Memorias
Rutas sin caravanas
Mateo Maximoff
Kohelet
Derechos de autor © 2025 Editorial Kohelet
Título original: Routes sans roulottes Primera edición en Editorial Kohelet: enero de 2026 Copyright ©Mateo Maximoff ISNI 0000 0000 7101 8807 Copyright de la traducción © Elizabeth Giuffré ISNI 0000 0005 1423 4809 Copyright del prólogo © Annie Kovacs Boch Derechos reservados para todas las ediciones en castellano: © Editorial Kohelet C/Circunvalación Encina 23, 7 C 18015 Granada (España) E-mail:
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Contenido
Página del título
Derechos de autor
Memorias
MATEO MAXIMOFF
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Epílogo
Notas
Memorias
Carreteras sin caravanas
MATEO MAXIMOFF
Memorias
Carreteras sin caravanas
Colección Mateo Maximoff
Editorial Kohelet
Aquellos que no pueden recordar el pasado
están condenados a repetirlo.
George Santayana
(The Life of Reason, 1905)
Prólogo
Mateo Maximoff es una de las figuras más singulares de la literatura. Quien termina uno de sus libros, se pregunta «pero ¿quién es este hombre?», aquí tiene la respuesta. Con su nuevo libro «Carreteras sin caravanas», Mateo Maximoff narra lo que sabe de la historia de su tribu antes de su nacimiento, lo que fue su aprendizaje experimental, su formación existencial, lo que vivió y cómo lo ha vivido, hasta el año 1945, cuando él tenía 28 años.
Y los otros, sociólogos de la movilidad, gitanólogos e incluso historiadores de la vida cotidiana bajo la ocupación, van a poder disfrutar en grande si les gustan los relatos personales. La trayectoria de Mateo Maximoff resulta difícil de explicar, pero esta presentación de los problemas sociales de un grupo étnico que constituye «Carreteras sin caravanas» tiene un valor científico incalculable. En cuanto a cómo sobrevivieron y murieron los gitanos en los campos de internamiento franceses, Mateo Maximoff lo narra casi día a día, a veces hora tras hora, con minuciosa exactitud.
Sus recuerdos dolorosos a menudo también son divertidos, Mateo Maximoff los cuenta con lenguaje puro donde la sencillez juega con un ligero fulgor que recuerda al cine, porque asegura la riqueza dialéctica del plano. Y es que se complace en ocupar a la vez el lugar del narrador y del lector que se hace preguntas y con quien también tiembla.
Esta singularidad inherente al arte del relato no borra la distancia entre una escritura de marcado tono autobiográfico, y el acto de decir, exponer, ser transparente. Maximoff preserva con firmeza esa distancia. Matei se entrega como Jean-Jacques[1] y así es como el Saint-Simon[2] de los gitanos.
Es necesario que el lector de este libro sea consciente del privilegio que tiene: entrar en la narración de la vida de Matei es entrar en el corazón del universo de los gitanos, ferozmente guardado por los gitanos del cual los «gadché» tendrán mucho que aprender.
En la lectura de «Carreteras sin caravanas» asistimos, desde el interior, al nacimiento de un escritor. Quien se convertirá en una figura emblemática que la cultura gitana, el mismo que cargó durante treinta años con el yunque de hojalatero rom sobre la espalda, leyendo todos los folletos y páginas impresas abandonadas al viento, incluso en los vertederos públicos. En medio de compañeros analfabetos y en la inseguridad de los campos de internamiento, él va a escribir, para preservar la memoria de sus ancestros, las aventuras y costumbres que se evocan en las reuniones nocturnas.
Así reviviremos, bajo nombres ficticios, la historia del abuelo esclavo en Rumanía, el padre muerto demasiado pronto que fue músico en Siberia… Los libros de Mateo Maximoff fueron editados inicialmente por Flamarion y luego traducidos a varios idiomas. ¡Como autodidacta tenaz supera a Jack London y su conmovedor Martin Eden! Si tenemos tendencia a olvidar el valor que necesitó Mateo Maximoff para llevar a cabo la tarea que se impuso —dar a conocer, hacer respetar y amar la identidad y la cultura gitana—, su autobiografía puede ayudarnos a tomar conciencia de nuestros privilegios y de nuestra libertad.
Annie Kovacs Boch
Rencontres audiovisuelles
Institut national de recherche pédagogique
Capítulo 1
Hace mucho tiempo que quería escribir mis memorias, no para publicarlas, sino porque mi hija Nouka (Anouk) me lo había pedido.
Ahora que voy a cumplir sesenta años, sé que seguramente ya no tendré tiempo de escribir estas memorias.
Por un momento he pensado en contar solo mi vida y no la de mis antepasados. Sin embargo, me ha parecido que su historia era infinitamente más interesante que la mía. De todos modos, debo comenzar por mi nacimiento.
Según mis papeles, nací el 17 de enero de 1917 en Barcelona, España. Pero sé que el dato no es exacto. De hecho, recuerdo que cuando tenía doce años, mi tío Moutto (Jean Maximoff), me acompañó a la prefectura de París para que me hicieran mi primera identificación como nómada. No tenía acta de nacimiento porque cuando nací, mis padres no me inscribieron en el registro civil. Ignoro completamente si nací de verdad en Barcelona o en sus alrededores.
Tenía en mi poder un certificado de bautismo de una parroquia. Pero ¿de cuál? Los empleados de prefectura, que no sabían español, leyeron julio y lo tradujeron como enero. También había algunos números difíciles de leer, y como no sabían si era 7 o 17, al azar pusieron 17. Desde ese día, todos mis papeles oficiales dicen que nací el 17 de enero de 1917, en el Barrio Chino de Barcelona. No tengo ninguna prueba de eso.
Mi padre era un gitano kalderash, de la tribu Chukuresti por parte de su padre y de los Belkesti (los blancos) por parte de su madre.
Antes de contar la vida de mi padre, debo ir mucho más atrás en el pasado.
Durante la guerra, estuve internado en un campo en Francia, en Lannezan, en los Pirineos Altos. Allí pasé noches enteras con mi tío abuelo Savka (Malicon Koudakoff), que se sentía muy desgraciado. Había sido uno de los jefes kalderash más importantes y ahora estaba internado con toda su familia. Mejor dicho, con su tribu compuesta por más de 500 personas: estaba su mujer, sus hijos y algunos de sus sobrinos, incluido yo. Estaba mal y pasamos noches enteras discutiendo sobre distintas cosas. Tomé muchas notas y cuando me convertí en escritor, creo que en todas mis obras sin excepción —y escribí muchas— hay algo de él.
Juntos retrocedimos hasta 1810, y lo confirmé con los cálculos que hice posteriormente.
En esa época eran tres hermanos, todos de la tribu Yonesti (hijos de Yono). El hermano mayor, como era la costumbre, llevaba el nombre de su padre, es decir Yono (Juan), de donde viene Yonesti.
El segundo se llamaba Gana de donde salió la tribu de los Ganesti.
El más joven se llamaba Matéi (Matéo o Matthieu), como yo, porque si me llamo Matéo en francés, me llaman Matéi en romaní (en gitano).
En un momento que no sitúo muy bien, uno de los tres hermanos quiso hacerse elegir rey de los gitanos.
Más adelante hablaré de ese asunto del rey de los gitanos, del que estoy absolutamente en contra y que de hecho, ¡nunca existió!
Pero él, aspiraba a proponerse como rey de los gitanos. Entonces fue a ver al emperador o rey del país —no sé exactamente cuál— y le dijo:
—¡Majestad! Si soy elegido rey de los gitanos, os traeré algunos millones de soldados. Además, pagaremos los impuestos.
El rey fue a pedir la opinión de su consejo que fue favorable a las pretensiones de Yono.
Lamentablemente, incluso entre los gitanos reina la envidia. Por eso Matéi, el más joven de los tres hermanos, también fue a pedir audiencia al rey:
—¡Majestad! No olvide que somos gitanos vagabundos, viajeros. Y si considera a mi hermano mayor como nuestro rey, ¿qué dirán los otros reyes de vuestro entorno? ¿No se burlarán? ¿No dirán que tiene a un gitano como aliado?
Convencido por esas palabras, el rey del lugar rechazó considerar a Yono como rey de los gitanos, e hizo a Matéi jefe supremo de su pueblo.
Durante doscientos años, desde la mitad del silo XVII, los gitanos vivieron como esclavos en los Balcanes, también en Rumanía y en el Imperio austrohúngaro. Posiblemente de allí saliera un grupo nuevo: los amos tenían todos los derechos sobre ellos; de hecho, las chicas hermosas estaban reservadas para ellos. También vivieron dos siglos de esclavitud, sobre todo con los boyardos[3], pero también bajo el clero.
Mi bisabuelo era esclavo. Pero sucedió que, en mi familia, siempre hubo alguien que sabía leer y escribir.
Mucho más tarde, en 1955, para celebrar el centenario de la abolición de la esclavitud en los Balcanes, escribí un libro titulado «El precio de la libertad». Mi bisabuelo me sirvió de modelo para el héroe de esa obra. Según los cálculos de mi tío abuelo Savka, él nació en 1810 o en 1812. Y murió en 1910, con 98 o 100 años. Mientras que vivió en Rumanía, estuvo esclavo en un castillo junto a otros cuatrocientos o quinientos gitanos más. Después de 1848 supieron que la esclavitud había sido abolida por casi toda Europa. Entonces ellos se levantaron. No todos, sin embargo, porque eran muy numerosos. Sobre todo, fueron los hombres los que huyeron a las montañas donde, durante algunos años, libraron batallas épicas contra Rumanía y Hungría. Me contaron que llegaron a pasar tanta hambre en las montañas que, para sobrevivir, mataron y comieron a algunos rumanos. No hay ninguna prueba de eso, pero no me sorprendería.
A menudo se enfrentaron en batalla con las patrullas rumanas. Se acostumbraron a vivir en las montañas: endurecidos al extremo, sabían defenderse contra los animales salvajes, sobre todo contra los osos. Cuando una patrulla iba a alguna parte, la diezmaban. Rumanos y húngaros no disponían entonces de los medios modernos que conocemos hoy y no podían enviar tropas numerosas contra los sublevados. Así fue como hacia 1855 se encontraron libres, con la posibilidad de ir adonde quisieran.
En esa época, según mis cálculos, mi abuelo tenía unos cincuenta años. Fue entonces cuando salió de Rumanía.
Savka me contó una cosa horrible. Los gitanos tenían tal odio hacia los rumanos que los habían esclavizado durante siglos, que antes de abandonar el último pueblo para dirigirse a Rusia, mataron a todos los habitantes de ese lugar: hombres, mujeres y niños, e incluso se dijo, a los animales. Eso muestra hasta qué punto odiaban a quienes los habían maltratado y humillado durante tanto tiempo.
Así, poco antes de 1860, habían pasado a Rusia. Ese país tampoco resultó ser muy acogedor. Naturalmente, como en todas partes, allí se apreciaba la música, las danzas, y los cantos gitanos y, sobre todo, a las muchachas gitanas más hermosas. Pero en Rusia no había boyardos, sino señores absolutos, propietarios de vastas tierras. Aldeas enteras les pertenecían, al igual que los muzhis[4] que vivían en ellas. Cuando un príncipe, un duque o algún archiduque vendía sus tierras, las vendía con todos aquellos que eran sus esclavos. Los gitanos gozaban de cierta libertad porque, evidentemente, ejercían dos oficios útiles bien definidos. Ante todo, la calderería pues eran Kalderash. Iban de aldea en aldea, con un caldero al hombro, gritando:
—¡Kaldera! ¡Kaldera!
Eso significa: calderería. De ahí provino naturalmente el nombre de mi tribu.
Y existía el otro oficio también interesante: los cantos, las danzas, la música.
Cada hombre importante tenía su propia troupe. Lo mismo ocurría con los cabarés de las grandes ciudades. No había ciudad en la que no existiera un buen cabaré con su troupe de gitanos. Solo este pueblo lograba alegrar a los rusos.
Podría contar aún muchas anécdotas sobre mi pueblo; si Dios me concede vida, sin duda lo haré.
También había gitanos —me lo contó mi padre— que tenían pequeños circos con los que actuaban de aldea en aldea. Sus atracciones reunían a un público numeroso. Se entregaban a toda clase de acrobacias; cantaban y bailaban, organizaban espectáculos de lucha. En resumen, ofrecían al pueblo un poco de la alegría que le faltaba.
Hacia 1860, cuando la abolición había sido decretada en Rusia, el pueblo gitano quedó libre. A todos aquellos que no tenían apellido registrado por lo civil, se les iba a otorgar uno. A los campesinos se les llamaba mujiks.
Cuando mi bisabuelo acudió al Registro Civil, imponía con sus 2,10 metros de altura y 180 kilos. Al ser preguntado por el apellido que quería —pues debía elegir uno— declaró llamarse Yono, hijo de Yono, hijo de Yono, y así hasta el infinito. Su verdadero nombre era Isvan, y así lo menciono en mi libro. Cuando el empleado insistió en qué apellido quería, él respondió:
—¿Cuál quiero tener? Y añadió: el más grande.
De este modo, nuestra familia pasó a llamarse Maximoff, la más grande.
Mi familia permaneció cincuenta años en Rusia, donde mi padre nació el 1 de junio de 1890. Tras su muerte, hallé documentos que confirmaban esa fecha de nacimiento.
Dicen que en cierto momento partieron en todas las direcciones; pero cada año, al acercarse el invierno, regresaban al Cáucaso, a la ciudad que entonces se llamaba Vladikavkaz[5], y después Ordzhonikidze, o algo parecido.
Viajaban una gran parte del año, entre seis y nueve meses, según las estaciones. Después compraron un terreno, con una cabaña o una casa. No recuerdo en qué lugar se instalaron para pasar el invierno.
Si recuerdo que mi padre un día me contó que se fueron a Siberia, y después, aún más lejos, a China. Primero con los trineos, después con trineos para nieve, y luego con carros. Al fin alcanzaron su objetivo unos dos años más tarde y necesitaron un año y medio para regresar. Eso sucedió hacia 1905. Recuerdo que mi padre me dijo:
—Regresamos porque estalló la guerra entre Rusia y Japón.
Dos historias breves: la primera, la del día en que la caravana formada por mi familia fue atacada por varios centenares de lobos. Incluso los lobos se llevaron a niños pequeños. Es difícil defenderse de esas manadas desatadas. Pero la victoria quedó en manos de las mujeres. Una de ellas, en efecto, tuvo la idea de tomar una gran marmita de cobre y un palo con el que golpeó la marmita. El ruido hizo huir a los lobos. Pero en el campo quedaron diez o veinte gitanos muertos, sobre todo niños.
Otra historia que me contó mi padre: mi abuelo y mi abuela tuvieron catorce hijos, cuatro chicos y diez chicas. Pero a mi abuelo no le gustaban las niñas. Así que cuando nació otra niña en Siberia, él la arrojó viva a la nieve, para deshacerse de ella. Pero en el carromato siguiente, iba uno de sus hermanos que rescató a la pequeña y la cuidó. Solo más adelante la devolvió. A causa del frío la niña quedó jorobada. Yo la conocí muy bien: era mi tía Tinka (Pauline Maximoff); tenía una voz absolutamente maravillosa. Además, era la solista del grupo. Murió en Montreuil, cerca de París, a la edad de 73 años. Nunca se casó.
A partir de 1875 los roms de Rusia decidieron ir a otros países, en principio de Europa, pero muchos fueron más lejos, a los Estados Unidos de América. Pero ninguno de ellos tenía el apellido Maximoff, por que tomaron nombres americanos, Smith y otros, por ejemplo.
Mi familia —me refiero la de mi abuelo— salió de Rusia alrededor de 1910, es decir mucho antes de la revolución. Fue porque mi padre tuvo ganas de irse, pero tenía unos veinte años y no esperó a hacer el servicio militar. No es algo extraño, porque son pocos quienes sonríen ante la idea de hacerse soldados.
Fueron hacia Alemania y se quedaron allí algún tiempo, por una razón que desconozco, fueron expulsados. Así se dirigieron a Francia y se instalaron en la «zona» que se encuentra cerca de la Porte de Pantin. Después, atravesaron el canal de la Mancha y llegaron a Inglaterra. Fue entonces cuando le ocurrió una historia a mi familia. Una de mis tías, Yulchia, estaba enferma. Gravemente enferma. Tras su traslado al hospital, mi familia se comportó como si no tuviera medios para pagar los gastos hospitalarios. La policía investigó y descubrió monedas de oro en las caravanas. Las confiscó, por supuesto, y nunca las devolvió. Esa mentira le valió a mi familia una nueva expulsión. Y así fue como, en 1912 o 1913, regresaron a Francia. Conservo fotos de mi padre y de mi abuelo de aquella época. Una de esas fotos figura en mi libro La Septième Fille.
Cuando solo tenía 12 años, mi padre se casó en Rusia, con una chica que tenía 18. Se llamaba Pavlena y pertenecía a la tribu de los Bumbulesti. Vivieron juntos, atravesaron toda Europa con las dos familias. Después los roms se fueron a Inglaterra. Tuvieron un hijo al que llamaron Grantchia (Grantchia Kwik). Murió en 1982 en Estocolmo, Suecia.
Un día, los padres de su mujer, decidieron regresar a Hungría donde habían estado durante mucho tiempo. La mujer de mi padre no quiso dejar a sus hermanos y los siguió. Allí, durante la guerra de 1914-1918, ella se casó con otro hombre, no sé de qué tribu. Su nombre era Milos. Tuvo con él una niña que tuve la alegría de ver mucho tiempo después. Unos cincuenta años más tarde.
Como hacía mucho frío y era difícil reabastecerse, esa mujer, Pavlena, con otras mujeres, fueron a buscar carbón, a lo largo de las vías del tren. Y el mecánico de una locomotora les arrojó algunas palas de carbón por piedad. Un día que ella juntaba así el precioso combustible, no vio venir a un vagón aislado que había sido lanzado por una locomotora y que le pasó por encima de sus piernas. Murió casi en el momento.
Nunca conocí a esa mujer.
Mi familia llegó a Francia hacia 1913. Conocían los terrenos donde podían instalarse sin ser molestados por la policía. Llegaron entonces a la Porte de Pantin, donde los terrenos estaban prácticamente vacíos. Al declararse la guerra en 1914, mi familia, así como casi toda la tribu kalderash que acampaba allí, tuvo que marcharse. Pero ¿hacia dónde podían ir? Evidentemente, lo más lejos posible del teatro de hostilidades. Entonces se dirigieron hacia España. En aquella época, como se ve en las fotografías antiguas, tenían unas caravanas miserables. Y unos caballos más bien enclenques. Y muchos niños. Así fue como partieron.
Uno de ellos, Pacha (Koutarinsky, de la tribu de los Belkesti), que más tarde se convertiría en mi suegro, no tenía ni un caballo. Él tiraba de su carreta con sus brazos, y su mujer la empujaba. Los niños y algunos objetos que abarrotaban la carreta hicieron así todo el viaje desde París a Barcelona. Más de mil kilómetros. Vivían en auténtica miseria.
En España las cosas no estaban mejor, el país pasaba por una pobreza mayor de lo que uno imagina generalmente. Y para colmo, en aquel tiempo estaban en plena epidemia de gripe[6], durante la cual murieron decenas de miles de personas.
El encuentro de mi padre y de mi madre fue bastante divertido. Al menos así me parece a mí.
Mi padre ya estaba, por así decirlo, separado de su mujer, de la que incluso había oído decir que había muerto. Estamos en 1916. Mi padre, como se recordará, era un gitano kalderash, pero mi madre era una manouche. Su apellido era Steis. Se llamaba Elisabeth Steis entre los kalderash, pero Pauline entre los manouches.
Según la costumbre de los roms kalderash, hay que pedir la mano de la muchacha con la que se quiere casar. Mi abuelo y mi abuela fueron entonces a ver a Steis padre para hacer su petición. Pero éste no quiso saber nada, porque los manouches y los roms tienen costumbres diferentes. Entre los manouches, se frecuenta, se ama antes de marcharse juntos unos días. Al regresar, ya están casados. Entonces mi abuelo materno replicó:
—Escuchad, si los jóvenes se aman y quieren irse juntos, es cosa de ellos. Mi hija no es una vaca que yo pueda vender.
Pero entre los roms kalderash era una vergüenza llevarse a una chica. Entonces, ¿qué podían hacer? Naturalmente, los jóvenes, es decir mi padre y mi madre aún no estaban casados, pero ya se habían visto y se querían. Mi padre le había regalado a mi madre una pequeña cadena de oro. Como hacía calor, mi madre, siendo la mayor, fue con sus hermanas a bañarse en el río. Una de sus hermanas, Tatana, vio la cadena que mi padre le había regalado a su «prometida» y señaló:
—Así que estás viendo al húngaro —era así como nos llamaban— ¡estás viendo al húngaro! Se lo voy a decir a papá y a mamá.
Por temor a la deshonra, mi madre fue a ver a mi padre para decirle:
—¡Estoy deshonrada! ¡Debes llevarme contigo!
Y mi padre lo hizo. Se fue con mi madre, y viajó con ella por toda España. En esa época nací yo. Me llamaron Matéi, Mateo en español. Y como era rubio, me llamaban Mateo Blanco. Para que sus padres no nos encontraran, mi madre se ponía en la cabeza carbón de leña molido. Cuando la vieron por primera vez, yo ya tenía un año.
Ya dije que nací en Barcelona, unos dos años antes que mi hermana Nina. Ella tampoco fue inscrita en el Registro Civil.
Con la paz restablecida entre las naciones beligerantes, mi familia regresó a Francia. En un primer momento se detuvo en Burdeos. Estamos hacia 1921; yo debía de tener cuatro años, y es de ese momento que datan las primeras imágenes que quedaron grabadas en mi memoria.
Después, naturalmente, recorrimos Francia.
Después de la guerra, los asuntos de los roms iban bastante bien. Muchas ciudades habían sido destruidas y necesitaban ser reconstruidas. Por eso la calderería funcionaba cada vez mejor. Ya no teníamos caballos y fue entonces cuando algunos de los nuestros empezaron a comprar automóviles. Otros iban de ciudad en ciudad en tren, a veces en camión.
Recuerdo que cuando era pequeño, pasamos muchas noches en las salas de espera por un tren. Algunas veces hacían té en el samovar. A nuestro alrededor, la gente nos miraba y hacían preguntas. A menudo, las mujeres adivinaban la suerte: era un medio de ganarse la vida como cualquier otro.
Mi padre era el jefe: era quien hablaba mejor el francés. En realidad, a fuerza de viajar, hablaba catorce idiomas. Entonces fue a ver al jefe de la estación de la ciudad y fácilmente obtuvo un vagón reservado especialmente para los roms. Así lo hacían a menudo en Rusia. De esta forma, no molestábamos a los demás y ellos tampoco nos molestaban a nosotros.
Incluso sucedía que, al llegar a una ciudad, la compañía ponía nuestro vagón en una vía muerta, cerca de la cual levantábamos nuestras tiendas.
Con el paso de los años tuve tres hermanos y hermanas más: Serga (Serge), que habría de morir ahogado a los 14 años; Rayda (Louise), que años más tarde se casó con un argelino y que vive hoy conmigo desde hace 18 años, pues quedó viuda; y el más joven de todos, Yoska (José).
En la búsqueda constante de un nuevo país, fuimos a Bélgica. Primero a Bruselas. Allí estuvimos alojados en un gran depósito junto con los Zingeresti.