Heidegger en la tormenta - Marcel Conche - E-Book

Heidegger en la tormenta E-Book

Marcel Conche

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Beschreibung

«El 17 de mayo de 1933, Hitler declara que desea la armonía entre los pueblos de Europa; en octubre, repite: "Queremos la paz, queremos la armonía". Heidegger se toma todo esto al pie de la letra; por eso cree en Hitler. No llega a comprender en absoluto la farsa del personaje; pero en aquel momento ¿quién la comprendió? Ahora bien, Heidegger, al dar crédito a las palabras de Hitler, defiende justamente lo contrario que éste –según Mein Kampf– realmente quería: se hallaba, de hecho, en la resistencia.»

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Seitenzahl: 118

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Heidegger par gros temps

© Marcel Conche

© De la traducción: Pilar Sánchez Orozco

© Editorial Melusina, s.l., 2006www.melusina.com

Diseño gráfico: David Garriga

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN-13: 978-84-10414-23-5

Contenido

Prólogo a la segunda edición

Introducción

I. Heidegger «resistente»

II. Heidegger inconsiderado

Nota a la presente edición

Notas

Prólogo a la segunda edición

los dos opúsculos que publiqué en 1996 y 1997 constituyen ahora los dos capítulos de esta obra. Los he retocado muy poco. Dominique Janicaud se preguntó acerca del término «resistente»: «Heidegger resistente, ¿acaso este título no concede demasiada importancia a la defensa postrera del filósofo, argumentando que éste habría opuesto una “resistencia espiritual” al nacional-socialismo?».1 Creo que Heidegger efectivamente resistió. Es cierto que no formó parte del «ejército de las sombras». Pero la resistencia al nazismo adoptó muchas otras formas, como puede apreciarse en la obra de Barbara Koehn La resistencia alemana contra Hitler 1933-1945.2 Todos los que asumieron riesgos fueron «resistentes».

En esta situación se encuentra Heidegger. Jean-Michel Palmier, en la revista Lignes, escribía lo siguiente: todas las personas, dice, que siguieron los cursos de Heidegger «dan testimonio de la valentía real que mostró atacando al nazismo en sus cursos. Hannah Arendt —a quien no se puede considerar sospechosa de ceguera o de complacencia— afirma, en el texto que escribió para el ochenta aniversario de Heidegger, que éste asumió muchos más riesgos de lo que entonces era normal en la universidad alemana (Vies politiques: Gallimard, 1974, p. 319). Él mismo mencionó la vigilancia constante a la que fue sometido por parte de la Gestapo, por falsos estudiantes que se introducían como espías en sus cursos. Son afirmaciones confirmadas por testigos de la época. Aquellos a quienes tuve la ocasión de preguntar sobre aquellos años, incluso cuando no se conocían, afirman unánimemente que para sus estudiantes resultaba evidente la hostilidad de Heidegger hacia el nazismo».3 Uno de esos estudiantes era Walter Biemel, de quien J.-M. Palmier cita la carta siguiente, fechada el 4 de marzo de 1968: «En ningún curso y en ningún seminario tuve la experiencia de una crítica tan clara al nazismo como junto a Heidegger. Por otra parte, era el único profesor que no comenzaba su curso con el “Heil Hitler!” de rigor. En sus conversaciones privadas, desarrollaba una crítica tan aguda de los nazis que comprendí hasta qué punto era consciente de su error de 1933. En ninguno de sus escritos posteriores a 1934, Heidegger se identificó en modo alguno con los nazis. Cuando la crítica de los nazis hubiera debido ser velada (en particular durante la guerra), ya que cualquier crítica abierta significaba la pena de muerte, yo puedo asegurarle que esta crítica era aún tan clara que todos la comprendimos».4

Queda el «error» de 1933. Sebastian Haffner (1907-1999) era entonces un joven abogado en prácticas. En Historia de un alemán escribió lo siguiente: «No todos los que se hicieron nazis en aquel momento sabían exactamente lo que ello implicaba ... La mayoría de ellos, ciertamente, habría abierto los ojos de par en par, aterrorizados, si se les hubiera preguntado (por sólo nombrar algunas instituciones particularmente visibles) si estaban a favor de la instauración de cámaras de tortura oficiales permanentes y de los pogromos instituidos».5 Además, existía, «en algunos (en particular entre los intelectuales), la convicción de poder aún cambiar el rostro del partido nazi y al adherirse a él orientarlo en su dirección».6

Esta convicción fue sin duda la de Heidegger. Es una debilidad de su filosofía haberla hecho posible. Puesto que en Sein und Zeit no tiene en cuenta la moral universal, nada le impide comprometerse en la vía de un nacionalismo limitado. La «tontería» de que Heidegger se acusa (eine grosse Dummheit) no consiste en un simple accidente en su trayecto; tiene su origen en una ceguera radical, inherente a su propio pensamiento.

2003

I. Heidegger «resistente»

mi propósito es liberar a Heidegger de la sospecha de nacionalsocialismo, por la sencilla razón de que está absolutamente exento de lo que es esencial para el nacionalsocialismo: el racismo y el antisemitismo. Como, sin embargo, aunque sin ser nazi fue miembro del partido nazi, de ello se deriva que los nazis encontraron en él a un adversario ideológico, alguien que les resistía: un resistente.

Una palabra, no obstante, se nos presenta aquí como una dificultad, que parece autorizar la sospecha de antisemitismo. ¿Es este el caso? Esto es lo que debemos examinar antes de considerar, en su fondo, los textos heideggerianos —o, al menos, algunos de ellos— del periodo sombrío.

La palabra: Verjüdung. El 2 de octubre de 1929, en una carta privada, Heidegger habla del riesgo de «abandonar definitivamente (la vida espiritual de Alemania) a una judaización (Verjüdung) creciente».1 ¿Qué puede decirnos esto? Nos remite al periodo wagneriano, pues la palabra apareció, parece ser, bajo la pluma de Wagner, hacia 1850.2

¿Qué ocurría con el antisemitismo en el sigo xix en Alemania? Recordemos que la moral racional y universal, la de los «derechos del hombre», desarrollada por la filosofía de la Ilustración y que se substanció en la Revolución Francesa, implicaba desde luego la igualdad de derechos para los judíos. Fue esta igualdad la que se logró bajo la protección de los ejércitos napoleónicos en los territorios bajo ocupación francesa. Al amparo de esta ocupación, los ju­díos desarrollaron una actividad económica que no dejó de irritar a la burguesía de las ciudades alemanas. De manera que, durante y después del Congreso de Viena, se planteó la cuestión de la revisión de los derechos de los judíos. ¿Debía conservarse la igualdad concedida a los judíos por la Revolución? La presencia de ju­díos o su ascenso a posiciones que, en tiempos de su relegación al margen de la sociedad civil, les estaban vetados no se desarrollaba sin despertar celos, reprobación o temor. De ahí una judeofobia larvada, incluso aunque no fuera posible volver duraderamente hacia atrás. ¿Qué hacer con los judíos? Los judíos molestaban. Heinrich Laube, en 1847, sólo veía dos maneras de resolver la cuestión judía: «o bien debemos ser bárbaros y exterminar hasta el último de los judíos, o bien debemos incorporarlos».3 Pero muchos dudaban, en particular Schopenhauer, de la posibilidad de esta «incorporación» o, como se decía, «emancipación» de los judíos. Sin embargo, poetas y compositores judíos alcanzaban notoriedad, como Mendelssohn y Meyerbeer.

¿Pero un judío puede ser verdaderamente un artista? Wagner no lo creía, pues la relación de los judíos con el arte está siempre mancillada por la consideración del dinero. De ahí la deletérea influencia del espíritu judío sobre el arte. Y Wagner en su panfleto sobre El judaísmo en la música habla de la «judaización (Verjüdung) del arte moderno», que no dejaba de estar relacionada con la decadencia de la producción artística de su tiempo. El artículo de Wagner es de 1850; fue reeditado en 1869. La idea de que el judío es un cuerpo extranjero en el seno del pueblo alemán se extendió como una mancha de aceite. Después de la depresión económica consecutiva al crac bursátil de 1873, la judeofobia adoptó una forma más aguda; y pronto se inició, en los años 1880-1890, el periodo de los agitadores antisemitas como Adolf Stöcker, predicador en la corte, Wilhlem Marr u Otto Glagau, quienes a menudo remitieron sus panfletos a Wagner. El doctor Bernhard Förster, cuñado de Nietzsche, presentó a Bismarck una petición con 225.000 firmas para reclamar la limitación de derechos civiles para los judíos (petición de la que, más tarde, Elisabeth, la hermana de Nietzsche, ofreció un ejemplar a Hitler). Entre tanto, bajo la influencia de Gobineau, con quien Wagner se había encontrado en Italia en 1876, apareció la noción de «raza». Pero ya desde el 7 de abril de 1873, según el diario de Cósima,4