Ensayos - Rosario de Acuña - E-Book

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Rosario de Acuña

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Beschreibung

Bienvenido a la colección Ensayos. Una selección especial de la prosa de no ficción de autores influyentes y notables. Este libro reúne algunos de los mejores ensayos de Rosario de Acuña, sobre un amplio número de temas, incluyendo feminismo, sociedad, familia y muchos más.Rosario de Acuña una escritora, pensadora y periodista española. Considerada ya en su época como una de las más avanzadas vanguardistas en el proceso español de igualdad social de la mujer y el hombre y los derechos de los más débiles en general. Muchas de sus obras más relevantes fueron publicadas por Tacet Books.El libro contiene los siguientes textos:- El lujo en los pueblos rurales; - La educación agrícola de la mujer; - Influencia de la vida del campo en la familia; - Consecuencias de la degradación femenina; - Algo sobre la mujer; - ¡Pobres niños!; - La ramera; - Los convencionalismos; - La higiene en la familia obrera; - ¡España!

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Seitenzahl: 291

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Tabla de Contenido

Título

Introducción

La Autora

El lujo en los pueblos rurales

La educación agrícola de la mujer

Influencia de la vida del campo en la familia

Consecuencias de la degradación femenina

Algo sobre la mujer

¡Pobres niños!

La ramera

Los convencionalismos

La higiene en la familia obrera

¡España!

About the Publisher

Introducción

"El ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía y hace excursiones del uno al otro"

Eduardo Gómez de Baquero

El ensayo es un tipo de texto en prosa que explora, analiza, interpreta o evalúa un tema. Se considera un género literario comprendido dentro del género didáctico.

Casi todos los ensayos modernos están escritos en prosa. Si bien los ensayos suelen ser breves, también hay obras muy voluminosas como la de John Locke Ensayo sobre el entendimiento humano.

En países como Estados Unidos o Canadá, los ensayos se han convertido en una parte importante de la educación. A los estudiantes de secundaria se les enseña formatos estructurados de ensayo para mejorar sus habilidades de escritura, o en humanidades y ciencias sociales se utilizan a menudo los ensayos como una forma de evaluar el conocimiento de los estudiantes en los exámenes finales, o ensayos de admisión son utilizados por universidades en la selección de sus alumnos.

Por otra parte, el concepto de "ensayo" se ha extendido a otros ámbitos de expresión fuera de la literatura, por ejemplo: un "ensayo fílmico" es una película centrada en la evolución de un tema o idea; o un ensayo fotográfico es la forma de cubrir un tema por medio de una serie enlazada de fotografías.

El ensayo literario se caracteriza por su amplitud en tratar los temas. La mayoría parten de una obra literaria pero el ensayo literario no se limita a su estudio exclusivo. Es un texto subjetivo donde se combinan la experiencia del ensayista, hábitos de estudio, trabajo literario y opiniones de una persona que muestra interés en la literatura. Los ensayos literarios tienen características comunes: subjetividad, sencillez y estilo del ensayista. En cambio el ensayo científico trata un tema del campo de las ciencias formales, naturales y sociales con creatividad, logrando una combinación del razonamiento científico con el pensamiento creativo del ensayista. Del aspecto artístico toma la belleza y la expresión a través de la creatividad sin descuidar el rigor del método científico y la objetividad de las ciencias.

La lógica es crucial en un ensayo y lograrla es algo más sencillo de lo que parece: depende principalmente de la organización de las ideas y de la presentación. Para lograr convencer al lector hay que proceder de modo organizado desde las explicaciones formales hasta la evidencia concreta, es decir, de los hechos a las conclusiones. Para lograr esto el escritor puede utilizar dos tipos de razonamiento: la lógica inductiva o la lógica deductiva.

De acuerdo con la lógica inductiva el escritor comienza el ensayo mostrando ejemplos concretos para luego inducir de ellos las afirmaciones generales. Para tener éxito, no solo debe elegir bien sus ejemplos sino que también debe presentar una explicación clara al final del ensayo. La ventaja de este método es que el lector participa activamente en el proceso de razonamiento y por ello es más fácil convencerle.

De acuerdo con la lógica deductiva el escritor comienza el ensayo mostrando afirmaciones generales, las cuales documenta progresivamente por medio de ejemplos bien concretos. Para tener éxito, el escritor debe explicar la tesis con gran claridad y, a continuación, debe utilizar transiciones para que los lectores sigan la lógica/argumentación desarrollada en la tesis. La ventaja de este método es que si el lector admite la afirmación general y los argumentos están bien construidos generalmente aceptará las conclusiones

La Autora

Hija única de Dolores Villanueva y Elices y de Felipe de Acuña y Solís, de rancio abolengo aristocrático y descendiente del Obispo Acuña, famoso líder comunero. Su nacimiento, según las fuentes anteriores a 2000, ocurrió en la localidad de Pinto, pueblo cercano a Madrid, en 1851, y según investigaciones del profesor Fernández Riera publicadas en 2005, en la calle de Fomento de la capital española, en 1850. El ilustrado ambiente familiar y una grave afección ocular fomentaron una personalidad culta, sensible y con una fuerte base intelectual (intensificada por la tutela paterna). Con apenas diecisiete años, viajó al extranjero, visitando la Exposición Universal de París (1867) y más tarde residió una temporada en Roma, donde su tío, Antonio Benavides, era embajador español.

Su primera colaboración periodística se documenta en 1874, en La Ilustración Española y Americana, y su bautismo literario ocurrió el 12 de enero de 1875, fecha en que se estrenó en el Teatro del Circo, en Madrid, su primera obra de teatro, Rienzi el tribuno —un alegato contra la tiranía—, cuando la autora todavía no había cumplido los veinticinco años de edad.nota 26 No solo el público asistente, sino además críticos como Clarín o venerables dramaturgos como José de Echegaray o Núñez de Arce, le dieron su aplauso y bendición; no en vano, la obra era una llamada a la libertad, y la nueva autora -¡una mujer¡- cerraba filas en el grupo de la intelectualidad liberal española del momento.

Dos meses después de su brillante estreno teatral, contrajo matrimonio con Rafael de la Iglesia y Auset, joven de la burguesía madrileña y teniente de Infantería. Antes de terminar ese año de 1875 se trasladaron a Zaragoza, destino militar del marido de Rosario, aunque pronto retornarían a Madrid. Continuó Rosario su labor como dramaturga y el 27 de noviembre de 1878 estrenó en la mencionada capital aragonesa su segundo drama Amor a la patria (firmado con el seudónimo "Remigio Andrés Delafón"). Y dos años después, el 6 de abril de 1880, estrenó en el Teatro Español de Madrid Tribunales de venganza.

En ese periodo, su matrimonio se había ido descomponiendo, hasta que la reiterada infidelidad de su esposo la llevó a tomar la decisión de abandonarlo, algo inconcebible en España en aquel momento histórico. Otro golpe importante fue la muerte de su padre en enero de 1883.

Como periodista, Rosario desarrolló todo un programa de denuncia contra la desigualdad social entre la mujer y el hombre y contra la institución que "no solo lo permitía sino que lo alimentaba", tarea en la que destacaron desde 1884 sus colaboraciones con Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario madrileño fundado y dirigido por Ramón Chíes, y formando frente con Ángeles López de Ayala. Ese espíritu beligerante (o inconcebible, o lúcido, o valiente, o endemoniado, en función de quién pusiera el adjetivo) la acercó a la intelectualidad progresista española masculina, convirtiéndose en la primera mujer a la que el Ateneo de Madrid dedicó una velada poética. Ocurrió en la primavera de 1884 y aunque el acto en sí no pasó de una sencilla lectura poética, no tardó en convertirse en otro episodio provocativo para unos y emblemático para los opuestos. Su producción, tanto creativa como periodística, había ido aumentando. En ese periodo central de su vida son muy habituales las colaboraciones en los principales diarios (El Imparcial, El Liberal) y revistas españolas (Revista Contemporánea, Revista de España). Autora conocida y reconocida participó en los sectores sociales y culturales afines al libre pensamiento que apoyaban los republicanos, con proposiciones tan conflictivas como la separación de la Iglesia y el Estado. En esa misma línea, con 35 años, Rosario ingresó en una logia de adopción masónica, la Constante Alona de Alicante, con el nombre simbólico de «Hipatia», que aparecerá desde entonces en muchos de sus escritos; el acto de su iniciación en dicha logia se celebró el 15 de febrero de 1886. También estuvo vinculada a la logia Hijas del Progreso de Madrid en 1888 y a la logia Jovellanos de Gijón a partir de 1909. En los últimos años de la década de 1880 desplegó una gran actividad viajando por Galicia, Asturias, Andalucía, el Levante español.

En el umbral de la última década del siglo XIX, Rosario de Acuña dio a luz su drama más valiente y desde luego el más famoso por atrevido y escandaloso. Como ninguna compañía estable se atrevía a ponerlo en escena, la autora creó su propia compañía, alquiló el Teatro Alhambra de Madrid, y estrenó El padre Juan en abril de 1891, resultando clamorosos el éxito y el escándalo. Obra anticlerical por antonomasia, acusando a la Iglesia católica de institución "manipuladora y moldeadora de conciencias" y echando por tierra buena parte de los intocables pilares de la sociedad burguesa.

Pero a pesar de haber superado la censura previa y contar con el permiso pertinente, el gobernador de Madrid ordenó la clausura del teatro y la interrupción de las funciones. Rosario decide entonces abandonar la capital de España y hace un breve viaje por Europa. A su regreso, Rosario trasladó su residencia al pueblo de Cueto, en las afueras de Santander. La acompañaron, además de su madre, Carlos Lamo Jiménez —un joven que había conocido en Madrid en 1886 y que ya nunca la abandonaría— y la hermana de este, Regina.

Rosario de Acuña, amante del campo y de la naturaleza, llegó a convertirse en una experta en avicultura y una auténtica innovadora en su época. Habiendo acudido a la primera Exposición de Avicultura, celebrada en Madrid en 1902, y publicado en el diario El Cantábrico de Santander una colección de artículos técnicos sobre este primitivo recurso agrario, llegó a recibir una medalla por sus estudios prácticos, investigaciones y labor de difusión de la industria avícola, como un planteamiento de alternativa para la mujer rural.

En 1905, fallece su madre en Santander, y Rosario escribe un soneto dedicado a ella, que incluirá en el testamento que redactó en 1907, con el expreso deseo de colocarlo sobre una losa, junto a la tumba donde descansaban sus restos. La dedicatoría completa decía: "A mi madre, Dolores Villanueva, viuda de Acuña, aquí yacente desde 1905"

Después de que los dueños de la finca santanderina en que había montado la granja le rescindieran el contrato —sometidos quizá a presiones de las fuerzas conservadoras—, Rosario se trasladó a la vecina Asturias y, con el apoyo del Ateneo-Casino Obrero de Gijón, inició en 1909 la construcción sobre un acantilado de su solitaria casa en "La Providencia" (Gijón), en la que habitaría ya desde 1911 hasta su muerte.

Instalada en "La Providencia", Rosario desataría de nuevo la furia en todos los estamentos convencionales de la España profunda y retrógrada, con la publicación de un artículo que le envía a Luis Bonafoux, editor en París del periódico El Internacional («L'Internationale»), en el que muestra su indignación e ironiza el suceso ocurrido en Madrid, reseñado en el Heraldo de Madrid del 14 de octubre de 1911, a propósito de los insultos de un grupo de estudiantes a universitarias de la Universidad Central, artículo que, reproducido también en El Progreso de Barcelona del 22 de noviembre de 1911, causó tal escándalo que desató una huelga masiva de estudiantes. Para mayor oprobio de la Historia de España, el gobierno decidió tomar partido del lado de los huelguistas —esta vez sí— planteando el procesamiento de Rosario de Acuña. Ante la perspectiva de ir a prisión, Rosario de Acuña tuvo que exiliarse en Portugal, coincidiendo con la instauración de la república lusa. Poco más de dos años después, en 1913, regresó del exilio gracias al indulto propuesto para ella por el conde de Romanones (que 'justificó' el perdón con estas palabras: "Rosario de Acuña, que debe tener más años que un palmar, ha de volver a la Patria, porque es una figura que la honra y enaltece").

La última bofetada a los prejuicios sociales y las imposiciones de la tradición española, quedó escrita en el testamento de Rosario:

"Habiéndome separado de la religión católica por una larga serie de razonamientos derivados de múltiples estudios y observaciones, quiero que conste así, después de mi muerte, en la única forma posible de hacerlo constar, que es no consintiendo que mi cadáver sea entregado a la jurisdicción eclesiástica testificando de este modo, hasta después de muerta, lo que afirmé en vida con palabras y obras, que es mi desprecio completo y profundo del dogma infantil y sanguinario, cruel y ridículo, que sirve de mayor rémora para la racionalización de la especie humana".

Murió a causa de una embolia cerebral en su casa de «La Providencia» el 5 de mayo de 1923, y fue enterrada en el Cementerio Civil de Gijón. En los diarios de aquellas fechas, como El Noroeste, ha quedado noticia de que la manifestación del pueblo asturiano fue extraordinaria.

El primero de mayo de 1923, en un reunión con los obreros gijoneses del mencionado Ateneo de la ciudad, había sido última voluntad de Rosario la representación, como recuerdo póstumo, de su obra El padre Juan, "censurada por el Gobierno Español por considerarla racionalista",. Como tal deseo fue puesta en escena por la Sección Artística Obrera del Ateneo y representada en el Teatro Robledo de Gijón. Como el Cid Campeador, astuto y mítico varón hispano, Rosario de Acuña, derrotó a sus enemigos una vez más, incluso después de muerta.

El lujo en los pueblos rurales

Grande es la obligación en que me encuentro con los lectores de la GACETA AGRÍCOLA, si he de demostrar el sincero agradecimiento que guardo por la benévola acogida que ha merecido mi anterior trabajo, Influencia de la vida del campo en la familia. Deber ineludible es en mí corresponder a tal favor con el mayor esfuerzo de inteligencia que me sea posible, dado mi pobre valer y mis escasos conocimientos. Mucha gratitud debo a las personas de eminente saber y elevadísima posición que, con sus plácemes conmovedores y sus calificaciones honrosísimas hacia mi persona, han demostrado su completa anuencia hacia los pensamientos manifestados en mi trabajo, y grande es el compromiso adquirido por tan halagüeño resultado, si he de seguir merecedora de su estimación y aprecio... Guiada por el deseo de no aparecer ingrata; poseída también de las santas verdades del Evangelio, derivadas de la eterna ley de la naturaleza, que alejan de nuestro pensamiento toda imagen banal y pueril, colocando al alma en actitud de apreciar los hermosísimos dones que nos otorgó el Creador, sin las pompas fastuosas de una soberbia sensual y frívola; guiada por el raciocinio de un sentido común práctico y observador, y deseando corresponder, aunque sea muy pobremente, al favor que el público me ha dispensado, es como hoy me atrevo a penetrar en el campo de las investigaciones sociales, donde todo está por decidir, aun a pesar de tanto como ya se ha dicho, y de lo que aun se dirá, donde se descubren pavorosos problemas irresueltos todavía, que estarán sin resolver largas miríadas de siglos, y que amontonan en los horizontes del porvenir grandes masas de nubes, henchidas de discordias que arrojarán sus teas en los fértiles valles de nuestro mundo, cubriéndolos de sangre, de llamas y de crímenes, y preparando a las generaciones futuras una senda aspilleraza por los odios y las pasiones.

Sin vacilación penetraré en esos escabrosos abismos sociales, y recogiendo el pensamiento, procuraré desentrañar un mal profundo, corroedor, insignificante ante los ojos del indiferente, del egoísta, o del descreído, pero cuyos efectos terribles conmueven nuestra patria llenándola de un malestar indefinible, haciendo el vacío en torno de los hogares, desarrollando la envidia en el corazón de los hermanos, atrayendo la hipocresía, el descreimiento y la soberbia sobre las masas populares, e impulsando a quiméricos ideales a las imaginaciones débiles y enfermizas, faltas de educación y de conocimientos.

Esta carcoma, este mal invasor, repugnante siempre en los grandes centros de las naciones, y mucho más en los hogares del agricultor, es el lujo, no el lujo del magnate cuyas pingües rentas le permiten y aun le obligan a disfrutar de cuantas sibaríticas ventajas le ofrezca la civilización de los pueblos, sino el lujo ruin, estrecho, lleno de privaciones y de congojas, sacrificador de rentas y de capitales, rebuscador y aun machacador de honras, émulo de los vicios, compañero y encubridor de la ignorancia, perturbador de la inteligencia, asesino de las virtudes domésticas, iniciador de los crímenes, Celestino de las doncellas, cómplice de los adulterios, violador de los derechos paternales, langosta terrible de nuestros campos que devora sin hartarse jamás, y huracán infecundo que transforma los extensos horizontes de la vida agrícola en estériles desiertos, dejando sin uncir, o mal uncidos, los bueyes de labor, corroídas de gusanos las frondosas viñas, enfermizos los ricos olivares, secos los huertos y los prados, sin árboles los montes, sin pastos las ganaderías, sin población las agrestes y fértiles sierras, y sin pan y sin virtud al ignorante y alucinado jornalero.

De ese lujo que envuelve en amarguras inconcebibles los hogares de los pueblos y las aldeas; de ese lujo estéril de las sociedades rurales, que empuja a las familias hacia una miseria vergonzosa, obligándolas a cobijar en su seno una vanidad insultante, altanera e irrisoria a la vez; de ese lujo que como barrera infranqueable se alza entre los padres y los hijos, entre los hermanos, entre los amigos, aislando los intereses, esterilizando los esfuerzos individuales y dividiendo en clases...¡terrible palabra tratándose de pueblos y de aldeas agricultoras! Los vecinos de una misma localidad; de ese lujo, de esa enfermedad moral que aqueja a nuestros pueblos, es de lo que me propongo hablar en el presente trabajo, presentando el estado avanzadísimo del mal, con cuadros reales sacados del natural, deduciendo las consecuencias funestas que acarrea a los intereses de la nación, y exponiendo la necesidad, necesidad ineludible, para todos, en que estamos de llevar los ricos veneros del pensamiento humano por otros cauces más abiertos, más fáciles, más grandiosos, mejor orlados por la belleza y la fertilidad que aquellos para los cuales se desliza empujado por los consejos de la soberbia y de la ignorancia.

He aquí mi tarea; ¡quiera Dios que al terminarla haya realizado mi propósito, arrancando del alma de algún ser esa perniciosa semilla, no ajena a los vientos revolucionarios que empuja nuestro siglo, la cual tiende a empobrecer el ánimo, a desnivelar las fuerzas sociales, viciando los principios eternos de la eterna moral, que manda la belleza del alma y del cuerpo, de cuyo fin son tan violentos la vanidad y el lujo!

El cuadro es sencillo; poco mérito hay en copiarle, si acaso hay alguno, es tan solo en observarlo, puesto que la mayoría, la inmensa mayoría, se sonríe desdeñosamente ante lo que se ha dado en llamar insignificancias de la vida, puerilidades indignas de preocupar a los espíritus fuertes, a los que, por cierto, les sucede lo que al astrónomo del cuento, el cual, ocupado en observar las maravillas celestes, no hacía caso de los mendigos de la tierra que humildemente le pedían el pan de la limosna.

Bajemos la mirada nosotros a estos valles de nuestro mundo, donde la humanidad gime sujeta por las cadenas de las pasiones, empujándose en desordenadas falanges que dejan en la historia hechos vergonzosos y llenos de sombra, sucesivamente anatematizados por las generaciones del porvenir; descubramos esas miserias de donde brotan, como de oculto manantial, los raudales ponzoñosos que van corroyendo nuestra privilegiada naturaleza, y ya que no consigamos aislar a los hombres de todo influjo pernicioso, por lo menos quede nuestra palabra estampada como enérgica protesta en medio de nuestra sociedad contemporánea; esto debe hacer el creyente, el honrado, el observador.

Estamos en la aldea de una retirada provincia; no fijemos la mirada en esos pueblecitos cercanos a las grandes capitales; en ellos se reflejan vivamente todos los vicios que se desenvuelven en la ciudad, sin esa distinción, sin esa cultura y elegancia que se observa en los centros populoso, que los hacen menos repulsivos, que los ocultan hasta cierto punto a las miradas poco escudriñadoras, y que, en último caso, como promovedores que son de infinitas necesidades, dan trabajo y alimento a miles de trabajadores que, gracias a los vicios de los de más arriba, tienen pan para sus hijos y abrigo para sus ancianos.

Ínterin la sociedad va recogiendo los verdaderos elementos de su constitución definitiva; ínterin los hombres aprenden a vivir en la comunión de la caridad, sin otro fin que la dicha colectiva, por medio del cumplimiento de los deberes individuales; ínterin se uniforman las huestes humanas bajo las banderas de la ciencia y del amor, esos vicios de los grandes centros de población son el necesario regulador de las fuerzas sociales, puesto que arrancan el óbolo de las manos del que acaso no lo daría si no fuese por satisfacer una pasión, para entregárselo al que tal vez no lo recogería si no fuera el precio de su trabajo, y al cual no sería ni prudente siquiera el dárselo, dado su terrible rebajamiento moral, sino bajo el pretexto de la remuneración.

Alejemos la mirada de esos pueblos circunvecinos de toda capital o ciudad importante, pues en ellos no se hallan más que reflejos inconscientes de la vanidad y el lujo cortesano, no pudiendo la raquítica agricultura de sus términos rurales con ese prurito de afinarse que se descubre en sus recintos: el cual hace que el desvencijado caserón se torne en taller de modista, pues todas las mujeres de la familia se ocupan en hacer prendas vistas en los últimos figurines, en tanto que los varones, recitando las quintillas del Tenorio, o discutiendo sobre el materialismo, racionalismo y otros condimentos filosóficos, se prueben los guantes recién traídos por el ordinario (uno como arriero que va y vienen en el día a la capital), o bien balanceándose sobre una mecedora, colocada en medio del corral donde picotean las gallinas, se extasía con la lectura de la sesión de Cortes, de la revista de los tribunales, de los últimos banquetes o saraos de París y de otros importantísimos asuntos, que maldito lo que le deberían importar al que siembra garbanzos, apacenta ovejas o recoge el dorado fruto de la viña, pero los cuales forman parte de las obligaciones del señorío del pueblo, muy engreído en su distinción, con su elegancia, con su manera culta de vivir y con la distancia inmensa que establece entre él y el tío Blas, el tío Gil y el tío Diego, veterinario, sangrador y maestro carretero de la localidad; estas aldeas, estos arrabales de las grandes capitales no pueden servir de estudio, pues en ellas es imposible encontrar un carácter definido, una originalidad exclusiva; su vecindario es una mezcolanza de familias agricultoras, artesanas o venidas a menos de otra localidad, las cuales toman de la ciudad inmediata lo superficial e inútil trasplantándolo a unos lugares raquíticos, faltos de ese colorido brillante que se descubre en la morada del agricultor, cuyos antepasados guiaban ellos mismos las yuntas sobre los profundos surcos, y cuyas añejas costumbres, respetadas por el recuerdo y la tradición, imprimen un carácter patriarcal y edificante a la honrada familia.

Separemos la mirada de estas aldeas, llamadas a ser en lo porvenir grandes agrupaciones de quintas de recreo, donde las familias acomodadas de las ciudades busquen el reposo y el solaz, y que hoy por hoy, tal y conforme se encuentran, no merecen el trabajo de la investigación, y busquemos ese pueblo alejado de la capital, retirado del mundanal bullicio, que debería ser nido hermoso y alegre donde la paz del alma irradiara con mágico esplendor, llevando el pensamiento a las purísimas regiones del cielo, y sumiendo a la conciencia en un éxtasis contemplativo de las maravillas de la naturaleza, que arrancando del corazón el amor de las bajas pasiones levantara al hombre a las cumbres de la racionalidad, haciéndole digno de sus humanos destinos y merecedor de su esperanza en la inmortalidad.

Recorramos esos pueblos donde la vida, como nos la pintan las promesas del Evangelio, debiera ser fuente de todas las venturas posibles, centro de todas las felicidades ideadas, deslizándose tranquila y dulce, reposada y alegre, en los trabajos productivos y nobles de la agricultura; busquemos esa aldea, que debía ser llamada a presentar el perfecto estado de gracia de la existencia, no como nos lo muestran los horrores del misticismo, sino como es acreedora a gozarle la elevadísima inteligencia del hombre, capaz de penetrar, en las alas de la imaginación, hasta la eternidad de Dios, y de descubrir, con la tenacidad de su poder analítico, el origen de la vitalidad; lleguemos a ese pueblo, concejo o villa, donde deberíamos hallar las fértiles llanuras cubiertas de verdor o doradas por los sazonados frutos de las mieses, donde los huertos, las viñas, los olivares y las dehesas, brindando sus dones, nos señalaron el poder del trabajador incansable, que estudiando en las veladas del invierno, acariciado por el suave calor de su bien encendido hogar, los libros de agricultura que la experiencia y la observación entregan a la publicidad, realizara en sus heredades las mejoras que le ofrece su aprendida ciencia, dirigiendo él mismo entre sus hijos y colonos (jamás criados) las faenas del campo, acrecentando sus rentas por medio de un entendido aprovechamiento de tiempo y de fuerzas, reunidas todas para un solo fin, desterrar la miseria, el hambre, la ignorancia, la perversión del sentido moral, entre las clases empujadas a la inferioridad por el desquiciamiento de las pasiones humanas.

Entremos en ese recinto rural, donde hoy agoniza la agricultura, arrastrándose entre la rutina, comida de miseria, deshonrada por la holgazanería, empobrecida con la vanidad y ahogada en los brazos de un lujo repugnante.

Lo primero que atraerá vuestra mirada es la curiosidad impertinente con que os acoge el vecindario, ¡triste muestra de su escasa educación!, a partir de este primer momento de llegad, el asombro o la pena no habrán de dejarnos ni un solo instante: la suciedad de las calles, plazas y sitios públicos de la aldea, con muy honrosas excepciones, es como el blasón heráldico con que se adornan nuestros pueblos rurales, sin duda para que resalte más la distinción de sus habitantes; pero que, en realidad, es el primer efecto del egoísmo que engendra el afán de lo innecesario; contrastando con este abandono colectivo se ven por las entreabiertas ventanas o balcones cortinajes, sillerías y muebles que, aunque de pacotilla, remedan en sus hechuras y colores a los que vieron los dueños en su viaje a la capital; y allí donde la fresca y limpia anea debía ofrecer pasajero reposo al labrador o ganadero, se ve la cretona, el satén y, en ocasiones, la seda, plegada y replegada, las más de las veces con un gusto tosco y vulgar, pero la cual dice al visitante: "Entra, reposa; no creas que mis amos se ocupan de las ordinarias faenas del campo; tienen fincas y posesiones campestres, es cierto, pero como ves por los objetos que te rodean, ellos viven completamente alejados de tan rudas y bajas ocupaciones, sin que sus manos se estropeen en innobles trabajos ni su inteligencia se gaste en tan inútiles tareas". Después del mobiliario vienen los trajes, luego las costumbres; las familias visten con relación a su manera de vivir, viven como les obliga el uso de sus vestidos: las señoras gastan batas o trajes de casa, apropiados a la ocupación de no hacer nada, o como en Castilla se dice, de hacer que hacemos; el peinado, el arreglo del vestido más conveniente para dar los días a alguna señora del pueblo, preocupa toda una semana a la que tiene por preocupación semestral las sorpresas que ha de causar en las ferias circunvecinas con los prendidos, telas, hechuras y adornos que prepara en sus variados trajes de paseo, de comida, de baile y hasta de ¡recepción!... logrando con especial cuidado que ninguna otra señora del pueblo vea las novedades que se han mandado traer de la corte o de la ciudad (que suelen ser de lo más llamativo y reluciente que en ella se encuentra), de donde tiene a gala traerlo todo, aunque le cueste el triple de su valor, y a donde convergen todos sus ideales, pues no hay una sola señora o señorita de pueblo que no suspire, allá en las soledades de su conciencia o haciendo público su afán, por otra vida que aquella que la pícara suerte le ha reservado en medio de gañanes, de privaciones y de vulgaridades; si de los prendidos se pasa a las costumbres, rara, rarísima es la familia que, disfrutando de un modesto capital, no vive en el rincón de su pueblo como pudiera hacerlo en la ciudad más populosa el más rico hacendado; el tren de casa (palabritas introducidas también en los hogares del agricultor por el influjo de la vanidad) se ve ya como una necesidad imprescindible de la familia, la cual no se contenta con la limpia vajilla de blanca loza, ni con que sus sirvientes, que debieran ser miembros del hogar, nacidos en él, en él criados y sin otro salario que la participación en los trabajos y en las ganancias de sus protectores, más bien que sus amos, le sirvan con la confianza y la naturalidad de los propios: nada de eso; los criados han de asistirlos con ese automático respeto, con esa sumisión comprada, repugnante, impuesta por medio de una tiranía incalificable y una soberbia satánica; moda que han infiltrado en nuestra sociedad las costumbres francesas, las cuales colocan al criado en la escala de los seres irracionales, al nivel de una máquina perfectamente organizada para el servicio doméstico; el cual no puede tener palabra, acción o pensamiento que no pertenezca por derecho exclusivo al que le arroja un puñado de oro en cambio de tan personalidades cualidades, forzándole, por esta compra de sus prerrogativas humanas, a dar calor en su corazón al odio, a la envidia, al rencor sordo y profundo que, creciendo sordamente bajo unas formas distinguidas y respetuosas, se desbordan en dicterios infamantes y calificaciones injustas; este lenguajes de los enemigos irreconciliables de la familia siempre es oído con placer por la mayoría, la cual concluye por sentir los mismos odios, los mismos rencores, levantándose imponente, en el paroxismo de su furor, en contra de los que pretendieron anularla con el peso de sus riquezas, y de los cuales se venga en un solo día, como fiera hambrienta largo tiempo encerrada, que rompe los hierros de su prisión; esta mayoría, haciéndose por sí misma justicia, reconquistando por sí misma el puesto que, poco a poco, la hizo perder la fuerza, procura lavar con ríos de sangre la mancha horrible del servilismo degradante, que arroja sobre ella la falta de caridad de unos pocos, la ignorancia de muchos, la perversidad de algunos... Y he aquí cómo, de ese trato, insignificante al parecer, del mercado doméstico, en el cual se avaloran las facultades por pesetas o por reales puede surgir el pavoroso fantasma de las revoluciones... ¡las represalias!

Pues bien; en esa aldea en que nada obliga a una compra tan vergonzosa, la vanidad, el lujo ha forzado a las familias a separar dentro de su misma morada los miembros de un mismo hogar, separación que se ha extendido hasta el último límite, estableciendo valladares infranqueables en los recintos rurales, donde las clases, mucho más exclusivas y marcadas que en la ciudad, no se confunden jamás, ni jamás se extralimitan en sus atribuciones, haciendo por lo tanto más terribles las conmociones populares. Pero nada de esto es de importancia tratándose de esa pasión, desarrollada en nuestros pueblos, hacia un progreso mal entendido y realizado en caricatura; los criados y criadas aprenden a servir a la manera que en los grandes hoteles; en medio de la mesa se ven adornos con frutas, flores y demás aperitivos de la gastronomía ocular; pasándose los platos por detrás de los comensales, no siempre limpios, por sus espaldas, gracias a la poquísima maña que, para tales primores de servicio, se dan unos criados que ha poco desuncían los bueyes del arado o echaban de comer a los puercos; después de la comida, en distintos aposentos se suele servir el café, ¡terrible bebida cuyo abuso va empobreciendo el organismo, manteniéndolo en constante irritabilidad nerviosa que suele transformarse en carácter violento y en dominante voluntad!... ¡Pero la moda lo manda, el qué dirán obliga y le tendrían a uno por zafio labriego si el tren de casa no demostrase la importancia social de la distinguida familia; el café se bebe, pues, con verdadero placer, y siempre que para ello se encuentra ocasión, como se come el pavo trufado, cuya receta se ha conseguido de un cocinero de la corte, y aunque a los verdaderos inteligentes les parece todo menos pavo, y trufado, ello es que la cocinera lo propina en almuerzo y comidas, junto con la lengua encarnada, las chuletas a la Balmasela y todo este cortejo de manjares rebuscadores del gusto, manjares que van estragando el estómago y el paladar del que los consume, hasta el punto de extraviar las sensaciones, haciendo desear una infinidad de mezcolanzas muy buscadas por la gastronomía, pero siempre precursoras de las terribles dispepsias, de la insufrible gota...