Los tres peregrinos - Ana Alonso - E-Book

Los tres peregrinos E-Book

Ana Alonso

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Hana, una niña palestina, Ezra, un niño israelí, y Diego, un niño español, participan en un programa cultural para recorrer en grupo el Camino de Santiago como peregrinos. Pero en León una misteriosa mujer les entregará un objeto que transformará el viaje en una aventura, y que unirá sus destinos para siempre. Además de disfrutar de la lectura, aprenderán sobre el Camino de Santiago y la geografía de sus lugares, y descubrirán las tradiciones artísticas asociadas a esta vía de peregrinación, así como la importancia de la música medieval.

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Seitenzahl: 83

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Ana Alonso

Los tres peregrinos

Ilustraciones de Jordi Vila Delclòs

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Las fichas de pizca de sal

Créditos

CAPÍTULO 1

Diego, ¿todo bien? ¿Qué tal el grupo?

Leo de reojo el mensaje de mi madre en el wasap. Ahora no puedo contestarle, está a punto de comenzar el concierto. Y con él, el viaje más raro de mi vida.

Mientras los músicos (seis en total) afinan sus instrumentos medievales, yo respiro hondo nueve veces seguidas. Ese truco nos lo enseñó Mari Carmen, la profe de Educación Física, para calmarnos antes de los exámenes. Esto no es un examen, pero estoy casi tan nervioso como si lo fuera. Aunque, de momento, solo tengo que escuchar la música y relajarme. Y si hay algo que me gusta en este mundo es la música.

Si no fuera por la música, no estaría aquí, en León, a casi ochocientos kilómetros de mi casa en Alicante. La invitación para participar en el programa «Hacemos Camino» me llegó a través de Áurea, mi profesora de piano.

—Es una oportunidad única, Diego —me dijo—. Están buscando a diez chicos y chicas españoles que sobresalgan en distintas áreas del arte, del deporte o de otras materias para invitarlos a realizar a pie el último tramo del Camino de Santiago, entre León y Compostela. Los otros diez participantes serán alumnos de español avanzado de distintos lugares del mundo. Se trata de compartir experiencias, de aprender unos de otros, de convivir.

Tengo que decir que, según me lo explicó Áurea, la idea no me pareció tan apasionante.

—¿Una invitación para viajar a pie? No se van a gastar mucho dinero en nosotros, ¿eh? —fue lo primero que le dije—. No sé si me apetece andar tanto. Desde León a Santiago de Compostela... No sé cuántos kilómetros hay, pero deben de ser muchísimos. ¿Cuántos días se tarda?

—Trece días —me explicó Áurea—. Caminando entre veinticinco y treinta kilómetros al día.

—¿Estás de broma? Eso es demasiado. ¿Por qué iba a querer pasarme las vacaciones andando? ¿Y eso es una oportunidad? No me interesa.

Áurea me miró con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Qué pasa, eres de los que creen que para vivir grandes experiencias hay que viajar en coches de lujo o en cohetes espaciales? —me preguntó—. No, tú no eres así, Diego. Al contrario, eres la clase de persona que puede disfrutar de una aventura como esa. No se trata solo de andar. Vas a recorrer un camino que a lo largo de los siglos han transitado miles y miles de personas. Peregrinos. Venían de toda Europa. Cada uno tendría sus motivos para ir a Compostela. Pero piensa que esos motivos debían de ser muy fuertes para que decidiesen dejar su vida normal y pasarse meses caminando.

—Motivos religiosos —contesté yo—. Era otra época.

—No te equivoques. Sea por motivos religiosos o de otra clase, alguien que emprende una peregrinación no es un turista; es un viajero que está abierto a conocer, a cambiar, a aprender. Es alguien que se está buscando a sí mismo.

—Yo no necesito buscarme a mí mismo. Ya sé lo que quiero. La música...

—Sí, Diego. La música es tu vida, lo tienes muy claro. Y es una suerte: pocos chicos de trece años saben con tanta claridad a qué quieren dedicarse. Eso, por no hablar de tu talento... No me mires así, lo tienes y lo sabes, no es ningún crimen hablar de ello.

—Bueno, pues si estás de acuerdo conmigo, no sé para qué quieres que haga la peregrinación esa. Tendré que estar trece días sin tocar el piano. Eso es mucho. Perderé todo lo que he mejorado últimamente.

Áurea me miró con una sonrisa que, no sé por qué, me pareció que era de lástima.

—Ay, Diego: eres muy buen músico, pero no entiendes nada de esta profesión. Un músico es un artista, y un artista no es solo alguien que ensaya mucho hasta que domina una pieza musical. Es alguien que se expresa a través de su arte, que se comunica con él. Pero para tener algo que expresar y que contar, hay que vivir. Hay que aprender, hay que enfrentarse con lo que a uno le da miedo. Hazme caso, acepta la invitación del programa «Hacemos Camino». Conocerás gente de tu edad, gente interesante. Seguro que alguno de ellos terminará siendo tu amigo. Y además, el programa incluye actividades culturales, conciertos, exposiciones, charlas...

—Suena demasiado parecido al instituto —recuerdo que dije.

Áurea se echó a reír.

—Acepta —insistió—. Todo lo que te enriquece como persona te enriquece también como músico. Hazme caso.

Le hice caso, y aquí estoy. No sé si me arrepiento o no. Ahora mismo podría encontrarme en la playa de San Juan con mis amigos, disfrutando de estos primeros días de septiembre, que en Alicante son los mejores para bañarse. Y en lugar de eso, me acabo de sentar en una silla de plástico en el claustro de la catedral de León, en la primera fila. El concierto de música sefardí va a empezar enseguida.

—Seguro que me sé alguna canción. Es la música de mis antepasados —dice un chico que se sienta a mi derecha.

Tiene el pelo castaño y muy rizado. También participa en el programa. Se llama Ezra y viene de Israel. Por lo visto es un genio del violín. Esta mañana, durante las presentaciones, nos contó que la familia de su madre era de origen sefardí. Eso quiere decir que desciende de los judíos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos a finales del siglo XV.

La chica que está sentada a mi lado lo mira con cara de enfado. Se llama Hana, es palestina, y también quiere dedicarse a la música.

—Eso es lo que toco yo —dice, apuntando a un instrumento de cuerda que se parece a un laúd—. Bueno, eso, la guitarra y otras cosas.

Tanto Hana como Ezra hablan un español casi perfecto. Supongo que por eso los han elegido para el programa. Ellos dos y yo somos los únicos músicos del grupo, por eso nos han sentado a los tres juntos en primera fila.

A mí me han colocado en el medio, y no creo que sea por casualidad. Desde que nos presentamos todos esta mañana, he notado que entre Ezra y Hana hay mucha tensión. Es como si se odiasen, aunque no se conocen de nada ni se habían visto nunca antes. Oí comentar a uno de los monitores que Hana había intentado borrarse del programa al saber que participaba un chico israelí, pero al final la habían convencido para que se quedase.

La verdad es que yo no sé mucho del conflicto entre palestinos e israelíes. Sé que se llevan mal, que ha habido guerras entre ellos, y nada más. Pero me imagino que debe de ser difícil convivir durante trece días con alguien a quien consideras un enemigo. Entiendo que Hana no esté contenta. Y que Ezra la ignore, como si no la oyese cuando habla.

Lo que no entiendo es por qué me han tenido que colocar a mí justo entre los dos, como para separarlos... ¿Y esto va a ser así durante los trece días de viaje hasta Compostela? Espero que no, porque va a resultar un poco violento.

—Ya empieza —susurra Hana a mi lado. Y se sacude hacia atrás la larga trenza negra con un gesto de impaciencia. Se nota que está ansiosa por oír la música.

Se oye el quejido de un instrumento de madera que se parece un poco a una viola. Pronto se le unen los otros instrumentos. Suenan antiguos, extraños. Y en el centro de todos ellos se eleva una voz, una voz de mujer. Una voz que canta en castellano antiguo... o eso parece. En realidad, está cantando en ladino, que es el español que hablaban los judíos expulsados por los Reyes Católicos. Ellos han conservado muchas palabras y formas de pronunciar que se han perdido en el español moderno.

La voz de la cantante es delicada y fuerte a la vez. En algunos momentos casi parece un llanto. En otros, suena alegre y expresiva. En el programa de mano que nos han dado, leo el nombre de la cantante: Margalit Matos. Es una mujer de mediana edad y rostro cansado. Lleva el pelo recogido en un moño, y un vestido negro con lentejuelas plateadas que no le sienta demasiado bien. Pero todo eso se te olvida cuando la oyes cantar. Entonces solo te fijas en sus ojos brillantes, en su entusiasmo. Y en la música. Sobre todo en la música.

Las canciones que canta tienen títulos muy bonitos: «En la mar hay una torre», «Scalerica d’Oro», «Alta es la luna»... Una de las que más me gusta se llama «Los bilbilicos». Parece que habla de unos pájaros que cantan en un árbol.

—¿Qué son los bilbilicos? —le pregunto a Ezra al terminar la canción, mientras aplaudimos.

—Son los pájaros que vosotros llamáis «ruiseñores» —me explica—. Esta es una de las canciones sefardíes más conocidas.

Miro de reojo a Hana, y me doy cuenta de que está escuchando con interés lo que dice Ezra, aunque intente aparentar indiferencia.

Cuando termina el concierto, Hana está sonriendo de oreja a oreja. Parece que la música le ha hecho olvidar sus problemas con Ezra. Se la ve relajada, contenta, radiante. Yo también me siento un poco así. No sé qué pasará mañana, no sé si me arrepentiré de haberme embarcado en esto, pero ahora mismo no cambiaría lo que acabo de vivir por la playa de San Juan.

Todo el grupo se ha levantado ya de sus asientos y comienzan a reunirse alrededor de David, uno de los monitores. Pero a nosotros se nos acerca Luz, la otra monitora, que es de Galicia.

—Como vosotros sois músicos, pensé que os haría ilusión saludar a Margalit, la cantante —nos dice—. ¿Queréis que os la presente?

Los tres decimos que sí, claro. Así que Luz nos lleva a un rincón del claustro donde Margalit está charlando con otro de los músicos.