Contenido
Vinguerka
Matéo Maximoff
Prefacio
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Segunda parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Tercera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Cuarta parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulos 6
Capítulo 7
Epílogo
Capítulo 1
Capítulo 2
COlección matéo maximoff
Vinguerka
La pequeña comprometida
Matéo Maximoff
Vinguerka
La pequeña comprometida
Colección Matéo Maximoff
Editorial Kohelet
Título original: Vinguerka, la petite fiancée
©Matéo Maximoff 1984
ISNI 0000 0000 7101 8807
©Prólogo: Richard Glize
©Traducción: Elizabeth Giuffré
ISNI 0000 0005 1423 4809
Editorial Kohelet
C/Circunvalación Encina 23, 7ºC
18015 Granada
España
E-mail: elizabeth.giuffrekohelet.es
www.kohelet.es
ISBN 979-13-990347-5-2
Depósito legal: BNE
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Prefacio
Esta nueva novela de Matéo Maximoff sigue la tradición de las precedentes. «Vinguerka» es palpitante y a menudo emocionante. Qué historia la de esa niña apodada Vinguerka, nombre de una danza gitana que ella baila de maravilla. Su historia, atravesada por la de Rusia a inicios del siglo XIX, comienza en su infancia con un encuentro con los gadché[1] de su edad. Pero esos gadché no son cualquiera y su encuentro va a determinar la vida de Vinguerka. Las guerras, los amores y una multitud de peripecias se encadenan sin tiempo muerto, el drama se desarrolla de manera sumamente sorprendente. El lector se queda estupefacto y lleno de admiración por el autor.
En cada una de sus obras, Matéo Maximoff hace una puesta en escena, siempre con mucha precisión, de la historia de su pueblo: los roms kalderash. Desde el inicio del siglo XVI, ellos llegaron a Rusia, probablemente provenientes de Valaquia. Durante cerca de cuatro siglos vivieron en esas tierras, llegando incluso a cruzar de un extremo al otro la vasta Rusia. A inicio del siglo XX, un gran número de roms abandonaron ese país. Algunos de ellos llegaron a Francia entre 1910-1911. El padre de Matéo integraba ese grupo. Los nombres de esos gitanos son testimonio del largo período pasado en los países eslavos del norte. La guerra de 1914-1918 empuja a los roms hacia el sur, y es así como Matéo Maximoff nace en Barcelona en 1917.
La obra novelística de Matéo Maximoff es como un reflejo condensado de su propia vida. Hay que decir que, de hecho, Matéo es un verdadero personaje. En efecto, ¿cómo imaginar que un rom, que vivió toda su infancia sobre los caminos, en los trenes y bajo la tienda, aprendiera a leer en encuentros casuales con niños de los gadché y haya podido convertirse en el escritor que es? ¿Qué fuerza llevó a este hombre a escribir, a acumular valiosos documentos de todo tipo sobre su pueblo, sino el deseo del autoconocimiento, de su transmisión a los demás y de la perpetuidad de los suyos?
Matéo Maximoff es un camino entre el mundo de los gitanos y el de los gadché. No es un hombre de la corte, ni del aislamiento, tampoco de la disolución identitaria en la asimilación. No, al contrario: encarna la integración mutua y recíproca de dos culturas.
Nunca agradeceremos lo suficiente a hombres como Matéo Maximoff que saben superar los límites con sus historias. Así, la parte humana, específicamente la gitana, no se perderá y enriquecerá nuestro conocimiento del hombre.
Por todas esas razones, se debe leer «Vinguerka», sin duda el más hermoso y emocionante libro de Matéo Maximoff. Los suyos y él mismo están presentes en esta obra.
Richard Glize
Primera parte
Capítulo 1
Estamos en el período inmediatamente posterior a la guerra. Alemania todavía está en ruina, como casi todo el resto de Europa. Las colas siempre son largas delante de los comercios de alimentación. A veces se debe esperar horas antes de poder comprar comida, para uno y su familia.
Un rom (gitano) —que puede tener un poco más de hambre que otros, porque viene de pasar varios años en un campo de concentración—, cree tener derecho a más consideración que los demás ahora que Alemania está derrotada. No tiene intención de hacer la cola como cualquier alemán bien educado. Avanza al primer lugar, apartando a algunas mujeres que esperan allí, cesta en mano.
Al oír el tumulto, un hombre sale de su tienda. Lleva un delantal blanco manchado de sangre. Entiende que las mujeres protestan contra el comportamiento del «zigeuner[2]». Lleva el hacha en la mano, porque es carnicero. Cuando se da cuenta que el alborotador es un gitano, lo golpea. ¡Un solo golpe! Es un conocedor experto. El rom[3] yace en el suelo, muerto. No dejó escapar ni un solo grito.
Los nazis fueron vencidos por los aliados, pero no este carnicero alemán.
***
Esta otra historia se desarrolla en España, en la época de la dictadura del general Franco.
El autobús está lleno. En la estación, un gitano empuja a algunos viajeros para bajar. Allí hay un oficial, un militar de carrera, con su flamante uniforme. Deja que el gitano baje el único escalón, después saca su revolver y le dispara. Una sola vez. El gitano está muerto. Cuando el oficial comparece delante de un tribunal, es absuelto… y felicitado.
Eran tiempos del general Franco.
***
En el límite de dos municipios, cerca de una gran ciudad de Inglaterra, en un descampado, estacionan una veintena de caravanas gitanas. Hacia la noche, la policía, que se ríe del invierno y del mal tiempo, viene a verificar los papeles de esos malos súbditos de Su Majestad.
En una de las caravanas no obtienen ninguna respuesta. La policía está convencida de que está habitada; entonces sacuden vigorosamente la vieja habitación de cuatro ruedas.
En ese instante, el propietario de esa caravana está en la comisaría donde ha sido convocado para rendir cuentas por algunos temas. Su mujer, está comprando provisiones para su familia en la ciudad. Entonces, ¿quién hace ruido en el interior de la caravana? ¿Son perros u otros animales? No teniendo tiempo que perder, los policías se marchan.
Pero la cocina de carbón se cae en el interior de la caravana a causa de las sacudidas de la policía. El fuego se extiende rápidamente y cuando los vecinos se dan cuenta, ya es muy tarde para apagarlo, dado que el único lugar donde extraer agua se encuentra a varios cientos de metros.
Por desgracia había alguien en el interior de la caravana. E incluso eran varios: un niño de dos años y sus hermanas gemelas de unos meses.
Encontraron sus pequeños cuerpos carbonizados. Irreconocibles. La policía de Birmigham solo hizo este comentario: «Fue un accidente. Son cosas que pasan.» Fueron los «bobies» de la reina de Inglaterra. No los de Victoria, sino los de Elizabeth II.
***
En casi todas las pequeñas ciudades del mundo, hay fiesta los sábados por la noche. Una fiesta más o menos animada. Los jóvenes se divierten peleando por una chica, o porque han bebido mucho. Algunas veces, las navajas salen de los bolsillos… Es fácil imaginar qué ocurre.
Mi historia sucede en una ciudad de América del Sur. Justo cuando tuvo lugar la pelea. Un joven rom, apuesto como un dios, invitó con demasiada frecuencia a la chica más hermosa, de este baile al aire libre. O se encuentra con que es la novia del hijo del propietario más rico de la región. Celoso, el novio sudamericano provoca al joven rom. ¿Quién tiene razón y quién está equivocado? Nadie lo sabe. ¿Quién fue el primero en sacar la navaja? Eso nadie lo puede decir. Pero cuando se llevan el cadáver —de eso están seguros— es el del hijo del rico productor. Como había policías en el baile, el rom es arrestado e inmediatamente encarcelado. Pero la justicia no se detiene ahí. Hubo venganza.
El campamento de los roms, bastante pobre, se encuentra fuera de la ciudad: son pequeñas tiendas instaladas en el campo. Toda la noche, se discutió con firmeza. Y finalmente, como no podían hacer nada, cada uno se va a su cama. Mañana ya verán. ¡No estoy muy seguro!
Como todo el mundo duerme profundamente, nadie escucha el ruido del tractor. Y, si algunos lo escucharon, no se sorprendieron. Después de todo, es normal que un campesino cultive su campo. Pero aquí, el campesino va a sembrar una extraña semilla. Con su tractor, pasa sobre la primera tienda, aplastando a todos los que allí duermen tranquilamente: hombres, mujeres y niños. Y hace lo mismo con la segunda tienda. Al oír los gritos de los pobres que son aplastados, los roms de las otras tiendas se despiertan y, medio desnudos, no logran comprender lo que sucede, e intentan escapar. Pero en su furia, el campesino, conduciendo su tractor, toma su fusil y comienza a disparar sobre quienes huyen. Es un buen cazador. ¡Suma once víctimas en su siniestro recuento de cadáveres! La vida de un gadcho (no gitano) de América del Sur vale la de once gitanos.
El campesino asesino es, puede adivinarse, el padre del hombre joven muerto la noche anterior en el baile del sábado por la noche.
Esto sucedió justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Para guardar las apariencias, el joven rom, que mató al novio celoso, es condenado a un año de prisión.
***
Estamos en Francia, en las afueras de Lyon, en 1980. Dos roms, el padre y su hijo, van de granja en granja por si alguien quiere que afilen sus cuchillos, tijeras y otros instrumentos cortantes. El rom tiene un poco más de cuarenta años y su hijo menos de quince.
Durante su recorrido, un campesino les da algunos utensilios. Al día siguiente, o dos días después, los dos roms llevan al dueño los utensilios que les habían entregado. El campesino cree que el trabajo está bien hecho, pero que el precio es excesivo. Entonces ¿qué salió mal? Es difícil saberlo exactamente porque el campesino fue el único testigo. Lo que se sabe es que el campesino, por todo pago, tomó su fusil y mató a los dos roms, después, orgulloso, los enterró.
Solo algunos días más tarde la policía descubrió los cadáveres y arrestó al culpable. Sometido a juicio, fue condenado a algunos años de prisión. Una duda: ¿a cuántos años de prisión habrían sido condenados los dos roms, si hubieran asesinado al campesino?
***
Regresamos a Alemania en la posguerra. En 1980.
Un rom, acompañado de su mujer y de sus hijos, llega con su coche a una gran ciudad, en busca de su familia, de su tribu si lo prefieren. Conoce muy bien el lugar donde ellos acostumbran a estacionar. La noche anterior, había telefoneado al bar porque sabe que el dueño informaría a su familia. Tuvo la oportunidad de hablar con uno de sus primos. Desgraciadamente, mientras tanto la policía vino a cazar a los «zigeuner» del lugar. Por eso, cuando el rom llega, no encuentra a nadie. Recorre por algún tiempo la ciudad, buscándolos. Cansado, se duermen en su coche en un aparcamiento público, como su mujer y sus hijos, después de una comida rápida, rogando a Dios que la policía no los halle antes de la mañana.
Tarde en la noche, los encuentran algunos jóvenes alemanes, sin duda borrachos. Aparcan su coche cerca del de los roms. El que está sentado frente al volante, se despierta. Abre la ventana de su caravana para pedir a los jóvenes que hagan menos ruidos para que su mujer y sus hijos puedan dormir tranquilos. Por toda respuesta, recibe una bala en la cabeza.
El asesino no puede saber que su víctima es un rom; la mujer escucha hablar a los jóvenes que insultan a su familia. ¿Hay que perdonarlos porque están borrachos? ¿Se puede perdonar a un hombre que mata por placer? Nunca se encontró al joven asesino ni a sus amigos. Nadie se atrevió a denunciarlos.
***
Hay pueblos que, desde siempre, buscan dominar a otros. Eso les resulta más fácil si están sólidamente establecidos en un país donde mantienen un ejército y un cuerpo de policía. Todos los pueblos quieren vivir en paz. Se entiende. Entonces, si los extranjeros intentan instalarse en sus tierras, también se comprende que se defiendan. Y si no son lo suficientemente fuertes, piden ayuda a sus vecinos.
Pero cuando los «invasores» forman un pueblo poco numeroso, que no se sabe de dónde vienen, que no tienen tierra ni casa, es otra historia. Sin embargo, ellos, como los demás, solo piden vivir en paz. ¿Por qué impedirlo si no se presentan como conquistadores? Se pueden hacer muchas preguntas sobre este tema, pero ese no es nuestro objetivo.
Desde siempre y en todos los países, los gitanos fueron asesinados, masacrados, echados, dispersados, encarcelados, reclutados contra su voluntad y acosados. Se ha intentado destruirlos. Y se sorprenden de que aún sigan ahí. Más fuertes y más numerosos que nunca. Se conoce la masacre perpetrada por los nazis contra el pueblo judío, pero también fue contra los gitanos, es decir los roms. No insistiré en ello porque no es el propósito de este libro. Y además, muchos escritores de distintos países del mundo y en diferentes idiomas han descrito ese genocidio.
Lo que menos se sabe es que los nazis no fueron los únicos en querer hacer desaparecer al pueblo rom. Hubo otros que no han sido juzgados por sus crímenes.
Se sabe, por ejemplo, que 36.000 roms de Rumanía han muerto de hambre, de sed y por enfermedades después de que los rusos transportaran a hombres, mujeres y niños a Ucrania, para repoblar una tierra desierta a causa de la guerra. ¿Cuántos lograron regresar vivos al país donde habían nacido?
Se sabe que, en Hungría, los roms de Budapest ayudaron a las tropas rusas a atrapar al ejército alemán. Fueron ellos quienes los guiaron por las alcantarillas —de las que conocían hasta el último rincón—, porque estaban encargados de vigilarlos. Cuando los alemanes lo supieron, masacraron por completo una aldea gitana. Mataron a más de trescientas personas inocentes, que ignoraban todo lo que había pasado en Budapest. Se levantó un monumento en el lugar de la masacre para perpetuar el siniestro recuerdo.
Se habla mucho de la masacre en el gueto de Varsovia que fue, es verdad, el más grande y el más terrible de toda la Segunda Guerra Mundial. Pero ¿alguna vez se habló de la desaparición de alrededor de mil familias roms? Solo sobrevivió una familia. ¡Qué porcentaje!
Cada vez que se mira al pasado, se ve que los roms han sido perseguidos a muerte por todas partes. Se los mata con cierto placer sádico. ¿Qué queréis? Los aristócratas siempre amaron la caza. Y además, ningún cazador es más inteligente que el hombre y es quien más se divierte cazando. A menudo, se asesinó a los roms por el simple motivo de ser gitanos. A las mujeres, las romnia, les cortaban la nariz. Las niñas eran enviadas a orfanatos y los chicos al ejército. Cuando se hacían mayores, se les enseñaba a cazar a los roms, sus parientes, como si fueran perros. Lo peor es que creían que se habían convertido en buenos ciudadanos del país que los había reducido a la esclavitud. Pero la historia es la historia y no sería honesto modificarla.
¿Sabemos que casi la mitad de los esclavos de galeras eran roms? No lo habéis leído porque no se ha escrito y no lo escuchasteis porque no se ha dicho. ¿De qué eran culpables? ¡Simplemente de ser roms! No creáis que en Francia se los dejó tranquilos. Las galeras francesas que surcaban los mares, para gloria de los reyes, navegaban gracias a la fuerza de los brazos que, en gran medida, eran de los roms. Napoleón no fue el último en emplearlos. Hay que llegar hasta los navíos a vapor para que se terminen esos crímenes.
Pero como se dice: «Esa es otra historia». Lo que sigue solo es una novela, pero no estoy del todo seguro de que no sea verdad.
Capítulo 2
El campamento de los roms está bastante lejos del castillo como para que uno lo pueda ver, porque está oculto detrás de un arroyo con grandes árboles. Está formado con tablas y telas, y algunas pobres carretas, carromatos desvencijados de todo tipo que los roms (gitanos) llaman en su lengua vordun, en plural vorduna.
Estamos en Rusia en 1820. Para los roms, los años no se cuentan. Saben que cierto Napoleón invadió Rusia una decena de años antes. La mayoría de ellos huyó de la esclavitud de los países balcánicos, sobre todo de Hungría y Rumanía donde, por doscientos años, sus ancestros fueron esclavos, excepto los que vivían fuera de la ley en las montañas, como animales salvajes. Pero esa también es otra historia.
Con la esperanza de escapar de su miseria, muchos de los roms dejan los países balcánicos para refugiarse en Rusia que, para ellos, es como la tierra prometida. Piensan recuperar su libertad y poder desplazarse a su antojo a través del país como en el pasado. Pero la abolición de la esclavitud que no se promulgó hasta 1855, no se vivió en la Rusia de 1820 donde reina el zar.
***
El trabajo ocupa buena parte del día de los roms. Los hombres, cuando no están en los campos, ni sirviendo en el castillo, no son considerados como prisioneros. Pueden circular libremente en los pueblos o ciudades controlados por su amo que, necesita de ellos como de los campesinos que le pertenecen en cuerpo y alma. Además sus tierras, posee la mano de obra que trabaja para él y a la que solo da alimentos.
¿Quién puede o quién podrá encadenar alguna vez a un rom? Puede sufrir y soportar mil miserias, pero siempre seguirá siendo el que sabe que quien domina hoy, será dominado mañana. Y que quien hoy es tratado como esclavo, mañana posiblemente sea el amo.
***
En esta situación y, contrariamente a lo que se podía creer, los niños son reyes. Ellos son los auténticos roms libres. En efecto, libres de la vigilancia de sus padres, van y vienen a su antojo, siempre sin alejarse demasiado para poder permanecer a una distancia adecuada para poder comunicarse con su madre. Pero si quiere, el niño puede aventurarse más allá del límite imaginario e ir hasta el bosque. Su instinto de hombre medio salvaje siempre lo traerá de regreso al campamento, como si poseyera un sexto sentido.
Si la ropa es escasa para los adultos, lo es más para los niños que deben contentarse con poca cosa. Pero cuando hace más frío, parece que los niños roms no lo sufren. ¿Tienen un temperamento diferente a los demás? Podría creerse.
Nadan como peces; así uno los ve a menudo arrojarse a un río que desciende del Cáucaso, antes de arrojarse a un río que desembocará en el Caspio, al norte de Petrovsk.
Durante el período de los grandes calores del verano, los niños, juegan desnudos ruidosamente en el agua. Gritan y se pelean. Algunas veces se golpean. Como ninguno tiene aún doce años, que es la edad legal para ser considerado como un adulto, chicos y chicas juegan juntos, sin pudor, con inocencia. De todas formas, en menos de diez años, serán maridos y mujeres. Pero por el momento, esa es la menor de sus preocupaciones.
Después de haber tomado un buen baño, algunos descansan sobre la hierba, cuidando de cubrir su sexo con un pedazo de tela.
Hay cinco o seis, rodeando a un chico de unos diez años, casi un hombre. Parece ser el jefe. Descansa sobre su espalda mirando el cielo donde se mueven raras nubes que vienen de la montaña. Dice con voz alta y clara:
—¡Encontré el pasadizo!
Los otros se levantan y uno le pregunta:
—¿Cuándo fue y dónde?
—Aún no te lo quiero decir.
Otro insiste riéndose:
—Estás fanfarroneando; nadie encontró el pasadizo. Mi padre me dijo que lo buscó durante años, él y otros. ¿Te crees más fuerte que ellos?
El que habló primero mira a su compañero y repite:
—¡Encontré el pasadizo!
Otro chico, su hermano, que debe tener cerca de diez años, dice:
—Sí, ¡lo has encontrado en tu imaginación!
Pero interviene otro, que es casi un hombre porque tiene catorce años y es muy alto. Dicen que es un poco tonto. Él dice:
—Si Drago afirma haber encontrado el pasadizo, yo iré con él. ¡Todo pasadizo debe tener una entrada y una salida!
—Posiblemente sea una cueva, como las otras que hay en la región, y entonces no tendrá salida.
—Voy a intentar verlo esta noche —dice Drago—. Nuestros padres estarán en el castillo por un baile o fiesta. Es el momento de intentarlo. ¿Quién vendrá conmigo?
—Yo —dice el grandullón como lo llamaremos desde ahora.
—Yo también —dice sin mucho entusiasmo el hermano menor de Drago.
—Yo también los seguiré —dice otro—, simplemente para comprobar que te equivocas una vez más.
Entonces todos están de acuerdo.
***
A menudo se dice que todo rom tiene dos nombres: uno es para el registro civil, el otro se oculta. Es verdadero y falso a la vez. Esta es la explicación: en su nacimiento, el niño recibe el nombre que le dan sus padres, a menudo el de su padrino o madrina. Y después, desde que comienza a caminar, según sus actitudes o su cara, le dan un apodo, que le quedará definitivamente, o bien sobrenombres raros algunas veces.
El chico que pretende haber descubierto el túnel tiene el sobrenombre de Drago (amado). Su hermano mayor que, es como un gigante a pesar de su edad, robusto, pero poco inteligente, ha sido apodado Smovo (monstruo). Es poco halagador, pero eso no ofende a nadie, ni siquiera a él. El hermano más pequeño se llama Shinoro (pequeño). En cuanto al chico que tomó la palabra, solo pueden llamarlo Sitro (listillo).
***
Los chicos esperan impacientes hasta que sus padres van al castillo. El amo recibe la visita de sus vecinos y necesita al grupo de gitanos para animar y hacer más alegre la fiesta a la que los roms llaman pativ. Durará hasta la mañana. Terminarán completamente extenuados, pero satisfechos, contentos de haber pasado una noche bailando, tocando música y cantando. En esas ocasiones no faltan ni las bebidas alcohólicas ni la buena comida. A veces los invitados del amo se muestran generosos, y así los artistas gitanos reciben regalos lujosos.
El campamento está casi vacío. Solo están los viejos reunidos alrededor del fuego. A pesar del calor del día, las noches siguen siendo frescas y húmedas a causa de la montaña y el bosque cercanos.
El pequeño equipo, reunido alrededor de Drago, vigila a los abuelos. No se ocupan de ellos, al menos por el momento. Las romnia, algunas mujeres de más de medio siglo, cuidan a sus roms.
—¡Vamos! —dice Drago a sus amigos.
—¿Estás seguro de haber encontrado el pasadizo?
—¿Por qué? ¿Tienes miedo? —pregunta Smovo.
—Y tú ¿no tienes miedo a los fantasmas? —pregunta Sitro.
Todos ríen, pero en realidad todos tienen miedo.
—Estoy decidido —dice Drago—. Iré solo si es necesario. Nuestros padres nos han hablado tanto de ese pasadizo que ellos no han encontrado, que, si hay una oportunidad, no quiero dejarla pasar.
—¿Por qué no hablamos con nuestros padres? —pregunta Shinoro—. Son más grandes que nosotros.
—¿Y si el pasadizo es pequeño? —dice Smovo al que le gusta hablar.
—Si fuera así —señala Sitro— ¡tú no pasarías!
—Bien —concluye Drago— yo iré. ¡Sois libres para seguirme o no!
Sale valientemente de la tienda donde ellos se albergan. Sus dos hermanos lo siguen sin dudar. Los demás esperan un poco y observan a Sitro. Este, que no quiere quedar como cobarde, se decide. Entre los otros niños hay algunos que no llegan a los ocho años, hacen lo mismo. A su pesar, Drago avanza lentamente y, de vez en cuando, mira hacia atrás. Sonríe cuando ve que Sitro y su pequeño grupo lo siguen.
***
Quedan dos horas hasta que anochezca así que los chicos tendrán suficiente tiempo para llegar al lugar señalado por Drago. Sitro, que permanece a su lado y al que le gusta preguntar, le dice:
—¿Cómo es que nuestros padres, que tanto nos han hablado del pasadizo, nunca lo han encontrado?
—¡Ya lo verás!
Llegan ante una ladera que oculta completamente el castillo. Drago pregunta a Sitro:
—¿Ya has ido al castillo?
—Sí, mi padre me llevó una vez.
—A mí también, ¡ven a ver!
Drago trepa a un árbol ágilmente. Con la misma agilidad con la que trepa Sitro. Los otros esperan debajo. Al borde de sus fuerzas los dos amigos alcanzan la punta. Desde ahí, aferrados a una rama, pueden ver el techo de la gran morada del amo. Habiendo recobrado el aliento, Sitro pregunta:
—¿Ese es tu pasadizo?
—Mira —responde Drago—, solo vemos el techo. Ayer, quise ver la mansión desde más cerca. Subí la pendiente y ¡caí en un pozo!
—¡Pero por aquí está lleno de pozos!
—No como ese. Cuando caí, o mejor dicho cuando me resbalé, me raspé por todas partes. Es cierto. Como aún era de día, fue fácil salir. Cuando iba a hacerlo vi que estaba sentado sobre un escalón.
—¿Una escalera dentro de un pozo?
—Sí, vas a verlo tú mismo. Evidentemente, tuve mucho miedo y traté de salir lo más rápido posible; pero mi curiosidad fue más fuerte. Avancé lo más lento posible. La luz del día daba cerca, por detrás, posiblemente a una decena de metros. Descubrí otra escalera que se hundía en la tierra. Ahí estaba oscuro, y yo no tenía nada para alumbrar. Entonces di media vuelta. Pero tuve cuidado de ocultar la salida con las ramas que has visto.
Sitro se rasca la cabeza mientras piensa, y después pregunta:
—Y sin duda hoy has tenido cuidado de traer una lámpara.
—Sí, lo puedes comprobar. Smovo trae varias antorchas con las que podremos alumbrarnos fácilmente. Entonces, ¿soy un mentiroso?
—No he dicho eso. Pero todo esto es tan nuevo, y además, si de verdad es un pasadizo, ¿a dónde nos conducirá?
—Mira, fíjate en el castillo y en el foso: ¿No están en una misma línea?
—Sí. ¡Vamos, bajemos! Los otros nos esperan,
***
Solo son niños, aún no son hombres. Necesitan mucha valentía para entrar en el foso. Después de haber apartado las ramas que ocultaban la entrada, el grupo se mete en el túnel, los pequeños detrás de los grandes, ignorando el peligro que corren.
A pesar de su poca inteligencia —al menos eso es lo que dicen—, Smovo logra producir chispas golpeando una piedra contra otra; enciende una mata de hierba y luego una de las antorchas. Como es el más grande, entra primero.
Cuando llegan a la escalera que penetra en la tierra, los niños se encuentran en el umbral de lo desconocido. El día anterior, al no tener luz, Drago no llegó más lejos. De hecho, no se ve el final del túnel ni siquiera con una antorcha. Drago toma la antorcha de manos de su hermano y lentamente pone el pie sobre el primer escalón para comenzar a descender cuando escuchan ruidos de alas y gritos estridentes. Han molestado a los murciélagos. Por el miedo, Drago deja caer la antorcha que se apaga, sumergiendo al pequeño grupo en la más completa oscuridad. Los niños quieren huir; caen unos sobre otros, gritan y lloran. Afortunadamente, al volverse, ven algo de la luz del día. La expedición parece ser desastrosa. Tienen sus ropas un poco más rotas que antes; algunos están un poco lastimados. Uno de ellos, gimoteando, dice:
—¡Quiero volver a mi hogar!
—Yo también —agrega otro.
Finalmente, solo quedan los tres hermanos y Sitro.
—¡No eran más que murciélagos! —dice Drago para consolar y tranquilizar a los demás.
—Pero hay otra cosa —afirma Sitro.
—¿Serán fantasmas? —sugiere Smovo.
Shinoro mira a su hermano como suplicando. Entonces Drago dice:
—No renunciaré ahora. Continuaré avanzando. ¡Sois libres para seguirme o no!
Dicho eso, se pone en marcha, seguido por sus hermanos después de Sitro, que no quiere quedar como un cobarde. Smovo vuelve a encender una de las antorchas que, en el ajetreo, había dejado caer al suelo.
—Vamos a dejar una aquí —dice Drago, que se comporta como el jefe de la expedición—. Podremos verla desde lejos. ¿Cuántas tienes, Smovo?
—¡Cinco!
—¡Bien! Vamos a tratar de colocar una aquí y otra más allá para alumbrar nuestro camino. Ya veremos.
Los murciélagos no le dan miedo. Después de una decena de metros, la escalera termina; el pasillo que continúa es un poco más estrecho, pero podrían pasar dos adultos. Entonces esto no representa un problema para ellos, que son niños. Van rápido. Se diría que apurados; porque en verdad, no saben lo que se van a encontrar.
—¡Posiblemente encontremos un tesoro! —dice Shinoro, que recuerda las historias de los viejos.
Pero es un inquietante tesoro lo que los pequeños roms descubren en el túnel: un montón formado por huesos humanos, esqueletos, cráneos y tibias.
—¡Los fantasmas!
—No, estamos debajo del cementerio; son los huesos que han caído desde allí arriba.
Una explicación que no muy válida, pero ¿qué otra podían dar los niños? Temblando, pero sin atreverse a dar la vuelta, continúan avanzando, casi pegados unos a otros. Y aparece otra escalera, que parece subir. ¿Llevará a la salida del túnel? En fila, los niños suben hasta llegar a una reja. Sin duda hace muchos años que no se abre. Está mal amurada, de modo que Smovo logra quitarla sin problema.
De rodillas para no ser vistos, los niños avanzan lentamente, mirando cuidadosamente a derecha e izquierda. Un tipo de ventana grande ilumina débilmente el interior del túnel. Ya debe estar por anochecer. Delante del pequeño grupo hay una puerta a la que se accede por cuatro escalones. Drago sube primero. Los otros hacen lo mismo y se dirigen hacia la puerta para salir del túnel, como si súbitamente tuvieran la impresión de que sus vidas corren peligro. La puerta no está cerrada con llave. Los niños abren y, oh sorpresa, ven delante de ellos pasillos y salas hasta donde alcanza la vista, con luz por todas partes. Casi tienen más miedo ahora, que dentro del túnel oscuro. Es que temen que los vean y los tomen por ladrones. El peligro ya no está bajo tierra sino aquí, en el castillo. Entonces los niños tiemblan, y esta vez hay buenas razones. Se miran sin saber qué hacer.
Por la derecha, escuchan gritos de alegría y cantos. Imposible equivocarse, son los roms que cantan. Esperan algunos minutos que les parecen interminables antes de dirigirse hacia el lugar de donde parece venir la música y los cantos. Son atraídos como algunos marineros dicen que lo fueron por el canto de las sirenas.
De rodillas o en cuatro patas, escondidos detrás de las cortinas, asisten al espectáculo más sorprendente, más maravilloso. La gran sala del castillo está llena de gente suntuosamente vestida. Las mujeres son tan hermosas que uno diría que son hadas. Sus joyas brillan bajo el resplandor de las luces. Al fondo, al otro lado de la sala, están los roms con sus instrumentos de música. Ellos también están bien vestidos. Los invitados del dueño del castillo comen y cantan mientras los roms tocan, cantan y danzan para ellos.
Los niños permanecen callados; tienen mucho miedo de llamar la atención y ser descubiertos. Smovo toca el hombro de Drago que se vuelve y ve una antorcha que se acerca a ellos. ¿Habrán sido descubiertos? Cuando la antorcha está muy cerca, Drago exclama:
—¡Tú!
Tranquilamente, Smovo puntualiza:
—Pero ¡si es tu prometida!
***
Drago sabe que su prometida, su novia, como la llaman, lo sigue a todas partes. A menudo ha llegado a pegarle, algunas veces muy fuerte, pero en vano. Ella continúa. Uno puede creer que está realmente enamorada de él, tanto como una niña de diez años puede estar enamorada verdaderamente.
Drago le hace seña de que se calle mientras que Sitro apaga bajo su pie la antorcha que se puede ver desde lejos. La niña se arrodilla cerca del grupo de niños. Ella también ve, justo al otro lado, a su familia entre los que han venido a divertir a los invitados del amo.
Los niños no han visto que la chiquilla lleva ropas caras de colores vivos. También lleva bisutería de pacotilla, pendientes en las orejas, brazaletes y anillos. Está vestida para danzar. Los chicos siguen examinando, maravillados, todo lo que pasa, no entre los roms que son sus familiares y que ellos conocen bien, sino entre los gayziés (los no gitanos), los amos. Se ve que muchos ya están ebrios; se ve y se escucha por el ruido que hacen.
La niña se va, dejando solos a los chicos. Nadie se da cuenta de su ausencia. En cuanto a Drago y sus compañeros de expedición, están muy ocupados mirando por primera vez lo que les parece ser el paraíso, cuando ven que la niña va con los suyos. Pero de pronto, sobre la derecha del escenario donde están los músicos roms, la niña baja la gran escalera, lentamente, con la gracia de una princesa.
—¡No es verdad! —exclama Drago.
—¡Nos ha traicionado! —grita a su vez Sitro.
Cuando ella llega al pie de la escalera, curiosamente, la gente se calla y hasta se apartan delante de ella para dejarla pasar.
—Pero esa ¿de dónde sale? —se pregunta sorprendido uno de los músicos, que es su padre.
Los rusos, hombres y mujeres, intrigados por esta aparición inesperada, se apartan para dejarle el centro de la sala, bajo la enorme lámpara que alumbra con mil luces. Ella se detiene justo en medio y se levanta lo más alto que puede y se queda ahí, firmemente clavada sobre sus pies descalzos. Mira bien de frente al dueño del castillo y a sus invitados. Después, lentamente, pone su puño derecho sobre su cadera, después de tomar en su mano derecha la tela de su falda de vivos colores. La pequeña hace todos los gestos que ha visto hacer a su madre. Se inclina hacia adelante y dice en ruso:
—¡En vuestro honor!
Sin moverse de su lugar, gira la cabeza hacia atrás. Su padre, que toca la balalaica se levanta y le pregunta:
—¿Quieres danzar?
Con la cabeza le dice que sí.
—¿Qué quieres bailar?
Entonces, muy segura de sí misma, ella grita:
—¡Vinguerka!
Desde los primeros acordes, la pequeña comienza a danzar, no como una niña, sino como una adulta. Su madre, que está entre las bailarinas, se sorprende y le dice a su vecina:
—Pero ¿dónde aprendió todo eso?
—Ella danza mejor que tú —le responde la otra.
En efecto, la niña danza como una mariposa alrededor de una llama. Los rusos están extasiados. El amo está rodeado por sus invitados. Cerca está su mujer y su hijo, vestido como un príncipe. Solo tiene catorce años, pero ya parece un hombre.
—Esa niña —dice el amo— es la mejor bailarina que he visto. ¡Ella promete!
—Papá, ¡cómpramela! —le pide su hijo.
Con aire burlón el padre lo mira y le responde:
—Tú también, tú también prometes, pero no en el mismo sentido. Ya veremos eso más tarde.
La danza se acaba. La niña se deja caer sobre el suelo, cuidando de extender su falda multicolor. Es buena bailarina, pero también buena comediante. Hombres y mujeres, rusos y roms, se ponen de pie para aplaudir. Su madre se precipita y la cubre de besos. Acaba de perder a una niña, pero ha ganado una estrella.
Capítulo 3
Después de la cena, los ancianos, según su costumbre, se reunieron en medio del campamento, alrededor de un buen fuego preparado por los jóvenes. Enseguida, cada uno toma la manta que lleva y se la coloca sobre los hombros para protegerse del frío. Algunos encienden sus pipas. Delante de otros hay pequeños platos de cobre sobre los que ponen los vasos de té humeante.
A Petri lo tienen por un rom severo. Habló todo el día de tres de sus hijos, pero sin mencionar el nombre del cuarto. Es Petri, quien pidió la reunión de la kris. No verdaderamente para juzgar a sus hijos, sino para darles un buen castigo que servirá de lección a los otros. Al menos es lo que piensa Petri. Él tiene a penas treinta años; y ya es el padre de tres chicos y dos chicas. Es alto y sonríe casi siempre. Lleva una barba corta y siempre impecablemente recortada. Dicen que no es cruel. Él mismo no sabría decir si se trata de una virtud o de un defecto. Ama mucho a sus hijos, al igual que todos los roms. Como su hijo mayor, Smovo, que normalmente debería sucederle, no es exactamente lo que él habría deseado, ha puesto todas sus esperanzas sobre el segundo, al que ha apodado Drago (amado). Será él quien probablemente, más adelante, se convierta en el jefe de su pequeña tribu.
***
Los cuatro muchachos están ahí, sentados en la tierra, medio desnudos, entre los roms que van a juzgarlos y el fuego. Las llamas son vivas y se puede ver nítidamente los rostros de todos los que están allí, incluso el de las romnia (mujeres gitanas) que están detrás de sus maridos.
Hace mucho tiempo que los roms no tienen una kris y, fuera de los cantos y las danzas habituales que hacen los jóvenes, las distracciones son raras en la tribu. A los viejos —en todo caso a los que llaman así— les gusta discutir y contar las hazañas, reales o imaginarias, de sus ancestros. A menudo no son más que leyendas. A veces uno de ellos inventa una historia que los demás creen o simulan creer. No es cuestión de contradecir a un anciano. Además, hay que pasar el tiempo de una u otra manera.
***
Evidentemente, es Petri quien habla primero:
—¿Eras tú, Drago, el jefe de esa expedición?
El joven baja la cabeza y es Smovo quien responde:
—¡Fue él quien encontró el túnel!
—Es a ti a quien me dirijo, Drago. Tú debes responder.
Drago levanta la cabeza; tiene temor, pero no quiere dejarlo ver. Responde:
—No era el jefe, taté (papá). Encontré el túnel, pero cuando se lo dije a los demás, no me creyeron. Entonces, cuando entré en el foso, ellos me siguieron.
—¿Tenías miedo? —pregunta el padre nuevamente.
—Creo que sí.
—¿Sí o no?
—Al principio sí, pero después, ¡no!
Otro rom, sentado al lado de Petri, pregunta:
—¿El trayecto por el túnel fue largo? ¿Cuánto tiempo duró?
—No tengo ni idea —responde Drago—. No sé calcular el tiempo. La entrada se encuentra a medio camino entre esto y el castillo.
—Nosotros lo sabemos porque debimos obstruir la abertura, como nos ordenaron. ¡Creías haber descubierto ayer el túnel cuando nosotros conocíamos su existencia desde siempre!
—Pero ¡nadie se había atrevido a entrar y a atravesarlo! —contesta Drago, orgulloso.
Petri vuelve a dirigirse a su hijo:
—Antes de salir a una de las salas del castillo, ¿qué habéis visto en el túnel?
—Murciélagos —dice Shinoro, que habla por primera vez.
—¡Y muertos! —agrega Smovo aún asustado.
—¿Muertos? —dicen varias voces sorprendidas.
—Esqueletos, huesos —explica a su vez Sitro.
—¿Y no tuvisteis miedo?
Todos los niños bajan la cabeza.
—¡Evidentemente tuvisteis miedo!
—¿Y tú? —pregunta Petri al rom que acaba de hablar— ¿no habrías tenido miedo?
—Yo —reconoce el otro— seguramente estaría muerto de miedo. La prueba es que conocía la existencia de ese túnel y nunca me atreví a aventurarme aun cuando visité con vosotros todas las otras grutas.
Petri vuelve a dirigirse a sus tres hijos:
—Además de los murciélagos y los esqueletos, ¿no habéis encontrado nada?
—¡Nada!
—¿No habéis encontrado un tesoro? —dice sorprendido otro rom.
—¿Y dónde está escondido? —pregunta Sitro.
—Sí, ¿dónde? —repiten varias voces.
—¿Hay otros túneles para ir hasta el castillo además del que habéis usado?
—Sí, taté, hay varios. Pero no hemos visitado ninguno. Teníamos miedo de perdernos. Entonces seguimos el que iba recto frente a nosotros.