijo, luchando por apartar ese sentimiento de desolación.

—Estamos aquí para ayudarla en lo que podamos...

Tomó aire profundamente y trató de relajarse. No era momento de ponerse histérica. Levantó la mano automáticamente para echarse hacia atrás su pelo rizado de color castaño. Inmediatamente, el hombre bajo y grueso que estaba delante de ella se encogió, pensando que iba a pegarle.

Gayle lo miró. Aquellas personas le habían hecho algo terrible, ¿qué querían ahora de ella?

—Por favor, firme este papel. Aquí abajo, donde está la X.

Las voces eran insistentes, pero ese no era el momento de firmar nada ni tampoco de tomar decisiones. No podía pensar claramente, así que tenía que escapar de allí y tratar de aclarar sus ideas.

Se levantó de la silla, se dirigió hacia la puerta y salió de la habitación dando tumbos.

«Un error». Las palabras resonaron en su cabeza. «Un error. Un error».

No lo entendía. Ese tipo de cosas no podían ocurrir. Por mucho que se lo explicaran, no era capaz de entenderlo. Tenía que ser... sí, un error.

Estuvo a punto de soltar una carcajada histérica, pero no tuvo oportunidad porque de repente vio a un hombre alto y de anchos hombros delante de ella. Lo miró, pero la luz de la ventana que había detrás creaba un halo a su alrededor al tiempo que oscurecía su rostro.

—¿Señora Smith?

Por fin le vio la cara, pero le resultó desconocida. No llevaba bata blanca, así que no parecía ser ningún médico. ¿También querría disculparse por el error?

Quizá no. No parecía tan asustado como los otros. De hecho, sus ojos oscuros tenían un brillo especial de seguridad y calma.

El hombre tomó una de sus manos entre las suyas, como si quisiera consolarla y protegerla. Sus manos eran cálidas y fuertes.

—Señora Smith, me gustaría ayudarla. Me llamo Jack Marin.

«Jack Marin», pensó ella. El nombre no le resultaba familiar, pero sus ojos la miraban con cariño, cosa que en ese momento Gayle agradeció. Además, era muy guapo, pensó, sin poder evitar cierto sentimiento de culpa.

—¡Señor Marin! —gritó uno de los hombres de bata blanca—. ¡Esto es inmoral! Usted no debería tener ningún contacto con esa mujer.

—Señor Marin —dijo otro de los doctores—, debo pedirle que se vaya ahora mismo. Y si no lo hace, me veré obligado a llamar a la policía.

Jack Marin soltó la mano de Gayle al tiempo que se volvía hacia ellos.

—Pueden llamar a quien quieran —les contestó con tranquilidad, dirigiéndoles una mirada fría—. Ustedes son los únicos responsables de este desastre. Esta mujer es víctima de su negligencia y me imagino que no querrán que esto salga a la luz, ¿verdad?

—Señor Marin, no tiene derecho a...

El hombre levantó una mano para acallar las protestas.

—Señores, si quieren discutir esto, nos veremos en los tribunales.

Los doctores parecieron sorprendidos y Gayle casi sintió lástima. Parecía que era muy útil estar al lado de su nuevo amigo, que parecía saber muy bien qué resortes utilizar. Gayle dio un paso hacia él, pensando que por lo menos había alguien de su lado.

«Debe ser abogado», pensó con cierta ironía. «Ha debido enterarse de lo que ha pasado y ha venido para aconsejarme qué medidas tomar».

—La señora Smith necesita tiempo para asimilar lo que le han hecho —continuó Jack Marin, agarrándola del brazo como si ella ya lo hubiera contratado—. Necesita sentarse en algún sitio y pensar si va a denunciarles o no.

El hombre la miró y esbozó una sonrisa maravillosa. Ella levantó la cabeza con dignidad, animada por esa sonrisa.

—Buenos días, caballeros —concluyó el hombre mientras se dirigían hacia los ascensores—. Estaremos en contacto.

Los médicos se quedaron allí, frustrados y sin saber cómo actuar, pero Gayle no se dio cuenta. Se dejó llevar al ascensor por Jack Marin y, poco después, las puertas se cerraron detrás de ellos. Entonces parpadeó, deseando que todo aquello no fuera más que una pesadilla.

—Sé donde podemos tener un poco de intimidad —le dijo su salvador con voz suave—. La Paix, un pequeño restaurante francés que hay justo en la otra acera, es el sitio ideal. La comida es exquisita y el ambiente tranquilo. Justo lo que necesita.

Gayle sabía que era un de los mejores restaurantes de Rio de Oro, una ciudad de tamaño mediano y situada en la parte central de la costa Californiana. Esbozó una sonrisa al hombre, agradecida por tenerle a su lado. A pesar de ser consciente de que tendría que ser ella quien tomara una decisión con respecto a lo que había ocurrido, se alegraba de tener a alguien cerca en ese momento. Había sido una persona bastante solitaria, pero nunca se había sentido tan sola. Siempre había vivido con su padre y luego, cuando este murió, se había casado, de manera que se había ido a vivir con su marido. Sin embargo, a este también lo había perdido hacía pocos meses y todavía no se había acostumbrado a la soledad.

Hasta aquel momento, se las había arreglado bastante bien. De hecho, le había sorprendido lo fácil que le había resultado el pasar de estar casada a estar viuda, a pesar de todos los obstáculos que había ido encontrando en su camino. De hecho, se había sentido orgullosa de sí misma y del modo en que había campeado el temporal. Pero eso había sido antes de enterarse de que el padre de su hijo era un desconocido.

Su nuevo amigo permaneció en silencio mientras bajaban en el ascensor y salían del edificio. Gayle lo agradeció. No estaba en condiciones de comenzar una conversación de cortesía. Lo miró y, al encontrarse con sus ojos, sintió que una corriente eléctrica la recorría por todo el cuerpo.

Inmediatamente apartó la mirada, pensando en que era algo muy extraño. No solía reaccionar de esa manera ante los hombres. Jamás. Seguro que era por las circunstancias... por la emoción de la situación... y quizá también porque él tenía los ojos más oscuros e intensos que había visto nunca.

Trató de dejar de pensar en ello mientras él volvía a agarrarla del brazo para cruzar la calle. El hombre era muy alto y parecía muy protector. A Gayle le gustaba eso. En ese momento, sería maravilloso poder relajarse y dejar que él se hiciera cargo de sus preocupaciones. Sabía que aquello no era posible, pero la idea era muy tentadora.

—¿Siempre trata así a sus clientes? —preguntó ella al llegar al restaurante.

—¿Mis clientes? —repitió él, mirándola de reojo mientras se acercaban a la entrada—. Necesita sentarse y tranquilizarse —añadió, abriéndole la puerta—. Luego hablaremos.

El pequeño restaurante francés tenía cortinas blancas, una luz tenue y pequeños apartados. Los camareros llevaban traje negro y el maître, un frac. La música clásica confería al ambiente un tono sereno y relajado. A Gayle le encantó el lugar.

El maître los condujo a una mesa apartada. Gayle se sentó y se recostó contra la tapicería de terciopelo. El aire era fresco, la música suave y la luz no molestaba, así que sintió cómo se relajaba casi de inmediato. Incluso empezó a sentirse suficientemente fuerte como para atreverse a mirar otra vez a su salvador a los ojos. Esbozó una sonrisa y, al mirarlo, notó de nuevo un escalofrío.

Tenía que admitir que era uno de los hombres más atractivos que había conocido nunca. Se preguntó si lo habría visto antes, pero si era así, no lo recordaba. Y tampoco importaba. Él parecía que sabía lo que había ocurrido y estaba dispuesto a ayudarla.

El camarero dejó ante ella una copa alta y helada con algo verde en su interior. El señor Marin debía habérsela pedido sin que ella se diera cuenta. Tomó un poco y le agradó su textura de helado. Estaba claro que se estaba relajando con rapidez. Pero la situación seguía pareciéndole surrealista.

—¿Se siente mejor? —le preguntó Jack.

Ella puso las manos sobre el mantel y lo miró unos segundos antes de contestar. Él era un hombre muy guapo y sus ojos oscuros parecían cálidos y amables. Llevaba una camisa blanca, abierta en el cuello y arremangada hasta debajo de los codos. Se daba cuenta de que era un hombre fuerte. Su torso era musculoso y sus antebrazos también.

Era el típico hombre del que una mujer podía enamorarse fácilmente, decidió Gayle. La clase de hombre con el que una mujer podía tener fantasías. Sin darse cuenta, bajó la mirada hacia el bronceado pecho que dejaba ver la camisa abierta y sintió de nuevo un escalofrío.

Rápidamente, apartó la vista, aunque la imagen se quedó en su cabeza. Ese hombre tenía algo salvaje y duro, que no casaba con que fuera un abogado. Era más fácil imaginárselo como un aventurero o un escalador.

—Me siento mejor —aseguró—. Ha sido una impresión muy fuerte enterarme de que... —no terminó la frase y se puso las manos sobre su vientre abultado.

Todavía no era capaz de decirlo en voz alta. Llevaba dentro un hijo que se había convertido en un desconocido para ella. Todo lo que había creído de ese hijo se había derrumbado de repente. Y le iba a costar un tiempo superarlo.

—La cuestión es, ¿qué voy a hacer ahora?

—Denunciarlos. Puede ganar millones —contestó el hombre, encogiéndose de hombros y entornando los ojos.

Ella emitió un gemido.

—De acuerdo. Y estaré años luchando con la esperanza de conseguir un acuerdo que jamás se hará realidad.

—Parece que ya ha pasado por eso.

Ella levantó los hombros. No quería recordar a la gente que la había denunciado después de la muerte de su padre, afirmando que él los había estafado. Ella era muy joven entonces para saber cómo actuar y Hank, el socio de su padre, la había ayudado en todo. Se había casado con él en parte por gratitud y él se había hecho cargo de todo... Pero no le apetecía recordar aquellos días.

—Por algo parecido —admitió—. Y no quiero pasar por ello otra vez —se detuvo mientras el camarero dejaba sobre la mesa un plato de queso y galletas. Luego esbozó una sonrisa a Jack—. Lo siento, señor... Marin. Ha sido usted muy amable, pero no voy a denunciarles.

Creyó que él se disgustaría, pero en lugar de ello, la miró de forma penetrante.

—No creo que deba tomar una decisión hasta que haya pasado un poco de tiempo —vaciló y bajó los ojos hacia el vientre de la mujer—. Todo va a salir bien, ¿verdad?

—Oh, claro. Estoy bien. Ha sido un embarazo relativamente fácil o, al menos, eso me han dicho —hizo una pausa y dio mentalmente las gracias por ello—. Estoy casi de siete meses, así que ya no falta mucho.

Los ojos del hombre se mostraron inescrutables.

—Bien. Va a tener un niño saludable y estoy seguro que hará todo lo posible porque llegue al mundo bien.

Ella lo miró, frunciendo el ceño. Ese hombre era un completo desconocido y, aun así, lo sabía todo acerca de su situación, hasta conocía el sexo del hijo que tenía dentro.

Finalmente, se dio cuenta de que nadie más que los doctores debían saber lo que le había sucedido. Estaba creyendo que él era abogado, pero, ¿cómo se habría enterado entonces de todo? ¿Y cómo había aparecido en el hospital, de repente, justo en ese momento? Desde luego, había algo que no encajaba.

Se humedeció los labios con la lengua y tomó aire.

—Señor Marin...

—Llámame Jack.

—Jack... ya te he dicho que no estoy interesada en denunciarles.

Gayle esperó su respuesta, tratando de leer algo en su rostro, pero no era fácil y él se limitó a asentir.

—Me alegro. A mí tampoco me gustan ese tipo de cosas.

—Pero... ¿no eres abogado? —preguntó ella, totalmente sorprendida.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Abogado? ¿De dónde has sacado esa idea?

La mujer parpadeó, totalmente confundida.

—¿Quién eres entonces?

—Creía que lo sabías, Gayle. Soy el padre de tu hijo.

Capítulo 2

GAYLE creyó que el pecho iba a estallarle mientras miraba a Jack de hito en hito.

—¿Qué? —consiguió decir.

—Lo siento, pensé que lo sabías. Si no, te lo habría explicado primero.

El corazón de Gayle comenzó a palpitar como un tambor. Necesitaba escapar de allí... Agarró su bolso y se levantó.

—Apártate de mí —le ordenó al hombre—. Déjame en paz.

El hombre la miró, moviendo la cabeza, y la expresión de comprensión y solidaridad se convirtió en una mirada fría.

—Lo siento, Gayle —dijo con calma y con tanta seguridad como la que había mostrado con los médicos—. Me temo que no puedo hacer lo que me pides. Llevas dentro algo que me pertenece.

Ella lo miró desde arriba.

—¿Cómo? No tienes ningún derecho a...

—Oh, claro que lo tengo —hizo un gesto para que se sentara—. Siéntate. Tenemos que hablar de esto de una manera racional.

¿Racional? ¿Qué había de racional en aquella situación imposible? Gayle hizo un gesto de impotencia.

—Me voy a casa —anunció con firmeza, aunque seguía sin moverse de la mesa. Ese hombre tenía algo que no la dejaba marchar, aun sin tocarla—. Si quieres decirme algo, hazlo a través de una carta.

El hombre suspiró y sus ojos se oscurecieron.

—Tranquilízate —insistió—. No vas a ir a ninguna parte. No voy a dejarte sola estando tan enfadada.

Ella parpadeó y apretó el bolso contra su pecho.

—¿Que no vas a dejarme qué? Pero, ¿qué demonios tienes tú que ver en todo esto?

—Tengo mucho que ver. Soy el padre de tu hijo y no quiero que sufra ningún daño —hizo un gesto con la mano y la miró con dureza—. Si insistes en marcharte, tendré que llevarte a tu casa.

Ella lo observó mientras él se levantaba y se ponía a su lado. Gayle era alta para ser mujer, pero, aun así, le llegaba a Jack por el hombro. Él hizo ademán de agarrarla del brazo, pero ella se apartó bruscamente y lo miró de un modo que le hizo desistir.

—Gayle, tenemos que hablar de esto. Lo podemos hacer en tu casa o aquí. Pero como apenas me conoces, me imagino que preferirás que estemos en un lugar público —se encogió de hombros—. En cualquier caso, te dejo elegir a ti.

Gayle no estaba acostumbrada a tratar con ese tipo de hombres. Su padre había sido un hombre bueno y cariñoso que constantemente le hacía regalos, aunque fuera en parte por la frecuencia con que la dejaba sola. Su marido había sido un hombre inseguro y sumiso, deseoso de dejar que su mujer tomara las riendas en muchas de las decisiones.

Pero ese hombre, ese Jack Marin, era totalmente diferente. Parecía duro y acostumbrado a tomar decisiones. Contempló sus ojos de ébano y no pudo encontrar un ápice de incertidumbre. Si no le dejaba que la llevara en su coche, la seguiría a su casa. Quería que discutieran el asunto y parecía no haber escapatoria.

Así que, se sentó despacio. No iba a ceder en nada, pero por el momento iba a acceder a charlar con él.

—De acuerdo —dijo, levantando el mentón—. Hablemos.

Jack se sentó también y la miró por encima de la mesa al tiempo que sopesaba la situación. Sabía lo que quería, que no era otra cosa que a su hijo. Eso era lo más importante. Normalmente, estaba acostumbrado a que las cosas sucedieran a su gusto, pero en ese caso, no tenía el control que le hubiera gustado tener sobre la situación. Lo que deseaba estaba dentro del cuerpo de otra mujer y eso era muy peligroso.

Observó detenidamente a la madre de su hijo. Le gustaba su cabello brillante y castaño. Y también le gustaban sus grandes ojos azules, así como los hoyuelos que habían desaparecido junto con su sonrisa. Tenia ganas de preguntarle por su familia, por sus gustos, por sus capacidades y por sus debilidades. ¿Cómo fue su padre? ¿Habría alguna enfermedad en su familia? ¿Habría algún precedente de gemelos o alguien con habilidades musicales? Todas aquellas preguntas tendrían que esperar. Si la presionaba, ella trataría de irse de nuevo. Debía tener paciencia.

Iba a tener que utilizar todo su talento y tenacidad para conseguir lo que quería. Tenía que tratar como se merecía a esa mujer elegante y guapa que estaba sentada frente a él. Había una gran determinación en sus ojos azules, pero él había conocido a muchas mujeres y podría manejarla.

La ventaja que tenía sobre ella era que sabía que no se podía confiar en las mujeres. Según su experiencia, la historia de Adán y Eva se repetía una y otra vez. La mujer era la tentación, el hombre trataba de alcanzarla y entonces ella lo sometía. Era un modelo que se había repetido frecuentemente en su propia familia. Su madre había convertido la vida de su padre en un infierno y luego lo había abandonado. Más adelante, él mismo se había casado con la mujer de sus sueños, o eso había creído en su momento, solo para verse golpeado más tarde por la cruda realidad. Su mujer le había prometido todo y le había dejado sin nada. De manera que cuando finalmente había despertado, había sido demasiado tarde. Pero no dejaría que le ocurriera de nuevo. Lo tenía decidido.

Eso sí, tenía una hermana a la que adoraba. Pero eran excepciones. Había descubierto que casi todas las mujeres tenían que ser constantemente vigiladas. Eran como gatos siameses, hermosos y escurridizos... y preparados para dejarte por una oferta mejor.

—Te aseguro que no muerdo —le aseguró a Gayle después de un silencio de dos o tres minutos—. O por lo menos, no hasta que haya un mínimo de intimidad.

Ella lo miró muy seria, demostrándole que en aquella situación no le hacían gracia sus chistes.

—Estamos metidos en esto los dos —añadió con los ojos brillantes—. ¿Por qué me miras como si fuera tu enemigo?

Ella sostuvo su mirada. Era curioso como la sonrisa de él parecía no llegar a sus ojos.

—Tienes que admitir que eres lo más parecido a un enemigo en estos momentos. Yo tenía una vida tranquila hasta que apareciste.

—¿Preferirías no haberte enterado?

Ella se quedó pensativa unos segundos.

—No lo sé, quizá sí —jugó con su tenedor y volvió a mirarlo de nuevo—. ¿Qué es exactamente lo que quieres? —preguntó con valentía, a pesar del miedo que le daba la respuesta que él pudiera darle.

Jack no contestó inmediatamente. En lugar de ello, comenzó a untar un poco de queso en una galleta.

—No sabía que las cosas iban a suceder así. Esto no estaba en mis planes. Yo pagué un servicio, nada más —dejó el cuchillo sobre el plato y la miró a los ojos—. Así que lo único que me importa es mi hijo. Nada más.

Ella, de repente, sintió que le faltaba el aire. Se lo había imaginado, claro. Había sido evidente desde el momento en que le había dicho quién era. Pero no podía aceptarlo. La sola idea de que él pudiera pensar en quedarse con su hijo... Nunca se lo daría. Miró hacia la salida y sintió ganas de escapar.

—Resumiendo, tienes algo que los dos queremos —dijo él con suavidad.

Ella tragó saliva y volvió a mirar hacia la salida para evitar su mirada. Tenía razón. Ella tenía algo que ambos querían. Pero aun así, todavía no estaba segura de lo que tenía.

Porque ese ya no era el hijo que ella había imaginado. Ya era imposible que tuviera los ojos grises de Hank, ni su sentido del humor, ni su complexión delgada. El padre de su hijo era completamente diferente, de manera que el niño heredaría ciertas características y detalles de aquel hombre fuerte, alto y arrogante que estaba frente a ella. ¿La influiría eso de alguna manera en su relación con el bebé? Pensaba que no, pero, ¿cómo podría asegurarse?