Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Esta experiencia lectora, rica en fuentes archivísticas y documentales, busca ofrecer un marco comprensivo de la historia nacional, especialmente entre las décadas del treinta y del cincuenta cuando están fechadas la mayoría de las cartas del doctor Eduardo Santos, abogado, expresidente de la República (1938-1942), político, periodista y humanista.Su interés es el de mostrar al periodista en su "casa de cristal" —metáfora acuñada por Santos en alusión a la transparencia que debería rodear su misión pública—, al político insobornable y escrupuloso que en estos escritos deja lecciones de honradez y discreción; al intelectual de hondura humanística, polímata como pocos, que sin ambicionarlo se convirtió en el propietario del periódico más exitoso del siglo XX en Colombia, y al ser humano, magnánimo y sensible, que cultivaba la soledad tanto como sus amistades selectas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Eduardo Santos“Estrictamente confidencial”
Eduardo Santos“Estrictamente confidencial”
© 2024, Maryluz Vallejo Mejía
© 2024, Círculo de Lectores S.A.S. © 2024,Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, marzo de 2024
Edición
Cindy Lorena Roa Devia
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Constanza Rozo
Equipo editorial Intermedio Editores
Diseño de portada
Constanza Rozo
Cartas
Archivo Eduardo Santos:
Fondo de correspondencia con personajes.
Biblioteca Luis Ángel Arango
Fotografías
Archivo fotográfico EL TIEMPO
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN: 978-958-08-0577-9
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1
Una intrusa en la “casa de cristal”
CAPÍTULO 2
Santos estadista: cartas de navegación
Selección de cartas (fragmentos)
CAPÍTULO 3
Santos intelectual: el periodista que no perdió El Tiempo
Selección de cartas (fragmentos)
CAPÍTULO 4
Santos íntimo: solitario y rodeado de leyendas
Selección de cartas (fragmentos)
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS AL PIE
Lorencita Villegas y el presidente Eduardo Santos, en cuyo frac sobresale el escudo de su también amado equipo Santa Fe.
La autora de esta muy bien estructurada compilación, en el orden cronológico y en el estudio analítico, de correspondencia del doctor Eduardo Santos Montejo, resalta entre las cualidades sustanciales que lo distinguieron, las de ser un demócrata sin dobleces, defensor a toda costa de las libertades públicas consagradas en la Ley; un estadista que hizo de la honradez una norma inflexible: del patriotismo, un deber infinito; y del ejercicio intelectual, una práctica cotidiana. Esa es, en efecto, la personalidad de Eduardo Santos en lo ostensible y en lo privado. Un ejemplo de ello lo encontramos en su primera disposición, tomada antes de estrenar en 1961 el edificio de El Tiempo1, construido para celebrar el primer cincuentenario de ese periódico, del que era propietario. Dicha disposición, de cuyo cumplimiento Santos se ocupó de vigilar en persona, consistió en inscribir a lo largo de diez metros sobre el muro situado frente al corredor principal del primer piso del edificio, el texto completo en letra muy visible, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Organización de las Naciones Unidas, ONU, en 1948.
De tal modo, lo primero que verían los ciudadanos que ingresaran a la sede de El Tiempo, sería esa declaración, símbolo de los principios que habían inspirado de siempre a Eduardo Santos y a El Tiempo.
La intelectualidad y el patriotismo le vienen a Eduardo Santos de dos vertientes ancestrales. Creen muchas personas que la parte intelectual procedía de sus antepasados Santos. No es así. Las cualidades intelectuales de Santos, y también de sus hermanos Hernando, Enrique, Gustavo y Guillermo, emanan del apellido Galvis. Los Santos, oriundos de Asturias, (España) llegaron a Charalá a mediados del Siglo XVII (c. 1654). Se dedicaron al comercio y la agricultura. Pedro Santos Meneses, bisabuelo de Eduardo Santos, poseyó grandes extensiones de tierra entre el Socorro y Coromoro. Acumuló con su trabajo una fortuna cuantiosa, mas no existe indicio de rasgos intelectuales en los Santos de esa época; pero sí fueron patriotas decididos. Pedro Santos Meneses participó, como capitán del Común de Pinchote2 en la revolución de Los Comuneros de 1781 y fue amigo de José Antonio Galán, ejecutado el 1º de febrero de 1782 en la Plaza Mayor de Santafé. En abril siguiente nació en Pinchote Antonia, tercera de las hijas de Pedro Santos Meneses. La bautizó así en homenaje a su amigo, el mártir José Antonio Galán.
Antonia organizó con su hermano Fernando una guerrilla conocida como guerrilla de El Hatillo, o de Coromoro, a continuación de la derrota terrible sufrida por García Rovira en Cachirí. La Provincia del Socorro quedó en poder de las tropas españolas. La guerrilla de los Santos no tuvo minuto de descanso entre 1815 y 1819. Se volvió una pesadilla para las autoridades españolas que buscaban afanosas a sus jefes. En 1819, después de la batalla del Pantano de Vargas, unos espías denunciaron a Antonia Santos como principal cabecilla de los insurgentes de Coromoro. Capturada en su casa de El Hatillo, la joven patriota se confesó “única responsable” de la guerrilla, no obstante, la promesa de perdonarle la vida si delataba a sus cómplices. Fue fusilada en el Socorro el 28 de julio de 1819. Faltaban diez días para la batalla de Boyacá. Frente al pelotón de fusilamiento, pidió que le quitaran la venda de los ojos. Quería ver de frente a sus verdugos y vivar a la Patria.
Los Santos Plata perdieron sus propiedades; de su antigua fortuna no les quedó sino el recuerdo. Recomenzaron de cero en su andar republicano. Un hermano de Antonia, José María Eduardo Santos Plata, casó en segundas nupcias, ya de edad avanzada, con Facunda Galvis Galvis3, en Usiacurí. Tuvieron cuatro hijos, tres de ellos varones. Al menor, bautizado Francisco, su madre le facilitó educación avanzada, que ella misma le impartía. Al cumplir la mayoría de edad, doña Facunda lo envió a Bogotá a estudiar en el Colegio Mayor del Rosario, y allí Francisco reiteró las aptitudes intelectuales que heredó de su madre. Obtuvo con honores el grado de doctor en Derecho; participó en política con el partido radical y fue diputado a la Asamblea del Estado soberano de Santander.
Francisco matrimonió en 1878 con Leopoldina Montejo Camero. Se instalaron en Bogotá. Francisco Santos desempeñó en la capital, ad-honorem, el cargo de agente del Estado de Santander. En calidad de tal publicó un semanario, El Corresponsal, de mucha difusión en Bogotá. Con ese periódico Santos Galvis se acreditó como periodista e intelectual de alta valía.
Los hijos del matrimonio Santos Montejo se educaron en un ambiente de plena intelectualidad. En sus años de estudiante, primero, y después en su trajín político, Francisco Santos Galvis formó una biblioteca con lo mejor de la literatura de autores antiguos y modernos. En ella se nutrieron los hermanos Santos Montejo, lectores voraces y metódicos. Eduardo registró en innumerables notas la esencia de sus lecturas, de las que solía citar, en sus discursos o en su correspondencia, la frase oportuna.
Cuenta él, en prólogo que escribió para las Obras de Tomás Rueda Vargas4, que, en 1910, Rueda Vargas lo invitó a codirigir una publicación quincenal, La Revista. En ella Eduardo Santos comprobó sus capacidades intelectuales, periodísticas y de observador agudo de los acontecimientos, en los resúmenes críticos que escribió para los dos primeros números. La dejó porque se le presentó la oportunidad de viajar a Europa con su madre y su hermano menor, Gustavo, al que acompañaban para instalarlo en Roma, donde Gustavo haría estudios de música y artes plásticas. Durante la estancia de Eduardo en Europa, se publicó en Bogotá el diario El Tiempo, bajo la dirección de Alfonso Villegas Restrepo, futuro cuñado de Eduardo. Sin duda Eduardo se enteró con anticipación del proyecto de Villegas, y de Europa escribió cinco o seis artículos sobre hechos culturales y políticos que tuvieron muy buena acogida en la clase intelectual bogotana. A una semana de emprender el retorno a Bogotá, Eduardo Santos le escribió a Villegas una carta en la que le anuncia su intención de vincularse de lleno al periódico; pone una frase misteriosa “Si es que aún conservas El Tiempo”. No es pertinente ni alcanzaría el espacio para explicar aquí el sentido de esa locución. Se rumoraba en Bogotá —lo habían publicado algunos diarios— que El Tiempo pasaba por serias dificultades económicas, de las que Santos estaba enterado por la correspondencia con su hermano mayor, Guillermo.
La verdad es que Santos era dueño de la mitad del diario, verdad celosamente ocultada por él y por Villegas. Santos, empleado en el ministerio de Relaciones Exteriores, evitaba que se dijera que utilizaba el cargo oficial para favorecer a El Tiempo, con información privilegiada. Sin embargo, periódicos de oposición al gobierno republicano de Carlos E. Restrepo, del que El Tiempo era defensor acérrimo, acusaron a Santos de aplicar ese favoritismo informativo, cosa que era falsa. Santos rechazó el bulo en términos enérgicos.
Cuando se retiró del ministerio, Santos y Villegas acordaron modificar la propiedad de El Tiempo, en dos etapas. En la primera, Guillermo Santos asumiría la administración del diario; en la segunda, una vez que Guillermo pusiera en orden el caos financiero de Villegas Restrepo, sería divulgado el cambio de director (Alfonso Villegas Restrepo) a director-propietario (Eduardo Santos). Dice Santos, en el citado prólogo, que le propuso a Tomás Rueda Vargas que comprara la parte de Villegas Restrepo y que formaran los dos, una sociedad. Rueda Vargas, a quien Santos llama “mi gran consejero”, rehusó la propuesta de Santos, pretextando con razón que un periódico debería estar dirigido por una sola persona o de lo contrario no funcionaría.
Por esa época inicia Eduardo Santos su variada correspondencia con personalidades nacionales y extranjeras, de la que Maryluz Vallejo Mejía nos presenta un recuento esmerado desde finales de los años veinte hasta mediados de los sesenta.
Las cartas de Eduardo Santos que recoge Estrictamente confidencial son un instrumento valiosísimo para quien desee profundizar en la biografía del presidente, del periodista, del demócrata y del humanista que fue Eduardo Santos5.
De la correspondencia del doctor Santos se conocen las cartas que el escribió, en su mayoría conservadas por sus destinatarios, que las donaron a distintos archivos, citados por la compiladora en su excelente ensayo introductorio; pero se han perdido muchas de las que le escribieron a él, pues nunca hizo un archivo con esas cartas. No tuvo tal costumbre, como sí la tuvieron, por ejemplo, Rufino José Cuervo o Carlos Lleras Restrepo. Gracias a tan útil manía conocemos, en el volumen publicado por Carlos Lleras de la Fuente, Cartas del Exilio, el cruce epistolar (1952 - 1955) entre Eduardo Santos y Carlos Lleras Restrepo, que nos revela la situación política en aquel período difícil para ambos.
El epistolario Santos-Lleras nos permite comprender las diferencias superficiales que separaron a Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo, las dos figuras políticas más importantes del liberalismo y de Colombia en el siglo veinte. Esa discrepancia que fue generada desde los años treinta por el “gran consejero” de Eduardo Santos, don Tomás Rueda Vargas, produjo la caída del partido liberal en 1946. En mi opinión, Santos se equivocó en su inquina con López, emergida de la profunda animadversión de Rueda Vargas hacia López al que reputaba un comunista peligroso, disfrazado de liberal, que amenazaba con llevar el país al totalitarismo comunista de la Unión Soviética, equivocación que produjo la ruina y el fracaso de la República Liberal (1930-1946).
Sobre la honestidad de Eduardo Santos, puede decirse que nació con él, pero la fijó en el editorial que escribió en París, en los días amargos de la muerte trágica de su pequeña y única hija, Clarita Santos Villegas, ocurrida el 17 de febrero de 1926. En 1927, Enrique Santos, jefe de redacción y director encargado, trajo, con la debida anuencia de su hermano, una rotativa para El Tiempo, capacitada para imprimir veinticuatro páginas en una tirada. Al inaugurar la nueva rotativa se imprimió en ella una edición extraordinaria de cuarenta y ocho páginas. Eduardo Santos escribió un editorial en que fija los principios tutelares de El Tiempo, editorial que cierra con el siguiente precepto sajón: “La honradez es la mejor política”6.
Sobra recomendar el trabajo de Maryluz Vallejo como un libro de sumo interés para cuantos quieran simplemente leer literatura epistolar de la buena, o bien deseen ahondar en la vida de uno de los colombianos más influyentes de su siglo, que enderezó siempre sus esfuerzos a propiciar y a defender el bienestar de sus conciudadanos y de su patria.
Enrique Santos Molano
“La vida del doctor Santos no es patrimonio exclusivo de una familia o de un partido, sino de la historia”
Klim (Lucas Caballero Calderón)El Tiempo, 29 de marzo de 1974
Hacia marzo de 2023 conocí el Fondo de “Correspondencia con personajes” del Archivo de Eduardo Santos7, donado en 1989 a la Biblioteca Luis Ángel Arango por Rafael González-Pacheco Castro8, médico personal del expresidente. Mi “Santo Grial” era un posible cruce de cartas de Santos con los republicanos españoles que esperaban asilo en Colombia, a muchos de los cuales logró traer antes y durante su gobierno (tema al que me llevó una investigación sobre extranjeros expulsados de Colombia). Pero también buscaba pistas sobre la antropóloga e historiadora gringa Kathleen Romoli9, amiga del mandatario, que vivió largos años en Colombia y dejó sus restos en el Cementerio Inglés de Bogotá, en la calle 26.
Como el Fondo está organizado por orden alfabético, para llegar a Romoli debía revisar desde la letra A, donde apareció la abultada correspondencia de Santos con Germán Arciniegas; ahí entendí que la inmersión prometía ser apasionante porque abría una ventana más íntima de la historia del país desde la mirada de un estadista e intelectual de la estatura de Eduardo Santos. Así que, sin ánimo muy académico, apenas registrando en una libreta lo que veía relevante, y escaneando esas cartas que algún día leería, llegué a la Z. De un número impreciso de corresponsales, que pasa de cien, me enfoqué en aquellos con quienes sostuvo la más nutrida comunicación, como Luis Eduardo Nieto Caballero, Paul Rivet, Daniel Samper Ortega, Gabriel Turbay, Gustavo Santos, Luis Castro Montejo y Alfonso Villegas, entre otros de sus más cercanos colaboradores, amigos y familiares. Pero casi todos los demás quedan aludidos con alguna opinión o episodio.
Al saber que se aproximaba el cincuentenario de la muerte de Santos, el 27 de marzo de 2024, quise compartir esta experiencia lectora que podría ofrecer un marco comprensivo de la historia nacional, especialmente entre las décadas del treinta y del cincuenta cuando están fechadas la mayoría de las cartas. Sobre todo, me interesaba mostrar al periodista en su “casa de cristal” —metáfora acuñada por Santos en alusión a la transparencia que debería rodear su misión pública—, al político insobornable y escrupuloso que en estos escritos deja lecciones de honradez y discreción; al intelectual de hondura humanística, polímata como pocos, que sin ambicionarlo se convirtió en el propietario del periódico más exitoso del siglo XX en Colombia, y al ser humano, magnánimo y sensible, que cultivaba la soledad tanto como las rosas y sus amistades selectas.
Lo primero que sorprende de este Fondo es la intensa actividad epistolar de Eduardo Santos, en particular durante su periodo presidencial. Hoy, cuando se critica a muchos gobernantes por su abuso de las redes sociales en las que suelen dejar mensajes irreflexivos, pasionales o crípticos —nunca finos como aforismos—, y con penosa redacción, las de Santos eran extensas epístolas que, aunque generalmente escritas al vuelo con el apremio de la coyuntura o de un viaje inmediato, no carecían de gracia, soltura y profundidad. Unas las escribió él, de su puño y letra, y otras se las dictó a Isabel Pérez Ayala, su secretaria durante largos años10, que terminó viviendo al lado del periódico.
A pesar del tiempo que debía dedicar a ese menester, solía repetir a sus amigos que era “¡uno de los peores corresponsales de la tierra!”, pero también uno de los mejores lectores de cartas. Además —le dijo a Gabriel Turbay—, “me pasa lo que dice Renán que le pasaba, que cada vez que ponía una carta en el correo tenía la impresión de haber arrojado al buzón una cosa lamentable” (13 de diciembre de 1935).
Varios destinatarios hicieron parte de la Generación del Centenario, de ahí las afinidades intelectuales e ideológicas. Entre quienes vivieron con alborozo la caída del general Rafael Reyes tras las Jornadas Trecemarcistas de 1909 estaban Eduardo Santos, Enrique Olaya, Luis Cano y Alfonso Villegas que, con ánimo patriótico, crearon el Partido Republicano, que puso en el poder al periodista Carlos E. Restrepo. Pero también tienen un papel protagónico en esta escena epistolar los miembros de la Generación de los Nuevos, empezando por los hermanos Lleras Camargo, Germán Arciniegas y Jorge Zalamea. Buena parte de los corresponsales del “sanedrín” eran los políticos del ámbito nacional y regional. Estos últimos lo mantuvieron al tanto de la política menuda de sus territorios mientras los primeros le contaban las intrigas en los pasillos del Congreso o en los clubes sociales bogotanos donde se tomaban las grandes decisiones del país. Pero no fueron menos importantes los extranjeros y los corresponsales en el exterior, en particular miembros del cuerpo diplomático con quienes sostuvo nutridos intercambios dado su interés por el acontecer mundial.
Con casi todos los interlocutores el trato es muy cercano, y se asoma un Santos sorprendentemente cálido (no el hierático y distante de la leyenda), que intenta atender las solicitudes y demandas de sus familiares y copartidarios como si fuera el Santísimo Expuesto al que se piden favores y hasta milagros. Al respecto, él mismo ilustra al maestro Guillermo Valencia sobre la perversión del régimen presidencial que rige en Colombia donde la gente espera que el presidente resuelva todos los problemas, por mínimos que sean: “Tengo sobre mi escritorio el telegrama de un juez municipal del Chocó en el que me cuenta que una de las dos paupérrimas mesas de su despacho está coja y me pide enfáticamente que le resuelva tal atrocidad…”.
Su estilo, forjado en las galeras de la prensa, es claro y directo; enemigo de eufemismos, grandilocuencias y vaguedades. Acude a expresiones coloquiales con simpático desenfado, cita de memoria a sus autores favoritos y se solaza con anécdotas y apuntes propios del humor cachaco. Algunas cartas están escritas a mano —en renglones torcidos y con letra algo desaliñada—, y tienen la naturalidad de sus tachones. Buena parte del material está mecanografiada, siempre con su enorme e inconfundible firma al final; pero también hay numerosas cartas manuscritas.
Este libro está estructurado en tres ensayos que recogen el pensamiento de Eduardo Santos y las voces de sus interlocutores propiciando una conversación inteligente en torno a los debates álgidos de la época —las guerras europeas, la violencia bipartidista y la defensa de la democracia— y los minúsculos asuntos que perturbaban su ánimo, cuando no la crónica íntima y familiar bastante inédita en la historiografía. Ensayos que traslucen una sensibilidad santista y se alejan del convencional saludo a la bandera; que muestran un Santos a carta cabal.
En la articulación de los textos se añadieron datos de contexto para encuadrar históricamente las conversaciones. Así mismo, se mantuvo una línea narrativa cronológica para mostrar el devenir de los acontecimientos, ello en los tres ensayos que corresponden a sendas facetas del personaje:
1.El Estadista: su visión del país y del mundo (en las coyunturas de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial coincidentes con su mandato), donde sobresale el experto en política exterior y económica. Su gobierno de “La Gran Pausa” que predicó el reformismo antes que la revolución. Su defensa a ultranza de la democracia, la paz y el Partido Liberal, del que fue su mayor reserva moral. Las filias y fobias políticas del hombre más poderoso que hubo en Colombia en la primera mitad del siglo veinte.
2.El intelectual y periodista: el diálogo con otros miembros de su generación, sus preocupaciones frente a la libertad de prensa como propietario y director del diario El Tiempo, su pasión por la historia nacional y americana, su afán por impulsar la educación y la cultura en todos los frentes. Su condición de lector omnívoro.
3.El hombre en su intimidad: la personalidad del viajero infatigable, amante de la buena vida, francófilo, amigo de sus amigos, devoto de su madre Polita, de su amada Lorencita Villegas y de la finada Clarita (“las sombras protectoras”). Sus enfermedades. Su “santuario” en el campo (Bizerta) y su casa quinta de Chapinero.
Al final de cada ensayo, y de forma fragmentaria por razones de espacio, se incluye una selección de cartas para desplegar la variedad de temas que coparon la agenda pública y privada de Eduardo Santos y para demostrar el valor testimonial del género. Estas cartas, un abreboca del almendrón que contiene este archivo epistolar, se escogieron bajo criterios de preeminencia de los destinatarios, gravedad o interés de los asuntos tratados, calado de las reflexiones, curiosidad de las anécdotas y, esencialmente, por las revelaciones que contribuyen a iluminar momentos oscuros o sencillamente borrados de la historia; además de documentos inéditos, como su versión de la entrevista que sostuvo en la Casa Blanca con el presidente F. D. Roosevelt, el 9 de enero de 1945, poco antes de la Conferencia de los Tres Grandes en Crimea. En la primera selección dominan las cartas dirigidas a Gabriel Turbay porque abordan los temas sustanciales de su pensamiento político, en la segunda, las de su más cercano confidente Germán Arciniegas, y en la última, las enviadas a su hermano Gustavo.
Son cartas que, como comprobará el lector, documentan fielmente una época y constituyen un repositorio de la memoria individual que, dada la dignidad del autor, deviene en memoria colectiva. Igualmente, representan un tejido epistolar de lo más granado del pensamiento nacional e internacional en los años que recorren.
Valga aclarar que este libro no tiene pretensiones biográficas, aunque las misivas trasluzcan rasgos de la personalidad del mandatario y vayan dejando un rastro de los hechos y de las personas que marcaron su vida. Tampoco responde a una tentación de hagiografía (si bien este género se define como “una composición biográfica acerca de los santos”). De todas formas, no encontré mejor síntesis de la trayectoria de Eduardo Santos —para quienes entran en este libro con una vaga idea—, que la que hace su amigo y constante corresponsal, Daniel Samper Ortega, en el prólogo del libro Periodismo sobre los hermanos Santos:
“Acompañó al doctor Olaya, desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, a iniciar su gobierno; haciendo un verdadero sacrificio, sirvió por breves días a la gobernación de Santander, en momentos en que tal departamento se desangraba, materialmente, por el desborde de la pasión política; hallándose en Europa, representó al país ante la Sociedad de Naciones, el tiempo preciso para hacerle ver al mundo la justicia de nuestra causa; y ha concurrido al Senado lo estrictamente indispensable para encaminar la política de su partido: todos esos cargos los ha servido suspirando por volverse a su periódico, y sirve a su periódico, suspirando por sustraerse a ese mundo de ambiciones ajenas que buscan en El Tiempo su expresión; porque todos creen que Eduardo es quien puede ayudarlos, remediarlos o defenderlos. La vida lo ha obligado a persistir, pero tiene en el fondo un gran parentesco emotivo con Ashaveros, el legendario e inconforme judío errante” (1940, pp. 18-19).
Los documentos arrojan las luces y las sombras del personaje en relación con las decisiones que tomó en su momento, admitiendo que todo acontecimiento tiene zonas de opacidad y se interpreta de una manera diferente en cada época. Esta lectura cruzada de cartas dejó ver al menos tres patrones en la parábola vital y política de Eduardo Santos: 1) Que sus amigos dilectos eran intelectuales de amplia cultura como él, 2) Que en los eventos catastróficos estuvo fuera de Colombia (el Bogotazo, el ataque a los periódicos liberales, la clausura de El Tiempo), y 3) Que durante su mandato urgió a los amigos más cercanos para que volvieran al país a prestarle apoyo.
Al revisar la historiografía sobre la correspondencia de Santos, se encuentran dos antologías: Santos y López de Mesa. Sesenta años de historia, de Javier Gutiérrez Villegas y Cartas del exilio, de Carlos Lleras de la Fuente, que recoge la correspondencia entre Santos y Carlos Lleras Restrepo durante los años de exilio del segundo en México (1952 – 1956). Estos libros incluyen algunas de las cartas contenidas en el Fondo examinado, aunque fueron tomadas de archivos familiares. En el caso de Luis López de Mesa, corresponden al archivo de la Academia Colombiana de Historia, de la que Santos también fue miembro por más de 30 años.
En 2016, Intermedio Editores publicó conjuntamente con la Universidad del Rosario dos volúmenes compilados por Otto Morales Benítez, en los que sí aparecen cartas del Fondo de Correspondencia de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en especial de Germán Arciniegas, Gabriela Mistral y Paul Rivet. Sin embargo, estos volúmenes no tuvieron amplia distribución comercial, por lo que la editorial quiso volver sobre el legado de Santos en esta efeméride. Por otro lado, está el libro de las cartas del político y periodista santandereano, Alejandro Galvis Galvis, fundador de Vanguardia Liberal —recogidas por Alberto Donadio del archivo familiar— con un capítulo de correspondencia entre ellos, cuyas abuelas eran primas hermanas.
El libro de David Bushnell, La política del buen vecino 1938 - 1942, se publicó en 1985, antes de la donación del Fondo, y sólo incluye un par de cartas de Santos. En los dos tomos de Los jóvenes Santos, Enrique Santos Molano se documentó enteramente en prensa, en libros de referencia y, por supuesto, en su conocimiento de la historia familiar, como hijo de Enrique Santos Montejo. Los demás títulos que recogen la obra selecta de Santos, sobre todo sus discursos, editoriales, conferencias y ensayos tienen un carácter más institucional, un “tono mayor”, elevado y docto; en este libro, en cambio, se exalta el “tono menor” de la correspondencia y se magnifica la voz confidencial del personaje público.
Ahora bien, como en el género epistolar —espontáneo y rápido—, se deslizan gazapos o faltas de acentuación y puntuación, estos se corrigieron en las transcripciones; igualmente, por respeto a los autores que ya no tienen derecho al pataleo. Además, porque el doctor Santos solía dictar las cartas a sus secretarias o secretarios, allí donde estuviera, debido también a sus problemas de visión, así que la puntuación habría que atribuírsela en parte a los amanuenses. Por decisión editorial, se hizo una actualización de ciertos términos para facilitar la lectura. No se trata de una trascripción facsimilar de la correspondencia, pero para nada se alteran el contenido y la forma gramatical. En cuanto a los telegramas, que componen una parte mínima del material, se les puso una puntuación básica. Las cursivas para los términos, citas y expresiones en otros idiomas son licencia de la autora.
Santos dejó en estas “Cartas de navegación” una guía para gobernar con tino, como corresponde a un amante declarado de los viajes en barco. En el largo recorrido de más de cincuenta años en que fue jefe natural del liberalismo, presidente de la República y director del diario más importante del país, pergeñó un horizonte que todavía se puede atisbar. Muchas de las cartas las recibía o las enviaba desde destinos en el exterior donde pasó largas temporadas. Y esa distancia, como se lo dijo a algunos amigos, le permitió analizar con cabeza más fría los fenómenos que ocurrían en un país en permanente combustión.
Santos también dejó un testamento, que publicó en su totalidad El Espectador, y que recojo en el epílogo porque da cuenta de la última voluntad de quien siempre pensó en los más necesitados —al igual que su filantrópica esposa—, y supo compensar a quienes le sirvieron lealmente en el periódico y en su vida cotidiana.
Lo que le da el valor diferencial a este libro es el carácter “estrictamente confidencial” de la correspondencia. Como las cartas que le escribe a su cuñado Alfonso Villegas Restrepo que, según Santos, no tienen ni pies ni cabeza y están escritas “como si estuviéramos hablando en cualquier potrero de Chapinero”. Pero en todas ellas queda recogido el credo de Santos que repetimos hoy con la excusa del cincuentenario de su muerte para no olvidar al reconocido “gran ciudadano del siglo XX”.
Agradezco a Intermedio Editores el privilegio de escribir sobre uno de los pocos políticos y periodistas del siglo XX, probo e íntegro, que cuando se equivocó lo hizo de buena fe —como decía él, citando a José Martí11— para acercar a las nuevas generaciones al pensamiento de este patricio, que respiraba sentimiento republicano: el de la concordia y la civilidad política. Repasar casi de oído sus ideas sobre la orientación que debería dársele al país en medio del conflicto europeo, sobre la urgencia de fortalecer la institucionalidad y sobre la corrección política y ciudadana, estimula la razón y ayuda a amoblar la memoria histórica.
CAPÍTULO 2
El amor de Eduardo Santos por el Partido Liberal fue de nascencia. Con ese humor finísimo, que se desliza en la mayoría de sus cartas, le deja caer esta perla a su hermano Gustavo, el 8 de abril de 1947: “Me soltaron el Partido Liberal a la puerta de mi casa, como les sueltan los niños anónimos, envueltos en una cobija, a las hermanas del hospicio”.
Al intentar definir al prohombre liberal, la mayoría de sus amigos, copartidarios y conocidos coinciden en calificarlo como un ciudadano de centro, moderado, capaz de administrar sabiamente sus conocimientos y sus bienes. El hecho de que se escribiera con conservadores y liberales, y se mostrara tan cercano a todos, demuestra que ponía sus afectos por encima de los partidos, aunque tuvo que digerir opiniones crudas de algunos corresponsales sobre asuntos de su máximo interés, como la Guerra Civil Española.
El presidente del gobierno conocido como “La Gran Pausa”, por haber frenado las reformas de “La Revolución en Marcha” de su antecesor Alfonso López Pumarejo, creó el Ministerio de Trabajo atendiendo los reclamos de la clase obrera y aprobó el sindicalismo en el país, pese a que era un anticomunista declarado, para que el Partido Liberal no se quedara a la zaga de las transformaciones sociales.
Llama la atención el dominio que tenía Santos de todos los temas, pero sobre todo de las relaciones internacionales porque fungió de canciller en la sombra desde antes de serlo en los dos primeros años del gobierno de Olaya Herrera. Fue el político boyacense quien le dio su primer trabajo en la Cancillería, recién graduado de abogado de la Universidad Nacional, pero Santos terminó dándole a su “querido presidente y amigo” lo más parecido a una cátedra contemporánea de resolución de conflictos. En sus opiniones se perfila el internacionalista conocedor de la industria de la guerra y el pacifista que contribuyó a apagar numerosas hogueras. (Incluso, junto con el exministro de Instrucción Antonio José Uribe, fundaron en 1935 el Centro de Estudios Internacionales).
En una extensa carta del 20 de abril de 1932, desde París, Santos le sugiere a Olaya posibilidades para organizar el servicio diplomático, nombrar a los más capaces y ahorrar costos. Le dice que le da mucha pereza volver a Colombia porque le tiene miedo a ese océano de intrigas, “pero también a veces me aburro y me melancolizo en esta que tú llamas muelle vida de Europa, y que a ratos es sólo un angustioso esperar de malas noticias”.
Aunque hay quienes le dan el crédito a López Pumarejo, Santos fue el principal artífice de la candidatura presidencial de Olaya Herrera, que le manifestó por escrito su interés en la postulación en diciembre de 1929; pero quien realmente hizo la mediación fue el “Consigliere” Luis Eduardo Nieto Caballero ‘Lenc’. En una simbólica carta, Santos le dice a Olaya que su candidatura ha sido muy bien acogida, que prácticamente sólo tenía enemigos a la izquierda (17 de junio de 1930). Tanto Lorencita como Maruja, la esposa de Lenc, los acompañaron en la comitiva a Barranquilla para darle la apoteósica bienvenida al país al candidato Olaya Herrera, procedente de Washington.
En la gruesa carpeta de Olaya Herrera se sigue el desarrollo de la guerra contra el Perú desde la invasión de Leticia, en septiembre de 1932, hasta su resolución, acompañado de cables de Luis Cano y Eduardo Santos, los dos negociadores que coronaron su misión ante la Liga de las Naciones en Río de Janeiro. Sin embargo, Santos llegó a dudar de la capacidad de arbitraje de ese organismo, como se lo expresó con evidente molestia a Armando Solano, de manera confidencial, el 19 de enero de 1933:
“Me parece que el choque armado no se evitará. Te envío copia de la respuesta que ha dado el Perú a la Liga de las Naciones para que veas hasta dónde llega la mala fe de esos canallas […] Hay cosas bien curiosas y exasperantes. Como esta gente no sabe nada de nada, hay un hecho que les hace creer muy fácilmente para no darse el trabajo de pensar ni de estudiar, que nosotros somos los agresores: los peruanos están quietos en Leticia y sus alrededores, nosotros hacemos un viaje de siete u ocho mil kilómetros con buques de guerra, cañones, ametralladoras y todo lo demás para ir a atacarlos; luego, somos los agresores y los atacamos. Para convencerlos de que esto no es así y de que los peruanos nos invadieron y se defienden en la tierra colombiana, que asaltaron, se necesita mostrar mapas, tratados y documentos. Es una verdadera tortura. Pero si no se hace eso, la gente cree la infame teoría del Perú de que ellos no hacen nada y están muy tranquilos y pacíficos, y de que nosotros vamos a molestarlos y a buscarles pelea […]”. (Subrayados del original).
Pese a sus negros pronósticos, en febrero de 1933, Santos se ganó el espaldarazo en Ginebra con el juicioso informe que escribió sobre el suceso y los fundamentos del derecho de Colombia sobre Leticia.
Solano, su amigo de toda la vida, más inclinado hacia las vías de hecho, le planteó la posibilidad de conseguir armas en Europa. Pero Santos le respondió con su habitual franqueza:
“Yo no estoy muy de acuerdo contigo en lo de la guerra feroz para llegar al corazón del Perú y machacarle los huesos, como tú dices; eso cuesta sumas formidables que nos arruinarían por mucho tiempo, representa un esfuerzo militar que nos dejaría saturados de soldados y generales y nos pondría en el camino de Chile, que hoy está pagando caro sus victorias de la guerra del Pacífico […]. Nada de conquistas, mi viejo, yo creo que este incidente desagradable hay que liquidarlo cuanto antes y apenas restablezcamos la totalidad de nuestra soberanía en las regiones amazónicas”.
En cuanto al armamento, le aclara que esa cuestión es delicada porque “en muchas partes hay depósitos de armas más o menos viejas y más o menos sospechosas, que se ofrecen siempre ‘en muy buenas condiciones’. Después de la guerra de Europa quedaron muchísimos armamentos clandestinos, más o menos como los rifles que nuestros liberales enterraban hace treinta años” (6 de diciembre de 1932).
Olaya Herrera, cuya fina caligrafía es de tamaño inversamente proporcional a su elevada estatura, demuestra su absoluto escrúpulo con los dineros públicos y su afán de imponer la austeridad en la Cancillería, por lo que anunció un recorte del cuerpo diplomático y salarios ad honorem de varios cargos. En respuesta, Santos le dijo que él pagaría de su bolsillo el magro salario de su hermano Gustavo en la Legación de Roma. (En relación con este cargo de Gustavo, en carta del 19 de enero de 1935, Santos le hace este relato al ministro en Madrid, Manuel Marulanda: “Un día compré El Espectador en la calle y me encontré con que habían nombrado a Turbay ministro en Roma y, por consiguiente, habían dejado por puertas a Gustavo, que estaba allí como Encargado de Negocios hace dos años y medio […] No le avisaron a Gustavo ni a mí tampoco. Dictaron el decreto como si se tratara del último de los porteros, y no hubo siquiera una leve excusa para mí”).
Cabe anotar que Eduardo y Lorencita, como gran parte de los colombianos, entregaron sus argollas de matrimonio al fondo destinado a la defensa nacional, de lo cual quedó constancia en una carta dirigida a Olaya en septiembre de 1932 y en el afectuoso agradecimiento que les dieron Enrique y su esposa María Teresa.
El otro republicano con el que Santos tiene un somero cruce epistolar es con el expresidente Carlos E. Restrepo. Al “querido doctor Carlosé”, le escribe el 29 de noviembre de 1934 pidiéndole un pronunciamiento favorable al Protocolo de Río de Janeiro porque temía que si no se aprobaba antes del 31 de diciembre “por la artera insensatez de unos cuantos Laureanos, vengan para el país complicaciones peligrosas […]”. Y en su rol de candidato presidencial le anunció visita, en 1937, porque pensaba pasar dos semanas en Antioquia, recorriendo poblaciones y escuchando a la gente, pero sobre todo quería hablar con él, su mentor.
Así mismo, Santos se escribe con numerosos funcionarios del servicio diplomático, que detentaban los puestos más apetecidos por los intelectuales y los políticos cesantes, aunque los salarios eran exiguos, cuando no inexistentes. Al llegar a la presidencia, elevó a categoría de embajada varias legaciones (Argentina, Chile, Ecuador, Estados Unidos, México y Venezuela) y les dio hoja de ruta a sus representantes, gracias al profundo conocimiento que tenía de los conflictos existentes con cada país y de las oportunidades de negocio y de intercambio cultural. El más versátil en el servicio exterior fue Germán Arciniegas, intelectual multifacético, que se supo mover en el periodismo, la academia y la diplomacia con notable talento, y que como él mismo decía, parecía un gitano porque se pasó la vida saltando de embajadas a universidades en América y en Europa.
De la lectura de sus cartas en distintos momentos históricos se infiere que Santos miró con desconfianza a los Estados Unidos por su apetito imperialista, que buscaba saciar con los países de América Latina, y en esa sospecha influyó la separación de Panamá —que enardeció los ánimos de su generación— y, cómo no, su francofilia (los franceses desdeñaban a los Estados Unidos, tan ajeno a sus valores culturales).
Por otro lado, el comunismo era su “vade retro Satana” y temía que se propagara en América Latina, por lo que el experimento socialista que hacía Lázaro Cárdenas en México despertó su máximo interés desde antes de asumir la Presidencia. Dado que el embajador de Colombia en México, Alejandro Galvis Galvis, era un pariente de confianza, y ya le había mandado una biografía sobre el General Cárdenas, le pidió sus “impresiones íntimas y completas” sobre el régimen. “Me dices que hay allá una legislación social sobre huelga bastante completa y eficaz. Si es así me gustaría conocerla porque en Colombia no hay nada que sirva.
Yo estoy resuelto a no retroceder en materias sociales ni un paso y a no permitir que el liberalismo se conservatice, pero no he de ocultarte que veo en el sindicalismo político un peligro muy serio para el futuro. ¿Qué piensas tú de eso?” (17 de agosto de 1937).
Galvis le contestó que la Reforma Agraria, “que impulsa con mucho entusiasmo el presidente Cárdenas, está resultando uno de los grandes fiascos de América. El sistema que se trata de implantar es un comunismo agrario, disfrazado con el nombre de cooperativas de producción”. Pero no deja de reconocerle lo justo: “El General Cárdenas ha podido estabilizar su gobierno gracias a que no ha mandado fusilar gente como sus anteriores, a que no persigue a nadie, ha fundado un régimen de relativa libertad, desconocido antes en México, y ha concedido mucho en materia de tolerancia religiosa, lo que ha pacificado las conciencias y tranquilizado a muchas gentes” (5 de octubre de 1937). Para que terminara de formarse un juicio, Galvis le prometió otro envío de libros sobre México, entre ellos los de José Vasconcelos: Ulises criollo y La tormenta.
Tal era la fobia del doctor Santos por el comunismo que, cuando irrumpió Hitler en el mapa europeo, lo seguía considerando todavía peor que el nazismo (la misma idea sostenía su hermano ‘Calibán’, el columnista político más influyente del país). Así se infiere de un comentario que le hizo en carta del 26 de septiembre de 1939 a Mario García Peña, responsable de los asuntos del periódico en Nueva York, ante la probable entrada de los Estados Unidos a la guerra:
“Los pueblos son aterradoramente materialistas y cada día lo son más. Ya verá usted cómo si los Estados Unidos hacen buen negocio con la guerra, van a acomodarse con esa situación en que la tiranía totalitaria se adueña de medio mundo. Por lo demás, déjeme que le diga que para mí la actitud rusa constituye el hecho más repugnante, escandaloso e inicuo de la historia universal. Es indiscutible que con todo y ser abominable, la actitud de Hitler tiene cierta grandeza dentro de su locura, en tanto que la de los comunistas es de una villanía sin ejemplo”.
Es sabido que una de las sombras del gobierno de Santos (1938 – 1942) fue el cierre de las puertas a la diáspora judía, que huía de la persecución nazi en la Segunda Guerra Mundial. En las comunicaciones con diplomáticos salen a relucir opiniones adversas a la inmigración judía, las cuales seguramente ambientaron el decreto 1723 de septiembre de 1938 por el que se negaba el visado a los judíos privados de su nacionalidad de origen por el régimen nazi y a los alemanes que habían sido convertidos en apátridas12. En enero de 1939, el canciller Luis López de Mesa remitió una circular a los cónsules en Berlín, Hamburgo y Varsovia, solicitándoles que opusieran todas las trabas al visado de nuevos pasaportes a elementos judíos. En febrero, el canciller reiteró la orden, pidiendo a los cónsules “impedir, hasta donde sea humanamente posible, que entren a Colombia judíos rumanos, polacos, checos, búlgaros, rusos, italianos”.
