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El historiador riojano Víctor Hugo Robledo emprende su tarea más difícil: enfrentarse y disipar la "sombra terrible de Facundo" creada por Sarmiento y construir su propia biografía del caudillo riojano. Redescubrir al Quiroga real no solo es un trabajo historiográfico, sino también un deber político necesario. Como afirma Hernán Brienza en el prólogo de este libro: "Describir a Facundo Quiroga es describir a un pueblo con muchos Facundos en su interior". Robledo desarma a ese caudillo construido por la historia liberal como violento y sanguinario y revisa la mitología creada alrededor de su temido nombre: Quiroga era imbatible, había matado a un tigre a puñaladas, sus hombres, los capiangos, tenían poderes sobrehumanos y su legendario caballo Moro lo aconsejaba en las batallas. ¿Por qué entonces fue asesinado tan fácilmente en Barranca Yaco? ¿Quiénes fueron los instigadores del crimen? A partir de una pormenorizada investigación, el historiador riojano reconstruye al verdadero Tigre de Los Llanos y la trama que lo condujo al cruento final. Facundo llegó a consolidarse como el hombre fuerte de las regiones del Noroeste y Cuyo y fue uno de los puntales del federalismo. Robledo logra con gran oficio desmitificar la barbarie federal instalada porla mirada porteña y reivindica el ideario federal de los líderes como Quiroga que combatían contra el prejuicio y la discriminación. El atentado acabaría con la vida de Facundo, sin embargo, su voz todavía perdura en favor de aquellos que luchan por una verdadera organización federal de la República Argentina.
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Seitenzahl: 482
Veröffentlichungsjahr: 2022
Prólogo
Facundo o la grieta más dolorosa
1 - Los orígenes
2 - Al servicio de la patria
3 - El surgimiento del caudillo
4 - Contra Rivadavia
5 - La defensa de los recursos
6 - Caudillo regional
7 - Entre el Noroeste y Cuyo
8 - La proyección nacional
9 - Un mito viviente
10 - El avance hacia Córdoba
11 - Regreso sin gloria
12 - De nuevo hacia Córdoba
13 - Invasión unitaria a La Rioja
14 - Facundo en Buenos Aires
15 - En campaña otra vez
16 - Retiro hacia el Noroeste
17 - Un riojano indomable
18 - Campaña al Desierto
19 - De Cuyo a Buenos Aires
20 - La misión por la paz y el orden
21 - El desgraciado regreso
22 - No se puede tapar el cielo con las manos
23 - Sentencias, ejecuciones y homenajes
Epílogo
Bibliografía
Cover
Robledo, Víctor Hugo
Facundo : el tigre de los federales / Víctor Hugo Robledo ; prólogo de Hernán Brienza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2022.
Libro digital, EPUB - (Pasado imperfecto / Hernán Brienza ; Los Caudillos)
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-8303-78-9
1. Historia Argentina. 2. Biografías. 3. Federalismo. I. Brienza, Hernán, prolog. II. Título.
CDD 920.71
Coordinación y edición: Víctor Sabanes
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Marisa Corgatelli
Imagen de tapa: Retrato de Facundo Quiroga
miniatura de Fernando García del Molino.
© 2022 Víctor Hugo Robledo
© 2022 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371–1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-8303-78-9
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
A Rita, Joaquín y Alejo.
Prólogo
Facundo o la grieta más dolorosa
Domingo Faustino Sarmiento tuvo razón. De una manera irónica, retorcida, contradictoria e incluso perversa. La “sombra terrible de Facundo”, su figura, su signo, no solo “tenía el secreto”, sino que constituía el verdadero secreto de “las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo”. Por supuesto, no hablamos del Facundo Quiroga real, concreto, de carne y hueso, que tan bien relata Víctor Hugo Robledo en este libro, sino del Facundo hecho signo y “sombra terrible”. Porque, finalmente, el Facundo interviene la historia argentina como clave interpretativa de la dualidad permanente que los argentinos somos.
La “sombra terrible de Facundo”, ese mito construido con intencionada fantasía por parte de Sarmiento, fue, a pesar de los desatinos de su biógrafo, el primer arquetipo literario de la argentinidad. Publicado en 1845, en el exilio, mientras Juan Manuel de Rosas gobernaba estas tierras, el personaje “recreado” por el escritor sanjuanino tiene todas las condiciones formales de un arquetipo y, por lo tanto, delimita lo que podría definirse como una cuestión nacional: explica moralmente a su pueblo, describe políticamente su geografía y determina un destino manifiesto. Quien se adentra en sus páginas reconoce en la imagen de Facundo cierto “espíritu de la tierra”. En él se asume América con su condición barbárica, su exuberancia, su salvajismo, su condición de “antinación”. Es encarnación y asunción, no originaria sino política. Facundo no es indio, no es hijo natural de estas tierras desde antes de la llegada de los europeos, no es un buen salvaje, sino el producto complejo del cruce de líneas entre lo originario y lo civilizatorio. De modo que Facundo es resultado y emergente. Pero por sobre todas las cosas, y he allí el horror de Sarmiento y su legión de seguidores hasta nuestros días, Facundo es un proyecto político.
Pablo Ansolabehere, en su texto “Escrituras de la barbarie”,1 sostiene: “Se sabe que Sarmiento no inventa la fórmula; como tantas otras cosas, proviene de Europa. El término ‘civilización’ empieza a ser usado en Francia durante el siglo xviii como sinónimo de civilidad, progreso, cultura y casi inmediatamente encuentra en ‘barbarie’ su contrapartida. A diferencia de ‘civilización’, ‘barbarie’ es un término mucho más antiguo, surgido en la Grecia clásica como un modo de nombrar a los extranjeros cuya lengua, ajena al griego, era vista como un balbuceo, un ‘bar, bar’ ininteligible del que provendría la onomatopeya convertida en palabra. […] Con la aparición de ‘civilización’, en el siglo xviii, ‘barbarie’ pasará a ocupar su sitio de contraparte, de lado oscuro, de reverso negativo. Si ‘civilización’ significa ‘luz’, ‘progreso’, ‘civilidad’, ‘orden’, automáticamente ‘barbarie’ cargará con sus antónimos: ‘oscuridad’, ‘atraso’, ‘salvajismo’, ‘anarquía’. […] En Facundo, Sarmiento se propone hacer un uso intensivo de este par conceptual antagónico para examinar la historia de la República Argentina, sus costumbres y tipos sociales, lo cual consistirá en ir identificando y distribuyendo, a un lado y al otro, sus heterogéneos componentes: Buenos Aires/provincias, la ciudad/el desierto, Europa/América, el mundo moderno/la Edad Media, Mayo/el Virreinato, progreso/estancamiento, Rivadavia/Rosas, el general Paz/Facundo Quiroga, el conocimiento y las luces/la ignorancia y la oscuridad, el libre comercio/el monopolio, los colonos escoceses/el gaucho argentino. […] No le molesta (a Sarmiento) el esquematismo de la dicotomía y trata de aprovechar al máximo sus virtudes pedagógicas. Al fin y al cabo se trata de una guerra (y, como se sabe, la guerra propicia los antagonismos), donde uno de los mundos enfrentados (la civilización) deberá imponerse sobre el otro (la barbarie), circunstancialmente en el poder”.
El Facundo de Sarmiento ofrece una explicación sobre la patria a partir de un personaje complejo y contradictorio como el caudillo riojano. Se trata de una gran operación cultural, quizá la más importante de la historia argentina, porque marca la cancha de todos los debates posteriores. En este sentido, Sarmiento es el culpable, entre otras cosas, al poner lo “civilizado” como modelo –y en tanto civilizado, europeo, extranjero, neocolonial– para empujar a lo nacional hacia el rescate de lo barbárico.
Dos consideraciones antes de abandonar este andamiaje de abstracción: el subtítulo que Sarmiento propuso para el Facundo no fue “civilización o barbarie” sino “civilización y barbarie”. Es en esa “y” donde hay implícita una posibilidad de reconciliación que ni siquiera el autor imagina. La “o” es exclusivista y determinante, la “y”, en cambio, es inclusiva y permite la convivencia e incluso la fundición. Argentina puede ser ambas cosas al mismo tiempo: civilizada y barbárica, puede ser integrada, unificada, lo civilizado puede ser barbárico y viceversa, y ambos términos pueden preñarse mutuamente y engendrar una nueva forma de restablecer una supuesta unidad anhelada. La “o” permite sospechar la posibilidad de la masacre permanente; la “y” supone, más tarde o más temprano, la probabilidad de una síntesis.
Pero el Facundo es prodigioso para entender el ideario de la clase dominante argentina, del liberalismo autoritario al cual se va a enfrentar el pensamiento nacional a lo largo de todo el siglo xx. Para comprenderlo es necesario leer un par de párrafos escritos por el inmenso sanjuanino. En su último capítulo, acaso su programa político más acabado, Sarmiento hablará de la necesidad, por primera vez explicitada por un escritor de la clase “decente” argentina, de una alianza estratégica con las grandes potencias del mundo, perfecta terminación de la máxima “civilización y barbarie”. Y va a referirse a sí mismo como protagonista de esa alianza. La cita es extensa, pero fecunda:
“He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran movimiento que se operaba, por entonces, en Montevideo y que ha escandalizado a la América, dando a Rosas una poderosa arma moral para robustecer su gobierno y su principio americano. Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos nosotros! Sé muy bien que en los Estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los extranjeros para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree firmemente y sostiene de palabra y de obra. Así, pues, diré en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que la alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de Europa nos perteneció toda entera a nosotros. Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar, con horror, al extranjero”.
“Esa idea de la nacionalidad”, dirá con desprecio Sarmiento, respecto de los viejos unitarios y los federales. Es decir, son los nuevos liberales como él, los románticos, la “nueva generación” que se desprende de la nación, ese “patrimonio del hombre desde la tribu salvaje”. Este Sarmiento exhibe sus verdaderas pretensiones –habrá otros Sarmientos más fecundos en las décadas de 1870 y 1880–, aún obnubilado con la fe de construir una Europa en América. Y él mismo desnuda sus pretensiones:
“En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en una pasión brutal, capaz de los mayores y más culpables excesos, capaz del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos, asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de la América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes, a las leyes europeas, otro gobierno, al gobierno europeo. Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar, en los europeos enemigos de Rosas, sus antecesores, sus padres, sus modelos; apoyo contra la América, tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el mahometismo. […]
”En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea para derrocar el monstruo del americanismo hijo de la pampa; desgraciadamente, dos años se perdieron en debates y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha. Por otra parte, las preocupaciones unitarias estorbaron que se adoptasen los verdaderos medios militares y revolucionarios para obrar contra el tirano, yendo a estrellarse, los esfuerzos intentados, contra elementos que se habían dejado ser más poderosos”.
Nadie podría haberlo dicho mejor que Sarmiento. Allí se encuentran frente a frente la “República Argentina europea” y el “monstruo del americanismo”. Aquí está explicitada la grieta de todas las grietas, la “madre de todas las zonceras”, como dirá Arturo Jauretche, un siglo más tarde. Pero Sarmiento, un combatiente, un convencido, un militante, un hombre de fe, arremete a punta de sable con sus ideas. Convertido ya en el oscuro inconsciente de la clase dominante que organizará la nación con Mitre a la cabeza.
Durante décadas Facundo Quiroga, a pesar de sí mismo y el pudor metodológico histórico, fue constituido a partir de la escritura de Sarmiento. Fue más el Facundo que el verdadero Quiroga. El primero en tomar nota de este asunto fue el genial tucumano Juan Bautista Alberdi, acaso el primer revisionista de la historia argentina. En una diatriba contra el sanjuanino, titulada “El Faustino”, Alberdi escribió que el libro Facundo no describe la vida del caudillo riojano sino que, en realidad, describe más al propio autor. El bárbaro será Sarmiento, sentenciará el tucumano. Y si bien no defenderá la figura de Quiroga, al menos denostará a su biógrafo y derribará, en parte, algunas de las fantasías sarmientinas.
Pero Alberdi no pudo escapar a las pasiones de su siglo y quedó enmarañado en las disputas con su adversario intelectual. Habrá que esperar hasta principios del siglo xx para encontrar un trabajo fundacional sobre la figura de Quiroga: se trata de la biografía escrita por David Peña, que es una primera aproximación con rigor metodológico a la reconstrucción de la vida del Tigre de Los Llanos. Todos los trabajos rigurosos posteriores visitan, para confirmar o debatir, algún pasaje del libro de Peña. De más está decir que el Facundo de Peña echa por tierra todas las inexactitudes y despropósitos del sanjuanino.
Después vendrán aproximaciones a Quiroga desde todos los rincones ideológicos y regionales a lo largo del siglo xx. Habrá Facundos de derecha e izquierda, nacionalistas o localistas, escritos desde La Rioja o desde Buenos Aires. Quizás uno de los trabajos más interesantes, al menos por la época vibrante en la que fue escrito, fue Facundo y la montonera, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde. La hipótesis central de ese texto, cuya prueba documental es abrumadora, es que la guerra civil argentina tuvo su momento decisivo en el conflicto por la explotación de las minas de Famatina entre los grupos económicos ingleses, representados por Bernardino Rivadavia, y los sectores de capital local, defendidos por el propio Quiroga.
El libro de Víctor Hugo Robledo no solo recupera el rigor a la hora de historizar a Quiroga, sino que lo hace desde la provincia del propio caudillo. Gana el libro así en una mirada cercana territorialmente, pero también el texto aventa cierta mirada ajena, y por ajena mitificadora, ya sea a favor o en contra, proveniente de la porteñidad. El Facundo de Robledo –quien además de historiador fue ministro de cultura de la provincia de La Rioja– es un Quiroga profundamente riojano. Y en tanto riojano, indubitablemente federal.
Robledo es un autor prolífico. Profesor de historia, historiador, escritor y un amante de su tierra riojana. Sus libros han iluminado zonas que nadie había visitado en su provincia. Ha escrito La causa perdida del comandante Severo Chumbita, junto al historiador Hugo Chumbita, y Vicenta Romero. La mujer del Chacho, en coautoría con Roberto Rojo. Entre sus libros personales sobresalen Los generales de Quiroga, y los fundamentales La Rioja negra y La Rioja indígena, que aportaron una mirada completa sobre los pueblos ocultados de esa provincia cuyana.
A pesar del oficio que tiene Robledo, no resulta fácil escribir sobre Quiroga, porque consiste en evitar “la sombra terrible de Facundo” creada por Sarmiento. Redescubrir al Quiroga real no solo es un trabajo historiográfico, sino también un deber político necesario. Es la punta del hilo para comenzar a desmadejar el ovillo del prejuicio y el desprecio, la discriminación a la que son sometidos millones de argentinos y argentinas por su lugar de nacimiento, su color de piel y su condición social. Describir a Facundo Quiroga es describir a un pueblo con muchos Facundos en su interior. Alberdi decía que ni siquiera los conquistadores habían empleado un lenguaje tan brutal contra el pueblo, como el que utilizaron Sarmiento y Mitre. Se quejaba de la acusación de “bárbaros” que caía sobre las masas como una piedra imposible de remover. Reescribir el Facundo es siempre una odisea colectiva: es siempre intentar narrar la posibilidad de una “civilización” argentina diferente de esa tan frustrante y autolesiva “civilización europea”. O en palabras de Sarmiento, es alejar un poco a esa “Argentina europea” para intentar quitarle la supuesta “monstruosidad” a la “Argentina americanista”.
Hernán Brienza
1 Pablo Ansolabehere:”Escrituras de la barbarie” en Adriana Amante (dir.), Historia crítica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé, 2012..
1
Los orígenes
I
Ni alta ni baja, sus cabellos abundantes color castaño claro, los ojos verdes, oscuros la nariz fina, casi aguileña, los labios castos y plegados en un broche de energía, el mentón delicado y manso. La joven Juana Rosa Argañaraz pasea su figura por las sendas del caserío al pie de la montaña, entre el ganado, los escasos sembradíos, espinillos y frondosos algarrobos y quebrachos. La casa principal donde vive la familia de la muchacha está construida con material de la zona, piedra y barro las paredes, y varas de algarrobo, ramas de plantas autóctonas y barro, los techos. En los ranchos contiguos viven los criados y esclavos que trabajan de sol a sol en las interminables propiedades donde se cría ganado caprino, vacuno y equino.
En Los Llanos de La Rioja todo ser vivo debe luchar durante el año con la sequía. El agua de las lluvias estivales se almacena en pequeñas represas construidas con bordos de tierra, cuyo piso se impermeabiliza con vegetales del lugar. De estos cortos estancos beben el ganado y muchas veces los humanos. La obtención del agua se complementa con lo que dan los pozos de balde, trabajados por expertos lugareños que excavan decenas de metros hasta llegar a las napas acuíferas y, una vez listos, se extrae el agua con baldes de madera de algarrobos o quebrachos atados a largos lazos de tiento tejido que llegan hasta el fondo para regresar colmados del codiciado líquido.
Los primeros Argañaraz que llegron a La Rioja en la primera mitad del siglo xviii y se asentaron en la zona sur de La Rioja, conocida como Los Llanos, descienden de Francisco de Argañaraz y Murguía, conquistador y fundador de San Salvador de Jujuy en 1593, al igual que otra reconocida familia del norte argentino, los Güemes. En efecto, Gabriel Güemes Monteros llegado al Río de la Plata y afincado en Jujuy a fines del siglo xviii, contrajo matrimonio con Magdalena Goyechea de la Corte, quien descendía, por parte de su bisabuela materna, del gran conquistador del Tucumán, Hernán Mejía de Miraval. La hija de este último, Bernardina Mejía, había donado su dote para fundar la ciudad de San Salvador de Jujuy junto a su marido, Francisco de Argañaraz y Murguía.
En la segunda mitad del siglo xviii, el referente más importante de la estirpe riojana de los Argañaraz fue Gregorio, quien se casó el 26 de abril de 1753 con Micaela Vergara, a la postre padre y madre de Juana Rosa, nacida en 1759 en Minas de San Isidro, caserío situado cerca de la localidad de Ulapes y en los límites con San Luis.
La zona está cortada de Norte a Sur por un sistema de bajas montañas que conforman las Sierras de Los Llanos, de Chepes, de las Minas y de Malanzán. En todas ellas, los Argañaraz fueron incorporando propiedades. Más aún, una de las ramas de estas sierras situadas en Minas, donde se asentaron originariamente, lleva hasta hoy el nombre del apellido familiar de la joven: “Sierra de Argañaraz”.
II
Quienes describen Los Llanos riojanos del siglo xix coinciden en afirmar que es un territorio vasto y árido, que se extiende de Oeste a Este, desde la precordillera andina hasta las Salinas Grandes, que marcan el límite con la provincia de Córdoba. La travesía, como frecuentemente se nombraba a esta región del sur de La Rioja para esa época, es una depresión que está constituida por un desierto casi sin agua, interrumpida solamente por la elevación granítica compuesta de tres cordones paralelos de alturas diversas. Pequeñas vertientes que surgen escasas de estas sierras conforman las únicas aguadas a las que acuden presurosos los viajeros y animales para saciar la sed. El agua es muchas veces salobre, y personas, plantas y animales no tienen otra opción que adaptarse a ella irremediablemente. La vegetación es mediocre, arbustos esmirriados de plantas salinas y ramilletes de arboledas de quebrachos y algarrobos que resisten estoicamente los rigores de la geografía. En medio de este antiguo mar seco donde se eleva la mole pétrea de los tres cordones, se delimitan tres zonas diferenciadas: Costa Alta de Los Llanos, al Oeste; Costa Baja, al Este; y una intermedia entre las anteriores denominada Costa del Medio de Los Llanos. En esta zona las lluvias estivales se producen desde diciembre a marzo y es la oportunidad de almacenar el agua en las represas para combatir los rigores de la sequía en los meses siguientes
Hasta esta región llegaba en el siglo xix el hábitat del jaguar. Hay documentos y relatos en la tradición oral que tienen como figura central a este felino que desde las culturas originarias era protagonista de situaciones fantásticas.
El oeste de la provincia, que comienza en la cordillera de los Andes, desprende cordones que conforman largos valles, cuyo principal cordón es el de Famatina. Donde falta el agua, la provincia es un desierto, donde hay humedad, la tierra demuestra su fertilidad alfombrando el suelo con una frondosa vegetación autóctona y nutridos cultivos trabajados por sacrificados habitantes.
Las tierras con aguadas fueron rápidamente ocupadas por los conquistadores españoles a partir del siglo xvi, y las que quedaron yermas fueron ocupadas por hombres y mujeres deseosos de poseer un pedazo de tierra para ser libres. Allí fueron a poblar los españoles pobres, los indios sin encomienda y los negros libres que después debieron conchabarse a las principales familias dueñas de estancias que les garantizaban techo y comida. Llegadas las guerras de la Independencia se integraron voluntariamente u obligados por sus patrones a los ejércitos patrios, y en las guerras civiles fueron el componente principal de lo que en Los Llanos se llamó “montoneras”, encabezadas por miembros de las familias prominentes, que fueron nombrados como líderes o caudillos.
III
En 1775, el joven José Prudencio Quiroga vivía en el valle de Jáchal, jurisdicción de la ciudad de San Juan de la Frontera, donde se había afincado una de las ramas de la familia Quiroga llegada desde Chile en el siglo xvi.
A fines del siglo xviii, los Quiroga pretendían tener presencia entre las autoridades del Cabildo local y propusieron a uno de sus miembros. El teniente de corregidor de Jáchal no vio con buenos ojos el ingreso al ayuntamiento del joven candidato José Prudencio, de veintitrés años, impulsado por su familia; según su parecer, se había mostrado demasiado ambicioso y había llegado vertiginosamente al grado de comandante militar de la comarca. Antiguos resentimientos con injurias, muertes en duelos de honor y venganzas insatisfechas que heredaban de enfrentamientos familiares de vieja data se sumaron a los celos políticos que había entre los conquistadores de la Corona española por acaparar pueblos, tierras y más poder.
Ambos bandos apelaron a su fortaleza. José Prudencio se mostró activo, apalabrando a pobladores, dueños de viñedos y de haciendas para desobedecer y resistir el avance del funcionario real, y así debilitarlo y despojarlo de autoridad. Este último movió sus influencias en Mendoza y en la sede trasandina de la Capitanía General de Chile de la cual dependía Jáchal, advirtiendo de lo que él llamaba “El Alzamiento de los Quiroga en contra de la autoridad del Rey”.
Pero hay algo más. El funcionario real justificó su negativa al ingreso del joven al cargo, a la impureza de su sangre, y lo acusó no solo de ser criollo, sino de ser mestizo.
Y era verdad, los Quiroga habían llegado con la conquista misma de Chile, y ya en 1536 existía este apellido cuyo primer portador era Jacinto Quiroga, quien se casó en Cuyo, jurisdicción de la Capitanía General de Chile, con Micaela de la Vega Sarmiento y prolongarían de esta manera en sus hijos el apellido compuesto Quiroga-Sarmiento. Sin embargo, los hijos del matrimonio serían quienes terminarían dividiendo la doble designación: José mantendría el Quiroga de su padre, y Jacinto (hijo) usaría solo el Sarmiento de su madre. Este sería el origen del cual derivaría el parentesco entre Facundo Quiroga y Domingo Faustino Sarmiento. José retornaría a Chile con una categoría social de alta alcurnia y el grado de alférez, pero su linaje no se mantendría puro porque, a fines del siglo xvii, se encontraría casado en segundas nupcias con una hija natural de Francisco Muñoz del Tejo, llamada Antonia Vázquez. Quizás este último hecho provocó el descenso social que poseían los hijos de esta última unión, quienes regresaron a San Juan de la frontera degradados socialmente. Más aún, cuando el hijo de estos, de nombre José de Quiroga y Muñoz del Tejo, contrajo matrimonio con una india de nombre Isabel del repartimiento de la encomendera Teresa del Pozo y su matrimonio fue inscripto en los libros de la iglesia local pertenecientes a los no españoles. De este matrimonio mestizo nacerían once hijos, el décimo sería José Prudencio Quiroga, futuro padre de Facundo.
IV
Corre el año 1776, los Quiroga se reúnen para tomar una decisión. Les preocupa la situación de su hijo, enfrentado a muerte con el teniente de corregidor de Jáchal. Los padres temen que la contienda termine en tragedia y acuerdan un pacto para evitar la disputa armada y, aunque es doloroso el resultado alcanzado, prefieren preservar la vida de su hijo por sobre cualquier otro interés. El fin de ese acuerdo, a solicitud de la autoridad real, es la salida de José Prudencio de la jurisdicción, y sus padres deberán convencerlo de que así lo haga.
José Prudencio escucha, inclina su cabeza y con el mentón sobre su pecho piensa; no se siente muy persuadido, pero están sus padres y el resto de la familia de por medio. Luego, mirándolos a los ojos, les pide unos días para pensarlo.
El tiempo pasa rápido, y en los primeros días del mes de abril la decisión está tomada. Se despojaría voluntariamente de su grado militar y abandonaría la jurisdicción.
Era mediados de abril cuando las arrías de José Prudencio emprendieron la marcha hacia Los Llanos de La Rioja, allí quedaban algunas tierras para poblar. La caravana reunía decenas de mulas que cargaban los enseres, herramientas de labranza, jaulas con aves de corral, perros pastores y guardianes. Caballadas, vacunos, cabras y algunas pocas llamas se sumaban a la columna donde José Prudencio resguardaba todas sus pertenecías y esperanzas. Peones de labranzas, criadores, mujeres de servicio que lo ayudarían a asentarse en su nueva residencia acompañan el derrotero. Había que comenzar de nuevo y su familia le había dado anticipadamente su dote.
Un soleado día de mayo las primeras arrías del joven Quiroga comienzan a llegar al villorio de Las Minas, al pie de las sierras de Argañaraz. Allí trabajará duro para construir su casa, corrales, y rancherías para los peones y esclavos, represas y pozos de balde. Allí también conocerá a quien sería su esposa y pasarán más de dos años para que formalice su noviazgo con Juana Rosa Argañaraz.
V
Cuatro años después, el 26 de abril de 1780, Juana Rosa y José Prudencio se casaron. Ella tenía veintiuno y él, veintisiete años. Con la herencia de su esposa y los bienes del marido, la pareja se afincó al pie de una de las ramas de la Sierras de Los Llanos en el paraje de San Antonio, situado en la Costa Baja. Aún existe la vertiente a cuyo pie se radicarían y construirían una casa grande de cuantiosas habitaciones y cimientos hechos con enormes piedras. En los alrededores hay todavía vestigios de las numerosas actividades cotidianas que realizaban la familia y los criados: corrales para el ganado, morteros para la molienda de granos, sembradíos, plantaciones de naranjos, higueras y otras plantas frutales. La pareja le da vida al pueblo hasta convertirlo en un centro importante: edifica un oratorio en honor al santo patrono y una escuela. De acuerdo con las necesidades estacionales, la familia se trasladaba a las distintas propiedades que poseía en la zona de Los Llanos: La Tosquera, La Calera, Ñoqueve, Mascasín, Los Médanos, entre otras.
Quince años después del casamiento, un censo encuentra a la familia Quiroga Argañaraz viviendo en La Calera, lugar cercano a San Antonio y situado entre los parajes de La Tosquera y Ñoqueve. Por entonces tenían cinco hijos: Claudio de quince años; Juan Tomás, catorce; Cándida, doce; María Lina, diez y Juan Facundo, seis. Con los años, el matrimonio traería a este mundo dos vástagos más: Saturnina y Servanda. Además, como agregados a la casa de la familia, habitaban en el mismo lugar nueve personas entre españoles y mestizos, quienes se encargaban de las distintas labores diarias y productivas que poseía la Estancia. Para entonces Juana Rosa tenía treinta y seis años de edad y había educado a sus hijos enseñándoles a leer y escribir. De los varones, a Facundo se lo ve interesado en las enseñanzas que le imparte su madre, y su padre nota que es el que tiene mayores condiciones para que lo ayude en los negocios que realiza con zonas cercanas, provincias vecinas y con Chile.
En el año 1805, cuando Facundo alcanzaba los diecisiete años, la familia se había consolidado como una las más importantes de Los Llanos y de la provincia. Datos documentales, como un censo que la iglesia levanta durante este año, revelan que la familia posee unas dos mil cabezas de ganado mayor, lo que la coloca como una de las más significativas entre las propietarias de hacienda, solo superada por don Nicolás Peñaloza de Atiles, con cinco mil cabezas; Cayetano Ontiveros de Catuna, con la misma cantidad, y Pascual Quintero de Colosacán, con tres mil. La misma cantidad de cabezas que la familia Quiroga Argañaraz poseía don Clemente Galván de Ámbil, y un poco menos tenía don Juan de la Vega, del paraje de Solca, con mil quinientas cabezas. Por su lado, Casilda Flores, viuda de Chepes, alcanzaba el millar. Todos los nombrados eran habitantes de Los Llanos.
La reforma impulsada por el rey Carlos III motivó la creación del Virreinato del Río de la Plata, seis años después la jurisdicción riojana dejó de depender de Salta del Tucumán para pasar a formar parte de la jurisdicción de Córdoba, según lo establecía la Real Ordenanza de Intendentes de 1782. Por entonces, Los Llanos riojanos, abastecían de ganado a San Juan, Mendoza y el Norte chico chileno, este último abocado a la minería, y todas zonas escasas de vacunos y mulas. A cambio de esto ingresaban en La Rioja azúcar peruana y otros productos que llegaban por las costas del Pacífico. El comercio se complementaba con las ventas que se hacían a Córdoba, Tucumán y demás provincias y ciudades del Norte.
Para esta época, la población de Los Llanos alcanzaba las cuatro mil almas aproximadamente, que se distribuían en una extensión de cuarenta y ocho a cincuenta leguas y ciento catorce estancias, once capillas y solo un pueblo de indios sobrevivientes: Olta.
Los funcionarios reconocidos que representaban y administraban justicia y recursos bajo la autoridad de la Corona española eran siete jueces pedáneos y cuarenta y nueve empleados de milicia.
VI
Se sabe que Juana Rosa Argañaraz fue madre y maestra de sus hijos. Les enseñó a leer y escribir en momentos en que, en la jurisdicción riojana, dependiente de Córdoba, no había escuelas públicas y los sacerdotes eran quienes se encargaban de la educación de los hijos de las principales familias en las jurisdicciones de las capillas que visitaban. La falta de libros de lectura hacía que los improvisados maestros acudieran a cualquier medio que les proporcionara el lugar. Así, la correspondencia de la familia o de cualquier otra actividad, los bandos y demás documentos oficiales y públicos, y muy pocas veces los libros, servían para que los docentes hicieran practicar la lectura a niños y jóvenes.
En el seno del hogar de los Quiroga, cuando la noche caía, Juana enseñaba a leer a sus hijos a orillas del fogón. El texto principal que usaba para ello era la Biblia, por eso se decía que Facundo recitaba de memoria párrafos textuales del libro sagrado.
El poeta Hilario Ascasubi, durante su estadía en París, en 1868, como diplomático durante la gestión del presidente Mitre, aseveraría esto al relatar una anécdota del encuentro de Facundo con un oficial del ejército en la ciudad de Buenos Aires que leía la Biblia. Al decirle el oficial que lo hacía porque no la conocía, el riojano le respondió que él la conocía de la primera a la última parte y comenzó a recitar el Génesis de memoria. Al ser interrumpido por el militar, que expresó que el comienzo de un libro es fácil de retener, Quiroga le dijo que abriera el libro donde quisiera, que él lo recitaría, y así lo hizo, comprobando que la conocía en toda su extensión. También le habría dicho a su interlocutor que a sus oficiales también les exigía que la leyeran.
Sin embargo, Domingo Faustino Sarmiento en su famoso libro Facundo o civilización y barbarie se empeñó en querer convencer a los lectores de que el caudillo era un maleducado, contradiciendo la constante preocupación y dedicación de Juana Rosa Argañaraz para con sus hijos. Además, Sarmiento lo caratuló de violento y hasta agresor de sus padres y de su maestro, docente de una supuesta escuela de San Juan adonde Facundo habría sido enviado cuando tenía once años de edad. Aunque no haya prueba documental de ello, era común que los hijos de las familias pudientes de Los Llanos fueran a estudiar a la ciudad de San Juan, ya que en la provincia de La Rioja no había escuelas ni las habría oficialmente hasta después de la segunda mitad del siglo xix.
Asimismo, de aquel hijo violento que pintara Sarmiento en su libro Facundo no ha quedado nada. A lo largo de su vida demostró ser un hijo atento, fiel y colaborador de sus padres, a quienes acompañó durante toda su vida. Una de las pruebas de ese hecho fue su renunciamiento a integrar los ejércitos patrios en las guerras por la Independencia cuando tuvo la vocación y la oportunidad de hacerlo, y el amor que profesaba a su madre cuando se dirigía a ella en la correspondencia.
Lo que se puede asegurar es que creció en un ambiente rural y pudo familiarizarse con distintas actividades que demandaba el campo: cría de ganado, adiestramiento y monta de caballos, alguna que otra tarea en labranza, y laboreos en las minas, así como capacidad para ordenar y organizar a la gente y dotes de autoridad y mando que, cuando grande, supo aprovechar.
Cuando falleció su padre, en 1821, Facundo se convirtió en el puntal principal de la familia Quiroga, no solo sosteniendo a sus hijos y esposa, sino a su madre y hermanos, además de continuar con las actividades económicas y comerciales que eran patrimonio de la familia.
2
Al servicio de la patria
I
La Revolución de Mayo sorprendió a la jurisdicción riojana con diecisiete mil habitantes y como parte del territorio de la gobernación intendencia de Córdoba creada por la Corona española en 1782. Cinco partidos constituían su división política, en coincidencia con los eclesiásticos, en este último caso llamados curatos, dedicados en su mayoría a la agricultura, ganadería y, en algunos casos, a la minería. La mayoría de la población era rural, y se dividía casi en partes iguales entre los partidos o curatos.
La sociedad había alcanzado un alto grado de mestizaje, donde convivían los descendientes de españoles, indios, negros y mestizos. Había una clara diferenciación social sustentada por españoles y los hijos de estos nacidos en América, quienes tenían la plenitud de los derechos y ocupaban los principales cargos públicos. Imperaba la aristocracia de la tierra de tipo feudal, integrada por estos descendientes de conquistadores que habían sido beneficiados en el reparto de la tierra y conformaban la clase superior. El resto era considerado de baja condición y se los separaba en negros libres, indios (de encomienda y yanaconas), esclavos y mestizos. Estos grupos integraban la mano de obra de las principales propiedades de los españoles y sus descendientes y consistían en un sinnúmero de personas que trabajaban en esas propiedades solo por el sustento para ellos y muchas veces el de sus familias.
Las clásicas y viejas rencillas domésticas entre familias que se disputaban poder acaparaban la atención de quienes tenían intereses en la política. Los principales contrincantes eran los Dávila y los Ocampo, que nucleaban a las demás familias aliadas, apoyando una u otra fracción, generalmente unidas por lazos familiares e intereses políticos y económicos, y reñían por los cargos principales en el Cabildo.
Los Dávilatenían su estancia principal en el antiguo pueblo de indios de Sañogasta, al oeste de la provincia y al pie de las sierras del Famatina, que era sede del mayorazgo, institución establecida en las Leyes de Indias, tendiente a perpetuar el conjunto de bienes de una familia llamado “vínculo”.
Quizás el miembro más conocido en la época de la Independencia fue el coronel Nicolás Dávila quien, como veremos más adelante, participó activamente junto a su hermano Miguel del plan sanmartiniano de invasión al vecino país de Chile y, posteriormente, llegó a ocupar el cargo de gobernador de la provincia de La Rioja en 1820.
La Casa de los Ocampo era más nueva en la jurisdicción que la anterior. Descendientes de Andrés Ortiz de Ocampo, también con propiedades en el oeste provincial, en el antiguo pueblo de Anguinán, cercano al mineral de Famatina. Productores de forraje para la invernada del ganado que cruzaba la cordillera a Chile complementaban su economía con el cultivo de vid, nogales y otras plantas de Castilla. Estaban representados en 1810 por figuras con trascendencia en la política de las Provincias Unidas, como Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y su hermano Domingo.
Con estos protagonistas en la sociedad riojana en los primeros años del siglo xix, y cuando tener curas y militares como miembros de las familias daba prestigio, los Ortiz de Ocampo habían ido ganando espacios de poder y creciendo en la consideración de la sociedad virreinal.
Detrás de estas familias principales había otros núcleos que apoyaban a una u otra familia según sus intereses políticos y económicos. Entre ellas, la de los Quiroga, cuyo integrante más reconocido, Juan Facundo, iba a culminar con este modelo colonial para instaurar una nueva etapa que marcaría para siempre a la historia provincial y nacional.
II
Eran tiempos de guerra por la Independencia, pero las actividades cotidianas debían continuar, entre ellas los viajes de negocios que en Los Llanos se hacían indispensables. El joven Facundo estaba al tanto de cada detalle y diligencia que conformaban las operaciones comerciales que realizaba su familia. Su padre lo había puesto al frente de todo, ya que el reuma, a sus casi sesenta años, le había menoscabado los huesos.
Los continuos viajes a provincias lejanas o vecinas que le demandaba la actividad habían ido sumando en Facundo, desde los dieciséis años de vida, la experiencia de la relación con los peones que lo acompañaban, costumbres, oficios, habilidad para los negocios, pero también los “vicios”.
Era común que al llegar a los pueblos y parajes se encontrara con carreras cuadreras y riñas de gallos; o que cuando se escondiera el sol se instalaran los campamentos y se encendieran las fogatas, aparecieran el mazo de naipes, el alcohol, las apuestas, las mujeres y las peleas. A pesar de que sus padres le habían advertido que se alejara de esas tentaciones, se sentía solo y la curiosidad pesaba, y aunque se apartaba de la convivencia con los peones, siempre llegaba a compartir un rato con ellos.
Quizá fue su tío lejano, pariente de su madre y capataz de su padre, don Erasto Contreras, a quien el padre de Facundo le había quitado la confianza y el trabajo debido a su adicción por el juego, por el que le había hecho perder parte de la mercadería que le había confiado, quien introdujo al joven Facundo en el mundo del juego.
Era un mes del año 1812 cuando Facundo partió desde su pueblo, San Antonio, a la cabeza de una tropa de mulas, cuyo cargamento eran barriles con aguardiente con destino a Buenos Aires que su padre había comprometido. Ni se imaginaba que ese viaje lo marcaría para siempre. Las mulas eran los vehículos de carga más apropiados para un territorio inhóspito como Los Llanos, donde los caminos eran inexistentes para los carruajes. Durante semanas viajó por sierras y llanos hasta llegar a la pampa húmeda de la gran ciudad, otrora capital del virreinato. La venta se hizo en la forma esperada y Facundo se convirtió en custodio del importe del negocio que debía llegar a manos de su padre que esperaba en La Rioja. Pero no en vano había adquirido esa maldita adicción al juego. La ansiedad por una partida de naipes le fue ganando con el paso de las horas hasta que se entregó a las tentaciones de las apuestas. Tenía dinero y podía hacerlo. Pensaba como los que están bajo el karma de la ludopatía: jugar, ganar y devolver lo que había tomado prestado. La suerte le fue esquiva y perdió todo el dinero que había cobrado de la carga de aguardiente.
Cuando tomó conciencia de la gravedad de lo que había sucedido, corrió por su cuerpo una sensación de desazón y arrepentimiento. No solo había jugado el dinero que no era suyo, sino que había faltado a la confianza que había depositado su padre en él. Anduvo angustiado y pensativo varios días hasta que decidió no retornar a su provincia por la vergüenza que le causaba enfrentar a sus padres y contarles la verdad.
Días después estaba camino a Mendoza, provincia a la que había ido en varias oportunidades solo y con su padre por negocios. Allí se encontraba el teniente coronel Manuel Corvalán, comandante de la frontera sur de la provincia de Mendoza, levantando bandera de enganche para la conformación de un contingente de doscientos hombres. En el fuerte de San Carlos, donde estaba su comandancia, le llegaron noticias por parte de su ayudante, sobre un joven que llamaba la atención debido a su comportamiento. Le restaba importancia al enganche, no comía con el resto de la tropa, llevaba su rancho aparte y ahí se le veía usar cubiertos de plata.
Conducido ante el comandante, este averiguó su origen y antecedentes y las razones de su conducta. El joven le relató su historia y las razones por las que estaba en Mendoza, y por qué se había enganchado como soldado. Con el paso de los días se fue ganando la confianza del comandante, quien lo sumó al círculo de su servicio, y siguió con las filas que iban camino a la capital porteña.
Mientras el contingente transitaba por la provincia de Córdoba, el teniente coronel Corvalán recibió un mensaje de un chasqui cuyo emisor era don José Prudencio Quiroga, quien le solicitaba que le devolviera a su hijo. Lo quería ver en su casa y con su familia, sin importarle lo que había sucedido con lo recaudado con la carga de aguardiente.
Al llegar el contingente a Buenos Aires, Facundo fue destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo, fuerza de elite que estaba conformando el general José de San Martín, cuyo punto de adiestramiento estaba en Retiro. Le tocó sumarse a una compañía, parte del regimiento de infantería, donde recibió instrucciones durante un mes por parte del capitán Juan Bautista Morón.
El teniente coronel Corvalán no había olvidado aquella solicitud del padre de Facundo cuando cruzaba territorio cordobés y siguió realizando las gestiones para obtener la baja del riojano. Finalmente, obtuvo lo solicitado y Quiroga emprendió el retorno a su provincia natal. En La Rioja, su padre y su familia lo esperaban, había mucho por hacer. La hacienda vacuna engordaba y debía buscar los mercados chilenos. Las mulas estaban listas para marchar al Norte donde se venderían para el transporte del Alto Perú y los cabritos también debían cuidarse para consumo de la casa y zonas vecinas. También eran frecuentes los pedidos de los ejércitos patrios a los que se debía asistir con caballos, mulas, arneses y alimentos, algo que la familia Quiroga no desa- tendía. Había concluido así la primera y única vez que Facundo recibiría instrucción militar.
III
En esa época, el comandante de Los Llanos era Juan Fulgencio Peñaloza, tío de Ángel Vicente Peñaloza “el Chacho”, uno de los soldados más importantes que tendrían las huestes federales de Juan Facundo Quiroga en el futuro. El capitán de milicias de Los Llanos era el padre de Facundo.
Eran años decisivos para la patria. En el territorio de las Provincias Unidas había ideas contrapuestas. En el Buenos Aires de 1815 se había aprobado el Estatuto provisional por la Junta de Observación, cuyo texto expresaba la convocatoria a un Congreso general para avanzar con los objetivos truncos dejados por la Asamblea del año XIII, entre ellos la Declaración de la Independencia y la sanción de una Constitución.
En la Banda Oriental y provincias del Litoral, José Gervasio de Artigas, fogueaba su pensamiento, convocando a un congreso en la Villa de Arroyo de la China, hoy Villa de la Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos, para contrarrestar el poder de Buenos Aires y sus ideales centralistas. Los escasos documentos existentes hablan de dos sesiones a mediados de año donde el caudillo oriental pudo expresar su ideario independentista republicano y federal a la Ligade los Pueblos Libres representados.
En el Norte y Cuyo había otras ideas, las monárquicas. A Tucumán, sede del Congreso, iban llegando los representantes que declararían la Independencia al año siguiente.
Las virulencias políticas entre las dos familias riojanas y sus aliados se iban acentuando con el paso de los días y en este enrarecido contexto se iba a dar el primer intento de autonomía de la provincia de la gobernación intendencia de Córdoba, de la cual dependía desde 1782. El nuevo gobernador intendente cordobés José Javier Díaz asumió el cargo y con él llegaron las ideas artiguistas. En el revuelo, ni lerdos ni perezosos, los Dávila, que controlaban el ayuntamiento, declararon en mayo la autonomía riojana de la jurisdicción cordobesa, situación que duraría más de un año.
Fraccionada como estaba la provincia, le llegó el momento de elegir el representante al Congreso de Tucumán, que consagró al presbítero Pedro Ignacio de Castro Barros. El primer diputado riojano contaba con el apoyo de los Dávila, pero fue impugnado por sus adversarios, los Ocampo, quienes propusieron a los sacerdotes Pedro Antonio de la Colina y Juan de Dios Villafañe, postulaciones que no prosperarían por el rechazo del Congreso, que quería impedir a toda costa el ingreso de las ideas federales que profesaban los hombres influenciados por el caudillo oriental. José Prudencio Quiroga apoyaría la elección de Castro Barros, pues en esta disputa estaba cercano a los Dávila, ya que estos lo habían convocado y convertido en tesorero y alcalde del Cabildo riojano.
IV
A los sesenta y tres años de edad y con problemas de salud, José Prudencio Quiroga renunció, en 1816, al cargo de capitán de milicias para el que había sido designado años antes, pero al retirarse, gestionó el traspaso del grado para uno de sus hijos. En principio sería designado Claudio, su primogénito, pero finalmente, en febrero de ese año, la distinción recayó en el menor de los Quiroga, Juan Facundo. El comandante de Los Llanos, Juan Fulgencio Peñaloza, sería quien le informaría de su designación desde Portezuelo: “Acabo de recibir oficio del Sr. Gobernador [Ramón Brizuela y Doria] en el que me previene ha relevado de la tenencia de esa compañía a D. Claudio Quiroga y que le nombre a Ud. por capitán de ella […]”.
Como veremos a continuación, el nombramiento se va a dar en momentos álgidos de la política riojana. La provincia se había declarado autónoma de Córdoba en mayo de 1815 y, a pocos días de asumir Facundo, se dio una revolución en el mes de abril, encabezada por el capitán José Caparrós, quien había sido enviado por el director supremo Ignacio Álvarez Thomas para reclutar un cuerpo de tropas, los Húsares de la Unión. Caparrós aprovechó para destituir al gobernador Ramón Brizuela y Doria y designar en su lugar a uno de sus adversarios, el sargento mayor Domingo de Villafañe. Ante el peligro que significaba que la provincia fuera absorbida por los ideales federales como había ocurrido con las del Litoral, el congresal Castro Barros pidió ayuda al Congreso de Tucumán. Este envió al teniente coronel Alejandro Heredia para sofocar el levantamiento, reponer al gobernador depuesto y disponer el regreso de La Rioja a la dependencia de la jurisdicción de Córdoba.
No se encuentran datos que nos informen acerca del comportamiento de Facundo en estos hechos, quizás el movimiento no le dio tiempo a manifestarse, aunque ya dijimos que su padre apoyaba a la familia Dávila. Sí tenemos información de sus primeros pasos una vez designado en el cargo. En los primeros meses se lo vio muy activo. Entre las primeras órdenes recibidas a poco de asumir están las de reunir un contingente de veinticuatro hombres para remitirlos a la capital: “Aunque sean hombres de bien, apercibiendo al padre que tenga dos hijos, que dé uno, y completando este número con los intrusos en ese Partido”. También se le solicita que se encargue de buscar a los desertores que se encuentran en el Distrito de Los Llanos, cuya lista es de más de treinta hombres.
Interesado por la guerra, Facundo viajó tanto a la capital provincial como al interior, particularmente al Oeste, para tener un panorama general de la situación de la provincia y, si fuera necesario, solicitar auxilios para las fuerzas que luchaban por la Independencia. Con ese fin, llegó hasta el campamento El Plumerillo en la ciudad de Mendoza, que comandaba el general San Martín, para entregar los aportes que hacía la provincia de La Rioja. También viajó hacia el Norte llevando las arrias, vituallas y los pertrechos de guerra que entregó al general Belgrano, por entonces jefe del Ejército del Norte.
Mientras en La Rioja vivían preocupados por la guerra que se sostenía en el norte del país, y en Cuyo San Martín ultimaba detalles para su histórico Cruce de los Andes, Buenos Aires se convulsionaba por los mezquinos intereses de sus ganaderos, registreros y contrabandistas, quienes, en contacto con las potencias extranjeras como Inglaterra y Francia, solo se interesaban por aumentar sus fabulosas fortunas al margen de los intereses de la patria.
Nada les importa de las urgencias que demanda la guerra por la libertad, ni la situación de los pueblos del interior que resistían en el Norte, Cuyo y la Banda Oriental, esta última agredida por los portugueses. Es en este momento que comienza a sentirse con más fuerza la palabra “federalismo”,y las provincias del Litoral se suman al descontento oriental y preparan sus lanzas para avanzar hacia Buenos Aires. Mientras en Tucumán crecen los debates y se gesta la Declaración de la Independencia.
La frágil economía riojana se vio afectada por la guerra de la Independencia. La mano de obra se integró a las fuerzas patriotas, los productores agropecuarios hacían sus aportes con esfuerzo y los dos mercados más importantes con los que comerciaba, Chile y el Alto Perú, se habían cerrado apenas comenzada la guerra. Sin embargo, las contribuciones riojanas siguieron llegando. Solo entre 1814 y 1817 fueron remitidos cañones fundidos al pie del cerro Famatina, miles de kilos de pólvora, plomo para balas, suelas para monturas, correajes, sacos de harina, hombres y mulas, entre otras contribuciones tan necesarias para el mantenimiento y equipamiento de los soldados, y ahí estuvo Quiroga, en la tarea de reunión y traslado de hombres y recursos a los lugares donde estaban los ejércitos patrios.
V
Durante 1817 ocurrieron varios hechos trascendentes en la vida del joven capitán de milicias de Los Llanos. En los primeros meses de 1816 le habían encomendado una misión muy importante como subalterno de mayor jerarquía del comandante de Los Llanos, Juan Fulgencio Peñaloza, que consistía en reunir un contingente de hombres de Los Llanos para sumarse a las fuerzas de la patria y cumplir con una trascendental misión a pedido del general San Martín.
El capitán de Granaderos a Caballo planeaba recuperar Chile para las fuerzas patrióticas como parte de un plan que lo llevaría a Lima, Perú. Para ello, San Martín le solicitó al general Manuel Belgrano, jefe del Ejército del Norte, la conformación de una columna para que, una vez en territorio chileno, tomara dos objetivos fundamentales: Copiapó, última población importante hacia el norte de Chile; y Huasco, donde estaba el puerto más septentrional del país trasandino en ese momento. La misión de la Expedición Auxiliar Riojana era evitar que los realistas bajaran del Perú por mar, desembarcaran en el norte chileno y tomaran esa región como base para iniciar la recuperación del país vecino, en caso de que San Martín tuviera éxito en su plan de recuperar este territorio para los patriotas independentistas.
El número de integrantes que conformaran la columna auxiliar debía ser importante, ya que una vez en territorio chileno, tenía que dividirse para tomar los dos objetivos encomendados. Para ello, en agosto de 1816, el general Belgrano había enviado a La Rioja a un oficial de su máxima confianza, nacido en la Banda Oriental, el coronel José Benito Martínez, para hacerse cargo del gobierno provincial y, una vez en funciones, proceder al armado del contingente. Con ese objetivo depositó en dos hombres esa misión: el comandante Nicolás Dávila en el oeste y norte de la provincia, y Juan Fulgencio Peñaloza en Los Llanos, en el que tendría gran protagonismo el capitán de milicias de la jurisdicción, Juan Facundo Quiroga.
En marzo de 1816, el contingente de Los Llanos riojanos partió hacia la localidad de Guandacol, situada en la precordillera riojana, donde debían esperar el paso del invierno. Allí se reunieron con los hombres del oeste y norte riojano y doce hombres de línea enviados por el general Belgrano para imprimir experiencia a los milicianos riojanos cuyas profesiones eran arrieros, labriegos, criadores, pastores y peones. Los hombres y sus montas fueron entregados al gobernador José Benito Martínez, quien puso a la cabeza de la columna auxiliar al oficial del Ejército del Norte, coronel Francisco Zelada, y como segundo jefe al comandante de Famatina, coronel Nicolás Dávila. La expedición partió el 22 de enero de 1817 y tomó los objetivos previstos exitosamente el 12 de febrero, en las primeras horas del mismo día que San Martín triunfaba en Chacabuco.
Concluida la misión de entregar el contingente, Fulgencio Peñaloza y Facundo retornaron a Los Llanos. El 20 de enero, Fulgencio solicitó una licencia al cargo de comandante. Era el cargo máximo al que podía aspirar un hombre en su jurisdicción. El propio comandante en funciones, Fulgencio Peñaloza, solicitó una aprobación a su solicitud ante el gobernador y este último se la concedió, pero además lo autorizó para que propusiera a quien considerara de su confianza para sustituirlo. Así Peñaloza le comunicó al gobernador cuál había sido su elección. “En virtud y concurriendo las virtudes predichas y siendo de la confianza de esta comandancia el capitán Don Facundo Quiroga se les sustituye en los términos dichos”.
Antes de cumplir los treinta años, al flamante comandante de Los Llanos le quedó tiempo para contraer matrimonio con la mujer de la que se había enamorado, la joven María de los Dolores Fernández, de dieciséis años, integrante de una familia vecina de su Partido, con quien se casó en 1817. Durante los quince años siguientes de matrimonio, su mujer traería al mundo cinco hijos: Ramón, nacido el mismo año del casamiento; Juan Facundo, en 1819; María del Corazón de Jesús, en 1827; María de las Mercedes, en 1828, y finalmente José Norberto.
VI
Facundo entendía que el caballo era la otra parte del hombre, es decir, que uno era el complemento del otro. Especialista en la materia, le apasionaba todo lo referente a la cría y el desempeño que tenía cada uno de los animales que él estimaba tendrían un buen cometido cuando llegaran a la edad en la cual podían dar lo máximo de sí. Se sentía orgulloso cuando su caballo tenía cualidades distintas a los demás y le rendía más que otros.
Durante los últimos días de 1818 y los primeros de 1819 estuvo de paso en Chepes, donde le robaron un caballo que era su preferido. Un doradillo que le había regalado en Guaja Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza, por entonces un joven. Con la información obtenida supo que los cuatreros habían huido a San Luis y fue en su búsqueda. Por esta última circunstancia o por su tránsito con un cargamento hacia Córdoba, Quiroga tuvo que detenerse obligadamente en San Luis por orden del teniente de gobernador de esta provincia, Vicente Dupuy, ya que la situación entre las provincias del Litoral, influenciadas por Artigas y Buenos Aires, no era la mejor, y las del Noroeste y Cuyo especulaban con el resultado del desarrollo de los acontecimientos.
El lunes 8 febrero de 1819 Facundo se encontraba en la ciudad de San Luis, en cuya cárcel estaban confinados los oficiales del Ejército Realista hechos prisioneros en las batallas de Chacabuco y Maipú y enviados a esta villa por órdenes del general y gobernador de Cuyo, José de San Martín. Muchos autores dan su versión de los hechos de por qué Facundo estaba en San Luis, entre ellos Domingo Faustino Sarmiento, quien sostiene en su Facundo que el riojano se encontraba prisionero del gobierno local por haberse sumado “a la montonera de (Francisco) Ramírez, vástago de Artigas” y era la causa por la que había sido detenido y puesto en prisión.
También se atribuye algún hecho de sangre entre Facundo y un soldado local que terminó muerto, y por lo que el teniente gobernador puntano lo puso en la cárcel con una gruesa cadena con grillos.
No se sabe con precisión cómo ocurrieron los hechos, pero sí todos reconocen que Facundo tuvo una heroica intervención para impedir que los prisioneros realistas sublevados huyeran en masa de la prisión en la que se encontraban.
