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XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, 2015 Libro recomendado por la Fundación Cuatrogatos, 2016 Una novela de superación personal escrita con honestidad, que llegará al corazón de los lectores Ana es una adolescente con TOC (trastorno obsesivo compulsivo). Cuando Bruno, su compañero de clase, se entera del problema, intenta ayudarla. Con mucho ímpetu, pero también con desconocimiento, la animará a que se apunte al viaje de fin de curso y pueda cumplir uno de sus sueños: visitar, en Berlín, la cabeza de Nefertiti. Por otro lado, la vida familiar de Ana no está exenta de tensiones. Su padre la anima para que sea como las chicas de su edad, mientras que su madre quiere que se medique y la sobreprotege. Una novela de superación personal escrita con honestidad, que llegará al corazón de los lectores.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Octubre
Abril
Epílogo
Créditos
TODO ha salido mal. Como siempre.
Pensé que esta vez podría hacerlo, que en esto no tenía por qué quedarme atrás. Solo era una exposición oral en clase de Lengua con apoyo audiovisual: un cuarto de hora hablando sobre el tema que eligiésemos. Incluso me hacía ilusión. Desde que Susana, la profesora, nos dijo que empezásemos a prepararlo tuve claro qué tema escogería: el Antiguo Egipto. ¿Por qué no? He leído mucho sobre sus dioses y sus faraones, sobre su escritura, el arte y la vida cotidiana a orillas del Nilo. Si no fuera por mi enfermedad, me gustaría convertirme en egiptóloga algún día.
Si no fuera…
A veces creo que tendría que haberle dejado a mi padre enviar aquel justificante que preparó una vez, cuando estaba empezando primero de la ESO. Aquel que decía: «Mi hija Ana padece Trastorno Obsesivo Compulsivo, por lo que necesita repetir algunos comportamientos para evitar una crisis de ansiedad. También tiene que subrayar ciertas palabras cuando las ve escritas o pedir que se las repitan si alguien las pronuncia. Cuando se pone nerviosa evita el contacto ocular con otras personas, y en algunos casos tendrán que darle permiso para salir a lavarse varias veces seguidas. Podemos adjuntar informe médico».
El pobre imprimió la nota, la firmó y me la dio a espaldas de mi madre para que yo se la entregase a mi tutora. Pero mi madre se enteró; yo se lo dije. Me fiaba más de su criterio que del de ninguna otra persona en el mundo. Y mi madre puso el grito en el cielo. Estuvo más de una semana sin dirigirle la palabra a mi padre.
Por supuesto, no se volvió a hablar de informar a mis profesores sobre la enfermedad. Mi madre cree que no lo entenderían.
Y tiene razón. ¿Cómo van a entenderlo? ¿Cómo va nadie a entenderlo?
La exposición empezó bien. Había preparado un powerpoint con un montón de imágenes de Luxor, de la tumba de Tutankamón y del Valle de los Reyes. No necesitaba ningún guion, sabía perfectamente lo que quería contar: quería hablar de las altas columnas de Karnak, con sus capiteles en forma de flores de papiro. Y de la diosa Bastet con cara de gato. Del dios Thot, que tiene rostro de ibis e inventó la escritura, por lo que los hombres le estarán eternamente agradecidos. Y de Osiris y de la barca del Sol, que cada noche navega por un mar de oscuridad hasta emerger al otro lado del mundo.
Quería hablar de todo eso. Y lo estaba consiguiendo. Les enseñé a mis compañeros los cartuchos con el nombre de los faraones en escritura jeroglífica. Hablé de Champollion y del hallazgo de la piedra Rosetta, y de Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón. Hablé del Alto Nilo y del Bajo Nilo, de Tebas y de Menfis, de las crecidas que inundaban los campos cada año y fertilizaban la tierra, del dios Sobek con su rostro de cocodrilo y del otro río, el que los egipcios creían que fluía sobre sus cabezas, en el cielo, derramando de cuando en cuando sobre ellos sus riquezas en forma de lluvia.
Dejé para el final a mi preferida: Nefertiti, la esposa del revolucionario faraón Akenatón, que intentó acabar con el culto a las otras deidades para que los egipcios solo lo adorasen a él, encarnación en la Tierra del dios Sol. Nefertiti, la reina de belleza sobrecogedora, una belleza que todavía podemos admirar gracias al busto encontrado por arqueólogos alemanes a principios del siglo XX y que aún hoy se conserva en un museo de Berlín. Nefertiti, la del rostro encendido de vida, la del largo y delicado cuello en el que se aprecia el suave relieve diagonal de los músculos bajo la piel morena.
Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti.
Ya está: siete veces. Lo he repetido siete veces. Aquí es fácil, solo se trata de un diario. Nadie va a leerlo, puedo escribir el nombre de la reina del Nilo tantas veces como quiera.
Pero en clase no era tan fácil. Sobre todo en ese momento, en medio de la exposición, cuando todas las miradas estaban fijas en mí y yo me sentía casi normal, hablando de lo que más me gusta delante de mis compañeros.
Creo que todo empezó cuando vi el gesto de Laura, una chica que se sienta en la tercera fila. Vi que le daba un codazo a su compañera Eva, que las dos se miraban y que intercambiaban una sonrisa burlona. Se estaban riendo de mí. No solo de mí, también de ella. De Nefertiti, de su rostro casi perfecto, casi, solo casi, porque uno de sus ojos no conserva la pintura y mira ciego, fijo, como si ella nunca hubiese estado viva, como si solo fuese la ruina de un cuerpo, un recuerdo, solo un recuerdo que se va, que se esfuma, que se deja tragar por el olvido y la decadencia.
Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti. Nefertiti.
Aquí es fácil. Puedo repetir su nombre cuantas veces quiera.
Pero allí no; allí no era tan fácil. Necesitaba repetir su nombre sin que se notara, como si estuviese preparado, como si hiciese falta decirlo, como si no fuese una manía más de mi estúpido cerebro enfermo.
Las palmas de las manos me empezaron a sudar. Quería morirme. Quería que me tragase la tierra. ¿Cómo iba a conseguirlo? ¿Cómo iba a repetir siete veces su nombre sin parecer una tarada?
No sé ni lo que dije; varias frases que empezaban todas de la misma manera: Nefertiti esto. Nefertiti lo otro. Nefertiti lo de más allá. A la quinta repetición empezaron las risitas disimuladas. Susana se encaró con la clase, enfadada, y les mandó callar. Le hicieron caso. De todas formas, solo se habían reído dos o tres personas. Podría haber sido mucho peor, creo.
Repetí su nombre todavía dos veces más. Nefertiti. Nefertiti. Luego, terminé mi presentación deprisa y corriendo, sin acordarme de lo que tenía preparado para el final sobre la conquista de Egipto por parte de los griegos y sobre algunas figuras muy conocidas del periodo grecorromano, como Cleopatra.
Aun así, me aplaudieron.
Pero yo no podía pensar ya en nada ni concentrarme en nada; solo en la necesidad de volver a mi sitio y sacar aquel guion que no había utilizado y volver a escribir siete veces su nombre: Nefertiti. Nefertiti.
Ya está. Con estas dos vuelven a ser siete. Otra serie de siete, esta vez por escrito.
He intentado distraerme para no tener que completar la serie. He ido a la cocina, me he bebido un vaso de agua. Me he lavado las manos. Dos veces. Me he secado con un paño de cocina. También dos veces.
Pero la angustia no se iba.
Tuve que volver y escribir la última parte.
Casi no se nota. Casi no se nota que he escrito tantas veces su nombre porque no puedo remediarlo, porque mi cerebro no funciona bien, porque no sé controlarme ni aprenderé nunca, porque jamás podré tener una vida normal ni ir a ninguna parte ni estudiar en otra ciudad ni visitar Egipto ni dedicarme a lo que me gusta.
Porque soy una enferma. Porque siempre seré una enferma. Hay algo dentro de mí que no está bien, que me deforma entera, que me convierte en una caricatura de mí misma. Algo incomprensible; muerto; frío… Como ese ojo despintado en el rostro perfecto de la reina egipcia.
LOS egipcios. Nunca me habían interesado mucho hasta hoy. Bueno, de pequeño sí que me gustaban las historias de momias que custodian tesoros y todo eso, pero luego claro, pasas a otras cosas un poco más profundas (en mi caso fue El Señor de los Anillos) y ya no te acuerdas más de las momias. Como mucho en Halloween.
No tenía ni idea de que en el Antiguo Egipto hubiese tantas cosas increíbles aparte de las momias. Pero las había, ¡a montones! Unos templos altísimos, y pinturas en las tumbas que parecen cómics y que cuentan unas historias geniales, con teriomorfos como en los videojuegos, solo que allí no los consideraban monstruos, sino dioses: había una diosa con cara de gato, otro con cara de cocodrilo y otro con cara de pájaro raro que era el dios de la escritura.
Todo eso nos lo ha contado hoy en clase de Lengua una compañera, Ana. Estábamos los treinta y uno de la clase (contando a la profe) como hipnotizados escuchándola; en todo el tiempo que estuvo hablando no se oyó en el aula ni el ruido de una mosca.
Es curioso, porque Ana normalmente no es una chica que llame mucho la atención. Nunca va de lista, aunque tiene las mejores notas del instituto (eso me han dicho). Yo como soy nuevo la conozco poco todavía.
Se sienta en la cuarta fila, dos pupitres por detrás de mí. A lo mejor por eso hasta ahora no me había fijado bien en ella. Bueno, por eso y porque estaba demasiado ocupado mirando a Carolina, la rubia; pero es que es muy difícil no mirar a Carolina, con esa melena impresionante que tiene y todo lo demás.
Volviendo a Ana: no entiendo cómo no la había visto antes. Es decir, sí la había visto, pero no me había fijado hasta ahora en lo guapa que es. No como Carolina, que más que guapa es espectacular, sino de otra manera. Esta mañana, mientras ella hablaba delante de toda la clase, yo no podía apartar la mirada de sus ojos. Los tiene azules, casi grises, y grandes, como aterciopelados. Me recordaba a Arwen en El Señor de los Anillos. Su piel es clara y su pelo oscuro, como los de Arwen. Y parece envuelta en misterio, igual que ella.
Bueno, en realidad no se parece tanto a Arwen, porque no tiene las orejas puntiagudas (ja, ja, qué gracioso soy).
Y ahora en serio: Ana me gusta. Me gustan sus ojos, y su voz, que es suave y un poco insegura, y que sepa tanto sobre diosas con cara de gato y barcos mágicos que cruzan el cielo.
Yo creía que todos en la clase se habrían quedado tan impresionados como yo con sus historias sobre los egipcios, pero cuando le pregunté a Dani en Educación Física qué le había parecido, al principio ni siquiera sabía de qué le estaba hablando.
Al final, cuando lo entendió, me miró con esa cara que pone la gente cuando a la vez les das risa y un poco de pena.
—¿Te gusta Ana? Pues lo llevas crudo, chaval. Ella pasa de tíos. Pasa de todo el mundo. Es una tía super rara.
—¿La conoces mucho?
—Fuimos juntos a Primaria. Siempre ha sido rara. De pequeña le daban unas pataletas que nadie entendía. Se ponía a llorar como si la estuviesen matando. Y no estoy hablando de Infantil, ahí todos llorábamos. Pero mucho después, cuando ya estábamos en tercero o por ahí… ella seguía igual. No, peor. Nadie quería sentarse con ella.
—Pues a mí me parece muy normal.
—Se habrá ido calmando con los años —dijo Dani—. Pero de todas formas no se relaciona con nadie en la clase. Y su madre es una pesada. Viene cada dos días a hablar con los profesores; no solo con la tutora, con todos. Yo creo que están hasta las narices de ella.
—Pero ¿por qué viene tanto, si Ana va bien en clase? Yo lo único que había oído de ella es que es «Doña Sobresalientes».
—Sí, no sé quién le puso ese mote. Y sobre la madre, yo qué sé. Porque querrá que le hagan caso a su hija. Será una de esas madres que no hacen nada en la vida aparte de tomar cafés con otras madres y estar pendientes de sus hijos. Hay muchas de esas.
Estábamos en un rincón del gimnasio, esperando turno para tirar a la canasta. En la canasta del otro lado de la pista hacían cola las chicas. Ana se encontraba en la fila entre las demás, pero no hablaba con ellas. No hablaba con nadie.
—¿Tienes su teléfono? —le pregunté a Dani.
Me miró como si no se pudiese creer que le hubiese hecho aquella pregunta.
—Oye, tú estás fatal —me dijo—. No, no tengo su teléfono, y no creo que nadie de la clase lo tenga. Pero ¿tú has oído lo que te he contado?
—Vale —contesté—. De todas formas, quedaría raro llamarla sin haber hablado nunca antes, así que mejor se lo pido a ella.
NO sé qué hacer. Hoy me ha pasado algo que no esperaba, que ni siquiera me parecía posible: he hecho un amigo en clase… o algo parecido.
Se llama Bruno. Es nuevo en el instituto, por eso no se ha dado cuenta todavía de lo mío. No es que los demás lo sepan; yo nunca lo he contado, y tengo tanta práctica disimulando mis manías que muchas de ellas ni siquiera se notan. Pero de todas formas, notan algo raro y se mantienen alejados. O a lo mejor soy yo la que me mantengo a distancia, para evitar que me conozcan mejor. No sé; supongo que hay una mezcla de las dos cosas.
No siempre ha sido así. En Primaria tuve una amiga, Ainhoa. Todavía vamos a la misma clase, pero casi nunca hablamos. Dejó de venir a mi casa cuando estábamos en quinto, después de que, un día, yo la obligase a entrar y salir dos veces por la puerta.
Aquello nunca se me borrará de la memoria. Perdí completamente el control porque Ainhoa no quería hacer lo que yo le decía. Ya otras veces me había empeñado en que pasase dos veces por la puerta de mi habitación, y ella había aceptado, creyendo seguramente que era un juego. Aquella tarde, en cambio, dijo que no. Y cuanto más empeño ponía yo en convencerla, más se negaba. Hasta que algo dentro de mí se desató. Empecé a darme cabezazos contra la pared mientras gritaba. Ainhoa también se puso a gritar; estaba asustadísima. Cuando mi madre vino a ver qué pasaba, yo estaba sangrando de tanto golpearme la frente.
Justo después de aquello me diagnosticaron.
La verdad es que no me importa demasiado no tener amigas. Sé que, si las tuviera, no podría contarles lo que me pasa, así que no sería una amistad auténtica. El último psiquiatra al que fuimos me dijo que necesitaba relacionarme más. Mi madre lo miró como si fuera idiota, y yo respiré aliviada: al menos eso no me obligarían a hacerlo.
Pero lo de hoy me ha cogido desprevenida. No me lo esperaba. Bruno es uno de los chicos más guapos de la clase, pero cuando hablas con él da la impresión de que no lo sabe. Es mucho más alto que yo (casi me saca la cabeza) y tiene una sonrisa de persona buena, que confía en los demás. ¡Ojalá yo pudiese sonreír de esa forma!
