LA LUZ ORIGINAL - Lena Valenti - E-Book

LA LUZ ORIGINAL E-Book

Lena Valenti

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Beschreibung

La Orden, unificada por primera vez, persigue un único objetivo: abrir el portal que los devuelva a su mundo. Pero ninguno está dispuesto a partir sin Ceres, la bruja original desaparecida desde que rompió el espejo.   Extraviada en un limbo que fragmenta su identidad y su memoria, Ceres libra una guerra que no le pertenece, decidida a matar al Rey del Infierno de aquella dimensión. Sin embargo, cuando al fin se encuentra con él, descubre que ese encuentro podría trastocar mucho más que su destino.   Él siempre creyó ser el verdadero Rey del Infierno, aguardando con ansias el día de enfrentar a la mujer que estaba incendiando su Averno. Pero cuando ella aparece, no solo despierta en él el deseo de castigo, sino también memorias y emociones enterradas en lo más profundo de su ser.   Ceres y el Rey quedan atrapados en la encrucijada: destruirse mutuamente o rendirse a la extraña vibración que irrumpe en su dimensión, capaz de sacudirlos y despertar lo que estaban destinados a ser.   ¿Podrán romper el engaño o se perderán en él? El regreso definitivo a casa depende de su elección.

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Seitenzahl: 342

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LA ORDEN DE CAÍN IX

Primera edición: octubre 2025

Título: La luz Original

Saga: La Orden de Caín IX

Diseño de la colección: Editorial Vanir

Corrección morfosintáctica y estilística: Editorial Vanir

De la imagen de la cubierta y la contracubierta: Shutterstock

Del diseño de la cubierta: ©Lena Valenti, 2025

Del texto: ©Lena Valenti, 2025

De esta edición: © Editorial Vanir, 2025

ISBN: 979-13-87544-27-0

eISBN: 979-13-87544-28-7

Depósito legal: DL B 16957-2025

Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Introducción

Anteriormente

Francia

Capítulo 1

Noruega. Vardo

Capítulo 2

Galicia O Morrazo

Capítulo 3

Capítulo 4

Blackford Madrugada

Roma

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Francia Albi

O Morrazo

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Dimensión Tierra Montsegur

Infierno

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Tierra Dimensión Montsegur

Infierno

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Entrañas del Vaticano

Capítulo 18

Dimensión Tierra Montsegur

En casa

Epílogo

Y Lillith dijo:

«Nunca te avergüences de lo que te gusta ni de lo que eres. Encuentra tu fortaleza en tus debilidades».

Introducción

En los albores del tiempo, cuando se originó todo, el Creador inventó al hombre mediante el barro y la arcilla de ese mundo hermoso y sin igual que había ideado. Un mundo increíble, con mares, con vergeles naturales, desiertos, todo tipo de fauna y naturaleza, estrellas, galaxias y universos insondables. Era, sin atisbo de duda, el cónclave perfecto en el que iniciar un proyecto de vida. A ese mundo le dio vida y creó el Tiempo para que todo tuviera un ritmo evolutivo.

A su protagonista, a ese primer hombre que seguiría ese ritmo, lo llamó Adán. Pero Adán por sí solo no podía evolucionar, y decidió crear también, de la misma arcilla, a un ser femenino, llamado Lillith, para que entretuviera a Adán y siguiera sus premisas. Porque Adán era el hombre y era a él a quien se debía obedecer.

Pero la esencia de Lillith era distinta a la del primer hombre. El mundo que el Creador ofrecía a Lillith era una realidad de obediencia en la que Adán debía ser su amo. Lillith se negó a yacer bajo el yugo y el sexo de Adán, porque ella odiaba someterse pero, lo que más detestaba era ser consciente de que era libre y no serlo. Así que, aburrida del hombre y del mundo que el Creador le ofrecía, se opuso y se rebeló a ello, rechazando su vil juego y luchando por su propia liberación.

Pero al Creador todo aquello que lo desprestigiara y que osara a enfrentarse a él, le parecía una ofensa. Como castigo, la desterró a otra dimensión. Sin embargo, Lillith era inteligente y, sobre todo, estaba despierta y era la única que conocía el verdadero nombre del dios. Conocer su nombre la hacía inalcanzable para el Creador, porque si uno conocía el nombre de aquel dios, podía encontrar la manera de quitarle todo el poder. Ella podía viajar entre mundos y dimensiones, y decidió que, aunque podía encontrar la llave y escapar de esa cárcel en la que el Creador la había atrapado, se quedaría en ella para liberar y persuadir a otros y otras a que despertaran.

Lillith fue perseguida por el Creador, pero este nunca podía dar con ella, dado que la esencia de esa primera mujer conocía un lenguaje mucho más antiguo y de un lugar más lejano que aquel que el Creador había construido, y siempre se escapaba de su acecho. Gracias a su conocimiento de los entresijos de aquella dimensión, Lillith urdió un plan para ayudar a la segunda mujer del Creador a que despertara como ella. Porque, obviamente, llegó una segunda mujer para Adán. Eva. Eva era una mujer sumisa y hecha a medida de Adán y de los designios del Creador. A Lillith le iba a costar acceder a Eva si ella no tenía un poco de curiosidad antes sobre ese mundo en el que se encontraba encerrada. Por eso tomó la determinación de transformarse en serpiente y aparecer en las ramas del árbol del conocimiento cuyos frutos, manzanas rojas y suculentas, serían prohibidos y considerados pecados, dado que ofrecían respuestas y secretos sobre quiénes eran ellos y quién era el dios de aquel universo. La serpiente tentó a Eva, y esta mordió la manzana y se la ofreció también a Adán, temeroso al saber que Eva había violado las leyes de su Amo. Cuando el Creador descubrió la afrenta hacia él y su proyecto, decidió castigar impunemente a sus dos creaciones. Los expulsó del supuesto Paraíso y los abocó a una vida de tiempo, trabajo, sufrimiento y muerte hasta que fueran dignos de nuevo de su aprecio.

Y en aquel mundo con un espléndido sol y una mágica luna, pero lleno de trabajo, mortalidad y sacrificios, Eva y Adán procrearon como esperaba el Creador. Dos nuevos humanos ocupados por nuevas almas y esencias de otras dimensiones nacieron de su unión. Se llamaron Caín y Abel.

De todos es conocido que Abel era el bueno y Caín el malo. Abel era el bueno porque obedecía al Creador y hacía todo lo que tenía que hacer para complacerle. Mataba a animales para ofrecérselos, dado que al Creador le encantaban los sacrificios. En contrapartida, Caín no quería matar animales, él los amaba, así que le ofrecía al Creador flores y frutos de la tierra.

Abel no era malo, solo era obediente y hacía lo que se le decía porque amaba al Creador.

Caín, en cambio, respetaba y amaba aquel mundo pero no entendía por qué se debía sacrificar a seres vivos para complacer al dios. Pensar sobre ello le hizo despertar y darse cuenta de que vivía en un engaño. Un dios que exigía muerte para satisfacerle no podía ser un buen dios. Eva, Adán y Abel no eran sino peones de aquel maquiavélico matrix en el que se hallaba. Y él no era Caín, era otra cosa que no recordaba, pero aquella vida no era la real ni era la suya. Por ese motivo, para poner a prueba al Creador, Caín mató a Abel a sabiendas de que nada de aquello era verdadero y de que todo era un juego que sucedía impulsado por el tiempo del Creador, ajeno al verdadero Reino del que él y todas las almas atrapadas en su juego llegarían. Su acto, marcó a Caín para el resto de la historia de la humanidad como el primer homicida. El Dios Creador castigó a Caín y lo marcó para siempre con la oscuridad. Lo obligó a desear la sangre de por vida, para toda su inmortalidad. Le dio colmillos y le dijo que ya que él no había cazado ni matado en su nombre, ahora tendría que derramar la sangre de otros para existir. Y lo convirtió en el primer depredador, el más salvaje y frío de todos. Así nació el primer vampiro: Caín.

El Creador desterró a Caín al Nod, un submundo entre dimensiones plagado de misterio, y seres que él, en su creación, había despechado por no ser aptos para su mundo. Pero lejos de ser un castigo para Caín, el condenado comprendió que él se haría el Rey de ese mundo, igual que Lillith era Reina de la oscuridad y de los que eran como él.

Él podía. El Creador no era capaz de aniquilarlo porque Caín, despierto, ya era inalcanzable para él y no podía hacerle daño, aunque estuviera oculto y encerrado.

Lillith, que entonces podía abrir las puertas de todas las dimensiones del Creador, decidió ir en busca de aquel que, como ella, había descubierto el engaño. Lillith y Caín juntos, crearon varias razas de seres para dejarlos en la Tierra, mezclados con la humanidad, para ayudar a destruir esa cárcel del Creador y estimular a los humanos al despertar y liberarse de esa opresión de sus almas. Pero el Creador no se iba a quedar de brazos cruzados mientras otros querían sabotear a su mundo y a los suyos, así que usó sus propias armas y se valió de su magia para crear en la Tierra a otro grupo de humanos poderosos e iniciados que persiguieran todo tipo de herejías contra él, y cazaran a los culpables, encerrándolos o aniquilándolos para siempre. Los hijos de Caín y de Lillith, los Lilim, fueron perseguidos hasta su desaparición final, borrados de la faz de la tierra.

Sin embargo, lejos de dejarse hundir por la derrota y la pérdida, Lillith y Caín, cuyos objetivos eran claros e incansables y que no podían ser eliminados por el Creador, ya que ellos eran completamente libres, decidieron urdir otro plan. Entendiendo que tal vez los Lilim no podían triunfar solos en un mundo así, creyeron que el despertar total de la humanidad para salir de ese juego lleno de artimañas dependía de los mismos humanos. Solo una conciencia humana podía destruir esa invención divina, dado que el humano era el mayor invento del Creador. Por eso dedicaron su existencia a captar todas esas mentes humanas que se cuestionaran su propia realidad y su ser, y se presentarían ante todos aquellos que rechazaran las leyes de ese mundo y a su Creador.

A cada uno de esos humanos que Lillith captaba, le ofrecía un cáliz con sangre de Caín. Beberla tras renegar de ese universo falaz les ofrecería la inmortalidad, les otorgaría cambios y dones que debían aprender a controlar. Ellos serían los protectores de la verdad e intentarían ayudar a todos aquellos humanos que en su curiosidad intentasen abrir los ojos a la verdadera vida.

Todos a los que Lillith captaba, entraban directamente a formar parte de un grupo muy hermético llamado la Orden de Caín, conformado por vampiros originales hijos de la sangre de Caín y del mordisco de Lillith.

Desde entonces, los miembros de la Orden de Caín caminan en nuestra realidad, entre nosotros, y nos vigilan, expectantes, esperando a todos aquellos que intuyan la verdad y que quieran ir un paso más allá: vivirla.

Y vivirla implica cambios, mordiscos, sangre, guerra, decepciones, muertes, resurrecciones, despertares y conocer de primera mano la batalla más antigua y original de todos los tiempos. Una batalla que han negado y han tergiversado tanto que han hecho creer que se trataba solo de una burda ficción religiosa.

Pero la realidad siempre supera la ficción.

El pecado empezó con un mordisco.

Pero el mayor pecado de todos es no pecar.

Quien esté libre de culpa, que tire la primera manzana.

Anteriormente

Francia

Khaned estaba en su cripta, en un lugar oculto en Francia. El aire olía a cera derretida y a incienso, el silencio era denso como el mármol, pero su mente no encontraba quietud.

Se sentía en una encrucijada como ninguna otra que hubiera conocido antes. Siempre se había creído inmortal y eterno, un pilar oscuro en el templo del Uno. Pero resultaba que no lo era. Los insurgentes habían encontrado el modo de matarlos. Lo sabía porque su hija —la no reconocida, la no nombrada, la que nunca había querido aceptar— había muerto en Noruega. Su cuerpo era ahora un puñado de cenizas, y ni su magia ni sus sacrificios habían podido revertir aquello. El nigromante no lo comprendía. Su señor, el Dextera, le había prometido que él viviría siempre. Por eso había trabajado sin descanso, ejecutando cada orden y reduciendo cualquier rebeldía mágica a polvo.

Pero ahora, todo por lo que había luchado se estaba quebrando. Brad Verych acababa de llamarlo. El cambio de manos de los objetos de los acreedores en el Septum Verba había sido un hoyo de muerte y destrucción y Brad había huido por los pelos. Los acreedores estaban todos muertos, los objetos se habían perdido, otros acreedores ni siquiera se habían presentado, como los Agvud, cuyos objetos estaban desaparecidos. Y Brad, ese mediocre de alma hueca, se había limitado a llorarle y a suplicarle protección, en vez de encontrar soluciones.

Los únicos objetos que todavía poseían con seguridad eran el espejo que controlaba el Dextera en el Vaticano y los huevos urna de Arsene y Genis Pupilli. Habían menguado en poder de adquisición.

Khaned necesitaba a su simbolista. La necesitaba viva y comprometida, porque solo ella podía protegerlo. Solo ella podía descifrar lo que ni siquiera él podía leer ya en las runas. Pero tampoco sabía dónde se encontraba Justice.

Para colmo, sentía un despertar inusual. Una energía ancestral, dormida durante siglos, se había activado en la península ibérica. Una magia tan vieja y pura que lo inquietaba de verdad. Demasiado mística y auténtica como para pasarla por alto.

Estaba con sus runas, lanzándolas con dedos fríos y expectantes, leyendo entre símbolos agrietados lo que sucedía en el tejido de la realidad. Pero no le hablaban demasiado… hasta que, repentinamente, una palabra emergió como un grito contenido: Ciervo.

Y junto a ella, «Playa de las Brujas.»

Khaned, con su pelo negro salpicado de canas como ceniza y su piel casi translúcida, se quedó lívido. Lo que acababa de leer era imposible. Hablaba de la aparición de una energía divina suprimida siglos atrás, de nuevo, en una realidad que sólo reconocía a un Dios, el Uno. Algo impensable e ilegal para las leyes del Inventor. Pero real. Decidido, tomó su cetro negro, tallado con cráneos y símbolos prohibidos, y se preparó para abrir un portal hacia ese lugar.

Fue entonces cuando un sonido, casi imperceptible, alteró la quietud milenaria de su cripta. Sintió un movimiento extraño a su espalda y se giró de inmediato.

Effie. Effie estaba allí.

Khaned no daba crédito. Nadie, absolutamente nadie, entraba en su cripta. Él era un nigromante supremo, intocable, respetado incluso por los acreedores más antiguos. Pero estaba viendo a la benjamina de los Pupilli entrar como si se tratase de su habitación personal. Y no solo eso. Algo en ella no cuadraba. Su energía… su aura… ya no era humana del todo.

—¿Effie?

—¡Tío Khaned! —lo saludó con desenfado, sonriendo como si la situación fuera trivial.

Khaned miró a su alrededor con rapidez, escaneando su santuario oscuro. ¿Por dónde había entrado?

—¿Cómo has entrado aquí?

—Con esto —se tocó la sien con dos dedos—, y esto — movió los dedos en el aire, como si hiciera magia sin esfuerzo.

—Eso es imposible.

—Ahora ya no. Ya nada es imposible para mí.

—¿Qué eres? —preguntó, entornando los ojos, completamente negros.

—¿No me reconoces? —Effie avanzó un paso, divertida con su sorpresa—. Recibí la visita de tu hija Yohanna en Las Tres Brujas y me ofreció su sangre… —suspiró—, me hizo más fuerte y me dio un mensaje para ti.

Khaned se tensó. No podía ser. ¿Su hija? Pero si su hija había muerto. Lo sabía. Había sentido sus cenizas como un peso mudo en su alma.

—Mientes. Mi hija está muerta.

—Ahora está muerta —aclaró—, pero algo de ella vive en mí. ¿Crees que este poder es mentira? —Effie chasqueó los dedos y las paredes de la cripta comenzaron a arder con llamas negras y azules. Khaned retrocedió un paso, incrédulo—. Todo su poder lo tengo yo. Soy su heredera —abrió su mochila negra y le mostró una esfera. Era una calavera pequeña, blanca y fosforescente, que latía como un corazón.

—¿Qué es eso?

—Es un artefacto llamado «mundo esfera». Tu hija estuvo encerrada en ese mundo alternativo mucho tiempo. Pero salió. Y se llevó la esfera para controlar esta realidad. Para encerrarlos a todos aquí y que nadie pudiera salir… si ella no quería.

Khaned estiró una mano para tocarla, pero Effie fue más rápida. Cerró la mochila y se la volvió a colgar.

—No, tito, no. Es mía.

—¿Qué quieres? ¿A qué has venido?

—Quiero lo mismo que tú. Y estoy buscando lo que tú estás buscando. En esta realidad no puede haber más dioses ni más clanes mágicos. Solo nosotros. Quiero dominar el mundo —sus ojos se volvieron negros, veteados de rojo, como los de él—. No quiero jefes. No necesitamos jefes. Desentiéndete del Dextera y controla el mundo conmigo. Somos dos nigromantes poderosos.

Khaned apretó la mandíbula. No pensaba compartir su poder con esa niñata arrogante.

—Ahora no puedo atenderte… —quiso dejarla ahí sin más, pero Effie lo detuvo.

—Están en Galicia. En O Morrazo. Mi prima falsa está allí. Y es la simbolista que tú y todos necesitáis para protegeros — añadió, más seria, con una mirada venenosa—. Y allí se ha despertado un poder descomunal. Lo sé, igual que tú. Yo también noto la manifestación del poder. Eres un mago negro… inmortal, pero no puedes vencerlos a todos. Necesitas mi ayuda —se señaló la mochila que llevaba a la espalda—, y también parte de mi ejército.

—¿Tu ejército de qué? —preguntó con voz sepulcral—. ¿Quieres dejar de hacerme perder el tiempo?

—Necesitas a mis mandrágoras —sonrió con una mueca diabólica—. Es un truco que he aprendido de Yohanna. Se reproducen donde las suelte. Ella me dio su sangre, y ella había bebido de un vampiro y una bruja. Y yo he vertido mi sangre en ellas para transformarlas. Pueden ser miles… y son muy fuertes —aseguró—. Vayamos juntos, tío Khaned. No estoy interesada en la genética de los tontos de mi padre y mi hermano, solo quiero poder y dominación —dijo con frialdad y seguridad—. Y quiero encontrar a Justice y jugar con ella un rato. Nunca la he soportado.

Khaned, en silencio, la observaba.

Algo dentro de él no encontraba sosiego. Esa no era su hija, pero tenía el poder de su hija. Effie tenía más ambición y más lucidez que todos los Verych juntos. Era peligrosa, pero útil. Y la verdad era que, si Justice estaba en O Morrazo, debían ir a por ella antes de que ese poder místico y dual la reclamase. Porque si Justice dejaba de estar de su lado, si se entregaba por completo a la profecía y a su linaje… entonces, el final sería inevitable.

Se les acabaría la protección. Y sería su fin.

Khaned se hizo a un lado, en silencio, y con un gesto de la mano, la invitó a unirse a él. Ella sonrió, satisfecha mientras él mantenía el rostro imperturbable.

No. Esa no era su hija, y menos mal, porque no quería hijas de ningún tipo. Effie lo llamaba tío porque los Verych creían que así se ganaban su favor. Si hubiera tenido una hija, él la hubiera matado, porque no podía haber nadie más poderoso que él.

Y lo mismo haría con Effie, algún día la mataría sin dudarlo.

Mientras tanto, la usaría para su propósito. Era bueno tener refuerzos momentáneos.

Y entonces, cruzaron el umbral juntos.

Capítulo 1

Noruega.Vardo

Ceres y Axe se habían desplazado hasta la isla de Vardo, en el lugar exacto donde, siglos atrás, habían quemado vivas a las brujas.

El aire era frío y afilado, denso como si aún flotara el eco de los gritos de aquellas mujeres antiguas. Axe estaba sentado sobre la caja de los diapasones, su espada envuelta y escondida a su espalda. Ceres, junto a él, mantenía su energía concentrada en el sello de invisibilidad que los envolvía a ambos como un velo sutil y protector.

En un rincón olvidado de la isla, allí donde el fuego y el humo una vez lo tiñeron todo de tragedia, Beiwe, la sabia, había dejado un Lasabrjotur oculto, un patrón mágico tallado entre las rocas, oculto a los ojos humanos.

Ceres sabía exactamente dónde estaba. La bruja se lo había revelado en el foso del No Tiempo, cuando sus almas se cruzaron. Así que, los dos esperaron allí, en absoluto silencio, como sombras adheridas a la piedra, aguardando a ver aparecer a Jadis y al resto.

Y no tardaron. El Lasabrjotur empezó a iluminarse, con una luz suave, azul y vibrante, como una llama congelada. El portal se abrió con un temblor sagrado y, uno a uno, comenzaron a aparecer todos.

Jadis, imponente como siempre, con la melena roja recogida y la mirada decidida. Khalevi, Tamsin, Duncan, Cami y Vael detrás, junto a algunas Antiguas y al resto del grupo de vaélicos. Una comitiva silenciosa y compacta, como si supieran la importancia de cada paso que daban.

Cuando Khalevi cruzó el portal y vio a Axe, su cuerpo se tensó al instante. El trihíbrido seguía siendo un portento: alto, vestido como un motero, de trenzas gruesas y con piercings dilatados en las orejas. Durante un segundo, temió que Axe siguiera fuera de control así que, instintivamente, agarró a Jadis por la capa y la colocó detrás de él para protegerla.

Pero Axe se levantó lentamente de encima de la caja de diapasones, se irguió decidido y caminó hacia él. Sus pasos eran pausados, firmes y su mirada estaba clara.

—Bien encontrado, mi amigo, cuánto tiempo —dijo en noruego, con su voz más grave y humana que nunca.

Khalevi frunció el ceño, buscando rastros de mentira o amenaza. Pero cuando escuchó su voz, cuando vio que Ceres estaba a su lado con absoluta serenidad, lo entendió todo.

Axe ya no era el asesino despiadado que había sido. Ahora era el Axe que una vez fue.

—¿Eres tú de verdad, amigo mío? —respondió Khalevi también en noruego, con voz rasgada por la emoción contenida.

—Sí, ya estoy de vuelta. Ya sabes que dormir siempre me ha venido bien —bromeó.

Y entonces, sin más palabras, Khalevi dio un paso hacia él y lo abrazó. Le dio un abrazo fuerte, sincero, como si quisiera comprobar con el tacto que no era un espejismo. Era un reencuentro entre hermanos separados por siglos de oscuridad.

—Dejemos que se pongan al día —pidió Ceres, con una leve sonrisa, comprendiendo lo íntimo del momento.

Las tres hermanas se saludaron con alegría y miradas cómplices. Celebraban que todo estaba funcionando y que el plan avanzaba como esperaban. Pero Jadis fue la primera en hablar con tono serio.

—En cada lugar que activamos vienen sombras. Y acólitos. Y no paran. Cada vez será peor.

—¿Tienes lo que buscabas? —preguntó Tamsin.

—Sí —contestó Ceres, echando una mirada a Axe, que ahora estaba enseñándole a Khalevi su espada, la misma que había recuperado del museo de los Agvud.

Jadis sonrió y Tamsin también.

—¿Y tu destructor se ha portado bien?

Ceres las miró sin inmutarse.

—No. Para nada —se encogió de hombros con una chispa de ironía—, pero me encanta. Además, poco a poco va reencontrándose.

—Pues como todos —dijo Jadis con honestidad—. Me encantaría preguntarte sobre cómo os va, pero resulta que estamos preparando el final del juego —dijo con sarcasmo.

—Ponme al día —ordenó Ceres sin dejar de mirar a Axe.

—Estamos dejando a grupos de Antiguas en cada punto para que sigan activando y cantando, protegidas siempre por pequeñas tropas de vaélicos, pero lo más hermoso que está pasando es que hay muchas brujas humanas que han escuchado el llamado y se han unido. Como si reconocieran la vibración del Origen sin necesidad de saberlo con palabras.

—Está siendo bonito —susurró Tamsin, conmovida por lo que estaban presenciando.

—Pues activemos este lugar ahora. Por Beiwe y por todas las que cayeron en nuestro nombre. Vardo lo merece —pidió Ceres con un brillo en los ojos.

—Sí. No podemos perder más tiempo. Debemos seguir con el Camino —dijo Jadis, levantando una mano para indicar la formación del círculo ritual.

—¿Y se sabe algo de las piezas faltantes? —preguntó Tamsin, bajando la voz.

—Estamos esperando acontecimientos —explicó Jadis—. No dudo que pronto tendremos respuesta porque este es el plan de mamá. Y mamá es la Primera. La única que sabe cómo vencer al Inventor.

Las tres se miraron con la misma comprensión. No necesitaban fe. La fe era para los que no recordaban. Ellas sabían que todo se daría… aunque todo tuviera su precio.

Las brujas se colocaron en círculo alrededor del lugar antiguo de la quema. El suelo parecía haber sido desollado por siglos, pero ahora vibraba.

Cantaron. Sus voces se alzaron como una ola, en lenguas que hacía siglos no se pronunciaban, invocando el despertar de las memorias, del tejido cuántico. Los vaélicos observaron en silencio. Khalevi y Axe también las miraron, de pie, respetuosos. Como guardianes ancestrales.

Pero pronto llegaron acechanzas en forma de sombras y de lupis. Y humanos poseídos por la Oscuridad. Surgieron entre las rocas, como si la tierra misma los escupiera para impedir el rito.

Algunos vaélicos se transformaron, listos para actuar.

Khalevi también se adelantó y se crujió los nudillos.

Pero Axe levantó una mano.

—No. Vosotros protegedlas y el resto dejádmelo a mí. Esto es lo mío.

Y como si se tratara de un juego, de una danza macabra conocida, avanzó hacia los enemigos ofreciendo un espectáculo brutal y sanguinario.

Su espada cortaba con la misma facilidad con la que un pintor trazaba líneas. Las cabezas rodaron sangrantes, las sombras fueron absorbidas por la cápsula de Ceres y los Lupis cayeron con los cuerpos abiertos de un tajo.

Axe giraba, saltaba y embestía como un gladiador que no le temía a nada. Era un decapitador. Un guerrero sin misericordia, cuya furia se desataba solo con un objetivo: proteger a Ceres.

Ella era su ancla. Nada iba a tocarla.

Cuando todo terminó, el campo quedó sembrado de cuerpos y cenizas negras. Axe, salpicado de sangre en la cara y el cuello, regresó al grupo con la espada aún caliente.

Se detuvo frente a Ceres, mirándola con esa mezcla extraña entre ternura y fiereza. Ella lo miró con una sonrisa ladeada, sacó un pañuelo y le limpió con gracia una gota de sangre de la mejilla.

—¿Te lo has pasado bien? —canturreó en voz baja.

Él aguantó el comentario y el gesto, divertido.

Khalevi, que lo observaba todo, alzó las cejas con evidente sorpresa.

—Muy bien —dijo Ceres, mirando a sus hermanas—. ¿Adónde vamos ahora?

Capítulo 2

GaliciaO Morrazo

La playa de O Morrazo, bajo el manto oscuro de la noche, parecía contener la respiración. Aún no era la hora bruja, pero algo en el aire ya vibraba con una expectativa profunda.

La arena húmeda, punteada por pequeños restos de algas y conchas, brillaba levemente a la luz azulada de la luna.

Las olas rompían suavemente, como si supieran que esa noche era sagrada. El viento salado venía cargado con la memoria del mar y del tiempo, y la atmósfera estaba saturada de una energía que se sentía agazapada, esperando ser liberada.

En la zona alta del arenal, justo donde la roca comienza a romper el perfil costero, se habían reunido las galicenas. Envueltas cada una en sus capas, con antorchas encendidas, sus rostros brillaban entre sombras, reflejando devoción y coraje. Formaban un Aquelarre, el Aquelarre que Justice había anunciado.

Era el momento de activar la energía antigua del lugar, sellada milenios atrás por la Legión en un intento de erradicar la vibración mágica del Origen.

Justice estaba en el centro del círculo, de pie, como si brotara del propio suelo. Vestía completamente de negro, con telas suaves que ondeaban con el viento. Llevaba una única trenza alta, firme, magenta como un hilo de poder que nacía desde su coronilla.

A su lado, Jonás —el portador del cetro del Ciervo— sujetaba el báculo entre sus manos con fuerza y orgullo, mientras su mirada se mantenía fija en su abuela con respeto, gratitud y amor. Habían llegado hasta allí para exorcizar siglos de dolor, para devolver al planeta lo que le habían arrebatado. Porque ese mundo era un vergel de energía, un campo fértil de frecuencias poderosas. Pero la Élite, la Legión, habían puesto en marcha un plan devastador: desviar esa energía hacia ellos, alimentarse de ella, y dejar huérfana a la humanidad, privada de sus dones originales. Solo los despiertos lo sabían y aún cantaban bajo la luna.

Justice, como Symbolon, como heredera de la Dama, sabía más que nadie. Sabía que no bastaba con elevar la frecuencia. Había símbolos ocultos bajo la tierra, sellos nigromantes, geometrías que envolvían las líneas Ley y las desviaban. Y ella era la única capaz de deshacerlos.

Ella podía leerlos, romperlos y devolverles su pureza. Porque entendía el lenguaje mágico de todos los mundos.

Jonás Muro dio un paso al frente, y su voz se alzó clara entre el rumor del mar.

—Fui criado por una galicena preciosa —miró a su abuela, con una ternura profunda—. Ella hizo mucho por mí. Todas lo hicisteis. Habéis mantenido encendida la llama cuando parecía imposible. Pero no tenéis que enfrentar lo que va a venir. Os queremos dar la oportunidad de volver a vuestras casas, de cuidaros, de encender un fuego y de orar. Ya habéis guerreado mucho.

La abuela de Muro avanzó despacio hasta el centro. Sus pasos eran suaves, pero su porte, majestuoso. Miró a Justice y luego a su nieto, y sus ojos estaban llenos de algo que trascendía el tiempo: amor y determinación.

—Lo siento por vosotros —dijo con voz firme, cálida como la tierra—. Pero nuestra decisión es quedarnos. Estuvimos desde el principio y nos quedaremos hasta el final. Esta también es nuestra guerra. Lo ha sido siempre, y es un honor luchar al lado del Dios Cornudo y de la Gran Dama. Además, siempre protegeré a mi nieto —agachó la cabeza en señal de reverencia. Y todas, sin excepción, hicieron lo mismo.

Muro sintió que el pecho se le comprimía. La emoción era tan densa que apenas podía tragar. Miró a su abuela, con los ojos cargados de lágrimas que no caían, y con los labios le deletreó: “te quiero, abuela”.

Ella sonrió y asintió con suavidad. Sentía lo mismo. No necesitaba responderle.

—Si esa es vuestra decisión, no hay más que hablar —concretó Justice, alzando la voz con respeto. Su tono era el de una líder que honra la voluntad de sus aliadas—. Preparaos y colocaos en círculo. Debemos activar el recuerdo de O Morrazo y eliminar su bozal.

Todas se movieron en silencio. Se colocaron en círculo sobre la arena, dejando a Justice en el centro, como si ella fuera la antorcha que iba a encender las memorias ocultas bajo sus pies.

Entonces, cerró los ojos y alzó las manos y empezó a recitar un mantra. Uno que no era solo un cántico, sino un código. Vibraba en el aire como un canto ancestral y todas lo repitieron. Una y otra vez. Una y otra vez.

Las voces se fundieron, se armonizaron, y la vibración empezó a crecer. Y cuando esa energía estuvo lista, Justice supo que había llegado el momento.

El primer símbolo iba a ser destruido. Y el poder, sería liberado.

Effie y Khaned surgieron del portal con una nube oscura que olía a putrefacción y azufre, justo en el límite del acantilado.

El viento helado del Atlántico les golpeó de lleno, pero no les afectó. Khaned alzó la vista y contempló la playa de O Morrazo con una expresión que oscilaba entre la nostalgia y el desprecio.

Recordaba lo que allí había sucedido siglos atrás, cuando se persiguió y ajustició a decenas de mujeres acusadas de brujería. Aquel lugar fue uno de los epicentros de la caza gallega, donde la Inquisición, en su cruzada perversa, quemó a mujeres sabias que conocían el poder de las plantas, los astros y los espíritus. En particular, la historia más temida era la de la llamada “Noche del Silencio” en la que seis mujeres fueron apresadas tras una celebración del solsticio. No dejaron testigos, solo los gritos ahogados en la arena negra. A Khaned le gustaba recordar ese episodio. Le complacía saber que la oscuridad había ganado entonces. Y ahora, con su poder restituido, sentía que volvería a ganar.

Escuchó entonces los cánticos. Un sonido suave, pero profundo, vibrando desde la garganta de decenas de brujas. Entrecerró los ojos… Aquella vibración… algo se estaba moviendo de verdad.

Giró la cabeza y, sorprendido, vio lo que no esperaba ver: a Justice en el centro del círculo. Estaba como en trance, con los brazos alzados al cielo. El viento le arremolinaba la trenza magenta con furia y las olas golpeaban con violencia las rocas, como si el mar se despertara al compás de su poder.

Khaned frunció el ceño. El cambio en ella era evidente. Ya no era una joven ilusa, era una sacerdotisa despierta.

—Ahí está la prima falsa —escupió Effie con desprecio—. Ahora va a probar mi verdadero poder.

—La necesitamos. No le hagas nada.

—¿Por qué no? Yo puedo suplantar su poder…

Khaned giró la cabeza y la fulminó con la mirada. Aquella niña estaba empezando a cansarlo.

—Solo tienes sangre de la que fue una descendiente mía. No tienes todo mi poder. Y el poder de Justice es legítimo, heredado y mucho más puro que el tuyo. Te lo ordeno: no le hagas nada.

Pero algo en su voz había cambiado. Detrás de la autoridad, había una nota de inquietud. Porque lo que estaba presenciando lo incomodaba ya que Justice ya no estaba con ellos. Estaba más allá y su magia real, aquello por lo que había nacido y él había intentado enterrar durante todos esos años, se había despertado.

Effie sonrió de lado febrilmente.

—Por suerte para mí, no obedezco órdenes de nadie.

Abrió la mochila negra que cargaba a la espalda y empezó a lanzar puñados de pequeñas mandrágoras negras sobre la arena. Las criaturas chillaban levemente, como si sintieran emoción al ser liberadas.

En cuanto tocaban tierra, se hundían haciendo boquetes invisibles.

—Mira el verdadero poder de Oscuro, tito Khaned —pronunciaba su nombre como una burla.

Khaned ladeó la cabeza. ¿Oscuro? ¿Qué demonios decía? Estaba más loca de lo que había pensado. Pero sus dudas se desvanecieron al ver cómo del suelo, entre las grietas húmedas de la playa, emergían cuerpos humanoides. Altos, deformes, de extremidades retorcidas, piel grisácea y ojos vacíos. Caminaban hacia el círculo.

Eran decenas. Y luego, cientos. ¡Se reproducían sin más!

Las galicenas, sin embargo, seguían cantando. No se detenían. Sus ojos permanecían cerrados haciendo que el círculo siguiera intacto. Pero no por mucho tiempo.

Jonás fue el primero en reaccionar. Sus ojos, normalmente cálidos y llenos de calma, se tornaron fuego puro. Dio un paso al frente con el cetro del Ciervo alzado y se colocó como una muralla entre las criaturas y las mujeres.

Lanzó una mirada al mar, tomó aire y apuntó con el cetro. El primer rayo de luz dorada salió disparado de la vara y desintegró al primer grupo de mandrágoras.

Pero por cada una que caía, dos más surgían. No solo eso.

Lac vs acompañaban sombras, larvas vampíricas, y hombres vestidos de negro, pálidos, sin cabello, que surgieron de los matorrales del monte que rodeaba la playa y se lanzaban con ferocidad hacia el círculo.

Querían interrumpir el canto.

Muro sabía que estaba solo en la protección. Las demás galicenas debían mantenerse dentro del círculo para sostener la frecuencia. Así que concentró su poder. Apuntó a un grupo de diez mandrágoras, cerró los ojos y dio un golpe seco al suelo con el cetro. Las criaturas explotaron en mil pedazos, reducidas a polvo negro.

Pero el campo de batalla se llenaba cada vez más. Los acólitos y miembros de la Legión cercaban el círculo con rapidez.

Khaned entonces dio un paso adelante, irritado de que todo se descontrolara tan pronto. Alzó la voz, con su tono gélido y cortante como una hoja.

—¡Deja lo que estás haciendo y tus amigos vivirán! —le gritó a Justice.

Su voz atravesó la playa como un trueno.

Pero Justice no respondió. Seguía con los ojos cerrados, los brazos al cielo, y el cántico no cesaba, ignorándolo por completo, como si ya no le perteneciera y ya no tuviera poder sobre ella. Como si la Dama, dentro de ella, hubiera tomado el mando.

Eso no quería decir que Justice no lo escuchara. Sí lo hacía, cada palabra cortaba el aire como una amenaza, pero su labor era mucho más importante.

La vibración de las gargantas de aquellas mujeres estaba creciendo y la tela de la matriz que cubría ese lugar empezaba a revelarse ante sus ojos interiores. Era como una malla viva, una geometría oscura que respiraba con dificultad, diseñada para impedir que la energía libre fluyera.

Y allí estaba ella, viendo las marcas de protección que la Legión había tejido con siglos de crueldad para que jamás pudiera activarse el verdadero poder de O Morrazo.

Khaned y Effie le habían mentido durante años, vendiéndole promesas huecas y destinos falsos, y ahora solo sentía por ellos un vacío absoluto y una indiferencia helada. No merecían su atención, porque no eran importantes.

Justice y Muro habían comprendido algo vital: enfrentarse directamente a esos nigromantes era perder tiempo y fuerza en lo irrelevante. Si conseguían devolverles a los lugares de poder la energía que les pertenecía, si lograban resolver su matriz y su vibración, todo volvería al Origen.

El trabajo era lo importante, no la batalla contra ellos. Pero tenía que darse prisa. Muro, su guardián, su compañero, estaba plantando cara como una muralla viva para que nadie tocara el círculo, y aunque era el portador del cetro del Ciervo, su cuerpo mortal tenía un límite. Justice sabía que si él caía, algo dentro de ella también caería. Su propósito personal había comenzado allí, en ese mar bravo y esos bosques antiguos, en la casa donde Muro le devolvió su identidad y el sentido de pertenencia. Él había sido su áncora y su despertar, el compañero perfecto para esta aventura final. El hombre que le había mostrado quién era en realidad. Muro le había pedido que, pasase lo que pasase, no se detuviera y Justice cumpliría esa promesa. Porque lo amaba, aunque su amor no fuera el de los cuentos convencionales, ni el de los humanos. El tiempo no existía para ellos, las normas eran humo inconsistente. Lo suyo era algo primitivo y espiritual, como si el universo mismo los hubiera cruzado. Muro había visto su verdadero rostro cuando nadie más pudo hacerlo, y todo lo vivido desde aquel día, incluso los peores momentos, los estaba llevando a la liberación más auténtica. Eso también era amor, amor hacia él y hacia sí misma.

Por eso, y por razones que no podía enumerar, seguiría adelante sin titubeos. De pronto, un rayo de luz atravesó su pecho, y cuando abrió los ojos vio el manto energético del lugar desplegarse ante ella. Era como contemplar una red gigantesca de símbolos arcaicos, una urdimbre que respiraba y latía, sujeta por un sello tan antiguo como la primera palabra del mundo.

Supo al instante lo que era: un idioma de creación, un código que solo un dios, al que Khaned llamaba Uno, podía haber tejido para someter la energía.

Pero ella era la symbolon, la única capaz de entender todos los lenguajes de la magia, de descifrar cada runa y símbolo, de deshacerlos para darles un nuevo sentido.

La comprensión la golpeó como un relámpago, y su poder se activó. Sus dedos comenzaron a moverse en el aire, dibujando símbolos luminosos que quedaban suspendidos como constelaciones. Cada gesto era una llave y una afirmación de lo que debía fluir. Los trazos formaron un emblema de eliminación, una runa viva que se interponía entre ella y la mirada de Khaned y Effie.

Ambos la observaban, fascinados, furiosos e impotentes. Khaned rugió una orden y Effie lanzó más mandrágoras, más criaturas que emergían de la arena como muñecos deformes, arrastrándose con garras negras. El aire olía a tierra húmeda y podredumbre. Las galicenas, sin embargo, no se detuvieron. Cantaban, con las manos unidas, como si fueran un solo cuerpo y corazón.

Muro, fuera del círculo, luchaba solo. Sus pies se hundían en la arena húmeda mientras blandía el cetro con una fuerza sobrehumana. Golpeó el suelo y una onda dorada abrasó a un grupo de lupis y larvas que habían intentado penetrar la barrera. Una cúpula mística y protectora que Muro había erigido los rodeaba, chisporroteando como fuego líquido, pero cada impacto la debilitaba.

—¡Justice! No puedo aguantar mucho más —gritó con desesperación, con la voz rasgada. Sus manos se estaban quemando con la energía del cetro, pero no soltaba el arma. Protegía a Justice, a su abuela y a todas. Y no iba a caer sin pelear. Aun así, la playa era un caos.

Las mandrágoras surgían del suelo y atrapaban los tobillos de las brujas, intentando arrastrarlas bajo la arena como si las aguas del inframundo reclamaran sus cuerpos. Los cánticos no se rompieron, a pesar de empezar a ser engullidas aunque Muro lo intentó evitar, pero el miedo se hizo tangible en el aire. Justice apretó los dientes, con los ojos llenos de lágrimas, sabiendo que debía concentrarse en el símbolo y no en lo que pasaba a su alrededor. Si dudaba, todo acabaría. Parecía que todo estaba perdido. Khaned y Effie avanzaron como si caminaran por una pasarela, atravesando el humo de los cuerpos destruidos y Effie se relamió los labios.

—Te lo dije, tío Khaned. Soy mucho más fuerte y lista que Justice. Y esta es la prueba —dijo con un brillo cruel en los ojos.

Khaned ya levantaba el cetro, apuntando a Muro con la intención de darle un golpe letal, cuando el aire cambió.

Una ráfaga, primero lejana, luego ensordecedora, rugió como un vendaval que cortó el aliento. En el horizonte, se alzaron nuevas figuras. Pero no eran mandrágoras ni Legión.

Era un ejército compuesto por brujas montadas en escobas, vampiros surcando el aire como sombras veloces y vaélicos corriendo por la arena como lobos de luz.

Venían todos, imparables, dispuestos a unirse a la batalla.