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La niñera ocultaba un pequeño secreto... La princesa Tianna no tenía la menor intención de cumplir el compromiso de matrimonio con el príncipe Garth Roseanova, al que jamás había visto. Para comunicárselo personalmente había ido a visitarlo, pero no llegó a romper dicho compromiso con el príncipe y acabó haciéndose pasar por niñera con el fin de proteger a la pequeña que había sido abandonada en las tierras del castillo de Garth. Aquel bebé hacía que el guapísimo príncipe se pusiera nervioso, pero pronto se ganó su simpatía con aquella dulce mirada... Lo mismo que le pasó con la bella y encantadora niñera, que por cierto le resultaba extrañamente familiar. Y no pasó mucho tiempo antes de que Tianna y él estuvieran juntos. ¿Podría aquel romance de ensueño sobrevivir a la verdad?
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Helen Conrad
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La prometida del príncipe, n.º 1417 - agosto 2016
Título original: Betrothed to the Prince
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8694-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
PERO qué tenemos aquí?
La princesa Katianna Mirishevsky Roseanova-Krimorova, más conocida como Tianna Rose, estaba de pie mirando, con escaso interés, al hombre que estaba dormido sobre el banco del cenador; resultaba evidente que era consecuencia de haber bebido en exceso la noche anterior, y no se explicaba cómo permitían aquel tipo de comportamientos en la residencia real.
—¡Menudos chapuceros! —comentó en voz alta.
Era lo mismo que habría dicho su madre, que desde luego no habría permitido que aquello sucediera en su casa.
Pero aquello parecía algo normal en la residencia que la familia Roseanova tenía en el estado de Arizona; el hogar de la Casa Real de los Rose en el exilio.
Tras pagar al conductor del taxi en el que había llegado, Tianna se dirigió hacia la caseta de los guardas de seguridad, sorprendiéndose al encontrarla abierta de par en par y sin vigilancia. La residencia donde ella se había criado era mucho más modesta y discreta que aquella, y sin embargo esa falta de seguridad era impensable. Además, Tianna había pensado que habría algún tipo de transporte para llevarla hasta la casa, pero por lo que parecía, tendría que caminar hasta la casa.
Tianna suspiró y comenzó a subir por el camino, para a pocos pasos ver a un lado del mismo un acogedor cenador que miraba hacia un pequeño lago artificial, y al distinguir a alguien en su interior se desvió en aquella dirección con la esperanza de encontrar ayuda. Pero parecía que la suerte no estaba de su parte ya que el hombre que había allí estaba completamente fuera de juego.
Pero incluso en aquel estado resultaba atractivo, de manera que Tianna se detuvo un instante a mirarlo. Parecía estar bastante a gusto sobre el banco acolchado; su pelo de color rubio oscuro estaba revuelto y lo llevaba demasiado largo para su gusto, pero su camisa blanca, aunque parcialmente desabrochada, estaba impecable; llevaba una cara cazadora de cuero y los pantalones aún lucían una raya perfecta. Tenía unas facciones marcadas y equilibradas, una piel suave y bronceada, y el pequeño hoyuelo de su barbilla realzaba su atractiva masculinidad. En conjunto era muy atractivo y Tianna pensó que era una lástima que no contrataran a hombres como aquel en su residencia.
Pensó en la posibilidad de zarandearlo y despertarlo, pero no sería de mucha utilidad. Sería mejor que regresase al camino y continuara hacia la casa. Se cerró la cazadora de color burdeos de ante, echó un último vistazo al musculoso torso del hombre y dio media vuelta para marcharse. Pero de repente la mano del hombre la agarró de la muñeca.
—¡Eh, Caperucita Roja! —le dijo él con voz profunda—. ¿Es que nadie te ha dicho que es peligroso andar sola por el bosque?
—¡Suéltame! —le ordenó ella, al comprobar que no podía zafarse de su mano.
—¡Ah! —exclamó él, entreabriendo levemente los ojos—. Lo siento. Pensaba que eras parte de mi sueño —añadió, pero no la soltó.
Enfadada, Tianna tiró del brazo.
—Escucha —le dijo, pero resultaba evidente que el hombre no la escuchaba.
—Eres lo suficientemente sexy para ser parte de mi sueño —sugirió caprichosamente él—, y desde luego serás parte del siguiente.
—Pues que sea una pesadilla —le espetó ella, le agarró el dedo gordo y se lo dobló hacia atrás con fuerza, obligándolo a soltarla.
—¡Ay! —exclamó él, y maldijo al tiempo que le soltaba la muñeca e intentaba incorporarse—. ¿Pero qué…?
Pero Tianna no se quedó a charlar con él. Con la cabeza erguida y sin mirar atrás, se dirigió con paso decidido hacia el camino, al tiempo que daba gracias en silencio a su entrenador de defensa personal. ¡Eso en cuanto a los que pensaban que las princesas eran seres desvalidos de los que cualquiera se podía aprovechar! De hecho, resultaba bastante satisfactorio haber tenido la oportunidad de poner en práctica su entrenamiento. Todo aquel incidente había sido muy oportuno ya que su autoestima necesitaba un pequeño empujón para ayudarla en la tarea a la que se había encomendado. Estaba allí para romper su compromiso con Garth Franz Josef Mikeavich Romano Rosanova, Príncipe de Nabotavia. Tendría que ser dura para hacerle entender que no se casaría con él, por muchas proclamaciones oficiales de su compromiso que hubiese en los archivos de su país.
¡Ni en un millón de años!
El interior de la propiedad estaba delimitado por una larga pérgola en la que se enroscaban rosales de rosas rojas, y Tianna se detuvo ante la bonita verja para contemplar los chapiteles, las torres y los balcones que decoraban la enorme mansión palaciega que tenía delante. Soltó una risita divertida.
—¡Qué típico de un príncipe del este de Nabotavia, construirse semejante palacio en medio de Arizona! —comentó en voz alta.
Ella era del oeste de Nabotavia y era una del gran contingente que había huido del pequeño país centro europeo veinte años atrás, durante la sangrienta revolución. La mayoría habían huido a Estados Unidos, en donde llevaban una vida relativamente buena, trabajando mientras esperaban el momento de librar a su país de los opresores. De hecho ya había ocurrido el milagro y los rebeldes habían sido derrocados. Nabotavia quería que la monarquía se instaurase de nuevo y muchos jóvenes, como Tianna, se estaban preparando para regresar a una tierra que solo conocían por los relatos. Pero era su hogar y su destino. O al menos se suponía que debía serlo.
Pero a Tianna le estaba resultando difícil conciliar sus propios planes con aquel nuevo imperativo. No sabía cómo se sentiría el príncipe Garth al respecto, pero no tenía ninguna intención de regresar y aquella era la razón por la que pretendía romper su compromiso cuanto antes.
Vio que el camino comenzaba a cubrirse de pequeñas gotas de lluvia. Levantó la vista hacia el cielo para verlo cubierto de nubes negras y en la distancia escuchó el sonido de los truenos. Al menos estaba cerca de la casa.
De repente un grito captó su atención y le pareció oír barullo en otra parte de la finca. Oyó a una mujer gritando, la voz de un hombre y después otro grito más fuerte. Estiró el cuello y localizó el punto donde se desarrollaba la acción. Vio que había dos vacas pastando tranquilamente en el huerto, mientras una serie de personas saltaban a su alrededor, al tiempo que gritaban y agitaban sombreros y escobas en un intento por distraerlas. Tianna pensó que aquello resolvía el misterio acerca del paradero de los guardas de seguridad.
Se encogió de hombros y cruzó la pérgola para continuar su camino hacia la casa, pero entonces otro ruido la hizo detenerse. Con el ceño fruncido, Tianna se dio la vuelta no muy segura de lo que estaba oyendo. El suave ruido venía de detrás de las prímulas que había a lo largo del camino y parecía salir de un pequeño bulto envuelto en una manta. Tianna se preguntó si sería un cachorro de gato o de perro, se acercó y levantó el borde de la manta rosa. Entonces sintió que el corazón se le paralizaba: era un bebé. Unos grandes ojos azules la miraron y la delicada boca hizo un pequeño mohín.
—¡Un bebé! —exclamó en voz alta—. ¡Qué lindo!
Rápidamente miró a su alrededor, segura de que la persona encargada de la criatura estaría cerca, pero no vio a nadie. Quizá la niñera la hubiese dejado allí para ir a ayudar con las vacas. ¡Otro empleado inepto! Aquel era un sitio muy extraño y Tianna se alegró al pensar que no se iba a casar con el príncipe, ni a vivir allí, aunque solo fuera temporalmente.
Para entonces la lluvia comenzó a caer con fuerza, de manera que sin más dilaciones, Tianna se colocó la bolsa de viaje en la otra mano, se agachó para recoger al bebé y se encaminó hacia la casa. En principio se había dirigido a la puerta principal, pero la entrada trasera parecía estar más cerca y la puerta estaba abierta, así que cambió de rumbo hacia la última.
—¡Hola! —gritó, al tiempo que entraba en la cocina.
Se sacudió las gotas de lluvia de su cobriza melena y dejó la bolsa de viaje junto a la puerta. Una muchacha de nariz respingona y melena rizada se acercó para recibirla.
—Has venido por el trabajo de pastelera, ¿verdad? Pues creo que llegas pronto.
—¿El trabajo de pastelera? —repitió Tianna, mirando desconcertada a la chica y apretando al bebé contra su pecho—. No… no, la verdad es que… —comenzó a decir, agitó la cabeza y sonrió—. No. He venido a ver al príncipe.
—¿Al príncipe? —le preguntó la chica, abriendo los ojos de par en par—. Lo siento. No se encuentra aquí.
—¿No está? —preguntó Tianna con consternación.
Le había pedido a su secretaria que telefonease para confirmar que el príncipe estaría allí y le habían dicho que se encontraría en la residencia real toda la semana. ¡Maldita sea! Debería haber telefoneado ella misma para asegurarse, pero pensó que la información sería fidedigna.
Claro que, por otra parte, había hecho aquel viaje a escondidas. Sus padres pensaban que estaba en Phoenix, visitando a una antigua compañera del colegio, y en vez de eso, había viajado a Flagstaff para convencer al príncipe Garth de que la respaldase en la ruptura de su compromiso.
Los habían prometido siendo niños; un acuerdo de intercambio de influencias que hacía mucho tiempo que había perdido su importancia. Al menos para ella. Y como el príncipe nunca había mostrado el más mínimo interés en ella, ni siquiera se conocían; Tianna tenía la esperanza de poder romper el compromiso y exponérselo a su padre como un hecho consumado.
—¿Adónde ha ido? —le preguntó Tianna a la criada y esta se encogió de hombros.
—No estoy segura. Creo que a Texas.
—¡Oh, no! —exclamó Tianna, pensando en el viaje que había hecho para nada—. ¿Sabes cuándo regresará?
—No. Lo siento. Últimamente no viene mucho por aquí.
En aquel momento el bebé se revolvió y emitió un débil sonido; Tianna le dio unas palmadas reconfortantes. Después miró a la criada y vio que parecía confusa.
—¿Es un bebé?
—Sí —afirmó Tianna y le mostró a la niña—. Alguien la dejó fuera, bajo la lluvia, así que pensé que sería mejor traerla a la casa.
La muchacha parpadeó sorprendida.
—¿fuera, bajo la lluvia? —repitió desconcertada.
—Así es. Tiene que ser de alguien de esta casa.
—No —negó la muchacha, al tiempo que movía la cabeza—. Aquí nadie tiene un bebé. De lo contrario, yo lo sabría.
—¡Por el amor de Dios! —murmuró Tianna y al mirar al bebé, sintió lástima.
La pobre niña estaba sola, sin nadie que la reclamase y Tianna sintió una punzada de dolor en el corazón al recordar a otra niña perdida, de su propio pasado. Se revolvió interiormente, apretó al bebé contra su pecho y murmuró un sonido reconfortante.
—La cocinera no está aquí —continuó la criada—. Han salido todos a perseguir a las vacas, que se han vuelto a escapar y han ido directas al huerto, como siempre —le explicó y señaló una silla—. Siéntate mientras esperas. Yo misma iré a buscar a la cocinera para decirle que has venido por el puesto de pastelera.
La muchacha asintió con la cabeza y antes de que Tianna pudiese corregirla de nuevo, salió de la cocina y se alejó por el pasillo.
—¡Caray! —exclamó Tianna, pero al mirar de nuevo a la pequeña que tenía en brazos, sintió que su enfado desaparecía—. Eres muy bonita —le susurró al bebé, al tiempo que besaba su aterciopelada cabeza—. Pero no sé qué voy a hacer contigo.
Tianna miró a su alrededor, buscando un sitio en donde dejar al bebé. Pero a pesar de que la enorme cocina resultaba bastante hogareña, no parecía haber ningún hueco en el que pudiera colocar al bebé para que durmiera.
Entonces oyó el sonido de unos pasos que se acercaban por el pasillo y Tianna se dio la vuelta, esperando encontrarse con un adulto con el que poder hablar. Oyó un gruñido sordo y después vio que alguien entraba por la puerta, sujetándose la cabeza con una mano y los ojos apenas entreabiertos, lo justo para ver por dónde iba. Tianna exclamó en voz baja y sintió que su cuerpo se paralizaba al ver que se trataba del depravado que había visto holgazaneando en el cenador.
Tianna se enorgullecía de ser una persona que se enfrentaba a la vida de una manera sensata y equilibrada y de no ser la clase de mujer que se quedaba pasmada al ver a un hombre atractivo, pero tuvo que admitir que aquel era el hombre más atractivo que había conocido y, viéndolo de pie, pensó que tenía mucho mejor aspecto que hacía unos minutos.
Su experimentado ojo de fotógrafa le dijo que estaba ante una verdadera obra maestra. Y aunque resultaba evidente que necesitaba un buen corte de pelo y de que se había cambiado con una ropa algo más informal, su belleza física saltaba a la vista. Llevaba unos ajustados pantalones vaqueros y una camisa de algodón, que llevaba parcialmente desabrochada dejando a la vista su musculoso torso.
Era un hombre verdaderamente espectacular.
Tianna pensó que si no fuera porque sabía que el príncipe no estaba allí, lo habría tomado por el mismo. Aunque pensándolo bien, no era cierto. Los pocos príncipes a los que había conocido a lo largo de los años en su mayoría eran hombres amanerados que llevaban una existencia sin sentido; eran los resquicios de lo que quizá en algún momento fueron o podrían haber sido. Y aquel hombre era demasiado terrenal, tenía demasiada energía para ser un príncipe. Más bien parecía un guerrero. Un guerrero que había bebido demasiado.
—¿No nos hemos visto en alguna parte? —le preguntó él, mirándola con los ojos entrecerrados, como si la luz le hiciese daño.
—Podría decirse que sí —le respondió resueltamente ella, decidida a que no se diese cuenta de lo atractivo que le parecía—. Pero quizá tengas problemas para recordarlo porque estabas tumbado.
—¡Ah, sí! Eres la muchacha de mis sueños.
La sonrisa torcida del hombre tuvo un efecto devastador en Tianna, pero fue muy fugaz y enseguida se llevó la mano a la cabeza de nuevo, haciendo un gesto de dolor.
—Siento presentarme en tan mal estado —añadió él—, pero me estoy recuperando de los efectos de haber trasnochado.
—Ya veo.
—¡Caray! Por tu tono de voz parece que lo desapruebas —le dijo él, enarcando una ceja—. Supongo que nunca has tenido una resaca, ¿verdad, Caperucita Roja?
—Nunca.
—Eso me parecía. Salta a la vista que eres de las listas —suspiró él—. Pero creo que por fin he aprendido la lección y sé que no volveré a tocar el alcohol —añadió y miró a su alrededor como si buscase algo—. ¿Sabes preparar un Bloody Mary? —le preguntó esperanzado.
—No.
Tianna dijo aquello con todo el desdén del que fue capaz, pero sabía que no engañaba a nadie. Si hubiese una poción mágica que le hiciese sentir mejor, habría sido capaz de prepararla. Pero se limitó a quedarse allí de pie, sujetando al bebé contra su pecho. Siempre había sabido que la belleza pura podía ser cautivadora, pero nunca la había experimentado en la forma de un hombre.
Él asintió y hurgó en un armario en busca de un remedio. Abrió un paquete, vertió el contenido en un vaso con agua y se bebió la mayor parte de un trago, haciendo una mueca de desaprobación al tiempo que dejaba el vaso sobre la encimera.
—No ha sido tan satisfactorio como un Bloody Mary, pero probablemente sea más efectivo.
Se dejó caer sobre una silla, echó la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos se preguntó, como tantas otras veces, por qué se hacía aquello a sí mismo, aunque hacía bastante tiempo que no pillaba una borrachera como la de la noche anterior. Hubo un tiempo en que incluso le resultó divertido, pero a medida que pasaban los años, le resultaba cada vez más deprimente y hacía tiempo que había dejado de salir de fiesta. Pero la noche anterior…
No iba a engañarse. Sabía perfectamente por qué había intentado ahogar sus penas en alcohol, y es que el aniversario del asesinato de sus padres era algo muy duro de superar. La noche anterior fue el veintiún aniversario de aquel suceso. Con un poco de suerte, al siguiente aniversario estaría en Nabotavia, demasiado ocupado para celebrar de nuevo aquel ritual.
Abrió los ojos para encontrarse con la firme mirada verde de la mujer, que caminaba de un lado a otro de la cocina y de repente casi se sintió avergonzado de su propio estado; ella parecía tan joven, alegre y fresca, que él se sintió deteriorado en comparación. Al pensar aquello, se irguió en la silla.
—¿Qué llevas ahí? —le preguntó él, al reparar en el bulto que tenía en brazos.
Tianna abrazó al bebé contra su pecho y le dio un beso en la cabeza.
—Un bebé —le contestó ella, mirándolo por encima de la manta y vio que él abría los ojos de par en par.
—¿Un bebé? —preguntó él, y se irguió completamente en la silla al darse cuenta de lo que aquello suponía—. ¿Tu bebé?
—No. Alguien lo dejó fuera y yo solo lo he recogido para que no se mojara.
—¡Ah!
Aquello no resultaba demasiado creíble y decidió actuar con más cautela.
Intentó recordar si la mujer llevaba al bebé cuando la vio, por primera vez, en el cenador, pero en aquellos momentos su mente no había estado lo suficientemente lúcida para fijarse en nada. Frunció el ceño e intentó recordar si ya la conocía, pero no le parecía probable ya que recordaría su cara. Además, hasta el momento, ella no había reclamado ningún tipo de relación con él.
—No se nada sobre bebés —comentó él, como si simplemente quisiera mantener una conversación—. Tengo entendido que tienen algo que ver con los seres humanos, de la misma manera en que una bellota se transforma en un roble, pero me cuesta creerlo.
Tianna no estaba prestando atención a su intento de bromear con ella, sino que miraba al bebé, al tiempo que le canturreaba en voz baja. Él frunció el ceño al pensar que parecía excesivamente unida a un bebé al que supuestamente se acababa de encontrar y no pudo evitar sentir ciertas sospechas.
Una cosa con la que había sido sumamente cuidadoso durante su vida adulta era la de asegurarse de que ninguna mujer pudiese reclamarle la paternidad de un bebé. Por supuesto, algunas lo habían intentado pero las demandas nunca habían resultado válidas. Aun así, había sucedido en suficientes ocasiones para hacerlo cauteloso al respecto. Siendo muy joven había aprendido que por ser quien era no había muchas personas en las que pudiera confiar; todos parecían querer algo de él, ya fueran buenas influencias, favores o simplemente el prestigio que aportaba poder afirmar que lo conocían, por lo que no solían bajar la guardia. Las pocas veces que lo había hecho le habían llevado al desastre y al sufrimiento. Su cuidada imagen de cinismo ligeramente bondadoso en parte era real, pero también le servía para ocultar una vulnerabilidad interior que no volvería a dejar expuesta.
—¿Y qué está haciendo aquí? —le preguntó él, refiriéndose al bebé.
Tianna lo miró como si comenzara a dudar de su inteligencia.
—Es un bebé.
—Pero no es tuyo.
—No. Lo encontré junto al camino que sube al castillo.
—Eso has dicho —comentó él, torciendo la boca hacia abajo—. ¿Entonces de quién es?
Tianna enarcó una ceja.
—No lo sé. Pero la verja de la entrada estaba abierta y sin vigilancia, por lo que cualquiera podría haber entrado.
—Cierto.
En realidad aquella explicación no lo convencía, pero tampoco le importaba demasiado ya que no sentía un especial interés hacia los bebés. Lo que sí le gustaba era la mujer que tenía delante.
—¿Así que crees que la seguridad aquí es poco estricta?
—Esa sería una forma delicada de ponerlo —le dijo ella, sin molestarse en suavizar su opinión—. Este lugar parece un parque público.
—Ya. Y supongo que crees que tú lo harías mejor.
Tianna soltó una risita.
—Sé que podría.
A él le gustaba aquella actitud. Era muy refrescante encontrarse con una mujer que no se quedaba pasmada por el hecho de estar en su presencia.
—¿De verdad? Si te hicieras cargo de este lugar, ¿qué mejoras harías?
Ella lo miró de reojo y después continuó meciendo al bebé.
—Probablemente mi primera tarea sería la de despedirte a ti.
—¿Despedirme? —la miró fijamente durante un instante y después se echó a reír.
—Desde luego.
Tianna lo miró con desdén de arriba abajo, en un intento por transmitirle el desprecio que sentía hacia él, pero se acabó pareciendo más a una mirada de admiración y rápidamente apartó la vista.
