Hacia el destino - Raye Morgan - E-Book

Hacia el destino E-Book

Raye Morgan

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Beschreibung

Primero de la serie. Ni el peor campo de batalla podría haber preparado al soldado Joe Tanner para ser un padre soltero. Pero Joe estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conservar a su pequeña Mei, de modo que no le quedó más remedio que confiar en la bella rubia Kelly Vrosis, ansiosa por ayudarlo. Kelly Vrosis había acudido en busca de Joe para comunicarle que era uno de los príncipes perdidos de Ambria. El cuidado compartido de Mei propició que floreciera una atracción entre ellos. Pero, ¿podría Kelly soñar con un futuro con el príncipe después de que éste hubiera reclamado su título?

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid

© 2010 Helen Conrad.

Todos los derechos reservados.

HACIA EL DESTINO, N.º 58 - agosto 2011

Título original: Single Father, Surprise Prince!

Publicada originalmente por Mills and Boon®, Ltd., Londres.

Publicado en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios.

Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-710-5

Editor responsable: Luis Pugni

Epub: Publidisa

Inhalt

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

Promoción

CAPÍTULO 1

ALGUIEN lo vigilaba. Joe Tanner soltó un juramento en voz baja, levantó el rostro hacia el sol de California y cerró los ojos. Un acosador. Sentía la mirada fija en la espalda.

Tras varios años como comando en las junglas del sudeste asiático evitando topar con francotiradores, sabía cuándo lo vigilaban. Una vez desarrollado ese sexto sentido que te mantenía vivo, nunca se olvidaba cómo usarlo.

–Es como montar en bicicleta –murmuró mientras abría los ojos y se giraba para intentar descubrir a la persona que lo vigilaba.

Se había dado cuenta el día anterior de que había despertado el interés de alguien, seguramente hostil, pero no le había prestado mucha atención. Joe era alto, de piel bronceada y bastante atractivo. Sus espesos cabellos castaños clareaban con el sol y rara vez pasaba desapercibido allá adonde fuera. Le había tranquilizado pensar que se trataría de un caso de vigilancia básica. Se pasaba casi todo el día vestido únicamente con unas bermudas y estaba acostumbrado a que su cuerpo medio desnudo despertara la curiosidad de los extraños. También era consciente de lo interesantes que resultaban sus cicatrices.

Además, tenía otras cosas en la cabeza. Esperaba a una persona aquella noche, alguien de su antigua vida, aunque jamás la había visto. Por eso había ignorado al merodeador. Estaba nervioso y más pendiente de los importantes cambios que se avecinaban en su vida.

Pero de repente había empezado a sentir el familiar estremecimiento en la columna. Cuando se le erizaba el vello de la nuca era señal de que debía darle a la situación la debida importancia. Mejor protegerse que lamentarlo después.

Barrió la playa de San Diego con la mirada. A pesar del banco de niebla que amenazaba con llegar a la costa, el aire era relativamente cálido y los sospechosos habituales: surfistas, mamás persiguiendo a sus niños y algún vagabundo, se arremolinaban en busca de las olas y la atmósfera perfecta. Las chicas en busca de conquistas también estaban y en esos momentos había tres que le sonreían nerviosamente con la esperanza reflejada en sus ojos. Hubo un tiempo en que les habría devuelto el saludo, pero esos días se habían terminado.

«Al menos podrías ser amable», le recriminó una vocecilla en la cabeza. La ignoró. ¿Qué sentido tenía? Sólo conseguiría alentarlas, y no tenía nada que ofrecerles. Nada de nada.

Asintió secamente y trasladó su atención a los puestos de la playa: el puesto de plátanos helados; la tienda para turistas con las habituales camisetas y el aparcamiento, donde una pareja joven en bañador se abrazaba apasionadamente, apoyados en un coche deportivo, como si el mundo estuviera a punto de acabarse y antes tuvieran que darse todos los besos.

Amor de juventud. De repente sintió el impulso de advertirles que no confiaran el uno en el otro, ni en nada. En la vida, cada cual dependía de sí mismo. Las promesas, los planes, no servían. Sólo existía la ley de Murphy: si algo puede salir mal, saldrá mal. En eso sí se podía confiar. Lo mejor era estar preparado.

Sin embargo decidió juiciosamente privar a la pareja de la ventaja de conocer de primera mano sus desgraciadas experiencias. De todos modos nadie escarmentaba en cabeza ajena. Todo el mundo parecía tener que aprender del modo más difícil.

Seguía sin saber cuál era la causa del vello erizado en la nuca. ¿El mendigo ciego de la camisa hawaiana desteñida, sentado junto a su perro sobre un taburete de madera? Poco probable. ¿El policía patrullando en bicicleta por el paseo marítimo? No, vigilaba a todo el mundo de una manera muy profesional, como siempre. ¿La señora que echaba migas de pan a las gaviotas? ¿El adolescente que hacía acrobacias con el monopatín?

No. No era ninguno de ellos.

Empezó a fijarse en una persona solitaria y, por el modo en que su pulso se aceleró, supo que había acertado.

La persona merodeaba junto al muro que separaba el paseo marítimo de la arena. Joe se puso las gafas de sol para poder observar al vigilante sin que se diera cuenta. El sospechoso llevaba una gruesa sudadera con la capucha puesta y unos vaqueros mojados y manchados de arena en la parte de abajo. Al principio no supo identificar si se trataba de un hombre o una mujer, pero en pocos segundos se dio cuenta: era una mujer que fingía ser un hombre.

La certeza hizo que se le agudizara la sensación de peligro. La experiencia militar le había enseñado que la mayoría de las amenazas letales llegaban a menudo en los envoltorios más atractivos. Nunca había que fiarse de una mujer bonita o un adorable chiquillo.

Mientras fingía observar el puerto, siguió mirándola por el rabillo del ojo. La mujer se sentó en el muro, sacó un pequeño cuaderno de notas del bolsillo de la sudadera y anotó algo antes de guardarlo de nuevo.

Sí. Sin duda era ella. Y anotaba algo. ¿Qué debía hacer?

Consideró las alternativas. La confrontación directa solía ser contraproducente. Ella podría negar que tuviera interés alguno por él y escabullirse.

Quienquiera que la hubiera enviado, enviaría a otra persona. Sería otro caso típico de tratar el síntoma en lugar de la causa. Despertada su curiosidad, quería saber qué había detrás de todo aquello y por qué.

La única manera de llegar al fondo de la cuestión era abordarla, quizás ganarse su confianza. Hacer que hablara. Pero primero tendría que obligarla a salir de su escondite, obligarla a hacer algún movimiento que demostrara sus intenciones.

¿Por qué no? No tenía nada mejor que hacer en la hora siguiente.

Joe se encogió de hombros y se agachó para recoger la tabla de surf encaminándose hacia el muelle siguiente. Estaba en obras y había carteles que advertían que las personas se mantuvieran alejadas de la zona. Agradable y discreto, lejos de la multitud, sería el lugar perfecto.

Caminó por la arena exagerando la ligera cojera que aún sufría en la pierna que empezaba a recuperarse después de casi un año.

Ni siquiera se volvió para comprobar si lo seguía. Dio por hecho que lo haría. Las personas que solían meterse en su vida estaban casi todas cortadas por un mismo patrón, y no le cabía la menor duda de que ella haría lo mismo.

Kelly Vrosis se mordió el labio mientras el hombre que se hacía llamar Joe Tanner echaba a andar. Comprobó que se alejaba del camino de tierra y el corazón le dio un vuelco en el pecho. ¿Debía seguirle? Tendría que hacerlo para cumplir su misión, ¿no?

Sólo disponía de una semana y ya había perdido día y medio sin atreverse a hacer nada realmente importante. O documentaba todas las actividades de Joe Tanner y descubría si era quien creía que era, o no lo hacía. Ya había perdido mucho tiempo y credibilidad en persecuciones inútiles. Respiró hondo, tocó la pequeña cámara digital que llevaba oculta en el bolsillo y se puso lentamente en pie, dispuesta a hacer lo que fuera necesario.

–Vamos allá –murmuró mientras caminaba cerca de los escaparates de las tiendas intentando pasar desapercibida, pero sin perder de vista al hombre alto y atlético.

Estaba bastante segura de que no la había visto. No era la clase de chica que destacara entre la multitud y había elegido un atuendo que la mantenía en el anonimato.

El día anterior, tras llegar del aeropuerto e instalarse en la habitación de un motel cercano a la dirección que tenía de Joe, había caminado hasta la pequeña casita de la playa, tan nerviosa que apenas había podido respirar al pasar ante su puerta. No tenía ni idea de qué haría si se encontraba cara a cara con el hombre al que llevaba meses investigando. Todo aquel asunto se había vuelto ridículamente emotivo para ella. ¿Y si se desmayaba?

No es que pensara hacerlo, pero había algo en ese hombre que hacía que el pulso le latiera con más fuerza, aunque jamás lo habría reconocido ante los compañeros de trabajo, que habían intentado disuadirla de hacer ese viaje.

Trabajaba como analista en la agencia de noticias de Ambria en Cleveland, Ohio. Sus padres eran de Ambria, y empezaba a convertirse en una experta en todo lo que tuviera que ver con ese país. La pequeña isla no era muy conocida, sobre todo desde que estaba bajo el xenófobo régimen que la gobernaba. Su área de especialización eran los niños de la realeza que había sido depuesta hacía veinticinco años.

Oficialmente, todos habían sido asesinados la noche del golpe junto con sus padres, el rey y la reina. Pero últimamente había ciertos rumores de que algunos podrían haber sobrevivido. Y un año antes, cuando vio en un periódico la foto de Joe Tanner, héroe de guerra que regresaba a casa, dio un respingo.

–¡Madre mía! Es igualito a… ¡No puede ser! Pero, desde luego se parece a… Aquello era una locura y todos sus compañeros de trabajo estuvieron de acuerdo.

De modo que había investigado la vida de Joe Tanner empleando todos los recursos disponibles en la agencia. Y en el transcurso de sus investigaciones se había convertido en toda una experta en los niños de la realeza. Sabía todo lo que se conocía de ellos e incluso cosas que todo el mundo desconocía. Y cada vez estaba más obsesionada.

Y allí estaba, comprobando su teoría en vivo y en directo. Muerta de miedo ante la perspectiva de hablar con ese hombre.

No era propio de ella comportarse como una cría. Había crecido con dos hermanos y normalmente le resultaba sencillo tratar con hombres, pero desde que viera la foto de Joe en el periódico lo había incluido en una categoría especial. Por lo que había leído de él, se trataba de un hombre extraordinario. Había hecho cosas y había sobrevivido a peligros que nadie más había logrado. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera que lo había estado espiando?

–Kelly, no puedes hacerlo –le había advertido Jim Hawker, su jefe y compañero de más edad de la agencia, al conocer sus planes–. Estás permitiendo que tu obsesión domine tu sentido común. Echaste un vistazo a esa foto y tu imaginación hiperactiva ideó una gigantesca conspiración a su alrededor.

–Pero, ¿y si tengo razón? –había insistido ella con pasión–. Tengo que ir a California e intentar averiguarlo. Dispongo de dos semanas de vacaciones. Tengo que ir.

–Kelly, vas a molestar a un hombre que ha hecho cosas con sus manos que ni siquiera te imaginarías en tus peores pesadillas –Jim había hecho una mueca–. Si de verdad es quien crees que es, ¿piensas que se alegrará de que lo hayas descubierto? Abandona. De todos modos, tu teoría es una locura.

–No lo es. Admito que puede estar un poco sujeta con hilos, pero no es ninguna locura. Piensa en lo importante que sería para la comunidad de Ambria si tengo razón.

–Aunque tengas razón, estarás golpeando a un tigre con un palito. Sin las bendiciones de la agencia, estarás sola, sin respaldo –sacudió la cabeza–.

No, Kelly, no lo hagas. Vete a las Bermudas. Haz un crucero. Pero mantente lejos de California.

Sin embargo, ella no podía mantenerse alejada de California. Tenía que comprobar si estaba en lo cierto. Le había prometido a Jim que tendría mucho cuidado y que no abordaría a ese hombre hasta que no estuviera segura de cómo iba a reaccionar.

Sin embargo, una vez allí todo había resultado más complicado de lo que había previsto. Lo había reconocido enseguida entre la multitud, pero pronto había comprobado que no averiguaría gran cosa de él simplemente observándolo. Necesitaba más, y el tiempo se le acababa. Aquella mañana había dedicado una hora a verle practicar el surf mientras intentaba idear un plan. Iba a tener que interrogar a las personas que lo conocieran.

Bueno, quizás «interrogar» no fuera lo mejor. Más bien charlar con ellas. Ya había empezado a elaborar una lista de posibles contactos, incluyendo al dueño de la tienda de alimentación de la esquina del bloque donde residía. Los dos se habían mostrado bastante amistosos la noche anterior cuando Joe había acudido a la tienda para comprar fruta camino de su casa. También estaba la chica tan mona que vivía en la casita de la playa contigua a la suya. Ya le había saludado dos veces aquel día y, aunque Jim no parecía muy entusiasta, sí le había sonreído. Quizás supiera algo. Ese hombre no parecía prodigarse mucho en sonrisas.

Y menuda sonrisa. Sólo con recordarla, Kelly se estremeció.

También había unos cuantos vecinos al otro lado de su casa, dos universitarios que compartían un apartamento en el edificio de dos plantas. Los había visto hablar con él cuando se disponían a montar en bicicleta aquella mañana y a lo mejor sabían algo. La escena se había producido muy temprano y la había presenciado gracias a que había salido a correr, pasando deliberadamente frente a su casa con el atuendo apropiado. Después le había visto dirigirse hacia la playa con la tabla de surf bajo el brazo y rápidamente se había puesto la sudadera y el pantalón para evitar ser reconocida.

Todo aquello le había supuesto un gran esfuerzo sin que, de momento, obtuviera ninguna recompensa. A pesar de la excitación que sentía, estaba un poco enfadada. Había esperado conseguir más.

Kelly mantuvo las distancias, permaneciendo cerca de los edificios que poco a poco se habían ido transformando en una zona industrial. Aquella sección de la costa parecía condenada a la demolición. Miró a su alrededor y comprobó que no había nadie.

Volvió a dirigirse hacia donde Joe había estado caminando. «Un momento», se paró en seco. Lo había perdido.

Dudó un instante y recordó que la última vez que lo había visto se había dirigido hacia una vieja barca de pesca que alguien había arrastrado hasta la arena. Dedicó unos minutos a observar el mar y luego los viejos edificios.

¿Dónde se había metido? No podía haberse escondido allí.

¿Estaba bajo el muelle? Al otro lado continuaba la playa y lo buscó allí con la mirada, esperando que apareciera y continuara su paseo por la arena, pero no lo hizo.

Al otro lado del muelle no había nadie. La costa se volvía rocosa y la niebla empezaba a cerrarse, mala combinación para un surfista. ¿Para qué llevaba la tabla si no tenía pensado hacer surf? Supuso que para salvaguardarla de algún peligro, aunque había recorrido mucho camino. ¿Adónde se dirigía?

Kelly echó un vistazo en la dirección de la que había llegado. El sol aún brillaba y el paseo marítimo estaba abarrotado, y muy lejos. Ante ella el panorama resultaba inerte y escalofriante.

¿Cuál debía ser su siguiente movimiento?

Apretó los labios con fuerza. Tenía que seguir adelante. No quería perder más tiempo vigilando la casa de la playa con la esperanza de verlo aparecer, tal y como había hecho el día anterior. Demasiado aburrido y poco productivo. Lo mejor sería seguir el rastro.

Sin embargo su rastro parecía haber desaparecido tras la barca o bajo el muelle.

Suspiró y echó a andar. Iba a tener que averiguarlo.

La arena mojada estaba muy fría. La niebla se echaba rápidamente encima y no había rastro del sol. Caminó rápidamente hacia la vieja barca fijándose en la pintura descascarillada y los percebes pegados. No había ninguna señal de Joe. Tendría que dirigirse al muelle.

Arrugó la nariz. El lugar no resultaba muy apetecible: oscuro, húmedo y emitiendo constantes crujidos. Olía fatal y su aspecto era aún peor. Las sombras dejaban demasiados ángulos ciegos y los cangrejos caminaban de un pilar a otro. Incluso el agua tenía un aspecto maligno.

Hizo una pausa y dirigió otra ojeada a la playa preguntándose dónde se habría metido. La niebla era demasiado densa como para ver a distancia e iba a tener que caminar al otro lado si quería ver algo. A lo lejos oyó el espeluznante sonido de la sirena de un buque que completaba la extraña escena.

¿No era así como empezaban la mayoría de las novelas de asesinatos?

Dudó un momento. ¿De verdad tenía que hacerlo? ¿No podía volver tranquilamente por donde había venido? Cualquiera con un mínimo de sentido común ya lo habría hecho. Pero ella no. Ése era el motivo de su presencia allí…

Suspiró nuevamente y se adentró bajo los crujientes soportes del muelle, caminando rápidamente para acabar cuanto antes. Cada paso le alejaba más del sol y le sumergía más profundamente en la fría y húmeda penumbra. Intentó vislumbrar alguna señal de luz al otro lado. Sólo unos pasos más y estaría fuera…

La mano surgió de repente y le arrancó la capucha. Sorprendida, se tambaleó sin aliento.

–De modo que eres una chica –anunció una voz grave–. ¿Qué demonios quieres?

Se quedó paralizada de miedo. No podía gritar y las piernas no obedecían órdenes. Levantó la vista aterrada, con el corazón en un puño, e intentó ver su rostro.

¿Era Joe Tanner, el hombre al que había seguido? ¿Era otra persona, alguien siniestro?

Aquello no estaba saliendo tal y como lo había planeado. No estaba preparada. Apenas distinguía la silueta en la penumbra y no estaba segura de si era su hombre. Quienquiera que fuera, era demasiado grande e intimidante. Todo su ser se rebeló y, sin pensar, corrió hacia la luz del sol.

Aunque tenía la sensación de estar gritando, no oyó ningún sonido, salvo el del crujido de la arena bajo los pies, el aliento acelerado y, por último, el gruñido al ser alcanzada y derribada sobre la playa por el robusto cuerpo.

Parte de ella se soliviantó. ¿Cómo se atrevía a tratarla así?

Pero otra parte sólo podía sentir miedo. Sabía que la densa niebla les había mantenido ocultos de las miradas ajenas. No podía por tanto esperar ayuda de ningún paseante, ni siquiera una llamada a la policía. Era como si estuvieran en su propio mundo. La advertencia de Jim resonó en su mente: «No querrás encontrarte sola con ese tipo cuando descubra que lo has estado investigando».

Desesperadamente intentó recordar algún detalle del curso de defensa para mujeres que había hecho hacía tres años. ¿Dónde estaban los puntos de presión? –¿Quién eres? –la fuerte mano agarraba la sudadera–. ¿Por qué me sigues?

Kelly suspiró y cerró los ojos durante unos segundos mientras intentaba recuperar el aliento. Al menos no la había lastimado. De momento, parecía querer hablar, no luchar. Con esfuerzo giró la cabeza y pudo ver al hombre que la había derribado y la mantenía inmovilizada contra el suelo con el peso de su cuerpo. Y vio lo que esperaba ver.

En efecto, era Joe Tanner. Sintió un enorme alivio y empezó a relajarse, pero entonces recordó nuevamente la advertencia de Jim. Se encontraba ante una situación extraña. Joe no tenía ningún derecho a tratarla de ese modo, pero ¿qué podía hacer al respecto?

–¿Podrías ayudarme a levantarme? –preguntó con un hilo de esperanza en la voz.

–No, hasta que sepa por qué me seguías.

–No lo hacía –protestó ella, aunque sus rojas mejillas la delataban. –Mentirosa. Kelly empezó a tranquilizarse. No le había hecho daño, y algo le decía que no iba a hacérselo. El sentimiento predominante en aquel momento era la vergüenza. Debería haberse conducido de una manera más profesional. Allí estaba, tumbada sobre la arena, bajo el objeto de su investigación. Rezó para que Jim y los demás jamás descubrieran aquello.

«¿Lo ves, Kelly?», casi oía la voz de Jim. «Ya te dije que dejaras que se ocupara de ello gente que sepa lo que hace».

«¿Y cómo voy a aprender a hacerlo bien si nunca me dejas intentarlo?» habría sido su lógica protesta.

Y allí estaba, intentándolo y aprendiendo, y fastidiándola. Pero podía mejorarlo. Apretó los dientes y se convenció de que estaba mejorando y aprendiendo.

Sin embargo, tuvo que admitir que no le resultaba fácil concentrarse en el trabajo con el impresionante cuerpo de ese hombre sobre ella, haciendo que se le acelerara el pulso. Era un cuerpo atlético, suave y bronceado. El príncipe perfecto. Suerte que iba vestida de pies a cabeza, porque él apenas llevaba ropa.

–Venga –dijo él–. Quiero saber quién te envía –su voz sonaba fría y furiosa, y lo bastante fuerte como para borrar todo atisbo de pensamientos sensuales–. ¿Para quién trabajas?

–Para na-nadie.

Lo cual era técnicamente cierto, pues su agencia no había autorizado la investigación.

–Mentirosa –repitió él.

Joe alargó una mano y le arrancó la capucha dejando al descubierto una mata de rizos rubios. Kelly volvió el bonito rostro y lo miró con sus enormes y oscuros ojos.

–¿Qué demonios? –él frunció el ceño.

Esa joven no era la dura guerrera que había esperado. Era sin duda alguna una novata. Nadie en su sano juicio la habría enviado a por él.

Una pequeña alarma se activó en la mente de Joe, advirtiéndole de no bajar la guardia y ser engatusado. Sin embargo, incluso eso resultaba ridículo. Era demasiado dulce, demasiado mona, demasiado… novata. Un rápido examen al bonito y curvilíneo cuerpo mientras la había placado contra el suelo, le había confirmado que no llevaba ningún arma, aunque sí un par de pequeños objetos en los bolsillos delanteros de la sudadera.

Tenía una amplia experiencia en luchar contra amenazas. Había luchado contra mercenarios, expertos en artes marciales y alguna vampiresa con frascos de veneno ocultos en el sujetador. Pero aquella monada no encajaba en ninguna de esas categorías. Habría apostado su vida a que no pertenecía al mundo de intrigas en el que vivía desde hacía años. ¿Qué demonios haría allí?

–No te estoy siguiendo ni te vigilaba –insistió ella con un hilillo de voz.

–Entonces debe ser amor –él alzó una ceja–. ¿Por qué si no ibas a llevar días suspirando a mi alrededor?

Espantada ante la sugerencia, a pesar de saber que se estaba burlando de ella, Kelly intentó contestar, pero lo único que surgió de su boca fue un sonido ahogado.

–No importa –continuó Joe con amabilidad, aunque era evidente que seguía bromeando–. Nos quedaremos aquí hasta que recuerdes la respuesta.

–¿A qué pregunta? –consiguió decir al fin.

Kelly intentó escabullirse de debajo del fuerte cuerpo, pero pronto comprendió que había sido una mala idea. Al tener una mejor visión de ese hombre el pulso se le aceleró aún más.

La sujetaba por la sudadera y mantenía una fornida pierna sobre su cuerpo. Estaba claro que no le gustaba que lo siguieran. Estaba enfadado y quería la verdad. No había nada amoroso en todo aquello.

Aun así, era demasiado atractivo para poder sentir indiferencia. No solían faltarle las palabras, pero la proximidad de ese hombre hacía que todo pensamiento lógico abandonara su mente. Los enormes ojos azules la miraban como si su piel fuera transparente y pudiera ver hasta los pensamientos, los sentimientos. Hechizada, lo miró, incapaz de moverse.

–Terminemos con esto –dijo él secamente con impaciencia–. Te he dado varias opciones. Elige una.

–No… no puedo –Kelly se humedeció los labios y sólo consiguió hablar tras el segundo intento.

–¿Por qué no? Quiero la verdad.

Ella sacudió la cabeza en un intento de aclarar su mente. ¿Qué podía decir para hacerle comprender? Cualquier explicación exigiría innumerables antecedentes. La desesperación empezó a adueñarse de su cerebro.

–Tengo que levantarme –insistió–. Si no me sueltas, me pondré histérica.

–Un poco de seriedad –le recriminó él.

Sin embargo, al mirarla a los ojos pareció convencerse y, a regañadientes, se hizo a un lado. –Mujeres –murmuró mientras ambos se ponían en pie.

Kelly respiró hondo. Al menos no estaban bajo ese horrible muelle. La niebla ocultaba el sol, pero la arena seguía cálida y resultaba reconfortante.

Levantó la vista y lo miró. Su cuerpo era un despliegue de músculos y piel bronceada salpicada de arena, hasta en las pestañas. Durante un segundo se quedó absorta, pero enseguida frunció el ceño y se recompuso. No era el momento de permitir que la lujuria la dominara. Tenía trabajo.

–¿Cómo te llamas? –preguntó él.

–Kelly Vrosis –contestó ella.

Joe casi sonrió. La respuesta había sido tan rápida y automática que sin duda era su verdadero nombre. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Nadie le había dicho que debía mentir sobre su identidad?

–De acuerdo –él asintió–. He sido amable contigo. Ahora te toca a ti.

–¿Cómo? –ella abrió los ojos desmesuradamente y sacudió la cabeza como si no tuviera ni idea de qué le estaba hablando.

–Muy bien, Kelly Vrosis –Joe la miró con hastío–. Basta de tonterías. La gente me sigue por tres razones. Para conseguir información. Para evitar que haga algo. Y la mayoría, para verme muerto –la miró fijamente a los ojos–. ¿Cuál de las tres es la tuya?