El último glaciar - Ana Alonso - E-Book

El último glaciar E-Book

Ana Alonso

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Beschreibung

Aprende un montón de cosas sobre desarrollo sostenible y la situación de las especies que viven en el Ártico. Incluye un dosier para sacar el máximo provecho de los contenidos tratados en la historia. La abuela Ruth ha recibido una carta que viene del Ártico. Es una petición de ayuda del capitán Plata, que necesita los superpoderes de Ruth para salvar un glaciar y a los osos que viven en él. Pero la abuela desconfía del capitán porque, aunque también es un superhéroe, cree que el fin justifica los medios. Lucas, Leonor y Ruth viajarán al Ártico en una aventura donde Lucas descubrirá un gran secreto sobre su familia.

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Seitenzahl: 53

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

El dosier de Pizca de Sal

Créditos

Para Bastian y Gael,lectores increíblesy amigos personales de Lucas.

CAPÍTULO 1

—Necesitaba de verdad estas vacaciones —dijo Leonor—. ¡Por fin un poco de descanso!

Estábamos flotando uno al lado del otro a poca distancia de la playa. Para no tener que volver a la sombrilla a por el almuerzo, mi amiga estiró su brazo superelástico por encima de la gente y cogió nuestras botellas de batido de fruta. Se oyeron algunos «ohs» y «ahs» de sorpresa, pero no hicimos caso.

—Ser una superheroína tiene sus ventajas —dijo Leonor—. No todo va a ser perseguir supervillanos sin parar. Lucas, ábrelas tú...

Convertí dos dedos de mi superbrazo-garfio en un abridor de botellas y lo usé para abrir los batidos. Después, le lancé las chapas a mi mascota Juglar, que estaba haciendo castillos de arena en la orilla. Juglar las atrapó con el hocico y las colocó como ventanas en una de sus torres. Es el cerdo más listo que he conocido nunca.

Cerré los ojos mientras sorbía mi batido y disfrutaba tranquilamente de la vida... Hasta que una voz destemplada me sobresaltó, y a punto estuve de hundirme.

—Lucas, Leonor... ¿No podéis parar? ¡Estáis llamando demasiado la atención!

Era la abuela Ruth, que nos miraba furiosa. La verdad es que pocas veces la he visto de tan mal humor. Se había metido en el mar hasta la rodilla para regañarnos, y se había enfadado tanto que le salía un poco de humo rojizo del moño.

Nadamos hacia ella mientras la gente, a nuestro alrededor, nos miraba con disimulo.

—Pero ¿qué pasa, abuela? No estábamos haciendo nada malo —dije.

—Leonor, todo el mundo ha visto tu brazo cruzando la playa de un lado a otro —respondió la abuela en tono agrio—. Y a ti, Lucas, abriendo las botellas y lanzándole las chapas a Juglar, que no es precisamente una mascota normal. Todos se fijan en nosotros y eso no me gusta.

—No entiendo nada —confesé—. ¿Desde cuándo te importa tanto a ti la opinión de los demás?

—¡Desde que quiero disfrutar de unas vacaciones tranquilas y no puedo! —estalló la abuela—. ¿No veis que, si se extiende el rumor de que somos superhéroes, la gente no nos dejará en paz? Tendremos que empezar a firmar autógrafos, pero eso solo será el principio. Después querrán que salvemos a sus gatitos y que abramos las cerraduras de sus puertas porque se habrán dejado la llave en casa y que hagamos reverdecer sus geranios mustios porque se han olvidado de regarlos y que les arreglemos la lavadora...

—Ruth, creo que estás exagerando un poco —interrumpió Leonor.

—Puede ser. Pero no quiero más demostraciones de superpoderes en esta playa —replicó la abuela—. Necesito estas vacaciones. Las necesito más que nunca. Y ahora, me duele la cabeza... Creo que voy a subir a dormir la siesta al apartamento. Bip y Clarissa cuidarán de vosotros. No olvidéis darle la merienda a Juglar. Le he traído unas trufas. Luego nos vemos.

La abuela salió del agua y nosotros la observamos alejarse preocupados.

—¿Desde cuándo Clarissa y Bip pueden cuidar de nosotros? —preguntó Leonor—. Siempre ha sido al revés...

Tenía mucha razón en lo que decía, porque Clarissa es su robot, y Bip es el mío. Nosotros les hemos enseñado todo lo que saben y nos hemos ocupado siempre de ellos. No están programados para cuidar niños, sino para detectar supervillanos y actuar deprisa.

Nadamos un poco más y salimos a secarnos. La abuela había dejado sobre una toalla la bolsa de trufas para Juglar. Pero, cuando se las dimos, el cerdo arrugó la nariz con cara de asco y no quiso comérselas.

—¿Qué le pasa? —pregunté—. Si es su comida favorita...

Leonor abrió la bolsa y olió las trufas. Soltó una carcajada.

—Son trufas, sí... ¡pero de chocolate, no trufas de verdad! ¿En qué estaría pensando tu abuela? Juglar odia el chocolate.

—Se ha debido de equivocar de bolsa. Seguro que ha echado las trufas de Juglar a los helados que estaba haciendo.

—Bueno, estarán ricos de todas formas. La trufa-seta tiene un sabor un poco raro, pero delicioso —opinó Leonor.

Nos sentamos a descansar debajo de la sombrilla. Bip y Clarissa estaban jugando al vóley-playa, y no nos hacían ni caso. En cuanto a Juglar, estaba decorando su castillo de arena con conchas y caracolas.

Intenté leer un rato mi cómic de Spiderman, pero no me concentraba.

—Esto no es normal —estallé por fin—. A la abuela le pasa algo.

Leonor levantó la vista de su libro de aventuras y me miró.

—¿Tú también lo has notado? —dijo—. No parece ella. Se enfada por cualquier cosa, y está muy despistada, como si tuviera la mente en otro sitio.

—Es verdad —coincidí—. La idea de estas vacaciones fue suya. Dijo que este descanso nos vendría bien para recargar las pilas. ¡Pero no lo está disfrutando nada!

—Además, yo la encuentro un poco triste —opinó Leonor—. Ayer por la noche, cuando salimos a ver los fuegos artificiales... ¿no te fijaste en que tenía lágrimas en los ojos?

—Bueno, es que los fuegos artificiales siempre le han gustado mucho.

—Sí, pero cuando terminaron, suspiró y dijo... «Han estado bien. Pero lo que de verdad me gustaría a mí es ver una aurora boreal».

—Yo no lo oí... ¿Qué es una aurora boreal? —pregunté.

Leonor, que está muy bien informada sobre casi todo, me lo explicó en pocas palabras.

—Son unas luces que aparecen en el cielo de los polos, pero naturales, no artificiales. Yo he visto algunas fotos, parecen preciosas.

—¿Y por qué la abuela pensaría en ellas al ver los fuegos artificiales? Todo esto es muy raro.

Leonor se enroscó la coleta en un dedo y me miró con aire misterioso.

—No sé lo que le pasa a tu abuela Ruth, pero creo que tengo una pista —dijo.

—¿Una pista? ¿Qué pista?

—Ayer por la mañana, ese mensajero que vino... ¿Te acuerdas? No traía un paquete, traía una carta. Una carta metida en un sobre, al estilo antiguo. Tu abuela se puso muy pálida al ver el sello. Se metió en su cuarto para leerla y tardó dos horas en salir. Y, cuando salió..., tenía cara de haber llorado.

—Hay que averiguar qué ponía en esa carta —dije—. ¿Dónde la habrá guardado?

—La tiene metida en su bolso. Hoy, mientras estaba tumbada en la hamaca, la sacó y se puso a leerla otra vez.