Mi verdadero destino - Raye Morgan - E-Book
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Mi verdadero destino E-Book

Raye Morgan

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Beschreibung

Tercero de la serie. Monte DeAngelis había regresado a Ambria con el fin de reclamar su trono… y a la única mujer que le estaba vedada. Comprometida en contra de su voluntad a casarse con el enemigo de Monte, la inocente Pellea no había olvidado los momentos pasados en brazos de Monte del que, además, ¡estaba embarazada! Monte siempre había pensado que el amor no tenía cabida en su mundo, pero el valor y la pasión de Pellea le resultaban irresistibles. Estaba abocado a aquella mujer.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid

© 2011 Helen Conrad.

Todos los derechos reservados.

MI VERDADERO DESTINO, N.º 59 - septiembre 2011

Título original: Crown Prince, Pregnant Bride!

Publicada originalmente por Mills and Boon®, Ltd., Londres.

Publicado en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios.

Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-735-8

Editor responsable: Luis Pugni

Epub: Publidisa

Inhalt

Capitulo1

Capitulo2

Capitulo3

Capitulo4

Capitulo5

Capitulo6

Capitulo7

Capitulo8

Capitulo9

Capitulo10

Promoción

CAPÍTULO 1

AUNQUE no pudo verla, Pellea Marallis pasó tan cerca del escondite que el príncipe heredero percibió claramente su embriagador perfume, provocándole un estremecimiento inesperado. A su mente regresaron los recuerdos, como si pasara las páginas de un libro. Imágenes del sol atravesando un vaporoso vestido blanco que envolvía un hermoso cuerpo femenino. Imágenes de gotas de agua cayendo en cascada como miles de diamantes sobre la sedosa piel. Recuerdos del frescor de las sábanas de raso y de las caricias que habían inflamado su piel.

Se mordió con fuerza el labio inferior en un intento de frenar la oleada de sensualidad que amenazaba con arrollarlo. No había regresado para reanudar el romance. Había regresado para secuestrarla y no iba a permitir que los sentimientos se interpusieran en su camino.

La joven pasó nuevamente a su lado y pudo oír el crujir de la falda al rozar la pared contra la que se apoyaba. Caminaba de un lado a otro del patio, un jardín apartado situado a un lado del castillo, donde solía pasar la mayor parte del tiempo. Las estancias que lo rodeaban: un gigantesco vestidor lleno de ropa, una salita de estar, un despacho lleno de libros y un lujoso dormitorio, se abrían al jardín a través de puertas acristaladas configurando un espacio privado interior y exterior que conformaba un encantador conjunto de colores excitantes y provocativos olores.

Vivía como una princesa.

¿Sentía rencor al verlo? Por supuesto. ¿Cómo no sentirlo?

No obstante, aquélla no era la parte del castillo en la que había vivido con su familia antes de ser despojados del trono. Esa parte había ardido la noche en que los Granvilli, los tiranos que aún gobernaban Ambria, la pequeña isla que una vez fue su hogar, habían asesinado a sus padres. Aquella parte del castillo iba a ser renovada veinticinco años después.

Y eso también le provocaba rencor.

Pero Pellea no tenía nada que ver con la usurpación de los derechos de su familia. Y no tenía ninguna intención de tenérselo en cuenta. Su padre, sin embargo, era otra cuestión. Ejercía de gran consejero de los Granvilli, lo que permitía a su hija, Pellea, vivir rodeada de lujos. Su traición, veinticinco años atrás, era un episodio oscuro de la historia.

Sin embargo, no era el momento de ocuparse de ello.

Aún no la había visto. Se había dirigido al vestidor directamente desde el pasadizo secreto y allí esperaba el momento de revelar su presencia.

Se lo iba a tomar con calma porque, por mucho que intentara engañarse a sí mismo, esa mujer le afectaba como ninguna otra. En realidad había hecho que se tambaleara su compostura y debía tener cuidado para no perder el control de nuevo.

Oyó su voz y alzó la cabeza intentando oír lo que decía, intentando adivinar si estaba acompañada. No, hablaba por teléfono y al girarse hacia él logró apenas adivinar el tema de la conversación.

–Diminutas perlas, por supuesto. Y capullos de rosa. Creo que con eso bastará.

Monte en realidad no prestaba atención a las palabras. El simple sonido de su voz lo había hechizado. Era la primera vez que se daba cuenta de lo atractiva que resultaba esa voz. Parecía un instrumento musical. Hacía tiempo que no la había oído y le había sorprendido como si se tratara de un solo de guitarra con sus notas frescas, claras y dulces que llegaban a emocionar.

Siguió escuchando esa voz y sonrió. El deseo de verla se hacía cada vez mayor.

Pero para verla debía exponerse peligrosamente y asomarse a una de las puertas acristaladas. Se había colado sin dificultad en el enorme vestidor, pero necesitaba trasladarse a una pequeña alcoba junto a un gran armario para poder verla sin ser visto. Con sumo cuidado, ejecutó el movimiento.

Y allí estaba. El corazón martilleó con tal fuerza en su pecho que apenas podía respirar. A pesar de no tener ni una sola gota de sangre real en las venas, Pellea tenía un aire absolutamente aristocrático, y ésa era una de las razones por las que le había cautivado por completo. Poseía una belleza clásica, como la de las estatuas griegas, aunque más delgada. Como un ángel de un cuadro renacentista, aunque más terrenal. Como una bailarina de Toulouse-Lautrec, aunque más grácil. Como una artista de cine de los años 1930, aunque más misteriosa. Era todo lo que una mujer de este mundo podía ser.

Y más.

A primera vista, parecía una mujer normal. De rostro excepcionalmente bello, pero con los mismos ojos oscuros y almendrados de tantas otras mujeres y unas largas y sensuales pestañas que parecían barrer el aire. Sus cabellos flotaban alrededor del rostro como una nube dorada y los labios eran rojos, carnosos y atractivos. Una perfección.

Había muchas mujeres con los mismos atributos. Otras que habían llamado su atención, aunque ninguna había ocupado su mente ni le había hecho perder el sentido como ella.

Pellea tenía algo, algo en la dignidad de su porte, un fuego interior que ardía tras cierta tristeza que asomaba a sus ojos. Algo en el dinamismo y la decisión que reflejaba y que la distinguía de todas las demás. Un momento se mostraba juguetona como un gatito y, de repente, se incendiaba de ira.

Desde el momento en que la vio por primera vez supo que era especial. Y durante unos pocos días, dos meses atrás, había sido suya.

–¿No le di mis bocetos? –hablaba al teléfono–. Mi estilo es más bien tradicional. No demasiado moderno. Nada de los hombros al aire. Para esto no.

Monte frunció el ceño movido por la curiosidad. ¿Estaba diseñando un vestido de noche? Ya la veía en el salón de baile, atrayendo todas las miradas. ¿Tendría la oportunidad de bailar con ella? En el salón de baile no, pero ¿quizás en ese mismo patio? ¿Por qué no?

El escenario era precioso. La última vez que había estado allí había sido en invierno y todo había parecido lúgubre y sin vida. Pero estaban en primavera y la vida había estallado en una algarabía de color.

En el centro había una fuente de la que brotaba agua componiendo una hermosa melodía. El camino de losetas serpenteaba entre los rosales, las plantas tropicales, las palmeras y un pequeño bosque de bambú.

Sí, era imprescindible que pusieran música y bailaran un rato. Casi podía sentirla en sus brazos. Le echó otro vistazo y admiró el largo y esbelto cuello, las manos que aleteaban como un pájaro para acentuar sus palabras y la bata ahuecada que dejaba entrever el camisón de raso.

–¿Diamantes? –continuaba la joven–. No, no quiero diamantes, aparte del imprescindible. No soy mujer de bañarse en diamantes, ¿me entiende?

Monte alargó una mano y rozó la vaporosa manga a su paso. Ella se volvió de inmediato, como si hubiera notado algo, pero él ya se había ocultado fuera de su vista. Satisfecho consigo mismo, sonrió. Descubriría su presencia ante ella a su debido tiempo.

–Si no recuerdo mal, el velo es de tono marfil. La parte superior está salpicada de diminutas perlas a ambos lados. Creo que con eso bastará.

¿Velo? Monte frunció el ceño. De repente lo comprendió. Hablaba de una boda. Estaba preparando su traje de novia.

Iba a casarse.

La miró perplejo. ¿A cuento de qué iba a casarse? ¿Tan poco había tardado en olvidarse de él? La ira lo invadió y apenas logró reprimir el impulso de salir de su escondite y enfrentarse a ella.

No podía casarse. No se lo iba a permitir.

Aun así fue consciente de que él mismo no tenía ninguna intención de casarse con ella. Jamás podría casarse con la hija del mayor traidor a su familia, la familia real DeAngelis.

No obstante, la idea de que fuera a casarse con otro tan pronto lo quemaba por dentro como la picadura de un escorpión.

¡Maldición!

El sonido sordo de un gong le sobresaltó. Aquello era nuevo. Unas semanas atrás había habido una aldaba de cobre. ¿Qué más había cambiado desde la última vez que había estado allí?

Se casaba… ¡y un cuerno! Había llegado justo a tiempo para secuestrarla.

Pellea acababa de colgar el teléfono y alzó la vista ante el sonido de la nueva señal de llamada. Suspiró y hundió los hombros. Lo último que deseaba era compañía y sobre todo de quien temía que fuera. Su futuro esposo. Menuda alegría.

–Adelante –exclamó.

La puerta se abrió con un fuerte sonido metálico y a continuación se oyeron las pisadas de unas botas sobre el suelo enlosado. Un hombre joven apareció. Llevaba el cabello demasiado corto para identificar el color. Los anchos hombros acompañaban al resto del cuerpo, fornido y esbelto. El rostro alargado habría pasado por atractivo si hubiera hecho algo por deshacerse de la permanente expresión de desprecio que lucía como marca de su superioridad.

Leonardo Granvilli era el hijo mayor de Georges Granvilli, el líder de la rebelión que había usurpado el poder en la isla veinticinco años atrás y al que se conocía como «el general», un término que en cierto modo suavizaba la verdadera naturaleza del régimen despótico.

–Querida –Leonardo saludó con frialdad–, estás tan radiante como el amanecer de este hermoso día.

–¡Por favor, Leonardo! –contestó ella sin mucho aprecio, a pesar de lo cual no resultaba ofensiva–. Ahórrate tus elogios vacíos. Nos conocemos desde niños y creo que nos hemos tomado bien la medida. No necesito que me hagas el numerito todos los días.

Leonardo emitió un sonido gutural e, irritado, se llevó una mano a la frente.

–Pellea, ¿por qué no puedes ser como las demás mujeres y limitarte a aceptar un falso halago como lo que es? Es un mero formalismo, querida. El modo de salir de un momento incómodo. Un poco de azúcar para poder tragar mejor la píldora.

Pellea rió secamente. Fingiendo obedecer, pasó a comportarse con afectada aristocracia.

–Le ruego me comunique, mi señor, ¿qué trae a mis aposentos privados a tan noble caballero en un día como éste?

–Así está mejor –Leonardo sonrió.

Ella respondió con una profunda reverencia y la sonrisa de su prometido se hizo más amplia.

–¡Bravo! Puede que este matrimonio al final funcione.

Pellea lo acribilló con la mirada como si pensara «ni en tus mejores sueños», pero él la ignoró.

–He traído noticias. Puede que tengamos que aplazar la boda.

–¿Cómo? –la joven se llevó involuntariamente las manos a la barriga, pero las retiró de inmediato–. ¿Por qué?

–Ese idiota, el duque del clan de los DeAngelis al fin ha muerto. Se espera algún jaleo por parte de la comunidad de expatriados de Ambria. Querrán encontrar a su nuevo patriarca. Debemos permanecer en alerta, dispuestos a movilizarnos ante cualquier amenaza que se cierna sobre nuestro régimen.

–¿Tenéis alguna idea concreta de lo que puede suceder?

–No –él sacudió la cabeza–. Serán las habituales amenazas y chirriar de dientes. Podremos controlarlo sin problema.

–Entonces, ¿por qué aplazar la boda? –ella frunció el ceño–. ¿Por qué no adelantarla?

–¿Tan ansiosa estás por casarte conmigo? –él se acercó y le revolvió los cabellos–. Mi pequeña florecilla.

–Los malos tragos, mejor acabar con ellos cuanto antes –contestó Pellea con amargura mientras apartaba la mano de su prometido con brusquedad y se volvía hacia la fuente del patio.

–¿Qué ha sido eso, mi amor? –Leonardo la siguió al patio.

–Nada –ella se volvió hacia él–. Me plegaré a tus deseos, por supuesto, pero preferiría una boda rápida.

–Comprendo –él asintió aunque la mirada era de recelo–. El estado de salud de tu padre y todo eso –se encogió de hombros–. Hablaré con mi padre y encontraremos la fecha apropiada, estoy seguro –la miró de arriba abajo y sonrió–. Y pensar que después de tanto tiempo, y tantos esfuerzos por tu parte para rechazarme, al fin voy a conseguir a la mujer de mis sueños –casi pareció conmovido–. Le devuelve a uno la fe, ¿verdad?

–Desde luego –ella no pudo evitar sonreír, aunque al mismo tiempo negaba con la cabeza–. ¡Oh, Leonardo! A veces creo que sería mejor que encontraras a alguien a quien poder amar.

–¿De qué hablas? –su prometido parecía horrorizado–. Sabes de sobra que siempre has sido tú mi elegida.

–He dicho «amor» –replicó ella–. No «deseo de posesión».

–A cada uno lo suyo –él se encogió de hombros.

Pellea suspiró, pero sin dejar de sonreír.

Una creciente y gélida ira invadía a Monte mientras observaba la escena que lo había transformado de un hombre normal en un rugiente monstruo, aunque no movió ni un músculo. Permaneció inmóvil como una estatua de piedra. Únicamente su mente y sus emociones bullían con vida.

Y el odio. Odiaba a Leonardo, al padre de Leonardo, a toda su familia.

Poco a poco consiguió dominar la ira. Tenía la suficiente experiencia para saber que no le conduciría a ninguna parte. No iba a cometer ningún error. Necesitaba mantener la mente despejada y las emociones controladas.

Todas. Tanto las buenas como las malas.

Poseía un excepcional control sobre su cuerpo y lo utilizó para relajarse poco a poco. Quería conservar la frialdad necesaria para aprovechar el momento preciso para atacar. Y aquel momento no era el adecuado, sería una estupidez, aunque no faltaba mucho.

Nada lo había preparado para aquello. Los días que Pellea y él habían estado juntos, unas semanas antes, habían sido mágicos. Se había muerto de ganas de volver a verla, de atrapar sus labios con los suyos propios y experimentar de nuevo la creciente sensación de éxtasis. Se había jurado a sí mismo que no le haría el amor, demasiada distracción, pero se había estado engañando pues en el instante en que la había vuelto a ver supo que deseaba tenerla de nuevo en sus brazos.

Sólo eso. Nada serio ni permanente. Una parte de él siempre había sabido que acabaría casándose con otro… con el tiempo. Pero sólo de pensar que se iba a casar con ese… con ese…

No encontraba las palabras.

–Me gustaría que me acompañaras a la biblioteca –continuaba Leonardo–. Deberíamos echar una ojeada a la ruta que seguirá la carroza después de que estemos casados.

–¡Nada de luna de miel! –exclamó ella mientras alzaba las manos con exasperación–. Te lo dije desde el principio.

Él pareció sobresaltarse, pero no pudo protestar, pues Pellea prosiguió. –Mientras mi padre siga enfermo, no abandonaré Ambria.

–A la gente le parecerá raro –él suspiró e hizo una mueca, aunque pareció ceder.

–Que piensen lo que quieran.

Pellea era consciente de haber desilusionado a su prometido, pero no podía evitarlo. Su padre lo era todo para ella. Había sido el pilar de su vida, el único ser humano en el que podía confiar y no iba a abandonarlo en esos momentos.

Aun así, tenía que casarse. Leonardo conocía el motivo y había estado dispuesto a aceptar los términos que le había impuesto ella. Todo estaba preparado, la rueda había empezado a girar. Mientras nada se interpusiera en su camino, en una semana estaría casada. Hasta entonces, sólo podía rezar para que no se alteraran los planes.

–Te acompañaré –asintió ella–. Dame unos minutos para cambiarme de ropa.

Pellea se dio media vuelta y entró en el vestidor, cerrando la puerta tras ella. Con rapidez se quitó la bata y empezó a desabrocharse el camisón de raso. Y entonces vio las botas. Los dedos se le paralizaron mientras las miraba fijamente antes de levantar la vista y encontrarse con la brillante mirada azul de Monte.

Estaba mucho más que sobresaltada. Estaba horrorizada. A medida que las implicaciones de su visita se hicieron patentes, tuvo que taparse la boca con una mano para ahogar un grito. Durante un segundo pareció caer en un torbellino y apenas logró mantenerse en pie.

Lo miró con ojos desorbitados. Por su mente pasaron miles de pensamientos que rebotaban, como una pelota, contra sus sentimientos. Ira, remordimiento, rencor, alegría… incluso amor, todo estaba allí, dirigiéndose como un rayo hacia los espléndidos ojos azules. Si las miradas matasen, Monte habría caído fulminado con el corazón atravesado.

Una parte de ella sintió la tentación de avisar a Leonardo y acabar con todo aquello cuanto antes. Y no le cabía ninguna duda de que acabaría muy mal.

Monte no podía formar parte de su vida. Ni siquiera podía admitir ante nadie en el castillo que lo conocía. Le bastaría con pedirle a Leonardo que avisara a la guardia y todo acabaría. Se ocuparían de él y jamás volvería a verlo, ni siquiera tendría que pensar en él nunca más. No volvería a llorar sobre la húmeda almohada.

Pero no podía hacerlo. Jamás le haría daño si podía evitarlo. Monte sonrió travieso como si quisiera decirle: «¿no sabías que volvería?». No, no lo sabía. Y seguía sin querer creérselo. Permaneció muda.

Reaccionó con rapidez y miró por la ventana que daba al patio. Leonardo la esperaba sentado pacientemente, tarareando una canción mientras contemplaba la fuente. Pellea se mordió el labio y salió del vestidor, tambaleándose y casi sin respiración.

–¿Qué te pasa? –Leonardo se alarmó y la sujetó por los hombros. No se le había escapado que estaba inusualmente alterada–. ¿Estás bien?

–No –ella lo miró mientras su mente trabajaba frenética–. No. Tengo una migraña.

–Oh, no –él pareció sorprendido, y también preocupado.

–Lo… lo siento –Pellea se apartó de él y, con esfuerzo, recuperó el equilibrio–, pero ahora mismo no puedo acompañarte. Ni siquiera soy capaz de pensar con claridad.

–Pero si hace un minuto estabas perfectamente –observó él.

–Las migrañas son fulminantes –explicó ella mientras apoyaba una mano en la sien–. Necesito acostarme. ¿Qué te parece después del té? –lo miró expectante–. ¿Me reúno contigo a las cinco?

–De acuerdo –Leonardo frunció el ceño, aunque asintió–. Tengo un partido de tenis a las tres. Las cinco me va bien –la miró con gesto preocupado y un ligero toque de recelo–. Espero que estés bien para el baile de esta noche.

–Lo estaré.

–Todo el mundo espera que anunciemos el compromiso durante el baile. Te pondrás la tiara, ¿verdad?

–Leonardo, no te preocupes –Pellea agitó una mano en el aire–. Llevaré la tiara y todo saldrá como estaba planeado. Esta noche estaré bien.

–Estupendo –Leonardo aún parecía algo desconfiado–. De todos modos deberías ver al doctor Dracken. Te lo enviaré.

–¡No! –ella sacudió la cabeza–. Sólo necesito descansar. En unas horas estaré como nueva.

–Como gustes –Leonardo la estudió durante unos segundos antes de encogerse de hombros y hacerle una reverencia–. Hasta que volvamos a vernos, mi amada prometida.

–Lo mismo digo –ella asintió, prácticamente empujándolo hacia la puerta.

Un segundo después se había marchado.

Pellea esperó hasta oír cerrarse la puerta exterior y se volvió, hecha una furia, hacia el vestidor. Abrió la puerta de golpe y le dirigió a Monte una mirada que le hubiera helado la sangre en las venas a cualquiera.

–¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a hacer algo así?

Tanta ira lo aturdió ligeramente. Monte se había esperado algo más de alegría por su parte al verlo. Él se había alegrado de verla. ¿Por qué no podía sentir ella lo mismo?

Desde luego, esa mujer era un deleite para los sentidos. Sus ojos, aun airados, eran brillantes y las mejillas poseían una tonalidad rosada.

–¿Cómo te atreves a volver a hacerme esto? –continuó ella.

–No es como la otra vez –protestó Monte–. Esto es completamente diferente.

–¿En serio? Estás aquí. Has entrado de incógnito en mi país, como la otra vez. Te ocultas en mis aposentos. Como la otra vez.

–Pero esta vez –Monte intentó producir una sonrisa seductora–, cuando me vaya, tú te vendrás conmigo.

Ella lo miró perpleja, odiándolo y amándolo a un tiempo. ¡Marcharse con él! No era más que un sueño. Era imposible que pudiera marcharse con él. Si…

Durante una fracción de segundo cedió a las emociones. Si las cosas hubieran sido diferentes, le habría encantado arrojarse a sus brazos y abrazarlo con fuerza, sentir el masculino rostro pegado al suyo, sentir el corazón latir con creciente intensidad.

Pero no podía hacerlo. Ni siquiera podía pensar en ello. Había pasado demasiadas noches soñando con él, con sus tiernas caricias. Tenía que olvidarlo. Demasiadas vidas dependían de ella. No podía permitir que descubriera ni la menor falla en la armadura.

Y sobre todo, no podía permitir que averiguara lo del bebé.

–¿Cómo has conseguido entrar? –preguntó con frialdad–. Déjalo. No me lo digas. Me mentirías.

La sensual mirada azul se convirtió en un instante en hielo.

–Pellea, yo no soy un mentiroso –protestó en un susurro–. Puede que te lo diga, o no, pero lo que te diga será la verdad. Puedes estar segura.

Las gélidas e indignadas miradas se fundieron. Pellea estaba muy enfadada con él por aparecer de ese modo, por complicarle la vida y ponerles a ambos en peligro, pero sabía que esa ira era un escudo. Si la tocaba, seguramente se derrumbaría. Sólo con mirarlo sentía debilitarse su determinación.

¿Por qué tenía que ser tan guapo? Parecía un artista de cine con sus cabellos oscuros y los ojos azules, pero había más. Era alto, fornido, capaz de hacer que una mujer se desmayara. Tenía aspecto de tipo duro, capaz de defenderse a sí mismo, pero no había nada altivo en él. Poseía una callada confianza que hacía innecesaria cualquier demostración de poderío. Simplemente con mirarlo se sabía que era un hombre dispuesto a afrontar cualquier reto, físico o intelectual.

¿Y un reto emocional? A pesar de su fuerza, poseía una clara sensibilidad que se reflejaba en el fondo de los ojos azules. El destello de vulnerabilidad que sólo una mujer percibiría. ¿O estaría simplemente soñando?

–Da igual –lo rechazó con firmeza–. Tenemos que sacarte de aquí.

–¿Con lo que me ha costado entrar? –la ira de Monte se esfumó como la niebla y sus ojos volvieron a sonreír.

«¡Por favor, no me sonrías!», suplicó Pellea en silencio. Ya resultaba todo bastante difícil sin tener que luchar contra el ataque frontal de sus encantos. Lo miró furiosa.

–Tú te vas. Y lo mejor sería que lo hicieras ahora mismo.

–¿Cómo me voy a marchar ahora que te he encontrado otra vez? –él la acarició con la mirada.

–No vas a seducirme como la última vez –ella apretó los dientes con fuerza–. No te quedas –señaló hacia la puerta–. Quiero que te vayas.

–¿Vas a llamar a los guardias? –Monte enarcó una ceja, pero no hizo intención alguna de dirigirse hacia la puerta.

–Si hace falta, lo haré –ella lo fulminó con la mirada.

–Pues yo preferiría que no lo hicieras –él adoptó una expresión dolida.

–Entonces será mejor que te marches.

–Aún no puedo marcharme –Monte suspiró y consiguió parecer apesadumbrado–. No sin lo que he venido a buscar.

–Eso no tiene nada que ver conmigo –Pellea alzó las manos en el aire.

–Ahí te equivocas –él sonrió de nuevo–. Verás, he venido a buscarte a ti. ¿Qué te parece el viejo y clásico secuestro?