La feria de los libros - Juan González Olmedilla - E-Book

La feria de los libros E-Book

Juan González Olmedilla

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Beschreibung

La Feria de los Libros –título tomado de la sección semanal de crítica literaria del periódico Heraldo de Madrid– ofrece una amplia selección de reseñas literarias (75 en total), publicadas por Juan González Olmedilla, en este medio, entre 1924 y 1927. El autor sevillano dio a la luz artículos de opinión, reseñas de estrenos teatrales, críticas de libros, y otros textos, en dicho diario, donde también ejerció como redactor político. Olmedilla muestra –en estas entregas– un bagaje cultural de lecturas –su formación como escritor–, a la vez que intenta extraer, de cada obra analizada, lo más importante de su elaboración y estética, destacando siempre los valores positivos y válidos para el lector, sin obviar detalles que son disonantes (versos inconexos, erratas, copias). Merece especial atención su revisión de la primera vanguardia, con la defensa de un verdadero y puro vanguardismo, que no olvida la tradición.

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Seitenzahl: 368

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Juan González OlmedillaLA FERIA DE LOS LIBROSArtículos de crítica literaria

Edición de José María Barrera López

Los cuatro vientos

renacimiento

© Textos: Herederos de Juan González Olmedilla

© Carta de Cansinos: Herederos de Rafael Cansinos

© Edición: José María Barrera López

© 2021. Editorial Renacimiento

www.editorialrenacimiento.com

polígono nave expo, 17 • 41907 valencina de la concepción (sevilla)

tel.: (+34) 955998232 •[email protected]

Texto revisado por Gabriel García Santos

Diseño de cubierta: Equipo Renacimiento, sobre una ilustración para la portada de la revista Die Woche, Der liebe lesser, de Erwin Rechenberg

isbn ebook: 978-84-18818-79-0

PRÓLOGO. Entre el modernismo y las primeras vanguardias: Juan González Olmedilla

A mi nieta Blanca Barrera Reyes,

en su primer aniversario

Si nos atenemos a lo que informa Mario Méndez Bejarano1, Juan González Olmedilla nació en Sevilla el 6 de diciembre de 1893, justo el mismo año que Jorge Guillén o Melchor Fernández Almagro2. Entra de lleno en esa famosa generación del 27, por zona de fechas, aunque su trayectoria literaria sea bien distinta a la de dicho grupo. La calle Resolana en el barrio de la Macarena lo acogió en fecha temprana («y en la parroquia de la Macarena recibió las aguas bautismales», según Méndez Bejarano). Fue hijo de Juan González y María Pastora Olmedilla. Una hermana del poeta, Doña Pastora González Olmedilla, recibe en la posguerra –años 1942, 1944, 1949– ayuda económica por ser familiar de médico, según consta en los Anales de la Real Academia de Medicina. Su infancia, según el mismo poeta señala en un poema, se relaciona con el Barrio de Santa Cruz: «¡Calles del Barrio de Santa Cruz! (…) / por donde discurrió mi infancia/ sin aros y sin juguetes;/ infancia llena de definiciones/ y clasificaciones académicas». El autor cursó sus estudios secundarios en el Instituto Técnico de Sevilla, entre 1905 y 1910. En su expediente del Archivo de la Universidad de Sevilla, se encuentran los datos referentes a sus estudios superiores. Los días 11 y 17 de junio de 1910, con 16 años, verificados los dos ejercicios de Grado de Bachiller, obtiene en ambos la calificación de Aprobado. Posteriormente, residiendo en la calle Antolínez, n. 8 (junto a Martínez Montañés y Baños), de la capital hispalense, el 24 de septiembre de ese año se matricula en la Universidad Literaria de Sevilla en las asignaturas Lógicafundamental, Historia de España y Lengua y Literatura Españolas, correspondientes al Curso Preparatorio común para las carreras de Filosofía y Letras y Derecho. El 19 de junio de 1911, según Acta, los resultados son: Lógica fundamental, Notable; Lengua y Literatura Españolas, Sobresaliente e inscrito en el Cuadro de Honor; e Historia de España, Suspenso. En examen de Historia tuvo que dictar la Lección 6ª: Celtas y celtíberos. Los celtas. Su origen; su llegada a la península y comarcas por donde se extendieron. Sus tribus.– vestigios de la vida y de la civilización de los celtas. La confederación celtibérica. Sus límites. Pueblos que comprendía. Organización social y política de los celtíberos. Sus costumbres. El examen escrito suspendido fue verificado oralmente por el Secretario del Tribunal, Dr. Celestino López, el 19 de septiembre de 1911. Sin embargo, un día después, el 20 de septiembre de ese año, Olmedilla solicita al Rector que se aplique a la asignatura Historia de España la Matrícula de Honor obtenida en Lengua y Literatura Españolas. El Rector, en nombre de S.M. EL REY (Q.D.G.), le concede, conforme a lo dispuesto en el artículo 7º del Real Decreto de 10 de agosto de 1877, la petición. En el curso 1911-1912, ya con 17 años, se matricula en Derecho Natural, Economía Política y Derecho Romano. Sin embargo, el Acta de 15 de junio de 1912 no recoge ningún resultado; lo que prueba que ya, por esas fechas, había abandonado la carrera. Todavía figura en su Expediente, el oficio del Rector de Sevilla al correspondiente de Madrid, fechado el 9 de noviembre de 1914, donde se especifica que «Habiendo sido autorizado para trasladar su expediente académico a esa Universidad el alumno de la Facultad de Filosofía y Letras D. Juan González Olmedilla tengo la honra de remitir a V.S. las adjuntas certificaciones académicas oficiales núms. cuatro, expedidas por duplicado, a favor del expresado alumno a los efectos prevenidos en la Real Orden fecha 10 de octubre de 1902»3.

Tuvo amores iniciales en el citado Barrio sevillano de Santa Cuz («Hay una calle donde mi juventud primera,/ –pródiga de sus días y sus sueños-/ hizo promesas de amores eternos/ junto a una cara de virgen morena»). También en ese lugar se fraguó su mundopoético: «¡Cuántas noches de novilunio/ –el alma en sombra igual que tus calles-/ arrastré mi vida indecisa/ por tus soledades,/ buceando en tu gran silencio/ que perfumen los azahares,/ el sendero nonato de mi impulso,/ el ignorado cauce/ de mis virgíneas actividades!». Con 17 y 18 años, en 1910 y 1911, en su primer y único año universitario sevillano y gracias a su compañero José María Romero Martínez (1893-1936), de su misma edad (dos meses mayor que él), conoce la poesía y a su gran maestro, Rubén Darío: «Quiero dejar aquí tu nombre de poeta bucólico, José María Romero, en testimonio de amistad y como una flor de gratitud. Tú me enseñaste a amar al Poeta, cuando mi alma titubeaba frente a los innumerables senderos. Fue en Sevilla, en abril y en nuestros diez y ocho años: ¡tres veces primavera! Mañanas del Bachillerato»4.

Marchó a Madrid en 1912, residiendo en la calle Bolsa n. 5 de la capital, con su madre y su esposa Rosario Berenguer, de la que tuvo un hijo, Juan Francisco. Su amistad con Rafael Lasso de la Vega, también residente en esos momentos en la capital, es evidente. Así escribe, en 1916: «Un joven y fuerte homérida que, como Quirón, tiene presas entre sus cabellos seculares abejas griegas…¿Rafael Lasso de la Vega? Justo. A este armonioso y sereno vate he aludido. Él, que amó a Rubén– y cuya labor comprendió como pocos–, es quien nos hace la inapreciable merced de estos versos magníficos, escritos por Darío en el otoño de 1910, y que, como un tesoro oculto, Lasso de la Vega, hasta hoy ha conservado inéditos»5. Ya en Madrid, Olmedilla se localiza en el círculo de su amigo, según las palabras de Xavier Bóveda, que recoge Cansinos: «Es un caso de telepatía. Lasso sabe cuándo el poeta gallego /Bóveda/ ha cobrado unos versos en Prensa Gráfica o Eliodoro Puche ha recibido un giro de su padre u Olmedilla, su paisano, ha hecho alguna combinación afortunada»6.

En el curso 1912-1913 estuvo matriculado en la Universidad Central de Madrid, aunque dejó los estudios universitarios, a partir de ese año, dedicándose a lo que era la pasión de su vida: el periodismo. Perteneció a la Asociación de la Prensa y colaboró en Vida Artística,La Esfera y Nuevo Mundo. También en La Tribuna, El Liberal, Por esos mundos, Blanco y Negro y Los Lunes del Imparcial. En esta última publicación, colabora en 28 ocasiones, entre 1914 y 19257. Simultaneó domicilio con Sevilla, probablemente el domicilio paterno, donde también residió hasta principios de los veinte, aproximadamente.

De entre sus primeras colaboraciones poéticas, merece destacarse «Becqueriana», inserta en el número 13 de la revista sevillana Vida artística, «Revista decenal de Espectáculos, Ciencias, Literatura, Arte, Sport y Anunciadora de la Industria y el Comercio», el 15 de junio de 1911, dentro de un «Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer», con motivo del Monumento al poeta en el Parque de María Luisa. Texto que hay que unir a los de otros colaboradores, como «La rima eterna», de Jacinto Ilusión (José María Izquierdo), «La voz de Bécquer», de Muñoz San Román, «Un soneto de Bécquer» y «Gustavo Adolfo Bécquer», de Manuel Chaves o Manuel Requena, «A Bécquer»8. En esta revista compartirá inquietudes literarias con José María Izquierdo o Julián Fernández Piñero, y también tendrán cabida Francisco Villaespesa y la artista Tórtola Valencia. En la prolongación de ese Homenaje, en el n. 24 (10 enero 1912), ya no se encuentra su firma, y sí la de Izquierdo («El rielar del Monumento Becqueriano»). El texto, «Becqueriana», parte del epígrafe «Yo voy por un camino, ella por otro», del autor de las Rimas:

Iba por un camino, yo por otro,

cada cual su destino;

miraba hacia la tierra, yo hacia el cielo;

cruzaba su sendero y yo el mío;

ella a la prosa del vivir humano,

yo al vivir del espíritu.

Meses después, todavía en la capital hispalense, dirigió, desde la calle Antolínez n. 8, la revista Andalucía. Revista Literaria Quincenal de Sevilla, entre octubre de 1911 (n. 1, 1 octubre 1911) y abril de 1912 (n. 9. abril)9. González Olmedilla formaría parte ese grupo literario sevillano nucleado en torno a José María Izquierdo y Miguel Romero Martínez, en 1910, en el renacer cultural del Ateneo hispalense. En la «Presentación del primer número» de la nueva revista apela a la Ilusión, a la Juventud y a la Belleza:

Para vosotros los jóvenes, que tenéis fuego en el alma y aspiraciones e inquietudes; para los rebeldes que, encerrados en el estrecho círculo de la rutina, ansían campo para sus audacias; para los soñadores, que, ignorantes de la verdad sagrada de la vida, dormitan al arrullo de la Ilusión; para los derrotados, que arrastraron en su caída las más bellas presas del Ideal; para los humildes y los desconocidos; para los consagrados y los que luchan, son estas columnas abiertas a todas las ideas y todas las audacias.

Es nuestra obra, obra fecunda de juventud y de Cultura.

Haremos labor de Juventud, llevando a las almas –oprimidas por imbéciles prejuicios– sanas corrientes del ideal.

Rejuvenecer para alentar es nuestro lema, puesto que en las almas jóvenes es más fácil el glorioso germinar de las ideas.

Andalucía es el nombre de esta Revista.

Nombre que tiene en sus sílabas sonoras y melancólicas cadencias de guitarra y rumor de besos y bellas armonías: nombre de evocación y de misterio.

En él se condensa la maravillosa y compleja alma de una raza mística y pagana, bizarra y dolorida, aventurera e inquieta.

En las sílabas de este nombre hay anhelos y gallardías, nostalgias e inquietudes, somnolencias orientales y brutales arranques de pasión.

Andalucía, tradicional y gloriosa. Mítica y pagana, salvaje y exquisita, quiere decir ilusión y audacia y juventud y belleza10.

En dicha entrega periódica colaboraron maestros ya consagrados, como Salvador Rueda, Rafael Cansinos, Francisco Villaespesa, Narciso Díaz de Escobar, Emilio Carrere, los hermanos Álvarez Quintero, Ricardo León, Alfonso Blanco, Alejandro Sawa, José Francés, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, así como los integrantes del grupo Ariel (Felipe Cortines, Miguel y José María Romero Martínez, Pedro A. Morgado, José Muñoz San Román, Alfredo Blanco, José María Izquierdo) y los onubenses Rogelio Buendía y Francisco Rofa Rufete11.

La revista quincenal, de pequeño formato, con 12 (n. 3), 14 (n. 2), 16 (n. 1), 20 (n. 4, n. 5, n. 7, n. 8, n. 9) y 24 (n. 6) hojas más portada y contraportada, tuvo una tirada de 4.000 ejemplares, según ella misma informa (aunque esto no es creíble). En su número 9 incluía un Suplemento de 4 páginas dedicado a «Tórtola Valencia». Publicaba originales y crítica de libros, junto a retratos de escritores, bajo el epígrafe «los que luchan»12. González Olmedilla da a la luz poemas («La última orgía de Tarsis», n. 1; «Rapsodias», n. 3; «Rima XIII», «Carmen», «Vita Beata», n. 4; «A Villaespesa», n. 4; «Alma», n. 5; «Elegía modernas», n. 6; «Rapsodias», n. 7; «El poema de Avelina Festari», n. 9), prosas («Breviario de amor y de hastío», n. 2; «Nuestras colaboradoras. Gloria de la Prada, n. 8; «Tórtola Valencia en su ‘camerino’», n. 9 suplemento); «Prosas tristes», n.8) reseñas de libros (Torre de marfil, de Villaespesa; Pastorales, Juan Ramón Jiménez, n. 1; Apolo, de Manuel Machado, n. 2; Por tierra argentina, de Plácido Langle Moya, n. 3; Alma rimada, de Enrique Marcial Pérez; La tristeza de amar, de Luis G. Huertos, n. 5; El espadín del caballero guardia, de Emilio Carrere; El ocaso de los Reyes, de Manuel de Mendivil, n.6) y revistas (Mundo Gráfico, n. 4, y otras), así como noticias de novedades en teatros. Asimismo, introduce autores, redacta las notas editoriales y prologales y coordina la revista. Agrega al círculo de Ariel, escritores de otras latitudes, como el segoviano Nicasio Hernández Luquero (Montejo de Arévalo, 1884-Arévalo, 1975), los almerienses Luis G. Huertos Rull (1883-?) y Plácido Langle (1858-1934), el iznajeño Cristóbal de Castro (1874-1953), el onubense Francisco X. Macia, colaborador de La Rábida, o el autor de «La Novela Semanal», después corresponsal de la guerra de África y cronista taurino, Juan Ferragut, Julián Fernández Piñero (1890-1974), director literario ya citado de Vida Artística. No olvida las colaboraciones femeninas de Julieta Solier, Gloria de la Prada o Sofía Casanova de Lutoslawski. Olmedilla anuncia un libro de versos, Los Poemas de la Noche, ya desde el n. 3 de la revista; sin embargo, algunos poemas de la revista se incluyeron ya en su primer libro Empezando a vivir.

El mismo autor, en «El Apolonida» (texto ya citado e incluido en La ofrenda de España a Rubén Darío), afirma: «Cuando dejé de publicar en Sevilla la revista literaria Andalucía –en torno a la cual se agrupó, para dar fe de vida, la juventud del actual renacimiento hispalense–, en la primavera de 1912 decidí, con mi familia, trasladarnos a este Madrid de nuestros pecados»13.

Paralelamente, también colabora en La Exposición, al igual que sucede con los demás integrantes del grupo Ariel. La revista, dirigida por Ramiro J. Guardón, y con la sección literaria comandada por Alfredo Blanco, acoge –a lo largo de 1911 y 1913– sus colaboraciones en 5 números. Comienza con «Paz aldeana» (n. 5, 26 abril 1911). Sigue con «La saeta» (n. 14, 30 marzo 1912); posteriormente «La mantilla» (n. 16, 4 mayo 1912) y «Proemio» (n. 19, 30 junio 1912); para finalizar con «La sonrisa de Gioconda», «Don Juan de Austria» y «Preludio» (n. 36, 28 febrero 1913).

Su primera obra es Empezando a vivir. Mis primeros versos, que data de 1911 (Sevilla, Imprenta Salvador Acuña, 32 pp.)14. En la «Dedicatoria», el poeta expresa: «A los que como yo, tienen vacilaciones en el alma, en fuerza de ser jóvenes…». Los 48 poemas que incluye el pequeño volumen muestran el mundo inicial del joven poeta, con el mundo de Rubén Darío (princesas, erotismo) y el entorno local (Sevilla), dentro de la estética fin de siglo.

Justo, en 1911, el 1 de diciembre, con número 4.388, ingresa en el Ateneo de Sevilla, donde no consta su domicilio ni la fecha de la baja, aunque lo más probable es que ésta tuviera efecto en 192015. Su primera actividad en dicha Institución comienza –cuatro meses después, el 28 de marzo de 1912– con su participación en la velada-homenaje a Juan Ramón Jiménez. En la tercera parte del acto, «Elogio de la poesía y el arte del poeta», Olmedilla leyó «Versos para después», junto a José María Romero Martínez («Jardines dolientes»), Antonio María Puelles y Puelles («Romance de un gerifalte»), Juan Fernández Espinosa («Las flores del corazón»), Pedro A. Morgado («El pinar en primavera») y José Andrés Vázquez («Las flores de la Sierra»)16.

Nada más salir a la calle Andalucía, Olmedilla escribe a Juan Ramón –con fecha 1 de enero de 1912– solicitándole colaboración para la revista y pidiéndole «Que me dé iniciativas para hacerlas realidades» en ella. Se lamenta de que no hubiera colaborado antes:

Que me aconseje, que pida para mí original a Rubén y a Valle y sobre todo que me envíe V. trabajos suyos inéditos. No me quiere V., me tiene olvidado, ni me envía los libros que publica, ni me escribe ni me envía original. Dice V. en su carta: Ya veré si encuentro algo apropósito que enviarle. Lo que V. me envía es apropósito y sea de la índole que sea me honra la Revista. Ya ve V. como no me estima.

Y se queja de que participe en la revista hermana La Exposición, antes que en Andalucía:

Antes de publicar Poemas Mágicos y Dolientes, enviaba Marinas de ensueño a La Exposición, de aquí, de Sevilla y a mí…nada!17.

Olmedilla hace referencia, sin duda, al número 2 de La Exposición (23 julio 1911), donde se inserta un texto de Jiménez, «Marina de ensueño», junto a otros de Luis G. Huertos («Vida») y Rafael Lasso de la Vega («Vas spirituale»).

Con todo, en el número inicial de Andalucía (n. 1, 1 octubre 1911, página central), Juan Ramón publica una prosa titulada «Cosas tristes» en dos partes, donde expresa su visión de poeta («cuerpo sin alas», «alma sin cuerpo») frente a la monotonía y tristeza del paisaje, con fondo wertheriano: «Mi mirada lánguida se pierde en el ambiente de elegía de estos rincones, y siempre me acuerdo del pobre Werther, que quiso que lo enterraran en el fondo del cementerio, en aquel rincón en que había unos tilos»18. Más tarde, entrega en el n. 2 (15 octubre 1911), el poema «A la soledad»; en el n. 4 (13 noviembre 1911) la prosa «La tristeza del campo», dedicada «a Gregorio Martínez Sierra, todo flor» n. 5 (30 noviembre 1911), y, finalmente, «La Poesía», en el n. 5 (30 noviembre 1911), una nueva reflexión en prosa sobre la vocación de Belleza y Eternidad: «¡Esclavo tuyo soy, poesía, y moriré de enfermedades de Belleza!»19. Cuatro colaboraciones que indican la afinidad del poeta moguereño con el joven sevillano.

En 1948, en la revista bonaerense Leoplán, Olmedilla publica «Cuando Juan Ramón tenía treinta años», recordando su encuentro con el admirado poeta de juventud: «He conocido a Juan Ramón Jiménez, a su mejor luz, la de su intimidad natal, en su casa de Moguer. (…) Los peregrinos éramos dos. Poetillas y estudiantes, que al ingresar en la Universidad de Sevilla conocíamos mejor las Prosas profanas de Rubén que la Lógica Fundamental y con muchísimo gusto cambiábamos los apuntes de Derecho Canónico por las Arias tristes o los Jardines lejanos de Juan R. Jiménez»20. El poeta sevillano consideraba al maestro de Moguer, «un alto poeta, a quien debemos llamar moderno clásico porque en castellano ha conseguido crear escuela»21. González Olmedilla entrevista a Juan Ramón y éste lo reprende socarronamente al ser tomado como una parada más en el recorrido histórico-artístico que ofrece Moguer a sus visitantes22.

El 30 de marzo de 1912 –dos días después del citado Homenaje a Juan Ramón Jiménez–, González Olmedilla ofrece una lectura de sus propias poesías en la Docta Casa. Éstas iban destinadas a un futuro libro, bajo el marbete de Los poemas de la noche. Así se anunciaba en el n. 8 de la revista Andalucía. Veintisiete textos con estos títulos: «Su sombra…», «Proemio», «Iniciación», «Elegía de la infancia», «Elegía de la juventud», «Por tierras de la Mancha», «Motivos andaluces», «Los ojos fugaces», «Mía», «Versos de Paz», «La angustia del silencio», «Los ocasos me evocan», «De la soledad», «Sonreía», «La rima de las violetas», «En los tristes insomnios», «Mi madre duerme», «Paz aldeana», «Córdoba», «Vita beata», «La fuente muda, «Luisa», «Niebla», «El poema de Avelina Festari», «Nocturno», «Ama» y «La saeta»23.

Dentro del Ateneo formó parte del «Pasillo de los Chiflados», que cantó líricamente Rogelio Buendía, en Del bien y del mal (1913). Junto a José María Izquierdo, Miguel Romero Martínez, Muñoz San Román, Pedro Alonso Morgado, Felipe Cortines, José María Romero, Juan Fernández Espinosa y Antonio Aristoy, el poeta onubense retrató en versos alejandrinos las andanzas de cada uno de ellos:

Olmedilla, que trae el revólver cargado,

entra como una ráfaga ciclónica de viento,

y a punta a las costillas de un poeta asustado.

En Divagando por la ciudad de la gracia, Izquierdo describe el ámbito del famoso Pasillo: «Había en el Ateneo de Sevilla un grupo de jóvenes que dieron en la manía de leer… de leer poesía y hacerlas –en verso y en prosa– y de vivirlas. El amable rincón donde se reunían –un claro y alegre pasadizo que da a la Biblioteca– se llamó “el pasillo de los chiflados”. El mote se convirtió para ellos en timbre de gloria. El pasillo fue plaza de muchos pasos honrosos. Los nombres de los chiflados constan en dos famosos sonetos humorísticos insertos en un cancionero que dice Del bien y del mal… Todos tenían algo de poeta, de músico y de loco… A ellos se sumaron más tarde otros jóvenes artistas –pintores, escultores, etc.«24.

Sus contactos literarios le sirvieron para distribuir, en Madrid, libros, según se desprende de la correspondencia entre el autor de Relieves sin relieve y el erudito y humanista sevillano. Así en carta del 12 de abril de 1913, donde el objeto es difundir la obra Interior, de Maurice Maeterlinck, traducida por Miguel Romero Martínez y en la que colaboraron diversos integrantes del grupo Ariel, en ese año, escribe José María Izquierdo:

Olmedilla se ha hecho socio del Ateneo. Creo –salvo tu parecer– que es el indicado. Si Olmedilla no coloca un libro, no sé quién pueda hacerlo25.

En una segunda misiva, el autor de Por la parábola de la vida vuelve a insistir en la distribución de Interior, ahora en Madrid:

Adjunto va una lista que me ha dado Olmedilla, para que envíes un ejemplar de propaganda. Él ha aceptado el encargo; pero decía que sólo le remitas 100 ejemplares, la primera vez26.

No es de extrañar que fuera citado, junto a otros poetas amigos, por José María Izquierdo, en Divagando por la ciudad de la Gracia: «A todos los poetas, mis amigos, deseaba mencionar…A Alfredo Blanco (…). A Agustín Aguilar y Tejero (…). A Rafael Lasso de la Vega (…), A Miguel Romero y a Antonio Mª de Puelles, a José Andrés Vázquez y a Pedro Pablo Raida. A Juan González Olmedilla y a José María Romero y Martínez…A todos, mi saludo cordial»27.

En Sevilla y nucleados en torno al Ateneo, a las revistas literarias (Andalucía, La Exposición) y a la Academia Sevillana de Buenas Letras, hubo una generación intermedia entre los del denominados de fin de siglo o del 98 (nacidos entre 1860 y 1975) y la joven literatura (nacidos entre 1891 y 1905), que corresponde al grupo Ariel y otros compañeros de dicho grupo, nacidos preferentemente entre 1876 (Muñoz San Román) y 1891 (Rogelio Buendía, puente con la generación nueva). Grupo generacional donde estaría el mismo Cansinos Assens (1882-1964), Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y Blas Infante (1885-1936). Algunos de ellos nacidos en la década de los 80, como los tres anteriores, cada uno maestro en su ámbito (1882, Alfredo Blanco y Blázquez; 1883, Felipe Cortines Murube; 1884, José Andrés Vázquez; 1886, José María Izquierdo; 1887, Miguel Romero y Martínez; 1888, Pedro Raida y Pedro A. Morgado) y otros, un poco más jóvenes, en la de los 90 (1890, Agustín Aguilar y Tejera, Isaac del Vando, Rafael Lasso de la Vega y Luis Mosquera; 1891, Rogelio Buendía; 1893, José María Romero y Martínez y Juan González Olmedilla; incluso se podría alargar hasta 1895, Adriano del Valle). Estos segundos –los de los 90– serían los primeros vanguardistas de Grecia y Gran Gvignol. Pero antes de innovadores fueron modernistas tardíos y convivieron en las Instituciones y revistas sevillanas, logrando un nuevo renacimiento cultural en la ciudad. En este contexto se desarrolla la juventud y la obra primera de Juan González Olmedilla. Cuando este grupo sevillano entre en contacto con Jaime Ibarra, César A. Comet, Paulino Fernández Vallejo, Manuel de la Peña, José Rivas Panedas, Manuel de la Peña y otros, residentes en Madrid, y colaboradores de Los Quijotes (1915-1918), se formará el Ultra. En ambos, el puente será Cansinos Assens, impulsor de estos poetas jóvenes. También González Olmedilla actuará de puente entre Madrid y Sevilla, entre el modernismo tardío y las innovaciones ultraicas28.

En esta primera etapa modernista, además de Empezando a vivir, da a la imprenta Poemas de Andalucía (Madrid, Imprenta Helénica, 1912, 174 pp.), con prólogo de Francisco Villaespesa. Según Mario Méndez Bejarano, «contiene hasta 90 composiciones de variados metros y diferentes tendencias, predominando en muchas de ellas cierto altivo pesimismo, de que el autor se cree invadido». Dos años después, en 1914, edita otras obras: la traducción de El rey Galaor de Eugenio de Castro, la traducción de El Hijo pródigo (novela). También La llave de oro, un libro de coplas, con portada de J. Romero de Torres, una «Antífona» a modo de prólogo de Manuel Machado y aportaciones líricas de Muñoz San Román, Moreno Villa, Lasso de la Vega, Antonio Aristoy, Rogelio Buendía, Enrique de Leguina y Juárez, Miguel de Castro y José María Romero, junto a las composiciones del mismo Olmedilla. La famosa «Antífona» comienza:

¡Pobre Juan de la tierra clara,

pobre Juan de la triste cara,

pobre poeta!

Canto sincero,

como el romero…

Ya se que vivir es guerra,

ya se sabe que nuestra tierra

llena de gracia,

está de pena

tan dolorosa como

de gracia llena.

Timidez es nuestra osadía,

nuestra risa no es de alegría,

¡que somos pobres!

aunque queremos

hacer de ricos, dando

cuanto tenemos.

Canta tú las fatalidades

que son las únicas realidades:

Amor y muerte.

Sigue cantando

coplas, que hombres muy hombres,

oyen llorando…

Y si alguno te preguntara,

¡pobre Juan de la tierra clara!,

quien las compuso,

di que lo ignoras…

que tú, con Juan del Pueblo,

cantas y lloras…29.

Lo que motivó que Rafael Cansinos cuando se refería a él siempre recordara estos versos, aunque equivocando el libro. Así, en 1917, como contertulio de la Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo, junto a Andrés González-Blanco, el autor de El candelabro de los siete brazos evoca:

Esos son los contertulios habituales de Andresito; pero también pululan en torno a él un sinnúmero de noveles, como los poetas del Cancionero del Heraldo, entre los cuales descuellan Morenas de Tejada –el de Las fuentes amargas– y el sevillano Juanito González Olmedilla, redactor de El Liberal, autor de un libro –Andalucía– al que Manolo Machado ha puesto un atrio en verso, llamándole: «Pobre Juan de la triste cara…,/ pobre Juan de la tierra clara,/ pobre poeta…/ ignorante y sencillo como el romero…», etc., etc.30

En el tomo segundo de La Nueva Literatura. Las Escuelas, el maestro modernista y después ultraísta se detiene ampliamente en el tercer libro de Olmedilla:

Para cerrar esta crónica bibliográfica hemos reservado La llave de oro, de Juan González Olmedilla, ese poeta sevillano, tan frondoso, tan desordenado, tan bellamente inquieto.

La llave de oro es una llave pomposa, más llena de filigranas que aquella que entregó Achataf al triunfador cristiano. Pero dejemos estos símiles, demasiado fáciles, que conducirían a apreciaciones puramente externas de la obra de Olmedilla. La llave de oro es una embriaguez lírica, en la que hay cantos para todo: para la florida Andalucía, para la reseca Castilla, para el amor, para la gloria. ¡Lástima que no esté todo ello expresado rn una forma más serena! La escuela sevillana, la antigua escuela sevillana, tuvo siempre dos aspectos: la pasión excesiva a costa de la perfección de la forma, y la serena impasibilidad, perfecta y fría, de una frialdad áurea y magnífica. Son las dos corrientes que marcaron la herencia arábiga y la lección estética del Renacimiento. En los momentos actuales, González Olmedilla representa la primera modalidad, así como Rafael Lasso de la Vega –otro joven poeta– encarna la segunda. Olmedilla es el descendiente de aquellos poetas árabes que cantaban una amada hermosa, un caballo, una esbelta palmera, y vivían dentro de un mundo de analogías, en el que todo era bello y equivalente. Esa generosidad lírica campa en todos los libros, y desde luego en éste último, con detrimento alguna vez de la debida selección en los temas elegidos por el poeta. En cambio, en todos ellos, y en ese también, hay efusión, fantasía, fervor cordial y, sobre todo, música. Este último don asegura a Olmedilla el triunfo en esta época, en que las liras se han velado y suenan sordamente, mientras el mundo desencantado, está ávido de armonía31.

Tras él, publica en Andalucía y La Exposición, y asimismo en Bética. En el n. 14 de ésta (Sevilla, 5 junio 1914, p. 38) encontramos un texto de La llave de oro: «Himno a la Ciudad de la Gracia», un terceto endecasílabo sin rima; y en el n. 27 (Sevilla, 15 febrero 1915, p. 20), «Córdoba (Elogios de las ciudades andaluzas)», un soneto dodecasílabo32. En El Liberal madrileño le dedica un emocionante artículo a «Alonso Quesada» (26 febrero 1915).

Por otra parte, González Olmedilla figura como socio en el Ateneo de Madrid, con. N. 9.200, año 1913.33 Allí coincidirá temporalmente también con José María Izquierdo, quien vive en la capital durante dicho año. Entre 1914 y 1920, ocupó el cargo de Secretario de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid34. Partidario de los aliados en la Gran Guerra, colabora en la revista madrileña Los Aliados, defendiendo a Francia35, al igual que lo hiciera Manuel Machado36.

Todavía en 1914, publica un poema prologal al libro de Juan José Llovet, Pegaso encadenado, junto a otros poetas como Enrique Reoyo, Antonio Gullón, Goy de Silva, Rafael Lasso de la Vega, Gonzalo Morenas de Tejada y Miguel de Castro37.

En 1916, publica su obra quizá más conocida La Ofrenda de España a Rubén Darío. En ella, casi al final, expone su poética del momento:

Aunque a veces me esfuerce en aparecer de otro modo, yo no soy sino un poeta de pequeños temas, que ama el azahar, que ama el clavel, que ama el nardo –únicas flores de su sencillo y alegre patio de Sevilla– y cuya Musa, de grácil cuerpo cimbreño, humilde y pequeña, como una Concepción de Murillo, no sabe otro de profundis que los bordones de mi guitarra, ni gusta otros adornos que el de las rosas y los claveles cuidados por su mano y la mantilla negra los días de la Semana Santa38.

En ese mismo año de 1916 publica –la víspera de Nochebuena– en La Esfera unas «Coplas en alabanza de Pastora Imperio», cuando la artista tenía 28 años: «¡Yo te he soñado reina de la Cava, en Triana,/ porque bajo tu piel morena y tentadora/ late el alma magnífica de la raza gitana». En la también revista de «Ilustración mundial» madrileña (n. 66), edita «Semana Santa en Sevilla», recogido después en el Diario Oficial de la Exposición Internacional de Barcelona (1929), con dibujo de Helios Gómez: «Sevilla en Semana Santa/ Semana Santa en Sevilla…/ Fiesta que parece un sueño/ febril de la fantasía»39. Entre 1915 y 1920, Olmedilla colabora hasta en 23 ocasiones en dicha revista ilustrada (2 en 1915, 3 en 1916, 4 en 1917, 3 en 1918, 9 en 1919, y 2 en 1920), según Sánchez Vigil40

En la revista de Emilio Linera, Los Quijotes, y bajo el auspicio de Cansinos, publica un soneto «La primera salida» sobre el tema quijotesco: «Campo traviesa, sin ningún camino,/ a merced del azar…o del destino,/ y al paso y voluntad de su caballo» (n. 31, 10 junio 1016, p. 2) y un Soneto de doce versos, «El Año», donde repasa todos los meses:

Enero tiembla con temblor de niño;

enmascarado y entre piel de armiño,

ríe Febrero su carcajada loca;

Marzo y Abril florecen… Mayo evoca

la lucha entre las aulas y el cariño

de alguna novia; Junio abre el corpiño

de la niña al amor; Julio sofoca…

Sobre la mies fulge la hoz de Agosto;

Septiembre ofrenda a Pan el nuevo mosto;

de secas hojas cubre Octubre el suelo;

llora Noviembre mas Diciembre-abuelo

sonríe al Niño-Dios en el establo… 41

Quizá, quien más destacó su obra fue –en aquel momento– Rafael Cansinos Assens, quien, ya en el tomo I de La Nueva Literatura (Los Hermes), en 1917, cuando se refería a «Nuestra juventud», lo incluía como una joven promesa:

Y detrás de nosotros, detrás de nuestras sombras tendidas, los jóvenes poetas, los futuros triunfadores, se yerguen ya en las primeras claridades del alba… Y forman un coro bello y perfecto, como lo que fue el nuestro. Lasso de la Vega, claro y frío; González-Blanco, risueño y veleidoso; González Olmedilla, con el corazón herido como esas fuentes que rompen la tierra; Goy de Silva, hierático y misterioso; y los siete poetas del Cancionero, fraternales y luminosos, como una clara constelación42.

Este Cancionero y sus integrantes se detallan después en la segunda parte de La Nueva Literatura. Las Escuelas:

Un día seis de estos poetas, a los que se une Rafael Lasso de la Vega, que ya ha colaborado en Los lunes del Imparcial, funda en las columnas del Heraldo, que les abre galantemente, su director, el comprensivo Rocamora, un Parnaso, en el que semanalmente aparece una poesía de estos nuevos. Los siete poetas, Lasso de la Vega, Goy de Silva, Camino Nessi, Miguel de Castro, González Olmedilla, Juan José Llovet y Morenas de Tejada, son conocidos con el nombre de los siete del cancionero43.

Cansinos también lo cita a propósito de Juan Ramón Jiménez («el sencillo Juan Ramón se hace aquí aún más sencillo para cantar los refajos rojos y las flores en el pelo y los jilgueros y verderones de los campos. ¿No recordáis las glosas de Olmedilla?»)44; y con Villaespesa, de fondo («Villaespesa abandona las complicadas armonías del momento para volver a sus melodías fáciles; y se afirma como un poeta caudaloso y torrencial, a lo Zorrilla (…). Por estas condiciones ejerce ahora un justo ascendiente más perenne que el primero sobre los poetas de las generaciones siguientes, desde Tomás Morales, el poeta canario, hasta Olmedilla y Llovet, pasando por intermediarios menos notables como Ramón Díaz Mirete»)45, sin olvidar el libro dedicado a Rubén de 1916 («Juan González Olmedilla recogió el llanto de las musas en un libro»)46.

La influencia de Villaespesa sobre el sevillano también está en el segundo tomo de La Nueva Literatura: «La paganía de Villaespesa con sus gallardías de adolescencia y sus veleidades eróticas, revive en poetas como González Olmedilla y Juan José Llovet, que tienen el verso amplio y claro del maestro»47. Aunque la relación entre Villaespesa y Olmedilla tuvo sus tensiones, según el mismo autor de El candelabro de los siete brazos: «Villaespesa lo echó de su casa y el hombre de la bondad /González Olmedilla/ se vengó, denunciando en la Prensa, en vísperas del estreno, ya anunciado en la cartelera del Español, que El rey Galaor era un plagio patente de una obra de Eugenio de Castro. No hay que decir que el estreno no llegó a celebrarse y que Paco Villaespesa no se lo perdonará nunca»48. Ya en la época de la República, como parte de la redacción del Heraldo, se acercaba a Villaespesa con otra actitud, según Cansinos: «Toda la patulea literaria con González Olmedilla y Ruano al frente se ha echado sobre Paco Villaespesa como antes sobre Galdós, ciego. Invaden su casa y lo acosan con interviews y reportajes…Por ellos me entero de la vida íntima del poeta»49.

Por tercera vez, en el segundo tomo de La Nueva Literatura (Las Escuelas), Cansinos también se detiene ampliamente en Olmedilla. Primeramente, crítica su exclusión de la Antología de poetas andaluces de Bruno Portillo y Enrique Vázquez de Aldana (Huéscar, Granada, Imprenta de Sucesores de Rodríguez García, 1914): «En vano buscaríais en él a González Olmedilla y Lasso de la Vega, que forman, con Muñoz San Román, la trinidad típica de las gracias de la escuela sevillana; la serenidad clásica y pomposa, en Lasso de la Vega; el lirismo apasionado y desbordante, en Olmedilla; y la tradición oriental de un estilo poético demasiado fácil, cuajado ya en rosarios de epítetos y abalorios verbales, pero con cierto vivo y grato relumbrón de pedrería, en Muñoz San Román»50.

Aunque no figurase en esa Antología, González Olmedilla sí fue incluido en Parnaso español contemporáneo, de José Brissa (Barcelona, Casa Maucci, 1914, 511 p.), junto a 133 poetas del momento. Dos textos, «El chambergo» y «El soneto»51 muestran una faceta cotidiana, centrada en una prenda de vestir y en una tarde de amor. Su obra también se recoge en Los mejores poetas contemporáneos de Pedro Crespo (seudónimo de Miguel de Castro) (Madrid, Llorca y Compañía, ¿1915?, 261 p). Y, asimismo, en Poetas españoles del S. XX, de Ramón Segura de la Gargarilla (Madrid, LibreríadeFernando Fe, 1922, 380 p.).

Después al referir el nombre de José Muñoz San Román, el senior del grupo Ariel, Cansinos insiste en la tríada poética: «Poetas sevillanos que laboran fuera de Sevilla son también González Olmedilla y Laso de la Vega, el último de los cuales representa todo un modo lírico, la corrección clásica, propio de la escuela hispalense, y tampoco es lícito olvidarlos»52. Incluso cuando se refiere a los vanguardistas sevillanos, se acuerda de Olmedilla: «Los poetas novísimos, formados en el ascendiente de los poetas sevillanos de fuera de Sevilla, que se pusieron en contacto con las letras extranjeras y agrandaron la visión del genio regional, obrando en nuestros días lo que en lo antiguo Herrera y Góngora. Estos son los menos sevillanos, si se atiende a lo externo; pero son, sin embargo, los que representan la más pura orientación hacia los nuevos mundos estéticos»53.

Cansinos describe a Olmedilla, en unión de Paulino Fernández Vallejo, Alfredo Villacián, Xavier Bóveda y Eugenio Montes, en los principios del veinte, en el café Colonial, recordando su vinculación inicial con los poetas del Cancionero, su origen sevillano y su carácter bondadoso: «Juanito González Olmedilla, el poeta del Cancionero del Heraldo, que ahora es redactor de periódico, ese sevillanito ceceante, bajito, con chambergo, chalina y cachimba, que es una especie de Gran Simpático en pequeño, oficioso y entrometido, viene a nuestra tertulia a lamentarse, cuando lo echan de las otras, de Pombo o de Fornos, donde sigue pontificando Don Ramón del Valle Inclán»54. También recogida por Cansinos es la declaración de principios del poeta: «Es que la gente no sabe apreciar los sentimientos…Yo soy un hombre cordial y bueno…, yo quiero a todo el mundo…, yo soy –como dijo Machado– oloroso y sencillo como el romero…, y, sin embargo, todos me quieren pisar…(…) Nosotros los andaluces llevamos el corazón en la mano (…). Yo soy un hombre bueno, yo quiero a todo el mundo…, yo creo que en la vida lo más grande es la bondad. (…) Yo seré todo lo malo que quieras como poeta, pero soy una buena persona… Yo soy humilde, yo tengo un alma franciscana…(…) Yo he venido a Madrid a trabajar en un periódico para sostener a mi vieja y a mi mujercita y nada más»55.

Entre 1915 y 1919 se vincula a los nuevos poetas que buscan el más allá del novecentismo. Junto a Los Quijotes, su firma aparece también en el periódico Los Comentarios, con una prosa (29 diciembre 1916), al igual que lo hace un jovencísimo Ramón J. Sender, cuya prosa «Eco montañés» figura dos días antes en el n. de dicho diario madrileño. También, bajo el auspicio de Cansinos, publica en la madrileña Cervantes56. En el año 1918 su firma se encuentra en varias colaboraciones de esta última: «Alberto Ghiraldo» (n. 15, abril, pp.94-99); en el especial dedicado a José Enrique Rodó, «Divagación crepuscular en torno al recuerdo del maestro» (n. 16, mayo, pp. 64-68); y «Apuntes a la ciudad» (n. 17, junio, pp. 43-44). Por último, en el año posterior, «Día de huelga» (n. 25, febrero 1919, pp. 29-31). Respecto al escritor y político argentino de ideal anarquista, Olmedilla se detiene en el viaje a España de este autor, efectuado en 1916 y en sus publicaciones este país. Destaca su colaboración en revistas como La Esfera, Blanco y Negro, España, Los Contemporáneos y Cervantes. Ghiraldo es propuesto como un símbolo de escritor comprometido:

Él es, entre nosotros, la encarnación de los hombres de aquellos países artistas de la América latina que, educados en el culto de veneradas tradiciones, saben jugarse la vida por el triunfo de las nobles ideas que creen justas. Aquí, este escritor argentino, más legítimamente que otro alguno, es el prototipo ejemplar del americano sincero e impetuoso, que se asomó al mundo a través del arte y de los libros, y que aún conserva la gallarda prestancia y el brioso empuje rebelde de los hijos de unas tierras solares, audaces y ansiosos de vida, pletóricos de vigor juvenil y dispuestos siempre al sacrificio por las bellas utopías que justifican y aun ennoblece nuestro paso efímero por este viejo planeta desorbitado moralmente, bañado en sangre, loco…57.

En el libro de Guiraldo, El peregrino curioso. MI viaje a España (Madrid, V.H. de Sanz Calleja, 1917) se cita a González Olmedilla, junto a Cansinos, Tapia o Pérez Olivares.

También elogió a José Enrique Rodó, en el número de homenaje dedicado a su persona, al cumplirse año de su muerte, en Cervantes. EL autor de Ariel (1900) es evocado como un raro ejemplo de humanidad –llena de comprensión, de amor, de tolerancia y, a la vez, como símbolo de un pensamiento orientado siempre hacia Europa:

Una noble serenidad de ocaso presidió su partida; se fue del mundo como quien emprende un viaje del que, temprano o tarde, se vuelve indefectiblemente; con la misma ecuánime alegría con que se despidiera de sus amigos de América al zarpar hacia Europa; y, sobre todo, con la conciencia del deber cumplido: el culto perenne de la Belleza, que es el Bien…o del Bien, que es la Belleza, como gustéis58.

Colabora asimismo en Artes y Letras dirigida por Humberto Rivas Panedas, junto a otros escritores como Rafael Lasso de la Vega o Eliodoro Puche59.

En junio de 1918, describe líricamente la tertulia de poetas frente a las lindas burguesitas que nada saben de Homero y Nietzsche: «Y nosotros, poetas –solos con nuestros cantos,/ sin caricias de la novia, ni giros que esperar,/ sin champagne, sin besos, sin gloria –los encantos/ del vivir, ¡condenados para siempre a cantar!»60.Y, casi un año después, retrata en verso un día entero de huelga, desde la madrugada, la mañana, la llegada de esquiroles y la última hora. En algún momento aflora una imagen que después recordará un poema muy conocido de Lorca: «Concorvados van los guardias; forma,/ bajo sus capotes, las culatas/ de sus carabinas sus jorobas»; para concluir con un final metaliterario: «Se dispersan las tumultuarias/ energías que exaltó Verhaeren…/ ¡La lluvia es un bello disolvente/ de los entusiasmos populares!»61.

Unos meses antes, en marzo de 1918, su nombre se encuentra en la cordobesa Andalucía. Revista semanal Independiente, surgida de una fusión de la revista sevillana Andalucía de 1916 y la titulada Córdoba, ambas representantes de los Centros andaluces. En el n. 81 (9 de marzo 1918), se inserta «Poemas de Andalucía», dedicado a la ciudad de Córdoba: «Duerme la corriente del Guadalquivir,/ Córdoba en sus aguas copia el caserío,/ la Mezquita sueña con algún Emir/ y el sol, hecho sangre, se extingue en el río».En dicha revista, a lo largo de 1919 y 1920, publicarán ultraístas como Adriano del Valle, Rafael Lasso de la Vega y Rafael Cansinos62 o su admirado José María Izquierdo63. En ese mismo mes de marzo de 1918, forma parte de una comisión organizadora del banquete a Alfonso Vidal y Planas, con motivo de la publicación de Tristezas de la cárcel. También formaba parte de dicho comisión Alberto Ghiraldo, director de la revista Ideas y Figuras.

El 14 de abril de 1919 (n. XIV), inicia su colaboración en Grecia, la Revista de literatura sevillana, que a partir de esa fecha pasa de quincenal a ser decenal. Tanto, en el n. XIV como en el n. XV (10 mayo 1919), sus textos –firmados como Juan G. Olmedilla– son modernistas («El monje obseso», «Avatar bizantino», «Tu pie en la nieve»). Ya en el n. XVI (20 mayo 1919), figura «En el corazón recatado y silencioso de la Ciudad», dedicado «A mis hermanos del Ultra», donde junto a las resonancias machadianas (la fuente, la tarde), se evoca la infancia y la visión metagógica de la ciudad, a través de su barrio más insigne (Barrio de Santa Cruz). En 1919 se encuentra asimismo en la sevillana Fiesta del Ultra, donde –según ADRIANVS (Adriano del Valle)– es «otro de los jóvenes poetas que recientemente han profesado en los nuevos ritos del Ultra» y «leyó a continuación unas ingeniosas cuartillas que fueron premiadas con aplausos calurosos»64. Según el participante de la Fiesta, y en las cuartillas allí leídas, Pedro Garfias señala a Olmedilla, dentro de la reunión, como «el poeta impetuoso»65. Y la misma prensa de Sevilla destaca, «el inquieto y apasionado poeta Juan G. Olmedilla, que tan gallardamente representa en la prensa madrileña a la juventud sevillana, leyó una conferencia llena de humor y desenfado, contra las viejas normas, que fue aplaudidísima»66; «el romántico y apasionado Juan González Olmedilla, gallardo representante en Madrid de nuestra juventud literaria, leyó un texto a modo de epílogo de la fiesta, lleno de delicioso humorismo, arreciando despiadadamente contra el pelele casticista. Recibió calurosas felicitaciones»67.

En el n. XVIII (10 junio 1919), de Grecia, se publicaba el «Mosaico leído por Juan González Olmedilla en la Fiesta del Ultra», toda una defensa del nuevo movimiento, el ultraísmo. Allí define el nuevo ismo como «un ansia de más allá, de superación», «un anhelo de rutas no halladas». Pide igualmente leer y amar siempre la obra de los Góngora, Bécquer, Rubén y los maestros novecentistas, pero «no imitarlos jamás». Centra el arranque de la nueva lírica en 1906, con Max Jacob, al que seguirían Klingsor, Paul Fort, Saint-Pol Roux, Apollinaire, Allard, Frick, Cendrars, Reverdy y Huidobro, alcanzando la renovación estética también a nuestro país, primero en los precursores, y después con sus impulsores y jóvenes seguidores sevillanos:

En España, mucho antes de que Vicente Huidobro nos trajese la palpitación de las nuevas alas, ya Unamuno –el gran poeta sitibundo de horizontes sin mácula– había ensayado a cantar su universo con una voz no oída antes, con un acento entrañable, lleno de la más recóndita sinceridad. Y Ramón Pérez de Ayala, en el Sendero innumerable, como Juan Ramón Jiménez, en una nueva contorsión lírica del Diario de un poeta recién casado y Eternidades, como Lasso de la Vega, Mauricio Bacarisse y José Moreno Villa en sus colaboraciones para revistas, también osaron explorar los nuevos caminos.

Ya en 1910, en la Revista Prometeo, iniciaron un balbuciente temblor de anunciación Rafael Cansino Assens y Ramón Gómez de la Serna. (…) Simultáneamente, Xenius en Cataluña y JacintoIlusión en Sevilla, clavaban en la plenitud estupefacta de los lectores incomprensivos, aquél la piedra de su honda mediterránea, éste la saeta de su finura bética.