Este no es mi mundo
Historias del pueblo gitano
Mateo Maximoff
Editorial Kohelet
Contenido
Página del título
Mateo Maximoff
Título original: Ce monde qui n’est pas le mien
Colección Mateo Maximoff
Un mundo sin gitanos es como un jardín sin flores.
Prefacio
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Segunda parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Mateo Maximoff
ESTE NO ES MI MUNDO
ColecciónMateoMaximoff
Editorial
Título original: Ce monde qui n’est pas le mien
Primera edición en Editorial Kohelet: diciembre de 2025 Copyright ©Mateo Maximoff
ISNI 0000 0000 7101 8807
Copyright de la traducción © Elizabeth Giuffré ISNI 0000 0005 1423 4809
Copyrightdelprólogo©JacquelineCharlemagne(1992)
Derechosreservadosparatodaslasedicionesencastellano:
© Editorial Kohelet C/Circunvalación Encina 23, 7 C 18015 Granada (España)
ISBN
979-13-991407-1-2
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Colección Mateo Maximoff
Reúne la obra de este particular escritor gitano, nacido en Barce- lona en 1917. Su primera novela, «Los Ursitory, los ángeles del destino», fue seguida rápidamente por otras dos: «Savina» y «El precio de la libertad».
«Este no es mi mundo» se terminó de escribir en francés, el 13 de enero de 1992.
En noviembre de 1961 Mateo tuvo una experiencia espiritual que cambió su vida. Esto se descubre en sus obras posteriores. Mateo siguió siendo comunicador de la cultura gitana, y recorrió treintay tres países dando testimonio de su encuentro con Dios.
Las obras que ya están traducidas son:
Los Ursitory (1938)
El precio de la libertad (1955) Savina, amar hasta enloquecer (1957)
La séptima hija (1958)
El alma de un gitano en poesías (1940-1983) Condenado a sobrevivir (1984)
Vinguerka, la pequeña comprometida (1987)
Dilo con lágrimas (1990)
Otras obras que serán traducidas y publicadas próximamente, son:
La poupée de mameliga (1986) Routes sans roulottes (1993)
Un mundo sin gitanos es como un jardín sin flores.
Prefacio
El deseo por lo lejano, por explorar otros mundos siempre ha sido grande. Descubrir otra cultura alimenta sueños y fantasmas, an- tes incluso de que se iniciaran las conquistas, el comercio o los nuevos descubrimientos.
Mateo Maximoff lo sabe mejor que nadie. Describe y transmite las palabras del mundo. Y cuando las publica —como es el caso de esta nueva novela «Este no es mi mundo»— nos da acceso a una literatura popular que, de un movimiento, quita el velo con sinceridad.
Esta novela tiene algunos elementos tomados de la historia de la familia, y tribu, del padre del autor. Él pone en escena a una tribu de los roms kalderash1, la de su familia, que vivió en Siberia a inicios del siglo XX. Descubriremos algunas tradiciones, la manera de impartir justicia en el seno de la kris2, las luchas crueles en- tre los roms y el resto del mundo, la huida habitual delante de la policía.
Mateo relata todo eso de manera viva, personal, entrañable, donde la sorpresa y el interés acompaña sus observaciones prolíficasy los cuadros costumbristas, con la antigua Rusia como fondo.
Pero este no es solo un libro de aventuras. Es un texto donde uno redescubre a un pueblo capaz de vivir de su herencia cultural, que permite explorar las relaciones problemáticas que los hombres mantienen entre ellos y con las «fuerzas superiores».
El autor usa el registro simbólico para dar protagonismo a lo que llamamos«eldiscursodelaexistencia».Enefecto,losimbólico, ¿noesunamaneraounmedioparavolverhaciaunomismo,hacia lo que une a los otros y al universo? Para el saber objetivo, el simple amante del mundo prefiere la magia de las cosas. Es algo como ese soñador, apreciado por Gaston Bachelard, que delante del fuego contempla la chimenea y las llamas, absorto en su me- ditación, preocupándose muy poco por el principio químico de la combustión.
En esta narración, se trata a veces de las peripecias de un grupo de roms, pero también es un relato rodeado, precedido y acompañado por mitos. El vínculo entre el hombre y la naturaleza, la irrupción de la violencia simbolizada por los lobos, crueles pero que también pueden ser protectores, el destino excepcional de un niño puesto a prueba en múltiples ocasiones… donde siempre se cuestiona el sentido de la existencia humana. Porque está asociado a lo sagrado y al fundamento de la vida misma, esta historia sucede en un escenario donde el peligro, la violencia, la pasión, el dolor y el temor de transgredir, siguen siendo los actores principales del drama.
La naturalidad del lenguaje del autor, la turbulenta historia situada en otro continente, los dioses y los demonios que elevan la naturaleza a lo sagrado, aquí, en el mismo corazón de nuestra sociedad, se encuentra un pueblo que no sigue los caminos trazados únicamente por la modernidad, pero que mantiene una relación reverente con la naturaleza, instaura correspondencias, establece una comunicación.
Mateo, como narrador gitano, escribe con una sensibilidad que trata sin rodeos la dureza y la verdadera esencia de la vida. Sumerge sus raíces en el tiempo, pero vive en el seno de un mundo inestable y agitado. Nos cuenta que los gitanos son ese río eterno del que los hombres se esfuerzan por comprender el movimientoy para quienes este libro capta como un espejo, un breve reflejo.
Jacqueline Charlemagne
PresidentadelosEtudesTziganes
1Es el nombreda a los gitanos de Europa del este y de los Balcanes que trabajaban como caldereros (kalderash). Rom designa tanto al hombre o es- poso, como al pueblo.
2Se llama kris a la reunión de hombres que imparte justicia.
Primera parte
Asia
Capítulo 1
En un lugar de Asia, entre los lugares más remotos de ese continente, existe un pueblo sobre el cual ningún país reivindica su propiedad, pero al que, desde siempre, han querido echar. Sin duda, temen a esa gente sin tierra, no se sabe de dónde vienen, solo se instalan por poco tiempo y después se van como llegaron.
En todos los lugares por donde pasan, la población local, los sedentarios, los habitantes de esos lugares, les dan un nombre que no les pertenece. A menudo los llaman nómadas. Pero en esa zona de Siberia no son los únicos viajeros. Hay otros pueblos que se desplazan por la inmensa Asia, en pequeños o grandes grupos.A veces, dan la impresión de formar un verdadero ejército, son malvados y peligrosos; les gusta luchar unos contra otros y, por esta causa, van a desaparecer.
A inicios del siglo XX, un solo pueblo sigue siendo nómada; no se interesa por los países que atraviesa, ni por las fronteras mal definidas que cruzan; permanece más o menos tiempo: un día o dos, nunca un año. Y la gente de ese pueblo, porque tienen hambre, van más lejos, o bien dan vuelta en círculos, sin contar el número de muertos, sobre todo niños, cuyos cadáveres dejan a lo largo de sus rutas.
A esos nómadas, errantes y vagabundos, se los llama con decenas de nombres diferentes; pero ellos mismos dicen que son los Roms, los hombres.
◆◆◆
Privados de todo tipo de información, casi aislados del mundo, esos hombres ignoran, o a menudo quieren ignorar, lo que sucede más allá, en el vasto mundo, ese mundo que no es el de ellos. Seguro que oyeron hablar de la guerra que hay entre Rusia y Japón, pero es muy lejos del lugar donde ellos están hoy. Es verdad que viajan por Siberia, que es parte de Rusia y que Japón está lejos del Imperio ruso. Siberia es muy grande pero solo es una parte de las tierras antaño conquistadas por Rusia. Los roms, que mayormente desconocen la historia, son incapaces de decir desde cuándo ese rincón y los otros pertenecen al zar.
A menudo los nómadas se instalan con sus pequeñas tiendas a algunos kilómetros de las grandes ciudades, cerca de los grandes mercados y de las ferias que duran una o dos semanas. En esos momentos se los ve por todas partes. El mercado de caballos les pertenece porque nadie conoce mejor que ellos a esos animales. Sobre todo, porque contrariamente a lo que dice, se puede confiar en ellos. El rom no engaña a su cliente: sabe bien que, si lo hace,searriesgaatenerproblemaselpróximoaño.Yentonces, ¿para qué vender animales enfermos cuando tienen unos excelentes a su disposición?
En las cuatro esquinas del mercado o de la feria, se oye el sonido del martillo golpeando sobre el yunque. El rom kalderash es calderero, pasa de padres a hijos; también es herrero y repara en el lugar todos los objetos metálicos que le llevan. Son los más competentes en ese tipo de trabajo, y lo son hasta hoy en lo concerniente a las reparaciones de objetos de cobre o hierro. En esto también se les puede tener confianza. El cliente a veces asiste a la transformación del objeto que ha confiado a un rom. En algunos minutos, la cacerola, el jarro o la olla que estaba en mal estado, después de ser vendida al chatarrero, es reparada delante suyo. Igual, el rom herrero es capaz de cambiar las herraduras de un caballo en unos minutos. ¿Qué más se le puede pedir?
Las romnia1son igual de activas. Las ancianas van por todas partes para leer las líneas de las manos y no les faltan clientes. Las chicas, por su parte, rápidamente buscan un lugar donde ponerse en círculo. Sentados en el suelo se instalan dos o tres músicos, con las piernas cruzadas. Son buenos músicos. La gente se reúney las bailarinas elegidas entre las más hermosas, comienzan a danzar y a cantar. Primero lentamente y después cada vez más rápido, ¡emocionan a los pobre rusos! Son la única atracción para esa pobre gente que no viven muy felices. Así, los kopeks (céntimos rusos) y a veces los rublos caen en las panderetas de las alegres gitanas que pasan entre la gente.
En otro lugar, son los animales los que danzan. No faltan en la región y los roms, después de haberlos capturado, saben muy bien cómo adiestrarlos. No solo a los osos, sino también a otros animales.
Cae la noche, toda la gente que no pertenece a ninguna nación se reúne en los cafés, los restaurantes y algunas veces en los cabarés del lugar. Es verdad que los roms beben mucho, pero sobre todo son alegres. Cantan, danzan, no falta la música. Las peleas tampoco son serias y las olvidan rápidamente.
¿Cómo no querría unirse a ellos la gente de esos lugares que atraviesan? ¿Y gastar en ese día o en esa semana hasta su último kopek? Las ciudades parecen tristes después de la partida de estos viajeros; necesitarán mucha paciencia para esperar todo un año hasta el regreso de la próxima feria. Para la policía local, eso no cambia nada. Porque los roms ¿no son gente cómo los demás? Si se comete un robo, sin duda es justo que un rom sea arrestado. El rom, como lo hemos dicho, no es estúpido como para robar cuando el dinero le viene tan fácilmente y los jefes han prohibido a todos, incluso a los niños, robar lo que sea. De hecho, cada uno vigila que a los jóvenes no les falte nada, ¿no son los niños el tesoro de la tribu?
◆◆◆
Antes del anochecer, los roms regresan al campo porque poco a poco los clientes se van. La mayor parte de ellos son labradores de los alrededores u obreros de la ciudad. Los roms, ayudados por las romnia y los niños, juntan todo lo que no fue vendido. Regresarán mañana; hoy el trabajo ha terminado para ellos. Quieren volveralcampamentoycontarlasgananciasdeldía.Algunosya están medio borrachos por la cerveza (koisso) o simplemente por el vodka.
Lo que llaman el «campamento», no es más que una gran planicie entre el río y la carretera principal. Un poco más arriba, yendo de una ciudad a otra, está el río, que es útil para muchas cosas: para beber el agua que desciende por un pequeño arroyo, estrecho pero limpio, para lavarse e incluso, más abajo, los roms han reservado un lugar indispensable para limpiar los materiales que ven- den. Y aún más abajo, está el abrevadero a donde los jóvenes lle- van a los caballos. Esos animales son la verdadera riqueza de cada tribu: sin ellos, los roms están perdidos. Cada familia tiene sus propios animales que cuidan como a los niños. Esos nunca serán vendidos.
Los niños, chicas y chicos, están completamente desnudos y no paran de pelearse al borde del río, siempre bajo la vigilancia de los más grandes. Ninguno se atreve a nadar, aunque sepa hacerlo muy bien, porque la corriente, en ese lugar, es muy fuerte y ellos tienen miedo.
Por su parte las chicas van a buscar agua al arroyo. Para regresar al campamento, a varios centenares de metros de allí, se colocan una toalla enrollada como una corona sobre la cabeza, y ahí apoyan el recipiente de cobre que llevan haciendo equilibrio, con las manos en sus caderas. Así regresan al campamento. Algunas veces cantando. ¡Qué espectáculo maravilloso! ¡Qué pena que ningún fotógrafo estuviera ahí para inmortalizar esas magníficas escenas!
Cada rom tiene su vurdon (caravana), e incluso dos algunas veces. Una para él y su mujer, y otra para sus hijos. De la misma manera, posee una o dos tcheris (tiendas).
Como aún hace buen tiempo porque es la época de Pascua, las romnia han instalado frente a cada tienda mesas bajas sobre el suelo. Están sobre magníficas alfombras que los roms han traído para venderlas desde todos los países. No hay ni una silla.
Los roms, sin excepción, se sientan con las piernas cruzadas. Las romnia les han preparado una suculenta comida. Cada romni coloca delante de su rom platos llenos y aún humeantes, mientras a un lado el té hierve en un samovar niquelado y brillante. Si una de las chicas es mayor, ayuda a su madre. Solo el hijo mayor tiene derecho a sentarse al lado de su padre, podrá hacerlo cuando tenga la edad suficiente. Los otros niños comen donde sea, en la ca ravana o simplemente sobre la hierba, con el plato entre las rodillas.
Todas las romnia hacen distintas comidas. Por eso no es raro que un rom envíe a su mujer a ofrecer a su vecino, un plato que ella preparó. A cambio él recibirá un manjar hecho por otra romnia. Así el rom encuentra la ocasión para felicitar a su romni por sus dotes de buena cocinera. La romni sonríe y no dice nada, está fe- liz de haberlo complacido. Durante las comidas, los roms se pa- san unos a otros, copas de plata llenas de cerveza. Cada uno come en su mesa, pero dentro de una o dos horas, comenzará la vigilia de Pascua y todos los roms se reunirán en medio del campamento. Cada uno aportará bebidas alcohólicas y, si el día ha sido bueno, también traerá un pequeño barril de cerveza.
Allí, sobre el terreno, hay alrededor de cien caravanas, y la misma cantidad de tiendas pequeñas, pero bien limpias. El campamento tiene unas cuatrocientas o quinientas personas.
La fiesta va a comenzar, pero con ella también los problemas. En la parte alta de la carretera se han detenido cuatro gendarmes a caballo. El jefe baja caminando solo por la pequeña pendiente que lleva hasta el campamento.
El brigadier sabe a dónde va y se dirige directamente hacia la tienda más grande: la del jefe. Los dos hombres se conocen desde hace muchos años. Se ven a menudo durante las ferias. Los otros roms se apartan cuando pasa el gendarme y los niños asustados se aferran a las faldas de sus madres.
Desde hace dos semanas, mucho antes de que la feria comenza- ra, los roms se instalaron sobre ese terreno puesto, probablemente, a su disposición por la ciudad. Cada día, casi a la misma hora, los gendarmes, los «Pandores1» como los llamaban los roms, vienen a ver si todo va bien entre esta gente bulliciosa.
Petruska lo espera de pie en el umbral de su tienda, con la pipa en la mano, el sombrero cubriendo su cabeza, sonriendo para sus adentros. Viste un chaleco con botones de plata, y tiene un reloj de oro que cuelga de una cadena también de oro. Su pantalón abombado va metido en sus botas pesadas.
—Hola jefe, ¿va todo bien?
Los dos hombres se saludan sin estrecharse la mano. No es su costumbre.
—¡Todo bien! —repite Petruska— al menos, eso espero. ¿Quiere sentarse?
Incluso antes que el rom pronunciara esas palabras, su mujer, su romni, puso una falda sobre una marmita dada la vuelta que servirá de silla al brigadier. Este no necesitalo pidan por segunda vez y se sienta junto a la mesa. Traen una segunda «silla» para Petruska. Puede comenzar la conversación, mientras algunos niños más audaces suben al talud para ver al representante de la ley.
—¿Sabes que dos gitanos jóvenes han sido arrestados por haberse golpeado?
—Sí, lo sé —responde el rom—, son precisamente dos jóvenes, eso pasa porque los dos quieren a la misma chica. Pero vamos progresando jefe; ¡en el pasado habría sido más que una pelea! Nos hacemos viejos, ¿qué le vamos a hacer?
—¡Tú debes decidir!
—Déjelos esta noche y libérelos mañana por la mañana. No olvi- de que justo mañana es Pascua.
Una de las hijas de Petruska, muy hermosa, pone un vaso de té delante de cada hombre; y deja también una botella de vodka en medio de la mesa. El brigadier puede elegir. Para no incomodar al jefe gitano prueba los dos mientras que los otros roms se acer- can y saludan discretamente al brigadier bajando sus miradas.
—¿Cuándo pensáis partir? —pregunta el representante de la ley.
—La mayoría se irá el lunes. Quedan dos o tres que necesitan hacer reparar sus carros. El miércoles este terreno estará completamente vacío. Yo iré el lunes por la mañana al ayuntamiento para dejarle un regalo de parte de nuestra tribu.
Petruska dirige una mirada rápida a su romni. Ella toma un brazalete de oro de su brazo izquierdo y se lo pasa a su rom. Este lo examina y dice al brigadier:
—Mi mujer conoce sobre joyas mucho más que yo. Como somos pobres, toda la tribu reunió el dinero necesario para comprar este brazalete para su mujer. Sé que ella no lo necesita, pero mi mujer me pidió que le deje un pequeño recuerdo de nuestro paso por aquí.
Sin examinar el precioso objeto, el brigadier lo mete rápidamente en su bolsillo. Acostumbra a hacerlo así, cada año sucede lo mismo. En resumen, acepta un regalo para cerrar los ojos sobre ciertas irregularidades no demasiado serias. Los gendarmes que están más lejos no son ingenuos, cada uno recibirá un anillo de oroo un reloj de plata y una botella de vodka.
En esa ciudad, la brigada de gendarmería no tiene más que una decena de hombres mientras que los roms son varios centenares. Hay que fraternizar con lo que conviene a cada uno. Si llega a suceder que los nómadas se tratan entre ellos de manera brutal, eso no les incumbe. Es su problema. Durante la feria, todos los roms, sean quienes sean, tienen orden de Petruska y de todos los otros roms del consejo, de no causar ningún problema bajo amenaza de condenas más severas. La feria anual es una forma de ganarse bien la vida. Por eso, durante una semana, es necesario que todos los ánimos estén tranquilos. Los dos jóvenes penden- cieros serán liberados mañana, pero eso no será el final, porque se pelearon en público, estarán condenados a no tomar por mujer a la chica que desean ninguno de los dos.
—Mañana, ¿a qué hora pensáis poneros en camino? —pregunta el brigadier al jefe de los roms.
—Después del almuerzo, ¡antes de que estemos todos borrachos!
—Bien, vendré vestido de civil. Puede ser que mi mujer y algunas de sus amigas quieran acompañarme.
1 «Pandores» era una forma popular y algo irónica de referirse a los gendar- mes, especialmente en canciones, literatura o lenguaje popular del siglo XIX y XX.
Capítulo 2
La noche siguiente son los niños quienes están más inquietos. De hecho, la vigilia de Pascua comienza con ellos. Los padres les han avisado, al igual que a los chicos de menos de quince años, para que estén preparados para la ceremonia.
Delante de la tienda de Petruska han colocado una alfombra nueva y una cama con varios edredones encima. Todo esto delante de pequeños y grandes que siguen con sus miradas los gestos de Marika, la romni del jefe, y de sus hijas.
Una anciana romni es elegida por ser la más vieja de la tribu. Tan arrugado está su rostro que se diría que tiene más de cien años. Las otras mujeres la han vestido con su mejor traje, además ella lo conservará como recuerdo de esta noche. Majestuosamente, la anciana ocupa su lugar en la cama; se cubre con los edredones, y solo se puede ver su pecho. Con una señal indica que está lista.
Entonces, el niño de más edad —que tiene catorce o quince años— se arrodilla y avanza lentamente hasta la cama y dice con lágrimas en los ojos:
—Te pido perdón a ti y a Dios por todas las tonterías que hice durante este año.
La anciana mujer le tiende la mano que el chico besa rápidamente.
—¡Qué tus tonterías te sean perdonadas por mí y por Dios!
—¡Hurra! ¡Hurra! —gritan detrás los padres del chico.
Se va retrocediendo mientras otro, de menos edad, ocupa su lugar. Después, es el turno de los más pequeños y después el de las chicas. Algunos chiquillos trepan a la cama apoyándose sobre sus manos. Los últimos, los más pequeños, no saben qué quieren ha- cer, solo imitan a los más grandes. Son los padres quienes se divierten con esta ceremonia pagana. Es así como comienza la Pas- cua.
◆◆◆
Los jóvenes roms son quienes más fuerte se ríen por el comportamiento de los niños. Olvidan que hace poco, eran ellos quienes iban a arrodillarse delante de la anciana.
Como hace buen día, y antes de que todos los niños hayan desfilado delante de la romni, las otras romnia, casi al mismo tiempo instalan, cada una delante de su tienda, una magnífica alfombra,y la mesa baja cubierta de servilletas; después el samovar para el té, por supuesto, la botella de vodka y algunos otros vinos. Enseguida, en cada mesa, se colocan varios platos de zakuskis1, para calmar el hambre mientras esperan el plato principal que aún se está cocinando en las ollas de cobre puestas en los trípodes.
Cada jefe de familia rom se instala, con las piernas cruzadas en la parte posterior de su mesa, frente a los demás. Y grita a todos:
—¡Venid a probar lo que mi romni ha preparado!
Entonces, los roms se visitan unos a otros, probando aquí y allá los platos preparados y bebiendo un pequeño vaso de vodka. Cada uno elige a dónde ir y recorre todas las mesas hasta regresar a la suya e invitar entonces a los demás. Cada mujer se queda delante de su tienda y tiene en el brazo izquierdo una servilleta que ofrece a los invitados, después de haber recibido sus cumplidos más o menos sinceros.
Es solo el comienzo de la velada.
Cuando se oculta el sol y las cenas están preparadas, las romnia, siempre ellas, con la ayuda de sus hijas, llenan las mesas con platos suculentos y humeantes: los aromas deliciosos se mezclan entre las mesas. Enseguida, para evitar moverse más, ponen otra alfombra en medio del campamento y acercan las mesas. De esta
forma, ocupan el centro del terreno y se deja libre el espacio circundante. También se deja libre un camino para ir al centro, de modo que las chicas pueden pasar con libertad, sea para ofrecerla comida o para servir las bebidas. Las romnia, es decir las mujeres casadas, no tiene derecho a pasar delante de un rom sin pedirle permiso para darse la vuelta, no porque el rom desprecie a la romni, sino porque ella honra al invitado.
Los jóvenes, que aún no se han casado y que están en edad de hacerlo, se quedan un poco atrás. Ellos también tienen todo el derecho a sentarse, pero por respeto a los hombres de más edad, no lo hacen o lo harán un poco más tarde.
La noche está allí y también la luna. Y como su claridad no es suficiente, son las romnia quienes van a buscar y a encender unao varias lámparas de petróleo que dejan sobre las mesas.
¡Comer y beber no bastan! Enseguida, sin que nadie lo pida, los jóvenes roms, todos buenos músicos, van a buscar sus instrumentos musicales: acordeones, balalaikas, violines y comienzan a tocar canciones que todos conocen, lentas y harmoniosas. Algunas veces, para animarlos, un rom se levanta y comienza a cantar. Otros no tardarán en hacer lo mismo y así se formará un coro espontáneo.
Entre los roms no todos pertenecen a la misma religión. Los de Siberia son mayoritariamente ortodoxos o católicos, pero no son practicantes. Han adoptado las religiones a su manera, suprimiendo lo que les molesta y agregando otras cosas que les convienen más. En la iglesia ortodoxa, hay cantos maravillosos que los roms conocen bien. Entonces, ¿por qué no danzar? ¿Dónde se ha visto entre los roms una fiesta sin cantos y sin danzas? Es inconcebible ¿no? Entonces, ¡dancemos porque la música es alegre! Los jóvenes roms tocan sus instrumentos, las seyas (chicas) van a danzar con sus pies y sus faldas multicolor, y sobre todo con sus sonrisas. En la iglesia dicen:
—¡Cristo ha resucitado!
—Sí, ¡verdaderamente ha resucitado!
Entonces, ¡alegrémonos porque ha vuelto a vivir! ¡Cantemos! Incluso dancemos, ¡peleémonos si es necesario porque eso forma parte de nuestra vida!
Cuando la música se vuelve más rápida y con más ritmo, una chica es empujada por sus compañeras al lugar en medio de las mesas. En un primer momento no sabe bien qué hacer, pero después le gritan:
—¡Danza!