Palacios de papel - Ana Alonso - E-Book

Palacios de papel E-Book

Ana Alonso

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Beschreibung

Aprende un montón de cosas sobre algunas de las obras y personajes más importantes de la literatura universal. Pablo tiene catorce años y un canal de Youtube muy popular. Él se considera todo un influencer, pero no piensa en su responsabilidad hasta que, un día, después de publicar un vídeo hablando en broma de quemar libros, se entera de que se ha incendiado la biblioteca de la ciudad y una de sus seguidoras, Adriana, le acusa de ser el culpable. Las cosas se vuelven aún más extrañas cuando Adriana le asegura que algunos de los personajes de los libros han conseguido huir de las llamas y andan deambulando sin rumbo por la ciudad. Las investigaciones de Pablo le llevarán a una conclusión sorprendente. Además de disfrutar de la lectura, los alumnos aprenderán a identificar y contextualizar algunos de los hitos literarios de nuestra cultura.

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Seitenzahl: 112

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Contenido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

El dossier de Pizca de Sal

Créditos

CAPÍTULO 1

La alarma del teléfono saltó a las ocho en punto de la tarde, justo cuando Adriana estaba más enfrascada en la lectura de Cumbres borrascosas. Cathy acababa de confesar que amaba a Heathcliff. «No porque sea guapo, Nelly, sino porque es más yo que yo misma. Sea cual sea el material del que están hechas las almas, es idéntico en mí y en él. En cambio, la de Linton es tan diferente de la mía como la luz de la luna de un relámpago, o como la escarcha del fuego».De mala gana, pulsó el botón de detener, cerró el libro y, después de meterlo en su vieja cartera de piel, abandonó la sala general de lectura detrás de los pocos estudiantes que se habían quedado hasta el cierre de la biblioteca. En el corredor, se quedó un momento observándolos mientras bajaban las escaleras de baldosas blancas hacia la oscuridad, porque Ramón, el conserje, ya había apagado las luces de la planta baja. A continuación, giró hacia el lado contrario, atravesó el vestíbulo que daba acceso a los talleres infantiles y tomó el ascensor que subía al archivo.

Al llegar arriba, estuvo a punto de torcer a la izquierda para ir a la sala de paleografía, donde estaba su padre. Pero era pronto todavía, y no quería interrumpirlo. El manuscrito que estaba restaurando, un ejemplar de la primera edición en francés del Quijote, se encontraba horriblemente dañado por culpa de la humedad y requería toda su concentración. Así que, como casi todas las tardes, decidió esperarlo en el antiguo almacén.

Al abrir la puerta, el olor del papel polvoriento la envolvió por completo, amargo y apetitoso como el aroma del café recién hecho. Dejó escapar un suspiro involuntario de satisfacción. Allí nada cambiaba de un día para otro. Las brillantes encuadernaciones de cuero en las estanterías, la mesa de los ordenadores, el sofá chéster bajo la ventana y un par de butacas con la tapicería desgarrada dejando al descubierto, en algunas zonas, su sucio relleno verde… No le sorprendió demasiado que una de ellas estuviera ocupada por una muchacha.

La desconocida, al principio, no advirtió su presencia. Se hallaba totalmente embebida en la lectura de un delgado volumen encuadernado en cuero rojo. Adriana observó con curiosidad sus rasgos dulces, sus cejas bien delineadas sobre los ojos oscuros y aterciopelados, la brillante melena castaña que le caía sobre los hombros. Llevaba un vestido azul ceniza y un chal de ganchillo sobre los hombros.

—Catherine Earnshaw —murmuró, reconociendo a la protagonista del libro que estaba leyendo.

La muchacha alzó los ojos y la miró con una sonrisa entre dulce y desafiante.

—Solo Cathy, por favor —le corrigió—. ¿Te conozco? ¿Quién eres?

—Me llamo Adriana. Soy una lectora.

Tragó saliva. Aquellos primeros momentos con los visitantes del almacén siempre resultaban algo incómodos.

Cathy asintió.

—Las bibliotecas son lugares extraños. Salvajes. Como los páramos al final del invierno. Te adentras en ellos con el viento en la cara y sientes las espinas de los arbustos arañándote los brazos y las piernas, pero te dejas llevar por la inmensidad de todo lo que te rodea, ¿verdad? Los colores del brezo. El horizonte. El cielo. Sientes que el universo es muy grande y tú muy pequeña. Y eso te reconforta.

—Nunca he estado en esos páramos de los que hablas —murmuró Adriana, dejándose caer en el sofá negro para estar más cerca de su interlocutora—. Los conozco por el libro.

—Entonces, has estado en ellos. ¿O es que crees que lo que existe en los libros no es real?

—Creo que es real de otra manera. Pero sé que existe. Sé que existes.

Catherine le clavó sus ojos sombríos. Una sonrisa burlona iluminó su rostro.

—Por tu forma de hablar, cualquiera diría que soy un fantasma.

—Tú eres un fantasma para mí. Yo lo soy para ti. —Adriana se encogió levemente de hombros—. ¿Qué más da? Estoy acostumbrada a esto desde hace tiempo. Y, aunque no sé explicar por qué estamos sentadas una frente a otra, sé que no es un sueño, y que no estoy mal de la cabeza, y que los libros tienen magia. Están llenos de gente, llenos de vida. Son como… como palacios en miniatura. Palacios encantados.

La sonrisa había desaparecido del rostro de Cathy.

—Pareces muy segura de todo —murmuró, casi con melancolía—. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí.

Adriana asintió, pero estaba escuchando solo a medias. La luz azulada de una pantalla había atraído su atención. ¿Por qué estaba encendido aquel ordenador? Era un viejo equipo de su padre, y la única que lo usaba, normalmente, era ella.

Cathy siguió la dirección de su mirada.

—Ha sido Nemo otra vez —aclaró—. Está obsesionado con esa cosa. Y, cuando le preguntas por qué, dice que lo suyo siempre ha sido navegar.

Adriana sonrió.

—Tiene lógica. También se navega a través de esa máquina, aunque te parezca mentira. Ojalá se hubiera quedado un rato, hace tiempo que no lo veo. De todas formas, no suele ser tan descuidado. Es la primera vez que se lo deja encendido.

Adriana fue hacia el ordenador y se sentó frente a él para iniciar la secuencia de apagado. Pero no pudo evitar fijarse en el vídeo de YouTube que aparecía en la parte de arriba del navegador. El título, un rótulo blanco y recargado superpuesto a una imagen borrosa, le llamó la atención: «Si no existieran los clásicos».

Sin darse cuenta, apretó la mandíbula. ¿Por qué aquellas palabras la habían golpeado como una agresión?

Conocía de sobra al youtuber de aquel canal, Piratas del pasado. Firmaba como «Diego Doe», y tenía más de medio millón de suscriptores; todo un récord para un blog divulgativo. En sus vídeos, se planteaba hipótesis de historia alternativa. Uno de los más populares era el de «Si los romanos hubiesen apostado por la máquina de vapor». Había visto también uno que planteaba cómo sería la historia si China hubiese conquistado América, y otro sobre «Cómo habría sido la historia sin Napoléon». Más allá de su tono provocador y un poco infantil, la verdad era que el tipo razonaba de una manera original e interesante. En el de Napoleón, por ejemplo, sostenía que, sin él, los ideales de la Revolución francesa habrían calado mucho más deprisa en todas las potencias europeas de la época. Justo lo contrario de lo que se puede leer en muchos libros de Historia.

A Nemo le encantaba aquel canal. Incluso se había suscrito. Adriana le había enseñado cómo hacerlo.

Pero aquel título… ¿«Si no existieran los clásicos»?

Sin pensárselo demasiado, le dio a «Reproducir». Enseguida apareció Diego Doe, un chico alto y más bien grueso que hablaba con una voz muy grave, a pesar de que no tendría más de dieciséis años. Sostenía en la mano un ejemplar de una adaptación del Quijote.

—No me gusta leer por obligación —dijo, mirando con expresión artificialmente enfurruñada a la cámara—. ¿A vosotros os gusta? ¡A nadie le gusta! Así que mi expedición pirata de hoy por la historia alternativa os va a encantar a la mayoría, porque seguro que firmaríais por vivir en ese mundo. Un mundo sin clásicos. ¿Eh? ¿Cómo lo veis? Nada de libros que hay que adorar como vacas sagradas. Imaginaos un mundo así. ¿Os cuesta? Os voy a ayudar. No os asustéis que tengo el extintor aquí, por si acaso. ¿Alguna vez os han entrado ganas de quemar un libro mientras lo leíais? Yo este lo voy a quemar como gesto simbólico. Lo veis bien, ¿no?

Diego Doe mostró a la cámara un primer plano de la cubierta.

—No tengo nada contra Cervantes, ¿eh? —continuó—. Me cae hasta bien. Pero esto es un viaje pirata al presente alternativo. Quiero que lo sintáis como yo. Un mundo sin clásicos que tienes que leer porque te lo mandan. Qué liberación, ¿no? Pues vamos a ver lo que se siente. Y, por favor, no dejes de compartir tus reacciones dejando un comentario al final.

Adriana se quedó mirando con expresión hipnotizada mientras el youtuber cogía un mechero de cocina con la mano derecha, prendía la llama y la acercaba con una sonrisa entre cómica y malévola al libro. Una de las esquinas, la más alejada de sus dedos, comenzó a arder.

Adriana cerró de golpe el navegador y deslizó el ratón a toda velocidad hasta el botón de apagar el equipo.

—Ese tío es idiota —dijo, volviéndose a mirar a Cathy.

Sin embargo, la joven había desaparecido. En cambio, el que la estaba mirando con curiosidad desde el umbral de la puerta era su padre.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Te veo enfadada.

Adriana se dirigió mecánicamente a recoger su cartera y el libro que había dejado sobre el sofá.

—Es por un youtuber, Diego Doe, yo creo que te he hablado de él. ¿Sabes lo que acaba de hacer? Bueno, no sé cuándo lo habrá grabado, pero yo acabo de verlo. Ha quemado un libro en directo. Un ejemplar del Quijote.

Su padre, Víctor, frunció ligeramente el ceño detrás de sus gafas de montura redonda.

—Alguien tendría que denunciarle —murmuró—. Incitar a quemar libros, con los tiempos que corren… ¿Cómo dices que se llama? A lo mejor le propongo al director de la biblioteca que le ponga una denuncia.

—Su nombre en internet es Diego Doe, pero no sé cómo se llama en realidad. Aunque no creo que sea difícil averiguarlo. ¿De verdad crees que se le podría denunciar?

—Creo que estaría bien plantearlo —contestó Víctor con prudencia—. A mí me parece muy grave. Supongo que tendrá cientos de seguidores…

—Cientos de miles, papá. Es muy conocido.

—Razón de más, entonces. Lo hablaré con Jesús mañana. Son gestos muy peligrosos.

Mientras hablaban, habían salido juntos del almacén. Víctor introdujo la llave en la cerradura de la puerta para girarla.

—Oye, hablando de peligros… Ya te lo he dicho no sé cuántas veces. No invites a nadie a venir aquí. En principio, no deberías estar ni tú.

—Yo no he invitado a nadie —se defendió Adriana, mirando a su alrededor con desconfianza.

—Adriana… He visto a esa chica bajando las escaleras. ¿Por qué tienes que elegir siempre amigos tan raros? El otro día el del pantalón militar y el sombrerito. Y esta de hoy, con el vestido hasta los pies… ¿qué pasa? ¿Es hippie, neohippie, grunge? Estoy un poco perdido.

—Es Cathy. ¿No la has reconocido?

Sus ojos se encontraron con los de su padre y le sostuvieron unos instantes la mirada.

—No juegues conmigo, Adriana —dijo finalmente Víctor en tono de hastío—. Tengo una memoria impecable, y sé perfectamente que nunca había visto a esa chica. No más invitados aquí, ¿me oyes? No es nuestra casa.

—¿Seguro que no? —replicó Adriana con sarcasmo—. Pasamos más tiempo aquí que en nuestra casa…

Pero, en cuanto lo dijo, se arrepintió de haber hablado así. Ambos sabían que aquello no era culpa de Víctor, ni de ella, ni de nadie. Y también sabían que no tenía remedio… Pasase lo que pasase, era imposible que su casa volviese a parecer un hogar.

CAPÍTULO 2

Diego deslizó un par de centímetros el panel de la ventana para que el aire del exterior dispersase el olor a quemado. Los restos del Quijote carcomidos por el fuego yacían, tostados y quebradizos, en una bandeja metálica que había cogido de la cocina. Le tenía respeto al fuego, y no había querido correr ni el más mínimo riesgo.

Su amigo Pablo, que le había ayudado a grabar, removió el papel quemado con la punta del pie, desprendiendo algunos fragmentos.

—Mi madre tiene en su estudio una novela que se titula Los libros arden mal —contó, pensativo—. Parece que es verdad.

—Mejor. Me daba un poco de miedo que se nos complicase y se comiese la mitad del tiempo —Diego se sentó ante la pantalla y deslizó el ratón a toda velocidad para echar una ojeada rápida a los cientos de comentarios que se iba acumulando en su canal—. No quería irme a más de siete minutos. Ya van 700 me gusta. Y solo 24 no me gusta. Me esperaba más.

Pablo dejó escapar una risita que dejaba traslucir cierta admiración.

—No te preocupes, que te van a poner verde. Si eso es lo que querías, ya te digo yo que lo vas a conseguir.

Diego no contestó de inmediato, porque estaba leyendo de pasada algunos de los comentarios más largos.

—Lo que me frustra es que la gente se queda con la historia del libro quemado y pasa de contestar a lo demás. Argumentaciones, ni una. ¿Nadie tiene nada interesante que decir?

—Tío, lo estarán procesando, igual que yo. Lo de que «sin los clásicos» se habría avanzado más en la igualdad de género me ha parecido muy fuerte. Lo has dicho solo porque queda bien, confiésalo.

Diego suspiró, impaciente.

—Lo he razonado. No digo que sea del todo así, pero por lo menos vale la pena plantearlo. Porque las mujeres en los clásicos… a ver, casi nunca pintan nada.

—No puedo opinar, la verdad. De clásicos, solo he leído el Lazarillo, y es verdad que no aparecían chicas. Pero vamos… tú tampoco los has leído.