La flor del desierto - Margaret Way - E-Book

La flor del desierto E-Book

Margaret Way

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Beschreibung

Para lady Francesca de Lyle no había duda: entre los lujos de una mansión inglesa y los peligros del desértico interior de Australia, elegía lo segundo. Estaba enamorada del rudo Grant Cameron y junto a él encontraría todo lo que deseaba y necesitaba. Grant se sentía confuso. Quería a Francesca, pero temía que esta no soportara la dureza del medio y decidiera un día regresar a su mundo privilegiado en Europa. Aunque parecía dispuesta a aprender y demostraba ser valiente, no estaba seguro de si debía arriesgarse a pedirle que fuera su mujer.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

 

© 2000 Margaret Way

 

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La flor del desierto, n.º 1590 - agosto 2020

Título original: The English Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1348-714-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

CAÍA LA tarde cuando el helicóptero de Grant Cameron descendió sobre el césped de Kimbara con la misma suavidad con que un pelícano descendería sobre una laguna. El torbellino de la hélice levantó una pequeña tormenta de polvo, mezclado con briznas de hierba y flores caídas de los arbustos cercanos, que se aplacó en cuanto las largas aspas dejaron de girar. Grant hizo las comprobaciones rutinarias en el interior del aparato y se quitó el casco antes de saltar a la hierba.

La vieja hacienda de Kimbara era la solitaria fortaleza de la familia Kinross desde los primeros tiempos de la colonización, y la más cercana a Opal Downs, la propiedad familiar de Grant, a algunos cientos de kilómetros al noreste.

Rafe, su hermano mayor, estaba de luna de miel en Estados Unidos con su flamante y amada esposa, Ally. Rafe llevaba la hacienda. Él, Grant, había montado un negocio de servicios aéreos que funcionaba con mucho éxito. A los dos les iba bien. Rafe era el ganadero. Él, el piloto.

Lo volvían loco los aviones desde que era un niño. Ni siquiera la pena inconsolable de perder a sus padres en un accidente de avioneta había matado su pasión por volar. En Australia, con un territorio tan inmenso, volar era un modo de vida. Había que sobreponerse a la tragedia.

Tomó su sombrero e, inconscientemente, se lo puso muy ladeado. El sol todavía pegaba con fuerza y Grant no podía descuidar su espeso pelo rubio, la marca distintiva de los Cameron. «Orgullosos como leones», solía decir la gente de Douglas Cameron, su padre, y de los hijos de este, Rafe y Grant.

Orgullosos como leones.

Por un segundo, una profunda tristeza le oprimió el corazón. Deseó con todas sus fuerzas que su padre viviera aún. Su padre y su madre. No habían vivido lo suficiente para verlo triunfar. Se habrían sentido orgullosos. Él siempre había sido el pequeño, una especie de gato salvaje que intentaba crecer a la sombra de su hermano. Rafe, en cambio, era el responsable, el destinado a suceder a su padre.

Ya fuera del helicóptero, Grant dio una vuelta rápida alrededor del aparato, siempre atento a la mínima señal de deterioro, aunque el mantenimiento de su flota se hacía con todo cuidado. El fuselaje amarillo, con una ancha franja azulada y el logotipo de la empresa en azul y oro, crujía a medida que el metal se enfriaba. Satisfecho, Grant pasó la mano por el emblema y se dirigió a la casa.

Había pasado un día agotador dirigiendo desde el helicóptero a un gran rebaño inquieto y exhausto por el calor, desde la enorme y solitaria mole de granito de Sixty Mile, que marcaba el límite oeste de Kimbara, hasta el campamento que los hombres de Brod habían levantado cerca de los turbulentos arroyos de Mareeba Waters. El campamento volvería a trasladarse cuando pasara el rebaño. Los hombres estarían fuera más de tres semanas, en el mejor de los casos. Grant necesitaba una cerveza fría y reposar sus ojos cansados en una mujer bonita.

Francesca.

«No necesariamente en ese orden», pensó. Esos días, Francesca ocupaba casi todos sus pensamientos. Lady Francesca de Lyle, prima hermana de Brod Kinross, propietario de Kimbara y hermano de Ally, la nueva cuñada de Grant. Los Cameron y los Kinross eran grandes pioneros, nombres legendarios en esa parte del mundo.

La boda de Rafe y Ally había unido por fin a las dos familias para satisfacción de todos salvo, quizás, de Lainie Rhodes, que desde su adolescencia alimentaba un insensato amor por Rafe. Y no era que Lainie no fuera un buen partido, pero Rafe nunca había tenido ojos más que para su Ally.

Eran ya marido y mujer, su felicidad era completa y Grant se daba cuenta de que tenía que empezar a hacer sus propios planes.

Aunque la casa de Opal era grande, no tenía intención de entrometerse en la intimidad de su hermano y de Ally. Querrían la casa para ellos, aunque se empeñaran en decir que Opal pertenecía también a Grant. Tal vez le perteneciera una parte de la explotación, con la que había financiado su línea aérea, pero la casa tenía que ser para los recién casados. Lo había decidido. Además, Ally tenía un montón de planes para arreglarla, y bien sabía Grant que la casa lo necesitaba.

¿Cómo sería estar casado?, reflexionó mientras pasaba por las antiguas cocinas y las viviendas de los trabajadores de Kimbara. Estas llevaban mucho tiempo en desuso, pero se las mantenía en perfecto estado por su valor histórico. Estaban rodeadas de setos y árboles que filtraban la luz, y unidas a la mansión por el largo sendero emparrado que tomó Grant.

¿Cómo sería volver a casa cada noche y hallar a una mujer a la que podría estrechar contra su pecho y llevar a su cama? Una mujer que compartiría sus esperanzas y sueños, sus más profundos e íntimos anhelos. Una mujer a la que pertenecería tanto como ella a él.

La primera vez que vio a Francesca de Lyle, cuando todavía era un muchacho, sintió una punzada inmediata, una profunda afinidad. Años después, seguía fantaseando con ella. ¿Por qué, entonces, estaba tan convencido de que una relación íntima con Francesca sería peligrosa para ambos? Tal vez no estaba preparado para una relación intensa, después de todo. Demonios, estaba demasiado ocupado para comprometerse. Solo debía pensar en el trabajo. En ampliar el negocio. Esas eran sus preocupaciones.

Una sección de Cameron Airways ya se encargaba de hacer portes y de llevar el correo, pero recientemente Grant había ido a Brisbane, la capital del estado, situada a más de mil kilómetros de distancia, para negociar con Drew Forsythe, de la empresa Trans Continental Resources, la creación de una flota de helicópteros dedicada a la búsqueda de minerales, petróleo y gas natural.

Había coincidido con el poderoso Forsythe y su bella esposa, Eve, en varias ocasiones, pero esa fue la primera vez que hablaron de negocios. Y era a Francesca a quien tenía que agradecérselo.

Ella simpatizó enseguida con los Forsythe cuando se sentaron juntos en un banquete benéfico y, como nunca dejaba pasar una buena oportunidad para las relaciones públicas, había sacado a relucir la idea durante una agradable velada.

Se la planteó a Forsythe con un brillo en sus bonitos ojos azules.

–¿No te parece una buena idea? Grant conoce el interior del país como la palma de su mano y está absolutamente familiarizado con el entorno, ¿no es cierto, Grant?

Se volvió hacia él, tan elegante con su vestido de satén sin tirantes. Su encantadora y clara voz de acento inglés estaba llena de entusiasmo y energía. ¡Ah, el halo deslumbrante de los buenos modales y la vida privilegiada!

Y, además, era inteligente. Si el trato llegaba a cerrarse, y Grant estaba trabajando en ello, estaría en deuda con ella. Un maravilloso fin de semana romántico, fantaseó, en una de esas preciosas islas de la Gran Barrera de Arrecifes, con sus pequeños y lujosos bungalows junto a la playa. Aunque Francesca debía tener cuidado con el sol ardiente de Queensland, su piel tenía la textura perfecta de la porcelana que a veces aparecía en los cuadros de Ticiano. Qué extraño que quisiera encajar en el mundo de Grant, en los confines de aquel inmenso desierto. Era casi como querer cultivar un rosal exquisito en la orilla de un cauce seco. A pesar de la intensa y vehemente atracción que Grant sentía hacia ella, formaban una pareja imposible. Y era mejor que no lo olvidara.

Pero lo olvidó en menos de dos minutos, cuando Francesca salió a la terraza y se apoyó en la balaustrada blanca de hierro forjado en la que una enredadera repleta de lilas esparcía por el aire cálido y dorado su deliciosa fragancia.

–¡Grant! –lo llamó, contenta, agitando la mano–. ¡Qué alegría verte! He oído llegar el helicóptero.

De cada rasgo de su cuerpo se desprendía una alegre dulzura. Dulzura y excitación.

–Ven aquí –le ordenó Grant suavemente cuando llegó junto a ella, y la abrazó.

A pesar de todas las advertencias que se había hecho a sí mismo, de todas sus precauciones, cada átomo de su ser se concentró en besarla. Hasta musitó su nombre sin darse cuenta cuando acercó su boca a la de ella, con la emoción zarandeándolo como el poderoso torbellino de una hélice. ¿Por qué demonios lo había hecho? Porque era un hombre, y un hombre extremadamente sensual.

Cuando la soltó, ella estaba sin aliento y trataba de no temblar. Un rubor intenso coloreaba la fina piel de sus mejillas y sus ojos brillaban. Su bonito pelo rojizo se había soltado del prendedor y se desparramaba sobre sus hombros y en torno a su cara.

–¡Vaya saludo! –su voz era apenas un suave estremecimiento.

–No deberías mirarme de esa forma –la advirtió él, sintiendo aún oleadas de placer que sacudían su cuerpo.

–¿De qué forma?

Ella lanzó una risa temblorosa, subyugada por el enorme poder de atracción de Grant, y retrocedió por la amplia terraza cuando él echó a andar de nuevo hacia la casa.

–Ya sabes, Francesca –la regañó él, medio en broma–. Dios mío, mirarte es un alivio para mis ojos cansados.

La recorrió con la vista, de la cabeza a los pies. Los ojos castaños de Grant, que podían volverse grises o verdes según su estado de ánimo, parecían de un verde claro bajo el ala del sombrero negro. Observó su cara, su cuello de cisne, su cuerpo flexible con su cintura de junco, sus miembros ligeros…

Le era imposible apartar la mirada de ella, tan atrapado estaba por su belleza femenina, por su encanto irresistible. Llevaba ropa de montar. Y ¡qué ropa! Aquella joven aristócrata inglesa, perteneciente a una gran casa, era una de las mujeres más sencillas que había conocido nunca.

La blusa blanca de seda rozaba sus delicados pechos y llevaba unos ceñidos pantalones de montar del mismo color. Unas botas marrones, muy bruñidas y caras, adornaban sus pequeños pies. No le sobraba ni un solo kilo. Sus piernas eran finas, elegantes, bien torneadas. Grant se sintió hipnotizado al verla moverse por la terraza, casi bailando. Tan ligero era su paso que, en la febril imaginación de Grant, ella parecía flotar sobre el entarimado.

–¿Un día duro? –le preguntó ella cuando Grant subió el corto tramo de escaleras de la terraza.

Estaba nerviosa. Le faltaba su habitual aplomo, su autocontrol.

Él se apoyó en la baranda y sonrió, mirándola sin pestañear con esos ojos de gato que ella encontraba tan salvajes y atrayentes.

–Se me ha olvidado en cuanto te he visto –dijo despacio. Y era verdad–. ¿Qué has hecho hoy?

–Ven y te lo contaré –le indicó unos cómodos sillones blancos de mimbre–. Supongo que te apetecerá una cerveza fría, ¿no? A Brod siempre le apetece.

Él asintió, quitándose el sombrero y lanzándolo con infalible puntería a la cabeza de una talla de madera.

–Rebecca vendrá enseguida –Francesca se sentó. Rebecca era la señora de Kimbara, la esposa de Brod–. Nos hemos pasado casi todo el día organizando una carrera campestre. Se nos ha ocurrido que podía sustituir al partido de polo de siempre. A Rebecca le preocupa que Brod juegue al polo. Es muy temerario. Igual que tú.

Se estremeció al recordarlo. El polo era un deporte peligroso. Sobre todo como lo jugaban ellos.

–Así es que también te preocupas por mí… –la miró fijamente.

–Me preocupo por todos –respondió ella con ligereza, antes de quedarse en suspenso contemplándolo.

Se sorprendió como nunca antes de cuánto se parecían Grant y su hermano Rafe físicamente. La misma corpulencia, el mismo aspecto rubicundo; aunque Grant era más castaño y Rafe tenía un aire más refinado. No había otra forma de expresarlo. Grant mostraba más temperamento, tenía una energía irrefrenable y una determinación que no encajaban con todo el mundo. En pocas palabras, Grant Cameron podía resultar difícil. Además, tenía la costumbre de expresar sus ideas sin miramientos. Estaba lleno de vigor y poseía esa masculinidad propia de los hombres del desierto. En ciertos aspectos, parecía incluso una criatura de otro mundo. Una criatura de inmensos e ilimitados espacios abiertos. La imagen de un espléndido león le cuadraba a la perfección. Francesca sabía que sus sentimientos hacia Grant Cameron se le estaban escapando de las manos.

Él frunció sus cejas rubias y la traspasó con la mirada. Sus musculosos brazos morenos reposaban sobre la redonda mesa de cristal. Llevaba puesto el uniforme de su empresa, de color caqui, con el logotipo azul y amarillo en el bolsillo de la pechera. Estaba guapísimo. La brisa de la tarde agitaba las ondas de su espesa cabellera rubia.

–Bueno, ¿cuál es el veredicto, señorita? –se acercó a ella para tomarla de la mano.

Ella se echó a reír y se ruborizó al mismo tiempo.

–¿Te estaba juzgando? Perdona. Solo pensaba en cuánto os parecéis Rafe y tú. Cada vez más a medida que…

–¿Maduro? –la cortó él con rapidez. Su tono ligero y distendido adquirió un matiz ligeramente mordaz.

–No, Grant –le reprochó ella con suavidad.

Francesca sabía que los dos hermanos se querían mucho, pero que Grant, por ser un par de años más joven, a veces debía de haberse sentido molesto bajo la autoridad de Rafe. Desde muy joven, tras la muerte de sus padres, Rafe se había visto obligado a hacer el papel de padre. Grant todavía tendía a molestarse, aunque solo fuera por su deseo de probarse a sí mismo que era el hombre que su padre siempre dijo que llegaría a ser. Lo impulsaba una ambición desmedida, una energía irreductible.

–Iba a decir a medida que te haces mayor –continuó ella con dulzura, observando su musculoso cuerpo de atleta.

–Claro que sí –asintió él con una sonrisa irónica y encantadora–. Algunas veces, Francesca, soy un diablo perverso.

–Sí, lo sé –dijo ella.

–Quiero a Rafe tanto como pueda quererse a un hermano.

–Ya lo sé –contestó, comprensiva–, y sé lo que quieres decir, así es que no te molestes en explicármelo.

Las mejores relaciones estaban llenas de pequeños conflictos. Como las de madre e hija. Francesca volvió la cabeza al oír pasos en el vestíbulo.

–Esa debe de ser Rebecca.

Un instante después apareció Rebecca sonriendo, como una brisa de verano. Tocó cariñosamente a Francesca en el hombro antes de dirigirse a Grant, que se estaba poniendo de pie.

–No te levantes, Grant –dijo, dándose cuenta de que estaba cansado–. ¿Has acabado por hoy?

–Afortunadamente, sí –sonrió con ironía.

–Entonces seguro que te apetece una cerveza fría, ¿verdad?

Él se echó a reír y volvió a sentarse.

–Me encantaría, Rebecca. Ha sido un día largo, duro y polvoriento. Estoy muerto de sed.

Grant se sorprendió otra vez de cuánto había cambiado Rebecca desde que llegó a Kimbara por primera vez, siendo una enigmática joven, para escribir la biografía de Fee Kinross. Fee, la madre de Francesca, había tenido una carrera brillante en los escenarios londinenses. La biografía estaba a punto de salir.

Rebecca era amable y acogedora, y la felicidad y la satisfacción resplandecían en sus extraordinarios ojos grises. «Este matrimonio funcionará», pensó Grant complacido. Brod y Ally habían pasado un infierno durante su infancia por culpa de un padre autoritario y brutal. Pero el carácter de Rafe era tan bueno que incluso Stewart Kinross le había dado su aprobación, aunque no viviera lo bastante para verlo casado con Ally, su única hija.

Grant estaba seguro de que Kinross nunca lo habría aceptado a él. «Demasiado insolente», había dicho una vez de Grant. «Tiene la insoportable costumbre de expresar todas sus alocadas ideas».

Unas ideas que, por descontado, se oponían a las del soberbio Kinross. Sin embargo, los Cameron y los Kinross siempre habían estado unidos. Casi como parientes. Y ya lo eran de verdad.

Cuando Rebecca volvió con una cerveza fría para él y té helado para Francesca y para ella, hablaron de asuntos de familia, de los cotilleos locales, y de los planes de Fee y David Westbury, un primo del padre de Francesca que estaba de visita. Fee y él se habían vuelto inseparables, hasta el punto de que Francesca comentó que no se sorprendería si cualquier día recibía una llamada suya diciendo que acababan de pasar por la vicaría. Lo que supondría el tercer intento de Fee por sacar adelante un matrimonio.

Todavía estaban hablando de Fee y del importante papel que iba a interpretar en una nueva película australiana cuando los interrumpió el timbre del teléfono. Rebecca fue a contestar y, al regresar, se había borrado la risa de sus luminosos ojos grises.

–Es para ti, Grant, Bob Carlton –se refería a su ayudante–. Uno de la flota no ha llegado a la base, ni ha llamado. Bob parece un poco preocupado. Puedes hablar desde el despacho de Brod.

–Gracias –Grant se levantó–. ¿Ha dicho de qué base se trata?

–Oh, lo olvidaba. Se trata de Bunnerong.

Esa base estaba aún más lejos que Kimbara. A más de un centenar de kilómetros al noroeste. Grant cruzó la casa de los Kinross, que conocía desde niño. Era espléndida en comparación con la de los Cameron, con su marchito estilo victoriano. Ally, por supuesto, lo cambiaría todo. El torbellino de Ally. Pero, por el momento, Grant debía pensar en lo que Bob tenía que decirle.

Bob, de unos cincuenta y cinco años, era un gran tipo. Un gran organizador y un gran mecánico al que todos apreciaban. Grant confiaba en él, pero Bob era un pesimista de nacimiento. Creía firmemente en la «ley de Murphy», según la cual todo lo que pudiera ir mal, iría mal. Y, al mismo tiempo, estaba decidido a que nada malo les sucediera a «sus chicos».

Por teléfono, le aseguró a Grant que se habían hecho todas las comprobaciones necesarias y que el helicóptero había pasado las cien horas reglamentarias de servicio. Debía haber aterrizado en la base de Bunnerong a eso de las cuatro, pero a las cinco menos cuarto, cuando Bunnerong contactó con Bob por radio, todavía no había llegado. Este, por su parte, tampoco había podido comunicar con el piloto a través de la frecuencia de radio de la empresa.

–Yo no me preocuparía demasiado –Grant no le dio mucha importancia al asunto.

–Ya me conoces, Grant. Yo sí –respondió Bob–. No es propio de Rizo. Siempre cumple el horario a rajatabla.

–Cierto –reconoció–. Pero sabes tan bien como yo que la radio puede fallar. No es tan raro. A mí me ha pasado. Además, es casi de noche. Rizo habrá aterrizado en alguna parte y habrá acampado para pasar la noche. De todas formas, como queda más o menos una hora de luz, daré una vuelta con el helicóptero. Tendré que repostar en Kimbara si voy a acercarme hasta Bunnerong.

–Supongo que también podríamos esperar hasta mañana –suspiró Bob–. Rizo aún podría aparecer. Si Bunnerong nos manda algún mensaje, te lo haré saber.

 

 

Rizo, al que llamaban así porque tenía un único mechón de pelo rizado en la cabeza pelada, era un verdadero profesional. Lo más seguro era que hubiera aterrizado junto a una laguna para pasar la noche. Pero, aun así, Grant sintió la responsabilidad de hacer una rápida búsqueda con el helicóptero antes de que anocheciera.

Se le había contagiado el pesimismo de Bob, pensó con ironía. Volvió a cruzar la casa a paso rápido y en cuanto llegó a la terraza les contó sus planes a las dos mujeres.

–¿Por qué no me dejas ir contigo? –sugirió Francesca al instante, dispuesta a ayudar en lo que pudiera–. Ya sabes lo que se dice: cuatro ojos ven más que dos.

Rebecca estuvo de acuerdo.

–Yo ayudé una vez a Brod en una búsqueda de rescate. ¿Os acordáis?

–Eso fue en una avioneta –contestó Grant, un poco molesto–. Pero Francesca no está acostumbrada a los helicópteros, a su forma de volar, al calor y al ruido. Podría marearse fácilmente.

Francesca se levantó.

–Yo nunca me mareo, Grant. Por favor, llévame. Quiero ayudar, si puedo.

La mirada de Grant sugería que podía ser un estorbo. Pero, al final, aceptó de mala gana.

–De acuerdo, señorita. Vámonos.

Unos minutos después, el helicóptero se puso en marcha y se elevó en vertical, alejándose luego hacia el desierto.

Al igual que Grant, Francesca iba sujeta a su asiento con el cinturón de seguridad y llevaba puestos unos auriculares que hacían soportable el ruido ensordecedor de la hélice. Para ella era una experiencia emocionante mirar desde el aire el asombroso despliegue de colores de las formaciones rocosas del inmenso desierto. Se mantuvo tranquila incluso cuando, al atravesar unas turbulencias térmicas, el pequeño aparato comenzó a sacudirse con un traqueteo mareante.

–¿Todo bien? –Grant le habló a través del casco, preocupado.

–Sí, sí, jefe –ella parodió un saludo militar con la mano.

¿De veras creía que iba a hacerse añicos como si fuera una vieja dama? ¿Que iba a desmayarse? Ella también tenía sangre de pioneros en sus venas. Por parte de madre descendía de Ewan Kinross, un legendario ganadero. El hecho de que hubiera sido educada en la tranquila campiña inglesa y en un colegio de élite no significaba que no hubiera heredado de sus antepasados la capacidad para afrontar una vida mucho más peligrosa. Además, era cierto lo que le había dicho: tenía un estómago de hierro y estaba entusiasmada. Deseaba comprender esa forma de vida. Quería saberlo todo sobre Grant Cameron.

Buscaron hasta que no tuvieron más remedio que volverse. Cuando aterrizaron, Brod los estaba esperando en la penumbra malva que unos instantes después se convertiría en una oscuridad negra como el betún.

–¿No ha habido suerte? –preguntó, al tiempo que Grant saltaba a la hierba y se volvía para coger a Francesca por la cintura y depositarla suavemente, como si fuera una pluma, en el suelo.

–Si Rizo no aparece por Bunnerong a primera hora del día, tendremos que hacer otra búsqueda. ¿Ha llamado Bob?

–No hay noticias. Nada –Brod negó con la cabeza–. Te quedarás esta noche –no era una pregunta, sino una afirmación tajante–. Aquí estarás mejor que en cualquier otra parte y estamos más cerca de Bunnerong, por si hay que hacer otra búsqueda. Supongo que tu hombre estará ahora mismo calentándose el té y maldiciendo porque no le funciona la radio.

–No me sorprendería –respondió Grant –. Quien de verdad me ha sorprendido ha sido Francesca.

–¿Y eso?

Brod se volvió hacia su prima sonriendo.

–Creó que pensó que me iba a dar un ataque de pánico cuando atravesamos unas turbulencias –explicó ella con sencillez, dando a Grant en el brazo en señal de reproche.

–No te habría culpado por ello –contestó él con una sonrisa burlona mientras se protegía de los golpes que ella le daba en broma–. Siempre he dicho que eres mucho más que una cara bonita.

Una cara preciosa.

–Es muy difícil poner a Fran en un aprieto –dijo Brod con afecto–. Nosotros ya sabemos que este trocito de porcelana inglesa tiene mucho carácter.

De vuelta en la casa, Rebecca asignó a Grant una habitación de invitados que daba a la parte trasera. El arroyo que corría en zigzag rodeando el jardín relucía como una cinta plateada a la luz de la luna. Brod entró al cabo de unos minutos con una pila de ropa de su armario, limpia y con olor a jabón.

–Ten, esto te servirá –le dijo, colocando cuidadosamente encima de la cama una camisa de algodón a rayas azules y blancas, unos pantalones beis de algodón y ropa interior que parecía recién desempaquetada. Ambos medían casi lo mismo, algo más de un metro ochenta, y tenían el físico poderoso de los hombres muy activos.