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José Ingenieros fue médico, psiquiatra, criminólogo, sociólogo, filósofo, escritor y docente, pero sobre todo un "maestro de la juventud" como le gustaba llamarse. Se hizo conocer por sus trabajos sobre criminología, psiquiatría y psicología. Sus ideas sobre la sexualidad femenina y el amor estaban a la vanguardia y sus libros de historia mantienen hasta hoy sus rasgos novedosos. Fue un "pillo", un "excéntrico", un "atrevido", un faro intelectual y un socialista sui generis. Pocas personalidades definen tan bien la cultura de un momento histórico, la Argentina que pasa del siglo XIX al siglo XX, como él. En esta notable biografía, que une la trama de la ciencia y la política, de la intimidad y los saberes del Estado, concebida con la pericia del historiador y escrita con fluidez y la intensidad de la prosa de ficción, Mariano Ben Plotkin va a la búsqueda de este hombre de múltiples identidades y de ambiciones casi ilimitadas. Investigó sus libros, su correspondencia personal, su actividad pública y los secretos de la privacidad. Ante nosotros desfilan las ideas, las polémicas con sus contemporáneos, su relación con los políticos, su padre, su novia, su amante, sus amigos, sus hijos, sus viajes, sus disputas y sus frustraciones. Al mismo tiempo, desfila un país abierto al mundo entre 1877 y 1925, ávido de acceder a la modernidad y de ser un actor destacado en el concierto de naciones. El retrato de ese tiempo está excepcionalmente pintado, es tan vívido y complejo como la vida de José Ingenieros.
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Seitenzahl: 621
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Mariano Ben Plotkin
JOSÉ INGENIEROSEl hombre que lo quería todo
José Ingenieros fue médico, psiquiatra, criminólogo, sociólogo, filósofo, escritor y docente, pero sobre todo un “maestro de la juventud” como le gustaba llamarse. Se hizo conocer por sus trabajos sobre criminología, psiquiatría y psicología. Sus ideas sobre la sexualidad femenina y el amor estaban a la vanguardia y sus libros de historia mantienen hasta hoy sus rasgos novedosos. Fue un “pillo”, un “excéntrico”, un “atrevido”, un faro intelectual y un socialista sui generis. Pocas personalidades definen tan bien la cultura de un momento histórico, la Argentina que pasa del siglo XIX al siglo XX, como él.
En esta notable biografía, que une la trama de la ciencia y la política, de la intimidad y los saberes del Estado, concebida con la pericia del historiador y escrita con fluidez y la intensidad de la prosa de ficción, Mariano Ben Plotkin va a la búsqueda de este hombre de múltiples identidades y de ambiciones casi ilimitadas. Investigó sus libros, su correspondencia personal, su actividad pública y los secretos de la privacidad. Ante nosotros desfilan las ideas, las polémicas con sus contemporáneos, su relación con los políticos, su padre, su novia, su amante, sus amigos, sus hijos, sus viajes, sus disputas y sus frustraciones. Al mismo tiempo, desfila un país abierto al mundo entre 1877 y 1925, ávido de acceder a la modernidad y de ser un actor destacado en el concierto de naciones. El retrato de ese tiempo está excepcionalmente pintado, es tan vívido y complejo como la vida de José Ingenieros.
Plotkin, Mariano Ben
José Ingenieros : el hombre que buscaba la gloria / Mariano Ben Plotkin. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-628-653-4
1. Biografías. I. Título.
CDD 920
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición: octubre de 2021
Edición en formato digital: diciembre de 2021
© Mariano Ben Plotkin, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2021
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
E-mail: [email protected]
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ISBN 978-987-628-653-4
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Conversión a formato digital: Libresque
BIOGRAFÍAS ARGENTINAS colección dirigida por GUSTAVO PAZ y MIRTA LOBATO Colección concebida por JUAN SURIANO
A Pascuel, como siempre
Resulta muy difícil seguir las trayectorias de los libros de José Ingenieros. Lo que comenzaba como un artículo o un panfleto, luego, agregado a otro material, se publicaba en forma de libro, el que se iba engrosando significativamente a lo largo de las sucesivas ediciones. Además, el mismo texto se publicaba muchas veces con variaciones considerables en distintos lugares (usualmente España y Argentina) de manera más o menos simultánea. Esto sin contar con las traducciones a otros idiomas. Para este libro me basé en las versiones de sus textos agrupadas en sus Obras completas, que son tenidas por definitivas1. En los casos en que lo consideré necesario, confronté estas versiones con otras anteriores, lo que está señalado en las notas correspondientes. A efectos de evitar el exceso de notas, traté de limitar al mínimo las atributivas. La bibliografía consultada se encuentra ubicada al final del volumen.
La correspondencia entre Ingenieros y sus padres está por lo general escrita en italiano. Las traducciones de las cartas al castellano, así como las de todos los textos en lengua extranjera, me pertenecen. En el caso de la correspondencia, sin embargo, el Fondo José Ingenieros del CeDInCI conserva algunas cartas transcriptas y traducidas por Delia (Kamia) Ingenieros, hija de José. En estos casos utilicé estas últimas versiones, contrastándolas con los originales en italiano cuando estos se encontraban disponibles. Esto está marcado debidamente en las notas. Para las citas textuales de correspondencia y publicaciones, preferí mantener la ortografía original.
A lo largo del texto utilizo la versión castellanizada del apellido Ingenieros, excepto en referencias de textos del biografiado que estaban firmados con la versión original de su apellido: Ingegnieros. Como el resto de su familia no cambió el apellido, conservo la ortografía original para referirme al padre y al hermano de José. Las abreviaturas que utilizo en las notas es la siguiente:
FJI: Fondo José Ingenieros (CeDInCI).
IAI: Ibero-Amerikanisches Institut, Berlín.
ARR: Archivo Ricardo Rojas.
AGLA: Archivo de la Gran Logia Argentina.
1 Ingenieros, José, Obras completas. (Buenos Aires: Ediciones Mar Océano, 1962).
En enero de 1913, algunos diarios de Buenos Aires publicaron la carta de renuncia a todos sus cargos que un prestigioso psiquiatra enviaba desde Europa al presidente de la nación, Roque Sáenz Peña. El motivo principal que esgrimía el renunciante era que estaba a punto de publicar un libro en el que se referiría al presidente en “términos que por justos podrán parecerle irrespetuosos”. El texto estaba cargado de ironías: hacía mención a la “afiebrada laboriosidad impresa por S.E. a la administración nacional” y terminaba deseando a Sáenz Peña que “Dios tenga a S.E. en su santa gracia”, a pesar de que el firmante de la misiva era un conocido ateo, anticlerical y masón. Quien se atrevía a dirigirse de esta manera al titular del Poder Ejecutivo nacional era un inmigrante siciliano que había llegado al país de pequeño y que, a efectos de castellanizar su apellido, acababa de sacarle la segunda “g” a Ingegnieros: estamos hablando del doctor José Ingenieros, y el libro al que se refería era El hombre mediocre, en el que señalaba explícitamente que el modelo al que remitía el título mismo no era otro que la persona a quien estaba dirigida su carta. Esta renuncia pública reflejaba una faceta importante del personaje que Ingenieros estaba construyendo para sí en ese momento: la del intelectual independiente, cuya carrera había sido exclusivamente el fruto de su esfuerzo, talento e inteligencia y que, desde la posición que se había forjado, podía dirigirse al poder desde un lugar de supuesta igualdad.
Ingenieros logró, a lo largo de sucesivas transformaciones de la imagen que fue componiendo de sí mismo, y de una serie de estrategias que incluían la simulación de manera prominente, integrarse (aunque de manera siempre precaria, como veremos) a distintos ambientes de sociabilidad de la elite local. Por otro lado, su indiscutible talento le permitió convertirse en uno de los intelectuales latinoamericanos con mayor reconocimiento internacional. Durante su vida construyó –a veces de manera simultánea, otras sucesiva– diversos espacios de acción dentro de los cuales intentaba (y por lo general, lograba) posicionarse en lugares relativamente centrales; esto originó el cruzamiento de múltiples identidades que, en algunas ocasiones, entraban en tensión entre sí. El joven socialista-anarquista (y dirigente del también joven Partido Socialista) de fines de la década de 1890 devino pronto en el arquitecto de una serie de “saberes de Estado” y en aspirante a integrarse en la elite técnica estatal de la “República Posible”1. También lo vemos transformarse en un científico reconocido y en uno de los representantes más claros del cientificismo de tinte positivista en la Argentina. Simultáneamente, actuaría como secretario informal del general Julio A. Roca, al tiempo que pretendía seducir a una de sus hijas. Poco después, escribiría textos sociológicos, filosóficos e históricos y reflexionaría acerca de la cuestión nacional, sin abandonar nunca del todo su mirada internacionalista.
La ruptura con el presidente Sáenz Peña –originada en el veto que este último había interpuesto a su nombramiento como profesor titular en la Facultad de Medicina– marcó los límites de sus posibilidades de integración en el Estado. A partir de ese momento, su trayectoria sufrió nuevos virajes: reconvertido en un intelectual independiente, abandonó la ciencia por la filosofía, devino en “maestro de la juventud”, en uno de los mentores espirituales de la Reforma Universitaria, en un firme adherente a la Revolución Soviética y, finalmente, en un referente internacional del latinoamericanismo antiimperialista.
Las múltiples identidades que Ingenieros fue construyendo, así como su capacidad casi infinita para reciclarse, lo convierten en un personaje particularmente apto para analizar, a través de su trayectoria, las posibilidades y limitaciones de integración y ascenso social existentes en nuestro país para un “inmigrante venido en tercera clase”, tal como se definía a sí mismo en privado, entre finales del siglo XIX y la década de 1920. Seguir a Ingenieros a lo largo de su vida, de sus triunfos y de sus fracasos, de sus seguridades y de sus inseguridades, es decir, tanto en los aspectos “diurnos” como en los “nocturnos” de su trayectoria, me permitió introducirme en los múltiples mundos en los que se desenvolvía, casi todos ellos constitutivos de la cultura y del Estado modernos.
En muchas oportunidades, Ingenieros se movía en los extremos de lo posible, definiendo los límites de lo pensable y decible de la época en que le tocó vivir. En otras, lo vemos desenvolverse integrándose dentro de tendencias ya establecidas, aunque siempre tratando de ocupar una posición de liderazgo. Sus trabajos sobre criminología, psiquiatría y psicología, así como su labor editorial, contribuyeron a constituir esos campos disciplinarios en el país. Algunas de sus ideas sobre la sexualidad femenina y el amor fueron francamente vanguardistas. Varios de sus textos de historia resultaron metodológicamente novedosos, y unos pocos pueden ser leídos con provecho hasta el día de hoy. Sin embargo, su continua adhesión (aunque matizada en su madurez) al cientificismo y al monismo materialista tornaron anacrónicas muchas de sus ideas, en momentos en que los vientos de la filosofía y, más en general, de la cultura apuntaban hacia otros nortes. En algunos aspectos de su pensamiento, podría decirse que Ingenieros fue, hasta el final de su vida, un hombre del siglo XIX; en otros, adelantaría tendencias del siglo siguiente. Su adhesión a la Revolución Soviética fue particular no por lo precoz, sino por lo duradera, y por su independencia respecto del naciente Partido Comunista. Su conversión en portavoz del antiimperialismo, por otro lado, lo muestra más como un seguidor de tendencias ya firmemente establecidas que como un pionero, y lo mismo puede decirse de su apoyo (no carente de matices, sin embargo) a la Reforma Universitaria. Acompañarlo mientras tanteaba los extremos y “surfeaba” olas ya existentes nos permite sumergirnos en las características de la sociedad y la cultura en las que le tocó vivir.
Las múltiples identidades entre las que Ingenieros transitaba y que no se limitaban a su trayectoria intelectual hacen de su vida un objeto fascinante, pero también plantean fuertes desafíos para quien intenta analizarla. La biografía es un género particularmente problemático. En efecto, ¿cómo escribir la historia de una vida sin caer en lo que Pierre Bourdieu llamó “la ilusión biográfica”, es decir, en la suposición de que “la vida es una historia”?2 En términos más simples, ¿cómo conservar la unidad del sujeto/objeto desde el punto de vista analítico cuando nos confrontamos con un individuo cruzado, como es el caso de Ingenieros, por las múltiples imágenes (y realidades) que se configuraron y proyectaron sobre él a partir de sus propias intenciones, de sus relaciones con los otros y de las posiciones sociales que fue ocupando (y, en algunos casos, construyendo)? Obviamente, no hay respuestas simples para estas preguntas, más allá de un reconocimiento de las complejidades inherentes a la tarea de biografiar. Tal vez, tener presente la distinción que realizara Paul Ricoeur entre la “mismidad” –lo que permanece inmutable en el sujeto–, por un lado, y la “ipseidad” por otro, que remite “a la temporalidad, a la promesa, a la voluntad de una identidad mantenida a pesar del cambio”3, constituya un buen punto de partida. Hasta qué punto logré dar cuenta adecuadamente de estas tensiones, se verá a lo largo de este libro.
Pero estas, desde luego, no son las únicas dificultades vinculadas al género biográfico. A lo largo de la escritura debí tomar una serie de decisiones que determinaron la forma del producto final. La primera y, tal vez la más importante, tuvo que ver con la de si privilegiar (en palabras tomadas del título de un libro de Oscar Masotta) “conciencia o estructura”, es decir, si debía poner el foco en la vida de mi biografiado como agente relativamente autónomo o en los factores externos que condicionaban su trayectoria. Para decirlo en otras palabras, si tomamos la vida de una persona como un texto complejo y cargado de tensiones y contradicciones que puede, sin embargo, ser leído e interpretado, ¿qué tipo de relaciones establecemos entre el mismo y el contexto en que se desenvuelve? A lo largo de este libro intenté vincular ambos niveles de análisis desde una perspectiva que, a falta de un mejor término, definiría como dialéctica. Creo que el mundo en que le tocó vivir a Ingenieros (como nos ocurre a todos nosotros) generó condiciones de posibilidad y limitaciones no solo para su accionar, sino también para su pensamiento; pero, por otro lado, ese mundo no hubiera sido el mismo sin Ingenieros. Con esto quiero decir que si una biografía de Ingenieros se justifica es por lo que nos dice de su relación con el mundo, de las posibilidades que el mundo le ofrecía y por la manera en que el propio biografiado, testeando los límites, contribuyó a modificar ese mundo que ya estaba ahí cuando él vio la luz y que seguiría ahí después de su muerte.
Otra decisión a la que me enfrenté –luego de haber renunciado al propósito insensato de escribir una “biografía total”– consistió en determinar el recorte que realizaría, y qué aspectos de la vida de mi biografiado enfatizaría. La presente, por lo tanto –y como cualquier otra biografía–, no es “la” biografía de Ingenieros, sino “una” biografía, entre las muchas posibles. Ingenieros era un intelectual y, por lo tanto, analizo sus ideas –al menos las que, por múltiples motivos, considero más relevantes– y sus escritos. Creo, sin embargo, que a veces estas resultan menos interesantes que su acción como gestor cultural. Me detengo en sus aparentes contradicciones (producto, algunas veces, aunque no siempre, de lecturas apresuradas o mal digeridas) y en las tensiones irresueltas dentro de sus textos. Pero también intento articular sus ideas con el contexto más amplio y, sobre todo –y gracias a la nutrida correspondencia privada que se encuentra disponible en su archivo–, con distintos aspectos de su vida personal. Mi intención fue introducirme en su vida (o en algunos aspectos de la misma) para intentar entender tanto su singularidad como lo que tenía de representativo de su época.
Este libro se compone de diez capítulos y de una coda en la que intento reflejar lo que la experiencia biográfica y mi relación con Ingenieros produjeron en mí. Aunque los capítulos siguen un orden razonablemente cronológico (algunos más que otros), en realidad, y precisamente para evitar la “ilusión biográfica”, preferí focalizarme en temas o problemas más que en seguir de manera lineal la trayectoria vital de mi biografiado. Es por eso que el lector o la lectora encontrará algunas superposiciones, vueltas atrás en el tiempo y otras “irregularidades” en mi narrativa por las que me disculpo de antemano.
1 A lo largo de este libro, el término alberdiano “República Posible” se refiere a lo que habitualmente se conoce con el nombre de “República oligárquica”: el sistema establecido en 1862 que duraría hasta la presidencia de Hipólito Yrigoyen, primer presidente elegido genuinamente por el voto popular. “República Verdadera”, también de origen alberdiano, se refiere al período que va entre la elección de Yrigoyen en 1916 y el golpe de Estado de 1930.
2 Bourdieu (1994).
3 Dosse (2007), p. 343.
En una ficha del segundo censo nacional de 1895 correspondiente a la 5ta sección de la Ciudad de Buenos Aires, aparecía la familia Ingenieros (sic, Ingegnieros hubiera sido lo correcto: José castellanizó su apellido décadas más tarde) compuesta por: Salvador (nacido en 1848), de profesión periodista; su esposa Ana Tagliavia de Ingenieros (su nombre era, en realidad, Marianna, nacida en 1853), modista; y sus dos hijos: Pablo (Paolo), de veintidós años, relojero, y José, de dieciocho, estudiante. Poco sabemos de Paolo, el primogénito de la familia, más allá de que sería propietario de una casa editorial que publicaría algunos trabajos de José después de muerto este, y de que la relación entre ambos hermanos no era del todo fluida: Ingenieros no permitiría que sus hijos lo llamaran “tío”1. Según la ficha censal, todos salvo José eran de nacionalidad italiana. En realidad, José también lo era; había nacido en 1877 en Palermo, Sicilia, con el nombre de Giuseppe Ingegnieros. En la columna en la que se solicitaba a los censados que declararan su religión (si no profesaban la fe católica) se lee: “libres pensadores”.
Foto 1: Ficha del censo de 1895 donde aparece la familia Ingenieros (sic) al final
Los Ingenieros (uso la forma castellanizada) formaban parte de la gran ola inmigratoria italiana que llegó a nuestro país a partir de las últimas décadas del siglo XIX y, en particular, se contaron entre los más de cien mil provenientes del sur del país (sobre un total de cerca de cuatrocientos mil peninsulares) que arribaron al puerto de Buenos Aires entre 1879 y 1888. Para el momento en que Salvatore llegó a la Argentina junto con su familia, a principios de la década de 1880, los italianos constituían el 32% de la población total de la ciudad. En esos años, las publicaciones periódicas italianas se encontraban entre las de mayor tirada. Hacia 1887, por ejemplo, La Patria Italiana tiraba once mil ejemplares, mientras que La Nación (el diario más importante del país) tiraba dieciocho mil. A pesar de que la presencia de los italianos se hacía sentir sobre todo en los espacios urbanos –particularmente en Buenos Aires y Rosario–, también el mundo rural se transformaba con la ola inmigratoria, dando origen a lo que se conoció como la Pampa Gringa.
Aunque la mayoría de los inmigrantes estaba bien integrada en la sociedad porteña, hacia finales del siglo XIX la presencia masiva de los italianos generó una reacción de tipo nativista entre algunos sectores de la elite política e intelectual, reacción que se hizo evidente no solamente en escritos de tipo político y social, sino también en la literatura. Sin embargo, basta con examinar la lista de fundadores de instituciones tales como el Club Industrial, creado en 1875, o la Unión Industrial Argentina establecida en 1887, por no mencionar los sindicatos obreros de reciente formación, para observar la gran presencia de peninsulares en esos y otros espacios de sociabilidad que se iban conformando por esos años. Los italianos figuraban tanto entre los patrones como entre los obreros de las nacientes industrias. La integración de los italianos se hacía sentir en todos los niveles de la sociedad. Los más exitosos de ellos lograron incluso establecer alianzas matrimoniales con miembros de la elite local.
La integración de los Ingenieros, y en particular la de José, a la sociedad local fue facilitada por su participación en un espacio de sociabilidad de características particulares: la masonería (sobre la que me detendré en el capítulo VI), más tarde el Partido Socialista y por la educación que le proporcionó Salvatore. Aunque José era el hijo menor, la familia Ingenieros decidió invertir fuertemente en su formación. José completó su escolaridad primaria en la escuela de Catedral al Norte, dirigida por el prestigioso educador Pablo Pizzurno, y luego cursó los estudios secundarios en el Colegio Nacional Central (más tarde Colegio Nacional de Buenos Aires). Esta educación le otorgó la posibilidad de ingresar en la Facultad de Medicina (y, por un breve lapso, en la de Derecho, que abandonó pronto), donde cursó las carreras de farmacia y medicina, y de entablar relaciones con miembros de la elite social e intelectual local. Pero no fueron solamente los mecanismos institucionales de socialización los que influyeron en la trayectoria de José. Su padre, Salvatore, periodista, activo masón y militante socialista, fue una figura importantísima en su recorrido intelectual. Además, hasta su muerte en 1922, Salvatore parece haber sido la única persona con la que José sinceraba sus dudas y sus inseguridades, como se verá más adelante.
Salvatore Ingegnieros Napolitano, el padre de José, había nacido en Palermo en 1848, un año clave para la política europea. En su juventud había pertenecido a la comunidad valdense; más tarde se alejaría completamente del cristianismo y, a lo largo de su vida madura, expresó un ferviente anticlericalismo que heredaría José2. Salvatore se casó con una amiga de la infancia, Marianna Tagliavia, hija de un combatiente muerto por la causa de Garibaldi, con quien tendría sus dos hijos. Aparentemente José fue nombrado así (Giuseppe) por el abuelo materno.
Como se señaló, Salvatore fue un activo masón, y alcanzó el grado 33 (el máximo). Una vez en la Argentina fue fundador y director de la Revista Masónica y miembro activo de la logia Unione Italiana, de la que llegó a ocupar el cargo de Venerable. Desde su juventud en Italia, Salvatore se ocupó del periodismo socialista y dirigió varias publicaciones. Además, fue uno de los fundadores de la filial de la Asociación Internacional del Trabajo (AIT: Primera Internacional) en Sicilia. En 1874 editó el primer periódico socialista de la isla: Il Povero, junto con el antiguo communard exiliado y fundador de la sección de la AIT francesa, Benoît Malon, con quien estableció una estrecha amistad. El periódico fungía como órgano del Circolo di Propaganda Socialista de Sicilia, sección de la AIT, de cuyo cuerpo directivo Salvatore formaba parte. Una carta con su firma, dirigida a la Comisión de Correspondencia de la AIT, fechada el 14 de julio de 1873, daba noticia de que, junto con seis personas más, había constituido el Círculo de Propaganda en Palermo con el objeto de propagar “desde el borde extremo de Italia [...] los principios de la gran Asociación Internacional del Trabajo”. Salvatore ocupó un lugar fundamental en la educación de José, a quien le transmitió sus valores e ideología política.
Fotos 2 y 3: Salvatore Ingegnieros de joven y Marianna Tagliavia de joven
Cortesía CeDInCI
En 1880, cuando la situación política de Italia le resultó insostenible, Salvatore decidió emigrar junto con su familia a Montevideo, donde llegó portando cartas de recomendación de la masonería italiana –incluyendo una nota manuscrita de Giuseppe Garibaldi, por entonces Gran Maestre de la masonería de su país– para sus pares latinoamericanos. Su partida hacia el Río de la Plata no pasó desapercibida para las autoridades italianas, que informaron a la legación en Uruguay acerca de la inminente llegada de un “elemento peligroso”: Salvatore, “socialista y masón”3. Luego de pasar unos años en Uruguay, donde Salvatore estableció una fábrica de sombreros para damas, la familia Ingenieros se mudó a Buenos Aires. En esta ciudad, Salvatore se dedicó al comercio (no pude determinar de qué tipo), al periodismo y a participar activamente en la masonería local. Aunque abandonó la militancia política, siguió frecuentando grupos socialistas y anarquistas, sobre todo de exiliados italianos. José Ingenieros creció en un ambiente familiar penetrado profundamente por ideas izquierdistas y por la masonería.
Salvatore permaneció en Buenos Aires junto con su esposa y sus hijos hasta 1904, año en que el matrimonio volvió a su país de origen; José y Paolo optaron por quedarse en Argentina. Marianna volvería a Buenos Aires luego del fallecimiento de su marido en 1922 y moriría en abril de 1925, pocos meses antes que José.
Foto 4: Salvatore Ingegnieros en 1920
Cortesía CeDInCI
José Ingenieros nació Giuseppe Ingegnieros el 24 de abril de 1877 en la ciudad de Palermo, Sicilia, en el número 45 de la Via Candelai, donde hoy existe lo que parece ser un cabaret abandonado. Sobre su propia infancia, como sobre otras etapas y aspectos de su vida, existen más mitos –muchos de los cuales fueron construidos por el propio protagonista– que datos concretos. Desde joven, José fue elaborando una imagen de sí mismo que fue luego aceptada sin mayores críticas: se presentaba como un niño brillante (casi un prodigio), precoz e indisciplinado. En un discurso pronunciado con motivo de un agasajo del que fue objeto por haber obtenido un premio otorgado por la Academia Nacional de Medicina por su tesis doctoral, Ingenieros recordaba, sin afectar modestia, el siguiente episodio de su niñez:
Un niño cursaba grados elementales en el Instituto Nacional dirigido por un virtuoso educacionista. Le otorgaron la medalla destinada al mejor alumno del Instituto; y el niño, menos contento por esa distinción de cuanto lo hubiera estado recibiendo un cartucho de caramelos, regresó al hogar, comunicó el resultado de los exámenes y con gesto displicente entregó a su madre aquel premio cuyo valor no comprendía.
Ajeno a la emoción provocada, oyó de pronto a su espalda sollozos mal reprimidos; volvió la cabeza y vio a su madre, la medalla entre las manos, los ojos húmedos de llanto.
He oído referir que el niño, inconsciente en sus 7 años del por qué de aquellas lágrimas, corrió hacia su madre, trepó sobre sus faldas, y echó a llorar él también, diluyendo en ese llanto virgen, cuyas fuentes ciegan para siempre la edad que pasa, las sílabas de una frase justificativa:
–No llore, no llore, no lo haré más: ¿Qué culpa tengo si me han dado esa medalla?
Foto 5: Acta de nacimiento de José Ingenieros.
Cortesía CeDInCI
Foto 6: Casa natal de Ingenieros en 45 Vía Candelai en Palermo, Sicilia/
Cortesía CeDInCI
Foto 6 bis: Edificio de la casa natal de José Ingenieros en la actualidad.
Foto cortesía de Cecilia Benedetti
Foto 7: José Ingenieros ca. 1880
Cortesía CeDInCI
No sabemos si este episodio efectivamente tuvo lugar; lo que sí sabemos es que, aunque su ingenio e inteligencia –así como su dedicación y capacidad de trabajo– impresionaron a quienes tuvieron la oportunidad de interactuar con él, durante su escolaridad el joven Ingenieros parece haber cosechado más sanciones por mala conducta que buenas notas por su desempeño académico. Su boletín de calificaciones correspondiente al año 1888, por ejemplo, registra un promedio menos que modesto de 3,6 puntos, siendo su nota más alta un 9 en geografía, y la más baja, un 0 en dibujo. Su calificación en francés fue de 2, lo que resulta curioso. En un relato autobiográfico publicado en 1915, José recordaría que, durante su infancia, su padre “para enseñarme italiano, francés e inglés me encargaba traducciones, tasadas a razón de 5 centavos la página”. A juzgar por los resultados escolares, la estrategia educativa de Salvatore no parecía haber dado los resultados esperados, aunque de adulto José efectivamente hablaría y escribiría fluidamente el francés. También resulta extraño que Ingenieros haya mencionado la necesidad de que su padre le enseñara italiano, cuando resulta claro que esa era la lengua que se hablaba en la casa y en la que creció. Toda la correspondencia futura con sus padres estaría escrita en ese idioma, aunque a veces teñido de dialecto siciliano y contaminado con expresiones en español. Más bien, esta referencia puede haberse debido a su obsesión (en 1915) por separarse de su condición de “inmigrante siciliano” y, por lo tanto, de mostrar su ajenidad respecto del mundo italiano de sus padres. Más adelante volveré sobre este tema.
El boletín mencionado también registra una calificación de “pésima” en conducta. Salvatore fue citado en diversas oportunidades por las autoridades escolares debido al mal comportamiento de su hijo. La fama de “travieso” e histrión que José cultivó como estilo propio a lo largo de su vida parece haber sido un rasgo propio desde su tierna infancia. Tampoco el certificado analítico que testimonia su paso por la universidad refleja a un alumno particularmente dedicado. Si bien recibió un premio por su tesis, la misma había obtenido en la Facultad una calificación de nueve4. El promedio general de toda su carrera fue un modesto 6.74. Sergio Bagú atribuye este desempeño mediocre al tiempo que le insumía su actividad política.
Muy pronto Ingenieros se hizo conocer por sus travesuras, excentricidades y muestras de independencia, tanto dentro como fuera de la escuela, lo que le valió en su casa los apodos de “fósforo” y “chispa”. Augusto Bunge, compañero de estudios de José en el Colegio Nacional, y luego de militancia en el Partido Socialista, recordaría las travesuras de su compañero siciliano en una semblanza escrita para la revista Nosotros en 1925. Aunque la asistencia al Colegio Nacional proporcionaba a alguien como Ingenieros la oportunidad de vincularse con miembros de la elite como el propio Bunge, este tipo de relaciones no se establecía de manera inmediata. Al respecto, señalaba Bunge: “Nos tratamos apenas en ese entonces. Tal vez porque nos despreciáramos un poco: él a mí como ‘cajetilla’ [...] y yo a él como ‘atorrante’”.
Foto 8: Boletín de calificaciones de José Ingenieros del año 1888
Cortesía CeDInCI
Fueron probablemente sus pillerías las que le proporcionaron al joven José una popularidad que rompía (parcialmente) las barreras de clase; al menos eso parecía sugerir Bunge con una anécdota. En este caso, la víctima de José había sido un profesor de dibujo. Bunge recordaba a Ingenieros como un “pésimo alumno” en la asignatura (la calificación obtenida parece corroborarlo); sin embargo, el profesor no parecía haber sido mucho mejor. Se trataba de un inglés “barbudo y barrigón” que exageraba su propia miopía a efectos de pasar por alto con cierta dignidad la inconducta de sus alumnos. Ingenieros no perdió la oportunidad de sacar ventaja de la bondad o debilidad de su docente, y un día se presentó a clase con unos anteojos de factura casera, confeccionados por él mismo con alambres. Al ser llamado al frente para mostrar sus trabajos, Ingenieros, munido de sus “anteojos”, alegó que estaba enfermo de la vista. Cuando el docente le pidió que se acercara para analizar mejor la situación, continuaba Bunge: “Ingenieros se levantó sin vacilar, subió a la tarima con toda naturalidad, y se sometió a la inspección ocular del profesor con el aire más inocente del mundo”.
La travesura le salió bien en aquella oportunidad, probablemente más por la desidia del docente que por su habilidad como óptico amateur. El profesor, a pesar de la risa de los alumnos, aceptó la excusa del futuro médico. En realidad, según Bunge, el joven Ingenieros estaba probando sus dotes de psicólogo precoz. Cuando aquel le preguntó en el recreo por qué había cometido la travesura, José respondió que: “estaba seguro de que Mr. Ryan [tal el nombre del profesor de dibujo] podía quizá ver que los anteojos eran de alambre, pero que en caso de verlos no iba a decir nada, tan solo para no tener cuestiones”.
Ingenieros creció en el seno de un ambiente familiar muy politizado, y su temprana juventud también lo fue. Durante la Revolución del 90, con solo trece años de edad, parece haber participado, al menos según el relato de su hija Delia, en “episodios callejeros”. No sabemos si esta participación fue de naturaleza política o, más bien, como también señalaba Bunge, producto del relajamiento de la disciplina general provocada por la crisis y sus secuelas.
Tal vez por su fama de excéntrico y atrevido, alrededor de Ingenieros se fueron tejiendo leyendas desde temprano. El 29 de diciembre de 1896, por ejemplo, el periódico socialista Buenos Aires publicó una nota titulada “Incidente en Magdalena. Catolicismo y Socialismo”, en la cual relataba que, en una iglesia de Magdalena, el cura local había comenzado a echar desde el púlpito diatribas contra el socialismo, sus fundadores y propagandistas:
Cuadró la casualidad que se encontrase en el templo, el Sr. José Ingeniero [sic] que se había trasladado a la Magdalena con el objeto de dar una conferencia sobre el socialismo, y no pudiendo resistir los ataques que el prudente pastor dirijía [sic] a los socialistas, subió al púlpito y desde allí rebatió con energía los insultos soeces de aquél. El cura, creyendo que aquello importaba un ultraje, salió a la calle a pedir auxilio a la policía que arrestó al señor Ingeniero [sic].
Este episodio ha sido contado y adornado de diferentes maneras en muchas oportunidades y nunca fue desmentido públicamente. Sin embargo, Delia informa que el mismo Ingenieros negó categóricamente (aunque en privado) la veracidad de estos hechos frente a dos amigos.
Desde muy joven, Ingenieros había mostrado inquietudes (aunque no necesariamente aptitudes) literarias. Su amistad con Leopoldo Lugones y su encuentro con Rubén Darío, llegado a Buenos Aires en 1893, reforzaron estos intereses. Muy pronto, Darío se convirtió en el centro de atención del Ateneo de Buenos Aires, un heterogéneo espacio de sociabilidad literaria y artística creado en 1892, que adquirió gran prestigio. Allí, junto con otros jóvenes, según recordaba en sus memorias el poeta nicaragüense, “alborotábamos la atmósfera con proclamaciones de libertad mental”. Ingenieros se sumó muy pronto, y Lugones hizo lo propio luego de su arribo a Buenos Aires. Recordaba Darío que, en esas reuniones de El Ateneo, “José Ingenieros, con su aguda voz y su agudo espíritu, nos hacía vibrar en súbitos entusiasmos itálicos”. Junto con Carlos de Saussens, Antonio Monteavaro, Alberto Ghiraldo, Eugenio Díaz Romero, Ricardo Jaimes Freyre, Roberto J. Payró y otros, Ingenieros formaría parte de una suerte de “proto-bohemia” porteña conformada alrededor del autor de Azul. Al respecto, recordaba Darío: “Claro es que mi mayor número de relaciones estaba entre los jóvenes de letras, con quienes comencé a hacer vida nocturna, en cafés y cervecerías. Se comprende que la sobriedad no era nuestra principal virtud”.
El carácter exacto de esta “bohemia” local ha sido discutido, y algunos de quienes habrían participado de ella en algún momento, como Manuel Gálvez, han negado su existencia. Es que, al menos según Gálvez, el tipo de vida que llevaban los poetas y aspirantes a serlo en Buenos Aires, que se reunían en cafés y que compartían tanto la relativa pobreza como una simpatía por el progresismo social que en muchos casos los acercaba al anarquismo, era, sin embargo, bien diferente del que había descripto Henri Murger en París medio siglo antes5. Como señalaba en sus memorias el autor de La maestra normal, a diferencia de los personajes de Les scènes de la vie de bohème:
Casi todos teníamos algún empleo, lo que significa un sometimiento a la disciplina. No vivíamos, como los personajes de Murger, de a tres o cuatro juntos, sino cada cual en su casa y con su familia. La mayoría nos íbamos temprano a nuestras casas. No trasnochaban sino los que trabajaban en los diarios de la mañana. La mujer estaba en absoluto ausente de nuestras reuniones, cuya castidad hoy parecería incomprensible.
Siempre según el recuerdo de Gálvez, la dimensión humorística e histriónica de las reuniones se las reservaba para sí el grupo de Ingenieros:
¿Buen humor? Se hacían chistes, casi siempre sobre los ausentes. El grupito que rodeaba a José Ingenieros solía hablar de la Syringa y de las iniciaciones. Contaban ellos habar sometido a las pruebas del agua, del fuego, del aire y de la tierra a cierto zapatero de la calle Rivadavia, pobre diablo que, por el lujo de andar entre literatos, se prestó a las fechorías que quisieron hacerle. Pero debo declarar que jamás asistía a esas “iniciaciones”, ni sé de ninguno de mis amigos que las haya presenciado ni estoy seguro de que hayan acontecido alguna vez.
Más de una vez, el propio Ingenieros, al enfatizar su dedicación al trabajo como una de sus virtudes cardinales, negó su participación en la “bohemia” de Buenos Aires. En una carta escrita desde París a su amigo Roberto J. Payró, Ingenieros le señalaba: “Yo, a pesar mío, nunca fui bohemio. Animal de labor e hijo de familia, por necesidad y por costumbre mi hora de café y mis noches de vagancia fueron contadas”6. En una especie de largo poema autobiográfico, inédito y sin fecha, pero probablemente escrito en esa época, que se encuentra en su archivo, Ingenieros se sinceraba al respecto. Reproduzco un fragmento:
Yo no sé qué maldita suerte me ha designado
La bárbara cadena con que estoy amarrado.
¡Y os juro, hermanos míos, señores, compañeros,
Que es demasiada carga para tan pocos fueros!
Y que estoy harto y loco, desangrado, molido
De tanto macerarme y haberme contenido [...]
Aunque todo lo contrario me empeñe en demostrar
Junto a la mesa amiga del café familiar [...]7.
Alrededor de Darío se constituyó también un grupo de carácter entre lúdico y literario formado por jóvenes con aspiraciones literarias y talento diverso, llamado La Syringa. El círculo más estrecho estaba formado por cinco “Pentarcas”: José Ingenieros, el crítico José Ojeda y los poetas y periodistas Antonio Monteavaro, José Pardo y Luis Doello Jurado y, en torno de ellos, un círculo algo más excéntrico8. El grupo se disgregó con la partida de Darío, pero renació más tarde alrededor del propio Ingenieros. En esta segunda etapa se sumaron Manuel Ugarte y Florencio Sánchez. Delia Ingenieros (firmaba sus escritos como Delia Kamia) señalaba que: “Lugones fue el heredero literario del poeta [Darío]. Ingenieros devino el factor conglomerante del grupo, al que imprimió, como dijimos, un carácter cada vez más lúdico y mistificador”. Tanto el carácter mistificador y el sentido lúdico a los que se refiere Delia pueden verse con claridad en la nota que Ingenieros publicó en la revista Ideas en 1905, sobre el origen del grupo:
La Syrhinga, institución de estética y de crítica, preexiste, existe y subsiste. Es un exponente del espíritu dionisíaco y, como él, remonta su origen hasta la primera sonrisa del piteco ancestral. Todo syrhingo el dionisíaco; puede, ulteriormente, ser apolíneo.
Cierta noche de conversaciones satanistas, en el salón del “Ateneo”, Rubén Darío y yo prolongamos la plática hasta el amanecer. Y tuvimos este diálogo:
–Rubén: nace el lucero. Maullará por tres veces el gato negro.
–Déjame pensar en el unicornio...
–Oye...
Y oímos, a lo lejos, los tres maullidos, tristes y dolorosos como una queja sepulcral.
Rubén continuó:
–Presentes las voces macabras...
Y acercando sus labios a mi oído, murmuró misteriosamente:
–¡Eres syrhingo!
–Tu posees el quinto grado, –le respondí.
–Es también el tuyo, pues de otro modo no me interpretarías.
Y poniendo en contacto las yemas de nuestros pulgares, permanecimos silenciosos durante cuatro horas, sorprendidos por el descubrimiento recíproco.
Es cuanto puedo revelar, exotéricamente, sobre la esencia y origen de la Syrhinga. Las revelaciones de carácter esotérico son imposibles: perderá la voz quien intente hablarlas y sufrirá parálisis de la mano quien ose escribirlas; por otra parte, serían absolutamente incomprensibles para los “incícices”, es decir, para los “no-syrhingos”.9
Círculo lúdico-literario, la Syringa, con sus rituales influenciados por la masonería, se convirtió pronto en una vidriera para las boutades de Ingenieros, quien aparecía como personaje en un poema humorístico de la pluma del propio Darío, escrito en 1898 con motivo del proceso de “transmigración” de uno de los miembros del grupo. Aparentemente, el propio Ingenieros (cuyo interés por la música lo llevó a investigar sobre la “afasia musical”, aparte de ser considerado un buen pianista) lo musicalizó, convirtiendo al poema en un himno de la Syringa:
Ludovico se sigue ansí,
sufrirá en su transmigración.
Tornarse ha en un ouistití
Querrá ver a José Martí.
Y daranle a comer maní
Y daranle a leer a Pi
Y oirá música de Chapí,
Ingegnieros le hará fí! fí! [...].
La Syringa fue una de las expresiones que el modernismo –entendido no como un mero movimiento literario, sino como un cúmulo de experiencias de vida– tuvo en nuestras playas. En ella se mezclaba una adhesión al positivismo cientificista con un interés por el espiritismo en sus diversas dimensiones y un nietzschismo antiburgués; pero también eran parte de esta visión del mundo el socialismo (y el anarquismo) y la masonería, con sus ritos secretos y su progresismo social.
A partir de 1898, con el lanzamiento por parte de Eugenio Díaz Romero de El Mercurio de Buenos Aires, publicación apoyada por José María Ramos Mejía (Díaz Romero era bibliotecario del Departamento Nacional de Higiene, dirigido por Ramos Mejía que había sido profesor de Ingenieros), los jóvenes modernistas contaron con un órgano de expresión propio. Ingenieros escribió artículos sobre cuestiones sociales (a las que me referiré en otros capítulos) y estaba, además, a cargo de la sección sobre letras italianas, donde publicó un texto sobre Gabriele D’Annunzio, cuya obra elogiaba. Esto le permitió criticar a su amigo Lugones por su falta de comprensión de los escritos del italiano:
Lugones, tiene actualmente, una desfavorable predisposición contra todo lo que tiene saber a modernismo. Hay en esto cierta animosidad, de apóstata. Me explico. Lugones tuvo su crisis de modernismo y llegó en sus primeras erupciones hasta el límite extremo de lo que, con o sin acierto, se dio en llamar decadentismo. Hoy, que ya está en la cumbre, lo veo más cerca de Hugo y de Taine que de Verlaine o Mallarmé. ¡Y esta misma evolución lo hace cruelmente injusto con sus cofrades y maestros de ayer!10
Ingenieros terminaba la nota haciendo referencias a La Syringa e incluía a Lugones entre sus miembros. Esto, por motivos que no son totalmente claros, motivó el enojo del poeta y así se lo hizo saber a su amigo en una carta privada11. Luego de un intercambio, el asunto quedó zanjado. Poco después, Lugones invitaba a Ingenieros a cenar a su casa para celebrar su curación de una enfermedad de la cual aparentemente lo había tratado José. El poeta señalaba en tono socarrón (y conociendo las debilidades de su amigo) que: “si los manjares no han de ser muy variados, en cambio, adornaremos la mesa con hermosas señoritas de las cuales puede escoger Ud. una, seguro que ella quedará encantada”12. Ambos amigos se sumaron al socialismo en el último lustro del siglo XIX y se separaron del mismo a principios del siguiente (Lugones antes que Ingenieros). A partir de ese momento, sus derivas políticas comenzaron a divergir rápidamente. El año 1903 encontró a Lugones apoyando la candidatura oficial de Manuel Quintana y a Ingenieros del lado contrario. Hacia 1924, sobre el final de la vida de Ingenieros, su última transformación en latinoamericanista lo acercó a Víctor Raúl Haya de la Torre y a José Carlos Mariátegui. Lugones, mientras tanto, proclamaba en Perú “la hora de la espada”.
Resulta interesante resaltar la convergencia entre literatura, medicina e intelectualidad en sentido más general dentro mismo de las instituciones estatales. Como recordaría Ingenieros en su semblanza de Ramos Mejía escrita luego de la muerte de este último, su antiguo profesor y mentor tenía debilidad por la literatura: siendo director nacional de Higiene, “[...] muchas veces un médico del puerto hacía muchas horas de antesala para ver a Ramos Mejía, que estaba ocupadísimo [...] en escuchar las entusiastas lecturas de Paul Verlaine o Gabriel D’Annunzio con que lo deleitaba su poeta bibliotecario”. Concluía Ingenieros, “alguna vez yo, aunque socialista, no desdeñaba concurrir a la biblioteca del Departamento Nacional de Higiene, atraído por el té y los bizcochuelos del estado, con que Díaz Romero obsequiaba generosamente a sus colaboradores más íntimos”. El Departamento de Higiene y luego el Hospital San Roque se convirtieron en espacios de socialización para un grupo variopinto de intelectuales.
Mientras tanto, Ingenieros continuaba sus estudios de farmacia y medicina. La primera profesión le permitió contribuir rápidamente a las siempre precarias finanzas familiares. Más tarde, ya recibido de médico, sería casi el único sostén de la familia. Como recordaría en 1915: “Desde los 18 años contribuí al sostén de mi familia y después de los 22, médico ya, asumí todas las responsabilidades; llevo, así, quince años de trabajo profesional del que vivimos tres generaciones, pues ya soy padre a mi vez”13. Para ese entonces, sus padres ya habían vuelto a Sicilia. Sin embargo, la correspondencia entre José y sus padres revela que estos dependían del dinero que aquel les seguía enviando, no siempre de buena gana. Así, por ejemplo, en 1920 Salvatore escribía en un tono furioso a su hijo por este motivo. Aunque José había subido los envíos de 2.500 a 5.000 liras, esto se licuaba por la devaluación de la moneda italiana: “creías haber resuelto nuestra situación económica, mientras que de hecho [...] hiciste un buen negocio en la miseria de tus padres”14.
A partir de las últimas décadas del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires se vio inundada de publicaciones diversas de toda clase. Diarios de nuevo tipo que, gradualmente, fueron incrementando su caudal de noticias a expensas de las notas de opinión, revistas literarias, publicaciones más o menos especializadas y anales diversos reflejaron, y a la vez contribuyeron a constituir, una esfera pública cada vez más dinámica. En muchas oportunidades, las redacciones de estas publicaciones conformaron, además, activos espacios de sociabilidad para intelectuales, políticos, periodistas y literatos, tanto aspirantes como ya consagrados.
Hijo de un editor, a lo largo de su vida Ingenieros participó en, y modeló diversos espacios de sociabilidad vinculados a sus intereses intelectuales o profesionales, y una de las herramientas que utilizó a estos efectos fueron sus numerosas empresas editoriales. Ingenieros fundó y/o dirigió al menos seis publicaciones periódicas: la revista estudiantil La Reforma (1893); La Montaña (1896-7), en colaboración con Leopoldo Lugones; el efímero periódico literario El Lirio Rojo, también en colaboración con Lugones; una revista científica: Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines (1902-1913); Revista de Filosofía (1915-1929) y participó activamente hasta su muerte –y fue inspirador– de un periódico destinado a promover la unidad latinoamericana: Renovación, creado en 1923. Además, Ingenieros fue fundador, director y financiador de la colección de libros “La Cultura Argentina” que apareció en 1915. Una simple aritmética nos revela que, a partir de su primera experiencia con La Reforma, cuando contaba con dieciséis años de edad, hasta su muerte en 1925, Ingenieros pasaría no más de siete años de su existencia sin dirigir algún tipo de empresa editorial. De esos siete años de “abstinencia editorial”, seis los pasó en el extranjero.
Estos emprendimientos ocuparon un lugar central y en algunos casos constitutivo de diversos campos disciplinarios; en este sentido, Ingenieros puede ser caracterizado como un gestor cultural. Por otro lado, también participó como colaborador en una cantidad innumerable de diarios y revistas de todo tipo (científicos, populares, culturales), dentro y fuera del país. A través de estos medios, Ingenieros difundió sus teorías científicas, sus ideas políticas y filosóficas, así como también sus impresiones de viaje, especulaciones sociológicas, nociones estéticas y hasta algunos intentos literarios, al tiempo que entablaba polémicas sobre temas diversos con personajes cuidadosamente elegidos. En lo que resta del capítulo me voy a concentrar en su primera y precoz experiencia como editor.
Luego de una huelga estudiantil ocurrida en el Colegio Nacional en 1892 en la cual Ingenieros habría jugado un rol protagónico, el 1.° de junio de 1893 vio la luz el primer número de La Reforma. Periódico Literario Estudiantil15. Su primera nota editorial comenzaba señalando que “Una nueva estrella viene a brillar en los vastos horizontes del periodismo argentino”. Aunque los editores se reconocían novicios en el manejo de la pluma, tenían, sin embargo, la certeza de que la nueva estrella no sería fugaz. La Reforma venía a llenar un vacío existente en la prensa argentina, no porque faltaran periódicos literarios, sino “por la organización incompleta y defectuosa de la mayor parte de ellos”. Frente a esta situación desoladora, La Reforma, con “patrióticos y elevados fines”, iría a “prestar su ayuda a la naciente literatura argentina, a la vez que encamina a la juventud en el sendero del saber y de la verdad”.
¿De qué se trataba este periódico estudiantil, cuyos editores se declaraban a la vez novicios en el arte de la escritura y capaces de llevar a cabo la obra que revistas mucho mejor establecidas no habían logrado completar debido a su “organización incompleta y defectuosa”? En realidad, una mirada rápida sobre La Reforma, que en su segundo número anunciaba que saldría tres veces por mes y cuya dirección honoraria era ejercida por el poeta modernista Leopoldo Díaz, remite más a una publicación de política estudiantil que propiamente literaria. La dirección efectiva de la publicación la ejercía el propio Ingenieros.
Foto 10: José Ingenieros en 1890
Cortesía CeDInCI
El primer artículo, titulado “Una necesidad”, hacía referencia a la necesidad de que el rector del colegio, el prestigioso ingeniero y matemático Valentín Balbín, renunciara de inmediato a su cargo, dada su aparente incapacidad para administrar la escuela de manera adecuada. En su reemplazo se proponía al vicerrector: Idelfonso Ramos Mejía. En el número del 20 de junio de 1893 se acusaba a Balbín de encabezar una administración “antiprogresista y retrógrada que busca sus intereses personales y no los del establecimiento que dirije (sic)”. Más adelante, frente a un episodio en el que el tesorero de la escuela había sido acusado de robar dinero del establecimiento, la revista concluía: “Prepare el Dr. Balbín su renuncia si quiere abandonar en la forma menos deshonrante posible, ese Colegio Nacional cuyo adelanto y progreso ha retrasado dos lustros en un año de mala administración”.
El primer número incluía una “sección literaria” con versos de Díaz y de miembros de la redacción (algunos, como el futuro arquitecto Icilio Chiocci, tendrían una destacada trayectoria futura, aunque no en el mundo de las letras), así como alguna producción del propio Ingenieros. Sin embargo, lo cierto es que esta sección no ocupaba un lugar central en la revista. En ese primer número, Ingenieros contribuyó con un texto irónico titulado “La guardia nacional salteña” en la que se relataba una batalla entre miembros de la guardia nacional y un grupo de asnos que, confundiendo el uniforme verde de los soldados con alfalfa, intentaron devorarlos. También se incluía una sección de “Apuntes” con material didáctico y otra de chistes, algunos de tono subido.
Aunque se trataba de un periódico estudiantil, la publicación contaba con avisos publicitarios que permitirían explicar su financiamiento. La rápida merma de estos avisos después del primer número, sin embargo, permite también explicar por qué la estrella que estaba destinada a perdurar en el firmamento finalmente se convirtió en fugaz. A partir del segundo número, el staff que administraba la revista quedó conformado por José Ingenieros como director, José Altieri como redactor, y el futuro fiscal, juez y cofundador (junto con Ingenieros) del Centro Socialista Universitario, Domingo Guglialmelli, como administrador.
Las bromas y el estilo mordaz de Ingenieros estaban presentes desde el comienzo: la revista se convirtió en una vidriera de las travesuras de su director. El número VI (20 de julio de 1893) relataba cómo la plana mayor de la revista –bajo la inspiración del propio Ingenieros– había logrado filtrarse en un evento que tuvo lugar en el teatro Onrubia, haciéndose pasar por miembros de la Comisión de Orden. No solamente habrían logrado su objetivo principal, que consistía en ser admitidos en el teatro sin pagar la entrada, sino que la nota exaltaba el “heroísmo” e imaginación del grupo encabezado por Ingenieros.
A pesar de que no todas las notas estaban firmadas, no resulta difícil identificar, por su estilo, las que provenían de la pluma del Ingenieros. Estas, por otro lado, no se limitaban a críticas a la dirección del Colegio, sino que abordaban también temas más generales, referidos a políticas educativas. Y en este sentido, como sería una constante a lo largo de su vida, Ingenieros elegía muy bien con quién discutir, así como el tono de las discusiones y el espacio en que las mismas se llevaban a cabo: en general, en publicaciones que él mismo dirigía, lo que le permitía no solamente quedarse con la última palabra, sino también fijar las reglas de juego del debate. El número del 1.° de julio de 1893, por ejemplo, abría con un artículo bastante extenso, sin firma, titulado “Los colegios nacionales. Comienza la debacle”. En ella, el autor –podemos fácilmente identificar el estilo de Ingenieros– refutaba ácidamente una nota del prestigioso educador e inspector técnico de escuelas (y uno de los promotores más firmes del positivismo a nivel local) Andrés Ferreyra, publicada en La Prensa el 18 de junio anterior, en la que este expresaba su oposición a un decreto presidencial que limitaba el número de cátedras que podía ejercer simultáneamente un profesor secundario. El argumento de Ingenieros era claro: “En el caso (imaginario) que contáramos con profesores inteligentes, tenemos la seguridad que absolutamente ninguno podría dar lección de 23 materias (esceptuado [sic] el señor Ferreyra) sin dedicar siquiera un par de horas diarias a cada una”.
A lo largo de su trayectoria, La Reforma mostró las simpatías de sus editores (y, sobre todo, de su director) por la causa de la Unión Cívica. El número correspondiente al 9 de julio de 1893 comenzaba con un homenaje a los héroes del 25 de mayo de 1810, del 3 de febrero de 1852 y del 26 de julio de 1890. En el número del 20 de agosto se mencionaba que la publicación había salido con atraso debido a que el 30 de julio el director, José Ingenieros, “se puso en marcha hacia la provincia de Buenos Aires con el fin de ocupar el puesto que su patriotismo le señalaba en las filas del Ejército Revolucionario”. No se especificaba la naturaleza de las acciones revolucionarias del joven José.
Como todas las futuras empresas editoriales de Ingenieros, La Reforma se insertó rápidamente en una red de intercambio internacional de publicaciones. Las facilidades que el correo argentino proporcionaba para el recibo de publicaciones extranjeras, considerado como parte de la tarea civilizatoria realizada por el Estado, hacían posible este flujo de textos producidos fuera del país16. No pude establecer si salió algún número más de la revista posterior al VIII, pero lo cierto es que su cierre no estaba previsto por sus editores, sino más bien todo lo contrario, puesto que se anunciaba que, a partir del número IX la publicación saldría con frecuencia quincenal. Números futuros contarían con la colaboración de “varios miembros del Ateneo”, y con la de escritores y políticos europeos de la talla de Emilio Castelar, Emilia Pardo Bazán, y otros.
En esta primera experiencia editorial de la juventud ya se pueden percibir algunos rasgos que se observarían en sus publicaciones posteriores. En primer lugar, Ingenieros tendería a lo largo de su vida a utilizar las publicaciones periódicas como espacios para la construcción de su imagen pública. Aparecía como el líder no solamente de la publicación, sino del grupo que lo secundaba. En segundo lugar, en su participación en La Reforma ya se esbozaba el carácter polifacético de Ingenieros que fungía a la vez como editor, escritor, ácido comentarista sobre temas de toda índole, personaje político, etc.
Entre la masonería, la “bohemia”, los círculos letrados más formales, el Partido Socialista (tema del próximo capítulo), grupos editoriales de revistas y los ámbitos educativos de la elite, Ingenieros se fue insertando en una densa red de sociabilidad que le permitía interactuar con expresidentes, miembros de la elite intelectual, aspirantes a escritores y otros ya consagrados, artistas y pensadores diversos. Pronto ocuparía, además, un lugar central en el naciente campo científico, sin abandonar los otros espacios de interacción. El caso de Ingenieros no era único en este último aspecto. La elite intelectual del Buenos Aires de entresiglos era suficientemente pequeña e inespecífica como para que fuera común encontrar a los mismos personajes en diversos ámbitos. Médicos-escritores coexistían con políticos-escritores, muchos de ellos afiliados a la masonería. A nadie asombraba demasiado que el director del Departamento Nacional de Higiene organizara una tertulia literaria en el organismo a su cargo, y que le dedicara al menos tanto tiempo a esa actividad como a las que eran específicas de su función.
Esta situación de inespecificidad del campo intelectual cambiaría gradual pero rápidamente. En ese sentido, como en otros, podría decirse que Ingenieros cabalgaba entre dos eras; es más, casi se podría decir que se encontraba a la vanguardia de la que se avecinaba, de especialización profesional, pero sin abandonar la que iba quedando anacrónica: la de los polígrafos. Esto será en parte el tema de los capítulos que siguen.
1 Amalia, la hija menor de Ingenieros, recordaría luego: “Pablo me pareció siempre un hombre medio tenebroso, me daba la impresión de ser persona mala. Delia siempre me mandaba a mí, me sugestionaba, a hacer cosas y me dijo: al hablarle a papá nómbrale al tío Pablo a ver que dice, a ver si verdaderamente es tío, puesto que si es hijo de la abuelita tiene que ser nuestro tío. Así lo hice y papá dijo que no le dijéramos tío sino señor Pablo”. FJI. 3.6.1 Carpeta con entrevistas llevadas a cabo por Delia Ingenieros, hija mayor de José.
2 Muchas décadas más tarde, sus hijos recordarían los enojos de Ingenieros con su madre cuando esta intentaba regalarles a los niños estampas religiosas. También, en una oportunidad, quiso despedir a una niñera que había trabajado en la familia por años, cuando descubrió que había hecho un pesebre de navidad.
3 Ver “Investigación sobre el impacto de la inmigración masiva en el Río de la Plata”, Boletín, nº 1. Departamento de Sociología y Cátedra de Historia Social, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1961. Agradezco a José Carlos Chiaramonte por haberme facilitado acceso a este material.
4 En un episodio contado muchas veces, Ingenieros, molesto por la obligación que le imponían de costear la impresión de la tesis, en una de sus típicas boutades terminó por dedicarla “al modesto y laborioso Maximino García, portero de la Facultad”.
5 Murger, Henri, Escenas de la vida bohemia (Buenos Aires: Sopena, 1945). La edición original en francés, Les scènes de la vie de bohème, había sido publicada en 1849.
6 Carta de José Ingenieros a Roberto J Payró. Reproducida en Payró, “Recuerdos”, Nosotros, número extraordinario dedicado a la memoria de José Ingenieros, año XIX, n.° 199 (diciembre de 1925), p. 475.
7 FJI. Carpeta A.3 Trabajos científicos.
8 Ver Delia Kamia (1968), p. 213.
9 En una tarjeta de invitación fechada en noviembre 18 de 1904, se lee: “Señor.......
Sírvase concurrir a la alimentación ofrecida al pentarca * Doctor Ingegnieros, el domingo 20 del corriente, sobre el pailebot revolucionario “Eugenia Altieri”, heroicamente ensangrentado por las expediciones de Julio Herrera y el Coronel Pampillon.
Saludan a Ud, Esotéricamente, Antonio Monteavaro- José Ojeda- Luis Doello- José Pardo
Exotericamente, Florencio Sánchez- Diego Fernández Espiro
Hipotéricamente, José Altieri- Polero Escamilla
X Asistirá el Periodista de la Magdalena
Z.La asistencia y alimentación es gratuita
Punto de Cita: Rivadavia 1356 a las 11 a.m.”
FJI. Carpeta A.2. La Syringa.
10 Ingenieros, José, “Letras italianas”.
